
El obispo auxiliar de Astaná, monseñor Athanasius Schneider, ha realizado su primera declaración pública desde que Roma declaró que los seis obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) habían incurrido en excomunión automática por las consagraciones episcopales celebradas en Écône el pasado 1 de julio sin mandato pontificio y contra la voluntad del papa León XIV. En un extenso texto publicado en primicia por la periodista Diane Montagna y que InfoVaticana ofrece íntegramente en español con autorización de Mons. Schneider, el prelado aborda el conflicto desde una perspectiva histórica, doctrinal y canónica.
El obispo había pedido reiteradamente a León XIV que concediera a la FSSPX el mandato apostólico necesario para ordenar nuevos obispos y evitar así una nueva ruptura. En su llamamiento del 24 de febrero pidió expresamente al Pontífice que actuara como «constructor de puentes» y advirtió del peligro de provocar «una nueva división verdaderamente innecesaria y dolorosa dentro de la Iglesia».
Ahora, Schneider sostiene que la Fraternidad se encontró ante una elección «trágica» y excepcional entre obedecer las disposiciones de Roma y preservar lo que considera la integridad inequívoca de la doctrina y de la liturgia católicas. El prelado no formula en el documento un juicio jurídico definitivo sobre la actuación del Vaticano, sino que trata de explicar las razones que llevaron a la FSSPX a proceder con las consagraciones. Su intención es ofrecer «elementos para una reflexión más profunda sobre la situación actual de la Iglesia», junto con precedentes históricos que permitan comprender mejor «el dilema en el que la Fraternidad San Pío X considera encontrarse».
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El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa (Por monseñor Athanasius Schneider)
Resulta útil recordar un caso de la historia en el que un gran santo se enfrentó al siguiente dilema: elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue el Padre de la Iglesia del siglo IV san Atanasio de Alejandría. En el año 357, el papa Liberio, después de firmar una fórmula de fe ambigua —que omitía el término doctrinal crucial «consubstancial»—, ordenó a san Atanasio entrar en comunión con obispos arrianos y semiarrianos, obispos con los que el propio Papa, bajo la presión del emperador, había entrado desgraciadamente en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, tras lo cual este, según el testimonio de san Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó, acusándolo de perturbar la paz de la Iglesia. A pesar de haber sido excomulgado por el Papa, san Atanasio continuó gobernando su diócesis de Alejandría e incluso mostró comprensión hacia la lamentable conducta del papa Liberio. Sin embargo, el papa san Dámaso, sucesor del papa Liberio, agradeció a san Atanasio y le consultó sobre los asuntos de los obispos orientales. El papa Liberio fue el primer Papa que no fue canonizado, mientras que Atanasio no solo fue canonizado, sino declarado Doctor de la Iglesia.
Hoy, san Atanasio sería considerado cismático según la definición de «cisma» del actual Código de Derecho Canónico, ya que se negó a estar en comunión con miembros de la Iglesia —obispos herejes y semiherejes— que estaban reconocidos canónicamente y, por tanto, sujetos al Papa.
Las consagraciones episcopales realizadas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) el 1 de julio de 2026 constituyen también un ejemplo de este raro dilema: tener que elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica tal como fue enseñada por el Magisterio a lo largo de los siglos, o ser reconocido canónicamente por el Papa. Este dilema resulta evidente en las condiciones vinculadas al reconocimiento canónico de la FSSPX por parte del Papa: debe aceptar ciertas ambigüedades doctrinales introducidas recientemente —reflejadas en algunas enseñanzas no definitivas del pastoral Concilio Vaticano II y en determinadas afirmaciones y actos del Magisterio posconciliar— y aceptar no solo la validez, sino también la corrección —legitimidad— del rito de la nueva Misa, a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual, que marca una clara ruptura con el rito romano tradicional.
Al tratar esta compleja cuestión, es esencial mantener una perspectiva sobria, aclarar la terminología y tener presente el verdadero y último fin de la Iglesia y su gran Tradición, pues esta se remonta mucho más allá de los últimos siglos o décadas. Al hacerlo, también deben considerarse situaciones análogas de las grandes crisis de la historia de la Iglesia.
Durante los últimos siglos se han producido dos desarrollos malsanos dentro de la Iglesia que han conducido a una visión estrecha de la realidad: la tendencia a tratar el aspecto jurídico como cuasiabsoluto, es decir, el legalismo; y la tendencia a absolutizar la persona del Papa y la obediencia a él, es decir, el papalismo. El legalismo —la adhesión rígida a la letra de la ley— y el papalismo —la obediencia indiferenciada y casi absoluta al Papa— han llegado a tener prioridad sobre la necesidad de claridad inequívoca en la fe y la liturgia. Sin embargo, durante todas las grandes crisis doctrinales de la historia de la Iglesia, la regla de hierro fue evitar cualquier tipo de ambigüedad doctrinal, como ocurrió con el papa Honorio I, cuyas cartas doctrinalmente ambiguas, emitidas como parte de su Magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por Papas posteriores y por tres concilios ecuménicos, pese a los intentos de su segundo sucesor, el papa Juan IV, de realizar una especie de hermenéutica de la continuidad.
En nuestros días se afirma ampliamente dentro de la Iglesia que no puede surgir ningún conflicto de conciencia entre obedecer al Papa y preservar la pureza inequívoca de la fe. Esto significa, en última instancia, que se concede a la obediencia al Papa un valor tan elevado que se considera preferible aceptar ambigüedades en cuestiones de fe y en los ritos litúrgicos antes que actuar contra una orden del Papa, aunque esa orden sea únicamente humana y pueda ser defectuosa. Asimismo, ha surgido una comprensión estrecha de la comunión, tanto con el Papa como con la Iglesia. La obediencia al Papa se considera indistinguible de la comunión con la Iglesia. Esto corre el riesgo de elevar la obediencia al Papa al mismo nivel que la obediencia a la revelación divina de Dios.
También debe distinguirse entre el derecho positivo —es decir, las leyes disciplinarias promulgadas por la autoridad humana de la Iglesia— y el Derecho Divino, es decir, las verdades de fe reveladas por Dios. Nadie puede contradecir el Derecho Divino y seguir siendo católico. Sin embargo, en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales, un católico puede verse obligado en conciencia a actuar contra el derecho positivo precisamente para permanecer fiel, sin concesiones, al Derecho Divino.
Los propios conceptos de «cisma» y «sumisión» todavía no han sido plenamente aclarados en su aplicación concreta y práctica. El Código de Derecho Canónico (canon 751) define el cisma como «el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos». De hecho, en la historia reciente de la Iglesia ha surgido una comprensión muy estrecha del «cisma» y de la «sumisión», en la que la desobediencia material al Papa —independientemente de la intención— se equipara prácticamente al cisma formal.
También debe tenerse presente el estado de cisma formal, que significa el rechazo por principio de la autoridad papal mediante el establecimiento de una jerarquía separada, como ocurrió con la Iglesia ortodoxa griega en 1054 y, posteriormente, con los numerosos y diversos grupos sedevacantistas hasta nuestros días. Sin embargo, no puede hablarse de un estado de cisma formal mientras persista la fe sobrenatural en el dogma del primado y la infalibilidad papales, junto con el deseo de vivir en sumisión concreta a la autoridad pontificia, aunque, debido a una crisis extraordinaria de la Iglesia, esto no pueda realizarse plenamente por el momento. Una crisis extraordinaria de la Iglesia puede implicar un oscurecimiento o suspensión temporal del principal deber del ministerio papal, a saber, defender y proclamar inequívocamente la integridad de la fe y de la liturgia católicas.
Lo mismo se aplica al concepto de estar «en comunión» con el Papa. Durante un periodo muy prolongado, las ordenaciones episcopales se realizaron sin la intervención directa del Papa, y las Iglesias particulares y los obispos individuales expresaban su comunión con él de diversas maneras. Solo posteriormente en la historia de la Iglesia los Papas exigieron que toda ordenación episcopal tuviera lugar con mandato pontificio. Sin embargo, incluso después de ese desarrollo, el derecho canónico no consideró las ordenaciones episcopales ilícitas —es decir, las realizadas contra la voluntad del Papa— como delitos contra la unidad de la Iglesia, como actos inherentemente cismáticos o como actos intrínsecamente malos. Incluso hoy, el actual Código de Derecho Canónico incluye las ordenaciones episcopales ilícitas entre los delitos relativos a la celebración de los sacramentos o las clasifica como actos de usurpación de oficio.
En efecto, la norma que exige un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es una cuestión de derecho positivo, no de Derecho Divino. De lo contrario, esta norma habría sido observada a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre, en todas partes y por todos, sin excepción. Por supuesto, un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es ordinariamente necesario y fue sabiamente establecido para garantizar mejor la sumisión jerárquica del episcopado al Papa.
El carácter extraordinario de la actual crisis de la Iglesia se manifiesta, en el presente caso, en el hecho de que una comunidad cuya característica esencial es el deseo de ser fiel al Papa —y la Fraternidad San Pío X se considera a sí misma como tal— se enfrenta a una elección trágica: obedecer al Papa y verse así obligada a aceptar aspectos inciertos y poco claros de la doctrina y la liturgia, o desobedecer al Papa en una cuestión de grave importancia, como la consagración de obispos, con la única intención de preservar los medios para transmitir la fe y la liturgia en toda su integridad, como servicio a las almas y, por tanto, a toda la Iglesia, incluido el propio papado.
Tampoco debe ignorarse la magnitud completa de la crisis actual de la Iglesia, sino contemplarla con honestidad, remontándose hasta sus raíces. Estas raíces se encuentran en ciertas afirmaciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio Vaticano II que, durante los últimos sesenta años, han sembrado confusión, como el relativismo doctrinal derivado de la enseñanza y la práctica del ecumenismo y del diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la unicidad de Jesucristo y de su Iglesia como único camino de salvación. Asimismo, algunos defectos doctrinales y rituales de la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantizantes, han oscurecido el carácter sacrificial central de la Misa y su orientación cristocéntrica.
San John Henry Newman hizo la siguiente observación, notable y oportuna: «Los obispos, cuando no enseñan formalmente [ex cathedra], pueden errar, como sabemos que erraron en el siglo IV. El papa Liberio pudo firmar una fórmula eusebiana [arriana] en Sirmio, y la masa de los obispos en Ariminum [Rímini] o en otros lugares, y sin embargo, a pesar de este error, podían ser infalibles en sus decisiones ex cathedra» (Arians of the Fourth Century, Londres, 1876, p. 464).
Lo que el obispo de Ratisbona, monseñor Rudolf Graber, afirmó hace más de cincuenta años caracteriza aún más la situación actual de la Iglesia: «Lo que ocurrió hace más de 1.600 años se repite hoy, pero con dos o tres diferencias: Alejandría es hoy toda la Iglesia universal, cuya estabilidad está siendo sacudida, y lo que entonces se llevó a cabo mediante la fuerza física y la crueldad se ha trasladado ahora a otro nivel. El exilio es sustituido por el destierro al silencio de ser ignorado, y el asesinato por el asesinato de la reputación» (Athanasius and the Church of Our Time, Edimburgo, 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit, Abensberg, 1973).
La FSSPX es prácticamente la única comunidad de la Iglesia actual que llama abiertamente la atención sobre las evidentes ambigüedades doctrinales de ciertas afirmaciones conciliares y del rito de la nueva Misa, reclamando su aclaración inequívoca y, si fuera necesario, incluso su modificación, de acuerdo con el Magisterio constante de la Iglesia. La «hermenéutica de la continuidad» o de la «reforma en la continuidad» —un enfoque válido y útil en sí mismo— puede convertirse también en una especie de «camisa de fuerza» que se limita a cubrir cosméticamente las heridas causadas por las ambigüedades y confusiones doctrinales y litúrgicas. En la práctica, la Santa Sede exige una forma de razonamiento circular: que todo está en orden siempre que se realicen esfuerzos intelectuales suficientemente arduos.
En realidad, mediante su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de valor histórico. Si la Santa Sede se tomara en serio esta posición de la FSSPX y, además, reconociera las ambigüedades objetivas existentes en determinadas afirmaciones del Concilio Vaticano II y en el rito de la nueva Misa, ello marcaría el comienzo del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que en realidad comenzó hace más de cien años.
La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX también puede ilustrarse mediante la siguiente parábola: se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos permite utilizar únicamente los nuevos métodos de extinción, aunque estos hayan demostrado ser menos eficaces que los antiguos métodos y herramientas ya probados. Un grupo de bomberos desobedece esta orden, continúa utilizando los métodos probados e incluso recluta nuevos bomberos, todo ello a pesar de la prohibición del jefe, y, de hecho, el incendio queda contenido en muchos lugares. Sin embargo, estos bomberos son tachados de desobedientes y cismáticos y son castigados por ello.
Llevando la parábola más lejos: el jefe de bomberos admite ahora únicamente a aquellos bomberos que reconocen los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas del parque de bomberos. Pero, dada la enorme magnitud del incendio, la lucha desesperada por contenerlo y la insuficiencia de los métodos oficiales, otros ayudantes intervienen desinteresadamente —a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— aportando habilidad, conocimientos y buenas intenciones y, al final, ayudan a salvar la misma casa que el jefe de bomberos trataba de proteger.
Con el tiempo, las circunstancias históricas cambian y aparece un nuevo jefe de bomberos que reconoce los desafortunados efectos de los nuevos métodos de extinción. No solo vuelve a permitir el uso de los antiguos métodos probados, sino que él mismo se convierte en su ferviente defensor. Reconoce asimismo la contribución de aquellos bomberos que en otro tiempo fueron incomprendidos, duramente castigados, tratados como marginados y expulsados como rebeldes, y los acoge nuevamente en las filas. Finalmente, una vez superada aquella gran convulsión, lo que en otro tiempo fue condenado como desobediencia y rebelión se revela como un acto de entrega desinteresada.
La historia revelará algún día si las siguientes palabras de san Agustín son aplicables a la situación actual de la FSSPX:
«A menudo la divina Providencia permite que incluso hombres buenos sean expulsados de la congregación de Cristo por las turbulentas sediciones de hombres carnales. Cuando, por el bien de la paz de la Iglesia, soportan pacientemente ese ultraje o injuria y no intentan ninguna novedad en forma de herejía o cisma, enseñarán a los hombres cómo debe servirse a Dios con una verdadera disposición y con una caridad grande y sincera. La intención de tales hombres es regresar cuando haya cesado el tumulto. Pero si esto no se permite porque continúa la tormenta o porque su regreso podría suscitar otra aún más feroz, mantienen firme su propósito de buscar el bien incluso de aquellos responsables de los tumultos y conmociones que los expulsaron. No forman conventículos separados propios, sino que defienden hasta la muerte y sostienen con su testimonio la fe que saben que se predica en la Iglesia católica. A estos, el Padre que ve en lo secreto los corona secretamente. Parece que este es un tipo raro de cristiano, pero no faltan ejemplos. Así, la divina Providencia utiliza toda clase de hombres como ejemplos para el cuidado de las almas y para la edificación de su pueblo espiritual» (De vera religione, 6, 11).
Lo que san Atanasio escribió a sus hermanos obispos de todo el mundo en medio de una extraordinaria crisis de fe resulta también aplicable a nuestro tiempo:
«Los cánones y decretos de la Iglesia no fueron dados en el presente, sino que nos fueron transmitidos recta y firmemente por nuestros antepasados. Tampoco tuvo la fe su comienzo en este tiempo, sino que nos llegó del Señor por medio de sus discípulos. Por tanto, para que las disposiciones que han sido conservadas en las iglesias desde antiguo hasta ahora no se pierdan en nuestros días, y para que no se nos reclame el depósito que nos ha sido confiado, despertad, hermanos, como administradores de los misterios de Dios, al ver que ahora son arrebatados por extraños» (Ep. encyclica, 1).
Dios, en su Providencia, escribe derecho incluso con líneas que, desde una perspectiva meramente jurídica, parecen torcidas. Que Él conceda que ese día llegue pronto. Alegrémonos en medio de la tribulación y digamos: creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y creo que la Santa Sede volverá algún día a resplandecer ante el mundo entero como la Cátedra de la verdad.