La visita del Papa León XIV a España fue un éxito, y un éxito que sorprendió a todos, tanto por lo que dijo como por las multitudes que logró congregar. Habrá pronunciado discursos peores -como el primero, redactado seguramente por la Secretaría de Estado-, otros mejores y otros muy buenos. Creo que estos últimos fueron la mayoría. Los católicos ya estábamos desacostumbrados a oír hablar con claridad sobre las verdades innegociables de la fe. Como muchos han dicho en los últimos días, fue un retorno al estilo claro y católico del Papa Benedicto XVI, de feliz memoria.
No voy a dedicarme yo a escribir sobre esos textos pontificios. Ya lo han hecho muchos sitios y columnistas, y no tiene sentido repetirse. Sí me parece interesante hacer una reflexión hacia lo que me pareció un flash back a los tiempos de Juan Pablo II, una analepsis no tanto o no sólo por lo que se escuchaba, sino por las multitudes concentradas.
Recordemos que durante el pontificado anterior, Francisco se paseaba en sus viajes apostólicos sentado en un ridículo Fiat 500 blanco, porque era pobre, y apenas si concentraba puñaditos de católicos devotos que trataban inútilmente de cubrir sus trayectos sembrados de calles desiertas. Sin embargo, debo ser honesto y reconocer que yo fui muy crítico de Juan Pablo II y que una de mis críticas apuntaba justamente a su carácter histriónico y su empeño obsesivo de vivir rodeado de multitudes. En otras palabras, lo que yo decía en ese momento es que la religión, que el Evangelio, que la labor de la Iglesia no pasa por los fenómenos de masa.
And yet… Creo que ya no diría lo mismo, y no porque me haya rendido ante la ficción de éxitos inexistentes, sino porque la realidad es que la Iglesia siempre recurrió a las concentraciones relativamente multitudinarias según la demografía de los diversos tiempos. En el momento fundacional de la Iglesia, cuando los apóstoles, luego de Pentecostés, se asomaron a las ventanas del Cenáculo, predicaron la Buena Nueva y se bautizaron tres mil personas, una número bastante importante para la época. Y, saltando algunos siglos, las peregrinaciones medievales, tan comunes y habituales, eran fenómenos de masa, como también lo eran las actividades apostólicas de grandes predicadores como San Antonio de Padua y San Vicente Ferrer.
Podrá aducirse que los fenómenos que menciono representan labores misioneras y no litúrgicas. Las misas, por tanto, como la de las Cibeles en Madrid, que reunió a un millón doscientas mil personas, representarían un fenómeno extraño a nuestra fe. Y no me estoy refiriendo al rito que se celebró, sino al fenómeno mismo de una celebración litúrgica frente a grupos humanos de tales dimensiones. Me pregunté entonces si estaban fundadas mis críticas al «estilo juanpablista» que parece estar de retorno.
Existe una tentación que afecta a muchos buenos católicos, sobre todo si somos conservadores o tradis, y consiste en considerar la liturgia como un asunto puramente privado: un encuentro íntimo entre el alma y Dios, bello sin duda, pero esencialmente interior e individual.
Sin embargo, una mirada más atenta a la naturaleza misma del culto cristiano nos revela algo radicalmente diferente. La liturgia no es solamente fuente de vida religiosa personal: es, ante todo y estructuralmente, una forma de vida social. Entender esto no es una cuestión de sociología aplicada a lo sagrado; es comprender algo que pertenece a la esencia misma de la oración de la Iglesia.
La liturgia posee una dimensión temporal. El fiel que participa en la liturgia no lo hace como individuo aislado que entra y sale de un recinto sagrado. Lo hace como miembro de una tradición viva que se remonta, a través de veinte siglos de la misma liturgia, hasta los propios salmos del Pueblo de Israel. Esta conciencia de estar «enraizados» en los antepasados espirituales no es meramente sentimental: es una fuente de energía moral y espiritual de primer orden. Quien ora con la Iglesia sabe que no ora con palabras propias, frágiles y contingentes, sino con las palabras que la Iglesia misma, asistida por el Espíritu, ha consagrado como auténticamente divinas.
Es decir, la liturgia posee una naturaleza social. Esto nos puede sonar propio de la postura modernista, pero no lo es. Veamos una comparación: en el teatro, hay una separación irreductible entre actores y espectadores. El público entra porque le place, conserva su espíritu crítico, aplaude o se impacienta, y cuando la sala emociona a todos por igual, esa unidad es puramente accidental. En la iglesia, en cambio, todos los presentes participan activamente en la realización de una misma obra. No hay espectadores en sentido pleno: hay una jerarquía de actores, con el clero en primer plano, pero todos coactúan. El agrupamiento eclesial es, en este sentido preciso, una «cooperativa». Y esta unión moral y formal de los fieles con el clero no solo existe en cada ceremonia particular, sino que se extiende a lo largo del año litúrgico entero, que arrastra a todo el mundo en su torbellino sagrado.
Esta unidad tiene además una característica notable: trabaja constantemente por mantenerse y restablecerse. El medio litúrgico se comporta como un organismo vivo: la oración, la caridad, las exhortaciones mutuas son los factores permanentes de su cohesión. El principal de todos es de orden teleológico: los fieles sienten la necesidad de permanecer unidos por el culto. La liturgia no es un dispositivo externo que agrupa a personas que de otro modo serían extrañas entre sí; es el lazo que constituye a la comunidad cristiana como tal.
En cuanto a los efectos sobre la asamblea, cabe observar que hay en la muchedumbre litúrgica un cierto nivelamiento: el sabio vale tanto como el ignorante, el rey vale tanto como el carbonero, el teólogo vale tanto como la piadosa viejecita, porque todos se sujetan a la misma docilidad ante la misma liturgia. Pero ese nivelamiento superficial oculta un profundo «desnivel» en las capas más hondas del alma. La liturgia arroja, con un mismo gesto uniforme, una sola y misma semilla en surcos alineados, pero hace brotar de diferentes tierras cosechas que difieren al infinito. Los temas ofrecidos al sentimiento son idénticos; pero en cada corazón se encienden fervores proporcionales a su preparación moral y a su capacidad de amar. Esta es la nobleza específica de la liturgia frente a cualquier otra forma de experiencia colectiva: no aplana, sino que eleva.
Hay una perspectiva histórica que todo católico debería tener siempre presente. La liturgia no ha sido sólo el culmen de la vida interior de la Iglesia: ha sido una de las principales fuerzas de cohesión social y civilización de Occidente. La conversión de la mitad de Europa por los monjes benedictinos es, en uno de sus aspectos más originales, la historia del impacto social de un coro monástico sobre una asamblea de fieles. La gran fuerza de la liturgia reside en que es una lección de cosas: exempla trahunt. Los monjes no convirtieron mediante la polémica ni la especulación teológica, sino mediante el ejemplo continuado de una vida cristiana ferviente, practicada con la constancia propia de un cuerpo social.
Por eso mismo, creo que aunque no todos nos sintamos cómodos asistiendo al tipo de misas multitudinarias como las que vimos en España, y eventualmente prefiramos no asistir, no por eso debemos menospreciarlas, y en esto debo rectificarme con respecto a lo que pensaba y decía hasta hace algunas décadas.
The Wanderer
Anotación al margen
Pensaba que, luego de la garrafal torpeza que cometió el Papa León el año pasado en una de sus conferencias de prensa espontáneas a la salida de Castelgandolfo, ya estaría precavido, y no diría lo primero que se le viene a la cabeza cuando le ponen un micrófono enfrente.
Pero estaba equivocado. El martes pasado, en las mismas circunstancias, afirmó un par de bêtises inaceptables. Tiene toda la razón y fue muy claro cuando dijo que “La decisión de consagrar obispos corresponde a la FSSPX, y ellos ya saben a lo que se enfrentan». Sin embargo, agregó que se niegan a aceptar algunos puntos fundamentales de la Iglesia, comenzando por los del Vaticano II.
Sería importante conocer cuáles son los puntos fundamentales de la fe expresados en el Vaticano II, un concilio autodefinido como pastoral, y que no se encuentran en los concilios anteriores.
La ineludible función magisterial que posee el pontífice romano le deberían impedir pronunciar semejantes imprecisiones.
Pero más interesante, o preocupante aún, es saber si el mismo criterio y las mismas puniciones se aplicarán a quienes rompen la unidad de la Iglesia no consagrando obispos sin mandato apostólico, sino negando abierta y públicamente muchos puntos fundamentales de la fe expresados no sólo en el Vaticano II sino en todos los concilios ecuménicos anteriores y en el magisterio romano.
¿O será que algunos tienen dispensa en la aceptación de las verdades fundamentales?
