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jueves, 28 de mayo de 2026

El problema metafísico subyacente a Magnifica humanitas




La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, ha sido presentada a la opinión pública el 25 de mayo en la nueva aula del Sínodo. El Papa ha querido imprimir un tono solemne al acto, participando personalmente. Estaba rodeado por tres cardenales, dos teólogas (una inglesa y otra congoleña) y el ateo Christopher Olan, cofundador de la empresa de inteligencia artificial Anthropic.

Magnifica humanitas ha aparecido el 25 de mayo, si bien está fechada el día 15 del mismo mes, coincidiendo con la fecha en que León XIII publicó Rerum novarum. Hace 135 años, el papa Gioacchino Pecci, dedicó su encíclica social a la revolución industrial de su tiempo. León XIV ha querido centrar la reflexión de la Iglesia en la revolución digital de nuestra época, poniendo el acento en la inteligencia artificial.

El regreso de la doctrina social de la Iglesia, arrinconada en los años posteriores al Concilio Vaticano II salvo por Centessimus annus (1991) de Juan Pablo II, ha de ser acogido con satisfacción. Eso sí, hay que tener presente que la doctrina social de la Iglesia es parte integral de la doctrina moral católica, y ésta a su vez posee un fundamento metafísico, ya que la moral se cimenta en el orden del ser. Como enseña Santo Tomás de Aquino, agere sequitur esse: el acto se deriva del ser. En consecuencia, el orden moral y social no se puede entender desligado de la naturaleza humana y su fin último (Suma teológica, I-II, q. 94, a. 2). Por esa razón, el padre Réginald Garrigou-Lagrange precisa que «los propios derechos del hombre se derivan de sus deberes para con Dios» (Doctor Communis, 2-3 (1949), p. 158), poniendo de relieve el principio metafísico de la doctrina social de la Iglesia.

La encíclica Rerum novarum de León XIII fue precedida por la Aeterni Patris del 4 de agosto de 1879, con la cual, un año después de su elección, el Sumo Pontífice quiso trazar la línea filosófica que habrían de seguir las escuelas católicas, proponiendo al Aquinate como único maestro intelectual de la Iglesia. León XIII estaba convencido de que la restauración del pensamiento por medio de la filosofía tomista tenía que preceder a la de la sociedad y ser su cimiento. Eminentes estudiosos católicos como Étienne Gilson (1885-1978) y Augusto del Noce (1910-1989) proponen leer las principales encíclicas leoninas desde esta perspectiva metafísica. En Aeterni Patris, el Papa sintetiza su programa cultural; en las encíclicas sucesivas, entre las que se cuentan Libertas praestantissimum, sobre la libertad humana (1888), Arcanum divinae sapientiae, sobre el matrimonio cristiano (1880), Humanum genus, sobre la Masoneria (1884), Immortale Dei, sobre la constitución cristiana de los estados (1885) y Sapientiae christianae, sobre los deberes del cristiano en la vida pública (1890), aplica los mismos principios a los diversos ámbitos de la vida individual y social.

Es indudable que León XIV obedece a nobles intenciones y a un amor sincero por la verdad. Sin embargo, a diferencia de los de León XIII, su documento manifiesta la ausencia de una sólida formación metafísica, con lo que corre el riesgo de que no se entiendan bien problemas complejos como el de la inteligencia artificial.

Después de afirmar que «hay que evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana», plantea el problema de la siguiente manera: «Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias (…) No residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio (…) No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior» (n.º 99).

Tiene razón el Papa al plantear el problema, pero no aclara por qué es imposible la equiparación entre inteligencia humana e inteligencia artificial. Según la filosofía tomista, el motivo no consiste principalmente en que la IA carece de emociones y relaciones y no tiene una memoria encarnada, sino en que le falta un alma racional y espiritual, principio intrínseco de las operaciones intelectivas. La enclíclica, por el contrario, formula la distinción entre el hombre y la IA en términos puramente fenomenológicos, el plano de la experiencia, la afectividad y la capacidad de relación, olvidando o ignorando que la diferencia definitiva es de orden ontológico.

Según Santo Tomás, el hombre no se puede reducir a un agregado de procesos materiales, porque el principio del conocimiento humano es incorpóreo y subsistente (Suma teológica, I, q. 75, a. 1). El intelecto humano no se limita a elaborar datos y reconocer esquemas; conoce lo universal (Suma teológica, I, q. 79, a. 6) y es capaz de abstraer de las imágenes sensibles conceptos inmateriales como el bien, la justicia o el propio Dios. Y de manera análoga, la voluntad no es un mecanismo de selección programada, sino un apetito racional capaz de raciocinio y de libertad (Suma teológica, I, q. 82, a. 1; ST, I, q. 83, a. 1).

En cambio, la inteligencia artificial carece de un principio intrínseco de conocimiento y de voluntad, pero actúa gracias a la inteligencia humana que la ha proyectado. De ahí que la diferencia entre el hombre y la máquina sea cuantitativa pero ontológica: el hombre conoce porque posee un intelecto espiritual y quiere porque posee una voluntad libre. Por el contrario, la máquina funciona porque ha sido construida con ese fin. Por eso, la inteligencia artificial más avanzada jamás podrá ser verdaderamente humana, pues le falta lo que para Santo tomás constituye el principio mismo del conocer y el querer auténticamente humanos: el alma racional y espiritual.

Estas observaciones pueden parecer abstractas desde el punto de vista filosófico, pero tienen importantes consecuencias en el plano moral y el social. La base metafísica de la doctrina social de la Iglesia remite al concepto cristiano del orden del ser, que entiende la historia del hombre a la luz de la creación, la caída y la Redención. En dicha perspectiva, la noción de pecado, sustancialmente ausente en la encíclica, no se puede reducir a una injusticia sociológica, sino que supone una transgresión de la Ley divina, implica una culpa, merece una pena y exige arrepentimiento y conversión. Con una hermosa expresión, el Papa afirma que «si el misterio de Dios-Amor es la fuente de la Doctrina social, su rostro más concreto lo contemplamos en Jesucristo, Verbo encarnado» (n.º 49). Pero Jesucristo no se encarnó para confirmar un ideal humanitario ni para promover una genérica fraternidad universal, sino para restablecer mediante la Redención del hombre y su reintegración al orden sobrenatural el orden que alteró el pecado (Suma teológica, III, q. 1, a. 2). Cuando este horizonte metafísico y sobrenatural es alterado, el cristianismo tiende inevitablemente a secularizarse y reducirse a una religión meramente horizontal y filantrópica cuyo objetivo ya no es la salvación de las almas y la reinstauración del orden cristiano, sino la simple gestión humanitaria de los problemas del mundo.

Magnifica humanitas abunda en buenas ideas y hay que considerarla una expresión autorizada del magisterio de León XIV, pero algunos aspectos de la filosofía y la doctrina social de la Iglesia que encara la encíclica para ser objeto de debate con el debido amor y respeto a la persona del Romano Pontífice y la institución del Papado.

Sánchez presume de afinidad con León XIV mientras exculpa a Zapatero y minimiza los casos de corrupción del PSOE




Pedro Sánchez compareció este miércoles ante la prensa tras su reunión con el Papa León XIV en el Vaticano proyectando una imagen de profunda sintonía entre el Gobierno español y el Pontífice. Pero la rueda de prensa terminó derivando rápidamente hacia otro asunto: la creciente presión judicial y política sobre el PSOE, las investigaciones que afectan al entorno socialista y la defensa cerrada que el presidente volvió a hacer de José Luis Rodríguez Zapatero.

“Yo creo que su voz es una brújula moral”, afirmó Sánchez al referirse al Papa León XIV, a quien elogió por “estar siempre del lado de los más débiles” y por promover “la empatía frente a la sinrazón y la ley de la selva”.

Durante su intervención, el presidente insistió repetidamente en la “sintonía” existente entre el Ejecutivo y la Santa Sede en asuntos como la inmigración, la inteligencia artificial, el multilateralismo o la política internacional.

Paz, pobreza e inteligencia artificial: los ejes de la reunión con el Papa

El líder socialista describió el encuentro con el Pontífice, que duró alrededor de 45 minutos, como una conversación “muy valiosa” celebrada “con una cierta sintonía”, articulada en torno a cinco grandes asuntos: la paz, la pobreza, la inteligencia artificial, la migración y las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia.

Sobre la guerra y la política internacional, Sánchez aseguró haber compartido con León XIV una defensa común de la paz “desde el diálogo, la diplomacia y la palabra”. “La paz no se construye con misiles, se construye con diálogo, con respeto a la legalidad internacional”, afirmó el presidente.

En materia social, destacó también la coincidencia con el Papa en cuestiones como la pobreza y la lucha contra el hambre. “Hoy el mundo gasta más en armas y menos en luchar contra el hambre”, lamentó Sánchez, reivindicando el aumento de la ayuda oficial al desarrollo por parte de España.

Uno de los ámbitos donde el presidente quiso subrayar una mayor afinidad con León XIV fue el relativo a la inteligencia artificial. Sánchez aseguró haber felicitado personalmente al Pontífice por dedicar su primera encíclica a “la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial”, añadiendo que “ninguna tecnología es neutral” y defendiendo una IA “humanista” regulada desde el multilateralismo internacional.

La inmigración, uno de los puntos de mayor coincidencia

La cuestión migratoria ocupó también un lugar destacado en la comparecencia. “Es un asunto en el que la Iglesia Católica y el Gobierno de España tenemos una sintonía bastante elevada”, afirmó Sánchez, defendiendo una inmigración “ordenada” y vinculándola a la “prosperidad compartida”.

El presidente añadió además que León XIV tiene “una mirada sobre el fenómeno de la migración muy diferente” a la defendida por quienes apelan a las llamadas “prioridades nacionales”.

Sánchez aprovechó igualmente la comparecencia para reivindicar ante el cardenal Pietro Parolin los acuerdos alcanzados en los últimos años entre el Gobierno y la Iglesia, citando expresamente el sistema de reparación de víctimas de abusos y la resignificación del Valle de Cuelgamuros como ejemplos de “diálogo fructífero”.

Sánchez mantiene su apoyo total a Zapatero

Preguntado directamente por los informes judiciales y por las informaciones aparecidas en los últimos días sobre el expresidente socialista, Sánchez respondió sin matices: “Todo mi apoyo al presidente Zapatero”.

El jefe del Ejecutivo aseguró haber leído el sumario y afirmó no encontrar “motivos suficientes” para cambiar su posición.

Más adelante, volvió a insistir en la misma idea al afirmar que no veía “elementos” que justificaran modificar la postura ni del Gobierno ni del PSOE respecto a Zapatero.

Las declaraciones se producen en un contexto especialmente delicado para el socialismo español, marcado por investigaciones judiciales, actuaciones de la UCO y nuevas revelaciones sobre personas vinculadas al entorno del partido.

El presidente rebaja el impacto político de las investigaciones

A lo largo de la rueda de prensa, Sánchez trató de minimizar el impacto político de las investigaciones abiertas y defendió en varias ocasiones la estabilidad de su Gobierno frente a quienes piden elecciones anticipadas.

El presidente insistió en diferenciar entre un “registro” y un “requerimiento” judicial en la sede socialista, subrayando que el PSOE mantiene una “total y absoluta colaboración con la justicia”.

También aseguró que muchas de las informaciones conocidas responden a “rumorología”, “bulos” o “fake news”.

Al mismo tiempo, Sánchez defendió que ninguna de estas investigaciones “impugna en absoluto” la acción del Gobierno ni los logros económicos y sociales alcanzados durante los últimos años.

En varios momentos de la comparecencia, el presidente contrapuso las investigaciones judiciales con el crecimiento económico, la estabilidad política y la gestión de los fondos europeos, presentando la continuidad de la legislatura como una necesidad para España.

El Papa, integrado en el relato político del Gobierno

La rueda de prensa dejó además una imagen llamativa: la figura del Papa León XIV apareciendo constantemente integrada dentro del discurso político y programático del Gobierno.

Sánchez vinculó la primera encíclica del Pontífice sobre inteligencia artificial con las políticas impulsadas por España y la Unión Europea, aseguró compartir con el Papa una visión común sobre migración y paz internacional y llegó a presentar los acuerdos recientes entre el Gobierno y la Iglesia —incluida la resignificación de “Cuelgamuros”— como ejemplo de la buena relación existente con la Santa Sede.

Incluso cuando se le preguntó directamente si el Gobierno esperaba que la visita apostólica sirviera de respaldo a sus políticas, Sánchez respondió negándolo formalmente, aunque acto seguido defendió que la coincidencia entre las posiciones del Ejecutivo y las del Papa demostraba “el sentido común” de las políticas socialistas.

Chartres se consolida como símbolo del renacer católico en Europa



Más de 20.000 peregrinos recorrieron este año los cerca de cien kilómetros que separan París de Chartres en una nueva edición de la tradicional Pèlerinage de Chrétienté, una cita que vuelve a confirmar el vigor espiritual y humano de los ambientes vinculados a la liturgia tradicional en Europa.

El sacerdote tanzano Antonius Maria Mamsery, superior general de los Misioneros de la Santa Cruz, fue el encargado de celebrar la Misa solemne de Pentecostés durante la peregrinación y dejó un mensaje de esperanza sobre el futuro del catolicismo europeo. En declaraciones concedidas a AdVaticanum, el religioso definió Chartres como “la esperanza de Europa” y destacó especialmente la presencia masiva de jóvenes, familias numerosas y vocaciones sacerdotales.


Una juventud católica que sorprende en Europa

Uno de los aspectos que más impresionó al sacerdote africano fue precisamente la cantidad de niños y jóvenes presentes durante la peregrinación. Frente al panorama de secularización que atraviesa gran parte del continente, Mamsery aseguró haber encontrado en Chartres una realidad distinta a la habitual en muchas parroquias europeas.

El superior de los Misioneros de la Santa Cruz subrayó que las comunidades ligadas a la liturgia tradicional están atrayendo a numerosas familias jóvenes y pueden desempeñar un papel decisivo en el futuro religioso y cultural de Europa.

La peregrinación, marcada por largas caminatas, confesiones, rezos y cantos, fue presentada por el sacerdote como una manifestación concreta de renovación espiritual en una sociedad cada vez más dominada por el individualismo y la distracción tecnológica.


El crecimiento de la Misa tradicional en África

Mamsery, originario de Tanzania, también habló del creciente interés por la Misa tradicional en distintos países africanos. Según explicó, muchos fieles percibieron que “algo se había perdido” tras los cambios litúrgicos posteriores al Concilio y muestran hoy un renovado interés por la liturgia tradicional cuando tienen ocasión de conocerla.

El sacerdote aseguró recibir cada vez más solicitudes de jóvenes procedentes de países como Mozambique, Angola o Sudáfrica interesados en descubrir la Misa tradicional y profundizar en la espiritualidad católica clásica.

En varios países africanos, explicó, las vocaciones sacerdotales continúan creciendo con fuerza. Solo en Tanzania, donde hace décadas existían tres seminarios mayores, actualmente funcionan al menos siete, todos ellos llenos de seminaristas.

África podría ayudar a reevangelizar Europa

El religioso considera probable que, en el futuro, sacerdotes africanos desempeñen un papel importante en la reevangelización del continente europeo, especialmente ante la grave escasez de vocaciones que sufren numerosas diócesis occidentales.

Según indicó, muchas diócesis europeas cuentan apenas con uno o dos seminaristas, mientras que en África y Asia siguen aumentando los jóvenes que desean formarse para el sacerdocio.

Mamsery señaló además que esta realidad ya comienza a verse en algunos países europeos, donde un número creciente de sacerdotes procede del continente africano.

Convivencia pacífica con los musulmanes en Tanzania

Durante la entrevista, el superior de los Misioneros de la Santa Cruz destacó también la convivencia pacífica entre cristianos y musulmanes en Tanzania. A diferencia de otras regiones africanas marcadas por tensiones religiosas, aseguró que en su país existe una relación cordial entre ambas comunidades.

Incluso explicó que numerosas familias musulmanas inscriben a sus hijos en escuelas católicas y que durante la pasada Pascua varios musulmanes recibieron el bautismo tras completar su catequesis.

Vocaciones y expansión de su comunidad

La comunidad fundada bajo el carisma de preservar y difundir la liturgia tradicional atraviesa además un importante crecimiento vocacional. Mamsery relató que recientemente abrió un seminario menor pensado inicialmente para medio centenar de jóvenes, pero que rápidamente superó todas las previsiones al recibir alrededor de 300 candidatos.

El sacerdote explicó que ahora necesitan ampliar infraestructuras y recursos para sostener la formación de los seminaristas y responder al creciente interés de jóvenes que desean incorporarse a la congregación en distintos países.

La edición de este año de Chartres vuelve así a consolidarse como uno de los principales referentes del catolicismo tradicional contemporáneo y como un fenómeno religioso que, lejos de desaparecer, continúa atrayendo a nuevas generaciones dentro y fuera de Europa.

El Gobierno de Sánchez se abraza al Papa obscenamente y León XIV… ¿se deja?



Hay abrazos que nacen de la fe, otros de la cortesía diplomática y otros, simplemente, de la necesidad política. El que el Gobierno de Pedro Sánchez está protagonizando en torno a la visita del Papa León XIV a España pertenece claramente a esta última categoría. Pero sería ingenuo fingir que toda la responsabilidad recae únicamente en Moncloa. Porque la realidad es que el propio León XIV parece estar facilitando una identificación política que la diplomacia vaticana tradicional habría manejado con mucha más cautela.

En apenas unos días hemos asistido a una auténtica operación institucional y mediática para convertir el viaje apostólico del Pontífice en un gran acontecimiento de Estado cuidadosamente administrado por el poder político. Más de ochenta reuniones de coordinación, la declaración oficial de la visita como evento de “excepcional interés público”, el mayor despliegue policial de la etapa democrática, comparecencias públicas constantes, apropiación de frases papales y una movilización institucional que recuerda más a una cumbre internacional que a una peregrinación espiritual.

Nada de esto sería problemático si proviniera de un Gobierno cuya trayectoria política hubiera mostrado respeto, afinidad o siquiera neutralidad hacia la Iglesia católica. Pero precisamente ahí reside la contradicción.

Porque el mismo Ejecutivo que hoy se presenta como anfitrión entusiasta del Papa es el que ha impulsado algunas de las medidas más agresivas contra símbolos, instituciones y principios católicos en la historia reciente de España. El mismo Gobierno que convirtió la resignificación del Valle de los Caídos en un símbolo ideológico, que ha tensionado constantemente las relaciones con la Iglesia, que ha promovido leyes frontalmente incompatibles con la moral católica y que ha situado el secularismo militante como una de sus señas de identidad políticas.

Y, sin embargo, ahora todos quieren fotografiarse con el Papa.

Del enfrentamiento cultural al abrazo institucional

La transformación resulta llamativa. Durante años, buena parte de la izquierda política española trató a la Iglesia como un actor incómodo, sospechoso o directamente adversario cultural. Hoy, en cambio, la visita de León XIV se presenta como un activo institucional de primer orden.

Pedro Sánchez cita la encíclica del Papa para respaldar su agenda sobre inteligencia artificial y multilateralismo. Óscar López interpreta las advertencias morales del Pontífice como una validación de las políticas tecnológicas del Gobierno. Félix Bolaños presume públicamente de haberse “volcado” para que la visita sea “un éxito”. En Cataluña ya se habla del impacto positivo internacional del viaje. El Congreso prepara un pleno solemne —buscando incluso la participación de Zapatero, quien está ahora en medio de la investigación Plus Ultra—, presidentes autonómicos y toda la liturgia institucional del Estado.


Todo ello mientras sectores de la extrema izquierda y del laicismo militante promueven manifiestos como “Yo no te espero”, denunciando precisamente el uso de recursos públicos para recibir al Santo Padre.

La paradoja es reveladora: el laicismo ideológico sigue rechazando al Papa, pero el poder político quiere apropiarse de él.

El Papa útil

El mecanismo es bastante transparente. No se trata de asumir íntegramente el mensaje de la Iglesia, sino de seleccionar cuidadosamente aquellas partes del discurso pontificio que pueden integrarse en la narrativa política del momento.

Migraciones, inteligencia artificial, paz, multilateralismo, diálogo internacional. Todo eso se cita con entusiasmo. Mucho menos se habla de aborto, eutanasia, ideología de género, crisis demográfica, descomposición familiar o secularización agresiva.

Se abraza al Papa diplomático, al Papa mediático, al Papa compatible con la agenda institucional. Pero se silencia sistemáticamente al Papa que interpela moralmente al poder.

Y, sin embargo, lo más inquietante es que esta apropiación parece producirse con una facilidad creciente. La Santa Sede siempre ha mantenido relaciones diplomáticas con gobiernos de todos los signos políticos, pero tradicionalmente procuraba evitar identificaciones demasiado evidentes con agendas nacionales concretas. Existía una prudencia vaticana clásica: cercanía institucional sin confusión política.

Con León XIV, al menos por ahora, esa distancia parece mucho menos visible.

La sucesión de gestos, audiencias, declaraciones y silencios está permitiendo que el Gobierno español construya un relato de sintonía moral e ideológica con el Pontífice que habría resultado mucho más difícil en otros pontificados recientes. Y eso tiene consecuencias inevitables: desorienta a muchos fieles, banaliza contradicciones doctrinales profundas y transmite la impresión de que ciertas cuestiones esenciales pueden quedar relegadas mientras exista coincidencia en asuntos globales como la IA, las migraciones o el multilateralismo.

El riesgo de vaciar espiritualmente la visita

España no recibe simplemente a una personalidad internacional. Recibe al sucesor de Pedro. Y precisamente por eso sería un error convertir esta visita en una gigantesca operación política, protocolaria y mediática donde todo quede cuidadosamente neutralizado.

La Iglesia no necesita que el poder la abrace obscenamente mientras ignora lo esencial de su mensaje. Pero tampoco ayuda que desde Roma se facilite una imagen de armonía política que inevitablemente será utilizada por quienes llevan años impulsando un proyecto cultural profundamente secularizador.

El mayor desafío de la visita de León XIV no será entonces el dispositivo policial, ni la logística, ni las protestas ideológicas. El verdadero desafío será evitar que el Papa termine convertido en un símbolo políticamente domesticado: celebrado por todos precisamente porque ya nadie teme lo que pueda decir.

miércoles, 27 de mayo de 2026

«Estrategia de hecho consumado» del Gobierno sobre el Valle de los Caídos ante la audiencia con el Papa


 
Proyecto de desfiguración del Valle de los Caídos



El profesor De Meer denuncia que los cardenales Cobo y Parolin, las dos figuras que informarían al Papa, son precisamente quienes han facilitado las pretensiones del Gobierno sobre el Valle, mientras los monjes y los fieles quedan desprotegidos.

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es recibido hoy en audiencia privada por el Papa León XIV en el Vaticano, en su primer encuentro directo desde el inicio del pontificado. Mientras la agenda oficial de la visita incluye inmigración, inteligencia artificial y los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo, el jurista Ramón de Meer, doctor y profesor universitario de Filosofía del Derecho, Teología e Historia Antigua y Medieval, advierte en una extensa entrevista de que el Gobierno podría intentar arrancar del Santo Padre una autorización para intervenir en el interior de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, conforme al proyecto de resignificación que nueve recursos judiciales tienen en entredicho.

Una estrategia de «hecho consumado»

De Meer sostiene que el Ejecutivo ha desplegado una «estrategia de comunicación performativa» consistente en presentar como existente o prácticamente cerrado un acuerdo con la Santa Sede que, según la propia Conferencia Episcopal Española (CEE), no consta formalizado. El jurista recuerda que, tras la publicación del documento firmado en marzo de 2025 por el Cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, y el ministro Félix Bolaños, el Gobierno deslindó al cardenal reduciéndolo al papel de «simple mediador», al tiempo que aseguraba disponer de un acuerdo directo con la Santa Sede. El propio Bolaños, señala De Meer, corroboró esta versión en una entrevista posterior en La Sexta.

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¿Por qué el Gobierno, tal como ha propuesto el presidente de la CEE, no parece terminar de sentarse a la mesa con los monjes para cerrar un acuerdo razonable con relación a la pretendida resignificación política e ideológica de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos?

Ramón de Meer: Bueno, si en efecto todavía no se ha dado esa interlocución directa de los monjes con el Gobierno, cosa que desconozco, es fácil deducir la razón. Porque, aun después de la sorprendente y fallida intervención del cardenal Cobo en favor del Gobierno, sobradamente conocida, el Ejecutivo ha dado suficientes muestras públicas de no haber cejado en el intento de obtener directamente de la Santa Sede una aceptación explícita que le permita intervenir en el acceso y en el interior de la basílica conforme al proyecto de resignificación --en efecto, de naturaleza política e ideológica-- al que usted se refiere.

De hecho, en un artículo publicado por El País hace algunas semanas, el Gobierno deslindaba ya al cardenal Cobo del documento que había firmado, reduciendo su papel al de simple mediador, pero anunciando simultáneamente que disponía de un acuerdo directo con la Santa Sede. En este sentido, el ministro Bolaños corroboró lo mismo en una entrevista posterior realizada en La Sexta.

Y ahí es donde muchos perciben una evidente estrategia de comunicación performativa o de hecho consumado: presentar públicamente como existente o prácticamente cerrado un acuerdo que todavía no consta formalizado, contribuyendo así a generar una percepción de inevitabilidad y a preparar el terreno político y mediático para intentar consolidarlo posteriormente. Y en este contexto, de pronto y para sorpresa de propios y extraños, el presidente Sánchez viajará a Roma para ser recibido en audiencia por el Santo Padre.

¿No se trataría de una pretensión sin recorrido alguno? La Santa Sede no podría aceptar nunca un proyecto de resignificación que implica de forma clara y pública la profanación práctica de un templo. No parece posible que la Santa Sede, nada menos que de la mano del Santo Padre según podría pretender el Gobierno, viole el Código de Derecho Canónico y burle el derecho constitucional de los fieles a la libertad religiosa, con grande y lógico escándalo por parte de estos, estableciéndose un antecedente incontrolable. A eso hay que añadir que, según el Secretario General y portavoz de la CEE, en su comparecencia pública al final de la última Asambleas Plenaria, manifestó que el Vaticano no había participado en firma alguna, remarcando que ningún representante del Vaticano había firmado nada.

R: En efecto, esas dos barreras jurídicas han sido señaladas públicamente por los propios monjes del Valle en La Tercera de ABC recientemente publicada por su representante. Sobre ello, yo mismo tuve la oportunidad de publicar un informe, donde por supuesto se contemplaban los alcances protectores del derecho canónico y el derecho constitucional, pero también otros aspectos jurídicos de incluso mayor calado. Además, en el mencionado artículo de ABC, los monjes se ponían a disposición del Gobierno para negociar una solución satisfactoria para todas las partes, atendiendo así la petición formulada al respecto por el presidente de la Conferencia Episcopal Española en su discurso de apertura de la misma Asamblea plenaria a la que usted hace referencia. Pero que ningún representante de la Santa Sede haya firmado nada hasta la fecha, no quiere decir que no se pudiese pretender que lo hicieran ahora. El Gobierno ya lo ha manifestado y en el próximo viaje del presidente Sánchez para entrevistarse con León XIV, podría perfectamente intentar cristalizar esta inaudita pretensión, con el apoyo ante el Santo Padre de la jerarquía eclesiástica que incomprensiblemente ha defendido el proyecto del Gobierno.

¿Por qué cree plausible esa posibilidad en la que el Gobierno sigue confiando para poder saltarse a los monjes, obteniendo por fin directamente de la Santa Sede autorización para intervenir en la basílica conforme al actual proyecto ganador del concurso de resignificación?

R: Por lo dicho anteriormente. Porque el próximo día 27 el presidente Sánchez será recibido en Roma por el Santo Padre y resulta razonablemente probable que plantee la conveniencia de resolver la única controversia relevante que permanece hoy abierta entre el Gobierno y la Iglesia, una vez encauzadas cuestiones como el régimen fiscal, las inmatriculaciones o las indemnizaciones derivadas de los casos de pederastia. Incluso podrían apelar a conversaciones con el difunto Papa Francisco, en las que supuestamente habría aceptado verbalmente las pretensiones del Gobierno.

El hecho de que los monjes hayan cumplido con su ineludible obligación de interponer un recurso judicial parece preocupar al Gobierno; señal de que son conscientes de la nula solidez jurídica de sus pretensiones y de que prevén un resultado adverso al final del proceso. A un Gobierno como el encabezado por Sánchez, presionar y amenazar forman parte de su modus operandi habitual y, es comprensible esperarlo, no dudarán en tratar de involucrar nada menos que al Santo Padre en un asunto, aparentemente complejo, pero en realidad muy sencillo: la inviolabilidad de los lugares de culto.

¿No cree entonces que podamos estar tranquilos ante ese posible intento del presidente Sánchez en el Vaticano, nada menos que ante el Papa León XIV?

R: Podríamos estarlo sin ningún género de dudas, pero solo en el caso de que el Santo Padre disponga de información suficiente, precisa y plenamente veraz acerca de las pretensiones ya publicadas por el Gobierno respecto al acceso y al interior de la basílica. Ya es algo inaudito, como usted observa, que todo un presidente del Gobierno del reino de España plantee nada menos que al Romano Pontífice, un asunto que no debía haber salido nunca del ámbito de la comunidad benedictina y de los responsables gubernamentales directamente implicados en la controversia.

Pero la actuación unilateral del cardenal Cobo, asumiendo competencias que excedían su papel como mediador, ha generado una controversia sin sentido y alimentado unas expectativas en el Gobierno que carecen de razonabilidad y sustento legal alguno. Si, como afirma el cardenal Cobo, también el Secretario de Estado estuvo detrás de todo este desaguisado desde el principio, comprenda usted que no es para estar tranquilos.

¿Qué le hace dudar al respecto de que el Papa reciba o no información veraz?

R: Bueno, reitero que las dos principales figuras eclesiásticas implicadas en este asunto han sido el cardenal Cobo y, según ha afirmado el propio cardenal Cobo, también el cardenal Parolin. Se supone, por tanto, que han sido ellos quienes han informado o informarán al Santo Padre León XIV antes de su entrevista con el presidente Sánchez.

¿No cree que aportarán información objetiva al Santo Padre antes de esa importante reunión con el presidente Sánchez, curiosamente unos pocos días antes de que necesariamente se vean también en España?

R: El cardenal Parolin no ha realizado ninguna declaración pública sobre esta cuestión. El cardenal Cobo sí lo ha hecho, tanto en la COPE como en Alfa y Omega, afirmando de manera sorprendente que el proyecto ganador respeta los principios del «acuerdo» firmado por él y, por tanto, que no afecta a la basílica ni a su acceso. Conviene recordar que se trata de un documento firmado con el ministro Bolaños sobre una basílica respecto de la cual ninguno de los dos posee competencia directa, además de estar diametralmente en contraposición con los establecido por el Código de Derecho Canónico sobre los lugares de culto.

Que Roma avale los alcances de ese documento firmado con el ministro Bolaños, ayudaría a suavizar el serio deterioro que se ha producido en la imagen que se espera de un pastor responsable, prudente y capaz de administrar una archidiócesis tan importante como la de Madrid. Lo mismo sucedería con el cardenal Parolin, si en efecto estuvo involucrado en la firma de ese documento. El cardenal Parolin carece también de competencia sobre los monjes y sobre la basílica; de querer satisfacer como el cardenal Cobo las pretensiones del Gobierno, necesitaría una delegación directa del Romano Pontífice.

Si son ciertos los rumores sobre su inminente traslado a la archidiócesis de Milán, poco tendría que perder en un último intento por satisfacer las pretensiones del Gobierno de Sánchez. Insisto que hago esta conjetura basándome en la afirmación del cardenal Cobo de que el todavía Secretario de Estado estuvo involucrado en este borrascoso asunto desde sus inicios. Lo cual, por otra parte, es difícil de creer en un alto jerarca de la Iglesia con su amplia experiencia.

Ahora se comprende mejor su preocupación. En efecto ese documento sorprendió mucho, porque los planos y textos explicativos publicados por el propio Gobierno indican de manera clara justamente lo contrario: según el proyecto ganador se profana la basílica exceptuando el altar y los bancos adyacentes. Pero también es cierto lo manifestado por el delegado de Liturgia de la Archidiócesis de Madrid ante el jurado para la selección de propuestas del concurso para la resignificación del Valle, actuando como asesor religioso nada menos que en representación de la Iglesia católica. Según los monjes, en La Tercera de ABC mencionada firmada por su representante, dicho delegado de Liturgia de la Archidiócesis afirmó expresamente, de acuerdo con su arzobispo y con los monjes, que el Gobierno no podía intervenir en el interior de la basílica y que disponía de espacio suficiente en el exterior para desarrollar sus actuaciones de resignificación.

R: Exactamente. Y por eso surge inevitablemente la pregunta: ¿por qué, una vez publicado el proyecto ganador y, no obstante la intervención del delgado de Liturgia y las propias notas informativas publicadas con anterioridad por la propia archidiócesis de Madrid, -- acusando al Gobierno de no haber tenido en cuenta a la Iglesia católica--, el cardenal Cobo sostuvo e insistió posteriormente en que dicho proyecto no afectaba a la basílica? La explicación parece encontrarse en que él mismo había firmado previamente, a propuesta del ministro Bolaños, el polémico planteamiento de origen según el cual en un templo únicamente serían lugares de culto el altar y los bancos adyacentes, aceptando con su firma que el resto de la basílica, -- atrio, vestíbulo, nave y cúpula--, no son lugares de culto y el Gobierno podía proceder a su resignificación.

¿Cree usted que esa disparidad de planteamientos ha sido percibida por otros miembros de la jerarquía eclesiástica, siquiera en la Iglesia española? ¿Contó el cardenal Cobo con la aprobación de los monjes, antes de suscribir el citado documento?

R: Estoy seguro de que esa disparidad se percibe, y cada vez con mayor claridad. Al menos así me lo han corroborado en privado obispos a los que tengo acceso y numerosos sacerdotes, no solo de la archidiócesis de Madrid, sino también de otras diócesis españolas e incluso de fuera de España. Resulta difícil no advertir la contradicción existente entre esa posición y las afirmaciones realizadas previamente por su propio delegado de Liturgia ante el jurado, así como con el contenido de las referidas notas informativas previas. Todo ello conforma un escenario confuso, errático y ciertamente preocupante.

Y no, no creo que los monjes tuvieran el menor conocimiento previo de lo que había firmado el cardenal Cobo. De otro modo, difícilmente se explicaría que hayan acudido a la vía judicial para defender aquello que dicho cardenal entregó unilateralmente al Gobierno, afortunadamente sin competencia para ello. Tampoco la Conferencia Episcopal Española estuvo involucrada, como ella misma se ha encargado de aclarar pública y reiteradamente.

He de confesar que todavía no salgo de mi asombro ante el contenido del documento firmado por el cardenal Cobo, a propuesta del ministro Bolaños y sin que hubieran transcurrido siquiera veinticuatro horas desde su recepción. ¿Qué pudo impulsarle a actuar de una manera tan impropia y desconcertante en la alta jerarquía de la Iglesia?

Respeto profundamente a mis pastores y, precisamente por ello, creo que el cardenal Cobo, por el bien de sus fieles y de su propia responsabilidad pastoral, debería ofrecer una explicación suficiente o, al menos, reconocer que incurrió en un grave e injustificable error. Se comprende y es humano errar; lo que no tiene lógica alguna es perseverar en el error, no obstante además el revuelo que ha levantado y el problema de imagen que le ha creado.

Tiene usted razón y es fácil compartir esa sorpresa, pero el cardenal Cobo, según él mismo ha manifestado, parece haberse deslindado completamente del asunto. Si esto es realmente así, y el escenario que usted plantea se hace realidad, será pues el cardenal Parolin quien informe al Santo Padre y no estamos seguros de que coincida con el inexplicable planteamiento del arzobispo de Madrid.

R: El temor surge precisamente porque, según el propio cardenal Cobo como decía antes, todo se habría hecho por su parte con el conocimiento del cardenal Parolin. De ahí que muchos teman que el Secretario de Estado pueda sostener ante el Santo Padre que el proyecto gubernamental no afecta realmente a la basílica y que, en consecuencia, debería aceptarse la petición del presidente Sánchez para proceder a su resignificación.

Pero cuesta entender cómo el cardenal Parolin --que, al igual que el cardenal Cobo, carece de competencia directa sobre los monjes y sobre la basílica abacial-- podría revertir la posición pública y jurídicamente fundamentada que los monjes han hecho valer, incluida la legítima interposición de un recurso contencioso-administrativo. Aunque el presidente Sánchez regresara de Roma afirmando contar con el respaldo de León XIV, los monjes seguirían siendo los únicos legitimados para defender la sacralidad del templo. No bastan las declaraciones públicas de nadie para revertir la situación que estamos comentando. Como usted ha indicado, declaraciones parecidas hizo hace poco el ministro Bolaños, y fue la propia CEE la que lo desmintió.

R: De acuerdo, pero eso podría cambiar como he dicho antes. El escenario que algunos contemplan sería el siguiente: que el cardenal Parolin pidiera al Santo Padre que delegara directamente en él, como Secretario de Estado, la resolución de esta controversia con el Gobierno español, argumentando por ejemplo que los monjes mantienen una posición excesivamente rígida o insuficientemente consciente de determinadas supuestas implicaciones políticas y diplomáticas del asunto. En ese contexto podría apelar también a la conveniencia de cerrar esta cuestión antes del futuro viaje de Su Santidad a España, evitando que la visita del Papa a España se viese supuestamente enturbiada por la controversia en torno a la basílica con el Gobierno. No puedo evitar recordar algunas actuaciones problemáticas del actual Secretario de Estado, especialmente la singular situación en la que ha dejado inmersos a los católicos chinos fieles a Roma durante muchas décadas.

Francamente, cuesta imaginar que pudiera darse una actuación tan arbitraria y escandalosa, especialmente por parte de un Papa que ha insistido tanto en el respeto a los procedimientos, en la importancia del Derecho Canónico y en la necesidad de evitar abusos de poder. No ha actuado así ante el poderoso presidente de los EEUU de su misma nacionalidad. ¿Por qué habría de hacerlo en un asunto tan serio y delicado ante el actual presidente del Gobierno de España? No me cabe en la cabeza que pudiese darse una situación tan irracional.

R: Yo también quiero creerlo. Insisto que el problema es que León XIV no haya sido informado por los suyos de una manera leal, objetiva y veraz. No obviemos que en torno a este asunto se han producido desde el principio situaciones muy difíciles de comprender y actuaciones difícilmente conciliables con la lógica canónica y jurídica ordinaria. Y todo ello se ha hecho público sin que haya existido un verdadero desmentido de fondo, salvo las aclaraciones aportadas en una sola ocasión por los propios monjes, quienes además han mantenido una actitud extraordinariamente generosa hacia el cardenal Cobo, probablemente conscientes del grave deterioro reputacional que este asunto ha terminado provocando en su pastor.

¿Cómo cabe explicarse una posición tan extraña por parte del cardenal Cobo y, según él mismo ha declarado, también del cardenal Parolin, al menos hasta que el primero decidió deslindarse aparente y completamente del asunto? ¿Cómo aplicar un mínimo de lógica y razonabilidad a una actitud tan colaborativa y aparentemente empecinada por satisfacer las pretensiones del Gobierno en el interior de un templo consagrado a Dios?

R: Le aseguro que me he formulado esa pregunta en numerosas ocasiones. Y sinceramente no he encontrado todavía una respuesta mínimamente satisfactoria que permita comprender una actuación tan alejada de la lógica jurídica y canónica, del más elemental sentido común y del deber de prudencia que cabría esperar ante un asunto de semejante gravedad. Resulta difícil entender cómo no se valoró desde el primer momento el enorme escándalo que una actuación así podía provocar entre miles de fieles, ni el gravísimo deterioro reputacional que inevitablemente terminaría afectando a quienes aparecieran vinculados a ella. Por eso digo que, más allá de cualquier hipótesis o intento de explicación, sigue siendo para mí un verdadero misterio.

Porque se puede entender el sectarismo ideológico que caracteriza a algunas altas autoridades del Gobierno y su obsesiva pretensión de intervenir nada menos que en el interior de un templo; lo que es del todo incomprensible es que hayan contado con la colaboración del cardenal Cobo y, según este, también del cardenal Parolin. Lo dicho, el asunto representa todo un misterio para mí.

¿Qué podrían hacer los monjes ante una hipotética delegación formal del Santo Padre que recayese en el cardenal Parolin, dejando a los monjes al margen del asunto?

R: No sé qué harían los monjes ante una situación tan grave. Habría que preguntárselo a ellos y no responden preguntas de nadie. Conviene recordar que llevan años sometidos a una presión constante y a amenazas de expulsión por parte de los gobiernos socialistas de José Luis Rodríguez Zapatero y de Pedro Sánchez, sin que hayan recibido, al menos públicamente, un apoyo claro de la jerarquía eclesiástica, sino más bien lo contrario. En esas circunstancias, sería humanamente comprensible que algunos se sintieran tentados a tirar la toalla y abandonar el Valle. No quiero imaginar lo que habrá supuesto para ellos la actuación del cardenal Cobo y me quito el sombrero ante su respetuoso silencio y el apoyo público posterior brindado al arzobispo de Madrid, omitiendo algunos hechos y aspectos que estamos esclareciendo en este momento.

Lo que sí no parece verosímil es que unos monjes benedictinos pudieran consentir en conciencia celebrar el culto en una basílica sometida a una intervención profana incompatible con su carácter sagrado, con las consecuencias canónicas y el escándalo de los fieles que de ello podrían derivarse. Porque, por supuesto, los fieles entre los que me encuentro, se escandalizarían si no fuese así, es decir, si una comunidad benedictina orante, escrupulosa con sus deberes religiosos y fieles a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia, así como a su ley universal que obliga a todos, negociaran su permanencia y comodidad a cambio de consentir una profanación de la basílica abacial confiada a dicha comunidad por su Iglesia.

Suponiendo que no tirasen la toalla los monjes, ¿qué mecanismo de defensa les quedaría si se diera el escenario que plantea usted?

R: Si se tratase de una delegación formal y explícita del Santo Padre en el cardenal Parolin, los monjes podrían elevar un suplicatorio directamente al Papa, exponiendo con serenidad filial, rigor documental y pleno respeto eclesial el verdadero alcance del proyecto, su afectación al interior de la basílica y las razones canónicas, concordatarias y constitucionales por las que consideran que no puede admitirse una intervención profana en un templo no desacralizado.

¿Y si se tratase de una delegación verbal o informal, en virtud de la cual el cardenal Parolin tratase de avalar ante el Gobierno su pretendida intervención política e ideológica en la basílica?

R: En ese caso habría que distinguir. Una mera indicación verbal o informal, en principio, no sería fácilmente recurrible si no se traduce en un acto administrativo canónico concreto. Pero si los cardenales Cobo y Parolin, juntos o por separado, pretendiesen imponer a los monjes una solución contraria al Código de Derecho Canónico y lesiva para la libertad religiosa de los fieles, excediendo sus respectivas competencias, los monjes podrían activar las vías canónicas previstas frente a actos administrativos singulares. Eso exigiría respetar los procedimientos establecidos: primero, identificar el acto formal recurrible y, en su caso, acudir a los cauces de recurso jerárquico y, posteriormente, si procediera, a la Signatura Apostólica. Precisamente esos legítimos procedimientos existen para evitar arbitrariedades, abusos de autoridad y vulneraciones del orden jurídico de la Iglesia.

¿Los fieles tendrían alguna capacidad de reacción si los monjes no actuasen en consecuencia?

R: Sí. Los fieles no son sujetos pasivos en una cuestión de tantísimo calado para la Iglesia en España: la apertura a los gobiernos seculares de intervención ideológica unilateral en los templos. Contra esto deben usarse todas las armas. Primero, las del derecho positivo: la Constitución Española garantiza la libertad religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades, y los Acuerdos entre España y la Santa Sede reconocen la inviolabilidad de los lugares de culto. Por tanto, si una actuación pública afectase de manera real al uso religioso de la basílica o introdujera en su interior elementos incompatibles con su carácter sagrado, los fieles podrían invocar sus derechos fundamentales ante las vías que correspondan en el ordenamiento jurídico español. Además, sin afirmar que todo el Código de Derecho Canónico forme parte en bloque del ordenamiento estatal, sí debe recordarse que los Acuerdos Iglesia-Estado reconocen efectos jurídicos relevantes a la organización y competencia propias de la Iglesia en materia de culto y lugares sagrados.

Por último, la inviolabilidad de un templo consagrado se defiende con firmeza desde una postura eclesiásticamente fuerte que los fieles podrían reclamar a sus pastores, para que defiendan la sacralidad de los lugares de culto que a ellos compete, en primer lugar, proteger. Algo que prácticamente no ha hecho nadie públicamente hasta la fecha, excepto Monseñor Jesús Sanz, fraile franciscano y arzobispo de Oviedo. Es doloroso decirlo, pero ya clama al cielo el silencio de los pastores a estas alturas.

¿No se podría dar el caso de que hubiese una contradicción entre lo establecido en el vigente Código de Derecho Canónico, que obliga también a la jerarquía eclesiástica, y las instrucciones que eventualmente pudieran recibir los monjes desde Roma en el supuesto escenario que estamos contemplando?

R: Claro que existiría una contradicción seria y grave si se pretendiera imponer una solución incompatible con el propio Derecho Canónico. Y sinceramente no cabe dudar que el Santo Padre pudiera sumarse conscientemente a algo así. Lo repito, la cuestión decisiva es otra: quién o quiénes han informado o podrían informar al Papa sobre el verdadero alcance del proyecto. Del cardenal Cobo ya conocemos las posiciones públicas que ha mantenido. Y si es cierta, según el propio cardenal Cobo, la implicación del cardenal Parolin desde el inicio de este asunto, resulta comprensible que algunos teman que tampoco exista desde esa instancia una oposición clara a las pretensiones del Gobierno. Incluso todo lo contrario.

¿Ante la posibilidad de que el Papa no estuviera siendo informado de manera plenamente veraz, como usted teme, cabría la posibilidad de que la comunidad benedictina informara directamente al Santo Padrea la mayor brevedad posible?

R: No tengo la menor idea de si los monjes contemplan realmente un escenario como el que estamos contemplando ni de cómo actuarían preventivamente. Pero, a la vista del silencio y de la prudencia que han desplegado hasta la fecha, no creo que unos monjes profundamente sensibles con la comunión espiritual y pastoral que debe imperar en el seno de la Iglesia --como han demostrado, por ejemplo, con su clara posición pero sin detrimento de un explícito apoyo público al cardenal Cobo, su pastor en la archidiócesis de Madrid-- optasen por saltarse los procedimientos canónicos y actuar directamente, por ejemplo acudiendo a la Prefectura de la Casa Pontificia para solicitar una audiencia con el Santo Padre o remitirle información objetiva y veraz basándose únicamente en posibles escenarios futuros, por muy plausibles que algunos puedan considerarlos.

¿No le parece el potencial escenario que estamos analizando, en efecto un poco surrealista y alejado de toda lógica?

R: No me cabe duda de que, sin haber hecho un exhaustivo seguimiento del caso, muchas personas puedan percibirlo así. Pero lo cierto es que los acontecimientos se han ido desarrollando hasta el momento en esa dirección y, precisamente por ello, las inquietudes que estamos planteando no resultan enteramente absurdas ni caprichosas.

Pues esperemos entonces estar equivocados y que, finalmente, el problema termine resolviéndose como hoy parece razonable, tras apartarse del asunto el cardenal Cobo: es decir, mediante un acuerdo satisfactorio entre el Gobierno y los monjes o, en su defecto, mediante una resolución justa y equilibrada por parte de los tribunales de justicia. El propio arzobispo de Madrid lo planteó públicamente de esta manera en el momento en que aparentemente se deslindó, siendo confirmada posteriormente por el presidente de la CEE.

R: Ojalá sea así. Creo sinceramente que esa sería la mejor salida para todos: para el Gobierno, para la Iglesia, para los monjes y, sobre todo, para los fieles. Porque lo verdaderamente importante aquí no es una victoria de tipo alguno de unos sobre otros, sino preservar con sensatez, justicia y respeto la sacralidad de un templo. No estamos en efecto principalmente ante una controversia política ni ideológica, sino antes de nada ante una pretensión del Gobierno que no tiene cabida ni en el orden natural, ni en el vigente ordenamiento jurídico estatal, ni en el Código de Derecho Canónico o los acuerdos de la Iglesia con el Estado para asuntos jurídicos.

La estrategia de continua polarización del Gobierno a la que pretende arrastrar a la sociedad española, un día sí y al otro también, como denunció Monseñor Luis Argüello en su discurso de apertura de la mencionada última Asamblea Plenaria de la CEE, no debe ser respondida sino con argumentos jurídicos y canónicos, alejándose de las provocaciones del ministro Bolaños acusando de poco o nada demócratas a quienes, como ha dicho públicamente, no están en este caso por la labor de que se profane una basílica consagrada. Una pretensión, por cierto, sin parangón en la Europa precisamente democrática de los últimos decenios.

Muchas gracias por su tiempo. Es evidente que ha hecho usted un seguimiento escrupuloso de los acontecimientos y ha publicado un extenso y pormenorizado artículo sobre los alcances jurídicos y canónicos sobre el asunto. ¿Le mueve algún interés especial?

R: Muchas gracias a usted por la entrevista. Me temo que ha resultado en exceso larga, pero usted pregunta y yo respondo. Creo que, en todo caso, es importante en este momento aportar toda la luz posible sobre la peculiar pretensión del Gobierno sobre la basílica y, basándose exclusivamente en hechos y escenarios plausibles, informar sobre cómo se han ido desarrollando las actuaciones de unos y otros, así como sobre los riesgos potenciales futuros, especialmente en este momento de ese próximo e inesperado viaje del presidente del Gobierno a Roma. Personalmente no me mueve otro interés que aportar, como católico y profesional del derecho, mi granito de arena, en la medida de mis posibilidades, al bien de la Iglesia; al de una comunidad benedictina digna de admiración por su mansedumbre, silencio y perseverancia, ante el abandono de unos y el acoso de otros; al de las justas reivindicaciones de los fieles --entre los que me encuentro-- y, por encima de todo, a mayor gloria de Dios y de una basílica cuya sacralidad y santidad le pertenecen.

De la ecología a la antropología: el giro de León XIV en Magnifica Humanitas

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Uno de los datos más significativos de Magnifica Humanitas no está solo en lo que dice, sino en lo que ha dejado de ocupar el centro del discurso pontificio. Tras años en los que la cuestión ecológica se había convertido casi en el gran marco interpretativo de la vida social, económica, cultural e incluso espiritual, la primera encíclica de León XIV desplaza el foco hacia otra preocupación más radical: la crisis del hombre.

No es que la ecología desaparezca. Tampoco que León XIV reniegue de la crítica al paradigma tecnocrático formulada con insistencia durante el pontificado de Francisco. Al contrario, la encíclica conserva esa preocupación por una técnica convertida en poder autónomo, por una economía desligada de todo límite moral y por una globalización capaz de uniformar pueblos, deseos y conductas. Pero el centro simbólico ha cambiado.

En Magnifica Humanitas ya no estamos ante una encíclica organizada alrededor de la “casa común”, sino alrededor de la custodia de lo humano. Y ese cambio no es menor.

Francisco tendía a presentar la crisis contemporánea como una crisis socioambiental de múltiples rostros: deterioro ecológico, injusticia económica, cultura del descarte, explotación de los pobres, destrucción de ecosistemas y abuso tecnocrático de la creación. La preocupación ecológica funcionaba muchas veces como la gran categoría integradora. Desde ella se leían la economía, la política, el consumo, la energía, las migraciones y hasta la espiritualidad.

León XIV, en cambio, parece invertir el orden. La raíz última del problema ya no aparece situada en la relación del hombre con el medio ambiente, sino en la comprensión que el hombre tiene de sí mismo. La crisis ecológica, económica o tecnológica sería consecuencia de una crisis antropológica previa: el oscurecimiento de la verdad sobre la persona humana.

Ahí está el verdadero giro.

La encíclica no pregunta primero qué está haciendo el hombre con la naturaleza, sino qué está haciendo el hombre consigo mismo. No se detiene principalmente en el daño causado al planeta, sino en el peligro de que la persona sea reducida a dato, función, algoritmo, objeto de manipulación o materia disponible para su rediseño técnico.

Esto explica el tono del documento. En lugar del vocabulario ecológico que dominó buena parte del magisterio reciente —sostenibilidad, casa común, deuda climática, transición energética, biodiversidad, periferias ambientales—, León XIV recupera un lenguaje más directamente antropológico y teológico: naturaleza humana, verdad, límite, libertad interior, Encarnación, Babel, gracia, vulnerabilidad, tecnocracia, transhumanismo.

La diferencia no es simplemente estilística. Es doctrinal y pastoral.

Durante los últimos años, una parte del discurso eclesial corrió el riesgo de parecer cada vez más indistinguible del lenguaje de los grandes organismos internacionales. El catolicismo hablaba de clima, de sostenibilidad, de desarrollo integral, de biodiversidad y de transición ecológica con una intensidad que, en ocasiones, dejaba en segundo plano categorías más propiamente cristianas. Pecado, gracia, verdad, naturaleza humana, redención o vida eterna quedaban con frecuencia desplazadas por una gramática moral mucho más reconocible para las élites globales que para la tradición doctrinal de la Iglesia.

Magnifica Humanitas parece corregir esa deriva sin necesidad de declararlo explícitamente.

León XIV no abandona la preocupación por la creación, pero deja de convertirla en el eje narrativo de todo. La cuestión ecológica queda integrada en una reflexión más amplia sobre el hombre, la técnica y la civilización. Lo creado sigue teniendo valor, pero el centro vuelve a ser la criatura humana, hecha a imagen de Dios y llamada no a fabricarse a sí misma, sino a recibir, custodiar y elevar su propia naturaleza.

Esa recuperación del centro antropológico tiene consecuencias importantes. La primera es que el Papa identifica como amenaza principal no solo la destrucción ambiental, sino la desfiguración del hombre. La gran catástrofe contemporánea no sería únicamente un mundo contaminado, sino un hombre que ya no sabe quién es. Un hombre que se interpreta a sí mismo como producto modificable, conciencia programable, organismo optimizable o identidad líquida sin naturaleza recibida.

Por eso el transhumanismo ocupa un lugar tan relevante en la encíclica. León XIV entiende que el desafío tecnológico actual no consiste solo en máquinas más potentes, sino en una tentación espiritual antigua presentada con lenguaje futurista: la voluntad de superar la condición humana sin Dios. El sueño de eliminar el límite, vencer la vulnerabilidad, rediseñar la naturaleza y alcanzar una forma de autosalvación técnica.

Frente a esa promesa, la respuesta del Papa no es ecológica, sino cristológica. El límite no es simplemente un problema que la técnica deba abolir. La vulnerabilidad no es una anomalía vergonzosa. La dependencia no es una derrota. La carne no es un residuo biológico a superar por la inteligencia artificial o por la ingeniería genética. El cristianismo afirma que Dios mismo ha entrado en la historia asumiendo la condición humana, no despreciándola.

Ese punto resulta decisivo. La Encarnación se convierte así en la gran respuesta cristiana al transhumanismo. Mientras la cultura tecnológica sueña con un hombre aumentado, ilimitado y autosuficiente, la fe presenta a un Dios hecho carne, nacido de mujer, sometido al tiempo, al sufrimiento y a la muerte. La grandeza del hombre no está en escapar de su naturaleza, sino en recibirla, purificarla y elevarla por la gracia.

Desde esta perspectiva, también cambia la crítica a la tecnocracia. En Francisco, el paradigma tecnocrático aparecía muy vinculado a la explotación de la tierra y a la lógica de dominio sobre la creación. En León XIV, esa crítica se desplaza hacia el dominio sobre el propio hombre. La técnica ya no amenaza solo bosques, mares o ecosistemas, sino la libertad interior, la conciencia, la memoria, la atención y la identidad de las personas y los pueblos.

La inteligencia artificial aparece entonces como un problema espiritual de primer orden. No porque sea demoníaca en sí misma, ni porque deba rechazarse como instrumento, sino porque puede convertirse en una arquitectura invisible de gobierno del alma. Puede seleccionar lo que vemos, anticipar lo que deseamos, modular lo que sentimos y condicionar lo que terminamos considerando verdadero.

Esta es quizá una de las intuiciones más profundas de Magnifica Humanitas. El peligro no está solo en que la máquina sustituya trabajos humanos. Está en que termine mediando la experiencia misma de la realidad. Una civilización que delega su memoria, su juicio y su imaginación en sistemas algorítmicos corre el riesgo de perder no solo empleos, sino interioridad.

También por eso la encíclica presta atención a los pueblos y a su derecho a conservar la propia identidad. No se trata de un tema accesorio. En una civilización tecnocrática, globalizada y digital, el individuo aislado y el pueblo desarraigado son más fáciles de administrar. La pérdida de memoria histórica, de continuidad cultural y de pertenencia concreta no libera necesariamente al hombre; muchas veces lo deja indefenso ante poderes impersonales mucho más fuertes que él.

Aquí se ve con claridad el nuevo marco. La defensa de la creación sigue teniendo sentido, pero ya no basta. El problema de fondo es una civilización que desarraiga al hombre de todo: de su cuerpo, de su naturaleza, de su historia, de su pueblo, de su familia, de su tradición y finalmente de Dios. La ecología, en ese contexto, queda asumida en una defensa más amplia de la realidad frente a la voluntad de manipularlo todo.

Por eso Magnifica Humanitas puede leerse como una encíclica de cambio de época. No porque rompa con el magisterio anterior, sino porque reordena sus prioridades. La preocupación ecológica ya no aparece como el gran absoluto pastoral, sino como una dimensión más de una crisis mucho más honda. La palabra decisiva ya no es “planeta”, sino “hombre”.

Esto puede resultar incómodo para quienes habían convertido la agenda ecológica en una especie de lugar común obligatorio del discurso católico contemporáneo. Durante años, determinados ambientes eclesiales parecían más cómodos hablando de emisiones, sostenibilidad y biodiversidad que de naturaleza humana, pecado, verdad o gracia. León XIV no niega la importancia de esos asuntos, pero los recoloca.

Y al recolocarlos, cambia la conversación.

La Iglesia no está llamada a ser una ONG ambiental con lenguaje religioso. Tampoco un departamento espiritual de las agendas globales. Su tarea no consiste en repetir, con incienso añadido, los consensos de las instituciones internacionales. Su misión es custodiar la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Y precisamente por eso puede hablar también de la creación, de la economía, de la técnica y de la política, pero sin perder nunca el centro.

La impresión, tras una primera lectura, es que León XIV ha querido empezar su pontificado doctrinal por ahí. No por la ecología, no por la gobernanza, no por la sinodalidad, no por una nueva declaración programática sobre reformas internas, sino por la pregunta fundamental: qué es el hombre.

Y eso, después de años de hipertrofia ecológica en el lenguaje eclesial, ya constituye una novedad relevante.

El Papa no parece negar que exista una crisis ambiental. Lo que parece decir es que hay una crisis anterior y más peligrosa: la crisis antropológica de una civilización que ya no reconoce la naturaleza humana como don, límite y vocación. Una civilización que quiere rediseñar al hombre mientras finge salvar el mundo.

Ahí está la clave de Magnifica Humanitas. La Iglesia vuelve a recordar que no hay verdadera defensa de la creación si antes no se defiende al hombre. Y no hay verdadera defensa del hombre si se olvida que su grandeza no nace de la técnica, sino de haber sido creado a imagen de Dios y llamado a la vida de la gracia.

Carlos Balén 

martes, 26 de mayo de 2026

José Javier Esparza: «Es preciso volver a pensar nuestra política en términos de interés nacional»

 ADELANTE ESPAÑA




José Javier Esparza, director y presentador de El gato al agua, en El Toro Televisión, y autor de títulos tan celebrados como su exitosa trilogía La Reconquista, Historia ilustrada de la legendaria infantería española y El jinete de luz. Clavijo, la batalla prohibida de La Reconquista, entre otros, deja por unos momentos la narrativa histórica para adentrarse en el ensayo con Reiniciar España (La Esfera de los Libros).

La periodista Nieves B. Jiménez le entrevista. Por su interés reproducimos dicha entrevista

Ya sabe cómo somos cuando llamamos al informático y le decimos que no arranca el ordenador después de hacer todo lo que nos ha indicado, que nos pregunta «¿has mirado si está enchufado?» Y, ¡sapristi!, no lo está… Ya le digo yo que nos va a costar poner España otra vez en marcha…

Claro que va a costar. Por eso hay que empezar cuanto antes. Enchufarnos. Es decir, recobrar la conciencia de lo que somos en la Historia como nación, como pueblo, como identidad, como comunidad de personas de carne y hueso que viene de una herencia determinada y que quiere sobrevivir en las generaciones futuras. Eso es enchufarnos.

¿Qué hay que reiniciar? Siguiendo con el símil del ordenador, ¿en qué pantalla se quedó colgada España?

Hay que reiniciar, creo yo, el proyecto nacional. España se quedó colgada en algún momento en el que, sin ser demasiado conscientes de ello, decidimos colectivamente que podía construirse un sistema democrático al margen de la nación: borrar la España histórica y disolvernos suavemente en el mundo global, en la Europa sin rostro, etc. Hoy vemos que nos hemos quedado sin nación, primero, y sin democracia después, hasta el punto de que el país lo gobierna una especie de casta de bandoleros apoyada en partidos separatistas que expresamente desean que España deje de existir. Es urgente salir de aquí.

¿Dónde hemos dejado la fuerza y voluntad de la generación de nuestros padres y abuelos que se sobreponían a tanta adversidad y se construían un camino? Las generaciones que nacieron en los años 30 y 40 del siglo pasado han sido los auténticos protagonistas del milagro español, ¿no cree?

Sin ninguna duda. En mi libro No te arrepientas les dedico un capítulo, porque esa generación es una de las muchas razones que hay para sentirse orgullosos de la Historia de España. Lo tuvieron difícil y salieron adelante. ¿Por qué no habría de pasar ahora lo mismo? Los problemas son distintos, pero las ganas de sobrevivir colectivamente deberían ser idénticas.

Dice que España está en vías de desaparecer como nación, España ya no sería España, ¿qué sería?

En lo que se va convirtiendo hoy es en una especie de unidad administrativa fragmentada en oligarquías, tanto territoriales como de otro tipo (políticas, económicas, etc.), cada una de las cuales vela sólo por su propio interés. El mismo peligro acecha a las otras naciones de la Europa occidental. La desaparición de la comunidad nacional significa también la desaparición de la democracia, porque ya no hay demos. Entraríamos en otra fase, una fase de descomposición acelerada.

En lo que sí estamos sumidos es en plena docilidad a la farsa del globalismo que apunta usted, obedeciendo como borregos, y una desespañolización creciente… ¿es así?

Era así. Antes. Yo creo que ahora estamos viviendo un gran cambio, lo que en Reiniciar España llamo «la gran clarificación», que hace que todo se vea con mucha más nitidez. El globalismo sigue funcionando como ideología de las élites (políticas, económicas, eclesiásticas), pero cada vez menos gente se traga sus dogmas. Por eso mi libro es más bien optimista: creo que es posible caminar hacia otra parte.

¿De qué hablamos cuando habla en uno de los capítulos de «desconstrucción»? No confundir con deconstrucción como la famosa tortilla de patatas de Ferran Adrià cuyos ingredientes quedaban descompuestos. Más bien España está desmantelada y, para colmo, somos el paraíso de esta desconstrucción, los más entusiastas en la aplicación de las políticas progresistas globales…

Imaginemos un lego, un mecano: uno lo deshace y desperdiga las piezas por el suelo, y eso es una destrucción. La desconstrucción –que es, sí, el término de Derrida– es otra cosa: no sólo destruyes lo construido, sino que atribuyes a cada pieza un significado nuevo y lo vuelves a montar todo dándole una identidad distinta. Ese es el proceso que estamos viviendo en Occidente con la resignificación de casi todo: el rol de los sexos, la historia colectiva, la identidad cultural, el sistema político, etc. España es, en efecto, el paraíso de eso que se ha llamado lo woke, que es desconstrucción en estado puro. Lo cual nos obliga a desconstruir la desconstrucción y volver a dar a cada cosa su significado original. Una nueva revolución cultural, en realidad.

Usted se pregunta si todavía es pecado decir que la apertura a la inmigración masiva es una política deliberada de nuestras élites. Sólo hay que ver las declaraciones de Antonio Garamendi apoyando la regularización de inmigrantes y a Luis de Guindos asegurando que «la inmigración es indispensable para España»…

Y a la Conferencia Episcopal apoyando el empeño. La inmigración masiva, en efecto, es una política deliberada de las élites. Es también un perfecto ejemplo de desconstrucción de nuestras identidades históricas por la vía de cambiar físicamente la composición de nuestras sociedades. ¿Para qué? Evidentemente, para mandarnos mejor. Es una operación de poder. Y contra eso es justo rebelarse.

Por otra parte, cualquiera con sentido común sabe el papel tan importante de la demografía como marcador de las crisis económicas y sociales. ¿Existe una ceguera (voluntaria) de nuestros gobernantes europeos y nacionales ante esta deriva suicida ante la baja natalidad, la inmigración incontrolada…?

Forma parte del mismo proceso. Hay que decir, no obstante, que el retroceso demográfico es hoy una constante universal, está pasando en todas partes, incluidas esas regiones del mundo que siempre nos presentan como produciendo niños sin cesar. El problema de la natalidad es más visible en Europa o en Japón porque aquí empezó antes, pero es general: este siglo nuestro es el primero que ha conocido un retroceso demográfico global desde la peste negra del siglo XIV. Lo natural sería adaptarse a él imaginando formas nuevas de organización, no succionando los recursos demográficos de otros pueblos. Y al margen de eso, es evidente que los europeos llevan dos o tres generaciones aclimatados a un contexto nihilista que empuja a considerar que tener hijos no es una prioridad. Es una forma de suicidio colectivo. Y también aquí el problema de fondo es cultural, mucho más que económico.

Hace poco se cumplió el aniversario del apagón. El PP, hace un tiempo, celebraba el cierre de Garoña y de la sustitución de la energía nuclear y los combustibles fósiles por las renovables. Ahora defiende la energía nuclear como indispensable… y así con otros temas. No extraña que al darle al botón de reiniciar esto colapse…

Hay que entender que el motor de estas decisiones no es el que nos dicen los políticos en sus discursos («salvar el planeta» y todo eso), sino los densísimos conglomerados de intereses económicos y de poder que salen beneficiados en el juego. La alternativa ha de consistir en desenmascarar esos intereses, que nunca coinciden con el interés general, y oponerles una política contraria que realmente busque la supervivencia de nuestras naciones.

Un capítulo elocuente de Reiniciar España es «cuando la izquierda traicionó al pueblo y la derecha traicionó a la nación», explíquenos esto

La izquierda traicionó al pueblo cuando dejó de representar los intereses de las clases populares (aunque fuera tantas veces equivocadamente) para adoptar un discurso supuestamente emancipador, pero cada vez más individualista y, en el fondo, burgués. Es lo que vio Pasolini en las protestas del 68, por ejemplo. Es verdad que, a partir de ese momento, la izquierda se fue enredando en discursos cada vez más alambicados, a veces simplemente lunáticos, que han terminado conduciendo al nihilismo woke. Y la derecha traicionó a la nación cuando prescindió del marco nacional, es decir, de una comunidad política concreta, para limitarse a predicar la gestión económica en un marco cada vez más globalizado donde la soberanía se evapora y uno acaba en manos de poderes exteriores, tanto públicos como privados. Hoy los términos derecha e izquierda son sólo etiquetas posicionales que sobreviven por inercia, pero que han dejado de significar posiciones realmente trascendentales. Lo trascendental es muy claramente la oposición globalismo/soberanismo.

Sugiere una revuelta de las naciones. Usted ha escrito varios libros dedicados a los grandes conquistadores y conquistas de España, ¿Imagina a aquellas figuras épicas contemplando cómo hemos destruido, siglos después, sus logros? ¿Encuentra alguna similitud heroica actualmente o qué principios debería contener esa revuelta?

Es verdad que nadie se baña dos veces en el mismo río, pero el hecho es que siempre hay agua. Puestos a buscar un precedente, a uno le viene a la cabeza aquel monje anónimo que en el año 754, en la Crónica mozárabe, lloraba la «pérdida de España» tras la invasión musulmana. Y sin embargo, aquella España perdida volvió a existir; de otra manera, con otra configuración, después de un largo lapso, pero manteniendo la conciencia de que un día existió. En cierto modo, nos estamos acercando a esa situación. Yo creo que por eso hay tanta gente en el poder que se pone nerviosa con la palabra «reconquista»: quizá entienden, aunque sea oscuramente, que siempre es posible reconquistar. ¿Sobre qué principios? Bueno, este libro está concebido precisamente para dar algunas pistas. Señalemos sólo una, para empezar: es preciso volver a pensar nuestra política en términos de interés nacional.

La red ferroviaria destrozada, Correos, el apagón, el patrimonio que se nos cae a pedazos, y aún hay países negociando con Pedro Sánchez, vamos, que les preguntas si le comprarían un coche usado al presidente y te dicen que sí. Pero, claro, qué países…

Pero precisamente: Sánchez es el tipo de gobernante que el sistema adora, esa mezcla un tanto indecente de nihilismo ideológico y servilismo al poder transnacional. Por eso puede permitirse todo tipo de desafueros sin que nadie desde el exterior le chiste, al revés. Es el niño bonito de las Úrsulas y las Lagardes y los Soros y los Gates. Porque ha convertido España en un bazar de saldo. Con la complicidad necesaria de los poderes en nuestro país, que han olvidado hace ya tiempo cualquier resto de patriotismo.

Tal vez España empiece a reiniciarse tras las elecciones andaluzas. ¿Con un PP de Juanma Moreno salido del régimen del 78, que añora el consenso y sueña con el PSOE «bueno» con el que alcanzaría acuerdos, cuando en el fondo le aterroriza lo que verdaderamente tendrá que hacer: negociar con VOX?

Juanmas los hay en todas partes y en todos los partidos. Son los restos del viejo mundo, aún en el poder, pero al borde ya del precipicio. Lo estamos viendo en toda Europa. VOX representa lo nuevo, es decir, la rectificación del marco político en términos de soberanía nacional, y por eso despierta tanta hostilidad en el sistema, como Alternativa en Alemania, Fratelli en Italia o el RN en Francia. Para el sistema es más aceptable cualquier grupúsculo violento neocomunista o islamista que un movimiento soberanista, porque los primeros no representan ninguna alternativa real, mientras que los segundos implican un cambio radical. En eso estamos.

¿En qué consiste su propuesta para una nueva etapa nacional: «La gran clarificación»? ¿Podemos ser optimistas?

Hablo de la «gran clarificación», que es una fórmula de Carlos Esteban, porque hoy ha quedado claro que detrás de los dogmas globalistas que nos han venido gobernando no había más que apuestas de poder concretas y parciales: ni el planeta se acercaba a su autodestrucción por el CO2, ni la inmigración era necesaria para que nuestros países sobrevivieran, ni las identidades históricas eran el caldo de cultivo del fascismo, ni nos amenazaba a todos una pandemia global, etc. Todo eso ha sido una mera narrativa del poder, y hoy ha quedado al desnudo la mano que la manejaba. Lo que hay que hacer es reaccionar, y el mejor modo de empezar es recuperar la capacidad de decisión en el marco nacional, que es el único lugar desde donde un pueblo puede defenderse. ¿Optimistas? Da igual, la verdad: simplemente, hay que hacerlo porque es nuestra única oportunidad para sobrevivir como pueblo, como comunidad política, como identidad histórica. Ese es ahora el combate. Lo están haciendo Rusia, China, la India, los Estados Unidos… Como dice el primer ministro canadiense, Carney, en esta mesa o eres comensal, o eres menú. Y yo no quiero que me coman.

Nieves B. Jiménez