
A pocos días de las anunciadas consagraciones episcopales que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X prevé celebrar el próximo 1 de julio en Écône, el historiador Roberto de Mattei ha publicado en su cuenta de Substack una reflexión sobre las implicaciones teológicas, canónicas y pastorales de esta decisión. Sin ocultar la gravedad del momento, De Mattei analiza el argumento del «estado de necesidad» invocado por la Fraternidad, advierte del riesgo de una nueva fractura en la Iglesia y sostiene que cualquier solución duradera pasa necesariamente por el Sucesor de Pedro. A continuación, reproducimos íntegramente su artículo, traducido al español.
Ofrecemos a continuación la traducción integra del artículo:
¿Qué se debe pensar y qué se debe hacer ante las consagraciones episcopales anunciadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en Écône para el próximo 1 de julio, y la consiguiente excomunión latae sententiae que será reafirmada por la Santa Sede?
La primera consideración que debe hacerse es que, si esto llega a producirse, nos encontraremos ante una prueba dolorosa, no solo para el mundo de la Tradición católica, del que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X forma parte desde su fundación, el 1 de noviembre de 1970, por obra de monseñor Marcel Lefebvre, sino también para el papa León XIV. El Pontífice ha señalado la reconciliación interna de la Iglesia como uno de los principales objetivos de su pontificado y se encontraría, poco más de un año después de su elección, teniendo que afrontar un nuevo desgarro del tejido eclesial, con el riesgo de agravar divisiones que esperan una solución desde hace décadas.
En cuanto al fondo de la controversia, no puede dejar de señalarse lo que aparece como una auténtica paradoja. Entre las muchas razones esgrimidas por monseñor Lefebvre en 1988 —y retomadas hoy por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X para justificar las consagraciones episcopales sin mandato pontificio—, el argumento del estado de necesidad de los fieles ante la gravedad de la crisis eclesial es, al mismo tiempo, el más débil y el más fuerte.
El estado de necesidad es, por su propia naturaleza, una condición excepcional que permite apartarse de la aplicación ordinaria de determinadas normas en vista de un bien superior, que en el caso de la Iglesia es la salvación de las almas. Pero ¿quién tiene la autoridad para verificar la existencia de ese estado y determinar su comienzo y su fin? Es evidente que esa valoración no puede quedar al juicio de la propia Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Si así fuera, habría que concluir que el estado de necesidad cesa cuando la Fraternidad considera que ha cesado, atribuyéndole de hecho un poder de juicio sobre la Santa Sede incompatible con la constitución jerárquica y visible de la Iglesia. Se llegaría así a una situación en la que un sujeto particular se erigiría en criterio último para evaluar la actuación de la autoridad suprema.
Si el principio del estado de necesidad fuera admitido como criterio general de actuación, cualquier obispo que considerase que la Iglesia atraviesa una crisis grave podría sentirse autorizado —o incluso moralmente obligado— a consagrar otros obispos sin mandato pontificio para asegurar la continuidad de la fe y de los sacramentos. La consecuencia sería una proliferación de jurisdicciones paralelas y de episcopi vagantes dispersos por todo el mundo, con inevitables efectos de fragmentación, desorden y confusión precisamente para los fieles que se pretendería proteger.
La existencia de una línea episcopal derivada de monseñor Richard Williamson —uno de los cuatro obispos consagrados por monseñor Lefebvre en 1988 y posteriormente expulsado de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X— muestra de forma concreta cómo la lógica del estado de necesidad, una vez desligada de un principio superior de autoridad capaz de delimitarla y regularla, puede generar nuevas divisiones. Se trata de un fenómeno que, al margen de los juicios sobre las personas implicadas, pone de manifiesto el riesgo intrínseco de unas consagraciones episcopales fundamentadas en valoraciones subjetivas del estado de necesidad.
Y, sin embargo, este argumento, tan frágil en el plano teológico y canónico, se presenta como el más fuerte en el plano pastoral. Monseñor Lefebvre no era un teólogo especulativo ni un canonista, sino un misionero y un pastor de almas. En su carta a los sacerdotes del 27 de abril de 1987 escribía: «Los fieles que siguen siendo católicos se encuentran en muchos lugares en una situación espiritual desesperada. Es este clamor el que la Iglesia escucha; es para estas situaciones para las que concede la jurisdicción mediante la ley de suplencia». Para él, el criterio decisivo no era la afirmación de un derecho propio de la Fraternidad, sino la necesidad espiritual de los fieles. Las consagraciones episcopales de 1988 pretendían ser una respuesta a ese clamor de las almas.
Nos encontramos, por tanto, ante la paradoja. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X, al invocar el estado de necesidad, fundamenta buena parte de su justificación en la primacía de las exigencias pastorales sobre las consideraciones estrictamente jurídicas y doctrinales, haciendo suyo precisamente ese primado de la praxis pastoral que constituye uno de los principios fundamentales del Concilio Vaticano II. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe, por el contrario, invoca el Vaticano II, pero no reconoce el peso del argumento pastoral y emplea contra la Fraternidad los términos y conceptos de la teología preconciliar, en nombre de la fuerza vinculante de la doctrina y del derecho.
En esta situación confusa, el único consejo sensato que puede ofrecerse a quienes albergan dudas es atenerse al principio de la lógica y del derecho: In dubiis standum est pro statu quo, donec ratio certa contrarium persuadeat («En los casos dudosos debe mantenerse el estado actual de las cosas hasta que una prueba cierta demuestre lo contrario»). La razón aconseja que cada uno permanezca en el lugar en el que se encuentra, continuando con aquello que hace y evitando dejarse arrastrar por polémicas estériles y proclamaciones emotivas que no producen otro resultado que reabrir antiguas heridas y echar vinagre sobre las llagas de la Iglesia.
El problema que hoy se plantea es mucho más amplio que el grave asunto de las consagraciones episcopales del 1 de julio y sus consecuencias canónicas. Tampoco la cuestión se agota en el debate sobre la liturgia tradicional o la interpretación de los documentos del Concilio Vaticano II. En el corazón de la controversia se encuentra el juicio histórico y teológico sobre el siglo XX, un siglo que marcó profundamente el destino de la Iglesia y del mundo contemporáneo.
Hace poco más de cien años, el incendio de la Primera Guerra Mundial puso fin al orden internacional nacido de los siglos cristianos, mientras que la Revolución bolchevique de octubre de 1917 provocó un incendio aún mayor en el mundo. Pero ese mismo año en que el bolchevismo conquistó el poder, la Virgen se apareció a los tres pastorcitos de Fátima, explicando las verdaderas causas de la crisis del mundo moderno y asegurando, después de castigos, guerras y persecuciones, el triunfo final de su Inmaculado Corazón. El mensaje de Fátima iba dirigido a toda la humanidad, pero de un modo particular a los Pastores de la Iglesia, en cuyo seno el modernismo había comenzado a difundir su veneno mortal. Contra ese mal, la Providencia suscitó a san Pío X. Con la encíclica Pascendi Dominici Gregis, del 8 de septiembre de 1907 —diez años antes de las apariciones de Fátima—, el gran Pontífice denunció con claridad profética el proceso de autodestrucción que se desarrollaría en las décadas siguientes. Pascendi y Fátima constituyen, respectivamente, el diagnóstico doctrinal y la respuesta sobrenatural a la crisis de la modernidad. Estos acontecimientos, a su vez, solo adquieren su auténtico significado cuando se insertan en una perspectiva más amplia que permita leer los acontecimientos de la historia como fases de una única lucha que atraviesa los siglos.
Es aquí donde la visión de san Agustín adquiere una extraordinaria actualidad para nuestro tiempo. En La Ciudad de Dios, el gran Doctor de la Iglesia interpreta la historia como el enfrentamiento permanente entre quienes orientan su vida hacia Dios y quienes rechazan el orden divino. La tradición agustiniana, con su capacidad para leer los acontecimientos históricos a la luz de la Providencia, ofrece la clave interpretativa necesaria para afrontar cuestiones que siguen determinando la vida de la Iglesia, con sus apostasías, sus persecuciones y sus actos de heroísmo.
La última palabra, en este horizonte dramático, corresponde a quien posee el mandato divino de guiar a la Iglesia y a quien la propia Fraternidad Sacerdotal San Pío X reconoce como legítimo Vicario de Cristo: el Papa reinante, León XIV. Ninguna solución a los graves problemas que afligen al Cuerpo Místico de Cristo podrá encontrarse fuera de él o contra él.