
Dentro de dos días, la FSSPX consagrará cuatro obispos sin mandato pontificio. Según el Código de Derecho Canónico, caerá sobre consagrantes y consagrados la excomunión latae sententiae, y se espera que el Papa declare explícitamente esa misma pena. Si bien hay versiones pretendidamente consistentes que aseguran que las excomuniones se extenderán a sacerdotes y fieles, eso no es probable. Estimo que León XIV se ceñirá a la jurisprudencia establecida por Juan Pablo II cuando ocurrieron las primeras consagraciones.
Debo decir que se trata de un tema especialmente doloroso para la Iglesia toda —por eso mismo no entiendo la euforia de muchos— y para mí en particular, puesto que guardo hacia la FSSPX un enorme agradecimiento pues he recibido de sus sacerdotes los sacramentos en innumerables ocasiones, y porque tengo muchos y muy entrañables amigos entre sus fieles. Sin embargo, como lo dije cuando se anunciaron las consagraciones, no estoy de acuerdo con la medida, y utilizaré este post para explicar las principales razones que me llevan a esa opinión.
No me referiré a la oportunidad de las consagraciones porque no tengo vela en ese entierro, aunque desde mi humilde lugar no comprendo por qué no las hicieron durante el pontificado de Francisco, quien no los habría sancionado. Y como no soy ni teólogo ni canonista, mis razones tampoco tienen que ver con esos dominios, pues no sería serio opinar sobre lo que no conozco, aunque haré referencia a un par de puntos.
Con respecto a las excomuniones, me permito dudar de la validez que puedan tener las mismas como dudé siempre de las primeras excomuniones de Juan Pablo II. Y mi duda se basa en un hecho que muchos canonistas sostienen: el CIC de 1983 incorpora un elemento de subjetividad del cual se puede inferir que estas excomuniones serían inválidas y que, en todo caso, para que sean válidas, deberían darse luego de un proceso canónico, no siendo suficiente la simple declaración pontificia.
En junio de 1995, el P. Gerald E. Murray defendió brillantemente su tesis en la Universidad Gregoriana de Roma sobre el tema: The Canonical Status of the Lay Faithful Associated with the Late Archbishop Marcel Lefebvre and the Society of St. Pius X: Are they Excommunicated as Schismatics?”. En esos años, yo vivía en Roma, y recuerdo que la defensa de la tesis convocó a una multitud y causó sensación. Fue aprobada con la máxima calificación. El P. Murray, sacerdote estadounidense sin ninguna vinculación con la Fraternidad San Pío X, sostuvo que la excomunión latae sententiae declarada contra el Arzobispo Lefebvre, el Obispo de Castro Mayer y los cuatro obispos consagrados sin mandato pontificio, no era válida según el estricto derecho canónico, ni tampoco era válida la acusación conexa de cisma en sentido formal. La conclusión de la tesis era:
“El examen de las circunstancias en las que Mons. Lefebvre procedió a consagrar obispos a la luz de los cánones 1321, 1323 y 1324, provoca al menos una duda significativa, si no una certeza razonable, contra la validez de la declaración de excomunión pronunciada por la Congregación de los Obispos”.
El argumento se apoyaba en que Lefebvre habría actuado bajo una percepción subjetiva de estado de necesidad (can. 1323, n. 4 y can. 1324 §1, n. 8), lo que según el CIC de 1983 — a diferencia del Código anterior — tiene fuerza eximente o atenuante incluso cuando esa percepción es errónea o culpable. Es verdad que el P. Murray hizo una retractación parcial de su propia tesis en el verano de 1996, y que el Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos publicó su opinión de que las excomuniones estaban justificadas. Sin embargo, los argumentos canónicos de Murray son sólidos y los canonistas que he consultado consideran que su postura es muy razonable. Si lo fue en su momento, también lo será en esta ocasión.
En cuanto al cisma, palabrita estigmatizante tan del gusto de neocones y progresistas, es muy fácil atribuirla a la Fraternidad. Sin embargo, yo no creo que se trate simplemente de pegar una etiqueta sobre las espaldas de los lefes. Ser cismático es cosa seria, y si ellos lo son, con cuánta mayor razón lo son los sinodales alemanes o, para no irnos tan lejos, la carrada de curas boomers que despachan herejías en sus sermones dominicales separándose de ese modo de lo enseñado por la fe apostólica.
La FSSPX simplemente sostiene los principios de la fe y la liturgia que la Iglesia sostuvo a lo largo de veinte siglos; no más que eso, sin adicionar ni quitar nada. Me cuesta ver cisma en esa actitud.
[Otra cosa es que haya miembros de la Fraternidad, sacerdotes y laicos, que posean un espíritu cismático, lo cual es verdad, pero no se puede juzgar al todo por la parte].
Hay, sin embargo, un hecho que atenta contra esta última argumentación.
Se sabe que la FSSPX tiene tribunales propios que entienden en causas de nulidad matrimonial. Dicho de otro modo, los matrimonios que han sido declarados nulos por los tribunales diocesanos habituales no son reconocidos como tales por la Fraternidad.
Si esto es así, y lo es, implica que la Fraternidad se arroga jurisdicción sobre los fieles, y arrogarse jurisdicción es gravísimo. Puede argumentarse que estos “tribunales” son en rigor comisiones de canonistas que emiten dictámenes internos para orientar la conducta de sus fieles. La pregunta técnica es: ¿constituyen verdaderos tribunales en sentido canónico, es decir, órganos que dictan sentencias con efectos jurídicos vinculantes en el fuero externo de la Iglesia? Si no producen efectos jurídicos reconocibles canónicamente fuera de la Fraternidad, podrían ser calificados más bien como asesoramiento interno que como ejercicio de jurisdicción en sentido propio. Pero los hechos son que, en la práctica, estos asesoramientos son tomados como sentencias. Es una cuestión grave pero, como no soy canonista, la dejo aquí para que los entendidos la resuelvan, si pueden.
Pero vayamos a lo que, en mi opinión, es lo más grave de las consagraciones, más allá de las cuestiones teológicas y dogmáticas. Y encuentro un argumento histórico y otro al que llamaría existencial.
El primero consiste en repasar qué ocurrió con las comunidades que aduciendo diferentes razones, todas ellas comprensibles, se separaron de la comunión visible de la Iglesia.
La iglesia de Utrecht, que se separó de Roma consagrando sus propios obispos, se presentaba no como una iglesia nueva sino como la continuación de la Iglesia católica primitiva en los Países Bajos, fiel a la tradición patrística y conciliar frente a las innovaciones ultramontanas.
Y algo similar ocurrió con los veterocatólicos luego del Concilio Vaticano I. Hace algunas semanas leí un par de escritos de Johann von Döllinger, líder de este último movimiento, y asombra ver que utilizaba a fines del siglo XIX argumentos y expresiones casi idénticas a las que utiliza en la actualidad la FSSPX: “nosotros no nos separamos de Roma, sino Roma la que se separa de la Iglesia católica y del cristianismo”.
Esas son sus palabras y nos suenan muy familiares. Y es cuestión de ver que ocurrió con estas dos comunidades separadas de la comunión visible. ¿Por qué la deriva de ellos sería distinta a lo que pudiera ocurrir con la Fraternidad dentro de algunas décadas? Historia magistral vitae, decía Cicerón. Y el ejemplo lo tenemos en que uno de los obispos consagrados por Mons. Lefebvre se rebeló y dejó un tendal de nuevos obispos sedevacantistas por el mundo.
El segundo problema es más palpable y evidente. La primera generación lefebvrista (utilizo el término sin ánimo ofensivo), aquellos que siendo jóvenes o adultos se unieron a la Fraternidad en medio del caos eclesial de los años 70, vivían su situación íntimamente con la extrañeza, dolor e incomodidad de estar en la Iglesia pero no estar, de defender al Papa y a las enseñanzas seculares de la Iglesia y verse perseguidos, despreciados y castigados por el mismo Papa y, sobre todo, por los obispos. Sin embargo, sabían que era una situación transitoria y anhelaban el regreso a la “plena comunión” porque estaban seguros que la tormenta pasaría. Muchos de esa generación ya murieron y el resto pertenece al grupo de los “adultos mayores”.
La generación siguiente, aquellos que hoy están entre los 40 y los 60 años, no vivieron esa incomodidad ni esa necesidad de un modo tan íntimo; comenzó a ser normal para ellos ir a misa “a la capilla”, “estar en la Tradición”, pegar la calcomanía azul en el coche y desentenderse poco a poco de lo que ocurría en la parroquia de la esquina, en el obispado local o en la Iglesia universal. Podemos imaginar fácilmente cuál es la situación en la que viven sus hijos y sus nietos, es decir, la tercera y cuarta generación lefe. Para ellos, la Iglesia es la capilla y los únicos sacerdotes y obispos que conocen son los de la Fraternidad.
Este proceso se dio en los últimos cuarenta años; las nuevas consagraciones episcopales abrirán una nueva etapa de otros cuarenta años. ¿Qué ocurrirá entonces con la sexta o séptima generación de nativos lefes? ¿Qué conciencia tendrán de pertenecer a la única e indivisa Iglesia de Cristo que encuentra su unidad en la figura del Pontífice Romano?
Mi gran temor es que tengan la misma conciencia que tiene hoy la décima generación de veterocatólicos. Y que la FSSPX, desprendida de la comunión de la Iglesia, derrape como han derrapado todos los grupos que se separaron de Pedro.
The wanderer