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martes, 26 de mayo de 2026

José Javier Esparza: «Es preciso volver a pensar nuestra política en términos de interés nacional»

 ADELANTE ESPAÑA




José Javier Esparza, director y presentador de El gato al agua, en El Toro Televisión, y autor de títulos tan celebrados como su exitosa trilogía La Reconquista, Historia ilustrada de la legendaria infantería española y El jinete de luz. Clavijo, la batalla prohibida de La Reconquista, entre otros, deja por unos momentos la narrativa histórica para adentrarse en el ensayo con Reiniciar España (La Esfera de los Libros).

La periodista Nieves B. Jiménez le entrevista. Por su interés reproducimos dicha entrevista

Ya sabe cómo somos cuando llamamos al informático y le decimos que no arranca el ordenador después de hacer todo lo que nos ha indicado, que nos pregunta «¿has mirado si está enchufado?» Y, ¡sapristi!, no lo está… Ya le digo yo que nos va a costar poner España otra vez en marcha…

Claro que va a costar. Por eso hay que empezar cuanto antes. Enchufarnos. Es decir, recobrar la conciencia de lo que somos en la Historia como nación, como pueblo, como identidad, como comunidad de personas de carne y hueso que viene de una herencia determinada y que quiere sobrevivir en las generaciones futuras. Eso es enchufarnos.

¿Qué hay que reiniciar? Siguiendo con el símil del ordenador, ¿en qué pantalla se quedó colgada España?

Hay que reiniciar, creo yo, el proyecto nacional. España se quedó colgada en algún momento en el que, sin ser demasiado conscientes de ello, decidimos colectivamente que podía construirse un sistema democrático al margen de la nación: borrar la España histórica y disolvernos suavemente en el mundo global, en la Europa sin rostro, etc. Hoy vemos que nos hemos quedado sin nación, primero, y sin democracia después, hasta el punto de que el país lo gobierna una especie de casta de bandoleros apoyada en partidos separatistas que expresamente desean que España deje de existir. Es urgente salir de aquí.

¿Dónde hemos dejado la fuerza y voluntad de la generación de nuestros padres y abuelos que se sobreponían a tanta adversidad y se construían un camino? Las generaciones que nacieron en los años 30 y 40 del siglo pasado han sido los auténticos protagonistas del milagro español, ¿no cree?

Sin ninguna duda. En mi libro No te arrepientas les dedico un capítulo, porque esa generación es una de las muchas razones que hay para sentirse orgullosos de la Historia de España. Lo tuvieron difícil y salieron adelante. ¿Por qué no habría de pasar ahora lo mismo? Los problemas son distintos, pero las ganas de sobrevivir colectivamente deberían ser idénticas.

Dice que España está en vías de desaparecer como nación, España ya no sería España, ¿qué sería?

En lo que se va convirtiendo hoy es en una especie de unidad administrativa fragmentada en oligarquías, tanto territoriales como de otro tipo (políticas, económicas, etc.), cada una de las cuales vela sólo por su propio interés. El mismo peligro acecha a las otras naciones de la Europa occidental. La desaparición de la comunidad nacional significa también la desaparición de la democracia, porque ya no hay demos. Entraríamos en otra fase, una fase de descomposición acelerada.

En lo que sí estamos sumidos es en plena docilidad a la farsa del globalismo que apunta usted, obedeciendo como borregos, y una desespañolización creciente… ¿es así?

Era así. Antes. Yo creo que ahora estamos viviendo un gran cambio, lo que en Reiniciar España llamo «la gran clarificación», que hace que todo se vea con mucha más nitidez. El globalismo sigue funcionando como ideología de las élites (políticas, económicas, eclesiásticas), pero cada vez menos gente se traga sus dogmas. Por eso mi libro es más bien optimista: creo que es posible caminar hacia otra parte.

¿De qué hablamos cuando habla en uno de los capítulos de «desconstrucción»? No confundir con deconstrucción como la famosa tortilla de patatas de Ferran Adrià cuyos ingredientes quedaban descompuestos. Más bien España está desmantelada y, para colmo, somos el paraíso de esta desconstrucción, los más entusiastas en la aplicación de las políticas progresistas globales…

Imaginemos un lego, un mecano: uno lo deshace y desperdiga las piezas por el suelo, y eso es una destrucción. La desconstrucción –que es, sí, el término de Derrida– es otra cosa: no sólo destruyes lo construido, sino que atribuyes a cada pieza un significado nuevo y lo vuelves a montar todo dándole una identidad distinta. Ese es el proceso que estamos viviendo en Occidente con la resignificación de casi todo: el rol de los sexos, la historia colectiva, la identidad cultural, el sistema político, etc. España es, en efecto, el paraíso de eso que se ha llamado lo woke, que es desconstrucción en estado puro. Lo cual nos obliga a desconstruir la desconstrucción y volver a dar a cada cosa su significado original. Una nueva revolución cultural, en realidad.

Usted se pregunta si todavía es pecado decir que la apertura a la inmigración masiva es una política deliberada de nuestras élites. Sólo hay que ver las declaraciones de Antonio Garamendi apoyando la regularización de inmigrantes y a Luis de Guindos asegurando que «la inmigración es indispensable para España»…

Y a la Conferencia Episcopal apoyando el empeño. La inmigración masiva, en efecto, es una política deliberada de las élites. Es también un perfecto ejemplo de desconstrucción de nuestras identidades históricas por la vía de cambiar físicamente la composición de nuestras sociedades. ¿Para qué? Evidentemente, para mandarnos mejor. Es una operación de poder. Y contra eso es justo rebelarse.

Por otra parte, cualquiera con sentido común sabe el papel tan importante de la demografía como marcador de las crisis económicas y sociales. ¿Existe una ceguera (voluntaria) de nuestros gobernantes europeos y nacionales ante esta deriva suicida ante la baja natalidad, la inmigración incontrolada…?

Forma parte del mismo proceso. Hay que decir, no obstante, que el retroceso demográfico es hoy una constante universal, está pasando en todas partes, incluidas esas regiones del mundo que siempre nos presentan como produciendo niños sin cesar. El problema de la natalidad es más visible en Europa o en Japón porque aquí empezó antes, pero es general: este siglo nuestro es el primero que ha conocido un retroceso demográfico global desde la peste negra del siglo XIV. Lo natural sería adaptarse a él imaginando formas nuevas de organización, no succionando los recursos demográficos de otros pueblos. Y al margen de eso, es evidente que los europeos llevan dos o tres generaciones aclimatados a un contexto nihilista que empuja a considerar que tener hijos no es una prioridad. Es una forma de suicidio colectivo. Y también aquí el problema de fondo es cultural, mucho más que económico.

Hace poco se cumplió el aniversario del apagón. El PP, hace un tiempo, celebraba el cierre de Garoña y de la sustitución de la energía nuclear y los combustibles fósiles por las renovables. Ahora defiende la energía nuclear como indispensable… y así con otros temas. No extraña que al darle al botón de reiniciar esto colapse…

Hay que entender que el motor de estas decisiones no es el que nos dicen los políticos en sus discursos («salvar el planeta» y todo eso), sino los densísimos conglomerados de intereses económicos y de poder que salen beneficiados en el juego. La alternativa ha de consistir en desenmascarar esos intereses, que nunca coinciden con el interés general, y oponerles una política contraria que realmente busque la supervivencia de nuestras naciones.

Un capítulo elocuente de Reiniciar España es «cuando la izquierda traicionó al pueblo y la derecha traicionó a la nación», explíquenos esto

La izquierda traicionó al pueblo cuando dejó de representar los intereses de las clases populares (aunque fuera tantas veces equivocadamente) para adoptar un discurso supuestamente emancipador, pero cada vez más individualista y, en el fondo, burgués. Es lo que vio Pasolini en las protestas del 68, por ejemplo. Es verdad que, a partir de ese momento, la izquierda se fue enredando en discursos cada vez más alambicados, a veces simplemente lunáticos, que han terminado conduciendo al nihilismo woke. Y la derecha traicionó a la nación cuando prescindió del marco nacional, es decir, de una comunidad política concreta, para limitarse a predicar la gestión económica en un marco cada vez más globalizado donde la soberanía se evapora y uno acaba en manos de poderes exteriores, tanto públicos como privados. Hoy los términos derecha e izquierda son sólo etiquetas posicionales que sobreviven por inercia, pero que han dejado de significar posiciones realmente trascendentales. Lo trascendental es muy claramente la oposición globalismo/soberanismo.

Sugiere una revuelta de las naciones. Usted ha escrito varios libros dedicados a los grandes conquistadores y conquistas de España, ¿Imagina a aquellas figuras épicas contemplando cómo hemos destruido, siglos después, sus logros? ¿Encuentra alguna similitud heroica actualmente o qué principios debería contener esa revuelta?

Es verdad que nadie se baña dos veces en el mismo río, pero el hecho es que siempre hay agua. Puestos a buscar un precedente, a uno le viene a la cabeza aquel monje anónimo que en el año 754, en la Crónica mozárabe, lloraba la «pérdida de España» tras la invasión musulmana. Y sin embargo, aquella España perdida volvió a existir; de otra manera, con otra configuración, después de un largo lapso, pero manteniendo la conciencia de que un día existió. En cierto modo, nos estamos acercando a esa situación. Yo creo que por eso hay tanta gente en el poder que se pone nerviosa con la palabra «reconquista»: quizá entienden, aunque sea oscuramente, que siempre es posible reconquistar. ¿Sobre qué principios? Bueno, este libro está concebido precisamente para dar algunas pistas. Señalemos sólo una, para empezar: es preciso volver a pensar nuestra política en términos de interés nacional.

La red ferroviaria destrozada, Correos, el apagón, el patrimonio que se nos cae a pedazos, y aún hay países negociando con Pedro Sánchez, vamos, que les preguntas si le comprarían un coche usado al presidente y te dicen que sí. Pero, claro, qué países…

Pero precisamente: Sánchez es el tipo de gobernante que el sistema adora, esa mezcla un tanto indecente de nihilismo ideológico y servilismo al poder transnacional. Por eso puede permitirse todo tipo de desafueros sin que nadie desde el exterior le chiste, al revés. Es el niño bonito de las Úrsulas y las Lagardes y los Soros y los Gates. Porque ha convertido España en un bazar de saldo. Con la complicidad necesaria de los poderes en nuestro país, que han olvidado hace ya tiempo cualquier resto de patriotismo.

Tal vez España empiece a reiniciarse tras las elecciones andaluzas. ¿Con un PP de Juanma Moreno salido del régimen del 78, que añora el consenso y sueña con el PSOE «bueno» con el que alcanzaría acuerdos, cuando en el fondo le aterroriza lo que verdaderamente tendrá que hacer: negociar con VOX?

Juanmas los hay en todas partes y en todos los partidos. Son los restos del viejo mundo, aún en el poder, pero al borde ya del precipicio. Lo estamos viendo en toda Europa. VOX representa lo nuevo, es decir, la rectificación del marco político en términos de soberanía nacional, y por eso despierta tanta hostilidad en el sistema, como Alternativa en Alemania, Fratelli en Italia o el RN en Francia. Para el sistema es más aceptable cualquier grupúsculo violento neocomunista o islamista que un movimiento soberanista, porque los primeros no representan ninguna alternativa real, mientras que los segundos implican un cambio radical. En eso estamos.

¿En qué consiste su propuesta para una nueva etapa nacional: «La gran clarificación»? ¿Podemos ser optimistas?

Hablo de la «gran clarificación», que es una fórmula de Carlos Esteban, porque hoy ha quedado claro que detrás de los dogmas globalistas que nos han venido gobernando no había más que apuestas de poder concretas y parciales: ni el planeta se acercaba a su autodestrucción por el CO2, ni la inmigración era necesaria para que nuestros países sobrevivieran, ni las identidades históricas eran el caldo de cultivo del fascismo, ni nos amenazaba a todos una pandemia global, etc. Todo eso ha sido una mera narrativa del poder, y hoy ha quedado al desnudo la mano que la manejaba. Lo que hay que hacer es reaccionar, y el mejor modo de empezar es recuperar la capacidad de decisión en el marco nacional, que es el único lugar desde donde un pueblo puede defenderse. ¿Optimistas? Da igual, la verdad: simplemente, hay que hacerlo porque es nuestra única oportunidad para sobrevivir como pueblo, como comunidad política, como identidad histórica. Ese es ahora el combate. Lo están haciendo Rusia, China, la India, los Estados Unidos… Como dice el primer ministro canadiense, Carney, en esta mesa o eres comensal, o eres menú. Y yo no quiero que me coman.

Nieves B. Jiménez

Munilla contra los críticos de la campaña episcopal: insinuaciones sin respuesta



Hay una figura retórica que merece nombre propio, porque su eficacia consiste precisamente en no terminarse: la frase inacabada. Don José Ignacio Munilla la maneja con destreza de viejo predicador cuando, en su programa de la mañana de las vísperas de Pentecostés, alude a esos «medios que se dicen católicos» y deja, con la naturalidad del que sabe que el oyente completará solo lo que él prefiere no firmar, la elipsis suspendida en el aire. No hace falta acabar la frase. Todos entendemos lo que sigue: medios que se dicen católicos pero que en realidad son fariseos, violentos, racistas, instrumentalizadores de la fe, agitadores que se recrean en la sangre del adversario. El obispo no lo dice; lo deja dicho, que es una forma más cómoda y considerablemente menos costosa de decirlo, pues le permite la acusación sin el peso de sostenerla y la condena sin la incomodidad de argumentarla. Talleyrand, que de elipsis sabía lo suyo, habría apreciado la economía.

VIDEO DE MONSEÑOR MUNILLA. DURACIÓN 51:53


Conviene, por eso, devolverle al obispo una cortesía que él no se concede a sí mismo, que es la de terminar las frases. Si va a acusarnos —y está en su pleno derecho, faltaría más, que para eso tiene micrófono, diócesis y la robusta certeza de quien nunca duda de hallarse del lado correcto—, que nos acuse del todo. Que diga quiénes, que diga qué, que diga cuándo. Porque la insinuación tiene una ventaja inestimable sobre la afirmación: no se puede refutar lo que no se ha llegado a enunciar, y el que insinúa conserva siempre la salida del «yo no he dicho eso» mientras recoge íntegros los réditos de haberlo sugerido. Es la calumnia con coartada incorporada, el género literario favorito de quienes han descubierto que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Pero hay algo más interesante que la cobardía gramatical de la frase a medias, y es la asimetría que la sostiene. Imaginemos por un momento que alguno de esos medios que se dicen católicos —pongamos, por hipótesis, uno cualquiera— se refiriese al propio Munilla, o a cualquier otro prelado de su cuerda, con la fórmula «obispos que se dicen católicos». Imaginemos el escándalo. Imaginemos las invocaciones a la comunión eclesial, al respeto debido al sucesor de los apóstoles, a la prudencia, a la unidad, a la mansedumbre evangélica que un periodicucho resentido jamás sabrá comprender. Y sin embargo la fórmula sería exactamente la misma, con la misma estructura, el mismo veneno y la misma elipsis: obispos que se dicen católicos, pero que en realidad. La diferencia no está en la frase. La diferencia está en quién puede permitirse pronunciarla. El obispo se arroga la facultad de dictaminar quién permanece dentro de los márgenes de la catolicidad y quién ha sido ya cordialmente expulsado de ellos —siempre, claro, los que discrepan de él, en una coincidencia tan perfecta entre la ortodoxia y su propia opinión que uno empieza a sospechar que ambas se confunden en su cabeza— mientras a los expulsados no se les reconoce ni el derecho a devolver la pelota. Hay aquí una teología implícita digna de estudio: la de un magisterio que se ejerce hacia abajo y nunca admite reciprocidad, porque juzgar la conciencia ajena es abuso intolerable cuando lo hacen los otros y discernimiento pastoral cuando lo practica uno mismo.

El vídeo de “Alzad la mirada” y el hombre de paja

Vengamos ahora al fondo, porque el obispo tiene la elegancia de proporcionarnos, en el mismo programa, dos muestras espléndidas de cómo se construye un hombre de paja para tener después el gusto de derribarlo.

La primera es la del vídeo. La Conferencia Episcopal ha lanzado una campaña —»Alzad la mirada»— cuya pieza estrella muestra un vagón de metro lleno de individuos absortos en sus pantallas hasta que una voz los invita a levantar los ojos y mirarse los unos a los otros, a descubrir que el del maletín y el estudiante, la chica de los lunares y el muchacho de enfrente, comparten cansancios, dudas y sueños. Es, técnicamente, una pieza impecable. Es también, y esto importa más, un anuncio que podría servir igual de bien para una compañía telefónica, una entidad bancaria con vocación social o el sorteo de Navidad, y al que únicamente un rótulo final adherido con prisa revela como antesala de la visita del Sucesor de Pedro.

En esos noventa segundos de buenismo terapéutico no aparece Cristo. No aparece su Madre. No aparece la Cruz, ni la salvación, ni la conversión, ni el pecado, ni la gracia, ni una sola de las palabras que distinguen al Evangelio de un cursillo de inteligencia emocional. Aparece, eso sí, la empatía. Mucha empatía. La empatía es la única trascendencia que el algoritmo tolera sin protestar, y no es casualidad que la propia campaña se presente a los anunciantes como una iniciativa «contra la polarización» que «trasciende lo religioso para situarse en el debate social»: lo confiesan ellos, no nosotros.

Esa es la crítica. Esa, y ninguna otra. Que la Iglesia se presente ante España, en la víspera de recibir al Papa, convertida en una agencia de filantropía indefinida que ha decidido prescindir del único nombre que justifica su existencia.

Pues bien: el obispo coge esa crítica, la dobla con cuidado, la guarda en un cajón y saca en su lugar otra completamente distinta, fabricada por él mismo a la medida de su comodidad. Según su relato, quienes critican el vídeo lo hacen porque desean la polarización, porque les conviene la tensión, porque necesitan el enfrentamiento entre españoles para sus turbios fines políticos; y a continuación, con un sentido de la oportunidad que merecería mejor causa, desentierra el micrófono abierto de Zapatero en 2008 —»nos conviene que haya tensión», «voy a empezar a dramatizar»— para insinuar que los críticos del vídeo son los herederos espirituales de aquella estrategia, solo que desde la otra orilla.

La maniobra es tan vistosa como deshonesta. Nadie, absolutamente nadie, ha criticado la campaña por defecto de crispación. A nadie se le ha ocurrido reprochar a la Conferencia Episcopal que el vídeo sea poco beligerante. Lo que se le reprocha es exactamente lo contrario de lo que el obispo finge rebatir: que haya disuelto el anuncio del Evangelio en un caldo de fraternidad genérica donde Cristo sobra.

Pero contra esa objeción no tiene respuesta, y entonces hace lo que hace el polemista cuando la verdad le resulta incómoda: cambia la pregunta. Combate con denuedo una posición que nadie sostiene para no tener que defender la suya, que es indefendible. A las hormigas rojas y negras de su parábola habría que añadir una tercera especie: la que agita el bote y luego predica serenidad.

La falsa equivalencia moral

Y la segunda muestra, la más grave, porque ya no toca la estrategia sino la doctrina. Dice el obispo, con ese aire de equilibrista que ha confundido la equidistancia con la prudencia, que hoy en España no hay ningún partido plenamente identificable con el Evangelio, que todos tienen incoherencias graves, todos, y procede entonces a la enumeración: unos chocan con la defensa de la vida, la familia, la antropología cristiana; otros se alejan en cuestiones de justicia social, migraciones o «dignidad de los pobres»; otros han abrazado discursos belicistas; y prácticamente todos subordinan el bien común a sus estrategias de poder.

La frase tiene la apariencia tranquilizadora de las verdades obvias —por supuesto que ningún partido es la Ciudad de Dios, faltaría más— y esconde bajo esa apariencia un error que la propia Iglesia que el obispo dice servir ha condenado con todas las letras. Porque meter en la misma enumeración, con la misma cadencia y el mismo «todos», el aborto y la política migratoria es no haber entendido —o haber decidido olvidar por conveniencia retórica— la diferencia entre lo que la teología moral llama un mal intrínseco y lo que pertenece al orden del juicio prudencial.

El aborto es la supresión deliberada de un inocente: un intrinsece malum, un acto que ninguna circunstancia, ninguna ponderación, ningún bien ulterior puede volver lícito. Lo enseña Evangelium vitae, lo recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe en su nota de 2002 sobre el compromiso político de los católicos, lo precisó Benedicto XVI al distinguir entre valores no negociables y opciones contingentes.

La política migratoria, en cambio —cuántos acoger, con qué ritmo, bajo qué condiciones, en qué equilibrio entre el deber de hospitalidad y la capacidad real de integración que el propio Catecismo somete al bien común de la comunidad de acogida— pertenece al terreno donde caben legítimamente posiciones católicas opuestas, donde el fiel puede discrepar del obispo sin salirse un milímetro de la ortodoxia, y donde el pastor que pretende imponer su preferencia prudencial como si fuera dogma comete exactamente el abuso que tanto le indigna cuando cree advertirlo en los demás.

Igualar ambas cosas, alinearlas en una misma lista de «incoherencias graves», repartir el reproche con la ecuanimidad simétrica del que quiere quedar bien con todos, no es prudencia: es relativismo moral con sotana. Es nivelar la montaña y el grano de arena para poder decir, satisfecho, que al fin y al cabo todo son montículos. Y el efecto último —lo diga o no lo diga el obispo, lo quiera o no— es la coartada perfecta para el votante que prefiere no jerarquizar nada porque jerarquizar obliga, y obligar incomoda.

La condescendencia clerical

Resulta entonces que el prelado que tan severamente nos reprende a los demás por instrumentalizar a la Iglesia ha instrumentalizado, en una sola mañana de radio, la palabra de Acquaviva para vestir de mansedumbre su comodidad, la anécdota de Zapatero para combatir a un adversario inexistente, y la insinuación elíptica para excomulgar sin firmar la sentencia.

Todo ello, naturalmente, con un tono que él juzga caritativo y que en rigor es la forma más refinada de la soberbia: la del que se ha repartido a sí mismo el papel de los amables, los amorosos, los serenos, los que alzan la mirada, y ha asignado a quien le contradice el de los resentidos que se recrean en la sangre.

No hay agresividad en su voz, es verdad. Hay algo peor, que es esa condescendencia clerical, suave como el guante de seda de la máxima jesuita, con la que se palmea la cabeza del discrepante antes de dejarlo, con infinita ternura pastoral, extramuros de la catolicidad.

Alzad la mirada, nos pide el obispo. De acuerdo. Alcémosla. Pero alcémosla del todo, hasta lo alto, hasta la Cruz, que es donde está escrito el único nombre que su campaña olvidó mencionar; y no la detengamos, por caridad, a la cómoda altura de su propia opinión.

Mariano Gaspar

lunes, 25 de mayo de 2026

«La FSSPX es el síntoma, no la enfermedad». Un problema urgente que resolver en la Iglesia



Al liberal católico Lord Acton (1834-1902) se le atribuye la frase: «El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente». En las democracias se ha llegado a la conclusión de que hay que desconfiar del poder y que este debe ser limitado. Por ello, se divide, entre otras cosas, mediante el reconocimiento de los derechos fundamentales, la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), la subsidiariedad y el federalismo, los referéndums y los límites a los mandatos. Mediante un «contrato social» de todos los ciudadanos, la Constitución, se acuerda compartir el poder político de esta manera. Pero ni siquiera esto lo refrena siempre lo suficiente.

En la Iglesia, el problema del poder es aún más acuciante. Y es que allí no existen todos los medios mencionados para fragmentar el poder. Más bien, según la doctrina de la fe y el Código de Derecho Canónico (CIC/1983), el Papa «tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia» (c. 331).

El Papa posee, pues, el poder absoluto. ¿Corrompe, por tanto, el poder absoluto de manera absoluta dentro de la Iglesia? Si se considera la Iglesia únicamente con ojos humanos, habría que decir: sí, así es. Pero si se considera con los ojos de la fe, esto no es cierto. Porque existe un único «instrumento» para limitar la omnipotencia papal: es la obediencia incondicional a la Sagrada Tradición y a la Sagrada Escritura, a la que el Papa está obligado en conciencia. Solo porque la Iglesia en su conjunto y el Papa en particular están sujetos a esta limitación de poder, es posible que en ella se confíe a un hombre el poder absoluto. La desconfianza hacia el poder se supera así en la Iglesia gracias a que los fieles confían en que el Papa sabe que está obligado, por la obediencia incondicional a la fe, en el ejercicio de su poder, que en sí mismo es ilimitado.

Esta confianza se ha visto sacudida en la Iglesia; para muchos, está destruida. El papa Francisco ha convertido la indisolubilidad del matrimonio en una farsa con «Amoris Laetitia». Ahora solo rige en teoría. En la práctica, con unas cuantas «discernimientos pastorales» —sobre cualquier base y por parte de quien sea— se puede vivir en adulterio con la conciencia tranquila. La bendición vaticana extralitúrgica de unos segundos para parejas del mismo sexo y extramatrimoniales («Fiducia supplicans») supone un nuevo alejamiento del matrimonio cristiano. Gestos ambiguos como el culto a la Pachamama en el Vaticano y el «Documento sobre la fraternidad de todos los hombres» (Declaración de Abu Dabi) de 2019 han negado de hecho el universalismo salvífico cristiano. El nombramiento de laicos para puestos de liderazgo en el Vaticano, que conllevan el ejercicio de la potestad de gobierno, supone una ruptura con el Concilio Vaticano II (LG 21; Nota explicativa praevia 2). Socava el orden sacramental-jerárquico de la Iglesia. Esta situación persiste bajo el pontificado del papa León XIV. En el marco del «sinodalismo», la Sede Apostólica ha publicado un documento que intenta justificar el rechazo del Concilio Vaticano II (Informe final del Grupo de Estudio 5 sobre el sacramento del orden y la «potestas sacra»). Sin comentarios —y de forma irresponsable—, la Sede Apostólica ha publicado un texto herético que relativiza la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia (informe final del Grupo de Estudio 9 sobre «temas complejos»).

Incluso los graves abusos litúrgicos son ignorados o minimizados tanto por muchos obispos como por la Santa Sede. Sin embargo, se acosa a los fieles que siguen la forma extraordinaria. A los sacerdotes se les dificulta o se les impide celebrar la Eucaristía de esta manera. Se humilla a los laicos al prohibirles celebrar esta forma de la Eucaristía en las iglesias parroquiales. A estos fieles se les empuja a la clandestinidad o a la Fraternidad San Pío X, cuya existencia luego se lamenta.

El Papa permite que los obispos alemanes, que desde hace años socavan con su «Camino Sinodal» el orden sacramental de la Iglesia e institucionalizan la bendición de parejas del mismo sexo, sigan actuando así. Se dice que se ha hablado con ellos. Sin embargo, a la Fraternidad San Pío X se le amenaza con la excomunión con ayuda del poder papal absoluto. El Papa hace caso omiso de la Constitución dogmática «Lumen Gentium» (n.º 21) relativa al sacramento del orden y exige la aceptación de la Constitución litúrgica «Sacrosanctum Concilium». Ambos son documentos del mismo concilio. Esta doble moral destruye la confianza de muchos fieles.

El anuncio de la Fraternidad San Pío X de consagrar obispos por su cuenta es una muestra de la pérdida de confianza en el Papa. Y la aceptación de este acto, que va mucho más allá de los seguidores de la Fraternidad, demuestra que, para muchos, la confianza ha dado paso a la desconfianza. Han pasado demasiadas cosas y las consecuencias son devastadoras. Porque cada vez más fieles se dan cuenta de que la doctrina de la Iglesia ya no es el límite para las acciones de la jerarquía. Esa es la enfermedad de la que realmente adolece la Iglesia. Y no se puede curar ejerciendo la omnipotencia papal mediante amenazas y excomuniones. Porque si el poder desenfrenado del más fuerte es determinante en la Iglesia, solo hay una conclusión: hay que limitar ese poder. La consagración de obispos en contra de la voluntad del Papa es, en última instancia, el intento —sin duda problemático— de limitar la omnipotencia papal, cuando su límite ya no es la doctrina de la Iglesia.

Si no se quiere que los cismas sigan limitando la omnipotencia papal, solo hay un camino: el Papa debe sanar las heridas causadas a la doctrina de la Iglesia. Solo así podrá hacer frente a la desconfianza y restablecer la confianza. No lo conseguirá con imposiciones, amenazas y doble rasero. La Fraternidad San Pío X no es la enfermedad, sino un síntoma. Este síntoma se puede combatir con la excomunión. La omnipotencia papal lo permite sin duda desde el punto de vista jurídico. Pero la enfermedad no se cura con ello. Seguirá supurando y dividirá y debilitará el cuerpo de Cristo, la Iglesia. El Papa tiene la llave para curar la enfermedad. Debe utilizarla y no puede eludir el problema. Porque no gobernar también significa gobernar. Esa es también una consecuencia que se deriva de la omnipotencia papal.

por el P. Martin Grichting, canonista y ex vicario general de la diócesis de Coira, Suiza

sábado, 23 de mayo de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #118 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 33:34 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA
  ESPAÑA
1. El gobierno de España ante la visita del papa
2. Dos vírgenes consagradas en Madrid
3. VI peregrinación a Covadonga
MUNDO
4. La transmisión de la fe
5. Irlanda. Vallas animando a rezar el rosario
6. Desde Kenia. Sin sacramentos no hay Iglesia
7. Buenas noticias de los obispos USA
8. Despropósitos del Grupo 9 del Sínodo
9. Día del orgullo gay en Sodoma

jueves, 21 de mayo de 2026

Si el viaje del Papa fuera esto, sería mejor que no viniera



Acabo de ver un vídeo hecho por la Conferencia Episcopal para promover la visita de León XIV a España que me ha enviado un lector. A pesar de haber visto de todo ya en mi vida, me ha invadido una abrumadora vergüenza ajena. Qué bajo hemos caído. Qué bajísimo.

Francamente, si el viaje del Papa tuviera algo que ver con este penoso vídeo, sería mejor que no viniera a España. Para traernos la misma banalidad sentimentaloide que encontramos por doquier en la sociedad poscristiana y apóstata, no merecería la pena. Estaría dedicando su tiempo y sus esfuerzos a llevar nieve al polo norte. Por fortuna, si Dios quiere, el viaje del Papa será mucho más que lo que refleja esa publicidad tontorrona, acomplejada y completamente desprovista de fe.

¿Creen que exagero? Véanlo ustedes mismos:

TIEMPO 2:44 MINUTOS


¿Contenido cristiano? Cero patatero. Es puro buenismo secularizado. A los personajes del vídeo, que viajan en metro, se les exhorta a mirar “a quien tienen enfrente” porque así verán “la verdad que hay en esos otros ojos”. En primer lugar, se nota a la legua que quien dice esas tonterías no ha ido nunca en metro o, si lo ha hecho, ha sido precisamente con los ojos fijos en su móvil. Segundo y mucho más importante, es tristísimo que esas cosas las diga la Iglesia, que sabe perfectamente dónde está la Verdad, pero, por lo visto, prefiere decir tonterías políticamente correctas.

Según el vídeo, al mirar a la persona de enfrente, también se descubre que “tenéis vidas distintas, sí, pero que compartís el cansancio del que trabaja cada día”. O no, porque hay gente cansada y gente descansada y gente que trabaja todos los días y otra que se dedica a no hacer nada tan ricamente. Y, en cualquier caso, ¿qué más da? De nuevo, la Iglesia sabe que lo que de verdad merece la pena compartir es la fe, que es precisamente lo que León XIV vendrá a proclamar. ¿Por qué hablar de todo menos de eso?

También supuestamente entenderán los viajeros que “no compartís gustos, pero sí el mismo deseo por encontrar las soluciones que agobian a vuestra generación”. Como si la solución de los agobios de todas las generaciones que en el mundo han sido no fuera la misma: Jesucristo.

Y lo de “en este vagón, como en la vida no importa la estación de la que vienen, sino el camino que les une”, francamente, produce náuseas. Es el arquetipo de frase hueca y pedestre que sugiere poderosamente que el autor del vídeo y los que lo han aprobado tienen una mente deformada por el relativismo y la publicidad. ¿Por qué? ¿Por qué la Iglesia nos castiga con estas memeces?

¿De verdad cree alguien que “la persona que tengo enfrente es la respuesta que necesito para entenderme”? ¿Cuándo dejó de serlo Cristo? ¿De verdad la conclusión final es “bajen las barreras, encuentren las respuestas? ¿Las respuestas? ¿Eso lo dice la encargada de proclamar la única Respuesta? ¿Ha pagado la Conferencia Episcopal, con el dinero que las viudas echan en la colecta, esta malhadada mezcla de relativismo, secularismo y buenrrollismo políticamente correcta?

Si la visita del Papa fuera esto, si lo que la Iglesia anuncia o tiene que ofrecer fuera algo lejanamente parecido a esto, seríamos los más desgraciados de todos los hombres. Dejémonos de tonterías y hablemos al mundo de la fe católica, que es lo que necesita y puede salvarlo. El día está avanzado y la noche se echa encima. Dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.

Bruno Moreno

El informe del Sínodo sobre las relaciones entre personas del mismo sexo debe ser refutado con firmeza


Cardenal Willem Jacobus Eijk 


El informe recientemente publicado por el Grupo de Estudio 9 del Sínodo supone una preocupante desviación de la enseñanza moral constante de la Iglesia católica. Aunque los autores afirman carecer de «la competencia o, sobre todo, de la autorización eclesiástica necesaria» para abordar de manera definitiva cuestiones morales individuales, la metodología y el marco del informe socavan sistemáticamente la capacidad de la Iglesia para proclamar y aplicar su doctrina moral. No se trata meramente de una deficiencia técnica, sino de una contradicción fundamental de la enseñanza católica que exige una respuesta contundente.

La preocupación más inmediata se refiere al tratamiento que el informe da a las relaciones entre personas del mismo sexo. El documento presenta testimonios de personas con atracciones homosexuales sin proporcionar el marco moral de la Iglesia para comprender estas experiencias. El informe afirma que un testigo «da testimonio del descubrimiento de que el pecado, en su raíz, no consiste en la relación de pareja (del mismo sexo), sino en la falta de fe en un Dios que desea nuestra plenitud». Los autores del informe reproducen esta afirmación sin corrección ni aclaración.

El razonamiento de este testigo es fundamentalmente erróneo. Los actos homosexuales son intrínsecamente malos: esta es una doctrina católica establecida. Un cristiano creyente que se involucra en tales actos ciertamente falla en la fe, en la medida en que no confía en la gracia de Dios, que le permite evitar el pecado. Pero esto no significa que el pecado resida principalmente en la falta de fe más que en el acto en sí, como sugiere el testigo. El hecho de que los autores no aclaren este punto crea una ambigüedad peligrosa.

Un segundo testimonio es aún más problemático. Este testigo buscó primero ayuda en Courage International, el apostolado católico que enseña a las personas que experimentan atracciones hacia el mismo sexo a vivir de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia sobre la castidad. El informe presenta a Courage de manera negativa, sugiriendo que «separa la fe y la sexualidad» y afirmando falsamente que ofrece terapia de conversión. El testigo encuentra finalmente refugio en comunidades cristianas y con sacerdotes que acogen a «personas rechazadas por pertenecer a la comunidad LGBT». La clara implicación es que este segundo testigo, que vive en una relación homosexual, lo hace con el apoyo y la aprobación de estos sacerdotes y comunidades.

Al destacar tales testimonios sin comentarios doctrinales, el informe normaliza de hecho las relaciones homosexuales en el contexto de la Iglesia. Esto representa un claro intento de debilitar la proclamación de la doctrina moral católica.

El problema más profundo radica en todo el marco metodológico del informe. Los autores subordinan todo a la descripción de un «proceso sinodal» centrado en las prácticas y experiencias de las personas. Rechazan explícitamente lo que denominan «proclamar de manera abstracta y aplicar deductivamente principios establecidos de forma inmutable y rígida». En su lugar, abogan por mantener una «tensión fecunda entre lo establecido en la doctrina de la Iglesia y su práctica pastoral, y las prácticas de la vida».

Este lenguaje suena pastoral y centrado en Cristo, pero oculta una desviación radical de la teología moral católica. Los autores invocan la afirmación de Jesús de que «el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» para sugerir que las normas morales no pueden ser absolutas --que debe haber excepciones basadas en las circunstancias y experiencias individuales--. Se trata de una interpretación errónea fundamental de la Escritura.

La enseñanza de Jesús sobre el sábado se refería a la ley positiva divina --normas reveladas en la Escritura que no son intrínsecamente absolutas a menos que coincidan con la ley natural--. Las leyes litúrgicas judías han quedado efectivamente sin efecto en el Nuevo Testamento. Pero la ley moral relativa al matrimonio y la sexualidad tiene un carácter totalmente diferente. Estas normas emanan de la ley natural, que refleja los designios de Dios al crear a los seres humanos, el matrimonio y la sexualidad misma.

Dios creó el matrimonio como una entrega mutua y total entre un hombre y una mujer, a través de la cual pueden transmitir la vida humana. La diferenciación sexual y la apertura a la vida son elementos esenciales de esta entrega total. Los actos sexuales entre personas del mismo sexo no pueden constituir tal entrega total, ya que, por su propia naturaleza, están cerrados a la transmisión de la vida. Cualquier acto que viole las intenciones creadoras de Dios respecto al matrimonio y la sexualidad es siempre inadmisible, sin excepción. Estas son normas absolutas de la ley natural, establecidas para proteger valores no negociables.

El informe crea una ambigüedad deliberada precisamente en este punto. Los autores escriben que «la verdad universal de lo humano, en su expresión histórica, no puede, por lo tanto, determinarse de una vez por todas, sino que se encuentra en las formas concretas de las diferentes culturas, en un diálogo incesante». Sugieren que llegar al conocimiento moral requiere un proceso sinodal a largo plazo de escucha entre culturas y experiencias.

Esto es simplemente falso. Las intenciones con las que Dios creó a la persona humana en el contexto del matrimonio y la sexualidad son verdades universales, establecidas de una vez por todas, que los seres humanos pueden conocer espontáneamente a través de la ley moral natural, y que se encuentran en la Sagrada Escritura. San Pablo enseña que cuando los gentiles «que no tienen ley, cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos, aun sin tener ley, son para sí mismos ley. Esos tales muestran que tienen escrita en sus corazones la exigencia de la ley» (Rom 2, 14-15).

El rechazo del informe a aplicar verdades morales universales a acciones específicas se hace aún más evidente en su principio de «pastoralidad». Este principio guía el «discernimiento de cuestiones emergentes» dentro del proceso sinodal. La comisión prefiere la expresión «cuestiones emergentes» a «cuestiones controvertidas» porque «la lógica de la emergencia hace hincapié en la capacidad de todo el Pueblo de Dios para «permanecer con el problema» en lugar de resolverlo.

En la práctica, esto significa evitar «una perspectiva de resolución de problemas, o la de quienes presumen deducir la acción de la simple aplicación de normas». La comisión no busca «una solución generalizable», sino más bien «formas concretas de iniciar un proceso en forma de escucha». Esto representa «la superación del modelo teórico que deriva la praxis de una doctrina »preconfigurada». En otras palabras, el informe deja de lado la aplicación de la doctrina de la Iglesia y la teología moral clásica en la atención pastoral y la confesión.

Esto se deriva de un malentendido persistente que ha plagado la teología pastoral desde la década de 1960: la noción de que la atención pastoral consiste en encontrar compromisos entre la enseñanza moral de la Iglesia y la realidad concreta de la vida de las personas. Este enfoque asume que la verdad moral tiene un doble estatus --verdad doctrinal abstracta, por un lado, y verdad existencial concreta, por otro-- y da prioridad a esta última para crear espacio para excepciones a las normas universales.

El papa Juan Pablo II rechazó enérgicamente este enfoque en Veritatis Splendor: «Sobre esta base se pretende legitimar las llamadas soluciones «pastorales» contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica «creativa», según la cual la conciencia moral no estaría obligada en modo alguno, en todos los casos, por un precepto negativo particular».

La verdadera atención pastoral no busca compromisos con la verdad moral. El pastor conduce a las personas hacia la verdad, que se encuentra en última instancia en la Persona de Jesucristo. Debe animar a quienes están a su cargo a ajustar sus acciones a la verdad tal y como se establece en las normas morales. No hay auténtica caridad pastoral en oscurecer la verdad moral o sugerir que las normas universales admiten excepciones basadas en circunstancias individuales.

El informe del Grupo de Estudio 9 contradice fundamentalmente la doctrina moral católica y socava por completo su aplicación a la conducta moral. Relativiza la doctrina moral de la Iglesia, con consecuencias que van mucho más allá de las cuestiones de sexualidad hasta la protección de la vida humana misma. Este informe debe ser refutado con firmeza.

Mientras tanto, los fieles pueden estar seguros de que varios cardenales y obispos darán a conocer sus objeciones al Magisterio romano.

La enseñanza de la Iglesia no es oscura, ni está sujeta a revisión a través de procesos sinodales. Es la verdad la que nos hace libres.

La Iglesia de los «puentes»: Bad Bunny no molesta; el Valle de los Caídos sí

INFOVATICANA



El cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, ha dejado abierta la puerta a un posible encuentro entre el papa León XIV y el cantante Bad Bunny durante la visita que el Pontífice realizará a España del 6 al 12 de junio. En declaraciones a Europa Press, Cobo afirmó que “puede haber puentes” con el mundo cultural y aseguró que no existiría incompatibilidad entre la presencia del Papa en Madrid y los conciertos que el puertorriqueño ofrecerá esos mismos días en la capital. Además, lamentó que el posible encuentro con Rosalía, recientemente premiada por la Conferencia Episcopal Española, no fuera posible debido a la agenda de la artista.

Todo se mueve dentro de un mismo lenguaje: puentes, diálogo, encuentro, búsqueda compartida de valores.

Y, sin embargo, cuanto más se escucha ese discurso, más evidente se vuelve otro detalle: algunos de los grandes símbolos históricos y espirituales del catolicismo español han quedado completamente fuera del horizonte de la visita.


Una visita cuidadosamente diseñada

La agenda de León XIV en España no es improvisada. Al contrario. Todo está debidamente planeado con una voluntad muy concreta para proyectar una imagen de Iglesia: abierta, dialogante, amable, culturalmente accesible y cuidadosamente alejada de cualquier símbolo que pueda resultar incómodo en el clima político y mediático actual.

Es por eso que Bad Bunny aparece presentado como una oportunidad para “crear puentes”, otros lugares profundamente vinculados a la identidad católica española ni siquiera figuran en el mapa del viaje.

Mientras tanto, algunos de los grandes símbolos históricos y espirituales del catolicismo español han quedado completamente fuera de la agenda: ni el Valle de los Caídos, ni Covadonga, ni el Cerro de los Ángeles, ni el Pilar, ni Santiago de Compostela o el Rocío.

La incomodidad con los propios símbolos

Aclaremos. El problema no es que un Papa pueda encontrarse con un cantante. La Iglesia siempre ha dialogado con artistas, gobernantes, intelectuales y personas de toda condición.

La cuestión es otra. La cuestión es por qué parece existir hoy mucha más comodidad eclesial acercándose al universo cultural del entretenimiento globalizado que reivindicando sin complejos los grandes símbolos históricos del catolicismo español.

El Valle de los Caídos continúa siendo tratado como un espacio prácticamente tóxico para buena parte de la jerarquía. Covadonga, cuna espiritual de la Reconquista y símbolo del nacimiento de la España cristiana, ni aparece. El Cerro de los Ángeles —consagración nacional al Sagrado Corazón— permanece completamente fuera del relato oficial.

Está claro que los símbolos tradicionales generan hoy más nerviosismo eclesial que cualquier estrella de reguetón internacional.

La Iglesia del “abrazo”

Las propias palabras de Cobo reflejan además un modo muy concreto de presentar la fe. Al hablar de la vigilia papal con los jóvenes, el cardenal la describió sobre todo como “un abrazo”. No como una llamada a la conversión. No como un encuentro con Cristo. No como una proclamación del Evangelio. Sino como una experiencia afectiva y humana compartida.


El problema llega cuando el contenido específicamente cristiano empieza a desaparecer detrás de una vaga espiritualidad emocional. Algo parecido sucede cuando Cobo defiende el premio concedido a Rosalía. Lo importante —explica— no es que represente una espiritualidad católica ortodoxa, sino una cierta “búsqueda” compartida por «lo grandes valores».


El problema no es que la Iglesia tienda la mano a quienes buscan, dudan o viven alejados de la fe. El cristianismo siempre ha salido al encuentro del hombre concreto, con sus contradicciones y heridas.

La cuestión es qué ocurre después de ese primer puente: si ese acercamiento conduce verdaderamente al anuncio de Cristo y del Evangelio o si todo termina reducido a una vaga experiencia de acompañamiento, escucha y búsqueda compartida sin una propuesta clara de verdad, conversión y salvación.

Los símbolos que ya no parecen cómodos

Quizá el rasgo más revelador de esta visita no sea la posibilidad de un encuentro con Bad Bunny. Tampoco los gestos hacia el mundo cultural contemporáneo. El cristianismo siempre ha dialogado con su tiempo.

Lo verdaderamente significativo es qué símbolos se consideran hoy presentables y cuáles parecen haberse convertido en un problema.

Porque mientras se insiste constantemente en los “puentes” hacia fuera, da la impresión de que algunos dentro de la Iglesia sienten una creciente incomodidad hacia buena parte de su propia memoria histórica, espiritual y civilizadora.

Y eso probablemente explica mucho mejor la crisis de identidad del catolicismo occidental que cualquier concierto multitudinario en Madrid.

Aséptico y vacío: el spot oficial de la visita del Papa a Madrid prescinde de Cristo





La campaña que acompaña la preparación del Viaje del Papa a España ha presentado el spot oficial para la visita de León XIV a España. Dos minutos y medio de imágenes cuidadas, estética impecable, música emotiva y un mensaje centrado en la mirada, el encuentro, las diferencias humanas y la convivencia social. Todo muy correcto. Todo muy sensible. Todo extraordinariamente vacío.

El resultado recuerda más a una campaña filantrópica de sensibilización social que a un anuncio para la visita del sucesor de Pedro.




¿Cómo puede un spot oficial para la visita del Papa convertirse en un mensaje tan cuidadosamente desprovisto de contenido cristiano?

Mucha emoción, poca fe
El vídeo presenta un vagón de metro lleno de personas distintas que aprenden a “mirarse” y descubrir que comparten miedos, sueños y cansancios. El mensaje final invita a “alzar la mirada”, “bajar las barreras” y “encontrar respuestas”
Pero respuestas… ¿a qué?

El problema no es hablar de fraternidad humana. El cristianismo siempre ha hablado de ella. El problema es construir un discurso donde la dimensión sobrenatural desaparece completamente y donde el hombre parece bastarse a sí mismo a través de la simple experiencia emocional del encuentro con el otro.

El resultado es un mensaje perfectamente compatible con cualquier campaña institucional, ONG internacional, anuncio corporativo o iniciativa de cohesión social, hasta un anuncio de refresco podría encajar.

El hombre como respuesta del hombre

Quizá la frase más reveladora del vídeo llega cuando la voz en off pregunta: “¿Y si la persona que tengo enfrente es la respuesta que necesito para entenderme?”.

Ahí aparece condensado todo el problema antropológico y espiritual del anuncio.

Porque para el cristianismo, el hombre no es la respuesta última del hombre. Cristo lo es.

El prójimo importa precisamente porque remite a Dios, porque ha sido creado a imagen de Dios y porque el amor al otro nace del amor a Cristo. Cuando se elimina ese fundamento sobrenatural, la fraternidad termina reducida a un sentimentalismo horizontal tan emotivo como incapaz de responder a las preguntas profundas del alma humana.

Una estética eclesial cada vez más secularizada

El vídeo refleja además una tendencia cada vez más frecuente en la comunicación eclesial contemporánea: la obsesión por resultar inclusivos, amables y universalmente aceptables incluso a costa de vaciar el mensaje cristiano de su contenido más específicamente religioso.

Todo está diseñado para no incomodar a nadie.

No hay pecado porque podría sonar duro. No hay verdad porque podría sonar excluyente. No hay llamada a la conversión porque podría parecer exigente. No hay Cristo porque podría dividir.

Queda únicamente una espiritualidad genérica del encuentro, la empatía y las emociones compartidas.

Paradójicamente, en el intento de resultar accesible a todos, el mensaje termina perdiendo precisamente aquello que hace única a la Iglesia.

Blanca Parga va al fondo de la cuestión en el Valle de los Caídos: "Con la ley en la mano no cabe negociar"



Blanca Parga Landa. Doctor en Ingeniería Naval (1988, Escuela Técnica Superior de Ingenieros Navales ETSIN, UPM). Premio Extraordinario de Doctorado. Licenciada en Derecho 2015 (UCM). Escuela de Práctica Jurídica 2016, Especialización en Derecho Medioambiental EPJ 2017, (núm. 1 de la Promoción). Máster en Ciclo Integral del Agua: Planificación de recursos, Calidad y Tratamiento (2024,UPM).

Ingresó por concurso oposición en el Cuerpo de Profesores Titulares de Universidad en 1989. (UPM) Seis Quinquenios Docentes y cuatro Sexenios. Ha impartido docencia en varias asignaturas del área de Ciencia de los Materiales e Ingeniería Metalúrgica, Organización y Calidad en la ETSIN; ha impartido también Recursos Hídricos en Materiales de Construcción en el Máster Universitario de Economía Circular (MUEC) de la UPM. Desde 2017 hasta la actualidad es Profesora Coordinadora de Calidad, Seguridad y Protección medioambiental en los Grados de Arquitectura Naval e Ingeniería Marítima. Desde 2019 es también Coordinadora de Recursos hídricos en materiales de Construcción en el Máster de Economía Circular de la UPM.

Es autora de más de cincuenta publicaciones (artículos en revistas científicas indexadas, capítulos de libros, comunicaciones a congresos, un libro como única autora) y de cuatro patentes nacionales e internacionales. Ha dirigido proyectos de investigación nacionales e internacionales. Secretaria de la Comisión COINCIDENTE. Asesora de ASTILLEROS ESPAÑOLES, (hoy Navantia) y del Lawrence Livermoore Laboratory (EEUU). Embajadora española de la Fundación Internacional CLINTEL Clima e Inteligencia. Promotora del Foro Iberoamericano Clima y Energía (FICE), que actualmente preside. Es miembro de la Asociación de Ingeniería Naval Española (AINE), la Asociación Española de la Calidad, (AEC), la Asociación de Realistas Climáticos (ARC). Recientemente ha sido propuesta como miembro de CO2 Coalition (EEUU).

Usted ha presentado uno de los recursos que está en los tribunales defendiendo el Valle de los Caídos…

La prensa me ha denominado “un particular”. Pero no estoy recurriendo ante la Audiencia Nacional como se ha dicho. He interpuesto un recurso contencioso administrativo ante el Tribunal Supremo; es un recurso directo contra la Comisión Interministerial para la resignificación del Valle de Cuelgamuros y un recurso indirecto contra lo que ordena la Ley de memoria democrática respecto del Valle de los Caídos.

¿Por qué aborda ante los Tribunales de Justicia un asunto realmente complejo y al que nadie le interesa ofrecer una resistencia real…?

Porque soy hija de Dios. La resignificación es una profanación que me perjudica a mí y a mi familia; es un ataque contra la casa de Dios y las cosas de Dios, contra la Iglesia Católica de la que soy miembro. Porque creo en conciencia que debo hacerlo. Y porque en un Estado de Derecho con la Constitución y la ley en la mano no cabe resignificar nada ni urbanizar nada en el Valle de los Caídos.

El Señor asignó una triple función a España. Antes se sabía, está narrado por la Venerable María Jesús de Agreda en la Mística Ciudad de Dios que se publicó en 1670. Pero se ha olvidado. Esta misión quiere ser anulada y la fe en Dios erradicada. El ataque contra la Abadía del Valle de los Caídos, su profanación, es una parte importante de este plan para erradicar la fe en el verdadero Dios. Esto lo denunció también públicamente el Presidente de la Comisión de Cultura del Parlamento rumano.

Cuando se leen sentencias que dictan los tribunales se observa la fuerza y tenacidad con la que testigos de Jehová litigan defendiendo los locales donde se reúnen para el culto, litigan musulmanes para defender su derecho a portar signos -el velo islámico-, evangélicos para defender su derecho a la libertad religiosa, o del Movimiento Gnóstico Cristiano Universal de España, para defender su derecho a la libertad religiosa y a hacer proselitismo, con sus hijos… No sé qué les sucede a los parlamentarios españoles católicos, a la jerarquía de la Iglesia católica en España y a la mayoría de los católicos. Nos están pisando, nos están atacando, vulnerando la ley y el Derecho, y parece que, como san Isidro fue español, esperan sentados a que vengan los ángeles del cielo a arreglarnos todo.

No nos engañemos; no vivimos tiempos de paz. Estamos siendo víctimas de un ataque muy sutil que pretende erradicar la fe católica. Hemos de defender nuestra fe y nuestros derechos con ley en la mano. Es lo que estoy haciendo: defenderme como católica, como hija de Dios con la ley en la mano, defender a mi Dios y defender a la Iglesia de la que formo parte.

Acaba de referirse a “un ataque contra la Abadía”. ¿Considera que se está enfocando correctamente el debate en torno a la defensa del Valle de los Caídos?

Creo que la defensa del Valle de los Caídos debe afrontarse en los tres niveles en los que está teniendo lugar el ataque.

El primer nivel de ataque está en el ámbito de las normas jurídicas. A este nivel el último ataque es el de la ley de memoria democrática de 2022 en los artículos que le afectan.

El Valle de los Caídos es, en primer lugar, una cuestión de Derecho Internacional público. Está protegido por los Acuerdos Iglesia Estado de 1979 que el Tribunal Constitucional dijo que tenían rango de Tratado internacional. El rango de la norma es importante porque la Constitución española en su artículo 9.3 garantiza el principio de jerarquía normativa. La jerarquía normativa en España es: 1. Constitución; 2. Tratados Internacionales. 3. Normas con rango de Ley. 4 Reglamentos… Una norma con rango de Ley -la Ley de memoria democrática-, no puede ir contra un Tratado ni contra la Constitución porque es jerárquicamente inferior al Tratado y a la Constitución. Por decirlo de manera gráfica: donde manda Capitán no manda marinero. Aquí el marinero está contradiciendo al Capitán y, que yo sepa, soy de las pocas personas que empezó a decirlo. Es más, hay algún Obispo que ha olvidado que las relaciones de la Iglesia Católica con el Estado se rigen por varios Tratados internacionales, en concreto seis; no por una norma con rango de Ley como dijo. Las confesiones cuyas relaciones con el Estado se rigen por Leyes, todas del año 1992, son la judía, la evangelista y la musulmana.

Además, la Ley de memoria democrática de 2022 carece de lo que el Tribunal Supremo denomina “legitimidad democrática”, porque fue aprobada solo por 173 votos a favor. 176 parlamentarios no la votaron: unos porque votaron en contra (159), otros se abstuvieron (14) o no votaron (3). Por tanto, lo que las matemáticas dicen es que el número de representantes que votaron a favor de la Ley de memoria democrática (173) es inferior al número de representantes que no la votaron (159+14+3= 176). No tiene el apoyo de la mayoría de los españoles.

El segundo nivel de ataque o en el que se ha creado confusión es el de la Administración. El artículo 103 de la Constitución obliga a la Administración Pública -y al gobierno-, a actuar con sometimiento pleno a la ley y al Derecho. A mi el TS me ha dado en el expediente administrativo la certificación del acuerdo del Consejo de Ministros de creación de la Comisión Interministerial para la resignificación del Valle de Cuelgamuros (CIRVC) creada por el Consejo de Ministros y, lógicamente, respaldada por el Gobierno.. Fue creada al amparo del artículo 22.3 de la Ley 40/2015 de régimen jurídico del sector público. Ese artículo dice textualmente que los acuerdos de ese tipo de Comisión Interministerial “NO PODRAN TENER EFECTOS DIRECTOS FRENTE A TERCEROS”. Y aquí ha habido efectos directos frente a muchos terceros: Arquitectos, etc.

Personalmente pienso que la Comisión Interministerial ha actuado por vía de hecho como una Comisión Delegada del Gobierno, lo que es contrario a Derecho y produce la nulidad radical de todo lo que ha actuado.

Además, según el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno -que le abrió expediente-, tiene obligación de publicar las actas de todas sus reuniones (al menos una al mes desde su creación); no se ha publicado ni una: todas las reuniones de la Comisión Interministerial para la resignificación del Valle de Cuelgamuros han sido “secretas”.

Por otra parte, dado que el Valle de los Caídos es una obligación internacional contraída por España ante la Congregación Benedictina de Solesmes sita en Francia y la Santa Sede, protegida por normas con rango de Tratado internacional y otras resoluciones de la Santa Sede, el competente para negociar si fuere posible sostengo que es el Ministro de Asuntos Exteriores; y, precisamente él no forma parte de la Comisión Interministerial para la Resignificación del Valle de Cuelgamuros.

A nivel de Administración, pero en este caso Administración de Justicia, el Tribunal Supremo ha sembrado confusión, dicho sea con el debido respeto. En la segunda sentencia de la exhumación de Franco (STS 954/2020 de 08/07/2020 ha declarado que el Valle de los Caídos es un conjunto monumental de titularidad pública estatal. Y lo cierto es que la titular de la finca y todos los edificios del Valle de los Caídos es la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Así obra registrada en el Registro de la Propiedad de San Lorenzo del Escorial.

Por su parte el Gobierno de Aragón que ha intervenido en temas de traslado de restos de fallecidos al Valle de los Caídos declaraba correctamente en su página web que la Titular del Valle de los Caídos es la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Y añadía que su estatuto jurídico es “fundación” “privada”. Aporté en mi recurso esta información pero ya ha sido borrada de la web del gobierno de Aragón.

El tercer nivel de ataque ha sido el concurso que ha finalizado en un proyecto arquitectónico de resignificación ganador; proyecto promovido por la referida Comisión Interministerial. Vd. se preguntará: - ¿ pero si no podían pasar de la verja cómo es que se han metido hasta la cámara nupcial, el altar?. Eso mismo me pregunto yo. Nunca debería haberse llegado a donde se ha llegado. Pero el hecho es que se ha llegado. Creo que ha sido por confusión, por dejación, por desidia y pereza a la hora de estudiar bien un tema que, como dice Vd. es complejo.

Yo combatí inicialmente el Concurso pero reparé en que sólo están legitimados quienes son licitadores y, también, lógicamente, los monjes porque en el Valle de los Caídos está la Abadía que es su residencia, la Basílica es el templo de su Abadía, el Colegio Escolanía que crearon es de su propiedad y tienen firmados dos convenios que están vigentes. Me retiré de esa línea de defensa en vía administrativa (por no ser licitadora). Pero puedo decirle que el concurso no ha respetado la ley ni una parte esencial del entramado jurídico que se creó para hacer posible la petición que España hizo a la Santa Sede en los años mil novecientos cincuenta y dos (creo que fue cuando comenzaron las gestiones aprovechando la firma del Concordato).

Cuando examiné el pliego de prescripciones técnicas comprobé que el Ministerio de la Vivienda olvidó tener en cuenta un reglamento que desarrolló el Decreto Ley de agosto de 1957 y un convenio con los monjes: no los incluyó en el pliego de prescripciones técnicas. El único convenio que cita lo cita mal porque confunde una de las partes que firmaron: dice que los monjes firmaron con el gobierno cuando en realidad el Abad en representación de la Abadía firmó con la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Se dejan tanto en el tintero que cualquier parecido del cuadro que dibujan con la realidad es pura coincidencia.

Considero que todo lo actuado a este nivel es nulo triplemente, porque lo actuado en los dos niveles anteriores es nulo.

¿Por qué ha dicho “si fuere posible negociar? ¿Qué opina de las negociaciones que ha habido o las que se proponen? ¿Acaso no es usted partidaria de una negociación?

Soy partidaria de negociar los asuntos o cuestiones negociables. Pero si algo no es negociable, no cabe negociar nada; y hacerlo con negociadores que carecen de competencia es perder tiempo, dinero y confundir. Respecto del Valle de los Caídos no cabe negociación.

Como he recordado antes el Valle de los Caídos es la respuesta de la Santa Sede a una petición que hizo España a la Abadía de Solesmes ( a través de la Abadía de Silos) y a la Santa Sede para que se erigiera una nueva Abadía benedictina, independiente, en el conjunto monumental sito en el Valle de Cuelgamuros, a la que se iban a encargar unos fines espirituales: el culto a Dios con la mayor solemnidad, impetrar por la paz en España…. España ofreció a la nueva Abadía para residir y cumplir los fines que se le solicitaban el conjunto monumental construido en el Valle y el propio Valle de Cuelgamuros. La Abadía de Solesmes aceptó y la Santa Sede aceptó los términos de dicho acuerdo internacional que cabe resumirlos en lo siguiente: por parte de España cesión indefinida de unos bienes demaniales a cambio de cumplimiento de fines espirituales y de estudio por parte de la Abadía.

El compromiso de España a nivel interno se plasmó en el Decreto Ley de 23 de agosto de 1957 de creación de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos que en su artículo primero crea la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Y define sus fines: “Sus fines serán rogar a Dios por las almas de los muertos en la Cruzada nacional, impetrar las bendiciones del Altísimo para España y laborar por el conocimiento e implantación de la paz entre los hombres, sobre la base de la justicia social cristiana.”

Para la realización de dichos fines se dotó a la Fundación de los siguientes bienes:

Artículo tercero.-Se dota a la Fundación con los siguientes bienes:

a. El Valle de Cuelgamuros con todos sus edificios (incluidos los mobiliarios y ajuares), terrenos y derechos accesorios. Serán bienes de dominio público y tendrán, por consiguiente, el carácter de inalienables, imprescriptibles e inembargables y no estarán sujetos a tributación.

b. Los beneficios de la lotería de 5 de mayo (…)

c. Las aportaciones o donativos que puedan recibir de Corporaciones o particulares
Es evidente que los fines de la Fundación son fines espirituales católicos. Tan es así que en diversos documentos aparece citada como Fundación piadosa de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

Ese Decreto Ley se desarrolló en el CONVENIO ENTRE LA FUNDACIÓN DE LA SANTA CRUZ DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Y LA ABADÍA BENEDICTINA DE SILOS, que en su artículo primero declara que la Abadía Benedictina independiente -Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos-, “residirá en el Valle de los Caídos de Cuelgamuros y se encargará del cumplimiento de los fines de la Fundación, en los términos y condiciones que se expresan en el Decreto Ley de 23 de agosto de 1957 y en el presente Convenio” . En su artículo segundo declara que la duración de este Convenio “será indefinida”. Tras enumerar en el artículo 3 todas las obligaciones de la Abadía, se declara que “en lo que se refiere al culto y al régimen interior de la Comunidad ésta tendrá la libertad plena conforme a las prescripciones de sus Reglas y Constituciones y al Derecho Canónico, sin injerencia alguna del Patronato de la Fundación o de cualquier autoridad civil”. El artículo sexto declara: La Fundación entregará, previo inventario, a la Abadía, la Basílica y edificios, incluidos enseres y muebles, y la Abadía se obliga a conservarlos en perfecto estado, para lo cual se fijará la cantidad necesaria en el presupuesto fundacional. En fin, podría extenderme pero creo que queda claro a qué se obligó España ante la Santa Sede.

Y, atendiendo a esta petición respaldada por el Decreto Ley de 1957 de Creación de la Fundación pía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, y el Convenio que iba a firmarse entre la Fundación y la Abadía, el 27 de mayo de 1958 el Papa Pio XII erigió la Abadía de la Santa Cruz del Valle de Los Caídos como Abadía exenta para que se estableciera en el Valle y Edificios del Valle de los Caídos (Cfr. Carta Apostólica STAT CRUX). Después de referirse a todos los edificios que con esplendidez España cedía a los monjes para cumplir los fines espirituales que se les encomendaban dijo en la Carta Apostólica STAT CRUX:
“erigimos y constituimos para siempre a la nueva Abadía exenta, que ha de ser nombrada con el título de Santa Cruz del Valle de los Caídos a la cual, como perteneciente a la Congregación Solesmense de la Orden de San Benito, la hacemos participe de todos los derechos y a privilegios concedidos a los Abades de tal Familia religiosa. Sin que obste nada en contra.
Esto promulgamos y establecemos, decretando que las presentes Letras sean y permanezcan siempre firmes, válidas y eficaces: que produzcan y conserven íntegros sus plenos derechos, que plenamente favorezcan, ahora y después, a los prelados y monjes, presentes y futuros, de la mencionada Abadía establecida de esta forma por Nos. Conforme a esto se ha de interpretar y definir; desde ahora se ha de tener sin efecto y sin valor cuanto atentare contra ellas, a sabiendas o por ignorancia, por quienquiera o en nombre de cualquier autoridad”.
“Para siempre” en español significa “para siempre”.

Yo tampoco dudo de la interpretación en español del significado de se ha de tener sin efecto y sin valor cuanto atentare contra ellas, a sabiendas o por ignorancia, por quienquiera o en nombre de cualquier autoridad.

Cuando San Juan XXIII erigió la Iglesia de la Abadía en Basílica Pontificia repitió la misma declaración.

Por tanto, con los antecedentes citados: un convenio de cesión de bienes demaniales indefinido con un entramado jurídico de desarrollo correcto con otro convenio firmado entre la Fundación y la Abadía para desarrollar el Reglamento de Régimen Interior y los dos documentos papales con los párrafos que acabo de reproducir…, en mi opinión, no hay nada que negociar por ninguna autoridad. La protección de los Tratados Internaciones es a más a más, porque como en el Derecho Internacional rige el principio Pacta sunt Servanda. El pacto es indefinido y no puede modificarse por ninguna autoridad: Roma locuta causa finita.

Lo dicho: es definitivo. Estamos ante una obligación internacional indefinida protegida, además, por un Tratado Internacional con la Santa Sede. Ante algo no negociable. Pero, o esto no se recuerda por quien debe recordarlo, o no sé qué sucede. Y, en su lugar, se incrementa la confusión y se insiste en que hay que negociar.

Respecto de esto quiero aclarar que también se confunde. Porque si lo que se quiere negociar es una modificación del Acuerdo sobre Asuntos Jurídicos Reino de España- Santa Sede (uno de los Tratados Internacionales), no cabe sentarse a negociar como si de la renegociación de un contrato de arrendamiento se tratara.

Cuando Trump dijo la primera vez en 2017 que EEUU salía del Acuerdo de Paris de Cambio Climático -que tiene rango de Tratado Internacional-, muchísimos analistas se quejaron de inmediato: -¡no puede!. Tiene que cumplir la legislación de los Tratados: la Convención de Viena.

Aquí nadie, que yo sepa, ha dicho nada. Pero es que, además, entramos en un ámbito en el que están afectados derechos fundamentales (el derecho a la libertad religiosa, el derecho al culto por citar sólo dos) y otras cuestiones respecto de las que, según el artículo 94 de la Constitución ha de intervenir el Parlamento. Y, hasta donde sé, este tema no se ha tratado con la seriedad que merece en el Parlamento.

De todas formas, aunque se reformaran los Acuerdos Reino de España Santa Sede, en Derecho Internacional rige el principio Pacta Sunt Servanda y respecto del Valle de los Caídos como ya he dicho, no cabe modificación. La Abadía es la beneficiaria de una concesión de bienes demaniales -todo el conjunto monumental y en mi opinión también el Valle de Cuelgamuros-, indefinida, para siempre, salvo que incumplan las obligaciones que les imponen: celebrar el culto con la mayor solemnidad, crear una Escolanía…. que lo están haciendo. Quien está incumpliendo aquí es la Fundación, que no dota de fondos para mantener los edificios.

Y, aunque se deduce de lo dicho, no cabe extinguir la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos y repartir sus bienes -que es uno de los objetivos para los que se creó la Comisión Interministerial para la Resignificación del Valle de Cuelgamuros-, porque forma parte inescindible del pacto internacional alcanzado con la Santa Sede. La situación no es comparable a la del Hotel Santa María del Paularsito al lado de la Abadía benedictina del Paular. Permítame recordarla. En el año 2014 la Comisión de Patrimonio del Ministerio de Cultura provocó el cierre del Hotel Santa María de El Paular donde los jóvenes que contraían matrimonio en la Iglesia del Real Monasterio del Paular de dicha Abadía Benedictina celebraban su boda. Tras el cierre, determinadas personas se llevaron tapices, otras arrancaron apliques y hasta grifos. Fue un dolor contemplar aquel expolio. El mobiliario y objetos de mayor valor fueron subastados. Cincuenta familias perdieron sus ingresos. Sólo dos fueron reubicadas con trabajo en hoteles de Barcelona. Eso es lo que se pretende hacer con todo el ajuar y los bienes de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Pero no es posible porque que se cedieron a la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Desconozco qué planes de reparto de bienes -que incluye la hospedería-, y ajuares ha hecho la Comisión Interministerial para la Resignificación del Valle de Cuelgamuros, que recuerdo, tiene prohibido por Ley adoptar acuerdos que afecten directamente a terceros. Pero, insisto, la extinción de la Fundación de la Santa Cruz no es posible; y el reparto de sus bienes, tampoco, aunque sea uno de los objetivos de una Comisión Interministerial creada por el Consejo de Ministros para ejecutar una Ley. No son cuestiones negociables porque la Fundación y todos los bienes de la que es titular forman parte de ese pacto internacional con la Santa Sede; y, además, gozan de la protección del Tratado Internacional como inviolables: todo en el Valle de los Caídos está ordenado al culto a Dios con la mayor solemnidad.

Entonces, siendo realistas, ¿hay alguna posibilidad real de parar todo el infame proceso de resignificación?

Si se aplica la Ley y el Derecho no cabe resignificar nada. Ahora que hay nuevo Abad es él la máxima autoridad de una Abadía que es “exenta” y “territorial” ostentando una concesión administrativa indefinida sobre el territorio especificado en el Decreto Ley de 23 de agosto de 1957 y normas y convenios posteriores de desarrollo -que no cabe derogarlos por ser una obligación internacional ante la Santa Sede para siempre-, cuya titular es la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

¿Cuáles son las siguientes acciones que espera realizar y qué resultados espera?

El Tribunal Supremo considera que no estoy legitimada. Pero debe interpretar los derechos fundamentales de acuerdo con la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos humanos. Voy a recurrir el Auto de inadmisión. Y espero no se asuste y sea estimado. Digo con el debido respeto que no se asuste porque cuando pedí que se completara el expediente administrativo no exigió que se completara. Y la ley le dota de medios para exigir que se complete.

¿Cuál sería su plan B en caso de que no prospere esta vía?

Rezar. En realidad este plan B llevo ejecutándolo de forma paralela. Rezar por la paz y rezar para que los pastores defiendan a la Iglesia como debe ser defendida.

Los católicos no somos un grupo de creyentes novatos de una nueva confesión que ha alcanzado el número de cien personas para que sea reconocida por el Estado, como algunos pretenden hacernos creer. No se nos puede tratar como a pordioseros; y al Señor, menos. El estado de alguno de los techos, barandillas, etc. de algunas zonas del Valle de los Caídos es propio de pordioseros, porque no se mantienen. No puede ser que con nuestros impuestos se estén realizando donativos a Organizaciones Internacionales mientras se deja que el Valle de los Caídos se deteriore.

La Santísima Virgen María vino a Zaragoza el dos de enero del año cuarenta y nos regaló el Pilar. Desde entonces la fe se estableció en España con especial arraigo y la difundimos por todo el mundo; somos la nación predilecta de la Virgen, pero, también, una de las que más dolor le está causando.

Mi recurso debería prosperar en un Estado de Derecho. Si no prosperara espero haber despertado a algunas personas que hasta el momento no han actuado, o han actuado confundidas, para que ejerzan la defensa de la Iglesia Católica como el Señor, la Santísima Virgen María y los católicos nos merecemos.

Por Javier Navascués