BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



martes, 4 de agosto de 2026

¿Hay alguien que esté intentando vincular al Papa León con la agenda litúrgica del Cardenal Roche?





Algunas filtraciones anónimas procedentes del Vaticano están alimentando los rumores de que el Papa León XIII apoyó plenamente el programa litúrgico del Cardenal Roche, pero ¿existe alguna prueba que respalde esta afirmación?¿Hay alguien que esté intentando vincular al Papa León con la agenda litúrgica del Cardenal Roche?




Un artículo publicado hoy en un periódico español ha desatado una gran especulación, sugiriendo que el Papa León XIV está totalmente de acuerdo con la reciente entrevista del Cardenal Arthur Roche a The Tablet , en la que el Prefecto del Dicasterio para el Culto Divino afirmó con seguridad que el Santo Padre no revocaría ni la Traditionis Custodes ni volvería al Summorum Pontificum de Benedicto XVI [véase mi análisis aquí - ed.].

El último informe, publicado por La Razón , va mucho más allá. Citando fuentes anónimas del Vaticano, afirma que el documento litúrgico distribuido por el Cardenal Roche a los miembros del Colegio Cardenalicio durante el consistorio extraordinario de enero no fue simplemente una iniciativa suya, sino que fue encargado por el propio Papa León XIII, revisado personalmente por él y aprobado sin «cambiar ni una sola coma». Si esto fuera cierto, parecería que el Papa apoya firmemente la interpretación teológica del Cardenal Roche sobre la reforma litúrgica posconciliar y que esta entra en conflicto con muchas de sus recientes iniciativas personales. Huelga decir que esto ha causado gran consternación entre quienes consideran la Traditionis Custodes una auténtica parodia (como yo) y, por lo menos, perjudicial para la fe.

Sin embargo, el artículo llega a una conclusión muy general basada en fuentes anónimas, y es importante distinguir entre lo que se ha comprobado y lo que sigue siendo una mera afirmación. No cabe duda de que el documento del cardenal Roche fue redactado a petición del Papa para su distribución en el consistorio ( aquí - aquí ). Esto ha sido ampliamente difundido. También es cierto que el documento circuló entre los cardenales.

Sin embargo, lo que la Santa Sede nunca ha confirmado públicamente es que el Papa León aprobara alguno de los argumentos allí contenidos, que adoptara las conclusiones del Cardenal Roche como propias o que tuviera la intención de que se convirtieran en la política oficial de su pontificado.

De hecho, al parecer los propios cardenales se negaron a dedicar tiempo a debatir la cuestión litúrgica durante el consistorio, lo que significa que el documento de Roche se distribuyó pero nunca llegó a ser objeto de un debate sustancial.

La experta en el Vaticano, Diane Montagna, respondió a la creciente controversia con un análisis profundo en su cuenta de Substack. En lugar de aceptar las afirmaciones sin más, señala que La Razón se basa exclusivamente en fuentes anónimas del Vaticano, mientras que el propio Papa León XIV ha guardado silencio públicamente sobre las declaraciones específicas que ahora se le atribuyen. Montagna también sitúa este último artículo en el contexto más amplio de la reciente entrevista del Cardenal Roche con Tablet , en la que el cardenal habló repetidamente con notable certeza sobre las intenciones del Papa, a pesar de que León XIV nunca ha hecho declaraciones públicas al respecto. Su argumento no es que el artículo español deba ser necesariamente falso, sino que la información anónima no debe confundirse con la doctrina papal.
Los lectores pueden encontrar el análisis completo de Diane Montagna aquí :

Substack por Diane Montagna Un informe español alimenta las preocupaciones sobre las intenciones del Papa León con respecto a la Misa Tradicional . [No lo traduciré porque no hay elementos esenciales más allá de los de este artículo y mi análisis anterior aquí .

Hay motivos para la cautela: el momento es significativo. En cuestión de días, dos publicaciones distintas han difundido prácticamente el mismo mensaje: que la visión litúrgica del cardenal Roche es, de hecho, la del papa León XIV. Primero fue la entrevista con The Tablet , ahora La Razón , que aparentemente refuerza la misma narrativa citando fuentes anónimas del Vaticano. Determinar si se trata de una comunicación coordinada, de funcionarios que informan a periodistas de forma independiente, o simplemente de una transcripción fiel de conversaciones auténticas dentro del Vaticano es imposible con la evidencia disponible, y me parece que seguirá siéndolo hasta que el papa León XIV se pronuncie definitivamente al respecto.

Asimismo, algunos comentaristas españoles afirman que La Razón ha mantenido durante mucho tiempo una postura editorial particular sobre temas eclesiásticos y, por lo tanto, debe leerse con la debida precaución. Sin embargo, estos comentarios se refieren a la supuesta postura editorial de la publicación, y no constituyen prueba de la inexactitud de este artículo en particular. Por consiguiente, deben considerarse como contexto, no como evidencia.

Mark Lambert , 4 de agosto

lunes, 3 de agosto de 2026

Roche en campaña para arrastrar a León XIV a su tesis anti Misa tradicional




En tres días, dos publicaciones han lanzado un mismo mensaje: que la línea restrictiva sobre la Misa tradicional no es del cardenal Roche, sino del Papa. El 29 de julio, The Tablet publicaba una entrevista en la que el todavía prefecto del Dicasterio para el Culto Divino afirmaba: «No, el Papa León no va a cambiar Traditionis custodes, y no va a volver a Summorum Pontificum». El 2 de agosto, La Razón añadía, citando fuentes vaticanas anónimas, que el documento sobre liturgia repartido por Roche a los cardenales en el consistorio de enero fue redactado a petición de León XIV, que lo supervisó y «no cambió ni una coma», y que se distribuyó por indicación papal.

Del encargo institucional a la adhesión papal hay un salto que nadie ha probado

Que el Papa encargó a Roche la ponencia es verosímil y cuenta con corroboración: Austen Ivereigh, cercano al progresismo curial, escribió ya en enero que Roche fue uno de los cuatro cardenales a los que se pidió preparar informes sobre los cuatro temas del consistorio.

Pero que un Papa pida al prefecto del Culto Divino un informe sobre liturgia —materia propia de su dicasterio y de su función— y respete el texto sin enmendarlo no significa adhesión a su contenido. Significa, sencillamente, que León XIV dejó que cada prefecto expusiera su visión dentro de su ámbito de competencia, como hizo con los otros tres ponentes. Un gobernante que respeta la independencia de sus colaboradores no suscribe por ello cada palabra que estos escriben. El «no cambió ni una coma» que las fuentes anónimas presentan como prueba de aval papal admite una lectura mucho más sobria: el Papa no quiso corregir a su prefecto, que es exactamente lo que cabe esperar de quien encarga una ponencia, no un magisterio. Convertir ese respeto institucional en compromiso doctrinal del Pontífice es el salto lógico sobre el que descansa toda la operación.

Los hechos posteriores tampoco acompañan la tesis del respaldo total. Los cardenales descartaron por amplia mayoría debatir la cuestión litúrgica y el texto quedó repartido sin discutirse. Y los gestos documentados de León XIV apuntan en dirección más matizada: la instrucción transmitida por Parolin a los obispos franceses en marzo pidiendo «soluciones concretas que permitan la generosa inclusión de quienes están sinceramente apegados al Vetus Ordo»; la carta a la FSSPX antes de Écône reconociendo su «deseo de fidelidad a la Tradición»; el nombramiento de monseñor Cordileone para la Signatura. Quince meses después de su elección, el Papa no ha firmado documento alguno sobre esta materia. Todo lo que se afirma sobre su voluntad procede de terceros.

Filtraciones imprudentes y orientadas

Tenga Roche más o menos razón en el fondo, la secuencia Tablet–La Razón es, ante todo, imprudente y orientada. Imprudente, porque atribuye públicamente al Papa una decisión que el Papa no ha tomado ni comunicado, cerrándole en apariencia un espacio de discernimiento que solo a él corresponde. Orientada, porque procede de fuentes anónimas del entorno del prefecto, en el momento preciso en que Roche, con 76 años y el quinquenio vencido desde mayo, suena con insistencia para el relevo. La entrevista de The Tablet —vacía de contenido salvo la frase sobre Traditionis custodes, que el propio entrevistador admitió haber introducido casi al final— se lee como la de un cargo saliente que intenta comprometer al sucesor de Pedro con su propia tesis, elevando el coste de cualquier rectificación futura. Como dijo esta semana monseñor Cordileone: «No sé hasta qué punto él conoce la mente del Santo Padre».

Un texto con problemas propios

El documento repartido en enero, además, no resiste bien el examen. Invoca Quo primum —la bula que garantizó a perpetuidad el misal tradicional— para justificar su supresión. Sugiere que la tradición sin reforma queda reducida a «cosas muertas, no siempre sanas», calificación que ningún magisterio ha aplicado al Misal Romano y que choca con Benedicto XVI: «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande» (2007). Identifica sin matices la reforma de 1969 con la voluntad de los Padres conciliares, cuando Sacrosanctum Concilium ordenó una revisión conforme a criterios (SC 23, 25, 36) cuyo cumplimiento es objeto de debate académico desde hace décadas. Y en su pasaje más revelador, afirma que el uso de los libros antiguos fue «desde San Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión»: dieciséis años de Summorum Pontificum, que reconoció el misal de 1962 como derecho de todo sacerdote y no como concesión, simplemente desaparecen del relato. La omisión no es casual: es la premisa necesaria para presentar la línea restrictiva como continuidad ininterrumpida.

Nerviosismo en el sector más anti-tradicional heredero de Bugnini

Lo verificable es poco y claro: hubo encargo papal de una ponencia, no hubo debate, y el Papa no ha hablado. Lo demás —la supervisión «sin cambiar ni una coma», el aval al contenido, la voluntad decidida de León XIV— son atribuciones anónimas en medio de una batalla por definir el pontificado. Respetar el trabajo de un prefecto no es respaldarlo; y quien necesita filtraciones para poner su tesis en boca del Papa, probablemente sabe que el Papa aún no la ha hecho suya.

¿Hay que creer al cardenal Roche en lo que respecta a la misa tradicional?





[Excelente y juicio artículo del corresponsal del Catholic Herald y periodista acreditado ante la Santa Sede, Michael Haynes ].

CIUDAD DEL VATICANO (PerMariam) — El jueves por la mañana, The Tablet publicó su entrevista con el cardenal Arthur Roche, que ya ha tenido una amplia difusión, en la que el cardenal afirmó que el papa León XIV no tiene intención alguna de levantar ninguna restricción sobre la misa tradicional. Ahora que se ha apagado el revuelo inicial, la pregunta clave sigue siendo: ¿qué importancia debemos dar al comentario de Roche?

Para empezar, las palabras de Roche son, en sí mismas, muy claras. A diferencia de muchos cardenales de la Curia que dan rodeos sin cesar, el prefecto del Dicasterio para el Culto Divino (DDW) fue directo al grano.

«Es un ámbito muy importante porque la Eucaristía es el sacramento de la unidad: es el lugar donde todos deberíamos poder estar juntos para celebrar la misa. Así que, si empieza a dividirnos, es que hay algo que falla gravemente. No, el papa León no va a cambiar Traditionis Custodes, ni va a volver a Summorum Pontificum».

Roche continuó:

«Es interesante. Cuando me reúno con grupos que quieren la liturgia anterior y les digo: “Bueno, el Santo Padre os lo ha concedido, ¿cuál es el problema?”, no saben qué responder. Pero luego se van y dicen: “Seguimos siendo perseguidos”. ¿En qué sentido perseguidos? ¿Por qué la orquesta sigue tocando una melodía que está en desacuerdo con la vida de la Iglesia?»

Los columnistas apocalípticos se han lanzado sobre la entrevista como prueba de que sus temores se confirman y de que León es, en esencia, Francisco II. Los medios liberales que siempre han alabado Traditionis Custodes han acogido la intervención de Roche como las palabras de un sabio funcionario del Vaticano.

Pero existe una tercera opción muy plausible que ninguna de las partes ha tenido en cuenta, una teoría «rebelde» a falta de un título mejor, a saber, que la entrevista de Roche no es, en realidad, más que palabras vacías. Algunos criticarán esto como una interminable «excusa», pero hay muchos elementos en la entrevista que justifican la teoría «rebelde».

Las pistas de León

Desde su elección, León ha mantenido un cuidadoso silencio sobre la misa tradicional. Cuando Crux le preguntó al respecto una sola vez el verano pasado —en una entrevista que, al parecer, concedió por cortesía y amistad hacia viejos amigos—, Leo demostró desconocer los detalles del asunto. Afirmó:

«No estoy seguro de cómo va a acabar esto. Obviamente, es muy complicado. Lo que sí sé es que, por desgracia, parte de esa cuestión se ha convertido —una vez más, como parte de un proceso de polarización— en que la gente ha utilizado la liturgia como excusa para impulsar otros temas. Se ha convertido en una herramienta política, y eso es muy lamentable».

Aparte de eso, el Papa ha guardado silencio. Pero, al mismo tiempo, se ha mostrado más abierto a la misa tradicional que su predecesor. Para juzgar lo que el propio León piensa sobre la misa tradicional, debemos mirar más allá de las apariencias y profundizar un poco más.

Tomemos, por ejemplo, sus audiencias.

Se ha reunido con destacados defensores de la misa en latín, como los cardenales Raymond Burke, Robert Sarah, Gerhard Müller y Ernest Simoni. Al obispo Athanasius Schneider también se le concedió una audiencia, en la que instó a León a «elaborar un documento más solemne, no solo un Motu Proprio como hizo Benedicto XVI y luego el anti-Motu Proprio del papa Francisco, Traditionis Custodes». Con la excepción de Schneider en las últimas semanas de Francisco, se trataba de hombres a quienes el papa Francisco les cerró la puerta en las narices.

Leo también ha mantenido cordiales encuentros con los superiores de las dos órdenes sacerdotales de rito tradicional más destacadas —el Instituto de Cristo Rey Soberano Sacerdote y la Fraternidad de San Pedro—, confirmándolos en su apostolado.

En cierta medida relacionado con esto está el permiso que concedió al cardenal Burke para celebrar una misa pontifical en el Vaticano con motivo de la peregrinación anual Ad Petri Sedem del año pasado —permiso que se había denegado rotundamente en los últimos años bajo el pontificado de Francisco—. El acto cobró aún más relevancia debido a que el celebrante era el propio cardenal Burke, un prelado que se consideraba blanco de numerosas críticas mordaces por parte de Francisco. La repercusión en aquel momento fue trascendental en Roma.

A continuación, hay que recordar las instrucciones de León al episcopado francés en marzo. En una carta dirigida en nombre de León a los obispos durante su reunión plenaria, el cardenal Pietro Parolin afirmó que el Papa estaba «especialmente atento, en el contexto del crecimiento de las comunidades vinculadas al Vetus Ordo».

Parolin añadió que León instó a los obispos franceses a sanar la «herida dolorosa» relacionada con la liturgia mostrándose más abiertos al rito tradicional:

«Que el Espíritu Santo os sugiera soluciones concretas que permitan la generosa inclusión de quienes están sinceramente apegados al Vetus Ordo, de acuerdo con las directrices establecidas por el Concilio Vaticano II en materia de liturgia».

Otro elemento a tener en cuenta es la carta de León a la FSSPX —enviada justo en vísperas de las consagraciones episcopales— en la que afirmaba lo siguiente:

«La Iglesia reconoce la devoción por la vida litúrgica, el compromiso con la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición que caracterizan a muchas personas y comunidades vinculadas a vuestra Fraternidad».

A esto hay que añadir el hecho de que numerosos cardenales y obispos han pedido ahora a León que revoque las restricciones impuestas por Traditionis Custodes a la luz de las consagraciones de la FSSPX. Le han advertido de que, si no lo hace, estará animando a los católicos a acudir a la FSSPX, algo que el Vaticano desea evitar.

Una de esas personas, el arzobispo Salvatore Cordileone, acaba de ser nombrado por el Papa para formar parte de la Signatura Apostólica, lo que indica que, como mínimo, León confía en sus opiniones y las respeta. Cordileone ha declarado que ya comunicó al Vaticano que imponer restricciones al rito antiguo solo conduciría a la división, y, reiterando esa idea esta semana, añadió que el crecimiento del rito antiguo es «imparable».

León ha dejado claro que su papado gira en torno a la unidad, tanto dentro como fuera de la Iglesia. En estos momentos, se le está advirtiendo de que mantener las restricciones sobre el rito antiguo socavaría ese tema central de su pontificado.

¿Qué hay de Roche?

A continuación debemos centrarnos en el cardenal Roche. A sus 76 años, el cardenal inglés concluyó en mayo su mandato de cinco años como prefecto del Dicasterio del Culto Divino. Abundan los rumores de que pronto será sustituido, un factor importante en todo este asunto.

En muchos sentidos, la entrevista que Roche concedió a The Tablet se leía como la de un cargo saliente. Aparte de los llamativos comentarios sobre la liturgia —algo que el entrevistador añadió a la conversación, según admitió, casi como una idea de última hora—, el cardenal no dijo nada digno de mención. La conversación en su conjunto no pareció aportar nada de valor al debate en la Iglesia, salvo presentar a Roche como una figura anciana y afable que podría ser el tío favorito de cualquiera.

Esto resulta extraño teniendo en cuenta que, como señala el entrevistador, la entrevista se realizó poco antes de que Roche se marchara de Roma para sus vacaciones de verano. Aquellos fueron días realmente ajetreados. Tenía previsto marcharse poco después de la clausura del consistorio del 29 de junio, tal y como me dijo directamente. El hecho de que el cardenal hiciera un hueco en su apretada agenda para una conversación tan vacía huele más a un intento de presentar a Roche bajo una luz positiva que a otra cosa.

¿Decidiría el siempre cauteloso León permitir que Roche revelara noticias sobre su plan para el futuro litúrgico de la Iglesia de una forma tan extraña y desordenada? Parece muy poco probable.

Como comentó esta semana el arzobispo Cordileone: «No sé hasta qué punto él [Roche] conoce la mente del Santo Padre». Hay quienes sospechan que, en este asunto, Roche solo conoce su propia mente y su propia oposición al rito antiguo.

A esto hay que añadir el historial de Roche en lo que respecta a su pericia en materia litúrgica. Durante la entrevista, repitió afirmaciones anteriores sobre que el Novus Ordo ofrece un mejor acceso a las Escrituras, algo que los liturgistas han desmentido.

También repitió su argumento anterior de que el Novus Ordo permite al pueblo participar en el sacrificio sacerdotal, mientras que el rito antiguo no lo hace, un argumento que la encíclica Mediator Dei del papa Pío XII rechazó rotundamente y que muchos estudiosos han destacado.

En su última entrevista con The Tablet en 2022, Roche afirmó que el resurgimiento de la misa tradicional «no podía tolerarse porque el Concilio había cambiado la forma en que avanzamos. «Es una cuestión muy sencilla». Además, afirmó que los obispos le habían expresado su «alivio» cuando se publicó Traditionis Custodes, algo que ahora resulta sumamente cuestionable, después de que los resultados de la encuesta en la que se basó TC demostraran que la mayoría no quería ninguna restricción.

Los canonistas también han argumentado que la propia TC, que Roche ha aplicado con firmeza en todo el mundo, es cuestionable en cuanto a su licitud debido a cuestiones jurídicas. Y cuando Roche dijo a los obispos que no tenían autoridad para eximir a sus sacerdotes de la TC, los canonistas me dijeron que la orden del cardenal violaba el Derecho Canónico.

En resumen, en los últimos cinco años, desde la publicación de la TC, Roche ha sido objeto de un escrutinio mayor que nunca por parte de liturgistas y estudiosos, y no ha salido indemne de ello. Roche declaró a The Tablet que «nunca me he sentido a la altura de ninguna de las tareas que se me han encomendado», y muchos liturgistas y canonistas estarían totalmente de acuerdo con él.

La cuestión ahora es cuánta credibilidad se debe otorgar a un prefecto litúrgicamente inepto, que pronto dejará el cargo, en una declaración sobre Traditionis Custodes que parece contradecir en gran medida el estilo del actual pontificado. Algunos podrían argumentar que la respuesta es «muy poca».

Fuente: Per Mariam

sábado, 1 de agosto de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #128 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



EMPEZAMOS EN ROMA   ESPAÑA
1. Suprimidas las Hijas del Amor Misericordioso
2. Bendición del Abad del Valle de los Caídos
3. La Iglesia con las víctimas de los incendios
MUNDO
4. Profanación en Medjugorje
5. Estos chinos...
6. Müller pide más libertad
7. Buen ejemplo del arzobispo de Sidney
8. Campaña de oración ante el aborto
9. Bautizarse a los 98 años

viernes, 31 de julio de 2026

Escuela de calor 2026



Publicar bajo este título un artículo sobre cambio climático en plena canícula veraniega se ha convertido en una tradición. Así combatimos la habitual campaña de alarmismo estival, que hiberna como los osos para resurgir con fuerza cada verano aprovechando las olas de calor propias de la estación (verano: «época más calurosa del año») y que sigue siempre el mismo patrón: temperatura del mar, insectos amenazantes, sofocantes olas de calor e incendios forestales supuestamente ligados al calentamiento global. Dada la magnitud de los incendios de este verano, en este artículo me centraré en esta última cuestión.

Incendios forestales

El grave incendio de Ávila y Madrid, que por producirse en zona poblada ha afectado a decenas de miles de personas, se suma al sufrido hace pocas semanas en Andalucía, cuya gravedad fue determinada por la trágica pérdida de vidas humanas. En aquel momento, la reacción de las autoridades políticas —el presidente del gobierno y el de Andalucía— consistió en activar el escudo deflector para evitar asumir responsabilidad alguna y en un pacto de silencio tácito para no culparse mutuamente.

Así, primero culparon a las pobres víctimas, que ya no pueden defenderse y que actuaron como mejor supieron en una situación extrema, y luego ambos aludieron, cómo no, al cambio climático. En sus comparecencias, Sánchez y Moreno también hicieron una llamada a los ciudadanos para avisar con mayor antelación, trasladando de nuevo sibilinamente la responsabilidad a otros. Sin embargo, los datos del propio gobierno muestran que los ciudadanos son mucho más diligentes que el Estado en alertar de estos desastres, pues, en el 67% de los casos, quienes avisan de los incendios son las llamadas de particulares[1].

Por el contrario, ninguno de los dos responsables políticos dijo una sola palabra de las inversiones que deberían haberse acometido en medios de extinción: España, por ejemplo, cuenta con sólo 7 viejos aviones apagafuegos operativos, frente a los 18 de que dispone Italia con una superficie forestal un 50% inferior a la nuestra. Sánchez y Moreno tampoco dijeron nada sobre protocolos de prevención, actuación y respuesta rápida, o sobre gestión forestal y limpieza de los montes, dificultada por la dictadura ecologista de la UE y por la incompetencia de nuestra clase política.

Sin embargo, aunque a casi nadie le sorprenda el cinismo de los políticos, la gente sigue cayendo víctima del sensacionalismo de los medios, que aprovechan la natural empatía que sentimos hacia las pobres familias que han perdido su hogar para crear histerias colectivas basadas en relatos catastrofistas (incendios «inextinguibles»).

Disociando los incendios de la temperatura ambiente

En este sentido, la fuerza de la propaganda climática es tal que logra hacernos creer que la temperatura ambiente contribuye enormemente o incluso puede ser responsable de un incendio de estas características. Lógicamente, esto no es sí. En efecto, para que haya una combustión hacen falta tres elementos: un combustible (en este caso, madera seca), un comburente (el oxígeno del aire) y una fuente de calor, que debe ser intensísima. Por eso, si juntan unas ramitas secas en el porche de su casa o en la acera de su calle en pleno mes de julio al sol de mediodía, aquello no arderá por combustión espontánea, aunque el termómetro alcance 50°. Sin embargo, si hacen la misma prueba un día nublado de otoño o invierno, pero, en esta ocasión, prenden las ramitas secas con una cerilla —que puede alcanzar entre 600° y 800°C de temperatura—, aunque haga frío, aquello arderá como una tea. En efecto, la fuente de calor necesaria para que se produzca fuego sólo puede provenir de la acción humana (causante de más del 90% de los incendios) o de un rayo.

Por lo tanto, una elevada temperatura ambiente no es condición necesaria para desencadenar un incendio. En el caso de España, el hecho de que la región con más hectáreas quemadas con respecto a su superficie forestal haya sido tradicionalmente la fresca y húmeda Galicia también es un indicio de que la temperatura ambiente no es un factor relevante. Naturalmente, el factor primordial para que un incendio se extienda es el viento, que aumenta tanto el combustible —por propagación de las fuentes de calor— como el comburente.

Pongamos otros ejemplos. En Canadá —donde este año se han quemado 3 millones de hectáreas— hay en este momento activos grandes incendios forestales en zonas de British Columbia que tienen estos días temperaturas máximas en torno a 20° y mínimas de sólo 7°C[2]. Y en el sur de África la temporada alta de incendios forestales coincide con el invierno austral, cuando las temperaturas mínimas rondan los 8°C, pues es entonces cuando se produce la estación seca[3]. Dicho de otro modo, los montes no arden porque haga calor, sino porque la maleza está seca; en muchas regiones del mundo —como es el caso de Europa—, la estación cálida y la estación seca coinciden en el tiempo, pero en otras regiones del globo ocurre lo contrario.

En nuestro país, cerca del 60% del total de incendios cuya autoría se conoce son incendios provocados (no sólo maliciosos), mientras que el 34% son consecuencia de accidentes o negligencias y un 6% son debidos a la acción de los rayos[4]. En EEUU estas cifras son similares[5], aunque en la despoblada Canadá cerca del 50% de los incendios son causados por los rayos.

Las principales negligencias y accidentes tienen que ver con quemas agrícolas, chispas provenientes de motores y máquinas, fallos de líneas eléctricas, trabajos forestales, colillas indebidamente apagadas, hogueras, barbacoas o eliminación de basuras.

No es el cambio climático

Por lo tanto, ligar un incendio forestal al calentamiento global es un insulto a la inteligencia, como cada vez perciben más ciudadanos. En efecto, desde 1979, el aumento de temperaturas en el planeta ha sido de 0,16ºC por década, es decir, de pocas centésimas de grado por año[6]. Como es obvio, esta diferencia de medición —tan ridículamente exacta como los cálculos de crecimiento del PIB— resulta imperceptible. Este ligero aumento de temperatura global tampoco ha producido un aumento detectable en la frecuencia y severidad de las sequías, como reconoce hasta el IPCC[7].

Pero es que, además, en las últimas décadas ha disminuido la superficie quemada por incendios forestales en el planeta. Han leído bien: cada vez arden menos hectáreas debido a incendios forestales. La FAO, por ejemplo, realiza un análisis por continentes (2007-2019) que ofrece el siguiente resultado[8]:


En el mismo sentido, un estudio publicado en la revista Science concluyó que la superficie quemada en el planeta había descendido un 25% desde 1999 hasta 2017[9]. En la misma línea, otro estudio más reciente reitera que «el número e intensidad de incendios a nivel mundial, y la superficie quemada, han disminuido en las últimas dos décadas»[10]. España no ha sido una excepción, y la superficie quemada por incendios en los últimos 50 años también ha disminuido, según el propio Ministerio de Transición Ecológica[11]:



Este dato nos invita a realizar una reflexión: en efecto, el ligero aumento de temperaturas globales ha coincidido con la disminución en la superficie quemada en el planeta, pero eso no significa que cuanto más calor haga, menos incendios habrá: correlación no implica causalidad. Asimismo, que el ligero aumento de temperaturas globales de las últimas décadas haya coincidido con un aumento de CO2 en la atmósfera no significa necesariamente que haya sido el CO2 el causante de dicho aumento de temperatura, pues hablamos de sistemas multifactoriales, complejos y caóticos que eluden explicaciones simplistas. Lo mismo ocurre con los incendios, en los que influyen la pluviosidad primaveral, la sequía estival, los vientos, la orografía, la capacidad de medios de extinción y el mantenimiento y limpieza de los montes.

Cabe añadir que la disminución de incendios forestales, la reforestación y el incremento del maravilloso CO2 (alimento por antonomasia de árboles y plantas), que ha aumentado significativamente el verdor del planeta, ha provocado que la deforestación haya dejado de ser un problema a nivel global. En efecto, un análisis de 35 años de datos de satélite durante el período 1982-2016 publicado en su día en la revista Nature, concluyó que «la superficie forestal mundial había aumentado en 2,24 millones km2 (un 7% más)». España no ha sido una excepción: siendo el tercer país con mayor masa forestal de Europa, ha visto aumentar sus bosques un 32% desde 1990[12].

Olas de calor

La otra cuestión que querría tratar brevemente en este artículo son las olas de calor. En efecto, el anticiclón de las Azores, principal controlador de nuestro clima, cambia periódicamente de extensión y posición (latitud y longitud) y permite —junto a otros factores— que masas de aire africano nos invadan por el sur y conviertan grandes partes de la Península en un horno. Como afirmaba el exdirector del Instituto Nacional de Meteorología (hoy AEMET) Inocencio Font en su magna obra Climatología de España y Portugal, «puede haber períodos anormalmente calientes en cualquier mes, aunque junio es en este aspecto el más anómalo, ya que por término medio una vez cada tres años tienen lugar durante dicho mes intensas olas de calor»[13].

Font indica que en la estación veraniega en su conjunto las grandes olas de calor se producen de media una vez cada cuatro años. Estas afectan más a la mitad sur de la Península, aunque ocasionalmente también pueden afectar al norte: San Sebastián, 38° (31-7-75), La Coruña, 40° (28-8-61) o Bilbao, 42° (7-9-1987) son claros ejemplos. Finalmente, Font hace una afirmación reveladora: «De todas las olas de calor registradas en la Península, la más importante tuvo lugar entre julio y agosto de 1876 [hace 150 años], cuando en Sevilla se llegaron a alcanzar los 51°»[14].

En julio de 1995 hubo otra gran ola de calor en España y se registraron 47° en Córdoba y Sevilla, pero también el norte sufrió altísimas temperaturas: Orense alcanzó los 42°, y Zamora, los 41°. En aquella época la ideología climática aún no había corrompido las instituciones científicas, por lo que un informe del Instituto Nacional de Meteorología criticaba el sensacionalismo mediático (en vez de alimentarlo, como hace hoy la AEMET): «Cuando se presentan fenómenos meteorológicos extremos de esta naturaleza, es frecuente leer o escuchar comentarios en los medios de difusión (prensa, radio, etc.) que valoran el fenómeno como excepcional». Para contrarrestar dicho sensacionalismo, los autores del informe llegaron a la conclusión de que los 47° registrados en 1995 en Sevilla «se presentaban por término medio una vez cada 50 años, lo que supone que la ola de calor que produjo tal temperatura no es muy frecuente, pero no es un fenómeno excepcional»[15]. De hecho, los autores recalcaban que valores superiores a los 46° también se habían registrado, por ejemplo, en julio de 1901, en agosto de 1909 y en agosto de 1949.
En 2003 España (y con ella toda Europa) sufrió también una ola de calor veraniego insoportable que superó en duración y extensión a la de 1995, pero en aquella época la revista oficial del entonces Instituto Nacional de Meteorología no mencionaba en absoluto el calentamiento global, limitándose a titularlo Ola de calor excepcional[16].
Conclusión

Para rematar la cuestión de las temperaturas estivales, debo añadir que la propia AEMET reconoce en su Informe sobre el estado del clima en España 2025 que el gráfico de temperaturas medias máximas correspondiente al día más cálido «no presenta ninguna tendencia significativa» desde 1975[17]:


En la misma línea, el propio IPCC se vio obligado a reconocer en su AR5 (2013) que sólo tenía una «confianza media» en la afirmación de que la duración y frecuencia de olas de calor hubieran aumentado desde mediados del siglo XX a nivel global, mientras que «existía evidencia de que algunas regiones del globo habían tenido más olas de calor en períodos anteriores a 1950 (por ejemplo, EEUU en los años 30)»[18].

Siempre ha habido y siempre habrá olas de calor e incendios forestales. Estos fenómenos, completamente normales, serán en algunos años especialmente severos. 
Es en estas ocasiones cuando más alerta debemos estar para no dejarnos arrastrar por la cultura del miedo que nos inculca el sensacionalismo mediático, y también para ignorar las cortinas de humo de nuestros políticos culpando a una inexistente emergencia climática para encubrir su incompetencia y corruptelas: es a estos mismos políticos a quienes debemos exigir, por el contrario, que dejen de mentir y pongan los medios necesarios para mitigar el daño producido por dichos fenómenos.
A la carencia de medios para extinguir incendios se suman los apagones generales causados por el mismo fanatismo ecologista que impide limpiar los montes, los descarrilamientos de trenes o las carreteras llenas de baches, por lo que la pregunta es: ¿cambio climático o incompetencia supina de una panda de caraduras?


[7] IPCC. AR6, WG I, Table 12.12.
[13] I. FONT. Climatología de España y Portugal (Ed. Universidad Salamanca, 2007) 230ss.
[14] Ibid.
[18] IPCC, AR5, WGI, 2.6.1.

Disertación sobre el verdadero espíritu jesuita



A propósito del retrato que pintó Rubens de San Ignacio de Loyola

El 31 de julio es el dies natalis, o día que nació en el Cielo, de uno de los más grades sacerdotes y fundadores de la historia de la Iglesia: San Ignacio de Loyola, que falleció en esa fecha del año 1556 y fue canonizado en 1622. Desde luego, San Ignacio es muy conocido por haber fundado la Compañía de Jesús, la orden jesuita. Esta orden ha dado a la Iglesia muchos de sus más intrépidos y exitosos misioneros, que han llegado a los rincones más apartados de la Tierra. Nos acordamos de San Francisco Javier; se calcula que a lo largo de sus viajes el santo navarro bautizó a unos 30.000 conversos, impulsado por el amor de Dios y la preocupación por el trágico destino eterno cuantos mueren fuera de la Iglesia.

Un magnífico cuadro del pintor flamenco Pedro Pablo Rubens (1577–1640), devoto católico, realizado hacia la época de la canonización del santo, capta gráficamente muchas de las cualidades que hicieron grandes a San Ignacio y a su orden.


Aparece con la mirada alzada al cielo en profunda meditación a la espera de que Dios lo ilumine indicándole su voluntad, infundiendole la guía y la fortaleza del Espíritu Santo. Sin duda, es una alusión a los ejercicios espirituales con los que San Ignacio, a partir de su honda vida espiritual y su experiencia en dirección de almas, formuló unas reglas concretas por las que los cristianos podían discernir entre la voz de Dios y las voces contrarias del mundo, el demonio y la carne. Medio ideal para abrirse paso en un mundo azotado por la tempestad de la rebelión protestante, que los jesuitas combatieron con un ardor que culminó en la impresionante fortaleza de la muchedumbre de mártires jesuitas que derramaron su sangre en la Inglaterra isabelina.

Rubens representa la cara del santo con expresión serena y decidida, resuelto a hacer lo que Dios quiera, como Él quiera y cuando Él quiera. Sin la frenética prisa del temerario que se arroja al peligro impulsado por un falso entusiasmo, ni la pusilánime vacilación del que duda, cuestiona o se acobarda ante el dolor y las dificultades. Tiene la actitud del caballero cristiano dispuesto a empuñar las almas contra una avalancha de obstáculos.

Ha bebido serenamente de la Fuente misma –Dante cantó que en la voluntad de Dios encontramos paz–, y puede por tanto irradiarla a los demás, atrayéndolos así para que lo sigan en amistosa compañía, la Compañía de Jesús. El sutil pincel de Rubens nos permite captar también una mezcla de remordimiento por los propios pecados y lamento por la penosa situación de otros, en particular herejes, cismáticos, infieles y paganos, por cuya conversión se volcaron él y sus hijos espirituales.

San Ignacio aparece ante el altar vistiendo casulla, pues era sacerdote del Altísimo y ofrecía cada día el Sacrificio incruento que lleva a cabo nuestra redención:

Los jesuitas nunca han tenido fama de buenos liturgistas, pero siempre han entendido que la Santísima Eucaristía es la ardiente caldera de la caridad que impulsa toda nuestra oración y trabajo. Para San Ignacio, la sagrada liturgia era ciertamente fuente y culmen de toda su vida cristiana. Esta devoción a la Presencia Real se hace patente en los espléndidos templos barrocos desperdigados por Europa y otros continentes, todas ellas tabernáculos de Emanuel.

Que Rubens pintara a San Ignacio con una casulla roja ricamente recamada en oro –el oro de la dignidad real y el rojo del testimonio abnegado y el fuego del Espíritu Santo–, transmite un mensaje solemne: que no hay nada más importante y valioso que el culto a Dios, en el que debemos poner todo empeño y diligencia. Al igual que el firme mármol del altar, el santo se alza inalterable en la Fe católica que fue llamado a defender.

Todo ello lo hace según reza el lema que figura en la cabecera de la página del libro que tiene colocado sobre el altar, Ad majorem Dei gloriam, para mayor gloria de Dios. Aquí no cabe la menor duda sobre quién está primero, la criatura o el Creador, el Verbo o el mundo. Dios es el principio y el fin, y a Él debemos la existencia, la vida, el culto y la eterna bienaventuranza. Nada ni nadie puede contradecir su primado: somos siervos suyos, hijos de su Esposa, y hemos de pensar y actuar conforme a ello.


Desgraciadamente, en comparación con San Ignacio y con muchos nobles miembros de la orden que siguieron sus huellas, la Iglesia actual nos pone ante los ojos el escándalo de numerosos jesuitas influyentes que han traicionado cuanto propugnaba su fundador.

En vez de apoyar con humildad el rico, complejo y lleno de sentido culto romano según se fue desarrollando bajo la dirección de la Divina Providencia, el jesuita Josef Jungman sentó las bases de su derribo. Contemplando el cuadro de Rubens, podríamos decir que Jungman cambió los brocados barrocos por cortinajes de poliéster.

En vez de combatir el error del evolucionismo darwinista, el jesuita Pierre Teilhard de Chardin lo abrazó como un nuevo paradigma del catolicismo en el que la Iglesia y su doctrina quedan subordinadas al espíritu de los tiempos y la expansión del universo.

En vez de resistir el pernicioso error consecuencialista (que un fin bueno justifica un medio malo), el jesuita Josef Fuchs lo promovió durante décadas en la Pontificia Universidad Gregoriana, envenenando con ello a generaciones enteras de teólogos morales. Los mismos que combaten impíamente la doctrina católica sobre matrimonio, familia y vida, en particular sobre conceptos fundamentales de actos intrínsecamente malos; es decir, que por su propia naturaleza son malos siempre y en todo lugar.

En vez de poner sus talentos al servicio de la conversión y curación de homosexuales practicantes que se destruyen a sí mismos y perjudican el bien común de la sociedad, el jesuita James Martin siembra confusión en la moral y la Iglesia, de una manera más diabólica todavía al presentarla de una forma que parezca cosa de sentido común, moderación y misericodia.

Y sobre todo, en vez de confirmar a sus hermanos en la verdadera Fe recibida de los Apóstoles, transmitida por los Padres, formulada por los Doctores, experimentada por los místicos, de la que dieron testimonio con su sangre los mártires de la Compañía y que el Magisterio perenne ha ido confirmando a lo largo de todas las generaciones, el jesuita Jorge Bergoglio dio ante el mundo el escándalo sin precedentes de un pontífice que sembraba confusión en cuanto al dogma y la moral católicos, haciéndoles el juego al programa secularista mundial y al libertinaje imperante en el Occidente de hoy (un detallado elenco de ejemplos pueden verlo en el libro The Disastrous Pontificate de Dominic J. Grigio.


En vez de una Iglesia que convierta al mundo, observamos una iglesia convertida por el mundo. Es la antítesis misma de lo que fue el verdadero San Ignacio de Loyola, que habría expulsado de la Compañía a los sacerdotes arriba mencionados e incoado procesos de excomunión contra ellos.

En su audiencia general del 9 de octubre de 2019, el papa Francisco dijo lo siguiente: «¿Pertenezco a la Iglesia universal (buenos y malos, todos) o tengo una ideología selectiva? ¿Adoro a Dios o adoro las fórmulas dogmáticas?»

Aparte la falsa contraposición y el sentimentalismo implícitos en la segunda pregunta, que recuerdan más al verano del amor de los hippies de Woodstock que a la caridad cristiana que ama a Dios y al prójimo con base en la fe en la divina Revelación, me gustaría señalar que el papa Bergoglio se aleja del gusto por la aprobación de definiciones dogmáticas que albegaban señalados miembros de su orden, intelectuales modernos a los que se suele elogiar (e incluso está de moda hacerlo). Francisco era un caso aparte aun entre los suyos. Veamos algunos ejemplos, teniendo presente que no afirmo que ninguno de dichos jesuitas sea ortodoxo (por desgracia, en las últimas décadas es raro encontrar uno que lo sea).

El Pierre Rousselot, S.J. (1878–1915) escribió lo siguiente en The Intellectualism of St. Thomas Aquinas:

«Es natural que un amor apasionado por la Mente absoluta engendre amor al dogma. La verdad de la Fe es el fundamento de nuestra religión. Si la religión fuera un mero producto humano, y el dogma la pura expresión de reacciones humanas a las realidades del dogma, sería la mayor de las necedades sacrificar la felicidad humana o la vida humana por el dogma. Pero el dogma contiene verdad, es más cierto aún que la ciencia, y el objeto del dogma está por encima y más allá del hombre. Del mismo modo, los pecados contra el dogma son los más graves, y los errores en cuanto a ideas son más que peligrosos que los relativos a hombres. Si desechamos el dogma, desechamos a Dios. Atacar el dogma es atacar a Dios. Pecar contra el dogma es pecar contra Dios.»

Tenemos que indagar el motivo de tan sorprendentes afirmaciones. En el caso de un ser humano, lo que es, quién es y cuáles son sus cualidades, ideas y voliciones varían de una persona a otra. Aunque hay unidad sustancial, la diversidad accidental es mayor. Por eso, atacar las ideas o decisiones de alguien no es lo mismo que atacar a la propia persona, su naturaleza humana o su dignidad personal.

Con Dios es muy diferente. Dios, su naturaleza, su personalidad, sus ideas, sus intenciones, su verdad y su amor tienen identidad entre sí. Es totalmente uno. Sería, por tanto, imposible amar a Dios sin amar igualmente todo lo que es verdad en Él y sobre Él. Dios es verdad. Por esa razón, es imposible adherirse al dogma sin adherirse a Dios. La medida en que uno está dispuesto a abrazar el dogma determina con precisión nuestro amor a Él. Manifestamos amor a Dios abrazando su verdad, y abrazamos su verdad porque lo amamos.

En su magnífica obra El Cuerpo Místico de Cristo, el P. Emile Mersch SJ (1890–1940), con semejante entusiasmo por el don divino del intelecto y la nobleza inherente de la verdad, habla de virtudes y de vicios para entender iluminado por la fe:

«Dice el dogma [al cristiano]: “¡Piensa! Piensa con todas tus fuerzas, con toda tu lealtad; piensa como debe pensar un hombre cuando piensa con Dios”. Pero cuando Dios confió su verdad al intelecto de los hombres respondiendo a su necesidad de entender, ¿acaso no les impuso el deber de buscarla? Al incorporarse Dios a la humanidad en el mundo encarnado, ¿acaso no quiso impartirles un nuevo conocimiento, y despertarlos así a una nueva forma de entender digna de Aquel que los ayuda a alcanzarlo y digno también de los hijos de la luz. Cuando Dios viene a habitar en el intelecto como verdad, ¿va a querer que el intelecto se salve sin cooperar? Cuando instala su verdad en la mente, ¿no equivaldría reprimir el deseo de conocerla a expulsarla del alma? ¿Acaso la falta de interés en comprender no es pecado de omisión, acaso el desprecio y la blasfemia no son análogos en el orden del conocimiento a la indiferencia por el bien y a la neutralidad en el orden de la volición? Una fe que renuncia a entender renuncia a la vida […] El mismo Cristo reside en los pronunciamientos dogmáticos, la autoridad magisterial oficial de la Iglesia y la vida de la gracia […] pues la Verdad es Cristo […] Los cristianos viven de la verdad».

Como para desarrollar más el concepto expresado por sus compañeros de orden, el influyente patrólogo Henri de Lubac SJ (1896–1991) dijo lo siguiente de la herejía en su libro Nuevas paradojas:

«Si los herejes ya no nos suscitan horror como en tiempos de nuestros antepasados, ¿estamos seguros de que es porque somos más caritativos? ¿O no sería quizás, en demasiados casos y aunque no nos atrevamos a decirlo, porque la manzana de la discordia, es decir la sustancia misma de nuestra fe, ya no nos interesa? Al tener una fe excesivamente familiar y pasiva, es posible que los dogmas no sean ya para nosotros el Misterio en que apoyamos nuestra vida, el Misterio que ha de cumplirse en nosotros. De ahí que la herejía ya no nos escandalice. Al menos, ya no nos horroriza ni lo vemos como algo capaz de arrebatarnos el alma […] Por eso no nos importa tratar con amabilidad al hereje ni hacemos ascos a codearnos con él […] Desgraciadamente, no siempre es la caridad la que ha aumentado o está mejor iluminada; es en muchos casos la fe, el gusto de lo eterno, lo que ha menguado.

El P. Piet Fransen, SJ (1913–1983), teólogo e historiador belga, precisó en su libro Intelligent Theology que su preferencia por el existencialismo no lo convertía en un relativista:

«Si el Hijo de Dios vino a nosotros y nos habló en nombre del Padre sirviéndose de nuestras palabras, símbolos e imágenes humanas, y si confió su verdad a la Iglesia, institución humana aunque fuera fundada por Dios, y que está unida como su Cuerpo que es y es Esposa del propio Cristo, el acto redentor que fue simultáneamente acto de revelación de los pensamientos y verdades de Dios sobre Sí mismo y el hombre, no sólo nos proporciona la posibilidad, sino el deber de pensar en esas verdades, defenderlas contra posibles deformaciones, traducirla a otros idiomas para otros tiempos y culturas […] Creo firmemente en el bien y el mal, en la verdad y la falsedad, en la ortodoxia y la herejía. A mí me parece que en cuanto la teología desiste de alcanzar la verdad ya no es teología cristiana».

El P. Avery Dulles, SJ (1918–2008) escribió en Magisterium: Teacher and Guardian of the Faith:

«Como oráculo divino, a la Iglesia se le ha encomendado la misión de dar un testimonio autorizado de la Revelación de Dios en Cristo […] Su autorizada enseñanza impone a los miembros de la Iglesia cierta obligación de creer. Al contrario que las sociedades civiles, la Iglesia es una sociedad de fe. Sus miembros están unidos porque profesan una comunidad de verdades reveladas, las cuales se expresan en forma de credos y dogmas. Rechazar la fe común es excluirse de la Iglesia como sociedad. Así pues, la enseñanza del Magisterio tiene una fuerza de ley semejante a los preceptos y leyes humanos […] Por haber recibido la Palabra de Dios, la Iglesia tiene el deber ineludible de transmitirla, explicarla y defenderla de errores».

Podríamos multiplicar indefinidamente estas citas de autores jesuitas, pero no hace falta. Lo que observamos es que la lamentable afición que tenía Francisco a los falsos contrarios (oponer dogma a amor, teoría a práctica, principios a realidad, tradición a progreso y tantas otras cosas), no sólo era repulsiva para el instinto de los fieles y su sentido común sobrenatural (como explicó Roberto de Mattei en una conferencia sobre el sensus fidelium), sino que ni siquiera se ajusta a la teología de los mejores jesuitas actuales sobre el valor absoluto de la verdad racional y dogmática y el grave peligro de abrazar el error o someterse a él, el cual si es grave nos aparta de Dios y la salvación con la misma eficacia de la torpeza moral o el odio al prójimo.

Lo cual nos lleva de vuelta al hombre que fundó la Compañía impulsándola en su trascendental paso por la historia. ¿Qué pensaría San Ignacio de sus hijos de cada época, hasta la nuestra? Que este gran santo de la Contrarreforma –padre, guía y modelo de tantos santos; qué digo, ¡algunos de los más grandes santos de la historia!– interceda por la Iglesia militante afligida y, en concreto, por la orden descarriada que afirma seguir teniéndolo por modelo, para que recupere la ortodoxia y santidad ad majorem Dei gloriam.

Peter Kwasniewski

jueves, 30 de julio de 2026

TRIBUNA. Sinodalidad contra sacerdocio




León XIV acaba de confirmar que la sinodalidad sigue vigente y pujante. Lo ha hecho mediante unas nuevas notas dirigidas a los obispos y equipos sinodales para preparar las asambleas diocesanas de 2027. Por si alguien lo dudaba, Roma sigue expandiendo la maquinaria sinodal.

Pero toda expansión exige un espacio que ocupar. Y la sinodalidad necesita un vacío.

Como las infecciones oportunistas que se extienden cuando ceden las defensas de un cuerpo, solo prospera allí donde la autoridad sacerdotal ha sido debilitada. Un sacerdocio vigoroso sería su peor enemigo, porque la asamblea únicamente puede aspirar a discernirlo todo después de que el sacerdote haya sido persuadido de que apenas le corresponde decidir nada.

Porque ¿en qué consiste la operación sinodal, si no es en desplazar el centro de gravedad de la Iglesia? Tras toda esa escucha y corresponsabilidad se oculta una transferencia de autoridad desde el sacerdote hacia una comunidad organizada que acaba determinando la respuesta pastoral. Es una nueva revolución (en realidad la misma de siempre), y como todas las revoluciones, se vende desde abajo mientras se impone desde arriba.

El sacerdote es un obstáculo para el triunfo de la sinodalidad porque su potestad no procede de la comunidad. Celebra in persona Christi y conduce el rebaño que le ha sido confiado. Cristo llama a determinados hombres, los aparta y les confiere una potestad que los demás bautizados no poseemos. El sacerdocio solo se entiende desde la jerarquía, palabra clave que significa precisamente gobierno de origen sagrado.

Si la autoridad nace de Cristo, la asamblea no puede producirla; si se olvida ese origen, la jerarquía degenera en organigrama y el sacerdote en funcionario.

Para fortalecer la sinodalidad hay que debilitar el sacerdocio. La salud de uno y otra son inversamente proporcionales. Pero por consagrada que esté la Iglesia a la sinodalidad, y por más infiltrada que esté de masones, protestantes y carismáticos, el objetivo de sacrificar el sacerdocio se antoja hoy por hoy imposible. Además, es innecesario: la Iglesia sinodal cuenta con suficientes herramientas para eliminar ese obstáculo sin destruirlo.

Una de esas estrategias consiste en desacreditar el ejercicio de su autoridad. Para eso ha servido la campaña contra el «clericalismo», una palabra que designó abusos reales antes de convertirse en sospecha general contra todo sacerdote que se atreva a comportarse como tal. El párroco que decide puede parecer autoritario, o rígido si se resiste a entregar el gobierno a un equipo, y si recuerda la diferencia entre el sacerdocio ministerial y el común es que desprecia a los laicos.

Educado bajo esa vigilancia, intimidado, el sacerdote abandona un espacio que puede ser ocupado por toda una flora burocrático-carismática y sinodal.

Igual perversión se reconoce en ciertos movimientos eclesiales cuya estructura paralela acaba teniendo más peso que la parroquia. El Camino Neocatecumenal ofrece el ejemplo más visible: el sacerdote se incorpora como garante sacramental de una obra cuyo método y orientación han sido fijados por otros. Su fundador, Kiko Argüello, llegó a expresar su anhelo de que muriese Benedicto XVI como única salvación para el Camino y celebró con entusiasmo la llegada de Bergoglio. La vehemencia de su deseo revela hasta qué punto el cambio de pontificado propició un clima favorable a su organización laica.

Ciertamente, para alcanzar su plenitud a la sinodalidad le basta con difuminar la frontera que separa al sacerdote del laico. La pauta es siempre la misma: aproxima los ministerios seglares al orden, abre la posibilidad del diaconado femenino, presenta el sacerdocio casado como remedio para la escasez… El laico avanza hacia las funciones sacerdotales mientras el sacerdote retrocede hasta parecer un seglar con licencia para consagrar.

Si la revolución protestante negó el sacerdocio sacrificial y salió de la Iglesia; la revolución sinodal lo conserva dentro, progresivamente reducido a proveedor sacramental de una comunidad que pretende gobernarse por sí misma. Así la Iglesia puede seguir ordenando sacerdotes, cada vez menos, mientras aprende a vivir sin ellos y avanza en su autodisolución.

Y ¿qué efecto puede tener semejante operación sobre las vocaciones? La respuesta es obvia. La sinodalidad disuade el sacerdocio. El abandono del mundo solo se comprende ante una misión proporcionada al sacrificio que exige. Nadie renuncia a formar una familia para presidir reuniones ni acepta una obediencia de por vida con el propósito de gestionar consensos parroquiales. La crisis vocacional no cayó del cielo. Durante décadas se ha desdibujado la identidad sacerdotal y después se ha llorado la mengua de vocaciones. La sinodalidad agrava esa crisis, pero se nutre de ella: al reducir la función sacerdotal disminuye el atractivo sobrenatural de la vocación, esa escasez sirve para ampliar las estructuras del laicado y, una vez consolidadas estas, logra una Iglesia menos dependiente del sacerdote. El círculo vicioso es perfecto. El organismo sinodal ensancha la herida de la que se alimenta.

Aquí una comparación elocuente: la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, consagrada a una concepción plena y tradicional del sacerdocio, ha ordenado este año veinticinco sacerdotes, tantos como ordenaron juntas durante 2025 las veintisiete diócesis de la modernista y sinodal Alemania. ¿Tendrá algo que ver lo que cada una propone a quien siente la llamada?

Y otra pregunta clave: ¿qué mueve a León XIV a perseverar en una operación cuyos efectos nocivos sobre el sacerdocio resultan tan visibles?

La respuesta no comienza con su elección al pontificado, ni siquiera con la influencia de Bergoglio. Robert Prevost se formó en la modernista Catholic Theological Union de Chicago, dentro de un ambiente posconciliar que valoraba la preparación conjunta para distintos ministerios, y ejerció después su labor pastoral conforme a una concepción eclesial donde el trabajo en equipo, las estructuras territoriales confiadas a laicos —con una presencia muy destacada de mujeres en funciones de dirección— y la escucha comunitaria ocupaban ya un lugar decisivo. La sinodalidad no llegó a él como una consigna aprendida en Roma.

Pero fue ya en Perú donde Prevost obtuvo su Matrícula de Honor en sinodalidad. Los propios agustinos atribuyen a Prevost la promoción de un «ministerio en equipo» y de parroquias divididas en zonas pastorales dirigidas en buena medida por seglares, entre ellos mujeres investidas de amplias responsabilidades pastorales, dentro de una estructura que describen retrospectivamente como sinodal. Chiclayo prolongó el modelo mediante redes de animación pastoral y equipos mixtos de escucha, hasta merecer de uno de sus colaboradores la calificación de «laboratorio sinodal». Bergoglio no tuvo que convertir a Prevost, quizá incluso aprendió de él. Por eso lo colocó al frente del Dicasterio para los Obispos.

Ahora, con Prevost en Roma, el experimento pastoral de Perú está listo para convertirse en programa para la Iglesia universal.

Llegados aquí, la vieja pregunta cui prodest? resulta inevitable. ¿A quién beneficia desactivar al sacerdote, borrar la frontera que lo separa del laico y protestantizar la Iglesia hasta volverla irreconocible? Desde luego, no a Cristo ni a las almas. Pero hay alguien que conoce mejor que nadie el valor de unas manos consagradas.

Satanás es quien mejor conoce el poder de un sacerdote consciente de lo que es. Puede celebrar ante una catedral llena o él solo ante Dios, porque la eficacia de la misa no depende del aforo, y puede destruir años de paciente trabajo infernal con una sola absolución. Por eso el Enemigo quiere que los ordenados dejen de creer plenamente en aquello que recibieron. Un clero perseguido da mártires, pero uno avergonzado de su autoridad se desarma a sí mismo.

El sacerdote que recuerda Quién lo llamó y de Quién procede su potestad es el katechon de la disolución y una refutación viva de la Iglesia sinodal. Ahí reside la razón última del empeño satánico. Todo sacerdote consciente de su vocación es una afrenta al príncipe de este mundo. Que todavía haya hombres dispuestos a renunciar al mundo por algo que el mundo no puede ofrecer desmiente la autonomía satisfecha sobre la que se levanta nuestra época.

Cada sacerdote forma parte de ese cuerpo de élite de la humanidad que recogió el guante de Cristo y aceptó seguirlo dejando todo atrás. Su mera existencia es una bofetada al Malo, además de un estorbo grave para el éxito de la sinodalidad.


Por Pedro Gómez Carrizo

Las seis preguntas que el Sínodo plantea a los obispos para «moldear progresivamente el rostro de cada Iglesia local»




El documento Hacer memoria. Acompañar la preparación de la Asamblea de evaluación de la Iglesia local, publicado este lunes, 27, por la Secretaría General del Sínodo, no se limita a ofrecer instrucciones para organizar las asambleas diocesanas previstas para 2027. Su propósito es ayudar a cada Iglesia local a discernir hasta qué punto el camino sinodal está transformando su vida y su misión.

Las orientaciones están dirigidas a los obispos y a los equipos sinodales, llamados a conducir conjuntamente este proceso de discernimiento en cada Iglesia local.

A partir de una pregunta central, el documento desarrolla una serie de ejes de discernimiento que pueden resumirse en seis grandes cuestiones.

1. ¿Qué rostro concreto de Iglesia sinodal misionera y qué nuevos caminos de sinodalidad están surgiendo en nuestra comunidad?

Esta es la pregunta que estructura todo el documento. No se trata de elaborar una memoria de actividades ni un balance administrativo, sino de reconocer qué frutos concretos ha dado el camino sinodal y qué cambios está suscitando en la vida de la Iglesia.

El texto explica que el objetivo es «hacer memoria del camino recorrido y tomar conciencia de sus frutos», reconociendo «cómo el Señor ha acompañado su camino y a qué pasos la llama». Asimismo, recuerda que las asambleas de evaluación son «un momento de verificación de un proceso que va moldeando progresivamente el rostro de cada Iglesia local».

2. ¿Cómo han cambiado nuestras relaciones dentro de la Iglesia?

El primer gran ámbito de discernimiento es la conversión de las relaciones. Roma invita a evaluar cómo están cambiando «los modos de escuchar, colaborar, valorar los carismas y ministerios, y vivir la fraternidad y la corresponsabilidad».

El documento insiste en que este examen debe incorporar una «atención especial» a quienes habitualmente tienen menos presencia en los procesos eclesiales: jóvenes, seminaristas, personas consagradas en formación, así como quienes viven situaciones de pobreza, vulnerabilidad o marginación.

3. ¿Ha cambiado la forma en que la comunidad discierne y toma decisiones?

La segunda gran cuestión corresponde a la conversión de los procesos eclesiales. El documento dirigido a los obispos propone analizar «cómo están cambiando las formas en que la comunidad discierne, toma decisiones, ejerce las responsabilidades, practica la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación».

Entre los aspectos concretos que deberán revisarse figuran el funcionamiento de los organismos de participación, los procesos de discernimiento comunitario, la formación para la sinodalidad, la valoración de los ministerios y carismas y el acceso de los fieles laicos a responsabilidades que no requieren el sacramento del Orden.

Este discernimiento, indica el texto, debe realizarse mediante la «conversación en el Espíritu», presentada como el método propio tanto para la preparación del relato como para el desarrollo de la Asamblea de evaluación.

4. ¿Se están ampliando los vínculos de la Iglesia con el mundo?

El tercer eje de discernimiento es la conversión de los vínculos. Se trata de comprobar «cómo se están ampliando los horizontes de la comunión» con otras Iglesias locales, otras confesiones cristianas, creyentes de otras religiones y con la sociedad.

La Secretaria General del Sínodo propone revisar también el compromiso de la Iglesia con la paz, la justicia, el cuidado de la creación, la cultura, la educación y la promoción humana, así como el estilo de las relaciones ecuménicas e interreligiosas. El documento contempla incluso la posibilidad de invitar como observadores a representantes de otras Iglesias y comunidades cristianas o de otras confesiones religiosas durante el proceso de evaluación.

5. ¿Han crecido la corresponsabilidad y la participación de todo el Pueblo de Dios?

Otro de los aspectos que Roma pide examinar es si el proceso sinodal ha favorecido una mayor corresponsabilidad en la vida de la Iglesia. Entre los ámbitos concretos de evaluación aparecen la renovación misionera de parroquias y comunidades, la formación de los fieles, la valorización de los ministerios y carismas y el fortalecimiento de estructuras verdaderamente participativas.

6. ¿Es hoy la Iglesia más capaz de anunciar el Evangelio?

Finalmente el documento advierte que el discernimiento no puede centrarse únicamente en la vida interna de la comunidad, sino que debe mantener siempre una perspectiva misionera.

Por ello plantea expresamente la siguiente cuestión: «¿La experiencia de la implementación del Sínodo cómo ha contribuido, y puede contribuir, a que la Iglesia sea más capaz de proclamar el Evangelio en las situaciones concretas de la vida humana y social?».


Estas seis preguntas sintetizan los principales ejes de discernimiento que la Secretaría General del Sínodo propone a los obispos y a los equipos sinodales para preparar las asambleas de evaluación de 2027. El documento no las presenta como un listado, sino que desarrolla estos interrogantes a través de las tres grandes «conversiones» —de las relaciones, de los procesos y de los vínculos— y de diversos ámbitos concretos de evaluación, con el propósito de comprobar si el camino sinodal está dando frutos y si está «moldeando progresivamente el rostro de cada Iglesia local, sus relaciones y su estilo».