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martes, 1 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA SIN DIOS (Monseñor Strickland)




Monseñor Joseph Strickland


En un pódcast publicado el 14 de agosto de 2026 y titulado «Una Iglesia sin Dios», monseñor Joseph Strickland reflexiona sobre la pérdida del sentido sobrenatural en la Iglesia.


Una pregunta pesa mucho sobre mi corazón, y es difícil formularla: «¿Nos estamos convirtiendo en una Iglesia sin Dios?».

Por supuesto, no quiero decir que Dios haya abandonado a su Iglesia. Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Tampoco quiero decir que no existan innumerables católicos fieles, santos sacerdotes, religiosos, obispos, padres y madres de familia que aman profundamente a Dios y se esfuerzan cada día por vivir la fe católica.

Me refiero a otra cosa.

Me pregunto si no hemos ido elaborando progresivamente una manera de concebir la Iglesia —una manera de gobernarla, de hablar de ella, de celebrar en ella el culto y de determinar sus prioridades— que funciona cada vez más como si lo sobrenatural ya no fuera su realidad central. 

Porque el catolicismo es sobrenatural o no es nada.

Piensen en la fe católica que conocieron nuestros antepasados. Creían en el cielo. Creían en el infierno. Creían en los ángeles y en los demonios. Creían que Satanás era real y que también lo era el combate espiritual. Creían en los milagros. Creían en Nuestra Señora y en la intercesión de los santos. Creían que el pecado podía destruir la vida de la gracia en el alma. Creían que la confesión podía restaurar esa vida. Creían que, cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración en el altar, el pan y el vino se convertían realmente en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Creían en la realidad de la eternidad.

Y porque creían en estas cosas, vivían de manera diferente. Construían magníficas iglesias porque Dios estaba allí. Se arrodillaban porque Dios estaba allí. Hablaban en voz baja en las iglesias porque Dios estaba allí. Se confesaban porque el pecado era una realidad. Ayunaban porque la penitencia era una realidad. Rezaban por los difuntos porque el purgatorio era una realidad. Rezaban el Rosario porque creían que la Madre de Dios realmente los escuchaba. Pasaban una hora ante el Santísimo Sacramento porque creían estar ante Jesucristo.
Los católicos de las generaciones anteriores ciertamente tenían sus pecados y sus faltas. Nunca hubo una edad de oro en la que todos fueran santos. Pero la vida católica se comprendía dentro de un marco sobrenatural. Y temo que, desde hace décadas, estemos desmantelando ese marco.

Escuchen gran parte del lenguaje que rodea hoy a la Iglesia. 

Oímos constantemente hablar de escucha, diálogo, acompañamiento, inclusión, encuentro, sinodalidad, camino común, fraternidad humana.

Estos términos pueden tener un sentido legítimo. Escuchar puede ser algo bueno. El diálogo puede ser necesario. Ciertamente, debemos acompañar a las personas con caridad y compasión.

Pero debemos preguntarnos: «¿Dónde está Dios en todo esto?». A fuerza de hablarnos unos a otros, ¿seguimos hablando con Él?

Y cuando escuchamos, ¿escuchamos primero la voz de Dios, o escuchamos para determinar si lo que Dios ya ha revelado no debería, de alguna manera, ser reconsiderado? La diferencia es enorme.

La Iglesia no recibió el Evangelio de un grupo de discusión. 

La verdad no nos fue dada por consenso. Jesucristo no pidió a los Apóstoles que fueran por el mundo para descubrir qué creía la humanidad. Les dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones».
Algo ha sido confiado a la Iglesia: un depósito de la fe, una revelación, una verdad que viene de Dios. Nuestra tarea no es reinventarla. Nuestra tarea es recibirla, conservarla, vivirla y transmitirla.
Hace más de un siglo, el papa san Pío X vio que un peligro se gestaba en el seno del pensamiento católico. Le dio el nombre de modernismo. Comprendió que el modernismo no era simplemente una herejía aislada entre tantas otras. Atacaba algo más profundo: los mismos fundamentos que permiten conocer y recibir la verdad revelada.

Si la verdad religiosa termina dependiendo de la experiencia humana, de la conciencia o de la evolución histórica, entonces el hombre se convierte progresivamente en juez de la Revelación, en lugar de que la Revelación sea juez del hombre.

Por eso san Pío X combatió el modernismo con tanta energía. 

Por eso también la Iglesia exigía en otro tiempo el juramento antimodernista. Y por eso hombres como monseñor Marcel Lefebvre advirtieron más tarde que el modernismo no había desaparecido.
No es necesario aprobar todas las decisiones tomadas por monseñor Lefebvre para reconocer la gravedad de la cuestión que planteaba. 
¿Qué ocurre cuando la Iglesia comienza a acomodarse al espíritu de la época? ¿Qué ocurre cuando el deseo de ser aceptada por el hombre moderno se vuelve más fuerte que el de convertir al hombre moderno?

Dietrich von Hildebrand captó el problema con notable claridad cuando advirtió contra el hecho de colocar la unidad por encima de la verdad. Porque, en definitiva, la primacía de la verdad es la primacía de Dios. Ahí reside el núcleo del problema.

Cuando lo sobrenatural comienza a desaparecer, las consecuencias se extienden por todas partes. 

Consideremos el pecado. Si el cielo y el infierno son realidades, entonces el pecado mortal reviste una gravedad extrema. Si un alma puede quedar separada de la gracia santificante, advertir a alguien del peligro del pecado no es mostrar odio, sino amor.

Si viera a alguien caminar hacia el borde de un precipicio, ¿exigiría la compasión que guardara silencio con el pretexto de que mis gritos podrían incomodarlo? Por supuesto que no. Gritaría precisamente porque lo amo.

Desde hace dos mil años, la Iglesia llama a los hombres y a las mujeres al arrepentimiento porque cree que su eternidad está en juego. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos esta perspectiva sobrenatural?

El pecado se convierte progresivamente en otra cosa. En lugar de preguntarnos si un acto es conforme a la ley de Dios, comenzamos a preguntarnos si la persona se siente acogida. Las enseñanzas relativas al matrimonio, la sexualidad y la persona humana se vuelven cada vez más difíciles de proclamar porque la cultura las ha rechazado.
La Iglesia debe acoger siempre a cada persona con caridad. Todo ser humano posee una dignidad. Ningún católico debería tratar a otra persona con odio o desprecio. Pero la caridad no puede consistir en decirle a alguien que aquello que Dios ha calificado de pecado ya no es pecado. Eso no es misericordia. Porque si el pecado no es real, el arrepentimiento se vuelve inútil. Si el arrepentimiento es inútil, el perdón también lo es. Y si el perdón es inútil, la Cruz misma termina por volverse inútil.
¿Por qué necesitaría la humanidad un Salvador si su problema fundamental consistiera simplemente en que no nos hemos escuchado lo suficiente unos a otros?

El mismo problema puede presentarse en nuestras relaciones con las demás religiones. Debemos tratar con dignidad a las personas de todas las religiones. Debemos trabajar por la paz. Debemos oponernos al odio y a la persecución. Pero nunca debemos olvidar la razón de ser de la Iglesia.

Jesucristo no es simplemente un maestro religioso entre tantos otros. Es el Hijo de Dios. Él dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Estas palabras no pueden simplemente colocarse junto a todas las demás afirmaciones religiosas, como si todos los caminos condujeran finalmente a lo mismo. Si Jesucristo es verdaderamente Dios, entonces la evangelización importa. La conversión importa. El bautismo importa. La misión importa. La salvación importa.

Una vez más, lo sobrenatural lo cambia todo.

Y esto nos lleva a los obispos.

Yo mismo hablo como obispo y, por consiguiente, me dirijo primero a mí mismo.

Todo obispo comparecerá ante Jesucristo. No compareceremos ante un comité. No compareceremos ante los medios de comunicación. No compareceremos ante responsables políticos, donantes, consultores ni ante la opinión pública. Compareceremos ante Cristo. Y tendremos que responder por las almas que nos han sido confiadas.

El obispo no es simplemente un administrador. No es el director de una sucursal perteneciente a una organización religiosa internacional.

Lumen Gentium nos recuerda que los obispos no deben ser considerados como simples vicarios del Romano Pontífice. Los obispos son vicarios y embajadores de Cristo. Esto debería hacer temblar a todo obispo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, hubo momentos en que los obispos tuvieron que resistir a poderosas corrientes de error. Pensemos en san Atanasio. Pensemos en san Juan Fisher. Pensemos en los innumerables obispos que sufrieron el exilio, el encarcelamiento e incluso la muerte antes que transigir con la fe.

¿De dónde procede este valor? Procede de la fe sobrenatural.

Si este mundo es todo lo que existe, protejan su posición. Protejan su reputación. Protejan su carrera. Eviten toda controversia. Preserven su comodidad.

Pero si la eternidad es real, todo cambia. Entonces, perder un cargo no es nada. Perder la popularidad no es nada. Perder la aprobación de los poderosos no es nada.

La única pregunta que cuenta, en definitiva, es ésta: «¿He sido fiel a Jesucristo?».

La Iglesia también se ha vuelto extrañamente incómoda ante la idea de condenar. 

Preferimos el diálogo. Y, una vez más, el diálogo tiene su lugar. Pero llega un momento en que un pastor debe decir que no. Esto es cierto en toda familia. Un padre amoroso no aprueba todo lo que sus hijos deciden hacer. El amor exige a veces que diga: «No. Eso te hará daño».

Históricamente, la Iglesia entendía la condena doctrinal de una manera muy semejante. Los anatemas no pretendían ser expresiones de odio. Establecían límites porque la Iglesia creía que el error podía llevar a las almas a la perdición. Por eso, merece una reflexión la noción que a veces se denomina «anatema caritativo».

Si la herejía puede alejar a las almas de Cristo, corregirla es un acto de caridad. Si el pecado mortal puede separar a un alma de Dios, advertir contra él es un acto de caridad. Si recibir indignamente la sagrada Comunión puede constituir un sacrilegio, proteger la Eucaristía es un acto de caridad.

Quizá nos hayamos vuelto tan reacios a condenar el error, no porque hayamos descubierto una caridad superior a la de los santos, sino porque hemos perdido la convicción de que el error tiene consecuencias eternas. Y si es así, nos encontramos una vez más ante el mismo problema: la pérdida de lo sobrenatural.

Pero no quiero que este mensaje sea un mensaje de desesperanza.

Porque está ocurriendo algo más. Allí donde voy, encuentro católicos que tienen hambre. No tienen hambre de un nuevo programa, de un nuevo comité ni de una nueva sesión de escucha. Tienen hambre de Dios.

Los jóvenes católicos están descubriendo la adoración eucarística. Las familias están redescubriendo el Rosario. Hay personas que leen la vida de los santos. Descubren los milagros eucarísticos. Descubren el ayuno y las devociones tradicionales. Muchos se sienten atraídos por la belleza y la reverencia de la Misa latina tradicional.

¿Por qué?

No creo que se trate simplemente de nostalgia.
Muchos de estos jóvenes no tienen ningún recuerdo del antiguo mundo católico. Nunca lo conocieron. Lo que buscan es la trascendencia. Buscan algo que no provenga de ellos mismos. Quieren el misterio. Quieren la reverencia. Quieren el sacrificio. Quieren la verdad.
En definitiva, quieren a Dios.

Y quizá comprendan algo que los planificadores eclesiásticos han olvidado: si la Iglesia no ofrece al mundo más que aquello que el mundo ya puede ofrecerle, entonces el mundo no nos necesita. El mundo ya tiene organizaciones humanitarias. Tiene movimientos sociales. Tiene conferencias. Tiene terapeutas. Tiene organizaciones comunitarias. Tiene movimientos políticos. Tiene innumerables oportunidades de dialogar.

Lo que el mundo no puede darse a sí mismo es la gracia sobrenatural. El mundo no puede absolver un solo pecado. El mundo no puede consagrar la Eucaristía. El mundo no puede darnos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mundo no puede abrirnos el cieloSólo Cristo puede salvar. Y Cristo confió su misión salvífica a su Iglesia.

¿Cuál es, pues, la respuesta? No es la amargura. No es la ira. No es una nueva facción católica. Y, fundamentalmente, lo que necesitamos no es una Iglesia más severa.

Necesitamos una Iglesia que vuelva a creer.

Una Iglesia que crea que Jesucristo está realmente presente en el sagrario. Una Iglesia que crea que la confesión devuelve la vida a las almas espiritualmente muertas. Una Iglesia que crea que Nuestra Señora y los santos interceden realmente por nosotros. Una Iglesia que crea que los ángeles son reales. Una Iglesia que crea que los demonios son reales. Una Iglesia que crea que los milagros siguen ocurriendo. Una Iglesia que crea que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Una Iglesia que crea en la realidad del pecado. Una Iglesia que crea en la realidad de la misericordia. Una Iglesia que crea en la realidad del juicio. Una Iglesia que crea que el cielo merece que sacrifiquemos todo para alcanzarlo.

Y, por tanto, una Iglesia que tenga el valor suficiente para decir la verdad cuando decirla le cueste algo.

La Sagrada Escritura nos ofrece palabras de las que nuestra época tiene una necesidad desesperada: «Sed valientes y que vuestro corazón sea firme; no temáis ni os dejéis intimidar ante ellos, porque el Señor, vuestro Dios, camina Él mismo con vosotros: no os dejará ni os abandonará» (Deuteronomio 31, 6).

¿Por qué tenemos miedo? ¿Por qué debería un obispo tener miedo de proclamar lo que Cristo ha revelado? ¿Por qué debería un sacerdote tener miedo de predicar sobre el pecado? ¿Por qué deberían los padres tener miedo de enseñar a sus hijos que la verdad católica es realmente verdadera? ¿Por qué deberían los católicos sentirse incómodos al hablar de los milagros? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de los santos? ¿Por qué deberíamos hablar en voz baja del demonio cuando la Escritura habla claramente del combate espiritual? ¿Por qué deberíamos disculparnos por creer que Jesucristo es el Salvador del mundo?

San Pablo nos dice: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que están en los aires» (Efesios 6, 12).

O esto es verdad, o no lo es.

Si es verdad, quizá haya llegado el momento de que los católicos comiencen a vivir como si fuera verdad.

Quizá la crisis más profunda del catolicismo no sea, en definitiva, la crisis litúrgica. No es la crisis sexual. No es la crisis de las vocaciones. No es la crisis de la autoridad episcopal. Ni siquiera es la crisis doctrinal.

Detrás de todas estas crisis se encuentra quizá algo aún más profundo: una crisis de fe en lo sobrenatural.

¿Creemos realmente que Dios ha hablado? ¿Creemos que su verdad sigue siendo verdadera cuando el mundo la rechaza? ¿Creemos en la realidad de la eternidad? ¿Creemos que las almas pueden perderse? ¿Creemos que las almas pueden salvarse? ¿Creemos que Jesucristo es Dios?

Porque si realmente creemos en estas cosas, nuestras iglesias deberían tener otro aspecto. Nuestra predicación debería tener otro tono. Nuestro culto debería revestir otra forma. Nuestras familias deberían vivir de manera diferente. Y nuestros obispos deberían gobernar de manera diferente.

Podemos tener nuestros sínodos. Podemos tener nuestros comités. Podemos redactar nuestros documentos. Podemos celebrar nuestras reuniones. Podemos dialogar. Podemos escuchar. Podemos acompañar. Pero si, en algún momento del camino, Dios se vuelve secundario, ¿hacia dónde caminamos exactamente juntos?
La Iglesia no necesita parecerse cada vez más al mundo para salvar al mundo. Debe ser más plenamente aquello para lo que Jesucristo la estableció.
Necesitamos confesionarios nuevamente llenos. Necesitamos familias que recen el Rosario. Necesitamos el ayuno. Necesitamos la penitencia. Necesitamos reverencia ante la Sagrada Eucaristía. Necesitamos sacerdotes que prediquen las verdades eternas. Necesitamos obispos dispuestos a sufrir por estas verdades. Necesitamos iglesias en las que quien atraviese la puerta perciba inmediatamente: Dios está aquí.

Lo que da miedo no es solamente que el mundo haya aprendido a vivir sin Dios. Una gran parte del mundo lo ha hecho manifiestamente. La posibilidad aterradora es que la Iglesia pueda aprender a funcionar sin Él. Una Iglesia desbordante de actividad. Una Iglesia llena de conversaciones. Una Iglesia llena de programas, procesos, reuniones y documentos. Y, sin embargo, una Iglesia en la que el Dios sobrenatural hubiera sido, de algún modo, relegado silenciosamente a la periferia.

Hermanos y hermanas, no podemos permitir que esto suceda. La respuesta no es un nuevo programa. La respuesta es Jesucristo.

Pónganlo nuevamente en el centro. Vuelvan a su Corazón eucarístico. Vuelvan a la confesión. Vuelvan a la oración. Vuelvan a la Sagrada Escritura. Vuelvan a la fe que nos ha sido transmitida. Vuelvan a Nuestra Señora. Vuelvan a los santos. Vuelvan al sacrificio. Vuelvan a la reverencia. Vuelvan a lo sobrenatural.
Y no tengan miedo. Porque el mundo no necesita una Iglesia sin Dios. Necesita desesperadamente a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia del Dios vivo.
Que Nuestro Señor los fortalezca, que Nuestra Señora los guarde bajo su manto y que permanezcan firmes en la verdadera fe, cualesquiera que sean las pruebas que estén por venir.

Y que Dios todopoderoso los bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Así sea.

Monseñor Joseph E. Strickland
Obispo emérito

El «dolce far niente».




Las acciones tienen consecuencias y las omisiones también. No es buen sistema de gobierno el que deja que el tiempo pase esperando el milagro de una solución natural de los problemas. Un interesante artículo de hoy recoge el creciente malestar ante un pontificado que avanza en el tiempo, pero vacío de contenido. Basta con echar un vistazo a las secciones de comentarios de los principales blogs católicos o observar durante unos minutos los debates que animan las redes sociales para percibir un fenómeno tan evidente como silencioso: un descontento generalizado, profundo y, a veces, airado hacia el pontífice reinante, León XIV. Apenas un año después de su elección, la curiosidad inicial y el optimismo superficial parecen haber dado paso, entre amplios sectores de los laicos y el clero más atento, a una profunda sensación de consternación y confusión. No se trata de meras controversias virtuales creadas para generar clics. Algo mucho más serio está creando una brecha entre la Cátedra de Pedro y los fieles.

La primera y más importante causa del descontento reside en el derrumbe de una gran ilusión. Tras la elección del papa Prevost, gran parte del mundo conservador y tradicionalista albergaba la esperanza de un cambio radical respecto al pontificado anterior, soñando con la restauración de la dignidad papal. Esta esperanza se había visto alimentada por varios cambios significativos en el estilo: el abandono de la Casa Santa Marta y el regreso a los palacios sagrados, la reinstauración de las vacaciones de verano en Castel Gandolfo, e incluso detalles formales como la presentación directa del palio a los metropolitanos. Sin embargo, como muchos comentaristas han señalado con amargura, se trató de una revolución puramente estética y superficial. Detrás de los gestos de sonoridad antigua, la esencia del gobierno eclesiástico permaneció inalterada. León XIV confirmó en puestos clave a figuras muy controvertidas como el cardenal Fernández y el cardenal Zuppi, y no mostró un verdadero interés en frenar las tendencias doctrinales disruptivas, como la polémica vía sinodal alemana. La disidencia surge precisamente de aquí: los fieles perciben la incoherencia de un papado que se viste bajo el manto de la Tradición pero que, en la práctica, sigue tolerando el desmantelamiento de la doctrina.

Si bien la continuidad administrativa resulta desconcertante, son los gestos y omisiones concretas de León XIV los que alimentan los comentarios de los fieles. Internet no ha perdonado al pontífice por algunas declaraciones públicas y diplomáticas percibidas como auténticos respaldos al error. El ejemplo más llamativo fue el mensaje oficial enviado en marzo pasado a Sarah Mullally, primada recién nombrada de la Iglesia Anglicana en Canterbury. Dirigirse a una mujer como «Reverendísima» en un cargo episcopal —en abierta contradicción con la enseñanza definitiva de la «Ordinatio sacerdotalis»— y mostrar tal deferencia hacia una figura que apoya públicamente el aborto y las uniones entre personas del mismo sexo, ha generado una inmensa indignación. Muchos comentaristas han hablado abiertamente de una traición a la misión petrina y de una progresiva «protestantización» de la Iglesia. A esto se suman las desconcertantes extravagancias litúrgicas y pastorales, como la extraña bendición de un bloque de hielo o la falta de intervención en la decisión de premiar a políticos proaborto. Cuando el papa opta por el silencio o se retira a Castel Gandolfo mientras Roma acoge eventos ambiguos que se alejan abiertamente de la moral católica, los fieles experimentan una sensación de abandono pastoral y de orfandad.

León XIV se presentó desde el principio como un pontífice moderado, que intentaba tender puentes entre facciones opuestas. Su lema papal, In Illo uno unum («En uno, somos uno»), expresa este deseo de conciliación. Pero en una época de extrema polarización, la postura centrista corre el riesgo de disgustar a todos. Para los progresistas, León XIV es nostálgico del pasado y se resiste a las reformas necesarias (sacerdocio femenino, celibato, moral sexual); para los tradicionalistas, es un continuador encubierto del modernismo que carece del valor para defender la Verdad objetiva. En su intento por evitar disgustar a nadie, el Papa termina pareciendo ambiguo o incluso indiferente al destino de la fe.

La Iglesia Católica debe pronunciarse con mayor claridad sobre las enseñanzas tradicionales acerca del matrimonio y la moral sexual, especialmente ante la creciente confusión en torno a la homosexualidad y la defensa de los derechos LGBTQ dentro de la jerarquía. Nombrar los pecados graves no es odio, sino preocupación por las almas, como el deber de un médico de diagnosticar una enfermedad grave. La creciente división dentro de la Iglesia la provocan las bendiciones para parejas en situaciones irregulares, ministerios relacionados con la comunidad LGBTQ+ y mensajes pastorales cada vez más ambiguos. La jerarquía restringe a los católicos tradicionales y la Misa en latín, sin afrontar los desafíos a la enseñanza moral perenne. El doble rasero es evidente: se intenta silenciar a los fieles mientras se normaliza la confusión. La Iglesia debe hablar con claridad, los fieles deben actuar con valentía y la verdad debe ser proclamada, cueste lo que cueste. El mensaje no es de condenación, es de salvación y ese es el único mensaje que importa.

La herida litúrgica abierta por «Traditionis custodes» sigue sangrando. Muchos esperaban que León XIV levantara las restricciones de Francisco, restaurando la plena libertad de la Antigua Misa. Su silencio sobre este tema, sumados al enfrentamiento con la Sociedad de San Pío X —ahora presionada hacia una ruptura definitiva con la excomunión proclamada para las nuevas consagraciones episcopales— exasperan a la gente. Los fieles apegados al Rito Antiguo se sienten tratados como marginados y exiliados por una jerarquía que afirma ser inclusiva con todos, excepto con sus hijos más fieles. Pues parece que el descontento que se manifiesta no es el capricho de unos pocos fanáticos antirromanos. Es el grito de dolor de un pueblo que exige pan doctrinal y recibe piedras burocráticas o compromisos diplomáticos. La mediocre jerarquía que nos gobierna se engaña a sí misma pensando que puede solucionar esta profunda crisis con ajustes estilísticos o fórmulas políticas «a medias», internet seguirá hirviendo, demostrando que el hambre de verdad de los fieles no se puede saciar con el silencio de un «dolce far niente».

domingo, 23 de agosto de 2026

El Papa, desactivador de minas | Actualidad Comentada | P. Santiago Martín, FM



DURACIÓN 14:18 MINUTOS

«Molesten un poquito»: La Sacristía de la Vendée pasa revista al agosto de los escándalos y arma a los fieles con el Código de Derecho Canónico




La tertulia sacerdotal contrarrevolucionaria dedicó su último programa, dos horas largas bajo el título «Herejías, abusos y silencios», a hacer inventario de una quincena especialmente pródiga en escándalos eclesiales y, sobre todo, a responder a la pregunta que daba subtítulo a la emisión: qué pueden hacer los católicos. Condujo el padre Francisco José Delgado desde la selva peruana —reside estos días en el seminario de Moyobamba—, acompañado por el padre Juan Manuel Góngora (Almería), el sacerdote argentino Tomás Agustín Beroch, diocesano en Estados Unidos, y el padre Custodio Ballester (Barcelona), que abandonó la tertulia a media emisión. Delgado advirtió de entrada que el plan no era «simplemente indignarnos»: ante las cosas que dañan la fe «está el maligno dando vueltas para hacer que las almas se pierdan, y hay que acertar también a la hora de responder».

DURACIÓN: 2 HORAS

Los nombramientos: Longo y Murray

El repaso comenzó por los nombramientos. El boletín vaticano del 13 de agosto incluía la designación de Umberto Longo, director del Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, sobre quien circulan informaciones «bastante claras» —dijo Delgado— de vinculación con la masonería, con presencia documentada en actos masónicos, sin que la Santa Sede haya dicho una palabra. A ello sumó el nombramiento de la religiosa irlandesa Patricia Murray, exsecretaria ejecutiva de la Unión Internacional de Superioras Generales y figura del sector sinodal más favorable a las reivindicaciones feministas y del mundo LGTB —Delgado exhibió su entrevista en Vida Nueva bajo el titular «El clero teme perder el poder»—, como consultora del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada.

Beroch confesó que no habría sabido que era monja de no decírselo: «El hábito no hace al monje, pero ayuda». Distinguió entre el homosexual que busca vivir en castidad, como los del grupo Courage, y los lobbies que defienden «el aborto, la ideología de género y todas esas porquerías anticatólicas», y fue al fondo del problema: «Cuando pones a alguien en un puesto de poder estás diciendo que esa persona es capaz de llevar a cabo la misión de la Iglesia»; el mensaje que reciben los fieles es que «todo eso no está tan mal». Citó el humo de Satanás de Pablo VI y los lobos con piel de oveja, y expresó la esperanza de que León XIV se parezca a León XIII, el papa que renovó las condenas a la masonería, el liberalismo y el socialismo. Delgado, por su parte, comentó la fotografía del encuentro de superioras religiosas viendo el mensaje del Papa: «Parece una señora jugando al bingo, un encuentro de la tercera edad».

Torrelavega: la Asunción negada desde el ambón

El plato fuerte llegó con Torrelavega. En la misa de la Asunción, celebrada por el 125 aniversario del título de basílica del templo, hubo danzas litúrgicas con hombres en falda —«un espectáculo bufonesco si no fuera por el dolor que causa verlo en medio de la misa»—, casulla azul fuera del privilegio de la Inmaculada y, sobre todo, la homilía del párroco, cuyo audio se reprodujo en directo: «Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico, es un estado del alma». Para el padre Custodio, «un indocumentado, un ignorante, un pobre hombre» que «ha hecho el ridículo más absoluto en todo el mundo» y al que hay que mirar «con compasión y conmiseración».

Delgado fue al terreno canónico: la negación pública de un dogma proclamado es herejía, y la herejía está penada con excomunión latae sententiae. Cinco días después de la solemnidad, el obispo de Santander no había dicho nada, y el conductor recordó el agravio comparativo con su propio caso: «En veinticuatro horas mi obispo había mandado un comunicado echándonos a los pies de los caballos, dando por buenas todas las manipulaciones de la prensa religiosa más asquerosa. Nosotros habíamos pedido perdón doce horas antes». Y una comparación más incómoda: si a la Fraternidad de San Pío X se le declara la excomunión en un día, «esto también conlleva excomunión, y aquí no se hace nada».

Suesa: la consagración reinventada

En la misma diócesis cántabra situaron el segundo caso, a juicio de Góngora el más grave: la misa retransmitida por una televisión autonómica desde el monasterio de las trinitarias de Suesa, donde el celebrante reinventó la consagración en plural femenino: «Tomad y bebed todas de él […] será derramado por vosotras y por toda la humanidad […] para recordar que yo estoy en medio de vosotras como quien sirve». El sacerdote almeriense señaló que no solo se modifican a antojo las palabras de la consagración, sino que las monjas simulan con sus gestos una concelebración, materia consignada en el derecho entre los delicta graviora. «El vaso se está colmando», dijo, y rechazó la consigna de confiar y rezar en silencio: callar sería sumarse a «un silencio ominoso, aquiescente y cómplice con un auténtico contradiós». Delgado leyó la presentación que las propias monjas hacen de su liturgia en la web del monasterio —«un coro monástico circular sin espacios jerarquizados […] un lenguaje inclusivo»— y constató que tampoco aquí ha habido comunicado episcopal alguno.

La Paloma: la consagración del cardenal Cobo

Capítulo aparte, menor en gravedad pero de recorrido internacional, mereció la consagración del cardenal Cobo en la misa de la Virgen de la Paloma: la hostia sostenida sobre la patena fuera del altar, sin la inclinación que manda la Ordenación General del Misal Romano y con una teatralización dirigida a la asamblea. Las palabras, admitió Delgado, están bien dichas, pero la plegaria eucarística se dirige al Padre, no al público; es memorial y anámnesis, no dramatización, apostilló Góngora, para quien la gravedad «no está en qué se hace, sino en quién lo hace»: el arzobispo de Madrid y miembro de uno de los dicasterios más importantes de la Santa Sede.

Fátima: la bendición de Cristiano Ronaldo y Georgina

De Madrid a Fátima. Tras el matrimonio civil de Cristiano Ronaldo y Georgina Rodríguez, celebrado en su casa —«inválido para los católicos bautizados; no sirve para nada»—, un sacerdote les ofreció misa en una capilla privada del santuario portugués con una bendición «estilo Fiducia supplicans». Delgado, documento en mano, demostró que ni siquiera la controvertida declaración —contra la que él mismo firmó en su día— ampara lo sucedido: la bendición ha de ser espontánea y «nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos, ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio». Aquí hubo capilla reservada, preparación y, al parecer, los mismos modelitos de la boda civil.

Góngora descargó la culpa principal en los sacerdotes cómplices que no explicaron lo que la Iglesia enseña, «sea Cristiano Ronaldo o sea quien sea», y alertó de la veda que se abre: el fiel de a pie tiene derecho a preguntarse por qué a él no le hacen lo que al futbolista, resucitando la vieja fama de las nulidades para ricos. Beroch lo resumió a la argentina: «La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer», y «por la plata baila el mono». Contó que a un famoso local que le pidió algo parecido le propuso convertir esa misa en su boda por la Iglesia, y recordó al divorciado vuelto a casar que le ofreció un cheque de cinco mil dólares por un padrinazgo: «Yo no vendo mi alma; acepto ese cheque y pierdo el cheque de la vida eterna». Delgado remató con el chiste del perro que una señora quería bautizar por mil dólares de estipendio: «Ah, usted no había dicho que el perro era católico». Custodio aportó su propia casuística —los jubilados viudos que pedían bendecir unos anillos sin casarse para no perder la pensión de viudedad— y Beroch puso el telón de fondo bíblico con Ezequiel 3,18: el centinela responde ante Dios de las almas a su cuidado. Al fondo, dijo, se ha perdido el temor de Dios y, peor aún, la vergüenza: «¿Qué joven va a querer ser cura con ese tipo de esperpentos? Por eso los progres son estériles».

Bertomeu y la Pachamama

El último caso del inventario fue el de monseñor Jordi Bertomeu, oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, participando en Perú en un «pago a la tierra», ofrenda chamánica a la Pachamama, dentro de un encuentro macrorregional —«Entrelazando voces por la dignidad»— publicitado por Vatican News como preparación de la visita de León XIV. Custodio, que le conoce y ha hablado con él, pidió mirarle «con un poco de compasión»: en una carrera eclesiástica brillante «cualquier resbalón se convierte en una cosa muy grave», y «es doctor en Derecho Canónico y sabe de qué va la cosa». Góngora fue más severo: comentar el caso expone a que le acusen a uno de defender al Sodalicio y a los abusadores —remitió al artículo de Alejandro Bermúdez—, pero «la mujer del César debe serlo y parecerlo»: si cualquiera de ellos hiciera algo así «acabaríamos en una cartuja del paralelo 48». El mensaje que se transmite, dijo, es que «el que tiene padrino» puede cualquier cosa, y recordó las amenazas de excomunión a dos fieles peruanos. Delgado concedió que a uno pueden sorprenderle en un acto ajeno, «pero una cosa es que no te dé la sangre para ponerte a dar voces contra la idolatría y otra que te pongas a hacerlo tú».

¿Qué hacer? El itinerario canónico

La segunda hora se consagró al «qué hacer». Custodio, antes de despedirse, evocó el título de Lenin y el ver-juzgar-actuar de los antiguos grupos de revisión de vida, y trasladó el método al terreno cívico: si en cada pueblo de España un grupo se plantara todos los jueves a las siete en la plaza del Ayuntamiento contra Pedro Sánchez, «caerían como las murallas de Jericó»; el problema es la educación española del «que venga alguien y haga algo». Su receta eclesial: abordar al sacerdote y decírselo a la cara; si no rectifica, escribir al obispo «para que al menos durante tres minutos se incomode»; y si el obispo no hace caso, al dicasterio del Culto Divino, «porque las élites piensan que toda la humanidad es tonta menos ellos». Con una advertencia final: «Nosotros somos los primeros necesitados de convertirnos».

Delgado sistematizó después el itinerario canónico. El canon 212 establece la obediencia debida a los pastores, pero también el derecho de los fieles a manifestarles sus necesidades y «el derecho, y a veces incluso el deber», según el propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar su opinión sobre lo que pertenece al bien de la Iglesia. La instrucción Redemptionis Sacramentum (nn. 183-184) encarga a todos —obispos incluidos— que el Santísimo Sacramento sea defendido de toda irreverencia y reconoce a cualquier católico, sea sacerdote, diácono o laico, el derecho a exponer queja por un abuso litúrgico ante el obispo diocesano o ante la Sede Apostólica, «con veracidad y caridad».

Sobre esa base, el conductor desgranó lo práctico: los modelos de denuncia que el padre Javier Olivera Ravasi publicó en su blog «Que no te la cuenten» —escándalo público, abusos litúrgicos, negación de la comunión en la boca o de rodillas, predicación contraria a la fe o la moral—; la corrección privada para el cura joven que mete la pata, la carta formal para el veterano que «te mandará a freír espárragos»; describir hechos y solo hechos, sin endosar al obispo «una lección de eclesiología de Twitter» que acabará, «con toda razón», en la papelera; pedir acuse de recibo y, como los obispados españoles han dado en no darlo —«un abuso terrible» que denuncia en vano—, gastarse treinta euros en un burofax, o su equivalente notarial en cada país. Si en plazo razonable no hay respuesta, a Roma: Culto Divino para los abusos litúrgicos, Doctrina de la Fe para la predicación contra la fe y el escándalo público, Clero u Obispos según el caso; cabe incluso la doble notificación, denunciando ante el dicasterio de Obispos la inacción del ordinario. El cauce más eficaz, la nunciatura, que archiva copia y remite a Roma sin extraviar nada; las nuevas normas de la Curia obligan a algún tipo de respuesta en noventa días. Y un apunte de época: las inteligencias artificiales «son muy útiles» para redactar estas denuncias con los cánones aplicables, «e incluso, si te enciendes, te dicen: este tono no parece el correcto».

«Molesten un poquito»

Beroch cargó contra el ocultismo eclesial: la lógica de «los platos se lavan en casa» fue la que encubrió los abusos, y «el problema de meter la basura bajo la alfombra es que en algún momento la alfombra explota, y explota mal». Lo privado se arregla en privado —si discutiera con Olivera Ravasi le llamaría por teléfono, no abriría Twitter—, pero el pecado público que escandaliza exige palabra pública: «Los progres son como las ratas: le tienen miedo a la luz», a la prensa, a YouTube. De ahí su consigna a los laicos: «Molesten un poquito». Al cura a la cara después de la misa, cartas al obispo, al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, al del Clero, al nuncio, y a la policía si hay abuso de un menor: «Si llegan varias cartas, después la van a pensar». Con una salvedad que repitió varias veces: quien rectifica merece el abrazo —«hermano, bienvenido de vuelta»—; el problema es la pertinacia, porque las penas canónicas son medicinales y buscan la conversión del reo, no su destrucción. Los sinodales, ironizó, predicaron misericordia para todos «menos para los curas de la Vendée», crucificados «por un chiste que ni siquiera fue pecado».

Los contrapesos: prudencia, caridad y conversión propia

No faltaron los contrapesos. Góngora insistió en la prudencia: actuar con pruebas, sin juicios temerarios, dando la cara «con nombre y apellido» y sin la chiacchiera que condenaba el papa Francisco; y salió al paso de quienes en el chat oponían amor y temor de Dios: el temor es uno de los siete dones del Espíritu Santo, no un sustituto del amor. Delgado alertó contra quien usa el escándalo como coartada de agendas propias, y puso un ejemplo espinoso: concluir de Torrelavega que la Fraternidad de San Pío X «ha hecho bien» con las consagraciones de Écône, acto que él sigue teniendo por «erróneo e innecesario»; a pregunta del chat, Góngora confirmó que sustituir la lectura del mandato pontificio por una serie de argumentos leídos por un seglar es, «evidentemente», un abuso litúrgico. Y contra las «soluciones ideológicas» que aprovechan el río revuelto: «La culpa de todo la tienen los judíos. ¿Qué tiene que ver esto?».

El conductor recordó además que el canon 210 precede al 212 no por casualidad: primero los deberes —llevar una vida santa e incrementar la Iglesia—, luego los derechos. «Si me vuelvo un experto en materias teológicas controvertidas pero luego no rezo, mi familia está hecha un asco y en mi trabajo soy un inmoral, tenemos un problema». Su modelo de reforma, el de Santa Teresa ante la revolución protestante: no un gabinete de denuncias, sino una comunidad dedicada a vivir la perfección. «Nuestra mediocridad también es culpable de que estas cosas pasen». Beroch, reincorporado tras el apagón que le causó una tormenta eléctrica, lo remachó con una anécdota de sus años de seminarista con el Verbo Encarnado: criticaban a tal o cual obispo y un superior les preguntó si cumplían bien el horario del seminario; «si nosotros no cumplimos nuestro deber de estado, cuánto menos haríamos en el lugar de ese obispo». Y a un comentarista que le acusaba de odiar a los progres le respondió que allí nadie odia a nadie: si el párroco de Torrelavega tomase el micrófono y se arrepintiese, «lo aplaudimos».

Votar con el bolsillo

Hubo también un capítulo económico. El quinto mandamiento de la Iglesia obliga a ayudarla en sus necesidades, recordó Delgado, pero con inteligencia: donde el sistema lo permite —Estados Unidos, cuyas parroquias viven del cepillo, y no tanto la España o la Alemania de los subsidios estatales, donde el fiel apenas tiene voz—, cabe votar con el bolsillo, y sobre todo comunicarlo: «Mando una cartita: no puedo en conciencia colaborar con esto». Como en las bajas de telefonía, a veces eso hace que escuchen.

El tono: juzgar hechos, no personas

Sobre el tono de la denuncia, el conductor proyectó la escena de la película de Padre Pío en que el santo, denunciado por el obispo de Manfredonia, revienta contra el fraile que llama al prelado «cura indigno y sinvergüenza»: «¿Quién eres tú para hablar así de un obispo de la Iglesia? Aprende humildad». La maledicencia, recordó Delgado, es pecado aunque lo que se diga sea verdad, cuando se airean defectos ajenos para regodearse o fomentar el odio. Beroch matizó que ese mismo vídeo se le ha lanzado a él para acallar toda crítica, y fijó la distinción decisiva: se juzgan los hechos, nunca las personas ni las intenciones; puede decirse que negar la Asunción es una herejía aberrante, no que aquel padre se irá al infierno; sin juzgar hechos, «un padre no podría educar a sus hijos ni un policía detener al ladrón». Para quien quisiera profundizar en el dogma —hubo en el chat quien defendió que el párroco solo pedía entender el cuerpo «metafóricamente»—, los tertulianos zanjaron que hablar de mitología ya es negarlo, que el cuerpo glorificado es material —«Cristo comió un pedazo de pescado»— y remitieron a los vídeos de Olivera Ravasi y del padre Francisco Torres en su canal Clama Ne Cesses.

Contra la youtuberización de la fe

Los últimos compases abordaron la youtuberización de la fe, a raíz de un comentario que pedía no convertir a los laicos youtubers en «nuestros sacerdotes y obispos». Delgado reivindicó la gracia de estado del sacerdote para predicar y aconsejar —sin absolutizarla: al de Torrelavega hay que corregirle—, reconoció el servicio de los seglares, más a salvo de las arbitrariedades episcopales que algunos curas han padecido, pero les pidió reconocer sus límites: proliferan los vídeos de laicos, «algunos que antes de ayer eran protestantes», corrigiendo la plana en términos durísimos a sacerdotes con décadas de formación académica. De paso se defendió de quienes murmuran que tras la sanción se ha amansado: «Me volverá a pasar, no se preocupen; lo sobrellevaremos otra vez».

Góngora prefirió hablar de restauración antes que de reforma: «No es añadir un campanario a la torre; hay que repellar desde los cimientos y sacar la humedad y todo lo malo que se ha ido infiltrando», y previno a los fieles contra quien les diga lo que quieren oír. Beroch pidió humildad intelectual en todas direcciones —memorable su única respuesta escrita a un comentarista sabihondo de YouTube: «Discúlpeme, es la cuestión 23 de la Suma, no la 56»— y citó a Perón, «que no es santo de mi devoción, pero la verdad es verdad la diga quien la diga»: «El bruto es peor que el malo, porque los malos se pueden convertir». Delgado añadió la distinción escolástica entre opinión y demostración, contra los que califican de hereje al que discrepa en lo opinable, y lamentó a los exaltados que pierden amistades por estas disputas: «una ridiculez». Todavía hubo tiempo para reírse del youtuber que promete avisar a su audiencia cuando haya cisma, «aunque el Papa diga que lo hay».

El cierre fue el habitual de la casa: recomendación de la aplicación de audiolibros de Homo Legens —narrados con inteligencia artificial; Delgado la usa a diario en sus paseos por el seminario de Moyobamba— y del despacho fiscal barcelonés VCR, «Viva Cristo Rey», bendición en latín y el mismo himno cristero que había abierto la emisión: «Guerra, guerra contra Lucifer». Hasta el jueves que viene.

Shanghái retira las Biblias de la catedral, cierra San Ignacio y las funerarias niegan ya el funeral católico


La asfixia silenciosa de la Iglesia en China


(ChinaAid/InfoCatólica) Un católico de Shanghái ha documentado a lo largo del último año el estrechamiento progresivo del espacio en que los fieles chinos pueden vivir su fe, hasta el punto de que ya no es posible comprar una Biblia en la tienda de la catedral, el templo permanece cerrado a los visitantes y las funerarias de la ciudad se niegan a celebrar funerales católicos.

El informe, fechado el 1 de agosto de 2026, fue difundido el 19 de agosto en la red social X por una destacada cuenta de periodismo ciudadano y disidencia china en el extranjero. Su autor permanece en el anonimato por razones evidentes de seguridad.

Estanterías vacías en la catedral

La tienda de artículos religiosos vinculada a la catedral de San Ignacio, conocida también como catedral de Xujiahui, había retirado ya el año pasado los libros de teología de sus estantes. El 1 de agosto de este año desaparecieron directamente todas las estanterías, y con ellas la posibilidad de adquirir Biblias o el devocionario de las «Cuatro Oraciones Comunes».

Cuando el autor del informe preguntó por esos materiales, la cajera le respondió con una frase que resume el proceso entero: «Se han ido, se han ido todas».

La reflexión que le suscitó el episodio es igual de expresiva: «Es absurdo pensar que no puedas comprar una Biblia dentro de la iglesia, una maravilla del mundo».

No es un caso aislado de Shanghái. En junio de este año las iglesias católicas de Pekín retiraron igualmente las Biblias de la venta.

Un templo cerrado desde enero

La catedral de San Ignacio dejó de recibir visitantes a comienzos de 2026, con el argumento de unas obras de reforma interior. El autor del informe apunta que la decisión de reabrirla no depende enteramente de la propia iglesia.

Las peregrinaciones han corrido una suerte parecida. En julio hubo de cancelarse una peregrinación fuera de Pekín a causa de nuevas exigencias normativas. Un sacerdote de la capital explicó a los fieles que las parroquias que pretenden organizar peregrinaciones que crucen los límites de una región deben someterse a procedimientos de autorización «extremadamente difíciles de completar».

Hay algo más grave todavía en esa explicación: las iglesias locales «deben informar de los feligreses que viajan sin autorización». La parroquia queda así convertida en instrumento de vigilancia sobre sus propios fieles.

El resultado es que los católicos se ven reducidos a desplazarse en grupos de «dos o tres» personas. En este «tiempo especial», constata el autor del informe, muchas cosas que los católicos «habían podido hacer juntos anteriormente ya no podían hacerse».

También en internet

El cerco alcanza igualmente al ámbito digital. La aplicación católica china «Wan You Zhen Yuan» interrumpió bruscamente en diciembre de 2025 las retransmisiones diarias en chino del Rosario procedentes del santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en Francia. La plataforma suspendió asimismo sus vídeos informativos y los cursos de formación espiritual en línea.

La fe escondida y el funeral negado

El testimonio de un joven católico de la provincia de Shandong ilustra el precio personal de todo esto. Funcionario público, teme perder el empleo si se descubre su práctica religiosa. Por eso evita acudir abiertamente a Misa en Shandong y solo participa cuando viaja por motivos de trabajo. Dentro de la iglesia mantiene puesta la mascarilla para que nadie pueda identificarlo.

El último eslabón conocido de esta cadena afecta al momento de la muerte. Desde agosto de este año, las funerarias de toda la ciudad de Shanghái han empezado a negarse a celebrar exequias católicas.

La información ha sido publicada por ChinaAid, organización internacional de derechos humanos de inspiración cristiana fundada en 2002, en un reportaje firmado por el corresponsal Gao Zhensai.

viernes, 21 de agosto de 2026

Un vídeo del obispo Schneider denunciando la "islamización de Europa" se ha vuelto viral en medio de la crisis migratoria en España.



En nuestra traducción de Sign of the Cross . La advertencia del obispo Schneider sobre la islamización de Europa se ha vuelto viral tras la reciente crisis en la frontera de Ceuta, España, que sin duda no quedará aislada y tendrá repercusiones en toda Europa. La noticia se complementa con declaraciones del cardenal Sarah. Un vídeo del obispo Schneider denunciando la "islamización de Europa" se ha vuelto viral en medio de la crisis migratoria en España.


Un vídeo de 2025 en el que el obispo Athanasius Schneider denunciaba la "invasión" de inmigrantes islámicos en Europa, acusándolos de destruir la herencia cristiana, ha resurgido en las redes sociales después de que decenas de miles de inmigrantes llegaran a España la semana pasada.
En el breve vídeo, refiriéndose a la afluencia masiva de inmigrantes musulmanes a Europa, el obispo recalcó que muchos de ellos no son refugiados y que la «islamización masiva» de Europa forma parte de un complot de los «poderosos» para destruir el cristianismo en Europa. Muchos usuarios de X republicaron el vídeo [ aquí ] junto con otro vídeo de inmigrantes que llegaron la semana pasada al pequeño territorio español de Ceuta desde la frontera con Marruecos.
«Ahora estamos presenciando una invasión. No se trata de refugiados, no, se trata de una invasión de la islamización masiva de Europa», dijo el obispo en el video. «Y, por lo tanto, este es un plan político global de los poderosos del mundo: destruir Europa cultural y religiosamente, y en última instancia, destruir el cristianismo en Europa».
Durante la oleada migratoria de la semana pasada, se estima que entre 50.000 y 60.000 personas cruzaron ilegalmente la frontera hacia Ceuta entre el 30 y el 31 de julio, lo que representa más de la mitad de la población de la ciudad. Al menos 86 personas fallecieron durante esta oleada, la mayoría ahogadas al intentar nadar hacia la costa española.
Según el Daily Mail
, la situación incluso derivó en disturbios callejeros, con residentes que salieron a las calles para protestar y repeler a los intrusos. «Muchos ondeaban banderas españolas y les gritaban», informó el Mail . «Mientras un grupo de migrantes huía, se oía de fondo una fuerte sirena policial». El sindicato policial nacional Jupol emitió un comunicado denunciando la «clara falta de personal y recursos materiales» para gestionar la situación.
El gobierno español finalmente envió tropas el viernes para "reforzar la Guardia Civil en el ejercicio de sus poderes y cualquier otro poder que sea necesario para mantener la seguridad en la ciudad de Ceuta", dijo el Ministerio del Interior, añadiendo que colaborará con el gobierno marroquí para repatriar a los migrantes "lo más rápido posible".
La afluencia masiva de migrantes en la frontera fue tan devastadora que incluso el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, denunció el incidente como "una violación de la integridad territorial de España". Según las autoridades, la mayoría de estos migrantes abandonaron la ciudad voluntariamente.
Si bien la doctrina social católica afirma que los inmigrantes deben ser tratados con dignidad y respeto, también reconoce el derecho de cada país a proteger sus fronteras. El documento "Doctrina Social Católica sobre la Inmigración y la Circunvalación de los Pueblos" de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB) establece que los países no tienen la obligación de acoger a todos aquellos que desean entrar en su territorio.
Varios clérigos católicos se han hecho eco de las declaraciones del obispo Schneider sobre inmigración. En 2017, el cardenal Robert Sarah, en un discurso pronunciado en la Universidad Cardenal Stefan Wynszynski de Polonia, denunció a las "fuerzas externas" que pretenden imponerse en Polonia y otras naciones europeas sin integrarlas.
"¿Cómo puede una nación verse privada del derecho a distinguir entre un refugiado político o religioso, obligado a huir de su patria, y un migrante económico, que desea cambiar de residencia sin adaptarse, identificarse ni aceptar la cultura del país donde vivirá?", preguntó el cardenal Sarah.
El cardenal guineano también hizo hincapié en la importancia de reconstruir las naciones que han sufrido guerras y otras injusticias, sin desarraigar a las poblaciones de otros países, y criticó a quienes "explotan la palabra de Dios" para justificar la promoción del multiculturalismo.
"Reitero que debemos trabajar juntos para reconstruir las naciones que han sido víctimas de la guerra, la corrupción y la injusticia, pero esto no significa fomentar el desarraigo de los pueblos ni la destrucción de las naciones", afirmó. "Algunos instrumentalizan la Palabra de Dios para justificar la promoción del multiculturalismo y utilizan con frecuencia el pretexto de la hospitalidad para justificar la acogida de inmigrantes."
Palabras que, lamentablemente, no resuenan desde el trono más alto y sus líderes ideológicamente orientados, que siguen predicando la absurda aceptación indiscriminada, ignorando por completo sus consecuencias ahora casi irreversibles... sin ejercer ni el munus docendi ad intra ni la evangelización confundida con proselitismo ad extra ; afirmando, en efecto, que "rezamos al mismo Dios"...

miércoles, 19 de agosto de 2026

(392) Mons. A. Schneider: “El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocidos canónicamente por el Papa”





ROMA, 17 de agosto de 2026 — Monseñor Schneider ha emitido su primera declaración pública desde las consagraciones episcopales de la FSSPX en Écône realizadas en julio en contra de la voluntad del Papa León XIV. En los meses previos había rogado repetidamente al Papa que le otorgara un mandato apostólico en lugar de permitir que el acto se llevara a cabo sin su aprobación, sobre todo en un «Llamamiento Fraternal » del 24 de febrero.

En esta nueva declaración, el obispo presenta la situación actual como ejemplo de un dilema que ya se había planteado en la historia de la Iglesia, por San Atanasio de Alejandría en el siglo IV, cuando el papa Liberio, presionado por el imperio, entró en comunión con los obispos arrianos y exigió que Atanasio hiciera lo mismo, a lo cual éste se negó y fue excomulgado, acusado de «perturbar la paz de la Iglesia».

El obispo auxiliar de Astaná, Kazajistán, no emite un juicio definitivo sobre las acciones del Vaticano, sino que se propone explicar, a través de este ejemplo histórico, el razonamiento detrás de la decisión de la FSSPX, manifestando:

«Quiero ofrecer elementos para una reflexión más profunda sobre la situación actual de la Iglesia, así como ejemplos históricos que fomenten una mayor comprensión del dilema en el que la Sociedad de San Pío X cree encontrarse».

En su declaración, el obispo Schneider también argumenta que la FSSPX, lejos de amenazar la unidad de la Iglesia, le presta “un gran servicio de valor histórico” mediante su insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, y agrega que


«Si la Santa Sede tomara en serio esta postura de la FSSPX —y, ​​además, reconociera las ambigüedades objetivas en ciertas declaraciones del Concilio Vaticano II y en el rito de la Nueva Misa— marcaría el principio del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que de hecho comenzó hace más de cien años».

Publicamos a continuación la declaración completa, convencidos de que, en el presente estado de apasionamiento que domina las opiniones polarizadas sobre el tema, realmente puede contribuir a una mayor comprensión, buscando sinceramente la caridad en la verdad. Las negritas son nuestras.

Fuente: 


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El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa

Por S.E.R. Mons. Athanasius Schneider

Resulta útil recordar un caso histórico en el que un gran santo se enfrentó al siguiente dilema: elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue San Atanasio de Alejandría, Padre de la Iglesia del siglo IV. En 357, el Papa Liberio, tras firmar una fórmula de fe ambigua (omitiendo el término doctrinal crucial de «consustancial»), ordenó a San Atanasio que entrara en comunión con obispos arrianos y

 

semiarrianos, obispos con los que el propio Papa, presionado por el Emperador, lamentablemente había entrado en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, por lo que este, según el testimonio de San Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó, acusándolo de perturbar la paz de la Iglesia. A pesar de la excomunión, San Atanasio continuó gobernando su diócesis en Alejandría e incluso mostró comprensión por la lamentable conducta del Papa Liberio. Sin embargo, el papa San Dámaso, sucesor del papa Liberio, agradeció a San Atanasio y lo consultó sobre los asuntos de los obispos orientales. El papa Liberio fue el primer papa que no fue canonizado, mientras que Atanasio no solo fue canonizado, sino que fue declarado Doctor de la Iglesia.

Hoy en día, San Atanasio sería considerado un cismático según la definición de “cisma” en el Código de Derecho Canónico vigente, ya que se negó a estar en comunión con miembros de la Iglesia (obispos heréticos y semiheréticos) que estaban reconocidos canónicamente y, por lo tanto, sujetos al Papa.

Las consagraciones episcopales realizadas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) el 1 de julio de 2026 son también un ejemplo de este singular dilema: tener que elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica tal como la enseñó el Magisterio a lo largo de los siglos, o ser reconocida canónicamente por el Papa. Este dilema se evidencia en las condiciones que conlleva el reconocimiento canónico de la FSSPX por parte del Papa: debe aceptar ciertas ambigüedades doctrinales de reciente introducción (como se refleja en algunas enseñanzas no definitivas del Concilio Vaticano II pastoral y en ciertas afirmaciones y actos del Magisterio posconciliar), y aceptar no solo la validez sino también la corrección (legitimidad) del rito de la Nueva Misa, a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual, que marca una clara ruptura con el rito romano tradicional.

 

Al abordar este complejo asunto, es fundamental mantener una perspectiva objetiva, clarificar la terminología y tener presente el verdadero y último objetivo de la Iglesia y su gran tradición, pues esta se remonta a mucho más allá de los últimos siglos o décadas. Para ello, también es necesario considerar situaciones análogas de las principales crisis en la historia de la Iglesia.

En los últimos siglos, la Iglesia ha experimentado dos tendencias perjudiciales que han llevado a una visión limitada de la realidad: la tendencia a considerar el aspecto legal como casi absoluto, es decir, el legalismo; y la tendencia a absolutizar la figura del Papa y la obediencia a él, es decir, el papalismo. El legalismo, es decir, la adhesión rígida a la letra de la ley, y el papalismo, es decir, la obediencia indiferenciada y casi absoluta al Papa, han llegado a tener prioridad sobre la necesidad de claridad en la fe y la liturgia. Sin embargo, durante cada gran crisis doctrinal en la historia de la Iglesia, la regla de oro fue evitar cualquier tipo de ambigüedad doctrinal, como ocurrió con el Papa Honorio I, cuyas cartas doctrinalmente ambiguas, emitidas como parte de su Magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por Papas posteriores y por tres Concilios Ecuménicos, a pesar de los intentos de su segundo sucesor, el Papa Juan IV, por una especie de hermenéutica de continuidad.

En la actualidad, se afirma ampliamente dentro de la Iglesia que no puede surgir ningún conflicto de conciencia entre obedecer al Papa y preservar la pureza inequívoca de la fe. Esto significa, en última instancia, que la obediencia al Papa se valora tanto que se considera preferible aceptar ambigüedades en materia de fe y ritos litúrgicos que actuar en contra de un mandato papal, aun cuando dicho mandato sea humano y pueda ser imperfecto. Además, ha surgido una concepción estrecha de la comunión, ya sea con el Papa o con la Iglesia. La obediencia al Papa se considera indistinguible de la comunión con la Iglesia. Esto conlleva el riesgo de equiparar la obediencia al Papa con la obediencia a la revelación divina de Dios.

También es necesario distinguir entre la ley positiva —es decir, las leyes disciplinarias promulgadas por la autoridad eclesiástica humana— y la ley divina, es decir, las verdades de fe reveladas por Dios. Nadie puede contradecir la ley divina y seguir siendo católico. Sin embargo, en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales, un católico puede verse obligado en conciencia a actuar en contra de la ley positiva, precisamente para permanecer fiel a la ley divina sin concesiones.

Los conceptos mismos de «cisma» y «sumisión» aún no se han aclarado completamente en su aplicación práctica y concreta. El Código de Derecho Canónico (Canon 751) define el cisma como «la negativa a someterse al Sumo Pontífice o a comulgar con los miembros de la Iglesia sujetos a él». De hecho, en la historia reciente de la Iglesia ha surgido una interpretación muy restrictiva de «cisma» y «sumisión», en la que la desobediencia material al Papa —independientemente de la intención— se equipara prácticamente con el cisma formal.

También hay que tener en cuenta el estado de cisma formal, que significa el rechazo, en principio, de la autoridad papal mediante el establecimiento de una jerarquía separada, como ocurrió con la Iglesia Ortodoxa Griega en 1054 y, posteriormente, con los numerosos y diversos grupos sedevacantistas hasta nuestros días. Sin embargo, no se puede hablar de un estado de cisma formal mientras persista la fe sobrenatural en el dogma de la primacía e infalibilidad papal, junto con el deseo de vivir en sumisión concreta a la autoridad papal, incluso si, debido a una crisis extraordinaria en la Iglesia, esto no puede realizarse plenamente por el momento. Dicha crisis extraordinaria en la Iglesia puede implicar una ofuscación o suspensión temporal del deber principal del ministerio papal: defender y proclamar, sin ambigüedad, la integridad de la fe y la liturgia católicas.

Lo mismo se aplica al concepto de estar «en comunión» con el Papa.

Durante un largo período, las ordenaciones episcopales se realizaban sin la participación directa del Papa, y las iglesias particulares y los obispos expresaban su comunión con él de diversas maneras. Solo más adelante en la historia de la Iglesia los papas exigieron que toda ordenación episcopal contara con un mandato papal. Sin embargo, incluso después de este desarrollo, el derecho canónico no consideraba las ordenaciones episcopales ilícitas —es decir, las realizadas contra la voluntad del Papa— como ofensas contra la unidad de la Iglesia, como actos inherentemente cismáticos o como intrínsecamente malos. Incluso hoy, el Código de Derecho Canónico vigente incluye las ordenaciones episcopales ilícitas entre las ofensas relativas a la celebración de los sacramentos o las clasifica como actos de usurpación de cargo.

De hecho, la norma que exige un mandato papal para las consagraciones episcopales es una cuestión de derecho positivo, no de derecho divino. De lo contrario, esta norma se habría observado a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre, en todas partes y por todos, sin excepción. Por supuesto, un mandato papal para las consagraciones episcopales es generalmente necesario, y se estableció sabiamente para asegurar mejor la sumisión jerárquica del episcopado al Papa.

La naturaleza extraordinaria de la crisis actual en la Iglesia se revela, en el presente caso, por el hecho de que una comunidad cuya característica esencial es el deseo de ser fiel al Papa —y la Sociedad de San Pío X se considera como tal— se enfrenta a una elección trágica: o bien obedecer al Papa, y por lo tanto verse obligada a aceptar aspectos inciertos y poco claros de la doctrina y la liturgia, o bien desobedecer al Papa en un asunto de grave importancia, como la consagración de obispos, con la única intención de preservar los medios para transmitir la fe y la liturgia en su plena integridad, como un servicio a las almas y, por lo tanto, a toda la Iglesia, incluido el propio papado.

Tampoco debemos pasar por alto la magnitud de la crisis actual de la Iglesia, sino analizarla con honestidad, remontándonos a sus raíces. Estas raíces se encuentran en ciertas declaraciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio Vaticano II que, durante los últimos sesenta años, han sembrado confusión, como el relativismo doctrinal derivado de la enseñanza y la práctica del ecumenismo y el diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la singularidad de Jesucristo y su Iglesia como único camino a la salvación. Además, algunas deficiencias doctrinales y rituales de la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantistas, han oscurecido la naturaleza sacrificial central de la Misa y su enfoque cristocéntrico.

San Juan Enrique Newman hizo la siguiente observación notable y oportuna: “Los obispos, cuando no enseñan formalmente [ex cathedra ], pueden errar, como vemos que erraron en el siglo IV. El papa Liberio podría firmar una fórmula eusebiana [arriana] en Sirmium, y la misa de obispos en Ariminum [Rimini] o en otro lugar, y sin embargo, a pesar de este error, podrían ser infalibles en sus decisiones ex cathedra ” ( Arrianos del siglo IV , Londres 1876, p. 464). Lo que el obispo de Ratisbona, monseñor Rudolf Graber afirmó hace más de cincuenta años, y su afirmación describe aún mejor la situación actual de la Iglesia: «Lo que sucedió hace más de 1600 años se repite hoy, pero con dos o tres diferencias: Alejandría es hoy la Iglesia Universal en su totalidad, cuya estabilidad se tambalea, y lo que entonces se emprendió mediante la fuerza física y la crueldad se traslada ahora a otro nivel. El exilio se sustituye por el destierro al silencio de la indiferencia, y la destrucción del carácter se convierte en asesinato» ( Athanasius and the Church of Our Time, Edimburgo, 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit , Abensberg, 1973).

La FSSPX es prácticamente la única comunidad en la Iglesia actual que llama abiertamente la atención sobre las evidentes ambigüedades doctrinales en ciertas declaraciones conciliares y en el rito de la Nueva Misa, exigiendo su aclaración inequívoca y, de ser necesario, incluso su enmienda, de acuerdo con el Magisterio constante de la Iglesia. La «hermenéutica de la continuidad» o de la «reforma en la continuidad» —un enfoque válido y útil en sí mismo— también puede convertirse en una especie de «camisa de fuerza», que simplemente disimula superficialmente las heridas causadas por las ambigüedades y confusiones doctrinales y litúrgicas. En efecto, la Santa Sede exige una forma de razonamiento circular: que todo está en orden, siempre que se realicen esfuerzos intelectuales suficientemente rigurosos.

De hecho, gracias a su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de gran valor histórico. Si la Santa Sede tomara en serio esta postura de la FSSPX —y, ​​además, reconociera las ambigüedades objetivas de ciertas declaraciones del Concilio Vaticano II y del rito de la Nueva Misa—, marcaría el principio del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que, en realidad, comenzó hace más de cien años.

La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX también puede ilustrarse con la siguiente parábola: Se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos autoriza el uso únicamente de los nuevos métodos de extinción, a pesar de que estos han demostrado ser menos eficaces que los antiguos y probados. Un grupo de bomberos desobedece esta orden, continúa utilizando los métodos tradicionales e incluso recluta a nuevos bomberos —todo ello a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— y, en efecto, el fuego se controla en muchos lugares. Sin embargo, estos bomberos son tachados de desobedientes y cismáticos, y son castigados por ello.

Para continuar con la parábola: el jefe de bomberos ahora solo admite a aquellos bomberos que reconocen los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas del cuartel. Pero dada la magnitud del incendio, la lucha desesperada por contenerlo y la insuficiencia de los métodos oficiales, otros voluntarios intervienen desinteresadamente —a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— aportando habilidad, conocimiento y buenas intenciones, y al final ayudando a salvar la misma casa que el jefe de bomberos se esforzaba por proteger.

Con el tiempo, las circunstancias históricas cambian y surge un nuevo jefe de bomberos, quien reconoce los efectos negativos de los nuevos métodos de extinción. No solo autoriza el uso de los métodos tradicionales, sino que se convierte en su ferviente defensor. Asimismo, reconoce la contribución de aquellos bomberos que antes habían sido incomprendidos, castigados severamente, marginados y expulsados ​​como rebeldes, y les da la bienvenida de nuevo a sus filas. Al final, una vez superada aquella gran conmoción, lo que antes se había condenado como desobediencia y rebelión se reveló como un acto de entrega desinteresada.

La historia revelará algún día si las siguientes palabras de San Agustín se aplican a la situación actual de la FSSPX:

“A menudo, la Divina Providencia permite que incluso hombres buenos sean expulsados ​​de la congregación de Cristo por las turbulentas sediciones de los hombres carnales. Cuando, por el bien de la paz de la Iglesia, soportan pacientemente ese insulto o daño, y no intentan ninguna novedad en el camino de la herejía o el cisma, enseñarán a los hombres cómo se debe servir a Dios con verdadera disposición y con gran y sincera caridad. La intención de tales hombres es regresar cuando el tumulto haya amainado. Pero si eso no se permite porque la tormenta continúa o porque su regreso podría provocar una más violenta, se mantienen firmes en su propósito de velar por el bien incluso de aquellos responsables de los tumultos y conmociones que los expulsaron. No forman conventículos separados propios, sino que defienden hasta la muerte y ayudan con su testimonio la fe que saben que se predica en la Iglesia Católica. A estos, el Padre que ve en secreto corona en secreto. Parece que este es un tipo raro de cristiano, pero no faltan ejemplos. Así pues, la Divina Providencia usa a todo tipo de hombres como ejemplos para la supervisión. de las almas y para la edificación de su pueblo espiritual” ( De vera religione , 6:11).

Lo que San Atanasio escribió a sus hermanos obispos de todo el mundo en medio de una extraordinaria crisis de fe es aplicable también a nuestros tiempos:

«Los cánones y decretos de la Iglesia no fueron dados en la actualidad, sino que nos fueron transmitidos con justicia y fidelidad por nuestros antepasados. Tampoco la fe tuvo su origen en este tiempo, sino que nos llegó del Señor a través de sus discípulos. Por lo tanto, para que las ordenanzas que se han conservado en las iglesias desde tiempos antiguos hasta ahora no se pierdan en nuestros días, y para que la confianza que se nos ha confiado sea requerida por nosotros, despertad, hermanos, como administradores de los misterios de Dios, al verlos ahora arrebatados por extranjeros.» (Encíclica Ep. , 1)

Dios, en su providencia, escribe con rectitud incluso en líneas que, desde una perspectiva meramente legal, parecen torcidas. Que Él nos conceda que este día llegue pronto. Alegrémonos en medio de la tribulación y digamos: Creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y creo que la Santa Sede volverá a brillar un día como la cátedra de la verdad ante el mundo entero.

17 de agosto de 2026

Athanasius Schneider, obispo de Astana - Kazajistán.

martes, 18 de agosto de 2026

Mons. Schneider rompe su silencio sobre Écône: la FSSPX tuvo que elegir entre Roma y «la integridad de la fe»



El obispo auxiliar de Astaná, monseñor Athanasius Schneider, ha realizado su primera declaración pública desde que Roma declaró que los seis obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) habían incurrido en excomunión automática por las consagraciones episcopales celebradas en Écône el pasado 1 de julio sin mandato pontificio y contra la voluntad del papa León XIV. En un extenso texto publicado en primicia por la periodista Diane Montagna y que InfoVaticana ofrece íntegramente en español con autorización de Mons. Schneider, el prelado aborda el conflicto desde una perspectiva histórica, doctrinal y canónica.

El obispo había pedido reiteradamente a León XIV que concediera a la FSSPX el mandato apostólico necesario para ordenar nuevos obispos y evitar así una nueva ruptura. En su llamamiento del 24 de febrero pidió expresamente al Pontífice que actuara como «constructor de puentes» y advirtió del peligro de provocar «una nueva división verdaderamente innecesaria y dolorosa dentro de la Iglesia».

Ahora, Schneider sostiene que la Fraternidad se encontró ante una elección «trágica» y excepcional entre obedecer las disposiciones de Roma y preservar lo que considera la integridad inequívoca de la doctrina y de la liturgia católicas. El prelado no formula en el documento un juicio jurídico definitivo sobre la actuación del Vaticano, sino que trata de explicar las razones que llevaron a la FSSPX a proceder con las consagraciones. Su intención es ofrecer «elementos para una reflexión más profunda sobre la situación actual de la Iglesia», junto con precedentes históricos que permitan comprender mejor «el dilema en el que la Fraternidad San Pío X considera encontrarse».


El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa (Por monseñor Athanasius Schneider)


Resulta útil recordar un caso de la historia en el que un gran santo se enfrentó al siguiente dilema: elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue el Padre de la Iglesia del siglo IV san Atanasio de Alejandría. En el año 357, el papa Liberio, después de firmar una fórmula de fe ambigua —que omitía el término doctrinal crucial «consubstancial»—, ordenó a san Atanasio entrar en comunión con obispos arrianos y semiarrianos, obispos con los que el propio Papa, bajo la presión del emperador, había entrado desgraciadamente en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, tras lo cual este, según el testimonio de san Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó, acusándolo de perturbar la paz de la Iglesia. A pesar de haber sido excomulgado por el Papa, san Atanasio continuó gobernando su diócesis de Alejandría e incluso mostró comprensión hacia la lamentable conducta del papa Liberio. Sin embargo, el papa san Dámaso, sucesor del papa Liberio, agradeció a san Atanasio y le consultó sobre los asuntos de los obispos orientales. El papa Liberio fue el primer Papa que no fue canonizado, mientras que Atanasio no solo fue canonizado, sino declarado Doctor de la Iglesia.

Hoy, san Atanasio sería considerado cismático según la definición de «cisma» del actual Código de Derecho Canónico, ya que se negó a estar en comunión con miembros de la Iglesia —obispos herejes y semiherejes— que estaban reconocidos canónicamente y, por tanto, sujetos al Papa.

Las consagraciones episcopales realizadas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) el 1 de julio de 2026 constituyen también un ejemplo de este raro dilema: tener que elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica tal como fue enseñada por el Magisterio a lo largo de los siglos, o ser reconocido canónicamente por el Papa. Este dilema resulta evidente en las condiciones vinculadas al reconocimiento canónico de la FSSPX por parte del Papa: debe aceptar ciertas ambigüedades doctrinales introducidas recientemente —reflejadas en algunas enseñanzas no definitivas del pastoral Concilio Vaticano II y en determinadas afirmaciones y actos del Magisterio posconciliar— y aceptar no solo la validez, sino también la corrección —legitimidad— del rito de la nueva Misa, a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual, que marca una clara ruptura con el rito romano tradicional.

Al tratar esta compleja cuestión, es esencial mantener una perspectiva sobria, aclarar la terminología y tener presente el verdadero y último fin de la Iglesia y su gran Tradición, pues esta se remonta mucho más allá de los últimos siglos o décadas. Al hacerlo, también deben considerarse situaciones análogas de las grandes crisis de la historia de la Iglesia.

Durante los últimos siglos se han producido dos desarrollos malsanos dentro de la Iglesia que han conducido a una visión estrecha de la realidad: la tendencia a tratar el aspecto jurídico como cuasiabsoluto, es decir, el legalismo; y la tendencia a absolutizar la persona del Papa y la obediencia a él, es decir, el papalismo. El legalismo —la adhesión rígida a la letra de la ley— y el papalismo —la obediencia indiferenciada y casi absoluta al Papa— han llegado a tener prioridad sobre la necesidad de claridad inequívoca en la fe y la liturgia. Sin embargo, durante todas las grandes crisis doctrinales de la historia de la Iglesia, la regla de hierro fue evitar cualquier tipo de ambigüedad doctrinal, como ocurrió con el papa Honorio I, cuyas cartas doctrinalmente ambiguas, emitidas como parte de su Magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por Papas posteriores y por tres concilios ecuménicos, pese a los intentos de su segundo sucesor, el papa Juan IV, de realizar una especie de hermenéutica de la continuidad.

En nuestros días se afirma ampliamente dentro de la Iglesia que no puede surgir ningún conflicto de conciencia entre obedecer al Papa y preservar la pureza inequívoca de la fe. Esto significa, en última instancia, que se concede a la obediencia al Papa un valor tan elevado que se considera preferible aceptar ambigüedades en cuestiones de fe y en los ritos litúrgicos antes que actuar contra una orden del Papa, aunque esa orden sea únicamente humana y pueda ser defectuosa. Asimismo, ha surgido una comprensión estrecha de la comunión, tanto con el Papa como con la Iglesia. La obediencia al Papa se considera indistinguible de la comunión con la Iglesia. Esto corre el riesgo de elevar la obediencia al Papa al mismo nivel que la obediencia a la revelación divina de Dios.

También debe distinguirse entre el derecho positivo —es decir, las leyes disciplinarias promulgadas por la autoridad humana de la Iglesia— y el Derecho Divino, es decir, las verdades de fe reveladas por Dios. Nadie puede contradecir el Derecho Divino y seguir siendo católico. Sin embargo, en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales, un católico puede verse obligado en conciencia a actuar contra el derecho positivo precisamente para permanecer fiel, sin concesiones, al Derecho Divino.

Los propios conceptos de «cisma» y «sumisión» todavía no han sido plenamente aclarados en su aplicación concreta y práctica. El Código de Derecho Canónico (canon 751) define el cisma como «el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos». De hecho, en la historia reciente de la Iglesia ha surgido una comprensión muy estrecha del «cisma» y de la «sumisión», en la que la desobediencia material al Papa —independientemente de la intención— se equipara prácticamente al cisma formal.

También debe tenerse presente el estado de cisma formal, que significa el rechazo por principio de la autoridad papal mediante el establecimiento de una jerarquía separada, como ocurrió con la Iglesia ortodoxa griega en 1054 y, posteriormente, con los numerosos y diversos grupos sedevacantistas hasta nuestros días. Sin embargo, no puede hablarse de un estado de cisma formal mientras persista la fe sobrenatural en el dogma del primado y la infalibilidad papales, junto con el deseo de vivir en sumisión concreta a la autoridad pontificia, aunque, debido a una crisis extraordinaria de la Iglesia, esto no pueda realizarse plenamente por el momento. Una crisis extraordinaria de la Iglesia puede implicar un oscurecimiento o suspensión temporal del principal deber del ministerio papal, a saber, defender y proclamar inequívocamente la integridad de la fe y de la liturgia católicas.

Lo mismo se aplica al concepto de estar «en comunión» con el Papa. Durante un periodo muy prolongado, las ordenaciones episcopales se realizaron sin la intervención directa del Papa, y las Iglesias particulares y los obispos individuales expresaban su comunión con él de diversas maneras. Solo posteriormente en la historia de la Iglesia los Papas exigieron que toda ordenación episcopal tuviera lugar con mandato pontificio. Sin embargo, incluso después de ese desarrollo, el derecho canónico no consideró las ordenaciones episcopales ilícitas —es decir, las realizadas contra la voluntad del Papa— como delitos contra la unidad de la Iglesia, como actos inherentemente cismáticos o como actos intrínsecamente malos. Incluso hoy, el actual Código de Derecho Canónico incluye las ordenaciones episcopales ilícitas entre los delitos relativos a la celebración de los sacramentos o las clasifica como actos de usurpación de oficio.

En efecto, la norma que exige un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es una cuestión de derecho positivo, no de Derecho Divino. De lo contrario, esta norma habría sido observada a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre, en todas partes y por todos, sin excepción. Por supuesto, un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es ordinariamente necesario y fue sabiamente establecido para garantizar mejor la sumisión jerárquica del episcopado al Papa.

El carácter extraordinario de la actual crisis de la Iglesia se manifiesta, en el presente caso, en el hecho de que una comunidad cuya característica esencial es el deseo de ser fiel al Papa —y la Fraternidad San Pío X se considera a sí misma como tal— se enfrenta a una elección trágica: obedecer al Papa y verse así obligada a aceptar aspectos inciertos y poco claros de la doctrina y la liturgia, o desobedecer al Papa en una cuestión de grave importancia, como la consagración de obispos, con la única intención de preservar los medios para transmitir la fe y la liturgia en toda su integridad, como servicio a las almas y, por tanto, a toda la Iglesia, incluido el propio papado.

Tampoco debe ignorarse la magnitud completa de la crisis actual de la Iglesia, sino contemplarla con honestidad, remontándose hasta sus raíces. Estas raíces se encuentran en ciertas afirmaciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio Vaticano II que, durante los últimos sesenta años, han sembrado confusión, como el relativismo doctrinal derivado de la enseñanza y la práctica del ecumenismo y del diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la unicidad de Jesucristo y de su Iglesia como único camino de salvación. Asimismo, algunos defectos doctrinales y rituales de la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantizantes, han oscurecido el carácter sacrificial central de la Misa y su orientación cristocéntrica.

San John Henry Newman hizo la siguiente observación, notable y oportuna: «Los obispos, cuando no enseñan formalmente [ex cathedra], pueden errar, como sabemos que erraron en el siglo IV. El papa Liberio pudo firmar una fórmula eusebiana [arriana] en Sirmio, y la masa de los obispos en Ariminum [Rímini] o en otros lugares, y sin embargo, a pesar de este error, podían ser infalibles en sus decisiones ex cathedra» (Arians of the Fourth Century, Londres, 1876, p. 464).

Lo que el obispo de Ratisbona, monseñor Rudolf Graber, afirmó hace más de cincuenta años caracteriza aún más la situación actual de la Iglesia: «Lo que ocurrió hace más de 1.600 años se repite hoy, pero con dos o tres diferencias: Alejandría es hoy toda la Iglesia universal, cuya estabilidad está siendo sacudida, y lo que entonces se llevó a cabo mediante la fuerza física y la crueldad se ha trasladado ahora a otro nivel. El exilio es sustituido por el destierro al silencio de ser ignorado, y el asesinato por el asesinato de la reputación» (Athanasius and the Church of Our Time, Edimburgo, 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit, Abensberg, 1973).

La FSSPX es prácticamente la única comunidad de la Iglesia actual que llama abiertamente la atención sobre las evidentes ambigüedades doctrinales de ciertas afirmaciones conciliares y del rito de la nueva Misa, reclamando su aclaración inequívoca y, si fuera necesario, incluso su modificación, de acuerdo con el Magisterio constante de la Iglesia. La «hermenéutica de la continuidad» o de la «reforma en la continuidad» —un enfoque válido y útil en sí mismo— puede convertirse también en una especie de «camisa de fuerza» que se limita a cubrir cosméticamente las heridas causadas por las ambigüedades y confusiones doctrinales y litúrgicas. En la práctica, la Santa Sede exige una forma de razonamiento circular: que todo está en orden siempre que se realicen esfuerzos intelectuales suficientemente arduos.

En realidad, mediante su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de valor histórico. Si la Santa Sede se tomara en serio esta posición de la FSSPX y, además, reconociera las ambigüedades objetivas existentes en determinadas afirmaciones del Concilio Vaticano II y en el rito de la nueva Misa, ello marcaría el comienzo del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que en realidad comenzó hace más de cien años.

La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX también puede ilustrarse mediante la siguiente parábola: se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos permite utilizar únicamente los nuevos métodos de extinción, aunque estos hayan demostrado ser menos eficaces que los antiguos métodos y herramientas ya probados. Un grupo de bomberos desobedece esta orden, continúa utilizando los métodos probados e incluso recluta nuevos bomberos, todo ello a pesar de la prohibición del jefe, y, de hecho, el incendio queda contenido en muchos lugares. Sin embargo, estos bomberos son tachados de desobedientes y cismáticos y son castigados por ello.

Llevando la parábola más lejos: el jefe de bomberos admite ahora únicamente a aquellos bomberos que reconocen los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas del parque de bomberos. Pero, dada la enorme magnitud del incendio, la lucha desesperada por contenerlo y la insuficiencia de los métodos oficiales, otros ayudantes intervienen desinteresadamente —a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— aportando habilidad, conocimientos y buenas intenciones y, al final, ayudan a salvar la misma casa que el jefe de bomberos trataba de proteger.

Con el tiempo, las circunstancias históricas cambian y aparece un nuevo jefe de bomberos que reconoce los desafortunados efectos de los nuevos métodos de extinción. No solo vuelve a permitir el uso de los antiguos métodos probados, sino que él mismo se convierte en su ferviente defensor. Reconoce asimismo la contribución de aquellos bomberos que en otro tiempo fueron incomprendidos, duramente castigados, tratados como marginados y expulsados como rebeldes, y los acoge nuevamente en las filas. Finalmente, una vez superada aquella gran convulsión, lo que en otro tiempo fue condenado como desobediencia y rebelión se revela como un acto de entrega desinteresada.

La historia revelará algún día si las siguientes palabras de san Agustín son aplicables a la situación actual de la FSSPX:
«A menudo la divina Providencia permite que incluso hombres buenos sean expulsados de la congregación de Cristo por las turbulentas sediciones de hombres carnales. Cuando, por el bien de la paz de la Iglesia, soportan pacientemente ese ultraje o injuria y no intentan ninguna novedad en forma de herejía o cisma, enseñarán a los hombres cómo debe servirse a Dios con una verdadera disposición y con una caridad grande y sincera. La intención de tales hombres es regresar cuando haya cesado el tumulto. Pero si esto no se permite porque continúa la tormenta o porque su regreso podría suscitar otra aún más feroz, mantienen firme su propósito de buscar el bien incluso de aquellos responsables de los tumultos y conmociones que los expulsaron. No forman conventículos separados propios, sino que defienden hasta la muerte y sostienen con su testimonio la fe que saben que se predica en la Iglesia católica. A estos, el Padre que ve en lo secreto los corona secretamente. Parece que este es un tipo raro de cristiano, pero no faltan ejemplos. Así, la divina Providencia utiliza toda clase de hombres como ejemplos para el cuidado de las almas y para la edificación de su pueblo espiritual» (De vera religione, 6, 11).
Lo que san Atanasio escribió a sus hermanos obispos de todo el mundo en medio de una extraordinaria crisis de fe resulta también aplicable a nuestro tiempo:
«Los cánones y decretos de la Iglesia no fueron dados en el presente, sino que nos fueron transmitidos recta y firmemente por nuestros antepasados. Tampoco tuvo la fe su comienzo en este tiempo, sino que nos llegó del Señor por medio de sus discípulos. Por tanto, para que las disposiciones que han sido conservadas en las iglesias desde antiguo hasta ahora no se pierdan en nuestros días, y para que no se nos reclame el depósito que nos ha sido confiado, despertad, hermanos, como administradores de los misterios de Dios, al ver que ahora son arrebatados por extraños» (Ep. encyclica, 1).
Dios, en su Providencia, escribe derecho incluso con líneas que, desde una perspectiva meramente jurídica, parecen torcidas. Que Él conceda que ese día llegue pronto. Alegrémonos en medio de la tribulación y digamos: creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y creo que la Santa Sede volverá algún día a resplandecer ante el mundo entero como la Cátedra de la verdad.