
Monseñor Joseph Strickland
En un pódcast publicado el 14 de agosto de 2026 y titulado «Una Iglesia sin Dios», monseñor Joseph Strickland reflexiona sobre la pérdida del sentido sobrenatural en la Iglesia.
Una pregunta pesa mucho sobre mi corazón, y es difícil formularla: «¿Nos estamos convirtiendo en una Iglesia sin Dios?».
Por supuesto, no quiero decir que Dios haya abandonado a su Iglesia. Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Tampoco quiero decir que no existan innumerables católicos fieles, santos sacerdotes, religiosos, obispos, padres y madres de familia que aman profundamente a Dios y se esfuerzan cada día por vivir la fe católica.
Me refiero a otra cosa.
Me pregunto si no hemos ido elaborando progresivamente una manera de concebir la Iglesia —una manera de gobernarla, de hablar de ella, de celebrar en ella el culto y de determinar sus prioridades— que funciona cada vez más como si lo sobrenatural ya no fuera su realidad central.
Porque el catolicismo es sobrenatural o no es nada.
Piensen en la fe católica que conocieron nuestros antepasados. Creían en el cielo. Creían en el infierno. Creían en los ángeles y en los demonios. Creían que Satanás era real y que también lo era el combate espiritual. Creían en los milagros. Creían en Nuestra Señora y en la intercesión de los santos. Creían que el pecado podía destruir la vida de la gracia en el alma. Creían que la confesión podía restaurar esa vida. Creían que, cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración en el altar, el pan y el vino se convertían realmente en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Creían en la realidad de la eternidad.
Y porque creían en estas cosas, vivían de manera diferente. Construían magníficas iglesias porque Dios estaba allí. Se arrodillaban porque Dios estaba allí. Hablaban en voz baja en las iglesias porque Dios estaba allí. Se confesaban porque el pecado era una realidad. Ayunaban porque la penitencia era una realidad. Rezaban por los difuntos porque el purgatorio era una realidad. Rezaban el Rosario porque creían que la Madre de Dios realmente los escuchaba. Pasaban una hora ante el Santísimo Sacramento porque creían estar ante Jesucristo.
Los católicos de las generaciones anteriores ciertamente tenían sus pecados y sus faltas. Nunca hubo una edad de oro en la que todos fueran santos. Pero la vida católica se comprendía dentro de un marco sobrenatural. Y temo que, desde hace décadas, estemos desmantelando ese marco.
Escuchen gran parte del lenguaje que rodea hoy a la Iglesia.
Oímos constantemente hablar de escucha, diálogo, acompañamiento, inclusión, encuentro, sinodalidad, camino común, fraternidad humana.
Estos términos pueden tener un sentido legítimo. Escuchar puede ser algo bueno. El diálogo puede ser necesario. Ciertamente, debemos acompañar a las personas con caridad y compasión.
Pero debemos preguntarnos: «¿Dónde está Dios en todo esto?». A fuerza de hablarnos unos a otros, ¿seguimos hablando con Él?
Y cuando escuchamos, ¿escuchamos primero la voz de Dios, o escuchamos para determinar si lo que Dios ya ha revelado no debería, de alguna manera, ser reconsiderado? La diferencia es enorme.
La Iglesia no recibió el Evangelio de un grupo de discusión.
La verdad no nos fue dada por consenso. Jesucristo no pidió a los Apóstoles que fueran por el mundo para descubrir qué creía la humanidad. Les dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones».
Algo ha sido confiado a la Iglesia: un depósito de la fe, una revelación, una verdad que viene de Dios. Nuestra tarea no es reinventarla. Nuestra tarea es recibirla, conservarla, vivirla y transmitirla.
Hace más de un siglo, el papa san Pío X vio que un peligro se gestaba en el seno del pensamiento católico. Le dio el nombre de modernismo. Comprendió que el modernismo no era simplemente una herejía aislada entre tantas otras. Atacaba algo más profundo: los mismos fundamentos que permiten conocer y recibir la verdad revelada.
Si la verdad religiosa termina dependiendo de la experiencia humana, de la conciencia o de la evolución histórica, entonces el hombre se convierte progresivamente en juez de la Revelación, en lugar de que la Revelación sea juez del hombre.
Por eso san Pío X combatió el modernismo con tanta energía.
Por eso también la Iglesia exigía en otro tiempo el juramento antimodernista. Y por eso hombres como monseñor Marcel Lefebvre advirtieron más tarde que el modernismo no había desaparecido.
No es necesario aprobar todas las decisiones tomadas por monseñor Lefebvre para reconocer la gravedad de la cuestión que planteaba.
¿Qué ocurre cuando la Iglesia comienza a acomodarse al espíritu de la época? ¿Qué ocurre cuando el deseo de ser aceptada por el hombre moderno se vuelve más fuerte que el de convertir al hombre moderno?
Dietrich von Hildebrand captó el problema con notable claridad cuando advirtió contra el hecho de colocar la unidad por encima de la verdad. Porque, en definitiva, la primacía de la verdad es la primacía de Dios. Ahí reside el núcleo del problema.
Cuando lo sobrenatural comienza a desaparecer, las consecuencias se extienden por todas partes.
Consideremos el pecado. Si el cielo y el infierno son realidades, entonces el pecado mortal reviste una gravedad extrema. Si un alma puede quedar separada de la gracia santificante, advertir a alguien del peligro del pecado no es mostrar odio, sino amor.
Si viera a alguien caminar hacia el borde de un precipicio, ¿exigiría la compasión que guardara silencio con el pretexto de que mis gritos podrían incomodarlo? Por supuesto que no. Gritaría precisamente porque lo amo.
Desde hace dos mil años, la Iglesia llama a los hombres y a las mujeres al arrepentimiento porque cree que su eternidad está en juego. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos esta perspectiva sobrenatural?
El pecado se convierte progresivamente en otra cosa. En lugar de preguntarnos si un acto es conforme a la ley de Dios, comenzamos a preguntarnos si la persona se siente acogida. Las enseñanzas relativas al matrimonio, la sexualidad y la persona humana se vuelven cada vez más difíciles de proclamar porque la cultura las ha rechazado.
La Iglesia debe acoger siempre a cada persona con caridad. Todo ser humano posee una dignidad. Ningún católico debería tratar a otra persona con odio o desprecio. Pero la caridad no puede consistir en decirle a alguien que aquello que Dios ha calificado de pecado ya no es pecado. Eso no es misericordia. Porque si el pecado no es real, el arrepentimiento se vuelve inútil. Si el arrepentimiento es inútil, el perdón también lo es. Y si el perdón es inútil, la Cruz misma termina por volverse inútil.
¿Por qué necesitaría la humanidad un Salvador si su problema fundamental consistiera simplemente en que no nos hemos escuchado lo suficiente unos a otros?
El mismo problema puede presentarse en nuestras relaciones con las demás religiones. Debemos tratar con dignidad a las personas de todas las religiones. Debemos trabajar por la paz. Debemos oponernos al odio y a la persecución. Pero nunca debemos olvidar la razón de ser de la Iglesia.
Jesucristo no es simplemente un maestro religioso entre tantos otros. Es el Hijo de Dios. Él dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Estas palabras no pueden simplemente colocarse junto a todas las demás afirmaciones religiosas, como si todos los caminos condujeran finalmente a lo mismo. Si Jesucristo es verdaderamente Dios, entonces la evangelización importa. La conversión importa. El bautismo importa. La misión importa. La salvación importa.
Una vez más, lo sobrenatural lo cambia todo.
Y esto nos lleva a los obispos.
Yo mismo hablo como obispo y, por consiguiente, me dirijo primero a mí mismo.
Todo obispo comparecerá ante Jesucristo. No compareceremos ante un comité. No compareceremos ante los medios de comunicación. No compareceremos ante responsables políticos, donantes, consultores ni ante la opinión pública. Compareceremos ante Cristo. Y tendremos que responder por las almas que nos han sido confiadas.
El obispo no es simplemente un administrador. No es el director de una sucursal perteneciente a una organización religiosa internacional.
Lumen Gentium nos recuerda que los obispos no deben ser considerados como simples vicarios del Romano Pontífice. Los obispos son vicarios y embajadores de Cristo. Esto debería hacer temblar a todo obispo.
A lo largo de la historia de la Iglesia, hubo momentos en que los obispos tuvieron que resistir a poderosas corrientes de error. Pensemos en san Atanasio. Pensemos en san Juan Fisher. Pensemos en los innumerables obispos que sufrieron el exilio, el encarcelamiento e incluso la muerte antes que transigir con la fe.
¿De dónde procede este valor? Procede de la fe sobrenatural.
Si este mundo es todo lo que existe, protejan su posición. Protejan su reputación. Protejan su carrera. Eviten toda controversia. Preserven su comodidad.
Pero si la eternidad es real, todo cambia. Entonces, perder un cargo no es nada. Perder la popularidad no es nada. Perder la aprobación de los poderosos no es nada.
La única pregunta que cuenta, en definitiva, es ésta: «¿He sido fiel a Jesucristo?».
La Iglesia también se ha vuelto extrañamente incómoda ante la idea de condenar.
Preferimos el diálogo. Y, una vez más, el diálogo tiene su lugar. Pero llega un momento en que un pastor debe decir que no. Esto es cierto en toda familia. Un padre amoroso no aprueba todo lo que sus hijos deciden hacer. El amor exige a veces que diga: «No. Eso te hará daño».
Históricamente, la Iglesia entendía la condena doctrinal de una manera muy semejante. Los anatemas no pretendían ser expresiones de odio. Establecían límites porque la Iglesia creía que el error podía llevar a las almas a la perdición. Por eso, merece una reflexión la noción que a veces se denomina «anatema caritativo».
Si la herejía puede alejar a las almas de Cristo, corregirla es un acto de caridad. Si el pecado mortal puede separar a un alma de Dios, advertir contra él es un acto de caridad. Si recibir indignamente la sagrada Comunión puede constituir un sacrilegio, proteger la Eucaristía es un acto de caridad.
Quizá nos hayamos vuelto tan reacios a condenar el error, no porque hayamos descubierto una caridad superior a la de los santos, sino porque hemos perdido la convicción de que el error tiene consecuencias eternas. Y si es así, nos encontramos una vez más ante el mismo problema: la pérdida de lo sobrenatural.
Pero no quiero que este mensaje sea un mensaje de desesperanza.
Porque está ocurriendo algo más. Allí donde voy, encuentro católicos que tienen hambre. No tienen hambre de un nuevo programa, de un nuevo comité ni de una nueva sesión de escucha. Tienen hambre de Dios.
Los jóvenes católicos están descubriendo la adoración eucarística. Las familias están redescubriendo el Rosario. Hay personas que leen la vida de los santos. Descubren los milagros eucarísticos. Descubren el ayuno y las devociones tradicionales. Muchos se sienten atraídos por la belleza y la reverencia de la Misa latina tradicional.
¿Por qué?
No creo que se trate simplemente de nostalgia.
Muchos de estos jóvenes no tienen ningún recuerdo del antiguo mundo católico. Nunca lo conocieron. Lo que buscan es la trascendencia. Buscan algo que no provenga de ellos mismos. Quieren el misterio. Quieren la reverencia. Quieren el sacrificio. Quieren la verdad.
En definitiva, quieren a Dios.
Y quizá comprendan algo que los planificadores eclesiásticos han olvidado: si la Iglesia no ofrece al mundo más que aquello que el mundo ya puede ofrecerle, entonces el mundo no nos necesita. El mundo ya tiene organizaciones humanitarias. Tiene movimientos sociales. Tiene conferencias. Tiene terapeutas. Tiene organizaciones comunitarias. Tiene movimientos políticos. Tiene innumerables oportunidades de dialogar.
Lo que el mundo no puede darse a sí mismo es la gracia sobrenatural. El mundo no puede absolver un solo pecado. El mundo no puede consagrar la Eucaristía. El mundo no puede darnos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mundo no puede abrirnos el cielo. Sólo Cristo puede salvar. Y Cristo confió su misión salvífica a su Iglesia.
¿Cuál es, pues, la respuesta? No es la amargura. No es la ira. No es una nueva facción católica. Y, fundamentalmente, lo que necesitamos no es una Iglesia más severa.
Necesitamos una Iglesia que vuelva a creer.
Una Iglesia que crea que Jesucristo está realmente presente en el sagrario. Una Iglesia que crea que la confesión devuelve la vida a las almas espiritualmente muertas. Una Iglesia que crea que Nuestra Señora y los santos interceden realmente por nosotros. Una Iglesia que crea que los ángeles son reales. Una Iglesia que crea que los demonios son reales. Una Iglesia que crea que los milagros siguen ocurriendo. Una Iglesia que crea que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Una Iglesia que crea en la realidad del pecado. Una Iglesia que crea en la realidad de la misericordia. Una Iglesia que crea en la realidad del juicio. Una Iglesia que crea que el cielo merece que sacrifiquemos todo para alcanzarlo.
Y, por tanto, una Iglesia que tenga el valor suficiente para decir la verdad cuando decirla le cueste algo.
La Sagrada Escritura nos ofrece palabras de las que nuestra época tiene una necesidad desesperada: «Sed valientes y que vuestro corazón sea firme; no temáis ni os dejéis intimidar ante ellos, porque el Señor, vuestro Dios, camina Él mismo con vosotros: no os dejará ni os abandonará» (Deuteronomio 31, 6).
¿Por qué tenemos miedo? ¿Por qué debería un obispo tener miedo de proclamar lo que Cristo ha revelado? ¿Por qué debería un sacerdote tener miedo de predicar sobre el pecado? ¿Por qué deberían los padres tener miedo de enseñar a sus hijos que la verdad católica es realmente verdadera? ¿Por qué deberían los católicos sentirse incómodos al hablar de los milagros? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de los santos? ¿Por qué deberíamos hablar en voz baja del demonio cuando la Escritura habla claramente del combate espiritual? ¿Por qué deberíamos disculparnos por creer que Jesucristo es el Salvador del mundo?
San Pablo nos dice: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que están en los aires» (Efesios 6, 12).
O esto es verdad, o no lo es.
Si es verdad, quizá haya llegado el momento de que los católicos comiencen a vivir como si fuera verdad.
Quizá la crisis más profunda del catolicismo no sea, en definitiva, la crisis litúrgica. No es la crisis sexual. No es la crisis de las vocaciones. No es la crisis de la autoridad episcopal. Ni siquiera es la crisis doctrinal.
Detrás de todas estas crisis se encuentra quizá algo aún más profundo: una crisis de fe en lo sobrenatural.
¿Creemos realmente que Dios ha hablado? ¿Creemos que su verdad sigue siendo verdadera cuando el mundo la rechaza? ¿Creemos en la realidad de la eternidad? ¿Creemos que las almas pueden perderse? ¿Creemos que las almas pueden salvarse? ¿Creemos que Jesucristo es Dios?
Porque si realmente creemos en estas cosas, nuestras iglesias deberían tener otro aspecto. Nuestra predicación debería tener otro tono. Nuestro culto debería revestir otra forma. Nuestras familias deberían vivir de manera diferente. Y nuestros obispos deberían gobernar de manera diferente.
Podemos tener nuestros sínodos. Podemos tener nuestros comités. Podemos redactar nuestros documentos. Podemos celebrar nuestras reuniones. Podemos dialogar. Podemos escuchar. Podemos acompañar. Pero si, en algún momento del camino, Dios se vuelve secundario, ¿hacia dónde caminamos exactamente juntos?
La Iglesia no necesita parecerse cada vez más al mundo para salvar al mundo. Debe ser más plenamente aquello para lo que Jesucristo la estableció.
Necesitamos confesionarios nuevamente llenos. Necesitamos familias que recen el Rosario. Necesitamos el ayuno. Necesitamos la penitencia. Necesitamos reverencia ante la Sagrada Eucaristía. Necesitamos sacerdotes que prediquen las verdades eternas. Necesitamos obispos dispuestos a sufrir por estas verdades. Necesitamos iglesias en las que quien atraviese la puerta perciba inmediatamente: Dios está aquí.
Lo que da miedo no es solamente que el mundo haya aprendido a vivir sin Dios. Una gran parte del mundo lo ha hecho manifiestamente. La posibilidad aterradora es que la Iglesia pueda aprender a funcionar sin Él. Una Iglesia desbordante de actividad. Una Iglesia llena de conversaciones. Una Iglesia llena de programas, procesos, reuniones y documentos. Y, sin embargo, una Iglesia en la que el Dios sobrenatural hubiera sido, de algún modo, relegado silenciosamente a la periferia.
Hermanos y hermanas, no podemos permitir que esto suceda. La respuesta no es un nuevo programa. La respuesta es Jesucristo.
Pónganlo nuevamente en el centro. Vuelvan a su Corazón eucarístico. Vuelvan a la confesión. Vuelvan a la oración. Vuelvan a la Sagrada Escritura. Vuelvan a la fe que nos ha sido transmitida. Vuelvan a Nuestra Señora. Vuelvan a los santos. Vuelvan al sacrificio. Vuelvan a la reverencia. Vuelvan a lo sobrenatural.
Y no tengan miedo. Porque el mundo no necesita una Iglesia sin Dios. Necesita desesperadamente a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia del Dios vivo.
Que Nuestro Señor los fortalezca, que Nuestra Señora los guarde bajo su manto y que permanezcan firmes en la verdadera fe, cualesquiera que sean las pruebas que estén por venir.
Y que Dios todopoderoso los bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Así sea.
Monseñor Joseph E. Strickland
Obispo emérito




