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lunes, 17 de agosto de 2026

«Rígidos», «fariseos», «escrupulosos»: la costumbre progre de insultar a quien pide fidelidad

INFOVATICANA


Father James Miara, pastor of Holy Innocents Church in New York City, celebrates a traditional Latin Mass at Holy Innocents July 13, 2025. (OSV News photo/Gregory A. Shemitz)

Hay una falsedad que llevamos demasiado tiempo aceptando sin plantar cara: la contraposición entre fidelidad a la doctrina y a la liturgia, por un lado, y misericordia, humildad y cercanía, por otro. El esquema se repite con una suficiencia exasperante. ¿Pide usted que se cumplan las rúbricas? Entonces es rígido. ¿Recuerda lo que la Iglesia enseña sobre una cuestión moral incómoda? Le falta sensibilidad pastoral. ¿Comulga de rodillas? Probablemente sea un vanidoso o un escrupuloso. ¿Sostiene que un sacerdote no puede celebrar según sus ocurrencias ni un católico remodelar la doctrina según sus preferencias? Algo tendrá de fariseo. Durante décadas hemos soportado esta caricatura como si contuviera algún argumento serio. No lo contiene.

Porque en todo ese razonamiento falta precisamente el eslabón fundamental: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Desde cuándo la fidelidad impide la caridad? ¿Desde cuándo obedecer a la Iglesia incapacita para atender al pobre, acompañar al enfermo, escuchar al que sufre o acoger al pecador? La oposición es absurda, pero se ha repetido tantas veces que ha terminado funcionando como un reflejo condicionado: basta recordar una norma litúrgica o una verdad doctrinal para que alguien active inmediatamente el resorte de la «rigidez», el «fariseísmo» o la «falta de misericordia». Ya ni siquiera hace falta discutir el fondo. Se desacredita moralmente a quien plantea la objeción y asunto resuelto.

El mecanismo es exactamente el mismo en la liturgia y en la doctrina. En la liturgia, alguien decide que una rúbrica es demasiado fría, demasiado antigua o poco pastoral y la sustituye por lo que considera más adecuado. En la doctrina, alguien concluye que una enseñanza de la Iglesia resulta demasiado exigente, incómoda para el mundo contemporáneo o difícil de explicar y empieza a erosionarla mediante excepciones, silencios y reinterpretaciones. En ambos casos aparece después la misma coartada moral: no se trata de desobedecer, sino de ser misericordioso; no se trata de colocar el criterio propio por encima de lo recibido, sino de atender a «lo que de verdad importa». Y quien señala que no corresponde a cada cual decidir qué parte de la fe o de la liturgia merece seguir vigente es rápidamente colocado en el banquillo de los rígidos.

La realidad, sin embargo, desmiente esa impostura todos los días. Hay sacerdotes que consumen su vida por sus fieles, que viven con una austeridad que avergonzaría a sus críticos, que pasan horas en el confesionario, que recorren kilómetros para visitar enfermos y que sostienen parroquias enteras con una entrega de pobreza silenciosa, y además celebran la Santa Misa con fidelidad y predican sin mutilar aquello que la Iglesia enseña. Hay misioneros que han dejado patria, familia y comodidades para desaparecer en lugares donde nadie los verá y no necesitan rebajar una sola verdad de fe para amar a las personas que tienen delante. Hay religiosas que pasan la vida cuidando ancianos, enfermos, huérfanos y pobres y cuya existencia está sostenida por una disciplina espiritual, doctrinal y litúrgica que algunos desprecian como «rigidez». ¿También ellos carecen de misericordia? La acusación no solo es intelectualmente pobre; resulta ofensiva.

Quizá haya que invertir de una vez la pregunta. ¿No será precisamente un gesto de humildad asumir que tú, pobre don nadie, no eres quién para inventar cómo se celebra la Santa Misa ni para corregir lo que la Iglesia ha recibido y enseñado? El sacerdote no llega al altar para expresarse ni el teólogo recibe la Revelación como una materia prima que deba actualizar a su gusto. Ninguno tiene delante una página en blanco. La liturgia no le pertenece al celebrante y la doctrina no pertenece al intérprete. Ambas son realidades recibidas, anteriores a nosotros y destinadas a sobrevivirnos. Unas palabras que no hemos escrito, una fe que no hemos fundado, unos sacramentos que no hemos inventado y una tradición que nos supera infinitamente.

Ahí está precisamente una de las formas más elementales de la humildad: saber ocupar el propio lugar. Aceptar que no todo depende de uno. Comprender que la propia sensibilidad no es la medida de la Iglesia, que nuestras intuiciones pastorales no constituyen una nueva fuente de revelación y que nuestras ocurrencias no mejoran necesariamente aquello que hemos recibido. Un ego bien colocado sabe obedecer también cuando no comprende del todo, cuando la norma no coincide con sus gustos o cuando la doctrina resulta impopular.

El que respeta una rúbrica es sospechoso de rigidez y el que la altera a su gusto se presenta como pastoral. El que recuerda una enseñanza incómoda debe explicar primero que no odia a nadie, mientras el que la vacía de contenido recibe automáticamente la presunción de compasión. Como si la misericordia perteneciera por definición a quien rebaja la exigencia y nunca a quien tiene la difícil tarea de decir la verdad. Como si fuera imposible abrazar al pecador sin bendecir el pecado o acompañar una fragilidad sin convertirla en criterio doctrinal.

Resulta especialmente irritante que quienes se permiten esas irregularidades señalen después con el dedo al fiel que comulga de rodillas, al sacerdote que respeta las rúbricas, al padre que quiere transmitir a sus hijos lo que siempre enseñó la Iglesia o al católico que osa recordar que determinadas cuestiones no están abiertas a una permanente renegociación. «Rígidos», «fariseos», «escrupulosos», «integristas», «obsesionados con las normas»: las etiquetas se reparten con prodigalidad precisamente desde quienes dicen deplorar los juicios sobre los demás. Ellos se atribuyen la potestad de decidir quién es humilde, quién es misericordioso, qué doctrina sigue siendo pastoralmente aceptable y qué rúbrica puede enviarse al desván. Y después llaman soberbio al que pregunta con qué autoridad lo hacen.

Conviene entonces preguntarse dónde está verdaderamente el fariseísmo. Porque hay bastante más soberbia en creerse autorizado para rehacer la liturgia según el propio criterio que en arrodillarse ante Dios, y bastante más arrogancia en corregir de facto la doctrina de la Iglesia que en aceptar que uno no es su dueño. Se puede convertir la fidelidad en un motivo de orgullo, naturalmente, porque ninguna sensibilidad humana está vacunada contra la soberbia. Pero resulta grotesco que quienes han hecho de su propia sensibilidad el criterio último acusen sistemáticamente de ego a quienes, precisamente, aceptan someterla a algo que está por encima de ellos.

Durante demasiado tiempo se nos ha repetido que «lo importante» no son las normas, ni las fórmulas, ni las definiciones, sino las personas. La frase tiene esa música inconfundible de cierto catolicismo de los años ochenta que todavía sobrevive por inercia: menos doctrina y más Evangelio, menos rúbricas y más vida, menos normas y más misericordia. Como si el Evangelio no contuviera doctrina, como si la liturgia no fuera vida de la Iglesia, como si la misericordia pudiera existir separada de la verdad. Aquel mantra funcionó durante décadas (mientras se vaciaban templos y seminarios) porque presentaba a unos como hombres de corazón y a otros como guardianes sombríos de reglamentos. Pero la caricatura está caducando. Cada vez resulta más difícil ocultar que detrás de muchas apelaciones a la espontaneidad y a la misericordia había, sencillamente, una pretensión de ego.

La cuestión de fondo nunca fue misericordia contra rigor. Fue otra: quién manda. Si la liturgia la recibimos o la fabricamos. Si la doctrina nos obliga o nosotros juzgamos qué partes de la doctrina siguen siendo aceptables. Si la Iglesia posee algo que transmitir o cada generación está autorizada a recomponerlo según el clima cultural del momento. Una vez formulado así, buena parte del artificio se desmorona, porque el supuesto humilde que continuamente invoca la misericordia termina apareciendo como lo que muchas veces es: alguien convencido de que su criterio personal es más humano, más cristiano y más sabio que aquello que recibió.

Se puede ser rigurosamente fiel y profundamente misericordioso. Se puede amar las rúbricas y desvivirse por los pobres o enfermos. Se puede sostener íntegramente la doctrina y tratar con infinita delicadeza a quien no consigue vivir conforme a ella. Se puede defender la tradición y entregar la vida por los demás. Y también se puede hablar continuamente de humildad mientras uno coloca su propio criterio por encima de la liturgia y de la fe de la Iglesia. A eso podrán llamarlo creatividad, discernimiento, pastoral, actualización o misericordia. El vocabulario cambia; el mecanismo es el mismo. Muchas veces no es más que ego, quizá incluso un ego bienintencionado, pero ego al fin y al cabo.

Miguel Escrivá 

Esperpento televisado en Torrelavega: homilía herética y bailes en el altar




En la Misa Mayor de la Virgen Grande, retransmitida en directo por Cantabria Televisión, el párroco de la Asunción de Torrelavega relativizó el dogma definido por Pío XII, atribuyó los títulos marianos a «la mitología» e introdujo una «danza contemplativa» rodeando el altar con faldas de colores —hombres incluidos— entre el Evangelio y la homilía, además de jotas y pericotes en pleno ofertorio.

La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Torrelavega —el templo que sus fieles llaman «nuestra catedral» y para el que el Obispado de Santander tramita ante Roma el título de Basílica Parroquial— celebraba este año una fecha redonda: el 125 aniversario de su inauguración, un 15 de agosto de 1901. La Misa Mayor de las fiestas de la Virgen Grande, presidida por el párroco Juan Carlos Rodríguez del Pozo y concelebrada por los religiosos amigonianos Félix Martínez y Juan Manuel González, fue retransmitida en directo por Cantabria Televisión. Gracias a esa retransmisión ha quedado registrado todo lo que allí se dijo e hizo.
«No tenemos que ir al pie de la letra»
El momento más grave llegó en la homilía. Hablando de la solemnidad del día, el párroco afirmó, según consta en la retransmisión:
«María, hoy celebramos que sube al cielo en cuerpo y alma. Evidentemente que no tenemos que ir al pie de la letra. Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico. El cielo es un estado del alma, de plenitud, de felicidad».
Conviene recordar qué es exactamente lo que el sacerdote invitaba a no tomar «al pie de la letra». El 1 de noviembre de 1950, Pío XII, en la constitución apostólica Munificentissimus Deus, ejerciendo el magisterio pontificio en su grado supremo, «declaramos y definimos ser dogma de fe divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». Y el mismo documento advierte: «si alguno, lo que Dios no permita, se atreviera a negar o a poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha naufragado en la fe divina y católica».

No se trata, pues, de una imagen piadosa susceptible de lecturas simbólicas, sino del objeto mismo de la fiesta que se estaba celebrando: una verdad de fe divina y católica cuya negación pertinaz tiene nombre en el Código de Derecho Canónico (cáns. 750 y 751). El Catecismo la recoge en su número 966. Y el sacerdote la relativizó desde el ambón, en la Misa Mayor de la patrona, ante las autoridades civiles de Cantabria y con las cámaras de televisión delante.

Los títulos de la Virgen, «mitología»

No fue un desliz aislado. Momentos antes, el párroco había explicado el origen de los honores marianos en estos términos:
«Dios elige a María, una mujer humilde, una mujer de pueblo. La mitología nos la ha hecho y nos la ha ensalzado tanto, y le ha puesto muchos collares, muchas coronas, muchos privilegios, muchos títulos, porque a veces tenemos que acudir a la mitología para hablar de realidades que son terrenas […] son realidades mundanas que nos cuesta decir con palabras y entonces tenemos que recurrir a la mitología».
Los «privilegios» y «títulos» de la Virgen —Inmaculada, Asunta, Madre de Dios, Reina— no son producto de mitología alguna: son dogmas definidos y doctrina constante de la Iglesia. Presentarlos como recurso mitológico para expresar «realidades mundanas» vacía de contenido la mariología católica entera. Todo ello, por cierto, minutos después de que la asamblea hubiera cantado el salmo «de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir».

Abundando en la misma línea, el celebrante remató: «los títulos, las posesiones, son fuegos artificiales de las fiestas».

Danza «contemplativa» con miriñaques entre el Evangelio y la homilía

El otro capítulo es litúrgico. Nada más proclamarse el Evangelio —y antes de la homilía, es decir, en el corazón de la liturgia de la Palabra—, el párroco anunció:
«Pues ahora vamos a contemplar al grupo de danza contemplativa de la parroquia […] que nos va a hacer un guiño en este 125 aniversario. Vamos a ver muchos colores que simbolizan el rosetón […] los colores, la diversidad, la alegría […] Van a danzar en círculo. El círculo es la perfección […] Alrededor de la mesa de la Eucaristía nadie sobra […] Pues vamos, en estas claves, a disfrutar un momentito de esto».
Acto seguido, un grupo de hombres y mujeres ataviados con enormes faldas de aro de colores chillones —naranja, fucsia, rojo, morado, celeste, blanco, amarillo— ejecutó una coreografía en corro, tomados de las manos, sobre la alfombra roja del presbiterio, a los pies del altar. Al terminar, aplausos en el templo y glosa del celebrante: la danza «nos ha ido envolviendo en ese círculo de amor y solidaridad».

La Santa Sede zanjó esta cuestión hace medio siglo. La Congregación para el Culto Divino, en su pronunciamiento sobre la danza en la liturgia (Notitiae, 1975), estableció que en la tradición occidental la danza no puede introducirse en las celebraciones litúrgicas: hacerlo «supondría introducir en la liturgia una atmósfera de profanidad», y si se desea ofrecer una danza como expresión cultural, debe hacerse fuera de la celebración. La instrucción Redemptionis Sacramentum (2004) reprueba los elementos de espectáculo en la Misa (n. 57) y recuerda que la liturgia no está disponible para la creatividad de nadie: «nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por propia iniciativa en la liturgia» (Sacrosanctum Concilium 22 §3; can. 846 §1).

Jota, pericote y picayos en el ofertorio; discursos y entrega de regalos tras la comunión

La segunda intervención dancística corrió a cargo de la Agrupación de Danzas Nuestra Señora de las Nieves de Tanos, que celebra su centenario. La propia retransmisión lo describe: durante «la primera parte del ofertorio» el grupo «ha bailado una jota y un pericote y se han despedido con el baile de picayos». Es decir, mientras se preparaban los dones para el Santo Sacrificio, el presbiterio acogía un número de folclore regional. Nadie discute los picayos ante la imagen de la patrona en la procesión —piedad popular legítima, con siglos de historia y su lugar propio, en la calle—; lo que no tiene encaje es trasladar la actuación al interior de la acción litúrgica, exactamente la distinción que hace la Santa Sede.

Tras la comunión, y antes de la bendición final, la Misa se interrumpió de nuevo para un «acto protocolario»: entrega de un cuadro de la parroquia a la agrupación, entrega recíproca del escudo del grupo, y sendos discursos de sus representantes desde el presbiterio, con «reto» incluido para el año próximo. Todo ello dentro de la celebración, con el Santísimo recién distribuido.

Una Misa modelo… de lo que no debe hacerse

El conjunto —fórmulas litúrgicas retocadas al gusto del celebrante desde el saludo inicial, danza escénica tras el Evangelio, folclore en el ofertorio, parlamentos y regalos tras la comunión y, sobre todo, la relativización pública de un dogma de fe en el día de su solemnidad— dibuja el retrato de una liturgia entendida como festival comunitario y de una predicación que ha sustituido el contenido de la fe por vaguedades sobre la acogida y la diversidad.

La paradoja es dolorosa: sucede en un templo que aspira al título de Basílica, en su 125 aniversario, ante la presidenta de Cantabria y la corporación municipal, y con retransmisión televisiva. Precisamente por esa visibilidad, lo ocurrido tiene valor de ejemplo para toda la diócesis.

Corresponde al obispo de Santander, don Arturo Ros —mencionado en el canon de esta misma Misa—, como primer responsable de la vida litúrgica de su diócesis (can. 838; Redemptionis Sacramentum 19-25), aclarar si conocía y autorizó lo sucedido y, sobre todo, si considera compatible con la fe católica que un párroco suyo predique, el día de la Asunción, que «ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma». Los fieles tienen derecho —un derecho, no una preferencia estética— a que la liturgia se celebre conforme a las normas de la Iglesia y a que se les predique la fe de la Iglesia, no las opiniones del celebrante (Redemptionis Sacramentum 11-12).



DURACIÓN 107 MINUTOS