Écône, 1 de julio de 2026. Amanece despejado sobre el valle del Ródano en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Desde primera hora de la mañana, los autobuses no dejan de llegar al seminario internacional San Pío X, y una gran carpa —de trazas muy semejantes a aquella que el mundo entero vio en 1988— vuelve a llenarse de fieles llegados de toda Europa. El cielo, limpio por ahora, amenaza lluvia para el final de la mañana; pero nada parece enfriar el ambiente de expectación que se respira en Écône.

Comienza la procesición de entrada con seminaristas, diáconos y sacerdotes, seguidos de los cuatro próximos obispos: Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier. Finaliza la procesión los obispos Bernard Fellay, Alfonso de Galarreta y el director general de la FSSPX don Davide Pagliarani.

Se procede a la lectura del mandato previsto para la ceremonia. En el propio ritual se explica que, dadas las circunstancias particulares de estas consagraciones, este punto ha debido ser adaptado respecto de la práctica ordinaria. El secretario general procede a leer una nota aclaratoria: «Es la Iglesia Católica Romana, siempre fiel a las tradiciones recibidas de los apóstoles que en circunstancias completamente excepcionales exige de nuestra parte volver a la preservación de las mismas, esto es: el depósito de la fe y tomar las medidas necesarias para seguir transmitiendolas a todos lo hombres para la salvación de sus almas. Teniendo en cuenta que desde el CV II hasta nuestros días, las autoridades de las Iglesia están imbuidas en un espíritu contrario al de la fe y obra en contra de la santa tradición, (…) ante Dios estimamos que es un deber sagrado para con la Santa Iglesia y las almas de proceder a la consagración de obispos plenamente fieles a la santa tradición y al magisterio constante de la Iglesia (…) «, seguidamente presenta a los sacerdotes que fueron electos como próximos obispos.

El padre Pascal Schreiber hace el juramento medieval de fidelidad y obediencia al apostol San Pedro, al papa y a sus sucesores, seguido de los otros tres presbíteros. Finaliza poniendo sus manos sobre el Evangelio para confirmar su promesa.

Mons. Alfonso de Galarreta procede a hacer el interrogatorio, los candidatos responden «Volo» a las preguntas sobre la fe católica, la doctrina, la vida moral y las obligaciones propias del episcopado. Seguidamente, besan el anillo del obispo consagrante. Finalizados los ritos preliminares, comienza la Misa votiva de la Preciosísima Sangre según el Misal Romano de 1962.

Durante las oraciones iniciales de la Misa, los electos son revestidos con las insignias propias del episcopado: cruz pectoral, túnica, dalmática y casulla pontifical. Continúa la celebración con el Gloria, las oraciones propias del día y la proclamación de la Epístola.

Tras el Gradual comienza la homilía pronunciada por el superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el padre Davide Pagliarani. En su intervención justifica las consagraciones episcopales como una respuesta a la situación actual de la Iglesia: «Hoy tomamos medios excepcionales que son proporcionales a las necesidades de la Iglesia hoy».
Pagliarani rechaza además que estas consagraciones supongan una ruptura con la Iglesia: «¿Estamos en el proceso de elegir entre la fe y la Iglesia —para conservar la fe, nos estamos separando de la Iglesia? Es un dilema falso». Y añade: «Pertenecemos a la Iglesia por la profesión íntegra de la fe. No podemos elegir entre la fe y pertenecer a la Iglesia; nadie puede hacer esa elección. Queremos la fe de la Iglesia para permanecer dentro de la Iglesia y queremos la Iglesia por la fe, en la fe».

Comienza la consagración episcopal. Los electos se postran rostro en tierra mientras toda la asamblea invoca la intercesión de los santos cantando las Letanías de los Santos.

Imposición de las manos. El obispo consagrante y los obispos asistentes imponen las manos sobre cada uno de los electos pronunciando las palabras: «Recibe el Espíritu Santo». El consagrante recita el gran prefacio de la ordenación episcopal, implorando el descenso del Espíritu Santo sobre los nuevos obispos.

Durante el canto del Veni Creator Spiritus se realizan los ritos esenciales de la consagración episcopal: el obispo consagrante unge con el santo crisma la cabeza y las manos de los nuevos obispos, quienes reciben posteriormente el báculo, el anillo episcopal y el Libro de los Evangelios como signos de su nuevo ministerio. Tras el beso de la paz, la celebración continúa con la Santa Misa, la proclamación del Evangelio y el rezo del Credo.

Comienza la liturgia eucarística con el ofertorio. Los nuevos obispos, ya consagrados, concelebran junto al obispo consagrante la Santa Misa pontifical según el rito tradicional, participando por primera vez en el sacrificio eucarístico con la plenitud del sacerdocio recibida durante la ceremonia.

Los nuevos obispos concelebran junto al obispo consagrante una misma y única Misa, recibiendo una parte de la misma Hostia y bebiendo del mismo Cáliz, un rito que el propio Pontifical Romano presenta como una práctica que «se remonta a la más remota antigüedad» y que expresa la íntima unión entre la consagración episcopal y el Sacrificio eucarístico.
El rito conserva una forma excepcional de concelebración propia del uso antiguo: no se trata de una concelebración ordinaria o masiva, sino de una práctica ligada tradicionalmente a momentos particularmente solemnes, como las consagraciones episcopales y las ordenaciones sacerdotales. En esta forma, el obispo consagrante conserva el lugar principal y los recién consagrados participan recibiendo de él una parte de la misma Hostia y bebiendo del mismo Cáliz, subrayando el carácter jerárquico del rito y la unidad del sacerdocio en torno a un único sacrificio eucarístico.

Tras el rezo del Padrenuestro, la fracción del Pan y el Agnus Dei, el obispo consagrante comulga primero bajo las dos especies y, a continuación, administra la Sagrada Comunión a los obispos recién consagrados.

Concluida la Misa, comienza la tercera y última parte de la ceremonia. Los nuevos obispos reciben las insignias que restaban por imponer, entre ellas la mitra y los guantes pontificales. A continuación son entronizados solemnemente: el obispo consagrante los conduce uno a uno a su sede y les entrega el báculo pastoral. Mientras se entona el Te Deum en acción de gracias, los recién consagrados recorren la iglesia impartiendo por primera vez la bendición episcopal a los fieles. Finalizado el himno, regresan al presbiterio para el acto de homenaje, antes de concluir la celebración con la salida solemne.
