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lunes, 17 de agosto de 2026

«Rígidos», «fariseos», «escrupulosos»: la costumbre progre de insultar a quien pide fidelidad

INFOVATICANA


Father James Miara, pastor of Holy Innocents Church in New York City, celebrates a traditional Latin Mass at Holy Innocents July 13, 2025. (OSV News photo/Gregory A. Shemitz)

Hay una falsedad que llevamos demasiado tiempo aceptando sin plantar cara: la contraposición entre fidelidad a la doctrina y a la liturgia, por un lado, y misericordia, humildad y cercanía, por otro. El esquema se repite con una suficiencia exasperante. ¿Pide usted que se cumplan las rúbricas? Entonces es rígido. ¿Recuerda lo que la Iglesia enseña sobre una cuestión moral incómoda? Le falta sensibilidad pastoral. ¿Comulga de rodillas? Probablemente sea un vanidoso o un escrupuloso. ¿Sostiene que un sacerdote no puede celebrar según sus ocurrencias ni un católico remodelar la doctrina según sus preferencias? Algo tendrá de fariseo. Durante décadas hemos soportado esta caricatura como si contuviera algún argumento serio. No lo contiene.

Porque en todo ese razonamiento falta precisamente el eslabón fundamental: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Desde cuándo la fidelidad impide la caridad? ¿Desde cuándo obedecer a la Iglesia incapacita para atender al pobre, acompañar al enfermo, escuchar al que sufre o acoger al pecador? La oposición es absurda, pero se ha repetido tantas veces que ha terminado funcionando como un reflejo condicionado: basta recordar una norma litúrgica o una verdad doctrinal para que alguien active inmediatamente el resorte de la «rigidez», el «fariseísmo» o la «falta de misericordia». Ya ni siquiera hace falta discutir el fondo. Se desacredita moralmente a quien plantea la objeción y asunto resuelto.

El mecanismo es exactamente el mismo en la liturgia y en la doctrina. En la liturgia, alguien decide que una rúbrica es demasiado fría, demasiado antigua o poco pastoral y la sustituye por lo que considera más adecuado. En la doctrina, alguien concluye que una enseñanza de la Iglesia resulta demasiado exigente, incómoda para el mundo contemporáneo o difícil de explicar y empieza a erosionarla mediante excepciones, silencios y reinterpretaciones. En ambos casos aparece después la misma coartada moral: no se trata de desobedecer, sino de ser misericordioso; no se trata de colocar el criterio propio por encima de lo recibido, sino de atender a «lo que de verdad importa». Y quien señala que no corresponde a cada cual decidir qué parte de la fe o de la liturgia merece seguir vigente es rápidamente colocado en el banquillo de los rígidos.

La realidad, sin embargo, desmiente esa impostura todos los días. Hay sacerdotes que consumen su vida por sus fieles, que viven con una austeridad que avergonzaría a sus críticos, que pasan horas en el confesionario, que recorren kilómetros para visitar enfermos y que sostienen parroquias enteras con una entrega de pobreza silenciosa, y además celebran la Santa Misa con fidelidad y predican sin mutilar aquello que la Iglesia enseña. Hay misioneros que han dejado patria, familia y comodidades para desaparecer en lugares donde nadie los verá y no necesitan rebajar una sola verdad de fe para amar a las personas que tienen delante. Hay religiosas que pasan la vida cuidando ancianos, enfermos, huérfanos y pobres y cuya existencia está sostenida por una disciplina espiritual, doctrinal y litúrgica que algunos desprecian como «rigidez». ¿También ellos carecen de misericordia? La acusación no solo es intelectualmente pobre; resulta ofensiva.

Quizá haya que invertir de una vez la pregunta. ¿No será precisamente un gesto de humildad asumir que tú, pobre don nadie, no eres quién para inventar cómo se celebra la Santa Misa ni para corregir lo que la Iglesia ha recibido y enseñado? El sacerdote no llega al altar para expresarse ni el teólogo recibe la Revelación como una materia prima que deba actualizar a su gusto. Ninguno tiene delante una página en blanco. La liturgia no le pertenece al celebrante y la doctrina no pertenece al intérprete. Ambas son realidades recibidas, anteriores a nosotros y destinadas a sobrevivirnos. Unas palabras que no hemos escrito, una fe que no hemos fundado, unos sacramentos que no hemos inventado y una tradición que nos supera infinitamente.

Ahí está precisamente una de las formas más elementales de la humildad: saber ocupar el propio lugar. Aceptar que no todo depende de uno. Comprender que la propia sensibilidad no es la medida de la Iglesia, que nuestras intuiciones pastorales no constituyen una nueva fuente de revelación y que nuestras ocurrencias no mejoran necesariamente aquello que hemos recibido. Un ego bien colocado sabe obedecer también cuando no comprende del todo, cuando la norma no coincide con sus gustos o cuando la doctrina resulta impopular.

El que respeta una rúbrica es sospechoso de rigidez y el que la altera a su gusto se presenta como pastoral. El que recuerda una enseñanza incómoda debe explicar primero que no odia a nadie, mientras el que la vacía de contenido recibe automáticamente la presunción de compasión. Como si la misericordia perteneciera por definición a quien rebaja la exigencia y nunca a quien tiene la difícil tarea de decir la verdad. Como si fuera imposible abrazar al pecador sin bendecir el pecado o acompañar una fragilidad sin convertirla en criterio doctrinal.

Resulta especialmente irritante que quienes se permiten esas irregularidades señalen después con el dedo al fiel que comulga de rodillas, al sacerdote que respeta las rúbricas, al padre que quiere transmitir a sus hijos lo que siempre enseñó la Iglesia o al católico que osa recordar que determinadas cuestiones no están abiertas a una permanente renegociación. «Rígidos», «fariseos», «escrupulosos», «integristas», «obsesionados con las normas»: las etiquetas se reparten con prodigalidad precisamente desde quienes dicen deplorar los juicios sobre los demás. Ellos se atribuyen la potestad de decidir quién es humilde, quién es misericordioso, qué doctrina sigue siendo pastoralmente aceptable y qué rúbrica puede enviarse al desván. Y después llaman soberbio al que pregunta con qué autoridad lo hacen.

Conviene entonces preguntarse dónde está verdaderamente el fariseísmo. Porque hay bastante más soberbia en creerse autorizado para rehacer la liturgia según el propio criterio que en arrodillarse ante Dios, y bastante más arrogancia en corregir de facto la doctrina de la Iglesia que en aceptar que uno no es su dueño. Se puede convertir la fidelidad en un motivo de orgullo, naturalmente, porque ninguna sensibilidad humana está vacunada contra la soberbia. Pero resulta grotesco que quienes han hecho de su propia sensibilidad el criterio último acusen sistemáticamente de ego a quienes, precisamente, aceptan someterla a algo que está por encima de ellos.

Durante demasiado tiempo se nos ha repetido que «lo importante» no son las normas, ni las fórmulas, ni las definiciones, sino las personas. La frase tiene esa música inconfundible de cierto catolicismo de los años ochenta que todavía sobrevive por inercia: menos doctrina y más Evangelio, menos rúbricas y más vida, menos normas y más misericordia. Como si el Evangelio no contuviera doctrina, como si la liturgia no fuera vida de la Iglesia, como si la misericordia pudiera existir separada de la verdad. Aquel mantra funcionó durante décadas (mientras se vaciaban templos y seminarios) porque presentaba a unos como hombres de corazón y a otros como guardianes sombríos de reglamentos. Pero la caricatura está caducando. Cada vez resulta más difícil ocultar que detrás de muchas apelaciones a la espontaneidad y a la misericordia había, sencillamente, una pretensión de ego.

La cuestión de fondo nunca fue misericordia contra rigor. Fue otra: quién manda. Si la liturgia la recibimos o la fabricamos. Si la doctrina nos obliga o nosotros juzgamos qué partes de la doctrina siguen siendo aceptables. Si la Iglesia posee algo que transmitir o cada generación está autorizada a recomponerlo según el clima cultural del momento. Una vez formulado así, buena parte del artificio se desmorona, porque el supuesto humilde que continuamente invoca la misericordia termina apareciendo como lo que muchas veces es: alguien convencido de que su criterio personal es más humano, más cristiano y más sabio que aquello que recibió.

Se puede ser rigurosamente fiel y profundamente misericordioso. Se puede amar las rúbricas y desvivirse por los pobres o enfermos. Se puede sostener íntegramente la doctrina y tratar con infinita delicadeza a quien no consigue vivir conforme a ella. Se puede defender la tradición y entregar la vida por los demás. Y también se puede hablar continuamente de humildad mientras uno coloca su propio criterio por encima de la liturgia y de la fe de la Iglesia. A eso podrán llamarlo creatividad, discernimiento, pastoral, actualización o misericordia. El vocabulario cambia; el mecanismo es el mismo. Muchas veces no es más que ego, quizá incluso un ego bienintencionado, pero ego al fin y al cabo.

Miguel Escrivá 

Esperpento televisado en Torrelavega: homilía herética y bailes en el altar




En la Misa Mayor de la Virgen Grande, retransmitida en directo por Cantabria Televisión, el párroco de la Asunción de Torrelavega relativizó el dogma definido por Pío XII, atribuyó los títulos marianos a «la mitología» e introdujo una «danza contemplativa» rodeando el altar con faldas de colores —hombres incluidos— entre el Evangelio y la homilía, además de jotas y pericotes en pleno ofertorio.

La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Torrelavega —el templo que sus fieles llaman «nuestra catedral» y para el que el Obispado de Santander tramita ante Roma el título de Basílica Parroquial— celebraba este año una fecha redonda: el 125 aniversario de su inauguración, un 15 de agosto de 1901. La Misa Mayor de las fiestas de la Virgen Grande, presidida por el párroco Juan Carlos Rodríguez del Pozo y concelebrada por los religiosos amigonianos Félix Martínez y Juan Manuel González, fue retransmitida en directo por Cantabria Televisión. Gracias a esa retransmisión ha quedado registrado todo lo que allí se dijo e hizo.
«No tenemos que ir al pie de la letra»
El momento más grave llegó en la homilía. Hablando de la solemnidad del día, el párroco afirmó, según consta en la retransmisión:
«María, hoy celebramos que sube al cielo en cuerpo y alma. Evidentemente que no tenemos que ir al pie de la letra. Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico. El cielo es un estado del alma, de plenitud, de felicidad».
Conviene recordar qué es exactamente lo que el sacerdote invitaba a no tomar «al pie de la letra». El 1 de noviembre de 1950, Pío XII, en la constitución apostólica Munificentissimus Deus, ejerciendo el magisterio pontificio en su grado supremo, «declaramos y definimos ser dogma de fe divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». Y el mismo documento advierte: «si alguno, lo que Dios no permita, se atreviera a negar o a poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha naufragado en la fe divina y católica».

No se trata, pues, de una imagen piadosa susceptible de lecturas simbólicas, sino del objeto mismo de la fiesta que se estaba celebrando: una verdad de fe divina y católica cuya negación pertinaz tiene nombre en el Código de Derecho Canónico (cáns. 750 y 751). El Catecismo la recoge en su número 966. Y el sacerdote la relativizó desde el ambón, en la Misa Mayor de la patrona, ante las autoridades civiles de Cantabria y con las cámaras de televisión delante.

Los títulos de la Virgen, «mitología»

No fue un desliz aislado. Momentos antes, el párroco había explicado el origen de los honores marianos en estos términos:
«Dios elige a María, una mujer humilde, una mujer de pueblo. La mitología nos la ha hecho y nos la ha ensalzado tanto, y le ha puesto muchos collares, muchas coronas, muchos privilegios, muchos títulos, porque a veces tenemos que acudir a la mitología para hablar de realidades que son terrenas […] son realidades mundanas que nos cuesta decir con palabras y entonces tenemos que recurrir a la mitología».
Los «privilegios» y «títulos» de la Virgen —Inmaculada, Asunta, Madre de Dios, Reina— no son producto de mitología alguna: son dogmas definidos y doctrina constante de la Iglesia. Presentarlos como recurso mitológico para expresar «realidades mundanas» vacía de contenido la mariología católica entera. Todo ello, por cierto, minutos después de que la asamblea hubiera cantado el salmo «de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir».

Abundando en la misma línea, el celebrante remató: «los títulos, las posesiones, son fuegos artificiales de las fiestas».

Danza «contemplativa» con miriñaques entre el Evangelio y la homilía

El otro capítulo es litúrgico. Nada más proclamarse el Evangelio —y antes de la homilía, es decir, en el corazón de la liturgia de la Palabra—, el párroco anunció:
«Pues ahora vamos a contemplar al grupo de danza contemplativa de la parroquia […] que nos va a hacer un guiño en este 125 aniversario. Vamos a ver muchos colores que simbolizan el rosetón […] los colores, la diversidad, la alegría […] Van a danzar en círculo. El círculo es la perfección […] Alrededor de la mesa de la Eucaristía nadie sobra […] Pues vamos, en estas claves, a disfrutar un momentito de esto».
Acto seguido, un grupo de hombres y mujeres ataviados con enormes faldas de aro de colores chillones —naranja, fucsia, rojo, morado, celeste, blanco, amarillo— ejecutó una coreografía en corro, tomados de las manos, sobre la alfombra roja del presbiterio, a los pies del altar. Al terminar, aplausos en el templo y glosa del celebrante: la danza «nos ha ido envolviendo en ese círculo de amor y solidaridad».

La Santa Sede zanjó esta cuestión hace medio siglo. La Congregación para el Culto Divino, en su pronunciamiento sobre la danza en la liturgia (Notitiae, 1975), estableció que en la tradición occidental la danza no puede introducirse en las celebraciones litúrgicas: hacerlo «supondría introducir en la liturgia una atmósfera de profanidad», y si se desea ofrecer una danza como expresión cultural, debe hacerse fuera de la celebración. La instrucción Redemptionis Sacramentum (2004) reprueba los elementos de espectáculo en la Misa (n. 57) y recuerda que la liturgia no está disponible para la creatividad de nadie: «nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por propia iniciativa en la liturgia» (Sacrosanctum Concilium 22 §3; can. 846 §1).

Jota, pericote y picayos en el ofertorio; discursos y entrega de regalos tras la comunión

La segunda intervención dancística corrió a cargo de la Agrupación de Danzas Nuestra Señora de las Nieves de Tanos, que celebra su centenario. La propia retransmisión lo describe: durante «la primera parte del ofertorio» el grupo «ha bailado una jota y un pericote y se han despedido con el baile de picayos». Es decir, mientras se preparaban los dones para el Santo Sacrificio, el presbiterio acogía un número de folclore regional. Nadie discute los picayos ante la imagen de la patrona en la procesión —piedad popular legítima, con siglos de historia y su lugar propio, en la calle—; lo que no tiene encaje es trasladar la actuación al interior de la acción litúrgica, exactamente la distinción que hace la Santa Sede.

Tras la comunión, y antes de la bendición final, la Misa se interrumpió de nuevo para un «acto protocolario»: entrega de un cuadro de la parroquia a la agrupación, entrega recíproca del escudo del grupo, y sendos discursos de sus representantes desde el presbiterio, con «reto» incluido para el año próximo. Todo ello dentro de la celebración, con el Santísimo recién distribuido.

Una Misa modelo… de lo que no debe hacerse

El conjunto —fórmulas litúrgicas retocadas al gusto del celebrante desde el saludo inicial, danza escénica tras el Evangelio, folclore en el ofertorio, parlamentos y regalos tras la comunión y, sobre todo, la relativización pública de un dogma de fe en el día de su solemnidad— dibuja el retrato de una liturgia entendida como festival comunitario y de una predicación que ha sustituido el contenido de la fe por vaguedades sobre la acogida y la diversidad.

La paradoja es dolorosa: sucede en un templo que aspira al título de Basílica, en su 125 aniversario, ante la presidenta de Cantabria y la corporación municipal, y con retransmisión televisiva. Precisamente por esa visibilidad, lo ocurrido tiene valor de ejemplo para toda la diócesis.

Corresponde al obispo de Santander, don Arturo Ros —mencionado en el canon de esta misma Misa—, como primer responsable de la vida litúrgica de su diócesis (can. 838; Redemptionis Sacramentum 19-25), aclarar si conocía y autorizó lo sucedido y, sobre todo, si considera compatible con la fe católica que un párroco suyo predique, el día de la Asunción, que «ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma». Los fieles tienen derecho —un derecho, no una preferencia estética— a que la liturgia se celebre conforme a las normas de la Iglesia y a que se les predique la fe de la Iglesia, no las opiniones del celebrante (Redemptionis Sacramentum 11-12).



DURACIÓN 107 MINUTOS

domingo, 16 de agosto de 2026

Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Del blog del obispo Mutsaerts, quien siempre ha sido una voz influyente. Algunos precedentes aquí - aquí - aquí - aquí . Aquí está el índice de artículos sobre el Sínodo.Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Rob Mutsaerts , obispo auxiliar de la diócesis de 's-Hertogenbosch (Países Bajos)


Santo Padre,

Con respeto al ministerio que se le ha confiado como Sucesor de Pedro, y en solidaridad con la Iglesia que Cristo edificó sobre los apóstoles, me dirijo a usted con esta carta abierta. No lo hago a la ligera. Lo que me impulsa a pronunciar públicamente estas palabras es una preocupación que, en última instancia, supera cualquier otra consideración eclesial: la salvación de las almas. Salus animarum suprema lex —la salvación de las almas es la ley suprema. Mi pregunta es sencilla y seria: ¿contribuye realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna? Para mí, esta es la pregunta decisiva.

Santo Padre, comprendo perfectamente que el ministerio petrino conlleva una responsabilidad de la que quienes no lo ejercen solo pueden tener una vaga idea. Precisamente por eso escribo estas palabras, no por falta de respeto al ministerio papal, sino por amor a él. Pedro, de hecho, recibió de Cristo no solo el mandato de unir a sus hermanos, sino también de fortalecerlos en la fe: «Y tú, cuando hayas recapacitado, fortalece a tus hermanos». En definitiva, el mundo no necesita una Iglesia que simplemente repita lo que ya piensa. Necesita una Iglesia que, con amor pero sin temor, lo guíe hacia Cristo.

Mi preocupación por el Sínodo sobre la sinodalidad debe entenderse desde esta perspectiva. Y, sobre todo, me pregunto qué significa todo esto para el creyente común que espera de su Iglesia no un proceso permanente, sino claridad en el camino hacia Dios.

Esta carta no pretende, por tanto, acusar a ninguna persona en particular. Tampoco pretendo negar las buenas intenciones de quienes participan sinceramente en el proceso sinodal. Es necesario reconocer las buenas intenciones, pero estas no nos eximen del deber de examinar sus frutos. Cristo mismo nos ha dado un criterio sencillo para ello: «Por sus frutos los conoceréis». Por consiguiente, creo que, tras años de consultas, reuniones, informes y documentos sinodales, ha llegado el momento de cuestionar con franqueza estos frutos. No por cinismo, sino por amor a la Iglesia. No por nostalgia de un pasado idealizado, sino por preocupación por su futuro. Y no para librar una batalla político-eclesial, sino porque detrás de todas las discusiones subyace una realidad infinitamente más importante: la salvación eterna de las almas que Cristo ha confiado a su Iglesia. Impulsado por esta preocupación, Santo Padre, le presento la siguiente reflexión.

El Sínodo sobre la sinodalidad

Quien evalúe el Sínodo sobre la sinodalidad únicamente a la luz de sus propios objetivos puede llegar fácilmente a una conclusión positiva. Se escuchó a la gente. Se habló. Se consultó a miles de personas. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos se reunieron. Hablaron de comunión, participación y misión. Incluso nació un nuevo vocabulario eclesial: sinodalidad, escucha, discernimiento, participación, diálogo en el Espíritu, iniciación de procesos.

Pero también se puede analizar la misma historia desde una perspectiva completamente diferente. Permítanme plantear la incómoda pregunta: ¿Qué se logró realmente con todo esto? No: ¿Cuántas reuniones se organizaron? No: ¿Cuántos informes se redactaron? No: ¿Cuántas personas asistieron?

Sino: ¿Se fortaleció la fe? ¿Se proclamó a Cristo con mayor claridad? ¿Se profundizó la identidad católica? ¿Se convirtieron más personas? ¿Aumentó la asistencia a la misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Se hizo más eficaz la catequesis? ¿Surgió un mayor respeto por la Eucaristía? ¿Se aclaró la doctrina moral de la Iglesia? ¿Aumentó el valor misionero?

Cuando uno se plantea estas preguntas, es imposible considerar el Sínodo un éxito. Ahora surge otro aspecto: la iniciativa sinodal no está realmente completa. La fase de implementación oficial continúa y, a través de reuniones diocesanas, nacionales y continentales, se espera que culmine en una asamblea eclesial en Roma en octubre de 2028. En mayo de 2026, el Vaticano publicó nuevamente una hoja de ruta detallada para este fin. Esto hace que la crítica sea aún más pertinente. Lo que comenzó como un sínodo de 2021 a 2024 corre el riesgo de convertirse en una forma permanente de gobierno.

Un sínodo sobre un sínodo.

El primer aspecto destacable está ya en el nombre mismo: Sínodo sobre la sinodalidad. Tradicionalmente, un sínodo se convocaba porque la Iglesia necesitaba debatir algo: la evangelización, el matrimonio y la familia, el sacerdocio, la Eucaristía, las Sagradas Escrituras, una herejía, una crisis pastoral o un problema concreto. En el Sínodo sobre la sinodalidad, sin embargo, el proceso mismo se convierte en el tema. Podría compararse con una reunión interminable para debatir cómo debería reunirse de ahora en adelante.

La Iglesia ha conocido concilios y sínodos desde la antigüedad. Los apóstoles se reunían en Jerusalén. Los obispos deliberaban entre sí. Los papas consultaban a los obispos. Los grandes concilios ecuménicos son inconcebibles sin la consulta eclesial conjunta. Pero esto es muy diferente de la sinodalidad entendida como un paradigma eclesial permanente. El sínodo clásico era una herramienta. En el discurso sinodal actual, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma. Y es precisamente ahí donde, desde una perspectiva católica tradicional, comienza el problema.

La Iglesia no es un diálogo, sino una realidad aceptada.

La Iglesia, de hecho, no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo. Esto parece obvio, pero tiene consecuencias de gran alcance. Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó a los apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a predicar, bautizar y enseñar: «Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones». El liderazgo es crucial en este contexto. La fe no surge de que la Iglesia primero haga un inventario de las creencias de las personas y luego destile una convicción compartida a partir de todas esas experiencias. La fe se recibe.

Pablo usa constantemente palabras como recibir, transmitir, conservar. La Iglesia no posee la Revelación porque la concibió, sino porque la recibió. Esto significa que el cristianismo, por su propia naturaleza, no puede ser democrático. No porque la democracia como forma de gobierno sea negativa, sino porque la verdad no surge de una votación mayoritaria. Si mañana el 90 por ciento de los católicos ya no creyera en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría menos presente. Si el 80 por ciento rechazara una doctrina moral determinada, esa doctrina no se volvería automáticamente falsa. La verdad no se produce por consenso. Este es el primer punto de tensión importante en torno al proyecto sinodal.

Escuchar: ¿a quién?

Una palabra clave a lo largo de todo el proceso ha sido escuchar (como si nunca lo hubiéramos hecho antes). En sí mismo, no hay nada que objetar. Un obispo debe escuchar. Un sacerdote debe escuchar. Los cristianos deben escucharse unos a otros. Un pastor que nunca escucha a su rebaño no es un buen pastor. Pero surge de inmediato la pregunta: ¿a quién debe escuchar la Iglesia por encima de todo? La respuesta tradicional es: a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, por supuesto, también a los fieles.

Sin embargo, en algunos textos sinodales, el orden parece invertirse fácilmente. El punto de partida son las experiencias, los deseos, las frustraciones y las expectativas de la gente de hoy, y luego surge la pregunta de cómo debe responder la Iglesia a todo esto. Esto parece pastoralmente tentador, pero encierra un peligro. Porque, ¿qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces, no es el Evangelio lo que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. En el cristianismo, a esto se le llama conversión. Y es precisamente esta palabra la que resuena sorprendentemente poco en muchos debates eclesiales modernos.

Llamativamente ausente: la conversión.

Aquí reside la debilidad más profunda de todo el proyecto. La Iglesia no existe principalmente para confirmar a las personas en lo que ya son. Existe para guiarlas a Cristo. Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no fueron: «Díganme primero qué opinan de las estructuras eclesiales actuales». Sino: «Arrepiéntanse y crean en el Evangelio». Esto es decididamente menos burocrático. Y decididamente más radical.

La Iglesia de los mártires no cambió el mundo romano organizando sesiones de escucha sobre cómo los romanos podían percibir la comunidad cristiana de manera más inclusiva. Proclamó a Cristo. Pedro proclamó a Cristo. Pablo proclamó a Cristo. Francisco proclamó a Cristo. Domingo proclamó a Cristo. Francisco Javier proclamó a Cristo. Juan Vianney proclamó a Cristo. La Madre Teresa proclamó a Cristo. Juan Pablo II proclamó a Cristo. Sin duda escucharon a la gente. Pero escuchar nunca fue el punto final. El punto final fue la conversión a Cristo.

El elefante en la sala del sínodo

También existe una curiosa discrepancia entre los temas que se discuten ampliamente en el proceso sinodal y la crisis real que enfrenta la Iglesia occidental en particular. Los problemas fundamentales de la Iglesia en los Países Bajos, Bélgica, especialmente en Alemania, pero también en gran parte de Europa Occidental, son fáciles de reconocer. Las iglesias se vacían. Las parroquias se fusionan. Los monasterios desaparecen. Las órdenes religiosas envejecen. El conocimiento de la fe católica disminuye. La confesión prácticamente ha desaparecido para muchos católicos. El número de vocaciones sacerdotales sigue siendo bajo en muchos lugares. Muchos bautizados apenas creen en las verdades fundamentales de la fe. La vida sacramental se encuentra gravemente debilitada entre amplios grupos de católicos. En este contexto, cabría esperar que una iniciativa eclesial mundial planteara una pregunta fundamental: ¿cómo podemos reconquistar el mundo para Cristo?

Sin embargo, gran parte de la atención se centra en las estructuras, la participación, los procesos de toma de decisiones, la responsabilidad de las mujeres, la inclusión, las relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiales. Estos pueden ser temas legítimos. Pero una casa en llamas tiene prioridades diferentes a los asuntos administrativos.

Una especie de "Ley de Parkinson" eclesiástica.

Las instituciones que pierden de vista su propósito original tienden a hablar cada vez con más intensidad sobre su propia organización. Las empresas hablan sin cesar sobre procesos. Las universidades sobre gobernanza. Las administraciones públicas sobre modelos de participación. Y las organizaciones eclesiásticas sobre estructuras. Cuanta menos evangelización hay, más comisiones de evangelización se crean. Cuantas menos vocaciones hay, más documentos sobre vocaciones se redactan. Cuanta menos gente asiste a la iglesia, más largas se vuelven las reuniones sobre cómo ser iglesia. Puede parecer cínico, pero hay una reflexión seria detrás: la burocracia puede crear la ilusión de actividad cuando la realidad muestra lo contrario. Estamos navegando sin brújula.

Expectativas que no se pueden cumplir.

El proceso sinodal ha elevado las expectativas. Esto ocurrió principalmente porque durante las diversas fases consultivas se admitieron temas que tocan cuestiones sobre las que la Iglesia ya tiene una doctrina clara. El diaconado femenino. El sacerdocio. La moral sexual. Las relaciones homosexuales. La relación entre laicos y clérigos. La autoridad eclesiástica. La descentralización. La posición de la mujer. Cuando estos temas se "discuten" durante años, surge naturalmente la impresión de que eventualmente podrían cambiar. De lo contrario, no se discutirían interminablemente.

Esto crea una paradoja pastoral. Se pide a las personas que expresen sus expectativas. Posteriormente, algunas de estas expectativas resultan imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad con la doctrina católica. ¿Qué sucede entonces? Decepción general. La Iglesia ha generado así expectativas que, en última instancia, no puede cumplir. Este no es un resultado pastoral positivo. Es una receta para la frustración.

La protestantización del concepto católico de la Iglesia.

Desde una perspectiva tradicionalista, también se puede apreciar una ironía histórica. Algunos elementos de la cultura sinodal moderna guardan similitudes con desarrollos observados en las iglesias protestantes durante décadas: mayor énfasis en la participación, mayor influencia en la administración, estructuras más consultivas, mayor influencia en las comunidades locales, mayor énfasis en la experiencia individual, mayor debate sobre conceptos sociales cambiantes y menor énfasis en la autoridad jerárquica. Todo esto, en sí mismo, no tiene por qué ser erróneo. Sin embargo, la pregunta histórica es inevitable: ¿ha propiciado este modelo un renacimiento cristiano espectacular en el mundo protestante? En gran parte de Europa Occidental, la respuesta es clara: no. ¿Por qué, entonces, debería la Iglesia Católica adoptar los modelos administrativos y pastorales de las comunidades eclesiales que a menudo sufrieron la misma secularización incluso antes y de forma más marcada? Un enfermo rara vez se recupera tomando la medicina del paciente de la cama de al lado, que está aún peor.

La alternativa olvidada: la búsqueda de la santidad.

Las grandes reformas católicas casi nunca comienzan con las estructuras. Comenzaron con los santos. Tras periodos de corrupción, llegaron los reformadores: Benedicto XVI, Bernardo de Eugenio, Francisco de Asís, Domingo de Aquino, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe y Juan Pablo II. Su programa era sorprendentemente sencillo: convertirse en santos.

Porque un santo posee un poder misionero que ningún documento programático puede igualar. Una parroquia con un párroco santo tiene mejor futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sinodal y dirigentes bien pagados. Un convento con diez religiosas fervientes evangeliza más que cien páginas de jerga eclesiástica. Un sacerdote que cree visiblemente estar ante Dios en el altar puede llevar a más personas a la fe que una conferencia sobre liturgia participativa.

Quizás esta sea precisamente la alternativa que el Sínodo no supo enfatizar lo suficiente: no menos escucha, sino más santidad; no menos participación, sino más conversión; no menos diálogo, sino más proclamación.

La liturgia como prueba de fuego.

Desde una perspectiva tradicional, también sorprende que la crisis litúrgica haya tenido un papel relativamente secundario. Porque si realmente se quiere saber cómo le va a una Iglesia, hay que fijarse en su culto. Lex orandi, lex credendi. La forma de rezar es la expresión de la fe.

Cuando los católicos casi ya no comprenden que la Misa hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo, cuando el sentido de lo sagrado se debilita, cuando el silencio desaparece, cuando los confesionarios están vacíos y la adoración eucarística se vuelve marginal, entonces la Iglesia no tiene un problema de gestión. Tiene un problema de fe. Una nueva estructura participativa no puede resolver este problema. Tampoco una nueva asamblea. Quizás un redescubrimiento de Dios.

La paradoja de la participación

. El proyecto sinodal enfatiza la participación. Pero aquí surge una curiosa paradoja. Quienes participan intensamente en los procesos de consulta eclesial no son necesariamente representativos de toda la Iglesia. El católico silencioso que va a Misa todas las mañanas, reza el rosario y enseña catequesis a sus nietos generalmente no escribe un informe sinodal. El joven católico que viaja tres horas para asistir a una liturgia tradicional generalmente no forma parte del grupo de trabajo diocesano. La madre de seis hijos que intenta educar a su familia en la fe católica probablemente tiene poco tiempo para asistir a sesiones de escucha. Una monja contemplativa no llena un cuestionario. Pero su fe puede estar más arraigada que la de los participantes profesionales en las reuniones de la iglesia. Quienes solo escuchan a quienes se acercan al micrófono pueden olvidar fácilmente que el Pueblo de Dios es más grande que el círculo alrededor de la mesa de reuniones. ¿

Sinodalidad o colegialidad?

Quizás parte de la confusión desaparecería si volviéramos a un lenguaje más preciso. La tradición católica conoce un concepto claro: la colegialidad. Los obispos, junto con Pedro y bajo su guía, forman el colegio episcopal. También existen concilios presbiterianos, concilios pastorales, sínodos, capítulos, comunidades religiosas e innumerables otras formas de deliberación. ¿Por qué era necesaria una nueva categoría que lo abarcara todo: la sinodalidad?

Precisamente porque el concepto es tan amplio —es imposible concebir una sola definición— que cada persona puede entenderlo de manera diferente. Para algunos, significa escuchar. Para otros, descentralización. Para otros, democratización. Para otros, renovación pastoral. Para otros, reforma del ministerio. Para otros, una moral sexual diferente. Un concepto que puede significar cualquier cosa, en última instancia, no significa nada. Por eso se justifica la cuestión de la proporcionalidad. ¿Cuánta energía hay que invertir aún en esto? ¿Cuántas reuniones? ¿Cuántos grupos sinodales? ¿Cuántos informes? ¿Cuántas evaluaciones de las evaluaciones?

Y sobre todo: ¿qué pasaría si se invirtiera la misma cantidad de tiempo, dinero, energía intelectual y atención episcopal en catequesis, seminarios, educación católica, liturgia, confesión, adoración eucarística, pastoral matrimonial y evangelización directa? Me parece una pregunta retórica.

El problema de fondo: la eclesiología.

En última instancia, entonces, la discusión no se centra realmente en las reuniones. Se trata de la pregunta: ¿qué es la Iglesia? ¿Es ante todo una comunidad que busca junta lo que debe llegar a ser? ¿O es ante todo una realidad divina que ha recibido lo que debe ser? La respuesta católica solo puede ser la segunda. La Iglesia debe convertirse continuamente, pero está fundada en los apóstoles. Preserva una fe que no inventó. Por lo tanto, toda sinodalidad debe, en última instancia, definirse por algo que no es objeto de la discusión sinodal: la verdad revelada por Cristo. El mundo no espera una Iglesia sinodal.

Y aquí reside quizás la mayor tragedia. El mundo moderno está experimentando una extraordinaria crisis espiritual. La gente busca sentido. Los jóvenes buscan una identidad. La soledad aumenta. Las familias se desintegran. La tecnología penetra cada vez más en la existencia humana. La pornografía distorsiona la sexualidad. El materialismo resulta insatisfactorio. El cambio climático se está convirtiendo en una religión sustituta para muchos. La gente teme a la muerte, pero casi ya no sabe para qué vive. Y en medio de ese mundo, la Iglesia posee algo extraordinario. Posee el Evangelio. Los sacramentos. La Eucaristía. La confesión. Dos mil años de sabiduría. Las Sagradas Escrituras. Los Padres de la Iglesia. Tomás de Aquino. Agustín. Los místicos. Los santos. Una tradición inigualable de arte, música, filosofía, moral y espiritualidad. Y, sobre todo: Jesucristo.

El mundo no espera a que otra organización más lo escuche. Ya hay suficientes. El mundo espera a que alguien le diga para qué fue creado.

De Emaús a Jerusalén.

Quizás el Evangelio de los discípulos en Emaús ofrece, en última instancia, el mejor modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina junto a los discípulos. Los escucha atentamente. Les pregunta qué les preocupa. Les permite hablar. Les da espacio para su decepción. Hasta este punto, cualquier manual sinodal estaría de acuerdo con entusiasmo. Pero entonces ocurre el acontecimiento decisivo. Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña a comprender los acontecimientos. Y finalmente, lo reconocen al partir el pan. Esta es la sinodalidad católica en su forma más pura. Y después de eso, los discípulos no permanecen reunidos indefinidamente en Emaús para evaluar su experiencia del camino. Se levantan. Regresan a Jerusalén. Van a proclamar el Evangelio. El proceso sinodal se estancó en Emaús, y la pregunta es si alguna vez podrán superarlo. Estamos tan ocupados discutiendo cómo la Iglesia debe caminar junta que a veces olvidamos hacia dónde se dirige.

La Iglesia católica, después de todo, no necesita un sínodo permanente sobre sí misma. Necesita santos. Obispos que enseñen. Sacerdotes que oren. Religiosos que vivan radicalmente para Dios. Padres que transmitan la fe. Jóvenes que descubran que la verdad es más que una opinión. Una liturgia en la que Dios esté verdaderamente en el centro. Confesiones donde los pecadores encuentren el perdón. Seminarios que formen hombres dispuestos a entregar sus vidas a Cristo. Católicos que no se pregunten constantemente cómo debe adaptarse la Iglesia al mundo, sino que tengan el valor de invitar al mundo a ser transformado por Cristo.

Porque, en última instancia, Cristo no envió a su Iglesia al mundo diciendo: Id y organizad procesos sinodales por todas partes. Dijo: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura». Así nació la Iglesia. Y cada vez que se ha renovado verdaderamente, ha comenzado desde ahí.

Santo Padre,

permítame concluir esta carta con el mismo pensamiento con el que la comencé: la salvación de las almas. Espero y ruego que bajo su pontificado se vea una vez más claramente que la Iglesia no está llamada a debatir interminablemente sobre sí misma, sino a proclamar a Cristo; No para reflejar el espíritu de la época, sino para conducir al mundo a la vida eterna.

Los fieles pueden esperar que el sucesor de Pedro fortalezca a sus hermanos y hermanas en la fe, en medio de la confusión de nuestro tiempo. Que nos recuerde que la verdad que la Iglesia proclama no es una mercancía de la que podamos disponer a nuestro antojo, sino un tesoro precioso que hemos recibido y que debemos transmitir intacto. Que inspire valor en los sacerdotes que cumplen fielmente su vocación, en los religiosos que han consagrado su vida a Dios, en los padres que, a contracorriente, buscan educar a sus hijos en la fe católica, y en los jóvenes que, especialmente en una época de relativismo, anhelan la verdad, la santidad, la belleza y la aventura radical de una vida con Cristo.

Por lo tanto, mi oración es sencilla: concédenos claridad. Cuando el mundo hable con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se canse de los debates internos, que nos dirija una vez más a Cristo. Cuando nos perdamos en procedimientos y estructuras, que nos recuerde nuestra misión. Cuando tememos proclamar el Evangelio en toda su plenitud por temor a ofender al hombre moderno, recordemos las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras son palabras de vida eterna».

Santo Padre, escribo todo esto con sincero respeto por su ministerio y con amor por la Iglesia. Mi crítica al proceso sinodal no surge del deseo de sembrar división, sino del temor de que estemos desperdiciando un tiempo precioso mientras tantas personas ya no conocen a Cristo. La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Las iglesias de Occidente se están vaciando, mientras que, al mismo tiempo, las nuevas generaciones parecen buscar la verdad y la trascendencia con renovado fervor. Ahora mismo, no necesitamos una Iglesia vacilante, sino una Iglesia misionera que conozca su tesoro y no tema mostrarlo al mundo.

Por lo tanto, ruego que su pontificado se caracterice por un renovado enfoque en lo que, en última instancia, es el corazón de toda verdadera reforma eclesial: Cristo, la conversión, la santidad, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas. Porque, una vez concluidos todos los sínodos, redactados todos los documentos, disueltas todas las comisiones y olvidados nuestros nombres, solo quedará la pregunta verdaderamente importante: ¿hemos acercado a Jesucristo al pueblo que nos ha sido confiado?

Que San Pedro interceda por ustedes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, los proteja. Y que el Señor les conceda la sabiduría, el valor y la firmeza paternal para guiar a su Iglesia en la verdad y el amor.

Con sincera veneración, unidos en la oración,

en Cristo,
+Rob Mutsaerts,
Obispo Auxiliar de la Diócesis de 's-Hertogenbosch

sábado, 8 de agosto de 2026

¿La misa tradicional divide la Iglesia? | La invasión de Ceuta es un aviso | P. Santiago Martín FM





DURACIÓN 12:49 MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #129 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.





DURACIÓN: 34 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA ESPAÑA 

1. Invasión o problema humanitario 

2. Desde la Conferencia episcopal 

3. Respuesta de las distintas comunidades religiosas

MUNDO 

4. Ley fundamental del Vaticano 

5. Liturgia tradicional. Es urgente una solución. 

6. Caritas secularizada 

7. Fundación CARF 

8. Salvar un altar 

9. Disparates del caso Rupnik

martes, 4 de agosto de 2026

¿Hay alguien que esté intentando vincular al Papa León con la agenda litúrgica del Cardenal Roche?





Algunas filtraciones anónimas procedentes del Vaticano están alimentando los rumores de que el Papa León XIII apoyó plenamente el programa litúrgico del Cardenal Roche, pero ¿existe alguna prueba que respalde esta afirmación?¿Hay alguien que esté intentando vincular al Papa León con la agenda litúrgica del Cardenal Roche?




Un artículo publicado hoy en un periódico español ha desatado una gran especulación, sugiriendo que el Papa León XIV está totalmente de acuerdo con la reciente entrevista del Cardenal Arthur Roche a The Tablet , en la que el Prefecto del Dicasterio para el Culto Divino afirmó con seguridad que el Santo Padre no revocaría ni la Traditionis Custodes ni volvería al Summorum Pontificum de Benedicto XVI [véase mi análisis aquí - ed.].

El último informe, publicado por La Razón , va mucho más allá. Citando fuentes anónimas del Vaticano, afirma que el documento litúrgico distribuido por el Cardenal Roche a los miembros del Colegio Cardenalicio durante el consistorio extraordinario de enero no fue simplemente una iniciativa suya, sino que fue encargado por el propio Papa León XIII, revisado personalmente por él y aprobado sin «cambiar ni una sola coma». Si esto fuera cierto, parecería que el Papa apoya firmemente la interpretación teológica del Cardenal Roche sobre la reforma litúrgica posconciliar y que esta entra en conflicto con muchas de sus recientes iniciativas personales. Huelga decir que esto ha causado gran consternación entre quienes consideran la Traditionis Custodes una auténtica parodia (como yo) y, por lo menos, perjudicial para la fe.

Sin embargo, el artículo llega a una conclusión muy general basada en fuentes anónimas, y es importante distinguir entre lo que se ha comprobado y lo que sigue siendo una mera afirmación. No cabe duda de que el documento del cardenal Roche fue redactado a petición del Papa para su distribución en el consistorio ( aquí - aquí ). Esto ha sido ampliamente difundido. También es cierto que el documento circuló entre los cardenales.

Sin embargo, lo que la Santa Sede nunca ha confirmado públicamente es que el Papa León aprobara alguno de los argumentos allí contenidos, que adoptara las conclusiones del Cardenal Roche como propias o que tuviera la intención de que se convirtieran en la política oficial de su pontificado.

De hecho, al parecer los propios cardenales se negaron a dedicar tiempo a debatir la cuestión litúrgica durante el consistorio, lo que significa que el documento de Roche se distribuyó pero nunca llegó a ser objeto de un debate sustancial.

La experta en el Vaticano, Diane Montagna, respondió a la creciente controversia con un análisis profundo en su cuenta de Substack. En lugar de aceptar las afirmaciones sin más, señala que La Razón se basa exclusivamente en fuentes anónimas del Vaticano, mientras que el propio Papa León XIV ha guardado silencio públicamente sobre las declaraciones específicas que ahora se le atribuyen. Montagna también sitúa este último artículo en el contexto más amplio de la reciente entrevista del Cardenal Roche con Tablet , en la que el cardenal habló repetidamente con notable certeza sobre las intenciones del Papa, a pesar de que León XIV nunca ha hecho declaraciones públicas al respecto. Su argumento no es que el artículo español deba ser necesariamente falso, sino que la información anónima no debe confundirse con la doctrina papal.
Los lectores pueden encontrar el análisis completo de Diane Montagna aquí :

Substack por Diane Montagna Un informe español alimenta las preocupaciones sobre las intenciones del Papa León con respecto a la Misa Tradicional . [No lo traduciré porque no hay elementos esenciales más allá de los de este artículo y mi análisis anterior aquí .

Hay motivos para la cautela: el momento es significativo. En cuestión de días, dos publicaciones distintas han difundido prácticamente el mismo mensaje: que la visión litúrgica del cardenal Roche es, de hecho, la del papa León XIV. Primero fue la entrevista con The Tablet , ahora La Razón , que aparentemente refuerza la misma narrativa citando fuentes anónimas del Vaticano. Determinar si se trata de una comunicación coordinada, de funcionarios que informan a periodistas de forma independiente, o simplemente de una transcripción fiel de conversaciones auténticas dentro del Vaticano es imposible con la evidencia disponible, y me parece que seguirá siéndolo hasta que el papa León XIV se pronuncie definitivamente al respecto.

Asimismo, algunos comentaristas españoles afirman que La Razón ha mantenido durante mucho tiempo una postura editorial particular sobre temas eclesiásticos y, por lo tanto, debe leerse con la debida precaución. Sin embargo, estos comentarios se refieren a la supuesta postura editorial de la publicación, y no constituyen prueba de la inexactitud de este artículo en particular. Por consiguiente, deben considerarse como contexto, no como evidencia.

Mark Lambert , 4 de agosto

lunes, 3 de agosto de 2026

Roche en campaña para arrastrar a León XIV a su tesis anti Misa tradicional




En tres días, dos publicaciones han lanzado un mismo mensaje: que la línea restrictiva sobre la Misa tradicional no es del cardenal Roche, sino del Papa. El 29 de julio, The Tablet publicaba una entrevista en la que el todavía prefecto del Dicasterio para el Culto Divino afirmaba: «No, el Papa León no va a cambiar Traditionis custodes, y no va a volver a Summorum Pontificum». El 2 de agosto, La Razón añadía, citando fuentes vaticanas anónimas, que el documento sobre liturgia repartido por Roche a los cardenales en el consistorio de enero fue redactado a petición de León XIV, que lo supervisó y «no cambió ni una coma», y que se distribuyó por indicación papal.

Del encargo institucional a la adhesión papal hay un salto que nadie ha probado

Que el Papa encargó a Roche la ponencia es verosímil y cuenta con corroboración: Austen Ivereigh, cercano al progresismo curial, escribió ya en enero que Roche fue uno de los cuatro cardenales a los que se pidió preparar informes sobre los cuatro temas del consistorio.

Pero que un Papa pida al prefecto del Culto Divino un informe sobre liturgia —materia propia de su dicasterio y de su función— y respete el texto sin enmendarlo no significa adhesión a su contenido. Significa, sencillamente, que León XIV dejó que cada prefecto expusiera su visión dentro de su ámbito de competencia, como hizo con los otros tres ponentes. Un gobernante que respeta la independencia de sus colaboradores no suscribe por ello cada palabra que estos escriben. El «no cambió ni una coma» que las fuentes anónimas presentan como prueba de aval papal admite una lectura mucho más sobria: el Papa no quiso corregir a su prefecto, que es exactamente lo que cabe esperar de quien encarga una ponencia, no un magisterio. Convertir ese respeto institucional en compromiso doctrinal del Pontífice es el salto lógico sobre el que descansa toda la operación.

Los hechos posteriores tampoco acompañan la tesis del respaldo total. Los cardenales descartaron por amplia mayoría debatir la cuestión litúrgica y el texto quedó repartido sin discutirse. Y los gestos documentados de León XIV apuntan en dirección más matizada: la instrucción transmitida por Parolin a los obispos franceses en marzo pidiendo «soluciones concretas que permitan la generosa inclusión de quienes están sinceramente apegados al Vetus Ordo»; la carta a la FSSPX antes de Écône reconociendo su «deseo de fidelidad a la Tradición»; el nombramiento de monseñor Cordileone para la Signatura. Quince meses después de su elección, el Papa no ha firmado documento alguno sobre esta materia. Todo lo que se afirma sobre su voluntad procede de terceros.

Filtraciones imprudentes y orientadas

Tenga Roche más o menos razón en el fondo, la secuencia Tablet–La Razón es, ante todo, imprudente y orientada. Imprudente, porque atribuye públicamente al Papa una decisión que el Papa no ha tomado ni comunicado, cerrándole en apariencia un espacio de discernimiento que solo a él corresponde. Orientada, porque procede de fuentes anónimas del entorno del prefecto, en el momento preciso en que Roche, con 76 años y el quinquenio vencido desde mayo, suena con insistencia para el relevo. La entrevista de The Tablet —vacía de contenido salvo la frase sobre Traditionis custodes, que el propio entrevistador admitió haber introducido casi al final— se lee como la de un cargo saliente que intenta comprometer al sucesor de Pedro con su propia tesis, elevando el coste de cualquier rectificación futura. Como dijo esta semana monseñor Cordileone: «No sé hasta qué punto él conoce la mente del Santo Padre».

Un texto con problemas propios

El documento repartido en enero, además, no resiste bien el examen. Invoca Quo primum —la bula que garantizó a perpetuidad el misal tradicional— para justificar su supresión. Sugiere que la tradición sin reforma queda reducida a «cosas muertas, no siempre sanas», calificación que ningún magisterio ha aplicado al Misal Romano y que choca con Benedicto XVI: «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande» (2007). Identifica sin matices la reforma de 1969 con la voluntad de los Padres conciliares, cuando Sacrosanctum Concilium ordenó una revisión conforme a criterios (SC 23, 25, 36) cuyo cumplimiento es objeto de debate académico desde hace décadas. Y en su pasaje más revelador, afirma que el uso de los libros antiguos fue «desde San Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión»: dieciséis años de Summorum Pontificum, que reconoció el misal de 1962 como derecho de todo sacerdote y no como concesión, simplemente desaparecen del relato. La omisión no es casual: es la premisa necesaria para presentar la línea restrictiva como continuidad ininterrumpida.

Nerviosismo en el sector más anti-tradicional heredero de Bugnini

Lo verificable es poco y claro: hubo encargo papal de una ponencia, no hubo debate, y el Papa no ha hablado. Lo demás —la supervisión «sin cambiar ni una coma», el aval al contenido, la voluntad decidida de León XIV— son atribuciones anónimas en medio de una batalla por definir el pontificado. Respetar el trabajo de un prefecto no es respaldarlo; y quien necesita filtraciones para poner su tesis en boca del Papa, probablemente sabe que el Papa aún no la ha hecho suya.

¿Hay que creer al cardenal Roche en lo que respecta a la misa tradicional?





[Excelente y juicio artículo del corresponsal del Catholic Herald y periodista acreditado ante la Santa Sede, Michael Haynes ].

CIUDAD DEL VATICANO (PerMariam) — El jueves por la mañana, The Tablet publicó su entrevista con el cardenal Arthur Roche, que ya ha tenido una amplia difusión, en la que el cardenal afirmó que el papa León XIV no tiene intención alguna de levantar ninguna restricción sobre la misa tradicional. Ahora que se ha apagado el revuelo inicial, la pregunta clave sigue siendo: ¿qué importancia debemos dar al comentario de Roche?

Para empezar, las palabras de Roche son, en sí mismas, muy claras. A diferencia de muchos cardenales de la Curia que dan rodeos sin cesar, el prefecto del Dicasterio para el Culto Divino (DDW) fue directo al grano.

«Es un ámbito muy importante porque la Eucaristía es el sacramento de la unidad: es el lugar donde todos deberíamos poder estar juntos para celebrar la misa. Así que, si empieza a dividirnos, es que hay algo que falla gravemente. No, el papa León no va a cambiar Traditionis Custodes, ni va a volver a Summorum Pontificum».

Roche continuó:

«Es interesante. Cuando me reúno con grupos que quieren la liturgia anterior y les digo: “Bueno, el Santo Padre os lo ha concedido, ¿cuál es el problema?”, no saben qué responder. Pero luego se van y dicen: “Seguimos siendo perseguidos”. ¿En qué sentido perseguidos? ¿Por qué la orquesta sigue tocando una melodía que está en desacuerdo con la vida de la Iglesia?»

Los columnistas apocalípticos se han lanzado sobre la entrevista como prueba de que sus temores se confirman y de que León es, en esencia, Francisco II. Los medios liberales que siempre han alabado Traditionis Custodes han acogido la intervención de Roche como las palabras de un sabio funcionario del Vaticano.

Pero existe una tercera opción muy plausible que ninguna de las partes ha tenido en cuenta, una teoría «rebelde» a falta de un título mejor, a saber, que la entrevista de Roche no es, en realidad, más que palabras vacías. Algunos criticarán esto como una interminable «excusa», pero hay muchos elementos en la entrevista que justifican la teoría «rebelde».

Las pistas de León

Desde su elección, León ha mantenido un cuidadoso silencio sobre la misa tradicional. Cuando Crux le preguntó al respecto una sola vez el verano pasado —en una entrevista que, al parecer, concedió por cortesía y amistad hacia viejos amigos—, Leo demostró desconocer los detalles del asunto. Afirmó:

«No estoy seguro de cómo va a acabar esto. Obviamente, es muy complicado. Lo que sí sé es que, por desgracia, parte de esa cuestión se ha convertido —una vez más, como parte de un proceso de polarización— en que la gente ha utilizado la liturgia como excusa para impulsar otros temas. Se ha convertido en una herramienta política, y eso es muy lamentable».

Aparte de eso, el Papa ha guardado silencio. Pero, al mismo tiempo, se ha mostrado más abierto a la misa tradicional que su predecesor. Para juzgar lo que el propio León piensa sobre la misa tradicional, debemos mirar más allá de las apariencias y profundizar un poco más.

Tomemos, por ejemplo, sus audiencias.

Se ha reunido con destacados defensores de la misa en latín, como los cardenales Raymond Burke, Robert Sarah, Gerhard Müller y Ernest Simoni. Al obispo Athanasius Schneider también se le concedió una audiencia, en la que instó a León a «elaborar un documento más solemne, no solo un Motu Proprio como hizo Benedicto XVI y luego el anti-Motu Proprio del papa Francisco, Traditionis Custodes». Con la excepción de Schneider en las últimas semanas de Francisco, se trataba de hombres a quienes el papa Francisco les cerró la puerta en las narices.

Leo también ha mantenido cordiales encuentros con los superiores de las dos órdenes sacerdotales de rito tradicional más destacadas —el Instituto de Cristo Rey Soberano Sacerdote y la Fraternidad de San Pedro—, confirmándolos en su apostolado.

En cierta medida relacionado con esto está el permiso que concedió al cardenal Burke para celebrar una misa pontifical en el Vaticano con motivo de la peregrinación anual Ad Petri Sedem del año pasado —permiso que se había denegado rotundamente en los últimos años bajo el pontificado de Francisco—. El acto cobró aún más relevancia debido a que el celebrante era el propio cardenal Burke, un prelado que se consideraba blanco de numerosas críticas mordaces por parte de Francisco. La repercusión en aquel momento fue trascendental en Roma.

A continuación, hay que recordar las instrucciones de León al episcopado francés en marzo. En una carta dirigida en nombre de León a los obispos durante su reunión plenaria, el cardenal Pietro Parolin afirmó que el Papa estaba «especialmente atento, en el contexto del crecimiento de las comunidades vinculadas al Vetus Ordo».

Parolin añadió que León instó a los obispos franceses a sanar la «herida dolorosa» relacionada con la liturgia mostrándose más abiertos al rito tradicional:

«Que el Espíritu Santo os sugiera soluciones concretas que permitan la generosa inclusión de quienes están sinceramente apegados al Vetus Ordo, de acuerdo con las directrices establecidas por el Concilio Vaticano II en materia de liturgia».

Otro elemento a tener en cuenta es la carta de León a la FSSPX —enviada justo en vísperas de las consagraciones episcopales— en la que afirmaba lo siguiente:

«La Iglesia reconoce la devoción por la vida litúrgica, el compromiso con la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición que caracterizan a muchas personas y comunidades vinculadas a vuestra Fraternidad».

A esto hay que añadir el hecho de que numerosos cardenales y obispos han pedido ahora a León que revoque las restricciones impuestas por Traditionis Custodes a la luz de las consagraciones de la FSSPX. Le han advertido de que, si no lo hace, estará animando a los católicos a acudir a la FSSPX, algo que el Vaticano desea evitar.

Una de esas personas, el arzobispo Salvatore Cordileone, acaba de ser nombrado por el Papa para formar parte de la Signatura Apostólica, lo que indica que, como mínimo, León confía en sus opiniones y las respeta. Cordileone ha declarado que ya comunicó al Vaticano que imponer restricciones al rito antiguo solo conduciría a la división, y, reiterando esa idea esta semana, añadió que el crecimiento del rito antiguo es «imparable».

León ha dejado claro que su papado gira en torno a la unidad, tanto dentro como fuera de la Iglesia. En estos momentos, se le está advirtiendo de que mantener las restricciones sobre el rito antiguo socavaría ese tema central de su pontificado.

¿Qué hay de Roche?

A continuación debemos centrarnos en el cardenal Roche. A sus 76 años, el cardenal inglés concluyó en mayo su mandato de cinco años como prefecto del Dicasterio del Culto Divino. Abundan los rumores de que pronto será sustituido, un factor importante en todo este asunto.

En muchos sentidos, la entrevista que Roche concedió a The Tablet se leía como la de un cargo saliente. Aparte de los llamativos comentarios sobre la liturgia —algo que el entrevistador añadió a la conversación, según admitió, casi como una idea de última hora—, el cardenal no dijo nada digno de mención. La conversación en su conjunto no pareció aportar nada de valor al debate en la Iglesia, salvo presentar a Roche como una figura anciana y afable que podría ser el tío favorito de cualquiera.

Esto resulta extraño teniendo en cuenta que, como señala el entrevistador, la entrevista se realizó poco antes de que Roche se marchara de Roma para sus vacaciones de verano. Aquellos fueron días realmente ajetreados. Tenía previsto marcharse poco después de la clausura del consistorio del 29 de junio, tal y como me dijo directamente. El hecho de que el cardenal hiciera un hueco en su apretada agenda para una conversación tan vacía huele más a un intento de presentar a Roche bajo una luz positiva que a otra cosa.

¿Decidiría el siempre cauteloso León permitir que Roche revelara noticias sobre su plan para el futuro litúrgico de la Iglesia de una forma tan extraña y desordenada? Parece muy poco probable.

Como comentó esta semana el arzobispo Cordileone: «No sé hasta qué punto él [Roche] conoce la mente del Santo Padre». Hay quienes sospechan que, en este asunto, Roche solo conoce su propia mente y su propia oposición al rito antiguo.

A esto hay que añadir el historial de Roche en lo que respecta a su pericia en materia litúrgica. Durante la entrevista, repitió afirmaciones anteriores sobre que el Novus Ordo ofrece un mejor acceso a las Escrituras, algo que los liturgistas han desmentido.

También repitió su argumento anterior de que el Novus Ordo permite al pueblo participar en el sacrificio sacerdotal, mientras que el rito antiguo no lo hace, un argumento que la encíclica Mediator Dei del papa Pío XII rechazó rotundamente y que muchos estudiosos han destacado.

En su última entrevista con The Tablet en 2022, Roche afirmó que el resurgimiento de la misa tradicional «no podía tolerarse porque el Concilio había cambiado la forma en que avanzamos. «Es una cuestión muy sencilla». Además, afirmó que los obispos le habían expresado su «alivio» cuando se publicó Traditionis Custodes, algo que ahora resulta sumamente cuestionable, después de que los resultados de la encuesta en la que se basó TC demostraran que la mayoría no quería ninguna restricción.

Los canonistas también han argumentado que la propia TC, que Roche ha aplicado con firmeza en todo el mundo, es cuestionable en cuanto a su licitud debido a cuestiones jurídicas. Y cuando Roche dijo a los obispos que no tenían autoridad para eximir a sus sacerdotes de la TC, los canonistas me dijeron que la orden del cardenal violaba el Derecho Canónico.

En resumen, en los últimos cinco años, desde la publicación de la TC, Roche ha sido objeto de un escrutinio mayor que nunca por parte de liturgistas y estudiosos, y no ha salido indemne de ello. Roche declaró a The Tablet que «nunca me he sentido a la altura de ninguna de las tareas que se me han encomendado», y muchos liturgistas y canonistas estarían totalmente de acuerdo con él.

La cuestión ahora es cuánta credibilidad se debe otorgar a un prefecto litúrgicamente inepto, que pronto dejará el cargo, en una declaración sobre Traditionis Custodes que parece contradecir en gran medida el estilo del actual pontificado. Algunos podrían argumentar que la respuesta es «muy poca».

Fuente: Per Mariam