A propósito del retrato que pintó Rubens de San Ignacio de Loyola
El 31 de julio es el dies natalis, o día que nació en el Cielo, de uno de los más grades sacerdotes y fundadores de la historia de la Iglesia: San Ignacio de Loyola, que falleció en esa fecha del año 1556 y fue canonizado en 1622. Desde luego, San Ignacio es muy conocido por haber fundado la Compañía de Jesús, la orden jesuita. Esta orden ha dado a la Iglesia muchos de sus más intrépidos y exitosos misioneros, que han llegado a los rincones más apartados de la Tierra. Nos acordamos de San Francisco Javier; se calcula que a lo largo de sus viajes el santo navarro bautizó a unos 30.000 conversos, impulsado por el amor de Dios y la preocupación por el trágico destino eterno cuantos mueren fuera de la Iglesia.
Un magnífico cuadro del pintor flamenco Pedro Pablo Rubens (1577–1640), devoto católico, realizado hacia la época de la canonización del santo, capta gráficamente muchas de las cualidades que hicieron grandes a San Ignacio y a su orden.

Aparece con la mirada alzada al cielo en profunda meditación a la espera de que Dios lo ilumine indicándole su voluntad, infundiendole la guía y la fortaleza del Espíritu Santo. Sin duda, es una alusión a los ejercicios espirituales con los que San Ignacio, a partir de su honda vida espiritual y su experiencia en dirección de almas, formuló unas reglas concretas por las que los cristianos podían discernir entre la voz de Dios y las voces contrarias del mundo, el demonio y la carne. Medio ideal para abrirse paso en un mundo azotado por la tempestad de la rebelión protestante, que los jesuitas combatieron con un ardor que culminó en la impresionante fortaleza de la muchedumbre de mártires jesuitas que derramaron su sangre en la Inglaterra isabelina.
Rubens representa la cara del santo con expresión serena y decidida, resuelto a hacer lo que Dios quiera, como Él quiera y cuando Él quiera. Sin la frenética prisa del temerario que se arroja al peligro impulsado por un falso entusiasmo, ni la pusilánime vacilación del que duda, cuestiona o se acobarda ante el dolor y las dificultades. Tiene la actitud del caballero cristiano dispuesto a empuñar las almas contra una avalancha de obstáculos.
Ha bebido serenamente de la Fuente misma –Dante cantó que en la voluntad de Dios encontramos paz–, y puede por tanto irradiarla a los demás, atrayéndolos así para que lo sigan en amistosa compañía, la Compañía de Jesús. El sutil pincel de Rubens nos permite captar también una mezcla de remordimiento por los propios pecados y lamento por la penosa situación de otros, en particular herejes, cismáticos, infieles y paganos, por cuya conversión se volcaron él y sus hijos espirituales.
San Ignacio aparece ante el altar vistiendo casulla, pues era sacerdote del Altísimo y ofrecía cada día el Sacrificio incruento que lleva a cabo nuestra redención:
Los jesuitas nunca han tenido fama de buenos liturgistas, pero siempre han entendido que la Santísima Eucaristía es la ardiente caldera de la caridad que impulsa toda nuestra oración y trabajo. Para San Ignacio, la sagrada liturgia era ciertamente fuente y culmen de toda su vida cristiana. Esta devoción a la Presencia Real se hace patente en los espléndidos templos barrocos desperdigados por Europa y otros continentes, todas ellas tabernáculos de Emanuel.
Que Rubens pintara a San Ignacio con una casulla roja ricamente recamada en oro –el oro de la dignidad real y el rojo del testimonio abnegado y el fuego del Espíritu Santo–, transmite un mensaje solemne: que no hay nada más importante y valioso que el culto a Dios, en el que debemos poner todo empeño y diligencia. Al igual que el firme mármol del altar, el santo se alza inalterable en la Fe católica que fue llamado a defender.
Todo ello lo hace según reza el lema que figura en la cabecera de la página del libro que tiene colocado sobre el altar, Ad majorem Dei gloriam, para mayor gloria de Dios. Aquí no cabe la menor duda sobre quién está primero, la criatura o el Creador, el Verbo o el mundo. Dios es el principio y el fin, y a Él debemos la existencia, la vida, el culto y la eterna bienaventuranza. Nada ni nadie puede contradecir su primado: somos siervos suyos, hijos de su Esposa, y hemos de pensar y actuar conforme a ello.

Desgraciadamente, en comparación con San Ignacio y con muchos nobles miembros de la orden que siguieron sus huellas, la Iglesia actual nos pone ante los ojos el escándalo de numerosos jesuitas influyentes que han traicionado cuanto propugnaba su fundador.
En vez de apoyar con humildad el rico, complejo y lleno de sentido culto romano según se fue desarrollando bajo la dirección de la Divina Providencia, el jesuita Josef Jungman sentó las bases de su derribo. Contemplando el cuadro de Rubens, podríamos decir que Jungman cambió los brocados barrocos por cortinajes de poliéster.
En vez de combatir el error del evolucionismo darwinista, el jesuita Pierre Teilhard de Chardin lo abrazó como un nuevo paradigma del catolicismo en el que la Iglesia y su doctrina quedan subordinadas al espíritu de los tiempos y la expansión del universo.
En vez de resistir el pernicioso error consecuencialista (que un fin bueno justifica un medio malo), el jesuita Josef Fuchs lo promovió durante décadas en la Pontificia Universidad Gregoriana, envenenando con ello a generaciones enteras de teólogos morales. Los mismos que combaten impíamente la doctrina católica sobre matrimonio, familia y vida, en particular sobre conceptos fundamentales de actos intrínsecamente malos; es decir, que por su propia naturaleza son malos siempre y en todo lugar.
En vez de poner sus talentos al servicio de la conversión y curación de homosexuales practicantes que se destruyen a sí mismos y perjudican el bien común de la sociedad, el jesuita James Martin siembra confusión en la moral y la Iglesia, de una manera más diabólica todavía al presentarla de una forma que parezca cosa de sentido común, moderación y misericodia.
Y sobre todo, en vez de confirmar a sus hermanos en la verdadera Fe recibida de los Apóstoles, transmitida por los Padres, formulada por los Doctores, experimentada por los místicos, de la que dieron testimonio con su sangre los mártires de la Compañía y que el Magisterio perenne ha ido confirmando a lo largo de todas las generaciones, el jesuita Jorge Bergoglio dio ante el mundo el escándalo sin precedentes de un pontífice que sembraba confusión en cuanto al dogma y la moral católicos, haciéndoles el juego al programa secularista mundial y al libertinaje imperante en el Occidente de hoy (un detallado elenco de ejemplos pueden verlo en el libro The Disastrous Pontificate de Dominic J. Grigio.

En vez de una Iglesia que convierta al mundo, observamos una iglesia convertida por el mundo. Es la antítesis misma de lo que fue el verdadero San Ignacio de Loyola, que habría expulsado de la Compañía a los sacerdotes arriba mencionados e incoado procesos de excomunión contra ellos.
En su audiencia general del 9 de octubre de 2019, el papa Francisco dijo lo siguiente: «¿Pertenezco a la Iglesia universal (buenos y malos, todos) o tengo una ideología selectiva? ¿Adoro a Dios o adoro las fórmulas dogmáticas?»
Aparte la falsa contraposición y el sentimentalismo implícitos en la segunda pregunta, que recuerdan más al verano del amor de los hippies de Woodstock que a la caridad cristiana que ama a Dios y al prójimo con base en la fe en la divina Revelación, me gustaría señalar que el papa Bergoglio se aleja del gusto por la aprobación de definiciones dogmáticas que albegaban señalados miembros de su orden, intelectuales modernos a los que se suele elogiar (e incluso está de moda hacerlo). Francisco era un caso aparte aun entre los suyos. Veamos algunos ejemplos, teniendo presente que no afirmo que ninguno de dichos jesuitas sea ortodoxo (por desgracia, en las últimas décadas es raro encontrar uno que lo sea).
El Pierre Rousselot, S.J. (1878–1915) escribió lo siguiente en The Intellectualism of St. Thomas Aquinas:
«Es natural que un amor apasionado por la Mente absoluta engendre amor al dogma. La verdad de la Fe es el fundamento de nuestra religión. Si la religión fuera un mero producto humano, y el dogma la pura expresión de reacciones humanas a las realidades del dogma, sería la mayor de las necedades sacrificar la felicidad humana o la vida humana por el dogma. Pero el dogma contiene verdad, es más cierto aún que la ciencia, y el objeto del dogma está por encima y más allá del hombre. Del mismo modo, los pecados contra el dogma son los más graves, y los errores en cuanto a ideas son más que peligrosos que los relativos a hombres. Si desechamos el dogma, desechamos a Dios. Atacar el dogma es atacar a Dios. Pecar contra el dogma es pecar contra Dios.»
Tenemos que indagar el motivo de tan sorprendentes afirmaciones. En el caso de un ser humano, lo que es, quién es y cuáles son sus cualidades, ideas y voliciones varían de una persona a otra. Aunque hay unidad sustancial, la diversidad accidental es mayor. Por eso, atacar las ideas o decisiones de alguien no es lo mismo que atacar a la propia persona, su naturaleza humana o su dignidad personal.
Con Dios es muy diferente. Dios, su naturaleza, su personalidad, sus ideas, sus intenciones, su verdad y su amor tienen identidad entre sí. Es totalmente uno. Sería, por tanto, imposible amar a Dios sin amar igualmente todo lo que es verdad en Él y sobre Él. Dios es verdad. Por esa razón, es imposible adherirse al dogma sin adherirse a Dios. La medida en que uno está dispuesto a abrazar el dogma determina con precisión nuestro amor a Él. Manifestamos amor a Dios abrazando su verdad, y abrazamos su verdad porque lo amamos.
En su magnífica obra El Cuerpo Místico de Cristo, el P. Emile Mersch SJ (1890–1940), con semejante entusiasmo por el don divino del intelecto y la nobleza inherente de la verdad, habla de virtudes y de vicios para entender iluminado por la fe:
«Dice el dogma [al cristiano]: “¡Piensa! Piensa con todas tus fuerzas, con toda tu lealtad; piensa como debe pensar un hombre cuando piensa con Dios”. Pero cuando Dios confió su verdad al intelecto de los hombres respondiendo a su necesidad de entender, ¿acaso no les impuso el deber de buscarla? Al incorporarse Dios a la humanidad en el mundo encarnado, ¿acaso no quiso impartirles un nuevo conocimiento, y despertarlos así a una nueva forma de entender digna de Aquel que los ayuda a alcanzarlo y digno también de los hijos de la luz. Cuando Dios viene a habitar en el intelecto como verdad, ¿va a querer que el intelecto se salve sin cooperar? Cuando instala su verdad en la mente, ¿no equivaldría reprimir el deseo de conocerla a expulsarla del alma? ¿Acaso la falta de interés en comprender no es pecado de omisión, acaso el desprecio y la blasfemia no son análogos en el orden del conocimiento a la indiferencia por el bien y a la neutralidad en el orden de la volición? Una fe que renuncia a entender renuncia a la vida […] El mismo Cristo reside en los pronunciamientos dogmáticos, la autoridad magisterial oficial de la Iglesia y la vida de la gracia […] pues la Verdad es Cristo […] Los cristianos viven de la verdad».
Como para desarrollar más el concepto expresado por sus compañeros de orden, el influyente patrólogo Henri de Lubac SJ (1896–1991) dijo lo siguiente de la herejía en su libro Nuevas paradojas:
«Si los herejes ya no nos suscitan horror como en tiempos de nuestros antepasados, ¿estamos seguros de que es porque somos más caritativos? ¿O no sería quizás, en demasiados casos y aunque no nos atrevamos a decirlo, porque la manzana de la discordia, es decir la sustancia misma de nuestra fe, ya no nos interesa? Al tener una fe excesivamente familiar y pasiva, es posible que los dogmas no sean ya para nosotros el Misterio en que apoyamos nuestra vida, el Misterio que ha de cumplirse en nosotros. De ahí que la herejía ya no nos escandalice. Al menos, ya no nos horroriza ni lo vemos como algo capaz de arrebatarnos el alma […] Por eso no nos importa tratar con amabilidad al hereje ni hacemos ascos a codearnos con él […] Desgraciadamente, no siempre es la caridad la que ha aumentado o está mejor iluminada; es en muchos casos la fe, el gusto de lo eterno, lo que ha menguado.
El P. Piet Fransen, SJ (1913–1983), teólogo e historiador belga, precisó en su libro Intelligent Theology que su preferencia por el existencialismo no lo convertía en un relativista:
«Si el Hijo de Dios vino a nosotros y nos habló en nombre del Padre sirviéndose de nuestras palabras, símbolos e imágenes humanas, y si confió su verdad a la Iglesia, institución humana aunque fuera fundada por Dios, y que está unida como su Cuerpo que es y es Esposa del propio Cristo, el acto redentor que fue simultáneamente acto de revelación de los pensamientos y verdades de Dios sobre Sí mismo y el hombre, no sólo nos proporciona la posibilidad, sino el deber de pensar en esas verdades, defenderlas contra posibles deformaciones, traducirla a otros idiomas para otros tiempos y culturas […] Creo firmemente en el bien y el mal, en la verdad y la falsedad, en la ortodoxia y la herejía. A mí me parece que en cuanto la teología desiste de alcanzar la verdad ya no es teología cristiana».
El P. Avery Dulles, SJ (1918–2008) escribió en Magisterium: Teacher and Guardian of the Faith:
«Como oráculo divino, a la Iglesia se le ha encomendado la misión de dar un testimonio autorizado de la Revelación de Dios en Cristo […] Su autorizada enseñanza impone a los miembros de la Iglesia cierta obligación de creer. Al contrario que las sociedades civiles, la Iglesia es una sociedad de fe. Sus miembros están unidos porque profesan una comunidad de verdades reveladas, las cuales se expresan en forma de credos y dogmas. Rechazar la fe común es excluirse de la Iglesia como sociedad. Así pues, la enseñanza del Magisterio tiene una fuerza de ley semejante a los preceptos y leyes humanos […] Por haber recibido la Palabra de Dios, la Iglesia tiene el deber ineludible de transmitirla, explicarla y defenderla de errores».
Podríamos multiplicar indefinidamente estas citas de autores jesuitas, pero no hace falta. Lo que observamos es que la lamentable afición que tenía Francisco a los falsos contrarios (oponer dogma a amor, teoría a práctica, principios a realidad, tradición a progreso y tantas otras cosas), no sólo era repulsiva para el instinto de los fieles y su sentido común sobrenatural (como explicó Roberto de Mattei en una conferencia sobre el sensus fidelium), sino que ni siquiera se ajusta a la teología de los mejores jesuitas actuales sobre el valor absoluto de la verdad racional y dogmática y el grave peligro de abrazar el error o someterse a él, el cual si es grave nos aparta de Dios y la salvación con la misma eficacia de la torpeza moral o el odio al prójimo.
Lo cual nos lleva de vuelta al hombre que fundó la Compañía impulsándola en su trascendental paso por la historia. ¿Qué pensaría San Ignacio de sus hijos de cada época, hasta la nuestra? Que este gran santo de la Contrarreforma –padre, guía y modelo de tantos santos; qué digo, ¡algunos de los más grandes santos de la historia!– interceda por la Iglesia militante afligida y, en concreto, por la orden descarriada que afirma seguir teniéndolo por modelo, para que recupere la ortodoxia y santidad ad majorem Dei gloriam.
Peter Kwasniewski