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martes, 18 de agosto de 2026

Mons. Schneider rompe su silencio sobre Écône: la FSSPX tuvo que elegir entre Roma y «la integridad de la fe»



El obispo auxiliar de Astaná, monseñor Athanasius Schneider, ha realizado su primera declaración pública desde que Roma declaró que los seis obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) habían incurrido en excomunión automática por las consagraciones episcopales celebradas en Écône el pasado 1 de julio sin mandato pontificio y contra la voluntad del papa León XIV. En un extenso texto publicado en primicia por la periodista Diane Montagna y que InfoVaticana ofrece íntegramente en español con autorización de Mons. Schneider, el prelado aborda el conflicto desde una perspectiva histórica, doctrinal y canónica.

El obispo había pedido reiteradamente a León XIV que concediera a la FSSPX el mandato apostólico necesario para ordenar nuevos obispos y evitar así una nueva ruptura. En su llamamiento del 24 de febrero pidió expresamente al Pontífice que actuara como «constructor de puentes» y advirtió del peligro de provocar «una nueva división verdaderamente innecesaria y dolorosa dentro de la Iglesia».

Ahora, Schneider sostiene que la Fraternidad se encontró ante una elección «trágica» y excepcional entre obedecer las disposiciones de Roma y preservar lo que considera la integridad inequívoca de la doctrina y de la liturgia católicas. El prelado no formula en el documento un juicio jurídico definitivo sobre la actuación del Vaticano, sino que trata de explicar las razones que llevaron a la FSSPX a proceder con las consagraciones. Su intención es ofrecer «elementos para una reflexión más profunda sobre la situación actual de la Iglesia», junto con precedentes históricos que permitan comprender mejor «el dilema en el que la Fraternidad San Pío X considera encontrarse».


El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa (Por monseñor Athanasius Schneider)


Resulta útil recordar un caso de la historia en el que un gran santo se enfrentó al siguiente dilema: elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue el Padre de la Iglesia del siglo IV san Atanasio de Alejandría. En el año 357, el papa Liberio, después de firmar una fórmula de fe ambigua —que omitía el término doctrinal crucial «consubstancial»—, ordenó a san Atanasio entrar en comunión con obispos arrianos y semiarrianos, obispos con los que el propio Papa, bajo la presión del emperador, había entrado desgraciadamente en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, tras lo cual este, según el testimonio de san Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó, acusándolo de perturbar la paz de la Iglesia. A pesar de haber sido excomulgado por el Papa, san Atanasio continuó gobernando su diócesis de Alejandría e incluso mostró comprensión hacia la lamentable conducta del papa Liberio. Sin embargo, el papa san Dámaso, sucesor del papa Liberio, agradeció a san Atanasio y le consultó sobre los asuntos de los obispos orientales. El papa Liberio fue el primer Papa que no fue canonizado, mientras que Atanasio no solo fue canonizado, sino declarado Doctor de la Iglesia.

Hoy, san Atanasio sería considerado cismático según la definición de «cisma» del actual Código de Derecho Canónico, ya que se negó a estar en comunión con miembros de la Iglesia —obispos herejes y semiherejes— que estaban reconocidos canónicamente y, por tanto, sujetos al Papa.

Las consagraciones episcopales realizadas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) el 1 de julio de 2026 constituyen también un ejemplo de este raro dilema: tener que elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica tal como fue enseñada por el Magisterio a lo largo de los siglos, o ser reconocido canónicamente por el Papa. Este dilema resulta evidente en las condiciones vinculadas al reconocimiento canónico de la FSSPX por parte del Papa: debe aceptar ciertas ambigüedades doctrinales introducidas recientemente —reflejadas en algunas enseñanzas no definitivas del pastoral Concilio Vaticano II y en determinadas afirmaciones y actos del Magisterio posconciliar— y aceptar no solo la validez, sino también la corrección —legitimidad— del rito de la nueva Misa, a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual, que marca una clara ruptura con el rito romano tradicional.

Al tratar esta compleja cuestión, es esencial mantener una perspectiva sobria, aclarar la terminología y tener presente el verdadero y último fin de la Iglesia y su gran Tradición, pues esta se remonta mucho más allá de los últimos siglos o décadas. Al hacerlo, también deben considerarse situaciones análogas de las grandes crisis de la historia de la Iglesia.

Durante los últimos siglos se han producido dos desarrollos malsanos dentro de la Iglesia que han conducido a una visión estrecha de la realidad: la tendencia a tratar el aspecto jurídico como cuasiabsoluto, es decir, el legalismo; y la tendencia a absolutizar la persona del Papa y la obediencia a él, es decir, el papalismo. El legalismo —la adhesión rígida a la letra de la ley— y el papalismo —la obediencia indiferenciada y casi absoluta al Papa— han llegado a tener prioridad sobre la necesidad de claridad inequívoca en la fe y la liturgia. Sin embargo, durante todas las grandes crisis doctrinales de la historia de la Iglesia, la regla de hierro fue evitar cualquier tipo de ambigüedad doctrinal, como ocurrió con el papa Honorio I, cuyas cartas doctrinalmente ambiguas, emitidas como parte de su Magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por Papas posteriores y por tres concilios ecuménicos, pese a los intentos de su segundo sucesor, el papa Juan IV, de realizar una especie de hermenéutica de la continuidad.

En nuestros días se afirma ampliamente dentro de la Iglesia que no puede surgir ningún conflicto de conciencia entre obedecer al Papa y preservar la pureza inequívoca de la fe. Esto significa, en última instancia, que se concede a la obediencia al Papa un valor tan elevado que se considera preferible aceptar ambigüedades en cuestiones de fe y en los ritos litúrgicos antes que actuar contra una orden del Papa, aunque esa orden sea únicamente humana y pueda ser defectuosa. Asimismo, ha surgido una comprensión estrecha de la comunión, tanto con el Papa como con la Iglesia. La obediencia al Papa se considera indistinguible de la comunión con la Iglesia. Esto corre el riesgo de elevar la obediencia al Papa al mismo nivel que la obediencia a la revelación divina de Dios.

También debe distinguirse entre el derecho positivo —es decir, las leyes disciplinarias promulgadas por la autoridad humana de la Iglesia— y el Derecho Divino, es decir, las verdades de fe reveladas por Dios. Nadie puede contradecir el Derecho Divino y seguir siendo católico. Sin embargo, en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales, un católico puede verse obligado en conciencia a actuar contra el derecho positivo precisamente para permanecer fiel, sin concesiones, al Derecho Divino.

Los propios conceptos de «cisma» y «sumisión» todavía no han sido plenamente aclarados en su aplicación concreta y práctica. El Código de Derecho Canónico (canon 751) define el cisma como «el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos». De hecho, en la historia reciente de la Iglesia ha surgido una comprensión muy estrecha del «cisma» y de la «sumisión», en la que la desobediencia material al Papa —independientemente de la intención— se equipara prácticamente al cisma formal.

También debe tenerse presente el estado de cisma formal, que significa el rechazo por principio de la autoridad papal mediante el establecimiento de una jerarquía separada, como ocurrió con la Iglesia ortodoxa griega en 1054 y, posteriormente, con los numerosos y diversos grupos sedevacantistas hasta nuestros días. Sin embargo, no puede hablarse de un estado de cisma formal mientras persista la fe sobrenatural en el dogma del primado y la infalibilidad papales, junto con el deseo de vivir en sumisión concreta a la autoridad pontificia, aunque, debido a una crisis extraordinaria de la Iglesia, esto no pueda realizarse plenamente por el momento. Una crisis extraordinaria de la Iglesia puede implicar un oscurecimiento o suspensión temporal del principal deber del ministerio papal, a saber, defender y proclamar inequívocamente la integridad de la fe y de la liturgia católicas.

Lo mismo se aplica al concepto de estar «en comunión» con el Papa. Durante un periodo muy prolongado, las ordenaciones episcopales se realizaron sin la intervención directa del Papa, y las Iglesias particulares y los obispos individuales expresaban su comunión con él de diversas maneras. Solo posteriormente en la historia de la Iglesia los Papas exigieron que toda ordenación episcopal tuviera lugar con mandato pontificio. Sin embargo, incluso después de ese desarrollo, el derecho canónico no consideró las ordenaciones episcopales ilícitas —es decir, las realizadas contra la voluntad del Papa— como delitos contra la unidad de la Iglesia, como actos inherentemente cismáticos o como actos intrínsecamente malos. Incluso hoy, el actual Código de Derecho Canónico incluye las ordenaciones episcopales ilícitas entre los delitos relativos a la celebración de los sacramentos o las clasifica como actos de usurpación de oficio.

En efecto, la norma que exige un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es una cuestión de derecho positivo, no de Derecho Divino. De lo contrario, esta norma habría sido observada a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre, en todas partes y por todos, sin excepción. Por supuesto, un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es ordinariamente necesario y fue sabiamente establecido para garantizar mejor la sumisión jerárquica del episcopado al Papa.

El carácter extraordinario de la actual crisis de la Iglesia se manifiesta, en el presente caso, en el hecho de que una comunidad cuya característica esencial es el deseo de ser fiel al Papa —y la Fraternidad San Pío X se considera a sí misma como tal— se enfrenta a una elección trágica: obedecer al Papa y verse así obligada a aceptar aspectos inciertos y poco claros de la doctrina y la liturgia, o desobedecer al Papa en una cuestión de grave importancia, como la consagración de obispos, con la única intención de preservar los medios para transmitir la fe y la liturgia en toda su integridad, como servicio a las almas y, por tanto, a toda la Iglesia, incluido el propio papado.

Tampoco debe ignorarse la magnitud completa de la crisis actual de la Iglesia, sino contemplarla con honestidad, remontándose hasta sus raíces. Estas raíces se encuentran en ciertas afirmaciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio Vaticano II que, durante los últimos sesenta años, han sembrado confusión, como el relativismo doctrinal derivado de la enseñanza y la práctica del ecumenismo y del diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la unicidad de Jesucristo y de su Iglesia como único camino de salvación. Asimismo, algunos defectos doctrinales y rituales de la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantizantes, han oscurecido el carácter sacrificial central de la Misa y su orientación cristocéntrica.

San John Henry Newman hizo la siguiente observación, notable y oportuna: «Los obispos, cuando no enseñan formalmente [ex cathedra], pueden errar, como sabemos que erraron en el siglo IV. El papa Liberio pudo firmar una fórmula eusebiana [arriana] en Sirmio, y la masa de los obispos en Ariminum [Rímini] o en otros lugares, y sin embargo, a pesar de este error, podían ser infalibles en sus decisiones ex cathedra» (Arians of the Fourth Century, Londres, 1876, p. 464).

Lo que el obispo de Ratisbona, monseñor Rudolf Graber, afirmó hace más de cincuenta años caracteriza aún más la situación actual de la Iglesia: «Lo que ocurrió hace más de 1.600 años se repite hoy, pero con dos o tres diferencias: Alejandría es hoy toda la Iglesia universal, cuya estabilidad está siendo sacudida, y lo que entonces se llevó a cabo mediante la fuerza física y la crueldad se ha trasladado ahora a otro nivel. El exilio es sustituido por el destierro al silencio de ser ignorado, y el asesinato por el asesinato de la reputación» (Athanasius and the Church of Our Time, Edimburgo, 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit, Abensberg, 1973).

La FSSPX es prácticamente la única comunidad de la Iglesia actual que llama abiertamente la atención sobre las evidentes ambigüedades doctrinales de ciertas afirmaciones conciliares y del rito de la nueva Misa, reclamando su aclaración inequívoca y, si fuera necesario, incluso su modificación, de acuerdo con el Magisterio constante de la Iglesia. La «hermenéutica de la continuidad» o de la «reforma en la continuidad» —un enfoque válido y útil en sí mismo— puede convertirse también en una especie de «camisa de fuerza» que se limita a cubrir cosméticamente las heridas causadas por las ambigüedades y confusiones doctrinales y litúrgicas. En la práctica, la Santa Sede exige una forma de razonamiento circular: que todo está en orden siempre que se realicen esfuerzos intelectuales suficientemente arduos.

En realidad, mediante su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de valor histórico. Si la Santa Sede se tomara en serio esta posición de la FSSPX y, además, reconociera las ambigüedades objetivas existentes en determinadas afirmaciones del Concilio Vaticano II y en el rito de la nueva Misa, ello marcaría el comienzo del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que en realidad comenzó hace más de cien años.

La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX también puede ilustrarse mediante la siguiente parábola: se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos permite utilizar únicamente los nuevos métodos de extinción, aunque estos hayan demostrado ser menos eficaces que los antiguos métodos y herramientas ya probados. Un grupo de bomberos desobedece esta orden, continúa utilizando los métodos probados e incluso recluta nuevos bomberos, todo ello a pesar de la prohibición del jefe, y, de hecho, el incendio queda contenido en muchos lugares. Sin embargo, estos bomberos son tachados de desobedientes y cismáticos y son castigados por ello.

Llevando la parábola más lejos: el jefe de bomberos admite ahora únicamente a aquellos bomberos que reconocen los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas del parque de bomberos. Pero, dada la enorme magnitud del incendio, la lucha desesperada por contenerlo y la insuficiencia de los métodos oficiales, otros ayudantes intervienen desinteresadamente —a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— aportando habilidad, conocimientos y buenas intenciones y, al final, ayudan a salvar la misma casa que el jefe de bomberos trataba de proteger.

Con el tiempo, las circunstancias históricas cambian y aparece un nuevo jefe de bomberos que reconoce los desafortunados efectos de los nuevos métodos de extinción. No solo vuelve a permitir el uso de los antiguos métodos probados, sino que él mismo se convierte en su ferviente defensor. Reconoce asimismo la contribución de aquellos bomberos que en otro tiempo fueron incomprendidos, duramente castigados, tratados como marginados y expulsados como rebeldes, y los acoge nuevamente en las filas. Finalmente, una vez superada aquella gran convulsión, lo que en otro tiempo fue condenado como desobediencia y rebelión se revela como un acto de entrega desinteresada.

La historia revelará algún día si las siguientes palabras de san Agustín son aplicables a la situación actual de la FSSPX:
«A menudo la divina Providencia permite que incluso hombres buenos sean expulsados de la congregación de Cristo por las turbulentas sediciones de hombres carnales. Cuando, por el bien de la paz de la Iglesia, soportan pacientemente ese ultraje o injuria y no intentan ninguna novedad en forma de herejía o cisma, enseñarán a los hombres cómo debe servirse a Dios con una verdadera disposición y con una caridad grande y sincera. La intención de tales hombres es regresar cuando haya cesado el tumulto. Pero si esto no se permite porque continúa la tormenta o porque su regreso podría suscitar otra aún más feroz, mantienen firme su propósito de buscar el bien incluso de aquellos responsables de los tumultos y conmociones que los expulsaron. No forman conventículos separados propios, sino que defienden hasta la muerte y sostienen con su testimonio la fe que saben que se predica en la Iglesia católica. A estos, el Padre que ve en lo secreto los corona secretamente. Parece que este es un tipo raro de cristiano, pero no faltan ejemplos. Así, la divina Providencia utiliza toda clase de hombres como ejemplos para el cuidado de las almas y para la edificación de su pueblo espiritual» (De vera religione, 6, 11).
Lo que san Atanasio escribió a sus hermanos obispos de todo el mundo en medio de una extraordinaria crisis de fe resulta también aplicable a nuestro tiempo:
«Los cánones y decretos de la Iglesia no fueron dados en el presente, sino que nos fueron transmitidos recta y firmemente por nuestros antepasados. Tampoco tuvo la fe su comienzo en este tiempo, sino que nos llegó del Señor por medio de sus discípulos. Por tanto, para que las disposiciones que han sido conservadas en las iglesias desde antiguo hasta ahora no se pierdan en nuestros días, y para que no se nos reclame el depósito que nos ha sido confiado, despertad, hermanos, como administradores de los misterios de Dios, al ver que ahora son arrebatados por extraños» (Ep. encyclica, 1).
Dios, en su Providencia, escribe derecho incluso con líneas que, desde una perspectiva meramente jurídica, parecen torcidas. Que Él conceda que ese día llegue pronto. Alegrémonos en medio de la tribulación y digamos: creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y creo que la Santa Sede volverá algún día a resplandecer ante el mundo entero como la Cátedra de la verdad.

«Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad y gestores bien pagados» Obispo neerlandés Rob Mutsaerts





El obispo neerlandés Rob Mutsaerts pregunta al Papa qué frutos ha dado el proceso sinodal y advierte de que la Iglesia posee un tesoro que el mundo necesita, pero «se ha quedado en Emaús» discutiendo sobre sí misma. «El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?»

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(InfoCatólica) Quizá una de las iglesias locales que está «de vuelta» sea la que peregrina en Holanda (Países Bajos). Ha sufrido desde la más loca interpretación del Concilio a ser uno de los laboratorios desde los que se diseñó y propagó la Teología de la Liberación. Y quizá por haber sufrido lo indecible hasta su marginalización, pueden dar fe de los caminos que llevan a ninguna parte.

En esta línea, el Obispo auxiliar de 's-Hertogenbosch, Rob Mutsaerts, ha publicado una extensa carta abierta dirigida al Papa León XIV en la que cuestiona los frutos del proceso sinodal y pide al Pontífice que devuelva a la Iglesia la prioridad de la evangelización y la proclamación clara del Evangelio. La carta, publicada el 13 de agosto en el sitio web del prelado neerlandés, constituye una de las críticas episcopales más articuladas al modelo sinodal impulsado desde Roma en los últimos años.

Mutsaerts sitúa su intervención bajo un principio que considera irrenunciable: salus animarum suprema lex, la salvación de las almas como ley suprema. «Mi pregunta es sencilla y grave: ¿está ayudando el proceso sinodal a acercar realmente las almas a Cristo y a la salvación eterna?», escribe el obispo, que subraya que no actúa por falta de respeto al ministerio petrino, sino «por amor a ese mismo ministerio».

Las preguntas incómodas

El núcleo de la carta es una batería de preguntas que el obispo plantea sin ambages: ¿se ha fortalecido la fe? ¿Se ha proclamado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Han aumentado las conversiones, la asistencia a misa, las vocaciones sacerdotales? ¿Ha crecido la reverencia eucarística? ¿Se ha clarificado la enseñanza moral de la Iglesia?

Preguntas legítimas que solo grupos ideologizados no quieren no solo responder, ni siquiera preguntarse. Las reacciones en redes sociales por parte de habituales comentaristas progresistas es un buen indicador.

«Cuando se plantean estas preguntas, resulta imposible considerar el Sínodo como un éxito», concluye Mutsaerts, que advierte además de que el proyecto sinodal no ha concluido realmente: la fase de implementación se prolonga mediante encuentros diocesanos, nacionales y continentales hasta una asamblea eclesial prevista en Roma en octubre de 2028. «Lo que comenzó como un Sínodo de 2021-2024 amenaza con convertirse en una forma permanente de gobierno».

Un proceso que se convierte en fin

El obispo neerlandés señala lo que considera una anomalía de origen: que el Sínodo sobre la Sinodalidad convierte el proceso en su propio objeto. «Se podría comparar con una reunión que se reúne interminablemente para discutir cómo hay que reunirse en adelante», escribe.

Mutsaerts reconoce que la Iglesia ha celebrado concilios y sínodos desde la antigüedad, pero distingue entre el sínodo clásico como medio para abordar un problema concreto y la sinodalidad como paradigma eclesial permanente. «En el discurso sinodal actual, la sinodalidad amenaza con convertirse en un fin en sí misma. Y ahí comienza, desde una perspectiva católica tradicional, el problema».

La Iglesia no nace del diálogo

La carta profundiza en una cuestión eclesiológica de fondo: la Iglesia no comienza con el diálogo humano, sino con Cristo. «Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a proclamar, bautizar y enseñar», recuerda Mutsaerts, que se apoya en san Pablo para subrayar que la fe se recibe, se transmite y se custodia, no se produce por consenso.

«Si mañana el 90 por ciento de los católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría por ello menos realmente presente. Si el 80 por ciento rechazara una determinada enseñanza moral, esa enseñanza no se volvería automáticamente falsa», argumenta. «La verdad no se produce por consenso. Ese es el primer gran campo de tensión en torno al proyecto sinodal».

«Escuchar»: ¿a quién y en qué orden?

El obispo aborda uno de los conceptos clave del proceso sinodal, el de la escucha, y advierte del riesgo de invertir las prioridades. «El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?», plantea. La respuesta, sostiene, es «a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, naturalmente, también a los fieles».

En ciertos textos sinodales, sin embargo, la secuencia se invierte: «Se parte de las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas del hombre contemporáneo y luego se pregunta cómo debe reaccionar la Iglesia». Mutsaerts identifica aquí un peligro: «¿Qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre. Eso se llama, en el cristianismo, conversión. Y precisamente esa palabra suena llamativamente poco en muchas discusiones eclesiales modernas».

El elefante en la sala sinodal

La carta señala una discrepancia entre los temas que dominan el debate sinodal y la crisis real de la Iglesia en Occidente. Las iglesias se vacían, las parroquias se fusionan, los monasterios desaparecen, las órdenes religiosas envejecen, el conocimiento de la fe disminuye, la vida sacramental se debilita. Ante ese panorama, sostiene Mutsaerts, cabría esperar que la gran operación eclesial mundial se concentrase en una pregunta: ¿cómo ganar de nuevo al mundo para Cristo?

En cambio, buena parte de la atención se dirige a «estructuras, participación, procesos de toma de decisiones, responsabilidad de las mujeres, inclusividad, relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiásticos». El obispo no niega que sean temas legítimos, pero recurre a una imagen elocuente: «Una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos».

Mutsaerts describe además lo que denomina una «ley de Parkinson eclesiástica»: «Cuanta menos evangelización, más comisiones sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones. Cuanta menos gente va a la iglesia, más largas se hacen las reuniones sobre el ser eclesial».

Expectativas que no se pueden satisfacer

Otro aspecto que el obispo considera problemático es que el proceso sinodal haya alentado expectativas sobre temas en los que la Iglesia posee una enseñanza definida: el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la descentralización del gobierno eclesial. «Cuando estos temas se discuten durante años, surge naturalmente la impresión de que finalmente podrán ser cambiados. De lo contrario, no se hablaría interminablemente de ellos», razona.

El resultado, advierte, es una «paradoja pastoral»: se pide a las personas que expresen sus expectativas y luego resulta que algunas son imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad de la doctrina. «Eso no es ganancia pastoral. Es una receta para la frustración».

La alternativa olvidada: la santidad

Frente al modelo sinodal, Mutsaerts propone recuperar lo que considera el motor histórico de toda auténtica reforma católica: la santidad. «Las grandes reformas católicas casi nunca comenzaron con estructuras. Comenzaron con santos», escribe, y enumera a san Benito, san Francisco, santo Domingo, santa Catalina de Siena, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Ávila, san Juan Bosco, santa Teresa de Lisieux, san Maximiliano Kolbe y san Juan Pablo II.

«Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad», afirma el obispo, que propone una inversión de prioridades: «No menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más proclamación».

De Emaús a Jerusalén

La carta concluye con una relectura del relato de los discípulos de Emaús como modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina con los discípulos, escucha, les deja hablar. «Hasta aquí, cualquier manual sinodal podría asentir con entusiasmo», observa Mutsaerts. «Pero entonces ocurre lo decisivo: Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña cómo deben entender los acontecimientos. Y finalmente le reconocen al partir el pan».

Los discípulos, subraya el obispo, no se quedan evaluando su experiencia: «Se levantan, vuelven a Jerusalén, van a proclamar». En cambio, sostiene, «el proceso sinodal se ha quedado en Emaús y la pregunta es si saldrá de allí».

La carta se cierra con una petición directa al Papa: «Denos claridad. Cuando el mundo habla con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se cansa de las discusiones internas, señálenos de nuevo a Cristo». Y recuerda las palabras del propio Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras son palabras de vida eterna».

Mutsaerts se suma así a otros prelados que han expresado públicamente sus críticas al proceso sinodal. Según recoge Edward Pentin, entre ellos figuran los Cardenales Joseph Zen Ze-Kiun, Raymond Burke, Walter Brandmüller, Robert Sarah, Juan Sandoval Íñiguez y Gerhard Müller, así como el difunto Cardenal George Pell.

lunes, 17 de agosto de 2026

«Rígidos», «fariseos», «escrupulosos»: la costumbre progre de insultar a quien pide fidelidad

INFOVATICANA


Father James Miara, pastor of Holy Innocents Church in New York City, celebrates a traditional Latin Mass at Holy Innocents July 13, 2025. (OSV News photo/Gregory A. Shemitz)

Hay una falsedad que llevamos demasiado tiempo aceptando sin plantar cara: la contraposición entre fidelidad a la doctrina y a la liturgia, por un lado, y misericordia, humildad y cercanía, por otro. El esquema se repite con una suficiencia exasperante. ¿Pide usted que se cumplan las rúbricas? Entonces es rígido. ¿Recuerda lo que la Iglesia enseña sobre una cuestión moral incómoda? Le falta sensibilidad pastoral. ¿Comulga de rodillas? Probablemente sea un vanidoso o un escrupuloso. ¿Sostiene que un sacerdote no puede celebrar según sus ocurrencias ni un católico remodelar la doctrina según sus preferencias? Algo tendrá de fariseo. Durante décadas hemos soportado esta caricatura como si contuviera algún argumento serio. No lo contiene.

Porque en todo ese razonamiento falta precisamente el eslabón fundamental: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Desde cuándo la fidelidad impide la caridad? ¿Desde cuándo obedecer a la Iglesia incapacita para atender al pobre, acompañar al enfermo, escuchar al que sufre o acoger al pecador? La oposición es absurda, pero se ha repetido tantas veces que ha terminado funcionando como un reflejo condicionado: basta recordar una norma litúrgica o una verdad doctrinal para que alguien active inmediatamente el resorte de la «rigidez», el «fariseísmo» o la «falta de misericordia». Ya ni siquiera hace falta discutir el fondo. Se desacredita moralmente a quien plantea la objeción y asunto resuelto.

El mecanismo es exactamente el mismo en la liturgia y en la doctrina. En la liturgia, alguien decide que una rúbrica es demasiado fría, demasiado antigua o poco pastoral y la sustituye por lo que considera más adecuado. En la doctrina, alguien concluye que una enseñanza de la Iglesia resulta demasiado exigente, incómoda para el mundo contemporáneo o difícil de explicar y empieza a erosionarla mediante excepciones, silencios y reinterpretaciones. En ambos casos aparece después la misma coartada moral: no se trata de desobedecer, sino de ser misericordioso; no se trata de colocar el criterio propio por encima de lo recibido, sino de atender a «lo que de verdad importa». Y quien señala que no corresponde a cada cual decidir qué parte de la fe o de la liturgia merece seguir vigente es rápidamente colocado en el banquillo de los rígidos.

La realidad, sin embargo, desmiente esa impostura todos los días. Hay sacerdotes que consumen su vida por sus fieles, que viven con una austeridad que avergonzaría a sus críticos, que pasan horas en el confesionario, que recorren kilómetros para visitar enfermos y que sostienen parroquias enteras con una entrega de pobreza silenciosa, y además celebran la Santa Misa con fidelidad y predican sin mutilar aquello que la Iglesia enseña. Hay misioneros que han dejado patria, familia y comodidades para desaparecer en lugares donde nadie los verá y no necesitan rebajar una sola verdad de fe para amar a las personas que tienen delante. Hay religiosas que pasan la vida cuidando ancianos, enfermos, huérfanos y pobres y cuya existencia está sostenida por una disciplina espiritual, doctrinal y litúrgica que algunos desprecian como «rigidez». ¿También ellos carecen de misericordia? La acusación no solo es intelectualmente pobre; resulta ofensiva.

Quizá haya que invertir de una vez la pregunta. ¿No será precisamente un gesto de humildad asumir que tú, pobre don nadie, no eres quién para inventar cómo se celebra la Santa Misa ni para corregir lo que la Iglesia ha recibido y enseñado? El sacerdote no llega al altar para expresarse ni el teólogo recibe la Revelación como una materia prima que deba actualizar a su gusto. Ninguno tiene delante una página en blanco. La liturgia no le pertenece al celebrante y la doctrina no pertenece al intérprete. Ambas son realidades recibidas, anteriores a nosotros y destinadas a sobrevivirnos. Unas palabras que no hemos escrito, una fe que no hemos fundado, unos sacramentos que no hemos inventado y una tradición que nos supera infinitamente.

Ahí está precisamente una de las formas más elementales de la humildad: saber ocupar el propio lugar. Aceptar que no todo depende de uno. Comprender que la propia sensibilidad no es la medida de la Iglesia, que nuestras intuiciones pastorales no constituyen una nueva fuente de revelación y que nuestras ocurrencias no mejoran necesariamente aquello que hemos recibido. Un ego bien colocado sabe obedecer también cuando no comprende del todo, cuando la norma no coincide con sus gustos o cuando la doctrina resulta impopular.

El que respeta una rúbrica es sospechoso de rigidez y el que la altera a su gusto se presenta como pastoral. El que recuerda una enseñanza incómoda debe explicar primero que no odia a nadie, mientras el que la vacía de contenido recibe automáticamente la presunción de compasión. Como si la misericordia perteneciera por definición a quien rebaja la exigencia y nunca a quien tiene la difícil tarea de decir la verdad. Como si fuera imposible abrazar al pecador sin bendecir el pecado o acompañar una fragilidad sin convertirla en criterio doctrinal.

Resulta especialmente irritante que quienes se permiten esas irregularidades señalen después con el dedo al fiel que comulga de rodillas, al sacerdote que respeta las rúbricas, al padre que quiere transmitir a sus hijos lo que siempre enseñó la Iglesia o al católico que osa recordar que determinadas cuestiones no están abiertas a una permanente renegociación. «Rígidos», «fariseos», «escrupulosos», «integristas», «obsesionados con las normas»: las etiquetas se reparten con prodigalidad precisamente desde quienes dicen deplorar los juicios sobre los demás. Ellos se atribuyen la potestad de decidir quién es humilde, quién es misericordioso, qué doctrina sigue siendo pastoralmente aceptable y qué rúbrica puede enviarse al desván. Y después llaman soberbio al que pregunta con qué autoridad lo hacen.

Conviene entonces preguntarse dónde está verdaderamente el fariseísmo. Porque hay bastante más soberbia en creerse autorizado para rehacer la liturgia según el propio criterio que en arrodillarse ante Dios, y bastante más arrogancia en corregir de facto la doctrina de la Iglesia que en aceptar que uno no es su dueño. Se puede convertir la fidelidad en un motivo de orgullo, naturalmente, porque ninguna sensibilidad humana está vacunada contra la soberbia. Pero resulta grotesco que quienes han hecho de su propia sensibilidad el criterio último acusen sistemáticamente de ego a quienes, precisamente, aceptan someterla a algo que está por encima de ellos.

Durante demasiado tiempo se nos ha repetido que «lo importante» no son las normas, ni las fórmulas, ni las definiciones, sino las personas. La frase tiene esa música inconfundible de cierto catolicismo de los años ochenta que todavía sobrevive por inercia: menos doctrina y más Evangelio, menos rúbricas y más vida, menos normas y más misericordia. Como si el Evangelio no contuviera doctrina, como si la liturgia no fuera vida de la Iglesia, como si la misericordia pudiera existir separada de la verdad. Aquel mantra funcionó durante décadas (mientras se vaciaban templos y seminarios) porque presentaba a unos como hombres de corazón y a otros como guardianes sombríos de reglamentos. Pero la caricatura está caducando. Cada vez resulta más difícil ocultar que detrás de muchas apelaciones a la espontaneidad y a la misericordia había, sencillamente, una pretensión de ego.

La cuestión de fondo nunca fue misericordia contra rigor. Fue otra: quién manda. Si la liturgia la recibimos o la fabricamos. Si la doctrina nos obliga o nosotros juzgamos qué partes de la doctrina siguen siendo aceptables. Si la Iglesia posee algo que transmitir o cada generación está autorizada a recomponerlo según el clima cultural del momento. Una vez formulado así, buena parte del artificio se desmorona, porque el supuesto humilde que continuamente invoca la misericordia termina apareciendo como lo que muchas veces es: alguien convencido de que su criterio personal es más humano, más cristiano y más sabio que aquello que recibió.

Se puede ser rigurosamente fiel y profundamente misericordioso. Se puede amar las rúbricas y desvivirse por los pobres o enfermos. Se puede sostener íntegramente la doctrina y tratar con infinita delicadeza a quien no consigue vivir conforme a ella. Se puede defender la tradición y entregar la vida por los demás. Y también se puede hablar continuamente de humildad mientras uno coloca su propio criterio por encima de la liturgia y de la fe de la Iglesia. A eso podrán llamarlo creatividad, discernimiento, pastoral, actualización o misericordia. El vocabulario cambia; el mecanismo es el mismo. Muchas veces no es más que ego, quizá incluso un ego bienintencionado, pero ego al fin y al cabo.

Miguel Escrivá 

Esperpento televisado en Torrelavega: homilía herética y bailes en el altar




En la Misa Mayor de la Virgen Grande, retransmitida en directo por Cantabria Televisión, el párroco de la Asunción de Torrelavega relativizó el dogma definido por Pío XII, atribuyó los títulos marianos a «la mitología» e introdujo una «danza contemplativa» rodeando el altar con faldas de colores —hombres incluidos— entre el Evangelio y la homilía, además de jotas y pericotes en pleno ofertorio.

La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Torrelavega —el templo que sus fieles llaman «nuestra catedral» y para el que el Obispado de Santander tramita ante Roma el título de Basílica Parroquial— celebraba este año una fecha redonda: el 125 aniversario de su inauguración, un 15 de agosto de 1901. La Misa Mayor de las fiestas de la Virgen Grande, presidida por el párroco Juan Carlos Rodríguez del Pozo y concelebrada por los religiosos amigonianos Félix Martínez y Juan Manuel González, fue retransmitida en directo por Cantabria Televisión. Gracias a esa retransmisión ha quedado registrado todo lo que allí se dijo e hizo.
«No tenemos que ir al pie de la letra»
El momento más grave llegó en la homilía. Hablando de la solemnidad del día, el párroco afirmó, según consta en la retransmisión:
«María, hoy celebramos que sube al cielo en cuerpo y alma. Evidentemente que no tenemos que ir al pie de la letra. Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico. El cielo es un estado del alma, de plenitud, de felicidad».
Conviene recordar qué es exactamente lo que el sacerdote invitaba a no tomar «al pie de la letra». El 1 de noviembre de 1950, Pío XII, en la constitución apostólica Munificentissimus Deus, ejerciendo el magisterio pontificio en su grado supremo, «declaramos y definimos ser dogma de fe divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». Y el mismo documento advierte: «si alguno, lo que Dios no permita, se atreviera a negar o a poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha naufragado en la fe divina y católica».

No se trata, pues, de una imagen piadosa susceptible de lecturas simbólicas, sino del objeto mismo de la fiesta que se estaba celebrando: una verdad de fe divina y católica cuya negación pertinaz tiene nombre en el Código de Derecho Canónico (cáns. 750 y 751). El Catecismo la recoge en su número 966. Y el sacerdote la relativizó desde el ambón, en la Misa Mayor de la patrona, ante las autoridades civiles de Cantabria y con las cámaras de televisión delante.

Los títulos de la Virgen, «mitología»

No fue un desliz aislado. Momentos antes, el párroco había explicado el origen de los honores marianos en estos términos:
«Dios elige a María, una mujer humilde, una mujer de pueblo. La mitología nos la ha hecho y nos la ha ensalzado tanto, y le ha puesto muchos collares, muchas coronas, muchos privilegios, muchos títulos, porque a veces tenemos que acudir a la mitología para hablar de realidades que son terrenas […] son realidades mundanas que nos cuesta decir con palabras y entonces tenemos que recurrir a la mitología».
Los «privilegios» y «títulos» de la Virgen —Inmaculada, Asunta, Madre de Dios, Reina— no son producto de mitología alguna: son dogmas definidos y doctrina constante de la Iglesia. Presentarlos como recurso mitológico para expresar «realidades mundanas» vacía de contenido la mariología católica entera. Todo ello, por cierto, minutos después de que la asamblea hubiera cantado el salmo «de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir».

Abundando en la misma línea, el celebrante remató: «los títulos, las posesiones, son fuegos artificiales de las fiestas».

Danza «contemplativa» con miriñaques entre el Evangelio y la homilía

El otro capítulo es litúrgico. Nada más proclamarse el Evangelio —y antes de la homilía, es decir, en el corazón de la liturgia de la Palabra—, el párroco anunció:
«Pues ahora vamos a contemplar al grupo de danza contemplativa de la parroquia […] que nos va a hacer un guiño en este 125 aniversario. Vamos a ver muchos colores que simbolizan el rosetón […] los colores, la diversidad, la alegría […] Van a danzar en círculo. El círculo es la perfección […] Alrededor de la mesa de la Eucaristía nadie sobra […] Pues vamos, en estas claves, a disfrutar un momentito de esto».
Acto seguido, un grupo de hombres y mujeres ataviados con enormes faldas de aro de colores chillones —naranja, fucsia, rojo, morado, celeste, blanco, amarillo— ejecutó una coreografía en corro, tomados de las manos, sobre la alfombra roja del presbiterio, a los pies del altar. Al terminar, aplausos en el templo y glosa del celebrante: la danza «nos ha ido envolviendo en ese círculo de amor y solidaridad».

La Santa Sede zanjó esta cuestión hace medio siglo. La Congregación para el Culto Divino, en su pronunciamiento sobre la danza en la liturgia (Notitiae, 1975), estableció que en la tradición occidental la danza no puede introducirse en las celebraciones litúrgicas: hacerlo «supondría introducir en la liturgia una atmósfera de profanidad», y si se desea ofrecer una danza como expresión cultural, debe hacerse fuera de la celebración. La instrucción Redemptionis Sacramentum (2004) reprueba los elementos de espectáculo en la Misa (n. 57) y recuerda que la liturgia no está disponible para la creatividad de nadie: «nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por propia iniciativa en la liturgia» (Sacrosanctum Concilium 22 §3; can. 846 §1).

Jota, pericote y picayos en el ofertorio; discursos y entrega de regalos tras la comunión

La segunda intervención dancística corrió a cargo de la Agrupación de Danzas Nuestra Señora de las Nieves de Tanos, que celebra su centenario. La propia retransmisión lo describe: durante «la primera parte del ofertorio» el grupo «ha bailado una jota y un pericote y se han despedido con el baile de picayos». Es decir, mientras se preparaban los dones para el Santo Sacrificio, el presbiterio acogía un número de folclore regional. Nadie discute los picayos ante la imagen de la patrona en la procesión —piedad popular legítima, con siglos de historia y su lugar propio, en la calle—; lo que no tiene encaje es trasladar la actuación al interior de la acción litúrgica, exactamente la distinción que hace la Santa Sede.

Tras la comunión, y antes de la bendición final, la Misa se interrumpió de nuevo para un «acto protocolario»: entrega de un cuadro de la parroquia a la agrupación, entrega recíproca del escudo del grupo, y sendos discursos de sus representantes desde el presbiterio, con «reto» incluido para el año próximo. Todo ello dentro de la celebración, con el Santísimo recién distribuido.

Una Misa modelo… de lo que no debe hacerse

El conjunto —fórmulas litúrgicas retocadas al gusto del celebrante desde el saludo inicial, danza escénica tras el Evangelio, folclore en el ofertorio, parlamentos y regalos tras la comunión y, sobre todo, la relativización pública de un dogma de fe en el día de su solemnidad— dibuja el retrato de una liturgia entendida como festival comunitario y de una predicación que ha sustituido el contenido de la fe por vaguedades sobre la acogida y la diversidad.

La paradoja es dolorosa: sucede en un templo que aspira al título de Basílica, en su 125 aniversario, ante la presidenta de Cantabria y la corporación municipal, y con retransmisión televisiva. Precisamente por esa visibilidad, lo ocurrido tiene valor de ejemplo para toda la diócesis.

Corresponde al obispo de Santander, don Arturo Ros —mencionado en el canon de esta misma Misa—, como primer responsable de la vida litúrgica de su diócesis (can. 838; Redemptionis Sacramentum 19-25), aclarar si conocía y autorizó lo sucedido y, sobre todo, si considera compatible con la fe católica que un párroco suyo predique, el día de la Asunción, que «ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma». Los fieles tienen derecho —un derecho, no una preferencia estética— a que la liturgia se celebre conforme a las normas de la Iglesia y a que se les predique la fe de la Iglesia, no las opiniones del celebrante (Redemptionis Sacramentum 11-12).



DURACIÓN 107 MINUTOS

domingo, 16 de agosto de 2026

Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Del blog del obispo Mutsaerts, quien siempre ha sido una voz influyente. Algunos precedentes aquí - aquí - aquí - aquí . Aquí está el índice de artículos sobre el Sínodo.Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Rob Mutsaerts , obispo auxiliar de la diócesis de 's-Hertogenbosch (Países Bajos)


Santo Padre,

Con respeto al ministerio que se le ha confiado como Sucesor de Pedro, y en solidaridad con la Iglesia que Cristo edificó sobre los apóstoles, me dirijo a usted con esta carta abierta. No lo hago a la ligera. Lo que me impulsa a pronunciar públicamente estas palabras es una preocupación que, en última instancia, supera cualquier otra consideración eclesial: la salvación de las almas. Salus animarum suprema lex —la salvación de las almas es la ley suprema. Mi pregunta es sencilla y seria: ¿contribuye realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna? Para mí, esta es la pregunta decisiva.

Santo Padre, comprendo perfectamente que el ministerio petrino conlleva una responsabilidad de la que quienes no lo ejercen solo pueden tener una vaga idea. Precisamente por eso escribo estas palabras, no por falta de respeto al ministerio papal, sino por amor a él. Pedro, de hecho, recibió de Cristo no solo el mandato de unir a sus hermanos, sino también de fortalecerlos en la fe: «Y tú, cuando hayas recapacitado, fortalece a tus hermanos». En definitiva, el mundo no necesita una Iglesia que simplemente repita lo que ya piensa. Necesita una Iglesia que, con amor pero sin temor, lo guíe hacia Cristo.

Mi preocupación por el Sínodo sobre la sinodalidad debe entenderse desde esta perspectiva. Y, sobre todo, me pregunto qué significa todo esto para el creyente común que espera de su Iglesia no un proceso permanente, sino claridad en el camino hacia Dios.

Esta carta no pretende, por tanto, acusar a ninguna persona en particular. Tampoco pretendo negar las buenas intenciones de quienes participan sinceramente en el proceso sinodal. Es necesario reconocer las buenas intenciones, pero estas no nos eximen del deber de examinar sus frutos. Cristo mismo nos ha dado un criterio sencillo para ello: «Por sus frutos los conoceréis». Por consiguiente, creo que, tras años de consultas, reuniones, informes y documentos sinodales, ha llegado el momento de cuestionar con franqueza estos frutos. No por cinismo, sino por amor a la Iglesia. No por nostalgia de un pasado idealizado, sino por preocupación por su futuro. Y no para librar una batalla político-eclesial, sino porque detrás de todas las discusiones subyace una realidad infinitamente más importante: la salvación eterna de las almas que Cristo ha confiado a su Iglesia. Impulsado por esta preocupación, Santo Padre, le presento la siguiente reflexión.

El Sínodo sobre la sinodalidad

Quien evalúe el Sínodo sobre la sinodalidad únicamente a la luz de sus propios objetivos puede llegar fácilmente a una conclusión positiva. Se escuchó a la gente. Se habló. Se consultó a miles de personas. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos se reunieron. Hablaron de comunión, participación y misión. Incluso nació un nuevo vocabulario eclesial: sinodalidad, escucha, discernimiento, participación, diálogo en el Espíritu, iniciación de procesos.

Pero también se puede analizar la misma historia desde una perspectiva completamente diferente. Permítanme plantear la incómoda pregunta: ¿Qué se logró realmente con todo esto? No: ¿Cuántas reuniones se organizaron? No: ¿Cuántos informes se redactaron? No: ¿Cuántas personas asistieron?

Sino: ¿Se fortaleció la fe? ¿Se proclamó a Cristo con mayor claridad? ¿Se profundizó la identidad católica? ¿Se convirtieron más personas? ¿Aumentó la asistencia a la misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Se hizo más eficaz la catequesis? ¿Surgió un mayor respeto por la Eucaristía? ¿Se aclaró la doctrina moral de la Iglesia? ¿Aumentó el valor misionero?

Cuando uno se plantea estas preguntas, es imposible considerar el Sínodo un éxito. Ahora surge otro aspecto: la iniciativa sinodal no está realmente completa. La fase de implementación oficial continúa y, a través de reuniones diocesanas, nacionales y continentales, se espera que culmine en una asamblea eclesial en Roma en octubre de 2028. En mayo de 2026, el Vaticano publicó nuevamente una hoja de ruta detallada para este fin. Esto hace que la crítica sea aún más pertinente. Lo que comenzó como un sínodo de 2021 a 2024 corre el riesgo de convertirse en una forma permanente de gobierno.

Un sínodo sobre un sínodo.

El primer aspecto destacable está ya en el nombre mismo: Sínodo sobre la sinodalidad. Tradicionalmente, un sínodo se convocaba porque la Iglesia necesitaba debatir algo: la evangelización, el matrimonio y la familia, el sacerdocio, la Eucaristía, las Sagradas Escrituras, una herejía, una crisis pastoral o un problema concreto. En el Sínodo sobre la sinodalidad, sin embargo, el proceso mismo se convierte en el tema. Podría compararse con una reunión interminable para debatir cómo debería reunirse de ahora en adelante.

La Iglesia ha conocido concilios y sínodos desde la antigüedad. Los apóstoles se reunían en Jerusalén. Los obispos deliberaban entre sí. Los papas consultaban a los obispos. Los grandes concilios ecuménicos son inconcebibles sin la consulta eclesial conjunta. Pero esto es muy diferente de la sinodalidad entendida como un paradigma eclesial permanente. El sínodo clásico era una herramienta. En el discurso sinodal actual, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma. Y es precisamente ahí donde, desde una perspectiva católica tradicional, comienza el problema.

La Iglesia no es un diálogo, sino una realidad aceptada.

La Iglesia, de hecho, no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo. Esto parece obvio, pero tiene consecuencias de gran alcance. Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó a los apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a predicar, bautizar y enseñar: «Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones». El liderazgo es crucial en este contexto. La fe no surge de que la Iglesia primero haga un inventario de las creencias de las personas y luego destile una convicción compartida a partir de todas esas experiencias. La fe se recibe.

Pablo usa constantemente palabras como recibir, transmitir, conservar. La Iglesia no posee la Revelación porque la concibió, sino porque la recibió. Esto significa que el cristianismo, por su propia naturaleza, no puede ser democrático. No porque la democracia como forma de gobierno sea negativa, sino porque la verdad no surge de una votación mayoritaria. Si mañana el 90 por ciento de los católicos ya no creyera en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría menos presente. Si el 80 por ciento rechazara una doctrina moral determinada, esa doctrina no se volvería automáticamente falsa. La verdad no se produce por consenso. Este es el primer punto de tensión importante en torno al proyecto sinodal.

Escuchar: ¿a quién?

Una palabra clave a lo largo de todo el proceso ha sido escuchar (como si nunca lo hubiéramos hecho antes). En sí mismo, no hay nada que objetar. Un obispo debe escuchar. Un sacerdote debe escuchar. Los cristianos deben escucharse unos a otros. Un pastor que nunca escucha a su rebaño no es un buen pastor. Pero surge de inmediato la pregunta: ¿a quién debe escuchar la Iglesia por encima de todo? La respuesta tradicional es: a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, por supuesto, también a los fieles.

Sin embargo, en algunos textos sinodales, el orden parece invertirse fácilmente. El punto de partida son las experiencias, los deseos, las frustraciones y las expectativas de la gente de hoy, y luego surge la pregunta de cómo debe responder la Iglesia a todo esto. Esto parece pastoralmente tentador, pero encierra un peligro. Porque, ¿qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces, no es el Evangelio lo que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. En el cristianismo, a esto se le llama conversión. Y es precisamente esta palabra la que resuena sorprendentemente poco en muchos debates eclesiales modernos.

Llamativamente ausente: la conversión.

Aquí reside la debilidad más profunda de todo el proyecto. La Iglesia no existe principalmente para confirmar a las personas en lo que ya son. Existe para guiarlas a Cristo. Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no fueron: «Díganme primero qué opinan de las estructuras eclesiales actuales». Sino: «Arrepiéntanse y crean en el Evangelio». Esto es decididamente menos burocrático. Y decididamente más radical.

La Iglesia de los mártires no cambió el mundo romano organizando sesiones de escucha sobre cómo los romanos podían percibir la comunidad cristiana de manera más inclusiva. Proclamó a Cristo. Pedro proclamó a Cristo. Pablo proclamó a Cristo. Francisco proclamó a Cristo. Domingo proclamó a Cristo. Francisco Javier proclamó a Cristo. Juan Vianney proclamó a Cristo. La Madre Teresa proclamó a Cristo. Juan Pablo II proclamó a Cristo. Sin duda escucharon a la gente. Pero escuchar nunca fue el punto final. El punto final fue la conversión a Cristo.

El elefante en la sala del sínodo

También existe una curiosa discrepancia entre los temas que se discuten ampliamente en el proceso sinodal y la crisis real que enfrenta la Iglesia occidental en particular. Los problemas fundamentales de la Iglesia en los Países Bajos, Bélgica, especialmente en Alemania, pero también en gran parte de Europa Occidental, son fáciles de reconocer. Las iglesias se vacían. Las parroquias se fusionan. Los monasterios desaparecen. Las órdenes religiosas envejecen. El conocimiento de la fe católica disminuye. La confesión prácticamente ha desaparecido para muchos católicos. El número de vocaciones sacerdotales sigue siendo bajo en muchos lugares. Muchos bautizados apenas creen en las verdades fundamentales de la fe. La vida sacramental se encuentra gravemente debilitada entre amplios grupos de católicos. En este contexto, cabría esperar que una iniciativa eclesial mundial planteara una pregunta fundamental: ¿cómo podemos reconquistar el mundo para Cristo?

Sin embargo, gran parte de la atención se centra en las estructuras, la participación, los procesos de toma de decisiones, la responsabilidad de las mujeres, la inclusión, las relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiales. Estos pueden ser temas legítimos. Pero una casa en llamas tiene prioridades diferentes a los asuntos administrativos.

Una especie de "Ley de Parkinson" eclesiástica.

Las instituciones que pierden de vista su propósito original tienden a hablar cada vez con más intensidad sobre su propia organización. Las empresas hablan sin cesar sobre procesos. Las universidades sobre gobernanza. Las administraciones públicas sobre modelos de participación. Y las organizaciones eclesiásticas sobre estructuras. Cuanta menos evangelización hay, más comisiones de evangelización se crean. Cuantas menos vocaciones hay, más documentos sobre vocaciones se redactan. Cuanta menos gente asiste a la iglesia, más largas se vuelven las reuniones sobre cómo ser iglesia. Puede parecer cínico, pero hay una reflexión seria detrás: la burocracia puede crear la ilusión de actividad cuando la realidad muestra lo contrario. Estamos navegando sin brújula.

Expectativas que no se pueden cumplir.

El proceso sinodal ha elevado las expectativas. Esto ocurrió principalmente porque durante las diversas fases consultivas se admitieron temas que tocan cuestiones sobre las que la Iglesia ya tiene una doctrina clara. El diaconado femenino. El sacerdocio. La moral sexual. Las relaciones homosexuales. La relación entre laicos y clérigos. La autoridad eclesiástica. La descentralización. La posición de la mujer. Cuando estos temas se "discuten" durante años, surge naturalmente la impresión de que eventualmente podrían cambiar. De lo contrario, no se discutirían interminablemente.

Esto crea una paradoja pastoral. Se pide a las personas que expresen sus expectativas. Posteriormente, algunas de estas expectativas resultan imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad con la doctrina católica. ¿Qué sucede entonces? Decepción general. La Iglesia ha generado así expectativas que, en última instancia, no puede cumplir. Este no es un resultado pastoral positivo. Es una receta para la frustración.

La protestantización del concepto católico de la Iglesia.

Desde una perspectiva tradicionalista, también se puede apreciar una ironía histórica. Algunos elementos de la cultura sinodal moderna guardan similitudes con desarrollos observados en las iglesias protestantes durante décadas: mayor énfasis en la participación, mayor influencia en la administración, estructuras más consultivas, mayor influencia en las comunidades locales, mayor énfasis en la experiencia individual, mayor debate sobre conceptos sociales cambiantes y menor énfasis en la autoridad jerárquica. Todo esto, en sí mismo, no tiene por qué ser erróneo. Sin embargo, la pregunta histórica es inevitable: ¿ha propiciado este modelo un renacimiento cristiano espectacular en el mundo protestante? En gran parte de Europa Occidental, la respuesta es clara: no. ¿Por qué, entonces, debería la Iglesia Católica adoptar los modelos administrativos y pastorales de las comunidades eclesiales que a menudo sufrieron la misma secularización incluso antes y de forma más marcada? Un enfermo rara vez se recupera tomando la medicina del paciente de la cama de al lado, que está aún peor.

La alternativa olvidada: la búsqueda de la santidad.

Las grandes reformas católicas casi nunca comienzan con las estructuras. Comenzaron con los santos. Tras periodos de corrupción, llegaron los reformadores: Benedicto XVI, Bernardo de Eugenio, Francisco de Asís, Domingo de Aquino, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe y Juan Pablo II. Su programa era sorprendentemente sencillo: convertirse en santos.

Porque un santo posee un poder misionero que ningún documento programático puede igualar. Una parroquia con un párroco santo tiene mejor futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sinodal y dirigentes bien pagados. Un convento con diez religiosas fervientes evangeliza más que cien páginas de jerga eclesiástica. Un sacerdote que cree visiblemente estar ante Dios en el altar puede llevar a más personas a la fe que una conferencia sobre liturgia participativa.

Quizás esta sea precisamente la alternativa que el Sínodo no supo enfatizar lo suficiente: no menos escucha, sino más santidad; no menos participación, sino más conversión; no menos diálogo, sino más proclamación.

La liturgia como prueba de fuego.

Desde una perspectiva tradicional, también sorprende que la crisis litúrgica haya tenido un papel relativamente secundario. Porque si realmente se quiere saber cómo le va a una Iglesia, hay que fijarse en su culto. Lex orandi, lex credendi. La forma de rezar es la expresión de la fe.

Cuando los católicos casi ya no comprenden que la Misa hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo, cuando el sentido de lo sagrado se debilita, cuando el silencio desaparece, cuando los confesionarios están vacíos y la adoración eucarística se vuelve marginal, entonces la Iglesia no tiene un problema de gestión. Tiene un problema de fe. Una nueva estructura participativa no puede resolver este problema. Tampoco una nueva asamblea. Quizás un redescubrimiento de Dios.

La paradoja de la participación

. El proyecto sinodal enfatiza la participación. Pero aquí surge una curiosa paradoja. Quienes participan intensamente en los procesos de consulta eclesial no son necesariamente representativos de toda la Iglesia. El católico silencioso que va a Misa todas las mañanas, reza el rosario y enseña catequesis a sus nietos generalmente no escribe un informe sinodal. El joven católico que viaja tres horas para asistir a una liturgia tradicional generalmente no forma parte del grupo de trabajo diocesano. La madre de seis hijos que intenta educar a su familia en la fe católica probablemente tiene poco tiempo para asistir a sesiones de escucha. Una monja contemplativa no llena un cuestionario. Pero su fe puede estar más arraigada que la de los participantes profesionales en las reuniones de la iglesia. Quienes solo escuchan a quienes se acercan al micrófono pueden olvidar fácilmente que el Pueblo de Dios es más grande que el círculo alrededor de la mesa de reuniones. ¿

Sinodalidad o colegialidad?

Quizás parte de la confusión desaparecería si volviéramos a un lenguaje más preciso. La tradición católica conoce un concepto claro: la colegialidad. Los obispos, junto con Pedro y bajo su guía, forman el colegio episcopal. También existen concilios presbiterianos, concilios pastorales, sínodos, capítulos, comunidades religiosas e innumerables otras formas de deliberación. ¿Por qué era necesaria una nueva categoría que lo abarcara todo: la sinodalidad?

Precisamente porque el concepto es tan amplio —es imposible concebir una sola definición— que cada persona puede entenderlo de manera diferente. Para algunos, significa escuchar. Para otros, descentralización. Para otros, democratización. Para otros, renovación pastoral. Para otros, reforma del ministerio. Para otros, una moral sexual diferente. Un concepto que puede significar cualquier cosa, en última instancia, no significa nada. Por eso se justifica la cuestión de la proporcionalidad. ¿Cuánta energía hay que invertir aún en esto? ¿Cuántas reuniones? ¿Cuántos grupos sinodales? ¿Cuántos informes? ¿Cuántas evaluaciones de las evaluaciones?

Y sobre todo: ¿qué pasaría si se invirtiera la misma cantidad de tiempo, dinero, energía intelectual y atención episcopal en catequesis, seminarios, educación católica, liturgia, confesión, adoración eucarística, pastoral matrimonial y evangelización directa? Me parece una pregunta retórica.

El problema de fondo: la eclesiología.

En última instancia, entonces, la discusión no se centra realmente en las reuniones. Se trata de la pregunta: ¿qué es la Iglesia? ¿Es ante todo una comunidad que busca junta lo que debe llegar a ser? ¿O es ante todo una realidad divina que ha recibido lo que debe ser? La respuesta católica solo puede ser la segunda. La Iglesia debe convertirse continuamente, pero está fundada en los apóstoles. Preserva una fe que no inventó. Por lo tanto, toda sinodalidad debe, en última instancia, definirse por algo que no es objeto de la discusión sinodal: la verdad revelada por Cristo. El mundo no espera una Iglesia sinodal.

Y aquí reside quizás la mayor tragedia. El mundo moderno está experimentando una extraordinaria crisis espiritual. La gente busca sentido. Los jóvenes buscan una identidad. La soledad aumenta. Las familias se desintegran. La tecnología penetra cada vez más en la existencia humana. La pornografía distorsiona la sexualidad. El materialismo resulta insatisfactorio. El cambio climático se está convirtiendo en una religión sustituta para muchos. La gente teme a la muerte, pero casi ya no sabe para qué vive. Y en medio de ese mundo, la Iglesia posee algo extraordinario. Posee el Evangelio. Los sacramentos. La Eucaristía. La confesión. Dos mil años de sabiduría. Las Sagradas Escrituras. Los Padres de la Iglesia. Tomás de Aquino. Agustín. Los místicos. Los santos. Una tradición inigualable de arte, música, filosofía, moral y espiritualidad. Y, sobre todo: Jesucristo.

El mundo no espera a que otra organización más lo escuche. Ya hay suficientes. El mundo espera a que alguien le diga para qué fue creado.

De Emaús a Jerusalén.

Quizás el Evangelio de los discípulos en Emaús ofrece, en última instancia, el mejor modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina junto a los discípulos. Los escucha atentamente. Les pregunta qué les preocupa. Les permite hablar. Les da espacio para su decepción. Hasta este punto, cualquier manual sinodal estaría de acuerdo con entusiasmo. Pero entonces ocurre el acontecimiento decisivo. Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña a comprender los acontecimientos. Y finalmente, lo reconocen al partir el pan. Esta es la sinodalidad católica en su forma más pura. Y después de eso, los discípulos no permanecen reunidos indefinidamente en Emaús para evaluar su experiencia del camino. Se levantan. Regresan a Jerusalén. Van a proclamar el Evangelio. El proceso sinodal se estancó en Emaús, y la pregunta es si alguna vez podrán superarlo. Estamos tan ocupados discutiendo cómo la Iglesia debe caminar junta que a veces olvidamos hacia dónde se dirige.

La Iglesia católica, después de todo, no necesita un sínodo permanente sobre sí misma. Necesita santos. Obispos que enseñen. Sacerdotes que oren. Religiosos que vivan radicalmente para Dios. Padres que transmitan la fe. Jóvenes que descubran que la verdad es más que una opinión. Una liturgia en la que Dios esté verdaderamente en el centro. Confesiones donde los pecadores encuentren el perdón. Seminarios que formen hombres dispuestos a entregar sus vidas a Cristo. Católicos que no se pregunten constantemente cómo debe adaptarse la Iglesia al mundo, sino que tengan el valor de invitar al mundo a ser transformado por Cristo.

Porque, en última instancia, Cristo no envió a su Iglesia al mundo diciendo: Id y organizad procesos sinodales por todas partes. Dijo: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura». Así nació la Iglesia. Y cada vez que se ha renovado verdaderamente, ha comenzado desde ahí.

Santo Padre,

permítame concluir esta carta con el mismo pensamiento con el que la comencé: la salvación de las almas. Espero y ruego que bajo su pontificado se vea una vez más claramente que la Iglesia no está llamada a debatir interminablemente sobre sí misma, sino a proclamar a Cristo; No para reflejar el espíritu de la época, sino para conducir al mundo a la vida eterna.

Los fieles pueden esperar que el sucesor de Pedro fortalezca a sus hermanos y hermanas en la fe, en medio de la confusión de nuestro tiempo. Que nos recuerde que la verdad que la Iglesia proclama no es una mercancía de la que podamos disponer a nuestro antojo, sino un tesoro precioso que hemos recibido y que debemos transmitir intacto. Que inspire valor en los sacerdotes que cumplen fielmente su vocación, en los religiosos que han consagrado su vida a Dios, en los padres que, a contracorriente, buscan educar a sus hijos en la fe católica, y en los jóvenes que, especialmente en una época de relativismo, anhelan la verdad, la santidad, la belleza y la aventura radical de una vida con Cristo.

Por lo tanto, mi oración es sencilla: concédenos claridad. Cuando el mundo hable con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se canse de los debates internos, que nos dirija una vez más a Cristo. Cuando nos perdamos en procedimientos y estructuras, que nos recuerde nuestra misión. Cuando tememos proclamar el Evangelio en toda su plenitud por temor a ofender al hombre moderno, recordemos las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras son palabras de vida eterna».

Santo Padre, escribo todo esto con sincero respeto por su ministerio y con amor por la Iglesia. Mi crítica al proceso sinodal no surge del deseo de sembrar división, sino del temor de que estemos desperdiciando un tiempo precioso mientras tantas personas ya no conocen a Cristo. La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Las iglesias de Occidente se están vaciando, mientras que, al mismo tiempo, las nuevas generaciones parecen buscar la verdad y la trascendencia con renovado fervor. Ahora mismo, no necesitamos una Iglesia vacilante, sino una Iglesia misionera que conozca su tesoro y no tema mostrarlo al mundo.

Por lo tanto, ruego que su pontificado se caracterice por un renovado enfoque en lo que, en última instancia, es el corazón de toda verdadera reforma eclesial: Cristo, la conversión, la santidad, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas. Porque, una vez concluidos todos los sínodos, redactados todos los documentos, disueltas todas las comisiones y olvidados nuestros nombres, solo quedará la pregunta verdaderamente importante: ¿hemos acercado a Jesucristo al pueblo que nos ha sido confiado?

Que San Pedro interceda por ustedes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, los proteja. Y que el Señor les conceda la sabiduría, el valor y la firmeza paternal para guiar a su Iglesia en la verdad y el amor.

Con sincera veneración, unidos en la oración,

en Cristo,
+Rob Mutsaerts,
Obispo Auxiliar de la Diócesis de 's-Hertogenbosch

sábado, 8 de agosto de 2026

¿La misa tradicional divide la Iglesia? | La invasión de Ceuta es un aviso | P. Santiago Martín FM





DURACIÓN 12:49 MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #129 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.





DURACIÓN: 34 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA ESPAÑA 

1. Invasión o problema humanitario 

2. Desde la Conferencia episcopal 

3. Respuesta de las distintas comunidades religiosas

MUNDO 

4. Ley fundamental del Vaticano 

5. Liturgia tradicional. Es urgente una solución. 

6. Caritas secularizada 

7. Fundación CARF 

8. Salvar un altar 

9. Disparates del caso Rupnik