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jueves, 28 de mayo de 2026

El Gobierno de Sánchez se abraza al Papa obscenamente y León XIV… ¿se deja?



Hay abrazos que nacen de la fe, otros de la cortesía diplomática y otros, simplemente, de la necesidad política. El que el Gobierno de Pedro Sánchez está protagonizando en torno a la visita del Papa León XIV a España pertenece claramente a esta última categoría. Pero sería ingenuo fingir que toda la responsabilidad recae únicamente en Moncloa. Porque la realidad es que el propio León XIV parece estar facilitando una identificación política que la diplomacia vaticana tradicional habría manejado con mucha más cautela.

En apenas unos días hemos asistido a una auténtica operación institucional y mediática para convertir el viaje apostólico del Pontífice en un gran acontecimiento de Estado cuidadosamente administrado por el poder político. Más de ochenta reuniones de coordinación, la declaración oficial de la visita como evento de “excepcional interés público”, el mayor despliegue policial de la etapa democrática, comparecencias públicas constantes, apropiación de frases papales y una movilización institucional que recuerda más a una cumbre internacional que a una peregrinación espiritual.

Nada de esto sería problemático si proviniera de un Gobierno cuya trayectoria política hubiera mostrado respeto, afinidad o siquiera neutralidad hacia la Iglesia católica. Pero precisamente ahí reside la contradicción.

Porque el mismo Ejecutivo que hoy se presenta como anfitrión entusiasta del Papa es el que ha impulsado algunas de las medidas más agresivas contra símbolos, instituciones y principios católicos en la historia reciente de España. El mismo Gobierno que convirtió la resignificación del Valle de los Caídos en un símbolo ideológico, que ha tensionado constantemente las relaciones con la Iglesia, que ha promovido leyes frontalmente incompatibles con la moral católica y que ha situado el secularismo militante como una de sus señas de identidad políticas.

Y, sin embargo, ahora todos quieren fotografiarse con el Papa.

Del enfrentamiento cultural al abrazo institucional

La transformación resulta llamativa. Durante años, buena parte de la izquierda política española trató a la Iglesia como un actor incómodo, sospechoso o directamente adversario cultural. Hoy, en cambio, la visita de León XIV se presenta como un activo institucional de primer orden.

Pedro Sánchez cita la encíclica del Papa para respaldar su agenda sobre inteligencia artificial y multilateralismo. Óscar López interpreta las advertencias morales del Pontífice como una validación de las políticas tecnológicas del Gobierno. Félix Bolaños presume públicamente de haberse “volcado” para que la visita sea “un éxito”. En Cataluña ya se habla del impacto positivo internacional del viaje. El Congreso prepara un pleno solemne —buscando incluso la participación de Zapatero, quien está ahora en medio de la investigación Plus Ultra—, presidentes autonómicos y toda la liturgia institucional del Estado.


Todo ello mientras sectores de la extrema izquierda y del laicismo militante promueven manifiestos como “Yo no te espero”, denunciando precisamente el uso de recursos públicos para recibir al Santo Padre.

La paradoja es reveladora: el laicismo ideológico sigue rechazando al Papa, pero el poder político quiere apropiarse de él.

El Papa útil

El mecanismo es bastante transparente. No se trata de asumir íntegramente el mensaje de la Iglesia, sino de seleccionar cuidadosamente aquellas partes del discurso pontificio que pueden integrarse en la narrativa política del momento.

Migraciones, inteligencia artificial, paz, multilateralismo, diálogo internacional. Todo eso se cita con entusiasmo. Mucho menos se habla de aborto, eutanasia, ideología de género, crisis demográfica, descomposición familiar o secularización agresiva.

Se abraza al Papa diplomático, al Papa mediático, al Papa compatible con la agenda institucional. Pero se silencia sistemáticamente al Papa que interpela moralmente al poder.

Y, sin embargo, lo más inquietante es que esta apropiación parece producirse con una facilidad creciente. La Santa Sede siempre ha mantenido relaciones diplomáticas con gobiernos de todos los signos políticos, pero tradicionalmente procuraba evitar identificaciones demasiado evidentes con agendas nacionales concretas. Existía una prudencia vaticana clásica: cercanía institucional sin confusión política.

Con León XIV, al menos por ahora, esa distancia parece mucho menos visible.

La sucesión de gestos, audiencias, declaraciones y silencios está permitiendo que el Gobierno español construya un relato de sintonía moral e ideológica con el Pontífice que habría resultado mucho más difícil en otros pontificados recientes. Y eso tiene consecuencias inevitables: desorienta a muchos fieles, banaliza contradicciones doctrinales profundas y transmite la impresión de que ciertas cuestiones esenciales pueden quedar relegadas mientras exista coincidencia en asuntos globales como la IA, las migraciones o el multilateralismo.

El riesgo de vaciar espiritualmente la visita

España no recibe simplemente a una personalidad internacional. Recibe al sucesor de Pedro. Y precisamente por eso sería un error convertir esta visita en una gigantesca operación política, protocolaria y mediática donde todo quede cuidadosamente neutralizado.

La Iglesia no necesita que el poder la abrace obscenamente mientras ignora lo esencial de su mensaje. Pero tampoco ayuda que desde Roma se facilite una imagen de armonía política que inevitablemente será utilizada por quienes llevan años impulsando un proyecto cultural profundamente secularizador.

El mayor desafío de la visita de León XIV no será entonces el dispositivo policial, ni la logística, ni las protestas ideológicas. El verdadero desafío será evitar que el Papa termine convertido en un símbolo políticamente domesticado: celebrado por todos precisamente porque ya nadie teme lo que pueda decir.