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martes, 24 de febrero de 2026

Mons. Schneider pide a León XIV construir un puente con la FSSPX



Monseñor Athanasius Schneider —obispo auxiliar de la Archidiócesis de Santa María en Astaná (Kasajistán)— ha dirigido un llamamiento al Papa León XIV tras el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) de que seguirá adelante con nuevas consagraciones episcopales, pese a la advertencia vaticana de que ello supondría una “ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma)”.

En la exclusiva de Diane Montagne en Substack, el prelado —que fue visitador vaticano de seminarios de la Fraternidad— pide al Santo Padre un gesto de amplitud pastoral y unidad. Advierte que dejar pasar este “momento verdaderamente providencial” podría consolidar una división “innecesaria y dolorosa” entre Roma y la FSSPX.

A continuación dejamos el texto íntegro del llamamiento de Mons. Athanasius Schneider al Papa León XIV:

Un llamamiento fraternal al Papa León XIV para tender un puente con la FSSPX

La situación actual en torno a las consagraciones episcopales en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha despertado súbitamente a toda la Iglesia. En un plazo extraordinariamente breve tras el anuncio del 2 de febrero de que la FSSPX procederá a dichas consagraciones, ha surgido un debate intenso y a menudo cargado de emoción en amplios círculos del mundo católico. El abanico de voces en este debate va desde la comprensión, la benevolencia, la observación neutral y el sentido común hasta el rechazo irracional, la condena perentoria e incluso el odio abierto. Aunque hay motivo para la esperanza —y no es en absoluto irrealista— de que el Papa León XIV pueda aprobar efectivamente las consagraciones episcopales, ya se están proponiendo en internet borradores de una bula de excomunión contra la FSSPX.

Las reacciones negativas, aunque a menudo bienintencionadas, revelan que el núcleo del problema aún no ha sido comprendido con suficiente honestidad y claridad. Existe la tendencia a quedarse en la superficie. Se invierten las prioridades en la vida de la Iglesia, elevando la dimensión canónica y jurídica —es decir, un cierto positivismo jurídico— al criterio supremo. Además, a veces falta conciencia histórica respecto a la práctica de la Iglesia en relación con las ordenaciones episcopales. Así, se equipara con demasiada facilidad la desobediencia con el cisma. Los criterios de la comunión episcopal con el Papa, y en consecuencia la comprensión de lo que verdaderamente constituye un cisma, se consideran de manera excesivamente unilateral si se comparan con la práctica y la autocomprensión de la Iglesia en la era patrística, la época de los Padres de la Iglesia.

En este debate se están estableciendo nuevos cuasi-dogmas que no existen en el Depositum fidei. Estos cuasi-dogmas sostienen que el consentimiento del Papa para la consagración de un obispo es de derecho divino, y que una consagración realizada sin este consentimiento, o incluso contra una prohibición papal, constituye en sí misma un acto cismático. Sin embargo, la práctica y la comprensión de la Iglesia en tiempos de los Padres, y durante un largo período posterior, argumentan en contra de esta visión. Además, no existe unanimidad sobre esta cuestión entre los teólogos reconocidos de la tradición bimilenaria de la Iglesia. Siglos de práctica eclesial, así como el derecho canónico tradicional, también se oponen a tales afirmaciones absolutizadoras. Según el Código de Derecho Canónico de 1917, una consagración episcopal realizada contra la voluntad del Papa no se castigaba con excomunión, sino únicamente con suspensión. Con ello, la Iglesia manifestaba claramente que no consideraba tal acto como cismático.

La aceptación del primado papal como verdad revelada se confunde a menudo con las formas concretas —formas que han evolucionado a lo largo de la historia— mediante las cuales un obispo expresa su unidad jerárquica con el Papa. Creer en el Primado Papal, reconocer al Papa legítimo, adherirse con él a todo lo que la Iglesia ha enseñado infalible y definitivamente, y observar la validez de la liturgia sacramental, es de derecho divino. Sin embargo, una visión reductiva que equipara la desobediencia a un mandato papal con el cisma —incluso en el caso de una consagración episcopal realizada contra su voluntad— era ajena a los Padres de la Iglesia y al derecho canónico tradicional. Por ejemplo, en 357, san Atanasio desobedeció la orden del Papa Liberio, quien le instruyó a entrar en comunión jerárquica con la abrumadora mayoría del episcopado, que en realidad era arriana o semi-arriana. Como resultado, fue excomulgado. En este caso, san Atanasio desobedeció por amor a la Iglesia y al honor de la Sede Apostólica, buscando precisamente salvaguardar la pureza de la doctrina frente a cualquier sospecha de ambigüedad.

En el primer milenio de la vida de la Iglesia, las consagraciones episcopales se realizaban generalmente sin permiso formal del Papa, y no se exigía que los candidatos fueran aprobados por él. La primera regulación canónica sobre las consagraciones episcopales, emitida por un Concilio Ecuménico, fue la de Nicea en 325, que exigía que un nuevo obispo fuese consagrado con el consentimiento de la mayoría de los obispos de la provincia. Poco antes de su muerte, durante un período de confusión doctrinal, san Atanasio eligió y consagró personalmente a su sucesor —san Pedro de Alejandría—, para asegurar que ningún candidato inadecuado o débil asumiera el episcopado. Del mismo modo, en 1977, el Siervo de Dios cardenal Iosif Slipyj consagró secretamente a tres obispos en Roma sin la aprobación del Papa Pablo VI, plenamente consciente de que el Papa no lo permitiría debido a la Ostpolitik vaticana de aquel tiempo. Sin embargo, cuando Roma tuvo conocimiento de estas consagraciones secretas, no se aplicó la pena de excomunión.

Para evitar malentendidos, en circunstancias normales —y cuando no existe ni confusión doctrinal ni un tiempo de persecución extraordinaria—, por supuesto, se debe hacer todo lo posible por observar las normas canónicas de la Iglesia y obedecer al Papa en sus justas disposiciones, a fin de preservar la unidad eclesiástica de manera más eficaz y visible.

Pero la situación en la vida de la Iglesia hoy puede ilustrarse con la siguiente parábola: Se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos permite únicamente el uso de un nuevo equipo contra incendios, aunque se ha demostrado que es menos eficaz que las herramientas antiguas y probadas. Un grupo de bomberos desobedece esta orden y continúa utilizando el equipo experimentado y comprobado —y, en efecto, el fuego es contenido en muchos lugares—. Sin embargo, estos bomberos son etiquetados como desobedientes y cismáticos, y son castigados.

Para ampliar aún más la metáfora: el jefe de bomberos solo permite actuar a aquellos que reconocen el nuevo equipo, siguen las nuevas normas contra incendios y obedecen las nuevas regulaciones del cuartel. Pero, dada la evidente magnitud del incendio, la lucha desesperada contra él y la insuficiencia del equipo oficial, otros ayudantes —a pesar de la prohibición del jefe— intervienen desinteresadamente con habilidad, conocimiento y buena intención, contribuyendo en última instancia al éxito de los esfuerzos del propio jefe de bomberos.

Ante un comportamiento tan rígido e incomprensible, se presentan dos posibles explicaciones: o bien el jefe de bomberos está negando la gravedad del incendio, como en la comedia francesa Tout va très bien, Madame la Marquise!; o, en realidad, desea que grandes partes de la casa ardan, para luego reconstruirla según un nuevo diseño.

La crisis actual en torno a las anunciadas —pero aún no aprobadas— consagraciones episcopales en la FSSPX pone al descubierto, ante los ojos de toda la Iglesia, una herida que lleva más de sesenta años latente. Esta herida puede describirse figuradamente como un cáncer eclesial —concretamente, el cáncer eclesial de las ambigüedades doctrinales y litúrgicas—.

Recientemente apareció un excelente artículo en el blog Rorate Caeli, escrito con rara claridad teológica y honestidad intelectual, bajo el título: «La larga sombra del Vaticano II: la ambigüedad como cáncer eclesial» (Canon of Shaftesbury: Rorate Caeli, 10 de febrero de 2026). El problema fundamental de algunas afirmaciones ambiguas del Concilio Vaticano II es que el Concilio optó por priorizar un tono pastoral sobre la precisión doctrinal. Se puede estar de acuerdo con el autor cuando afirma:

«El problema no es que el Vaticano II fuera herético. El problema es que fue ambiguo. Y en esa ambigüedad hemos visto las semillas de confusión que han florecido en algunos de los desarrollos teológicos más preocupantes de la historia moderna de la Iglesia. Cuando la Iglesia habla en términos vagos, aunque sea involuntariamente, las almas están en juego».

El autor continúa:

«Cuando un “desarrollo” doctrinal parece contradecir lo anterior, o cuando requiere décadas de gimnasia teológica para reconciliarse con la enseñanza magisterial previa, debemos preguntarnos: ¿es esto desarrollo, o es ruptura disfrazada de desarrollo?» (Canon of Shaftesbury: Rorate Caeli, 10 de febrero de 2026).

Se puede suponer razonablemente que la FSSPX no desea otra cosa que ayudar a la Iglesia a salir de esta ambigüedad en la doctrina y en la liturgia y a redescubrir su claridad salvífica perenne —tal como el Magisterio de la Iglesia, bajo la guía de los Papas, ha hecho inequívocamente a lo largo de la historia después de cada crisis marcada por la confusión y la ambigüedad doctrinal—.

De hecho, la Santa Sede debería estar agradecida a la FSSPX, porque actualmente es casi la única gran realidad eclesial que señala de manera franca y pública la existencia de elementos ambiguos y engañosos en ciertas afirmaciones del Concilio y del Novus Ordo Missae. En este empeño, la FSSPX está guiada por un amor sincero a la Iglesia: si no amaran a la Iglesia, al Papa y a las almas, no emprenderían esta labor, ni dialogarían con las autoridades romanas —y, sin duda, tendrían una vida más fácil—.

Las siguientes palabras del arzobispo Marcel Lefebvre son profundamente conmovedoras y reflejan la actitud de la actual dirección y de la mayoría de los miembros de la FSSPX:

«¡Creemos en Pedro, creemos en el sucesor de Pedro! Pero como dice bien el Papa Pío IX en su constitución dogmática, el Papa ha recibido el Espíritu Santo no para hacer nuevas verdades, sino para mantenernos en la fe de todos los tiempos. Esta es la definición del Papa hecha en el momento del Primer Concilio Vaticano por el Papa Pío IX. Y por eso estamos persuadidos de que, al mantener estas tradiciones, manifestamos nuestro amor, nuestra docilidad, nuestra obediencia al Sucesor de Pedro. No podemos permanecer indiferentes ante la degradación de la fe, de la moral y de la liturgia. ¡Eso está fuera de cuestión! No queremos separarnos de la Iglesia; al contrario, ¡queremos que la Iglesia continúe!»

Si alguien considera que tener dificultades con el Papa constituye uno de sus mayores sufrimientos espirituales, eso es en sí mismo una prueba elocuente de que no existe intención cismática. Los verdaderos cismáticos incluso se jactan de su separación de la Sede Apostólica. Los verdaderos cismáticos jamás implorarían humildemente al Papa que reconociera a sus obispos.

Qué profundamente católicas son, entonces, las siguientes palabras del arzobispo Marcel Lefebvre:

«Lamentamos infinitamente, es un dolor inmenso para nosotros, pensar que estamos en dificultad con Roma a causa de nuestra fe. ¿Cómo es esto posible? Es algo que supera la imaginación, algo que jamás hubiéramos podido imaginar ni creer, especialmente en nuestra infancia —cuando todo era uniforme, cuando toda la Iglesia creía en su unidad general y sostenía la misma Fe, los mismos Sacramentos, el mismo sacrificio de la Misa, el mismo catecismo—.»

Debemos examinar honestamente las evidentes ambigüedades en materia de libertad religiosa, ecumenismo y colegialidad, así como las imprecisiones doctrinales del Novus Ordo Missae. A este respecto, conviene leer el libro recientemente publicado por el archimandrita Bonifacio Luykx, perito conciliar y reconocido estudioso de la liturgia, con su elocuente título Una visión más amplia del Vaticano II. Memorias y análisis de un consultor del Concilio.

Como dijo una vez G. K. Chesterton: «Al entrar en la iglesia, se nos pide que nos quitemos el sombrero, no la cabeza». Sería una tragedia que la FSSPX quedara completamente aislada, y la responsabilidad de tal división recaería principalmente sobre la Santa Sede. La Santa Sede debería acoger a la FSSPX, ofreciendo al menos un grado mínimo de integración eclesial, y luego continuar el diálogo doctrinal. La Santa Sede ha mostrado una notable generosidad hacia el Partido Comunista de China, permitiéndole seleccionar candidatos al episcopado; sin embargo, a sus propios hijos, los miles y miles de fieles de la FSSPX, se les trata como ciudadanos de segunda categoría.

Se debería permitir a la FSSPX ofrecer una contribución teológica con vistas a clarificar, complementar y, si fuera necesario, corregir aquellas afirmaciones en los textos del Concilio Vaticano II que suscitan dudas y dificultades doctrinales. También debe tenerse en cuenta que, en dichos textos, el Magisterio de la Iglesia no pretendió pronunciarse con definiciones dogmáticas dotadas de la nota de infalibilidad (cf. Pablo VI, Audiencia General, 12 de enero de 1966).

La FSSPX hace exactamente la misma Professio fidei que hicieron los Padres del Concilio Vaticano II, conocida como la Professio fidei tridentino-vaticana. Si, según las palabras explícitas del Papa Pablo VI, el Concilio Vaticano II no presentó ninguna doctrina definitiva, ni tuvo intención de hacerlo, y si la fe de la Iglesia permanece la misma antes, durante y después del Concilio, ¿por qué la profesión de fe que era válida en la Iglesia hasta 1967 habría de dejar repentinamente de considerarse válida como signo de auténtica fe católica?

Sin embargo, la Professio fidei tridentino-vaticana es considerada por la Santa Sede como insuficiente para la FSSPX. ¿No constituiría en realidad la Professio fidei tridentino-vaticana «el mínimo» para la comunión eclesial? Si eso no es un mínimo, entonces ¿qué, honestamente, calificaría como «mínimo»? A la FSSPX se le exige, como conditio sine qua non, hacer una Professio fidei mediante la cual deben aceptarse las enseñanzas de carácter pastoral —y no definitivo— del último Concilio y del Magisterio posterior. Si esto es verdaderamente el llamado «requisito mínimo», entonces el cardenal Víctor Fernández parece estar jugando con las palabras.

El Papa León XIV afirmó en las Vísperas ecuménicas del 25 de enero de 2026, al concluir la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que ya existe unidad entre católicos y cristianos no católicos porque comparten el mínimo de la fe cristiana: «Compartimos la misma fe en el único y verdadero Dios, Padre de todos; confesamos juntos al único Señor e Hijo verdadero de Dios, Jesucristo, y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa hacia la plena unidad y el testimonio común del Evangelio» (Carta Apostólica In Unitate Fidei, 23 de noviembre de 2025, 12). Declaró además: «¡Somos uno! ¡Ya lo somos! ¡Reconozcámoslo, experimentémoslo y hagámoslo visible!»

¿Cómo puede conciliarse esta afirmación con la declaración hecha por representantes de la Santa Sede y algunos altos prelados de que la FSSPX no está doctrinalmente unida a la Iglesia, dado que la FSSPX profesa la Professio fidei de los Padres del Concilio Vaticano II —la Professio fidei tridentino-vaticana—?

Ulteriores medidas pastorales provisionales concedidas a la FSSPX para el bien espiritual de tantos fieles católicos ejemplares constituirían un profundo testimonio de la caridad pastoral del Sucesor de Pedro. De este modo, el Papa León XIV abriría su corazón paterno a aquellos católicos que, en cierto modo, viven en una periferia eclesial, permitiéndoles experimentar que la Sede Apostólica es verdaderamente Madre también para la FSSPX.

Las palabras del Papa Benedicto XVI deberían despertar la conciencia de aquellos en el Vaticano que decidirán sobre el permiso para las consagraciones episcopales de la FSSPX. Él nos recuerda:

«Al mirar atrás, hacia las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que, en los momentos críticos en que se producían las divisiones, no se hizo lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para mantener o recuperar la reconciliación y la unidad. Se tiene la impresión de que las omisiones por parte de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones pudieran consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todo lo posible para que todos aquellos que verdaderamente desean la unidad puedan permanecer en ella o alcanzarla de nuevo» (Carta a los Obispos con ocasión de la publicación de la Carta Apostólica motu proprio data Summorum Pontificum sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970, 7 de julio de 2007).

«¿Podemos ser totalmente indiferentes ante una comunidad que cuenta con 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos de nivel universitario, 117 hermanos religiosos, 164 religiosas y miles de fieles laicos? ¿Debemos dejarlos alejarse casualmente cada vez más de la Iglesia? ¿Y no debería la gran Iglesia permitirse también ser generosa, consciente de su gran amplitud, consciente de la promesa que se le ha hecho?» (Carta a los Obispos de la Iglesia Católica acerca de la remisión de la excomunión de los cuatro Obispos consagrados por el arzobispo Lefebvre, 10 de marzo de 2009).[1]

Medidas pastorales provisionales y mínimas para la FSSPX, adoptadas por el bien espiritual de los miles y miles de sus fieles en todo el mundo —incluido un mandato pontificio para las consagraciones episcopales— crearían las condiciones necesarias para aclarar con serenidad los malentendidos, las cuestiones y las dudas de carácter doctrinal surgidas de ciertas afirmaciones en los documentos del Concilio Vaticano II y del Magisterio pontificio posterior. Al mismo tiempo, tales medidas ofrecerían a la FSSPX la oportunidad de aportar una contribución constructiva para el bien de toda la Iglesia, manteniendo una clara distinción entre lo que pertenece a la fe divinamente revelada y a la doctrina propuesta definitivamente por el Magisterio, y lo que tiene un carácter primordialmente pastoral en circunstancias históricas concretas y, por tanto, está abierto a un estudio teológico cuidadoso, como siempre ha sido la práctica a lo largo de la vida de la Iglesia.

Con sincera preocupación por la unidad de la Iglesia y el bien espiritual de tantas almas, apelo con caridad reverente y fraterna a nuestro Santo Padre el Papa León XIV:

Santísimo Padre, conceda el Mandato Apostólico para las consagraciones episcopales de la FSSPX. Usted es también el padre de sus numerosos hijos e hijas —dos generaciones de fieles que, por ahora, han sido atendidos por la FSSPX, que aman al Papa y que desean ser verdaderos hijos e hijas de la Iglesia Romana—. Por ello, deje de lado las parcialidades de otros y, con un gran espíritu paterno y verdaderamente agustiniano, demuestre que está construyendo puentes, como prometió hacerlo ante el mundo entero cuando impartió su primera bendición tras su elección. No pase a la historia de la Iglesia como quien no supo construir este puente —un puente que podría levantarse en este momento verdaderamente providencial con voluntad generosa— y que, en cambio, permitió una nueva división verdaderamente innecesaria y dolorosa dentro de la Iglesia, mientras al mismo tiempo se desarrollaban procesos sinodales que presumen de la mayor amplitud pastoral y de la máxima inclusión eclesial. Como Su Santidad subrayó recientemente: «Comprometámonos a desarrollar ulteriormente prácticas sinodales ecuménicas y a compartir unos con otros quiénes somos, qué hacemos y qué enseñamos (cf. Francisco, Por una Iglesia sinodal, 24 de noviembre de 2024)» (Homilía del Papa León XIV, Vísperas ecuménicas por la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, 25 de enero de 2026).

Santísimo Padre, si concede el Mandato Apostólico para las consagraciones episcopales de la FSSPX, la Iglesia en nuestro tiempo no perderá nada. Usted será un verdadero constructor de puentes, y aún más, un constructor ejemplar de puentes, pues es el Sumo Pontífice, Summus Pontifex.

+ Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la Archidiócesis de Santa María en Astana

24 February 2026

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[1] Estadísticas anuales 2026 de la FSSPX: Total de miembros: 1.482; Obispos: 2; Sacerdotes (excluidos los obispos): 733; Seminaristas (incluidos los que aún no han asumido compromiso definitivo): 264; Hermanos religiosos: 145; Oblatos: 88; Religiosas: 250; Edad media de los miembros: 47 años; Países atendidos: 77; Distritos y Casas Autónomas: 17; Seminarios: 5; Escuelas: 94 (de las cuales 54 en Francia).

viernes, 20 de febrero de 2026

Cinco heridas y una esperanza: Mons Schneider revela nuevos detalles de su audiencia con León XIV




Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), ha hecho públicos nuevos detalles de la audiencia privada que mantuvo con León XIV el pasado 18 de diciembre, en una entrevista con Robert Moynihan en Urbi et Orbi Communications. En esta ocasión, profundizó en el diagnóstico que expuso al Papa sobre la situación actual de la Iglesia, retomando algunos puntos que ya había señalado en enero, cuando aludió a la necesidad de una Constitución Apostólica para garantizar la paz litúrgica.

Según explicó, el diálogo con el Pontífice se desarrolló en un clima “abierto y cordial”, y en él subrayó, entre otros asuntos, tanto las heridas que percibe en la Iglesia como el impacto espiritual que la forma extraordinaria del rito romano ha tenido en numerosos fieles, especialmente entre los jóvenes.

Cinco heridas que debilitan a la Iglesia

Durante la audiencia, el obispo presentó al Papa una lista de lo que definió como las cinco principales heridas que afectan hoy a la Iglesia y que, a su juicio, requieren atención urgente:

Confusión doctrinal, que erosiona la claridad del mensaje de la fe y que podría remediarse mediante una profesión solemne de fe vinculante.

Anarquía litúrgica y confrontación en torno a la Misa del rito romano, lo que ha generado divisiones dentro de la comunidad eclesial.

Nombramientos episcopales discutibles, con obispos y cardenales que, en su opinión, actuarían en sintonía con agendas seculares más que con la enseñanza tradicional de la Iglesia.

Formación sacerdotal deficiente, especialmente en doctrina, moral y liturgia, que habría debilitado la preparación de futuras generaciones de sacerdotes.

Dificultades que afectan la vida contemplativa, incluyendo referencias a problemas surgidos en torno a la aplicación de la instrucción Cor Orans a la vida de las monjas contemplativas.

El impacto de la Misa tradicional en los jóvenes

Uno de los pasajes más significativos de la audiencia, según el relato del obispo, fue cuando el Papa compartió haber escuchado de jóvenes —directamente de ellos— que su conversión a Dios había ocurrido a través de la Misa tradicional en latín. Schneider relató que el Pontífice mencionó este testimonio con una sonrisa, expresando sorpresa por la fuerza espiritual que esta forma litúrgica ejerce en las nuevas generaciones.

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X

En el curso de la conversación, Mons. Schneider abordó también la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), señalando que tiene razón al advertir que ciertos pasajes del Concilio Vaticano II han sido extrapolados de un concilio pastoral hacia un nuevo paradigma eclesial que, a su juicio, requiere corrección.

Coincidió también en que la Iglesia debe examinar honestamente las ambigüedades presentes en algunas expresiones del Concilio, especialmente en cuestiones como la libertad religiosa o la colegialidad, subrayando que se trata de formulaciones pastorales y no de enseñanzas definitivas del magisterio.


Schneider advirtió que sería una tragedia que la FSSPX quedara completamente separada de la Iglesia, comparando la situación con la ruptura de los antiguos creyentes rusos, y afirmó que, si se pierde este “brazo”, la Iglesia quedaría perjudicada y desfigurada. Por lo que hizo un llamamiento al Papa León XIV para que actúe con generosidad histórica, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convierta en el primer y principal obstáculo.

En este punto, Mons. Schneider fue especialmente claro al referirse a la postura actual atribuida al cardenal Víctor Manuel Fernández, que exige resolver previamente el diálogo doctrinal antes de cualquier regularización canónica. El obispo calificó este planteamiento como irrealista, excesivamente duro y poco pastoral, al considerar que bloquea cualquier avance práctico y prolonga una situación de tensión innecesaria.

A su juicio, la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan por la plena resolución doctrinal, sino que pueden avanzar de forma gradual, favoreciendo primero la comunión visible y dejando espacio para un diálogo teológico posterior más sereno y fructífero.

La Reina Madre de España. Isabel la Católica. No dejen de verlo (Padre Javier Olivera Ravasi)






La Reina Madre de España - Isabel de Castilla



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jueves, 19 de febrero de 2026

Schneider responde a Tucho: los documentos pastorales del Vaticano II pueden corregirse, solo la Palabra de Dios es inmutable






Casi una semana después de la reunión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) en el Vaticano, monseñor Athanasius Schneider —obispo auxiliar de Astaná, Kazajistán— ha manifestado su desacuerdo con la afirmación del cardenal Víctor Manuel Fernández —prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe— de que los textos del Concilio Vaticano II “no pueden ser modificados”, y ha defendido que las expresiones de carácter pastoral sí pueden ser revisadas o corregidas. Así lo recoge el periodista Niwa Limbu, de The Catholic Herald, en un mensaje publicado en la red social X, donde adelanta fragmentos de una conversación mantenida con el prelado.


Schneider sostiene que únicamente la Palabra de Dios es inmutable en sentido estricto. “Lo que no puede cambiarse es solo la Palabra de Dios. No se puede cambiar la Biblia porque es la Palabra de Dios”, afirma. A su juicio, la formulación del cardenal Fernández sería “completamente errónea” si se aplica sin distinción a los textos conciliares.

El carácter pastoral del Concilio Vaticano II

El obispo auxiliar recuerda que san Juan XXIII, al convocar el Concilio Vaticano II, dejó claro que no se trataba de definir nuevos dogmas ni de resolver cuestiones doctrinales de manera definitiva. Según Schneider, el Papa explicó expresamente que el concilio tenía un propósito explicativo y catequético, adaptado al lenguaje del tiempo.

En la misma línea, cita a Pablo VI, quien habría reiterado que el concilio no tuvo intención de proclamar dogmas ni de definir doctrinas de forma definitiva, sino que su carácter fue “primariamente pastoral”. Por ello, argumenta que las formulaciones pastorales —al no constituir definiciones dogmáticas— podrían ser mejoradas o corregidas, dado su carácter circunstancial.

Schneider matiza que los dogmas citados por el Vaticano II, procedentes de concilios anteriores, no pueden ser modificados. Sin embargo, distingue entre esas enseñanzas definitivas y las expresiones pastorales propias del contexto histórico del concilio.

El ejemplo del IV Concilio de Letrán

Schneider menciona el IV Concilio de Letrán (1215), señalando que algunas de sus disposiciones pastorales hoy resultarían inaceptables. En concreto, menciona la obligación impuesta entonces a los judíos de portar signos distintivos en ciudades cristianas, calificando esa disposición como una forma de discriminación.

A partir de este ejemplo, plantea si tales expresiones conciliares pueden ser corregidas. Según su razonamiento, si se admite la posibilidad de revisar formulaciones pastorales de concilios anteriores, también cabría considerar esa opción respecto a determinadas expresiones del Vaticano II.

El obispo subraya entonces las necesidad de examinar con honestidad lo que considera “ambigüedades evidentes e innegables” en algunos textos conciliares, y sostiene que otros concilios ecuménicos han conocido ajustes en sus declaraciones de carácter pastoral.

La situación de la FSSPX

Schneider se refirió a la situación de la FSSPX proponiendo que se les conceda primero una regularización canónica y que posteriormente continúe el diálogo doctrinal.

A su juicio, permitir a la Fraternidad aportar su reflexión podría contribuir a clarificar y precisar aspectos discutidos, en beneficio de toda la Iglesia. Finalmente, expresó preocupación por lo que describió como un comportamiento “duro” e “imprudente” por parte de la Santa Sede en el tratamiento de esta cuestión.

martes, 17 de febrero de 2026

Otra opinión para salir, o permanecer, en la perplejidad



Hay muchas razones para la perplejidad. Solemos pasar rápido el problema de la crisis de la Iglesia, pero

PRIMERO, no nos detenemos lo suficiente en que la Iglesia de Roma está en estado de irregularidad doctrinal, al punto de que Bergoglio incluyó en las AAS (doctrina oficial) la interpretación de los obispos de Buenos Aires a AL. AL además sostiene que Dios puede querer una situación de pecado, lo que destruye la totalidad de la doctrina moral católica. También es doctrina oficial la bendición a los homosexuales y el documento de Abu Dabi. No se trata de papas adúlteros o simoníacos; son papas que en su magisterio ordinario enseñan el error. Se discute con la FSSPX el asentimiento de voluntad y de intelecto a los documentos del Vaticano II, pero tranquilamente se podría exigir asentimiento de voluntad e intelecto a los errores de Bergoglio, ¿y qué hacemos?

SEGUNDO, esta situación excepcional de la Iglesia, que más o menos se aparta en el Vaticano II de la doctrina de la confesionalidad en teoría del Estado y adopta como doctrina lo que antes era sólo hipótesis práctica, y luego se transmuta en aceptación de los presupuestos modernos liberales, pasando además por un ecumenismo que gradualmente termina con Bergoglio en el más crudo indiferentismo, ya dura 60 años. Esto tiene que llevar a revisar los alcances de la indefectibilidad de la Iglesia. Evidentemente, la indefectibilidad tiene contornos más ácidos de los que los ultramontanos del siglo XIX contemplaban.

TERCERO, los dos puntos anteriores llevan a legitimar la resistencia a las innovaciones. Nada nos puede obligar a aceptar la bendición de sodomitas, ni la comunión de adúlteros, ni la afirmación de que todas las religiones llevan a Dios, ni que Dios puede querer algo aunque sea malo porque es lo que se puede hacer. La resistencia en su faz negativa es legítima e incluso obligatoria para el fiel ortodoxo. Justamente, está en juego la indefectibilidad seular de la Iglesia en su más cabal sentido.

El problema se plantea con las acciones llamémoslas positivas o de no estricta resistencia, como ésta de ordenar obispos. Donde la conexión entre la crisis doctrinal de la Iglesia y la medida tomada tienen una relación mediata. Hay que hacer un loop para vincular ambos temas, dado que la resistencia por definición es restrictiva y no puede extenderse a obliterar las facultades de una autoridad legítima. 

La Fraternidad dirá que la relación es directa, que son necesarios si no de iure, sí de congrúo y en definitiva, un medio providencial para ¨sanar¨congruamente de nuevo, la situación de crisis. Otros no lo vemos así. 

Este es el dilema. Pero es un dilema, y no ayuda en nada banalizar la situación de irregularidad doctrinal de Roma, que es gravísima.

Ludovicus

domingo, 15 de febrero de 2026

TRIBUNA: Algunas verdades (simples) sobre el personalismo y Juan Pablo II (comentado por mí)




Personalismo y Juan Pablo II

por INFOVATICANA | 15 febrero, 2026


Han aparecido en este medio digital varios artículos sobre el personalismo y Juan Pablo II visto como personalista que contienen muchas inexactitudes y probablemente falsedades, por lo que me parece oportuno comentar algo al respecto. Cabe señalar que tales artículos se publican con el pseudónimo de “católica (ex) perpleja”, lo que no se sabe qué significa; lo que sí se sabe es que quién o quiénes los escriben no quieren dar la cara y asumir responsabilidades, lo cual, francamente, no dice mucho a favor del contenido de sus escritos. Hecha esta breve introducción para contextualizar este texto voy a ofrecer algunas ideas centrales sobre lo que constituye el personalismo en general y el de Karol Wojtyla, en particular, temas sobre los que llevo escribiendo 30 años además de haber realizado múltiples iniciativas al respecto.

El personalismo surgió principalmente en la Europa de entreguerras con el objetivo de ofrecer una alternativa a las dos corrientes socio-culturales dominantes del momento: el individualismo y el colectivismo. Frente al primero, que exaltaba a un individuo autónomo y egocéntrico, remarcó la necesidad de la relación interpersonal y de la solidaridad; y frente al segundo, que supeditaba el valor de la persona a su adhesión a proyectos colectivos como el triunfo de una raza o la revolución, el valor absoluto de cada persona independientemente de sus cualidades.

Corresponde a Emmanuel Mounier (1905-1950) el mérito de haber dado voz y forma a este movimiento a través de sus escritos y la revista Esprit, convertida en hogar y punta de lanza del personalismo, si bien su obra se enmarca en un grupo de pensadores que proponen ideas similares y que, de manera conjunta, constituyen la filosofía personalista: Borden Parker Bowne (1847-1910), estadounidense, que se denominó a sí mismo el primer personalista; Jacques Maritain, Gabriel Marcel y Maurice Nédoncelle, en Francia; Scheler, von Hildebrand, Edith Stein, y Romano Guardini en lengua alemana así como la filosofía del diálogo de Buber, Ebner, Roszenweig y Lévinas; Karol Wojtyla en Polonia, y, en España, figuras como Zubiri, o Marías, que sin ser estrictamente personalistas, mantienen ideas muy similares.

El personalismo se puede describir, en líneas generales, a partir de los siguientes rasgos, que comparten todos estos filósofos La categoría central sobre la que se estructura la antropología personalista es la de persona. No es posible una antropología personalista estricta que no tenga como clave central y primaria este concepto, una afirmación que quizá pueda parecer obvia, pero que es una novedad absoluta en la historia del pensamiento.

La noción de persona es una síntesis de elementos clásicos y modernos porque, si bien los personalistas entienden que la filosofía moderna ha conducido a errores relevantes, como el idealismo, consideran que ha aportado novedades antropológicas irrenunciables como la subjetividad, la conciencia el yo o la reivindicación de la libertad.

El giro personalista en el que se pasa de considerar al ser humano un algo o qué, a considerarlo un alguien o un quién

La insalvable distinción entre personas por un lado y animales y cosas por el otro que implica, en técnica filosófica, que las personas deben ser analizadas con categorías filosóficas específicas y no con categorías elaboradas para las cosas.

La afectividad como dimensión central, autónoma y originaria del ser humano que incluye un centro espiritual que, en terminología de Von Hildebrand, se identifica con el corazón.

La inteligencia humana posee una dimensión objetiva que le permite aprehender la verdad, pero la captación humana de la realidad es personal, es decir, está afectada siempre, en modos diversos, por el sujeto que conoce.

El hombre es un ser dinámico que se construye a sí mismo a través de la potencia autodeterminativa que le proporciona su libertad-voluntad. Esta capacidad no es, sin embargo, absoluta; tiene límites.

Las cualidades más excelsas de la persona son la voluntad y el corazón, lo que implica una primacía de la acción y permite dar relevancia filosófica al amor. Tal y como sostiene, por otra parte, el cristianismo que considera que “Dios es amor”.

La corporeidad es una dimensión esencial de la persona que, más allá del aspecto somático, posee rasgos subjetivos y personales.

La relación interpersonal (yo-tu) y familiar son decisivas en la configuración de la identidad personal.

Existen dos modos básicos de ser persona: hombre y mujer. La persona es una realidad dual y el carácter sexuado afecta al nivel corporal, afectivo y espiritual.

La persona es un sujeto social y comunitario, y su primacía ontológica en relación con la sociedad está contrapesada por su deber de solidaridad en la construcción del bien común.

Para los personalistas, la persona tiene una dimensión trascendente, fundada en su dimensión espiritual. Esta visión se inspira en la tradición judeocristiana, pero se postula por vía filosófica, sin perjuicio de la existencia de un personalismo teológico (Ratzinger, Von Balthasar)

Los filósofos personalistas no conciben la filosofía como un mero ejercicio académico, sino como un medio para transformar la sociedad.

La unidad del personalismo, expresada en los puntos anteriores, se despliega en la diversidad de los autores que la componen dando lugar a diversas corrientes internas. 

Las principales son las siguientes:

Personalismo angloamericano. Fue la primera propuesta personalista sistemática. Su principal representante es Borden Parker Bowne y su rasgo más característico es el idealismo: solo existen personas humanas y la Persona divina.

Personalismo fenomenológico o fenomenología realista. Comprende los filósofos que siguieron al primer Husserl y elaboraron una fenomenología realista fundada en la persona como Max Scheler, Edith Stein y Dietrich von Hildebrand.

Personalismo comunitario. Esta corriente sigue los postulados y actitudes de Emmanuel Mounier. Se caracteriza por un énfasis en la acción y la transformación social.

Personalismo dialógico o filosofía del diálogo. Su principal característica es el énfasis en la interpersonalidad considerado el constitutivo radical de la persona. Su representante más emblemático es Martin Buber.

Personalismo tomista. Es la corriente personalista más cercana al tomismo, con Jacques Maritain como su principal representante.

Personalismo integral. Es la corriente personalista más joven y se centra en los trabajos de Wojtyla y Burgos. Su objetivo es elaborar un personalismo ontológico que incorpore la dimensión subjetiva aportada por la modernidad.

Por lo que respecta a Karol Wojtyla, tuvo un itinerario filosófico complejo y, al mismo tiempo, apasionante, que le llevó de una formación tomista inicial (la que se impartía en los seminarios) al contacto con la filosofía moderna a través de Scheler, al realizar su tesis de habilitación. En ese momento captó – como el resto de personalistas- la necesidad de integrar la filosofía clásica, que aporta objetividad pero que descuida el mundo interior de los sujetos, con la filosofía moderna, que descubrió la importancia del yo personal, pero al precio de caer en el idealismo. Y, como consecuencia de esta visión, surge su filosofía original personalista. Una evolución que él mismo relata en su delicioso escrito Don y misterio: “Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación (la tesis sobre Scheler). Sobre mi precedente formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro Persona y acción. De este modo me he introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales” (Bac, p. 110).

Por ello, quien quiera conocer su pensamiento filosófico debe acudir a Persona y acción que, ciertamente, es difícil, como lo son todos o buena parte de los grandes libros de filosofía. En este libro Wojtyla se propone su gran objetivo, fusionar la filosofía clásica y la moderna, es decir, objetividad y subjetividad, en el ámbito antropológico. Y, a mi juicio, lo consigue, si bien vale la pena añadir un matiz muy importante: la distinción entre subjetividad y subjetivismo. El subjetivismo es una posición relativista que Wojtyla naturalmente rechaza. La subjetividad es algo muy diferente. Implica simplemente asumir que los seres humanos tenemos un mundo interior que es decisivo en nuestra existencia, y que una antropología que no lo tenga en cuenta no es una buena antropología. Por eso, Wojtyla dirá, quizá con un poco de sorna, que “la subjetividad es objetiva”.

Otro de sus grandes temas es la relación entre el hombre y la mujer que se tradujo en dos grandes textos: Amor y responsabilidad, en el ámbito filosófico; y la conocida Teología del cuerpo, en el teológico, con el escrito Varón y mujer los creó. Todo ello sin desdeñar su obra poética y teatral, mucho menos conocida, pero igualmente valiosa como El taller del orfebre, donde se nos presenta la vida de 3 parejas en lucha con el amor.

El personalismo, por tanto, no es ninguna filosofía problemática, ni siquiera en el entorno cristiano, ya que resultaría muy sorprendente que figuras como San Juan Pablo II, Santa Edith Stein, los conversos Maritain, Marcel y Von Hildebrand o el gran Romano Guardini se adhirieran a una filosofía contraria al cristianismo en ningún punto esencial. Lo que no significa, por supuesto, que haya que estar de acuerdo con ellos, ya que el cristianismo no tiene ninguna filosofía oficial, incluido el tomismo o el agustinismo.

Pero, en realidad, el personalismo no solo no es problemático, sino todo lo contrario. Es una filosofía potente, compatible con el cristianismo y contemporánea; es decir, que nos habla en nuestro lenguaje y, por eso, tiene tanta aceptación entre los jóvenes, tesis que puedo afirmar como profesor de universidad. Es más, no es ni siquiera una filosofía acabada sino un pensamiento con futuro que se está aplicando a terrenos cada vez más amplios como la psicología, la educación, la empresa o el cine en el interesante proyecto del personalismo fílmico (J. A. Peris).

Cabría preguntarse, para ir finalizando: 

¿Por qué estos ataques tan despiadados al personalismo, teniendo en cuenta quienes lo componen? ¿Se merecen estas descalificaciones tan burdas figuras tan extraordinarias como Juan Pablo II? 

Quizás el origen se localice en la necesidad de una autojustificación que suavice la no asunción del Concilio Vaticano II, que ya superó la confusión entre modernidad y modernismo, y entre tradicionalismo y progresismo, introduciendo en sus Declaraciones y Documentos las verdades asumibles del pensamiento y la cultura moderna, una vez purificadas de su idealismo. Juan Pablo II trasladó al Magisterio de la Iglesia esa doctrina apoyándose parcialmente en el personalismo y produciendo, entre otros insignes documentos, el Catecismo de la Iglesia Católica. Algunos quizás no le perdonan esta inmensa tarea que realizó en beneficio de toda la Iglesia o, más simplemente, no están dispuestos a asumir el progreso doctrinal de la Iglesia (¿?)

Sea de ello como fuere, el personalismo ha sabido perfectamente distinguir modernidad de modernismo y asumir, por ello, el valor absoluto de la persona en el marco de una visión trascendente, tal y como expresa magistralmente Jacques Maritain, al proponer su Humanismo integral. “En este nuevo momento de la historia de la cultura cristiana, la criatura no sería desconocida ni aniquilada en relación a Dios; pero tampoco sería rehabilitada sin Dios o contra Dios; sería rehabilitada en Dios». El punto clave es que «la criatura sea verdaderamente respetada en su relación con Dios y porque lo tiene todo de él; humanismo, por tanto, pero humanismo teocéntrico, enraizado donde el hombre tiene sus raíces, humanismo integral, humanismo de la Encarnación» (Humanismo integral, p. 104).

***

Para quien desee profundizar en estas ideas remito, además de los textos mencionados de Juan Pablo II, a las siguientes referencias esenciales: la página web de la Asociación Española de Personalismo: www.personalismo.org y los libros de Juan Manuel Burgos, Introducción al personalismo (con una visión general y amplísima bibliografía) y Para comprender a Karol Wojtyla. Una introducción a su filosofía. Además, y, por supuesto, se puede acudir a todos y cada uno de los grandes personalistas y disfrutar directamente de su lectura, el mejor antídoto contra cualquier distorsión.

Sobre el autor:

Juan Manuel Burgos es el Fundador-Presidente de la Asociación Española de Personalismo y de la Asociación Iberoamericana de Personalismo. Profesor Titular de Filosofía.

NOTA DEL AUTOR DE ESTE BLOG:

Por supuesto, se trata de una opinión personal de Juan Manuel Burgos. No es la única, ni siquiera la más acertada. Habría que hablar de cada uno de los personalismos y diferenciar entre ellos. A veces, hay matices que son importantes y que no se señalan. Y que aquí, lógicamente, no se tocan (lo que es explicable, dado el corto espacio de que se dispone para un artículo).

Pero, cinéndonos al papa Juan Pablo II, hay muchos puntos de su "doctrina" (o sea, de su enfoque teológico del catolicismo) que no están suficientemente claros. Tal vez, en alguna entrada posterior hable de ello. No en este momento. 

El autor de este artículo señala el Concilio Vaticano II como si se tratase de un dogma, del que hay que admitirlo todo, lo que es, evidentemente, falso. Hay varios documentos del CVII que son excesivamente ambiguos y que se prestan a diversas interpretaciones. Así lo expresan autores de reconocido prestigio intelectual, como Brunero Gherardini, en su libro "Vaticano II: una explicación pendiente"; y también Roberto de Mattei: "Vaticano II: una historia nunca escrita".

No está nada clara esta defensa sólo del concilio Vaticano II, que, además, no es dogmático, sólo pastoral; y que es el concilio número 21 de todos los concilios que han tenido lugar a lo largo de la historia de la Iglesia (todos ellos dogmáticos, a excepción del CVII). 

Y luego habla del progreso doctrinal (¿qué significa eso?). Debería de haber leído a San Vicente de Lerins. Se puede profundizar en el contenido, pero nunca cambiarlo: el depósito recibido debe de ser transmitido en toda su integridad, sin ningún cambio. 

La doctrina no cambia. Sí cambia la profundización en dicha doctrina, tomando siempre, como referencia, a los grandes maestros y santos, como es el caso de santo Tomás de Aquino. Además, "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Heb 13, 8).

Es de gran interés la lectura del siguiente artículo de Adelante la Fe, de título  ¿Qué está mal en el Personalismo y en la ‘Teología del Cuerpo’?, en donde se trata de una entrevista que se hizo al teólogo de actualidad D.Pietro Leone, quien tiene un libro muy recomendable, de título The family under attack. Está en inglés. Me parece que no tiene todavía traducción al español, que yo conozca.

José Martí

Verdad y confesión



Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros (1 Juan 1:8–10)

Amados, en los oscuros pasillos del corazón humano, donde los susurros de perfección resuenan falsamente, el apóstol Juan nos confronta con una verdad penetrante. «Si decimos que no hemos pecado», declara, invocando el griego ἁμαρτία ( hamartia ), ese antiguo término que evoca la flecha de un arquero que no da en el blanco; no solo una falta pasajera, sino una profunda desviación del objetivo divino de la justicia. Aquí Juan usa el singular: ἁμαρτία ( hamartia ), el pecado como condición universal que envuelve a la humanidad. Todavía no habla de actos específicos, sino de la realidad subyacente que nos separa de Dios. En esto vemos el engaño que atrapa al alma: πλανῶμεν ( planōmen ), nos extraviamos, lo que nos lleva a la ilusión. Porque afirmar estar sin pecado es desterrar la alētheia (la verdad misma) de nuestro santuario interior. Como un espejo empañado por el aliento, nuestra autopercepción se nubla; no vemos las manchas en nuestras vestiduras, sino ilusiones de un blanco inmaculado. Juan nos recuerda que el pecado no es un fantasma, sino una realidad inherente a la estructura caída de la humanidad. Aquí reside el peligro: la negación engendra oscuridad, y en ese vacío, la comunión con la Luz —nuestro Dios— se desvanece en la nada.

Puerta de la confesión

Sin embargo, de las profundidades de este engaño brota una fuente de esperanza, cristalina y pura. «Si confesamos nuestros pecados», suplica Juan, usando ὁμολογῶμεν ( homologōmen ), una palabra rica en la resonancia de «hablar lo mismo»: alinear nuestras palabras con el veredicto de Dios sobre nuestras faltas. Ahora Juan cambia al plural: ἁμαρτίας ( hamartías ), los pecados concretos que cada uno de nosotros debe confesar. No basta con reconocer la condición general del pecado; estamos llamados a nombrar nuestras faltas y sacarlas a la luz ante Dios. Esto no es una mera admisión, sino una declaración armoniosa, una rendición en la que la disonancia del alma se resuelve en una melodía divina. Esta confesión es el punto de apoyo: invita a la personalidad de Dios mismo a la narrativa. Él es pistos (πιστός ) , fiel como las estrellas inmutables, siempre fiel a sus promesas; y dikaios ( δίκαιος ), como la balanza de la justicia, equilibrando la misericordia con la santidad. En respuesta, Él aphē ( ἀφῇ ), nos libera de las cadenas de nuestras hamartias ( ἁμαρτίας ), perdonando con una gracia que hace eco a la cruz. Más profundamente, Él katharisē ( καθαρίσῃ ), nos limpia de toda adikias ( ἀδικίας ), esa injusticia que mancha como tinta en el agua. Imaginen, queridos, un río contaminado por los desechos de la corriente, ahora purificado hasta alcanzar una claridad cristalina: tal es el poder transformador de la confesión, no por nuestro mérito, sino por Su fidelidad.

La mentira revelada

Por desgracia, el apóstol insiste aún más, para no hacernos detenernos a reflexionar. «Si decimos que no hemos pecado», advierte, enfatizando ἡμαρτήκαμεν ( hēmartēkamen ), el tiempo pasado que enfatiza una acción realizada con efectos duraderos, hemos pecado y las consecuencias persisten. Negar esto es transformar a Dios mismo en un ψεύστην ( pseustēn ), un mentiroso, una afrenta que golpea el corazón de la integridad divina. Porque su logos ( logos ), la Palabra eterna —ese mismo Logos que se hizo carne en Cristo— da testimonio de nuestra fragilidad. Si su palabra no encuentra hogar en nosotros, vagamos como exiliados en una tierra árida, privados de la corriente que da vida. Esta es la ironía suprema: al proclamar nuestra inocencia, incriminamos al Inocente; Al silenciar los ecos del pecado, amplificamos la cacofonía de la falsedad. Juan, inspirándose en los ecos del Antiguo Testamento, como los llamados de los profetas al arrepentimiento, nos insta a abrazar la humildad, pues solo reconociendo nuestros errores podemos volver al redil.

Luz restaurada

En conclusión, tejamos estos hilos en un tapiz de gracia. Desde la negación hasta la confesión y la advertencia, la epístola de Juan canta un himno de redención. Las corrientes subyacentes griegas —ἁμαρτία ( hamartia , 'errar el blanco'), ὁμολογῶμεν ( homologōmen , 'discurso alineado'), δίκαιος ( dikaios , 'justo equilibrio')— no revelan un tratado de condenación, sino una invitación a la luz. Amados, en esta serie sobre la primera carta de Juan, que no solo interpretemos estas palabras, sino que las encarnemos: confesar con valentía, recibir con fidelidad y caminar en la verdad. Porque en la confesión de nuestras sombras, la Luz del mundo ilumina nuestro camino, purificando, perdonando y restaurando. Amén.

Reverendo León , 14 de febrero 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #105 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.




DURACIÓN 34 MINUTOS




EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA

1. Beatificación cura Valera 

2. León XIV a los curas de Madrid 

3. 40 días por la vida 

MUNDO 

4. Doctrina de la Fe y Fraternidad san Pío X 

5. El cardenal Marx se cabrea 

6. El papa recibe a Courage International 

7. Violencia contra cristianos en Nigeria 

8. Sociedad de san Justino mártir. Rosario por la juventud


miércoles, 11 de febrero de 2026

Excomulgados y cismáticos




Resulta curioso que progres y festejantes de cualquier herejía o innovación conciliar, como la periodista Elizabetta Pique, se estén mesando los cabellos porque las eventuales consagraciones episcopales que efectuarán los obispos de la FSSPX provocará su excomunión y los arrojará a ellos y a todo su grupo al cisma. Las medidas canónicas, algo tan del pasado y contrarias a la misericordia propia de estos tiempos, se resucitan cuando las víctimas son los “ultracatólicos”.

Pero más curioso aún es que asuman una actitud similar los neocones. Para ellos también la excomunión rompe la “unidad eclesial” aunque no sepan muy bien qué cosa significa tal expresión. Me parece a mí que la tal comunión se rompe de muchos modos; también, por ejemplo, negando o disfrazando puntos centrales de la fe y la moral. Sin embargo, en estos casos, se quedan en silencio.

Pero además, y sobre esto me interesa tratar en esta entrada, hacen referencia a la excomunión y al cisma de un modo asaz inexacto y sin la menor contextualización histórica. Propongo, entonces, algunos puntos en este sentido que pueden ayudar a entender la situación:

1. La pena de excomunión para los obispos que realizan consagraciones episcopales sin mandato pontificio es muy tardía. No aparece en el CIC de 1917, que en el canon 2370 establecía que los tales serían suspendidos hasta que la Santa Sede los dispensara. Fue Pío XII en 1951 quien cambió este canon estableciendo que incurren en excomunión latae sententiae, y lo hizo concretamente para responder a lo que ocurría con la iglesia china. Curiosamente, en la actualidad esa iglesia sigue consagrando obispos sin mandato, y la Santa Sede luego los reconoce. Es decir, no nos encontramos con una costumbre inmemorial, anclada en la tradición. Es una medida del derecho positivo muy reciente, más allá del biri biri de la teología eclesial.

2. No será novedad para nadie que los obispos en los primeros siglos cristianos y en la Edad Media, y aún hasta hace algunas décadas en algunos sitios, eran elegidos por el pueblo, o por el arzobispo metropolitano, o por el monarca, o por los canónigos de la catedral. Más aún, en las iglesias orientales son elegidos por los sínodos de cada una de ellas. Roma se limita, y limitaba en los otros casos, a confirmar las nominaciones. Con esto quiero decir que el hecho de que en la actualidad y en la iglesia latina, sea el Papa de Roma quien elige a los obispos no pasa de ser una cuestión disciplinar, meramente disciplinar, que no toca en nada la unidad de la Fe y, por supuesto, tampoco la Caridad, supuesta la existencia de casos de excepción que justifique saltarse el derecho canónico disciplinar. No es materia revelada que el Papa deba designar Obispos, siendo su misión esencial «confirmar en la Fe». De manera que ni siquiera como una tarea accesoria o derivada de la misión encomendada por Nuestro Señor a Pedro, se podría sostener esta atribución de designar Obispos como algo relativo a la Fe.

3. Veamos un caso concreto: A comienzos de la década de 1970, el cardenal Josyf Slipyj, jefe de la Iglesia greco-católica ucraniana y antiguo prisionero del sistema represivo soviético durante dieciocho años, entró en un conflicto directo con el Vaticano por la cuestión de la sucesión episcopal. Tras su liberación en 1963 y su llegada a Roma, Slipyj insistió en la necesidad urgente de consagrar nuevos obispos para una Iglesia que había sido oficialmente suprimida por la URSS en 1946 y que sobrevivía de forma clandestina en Ucrania. El papa Pablo VI, comprometido con la política de distensión hacia los países comunistas, se negó reiteradamente a conceder el mandato pontificio necesario para dichas consagraciones, temiendo que una medida de ese tipo provocara represalias soviéticas y agravara la situación de los católicos bajo el régimen.

En 1975, ante la ausencia de obispos en libertad y sin autorización papal, Slipyj procedió a consagrar varios obispos en secreto en la abadía italo-bizantina de Grottaferrata, cerca de Roma, entre ellos al entonces monje Lubomyr Husar, futuro patriarca de la Iglesia ucraniana. Las consagraciones fueron consideradas válidas desde el punto de vista sacramental pero ilícitas canónicamente. La reacción del Vaticano fue deliberadamente contenida: no se impuso ninguna sanción pública ni se declaró nulo el acto, pero las consagraciones no fueron reconocidas oficialmente y Slipyj quedó progresivamente marginado en la Curia. Tras la caída de la Unión Soviética, los cuatro obispos fueron regularizados y pasaron a desempeñar un papel central en la reconstrucción de la jerarquía greco-católica en Ucrania, lo que dio al episodio una relevancia histórica que superó el conflicto inmediato entre Roma y el cardenal ucraniano. Como curiosidad, uno de los cuatro obispos consagrados, y por tanto excomulgados como el cardenal Slipyj, era un sacerdote del que el joven Jorge Bergogolio era muy cercano. Habló con mucho afecto de él cuando era ya Sumo Pontífice. Es decir, estamos frente a excomuniones, por más latae sententiae que sean, que son muy elásticas, y se aplican y desaplican sean los casos.

3.a Un codicilo: El santo sínodo de la Iglesia católica de Ucrania, en uso de sus facultades, elevó a su iglesia a patriarcado en los años ‘70. Juan Pablo II, para no fastidiar a los ortodoxos rusos, no lo aceptó y ordenó que siguiera siendo un arzobispado mayor. Pues los ucranianos, hasta hoy, en los dípticos conmemoran a su “patriarca” Sviatoslav, haciendo caso omiso de la disposición romana. Y todos sabemos qué significa la conmemoración en los dípticos para las iglesias orientales.

4. Yo no quisiera ser excomulgado ni me pondría nunca en situación de excomunión, y nadie creo que dudará que es mejor no estar excomulgado que estarlo. Sin embargo, esto no obsta para ser conscientes de que a lo largo de la historia de la Iglesia las excomuniones no siempre, o mejor dicho, casi nunca han significado gran cosa. Podríamos hacer un listado interminable de excomuniones que los obispos medievales —la época de esplendor del cristianismo— se lanzaban entre sí, y el excomulgado seguía como si nada. Algunos ejemplos de entre cientos: Ivo de Chartres excomulgó en el siglo XII a varios obispos vecinos porque habían ordenado clérigos suyos sin dimisorias (Epistolae, Patrologia Latina, vol. 162); a fines del siglo XI, en ciudades como Milán, Brescia, Piacenza, Cremona o Rávena, coexistían obispos rivales: unos nombrados por el Papa y otros por el emperador, como era la costumbre, con lo cual un obispo excomulgado por Roma seguía oficiando, ordenando sacerdotes y gobernando su diócesis, mientras otro obispo, nombrado por el Papa, hacía lo mismo en paralelo (Robinson, I. S. The Papal Reform of the Eleventh Century, Manchester, 2004). Y un último ejemplo muy cercano y conocido por nosotros: había excomunión reservada a la Santa Sede para quien sustrajera un libro de la biblioteca de Salamanca… así de serias eran las excomuniones y con esa seriedad se tomaban.

5. El cisma: muy sueltos de palabra, todos dicen como sabios canonistas que la FSSPX, al consagrar obispos, se convertiría nuevamente en cismática, y cismáticos serían todos sus miembros. Y esto es una enormidad que canónicamente no se sostiene. El cisma es una separación voluntaria del orden jurídico de la Iglesia; es cosa seria y nadie se constituye en cismático si no hay un declaración formal como tal y con meticulosa delimitación por parte de la Santa Sede. Cuando ocurrieron las consagraciones de Mons. Lefebvre, el Papa Juan Pablo II emitió el motu proprio Ecclesia Dei, en la que afirma que el acto de “desobediencia” del arzobispo francés “constituye un acto cismático” (nº 3). Sin embargo, en ningún momento determina quiénes caen en el cisma, y no es que se le pasó el detalle, sino que voluntariamente se evitó declarar a la FSSPX como cismática.

Supongamos que efectivamente el próximo mes de julio se producen nuevas consagraciones episcopales en Êcone. ¿Quiénes caerán en el cisma? ¿Los obispos consagrantes y consagrados? ¿Los sacerdotes que asistan también? ¿Y los que no asistan? ¿Y los fieles de la Fraternidad, en todos sus niveles y pelajes serán también cismáticos? ¿Y los mendigos que piden limosnas en las puertas de las iglesias de la FSSPX caerán también en el cisma? Evidentemente, en estos casos es necesario un pronunciamiento muy claro del Vaticano que determine con exactitud quiénes han cometido el pecado de cisma. Y mientras ese pronunciamiento no exista, nadie puede andar propalando como si fuera cosas indiscutible y probada que la FSSPX es cismática.

6. Hay algunos que hablan de “secta lefebvrista” porque afirman alegremente que son cismáticos. Y se ríen porque uno de los argumentos que utiliza la FSSPX para rechazar esa acusación es afirmar que nombran al Papa en el Canon Romano; “no es suficiente”, dicen. Demuestran de ese modo su ignorancia. Nombrar al Papa y al obispo del lugar, o al propio ordinario, en el Canon es el modo público y más importante de indicar la comunión. Se trata de los dípticos de las iglesias orientales a los que hicimos referencia más arriba. Por eso mismo, el acto público de cisma, si tal fuera el caso de la Fraternidad, debería eliminar el nombre del pontífice romano y del obispo del Canon. Y eso no ocurre, y es mucho más que un detalle: es la expresión de estar en comunión con Pedro y sus sucesores.

En todo este largo post no he intentado hacer una defensa de la FSSPX, en primer lugar, porque no me corresponde a mi hacerla —no soy parte de ella— y, en segundo lugar, porque la Fraternidad no necesita que yo la defienda: lo hace muy bien sola, y lo viene haciendo desde hace cincuenta años con éxito. He querido señalar simplemente las cosas como son y, en lo posible, advertir a los que con lengua suelta hablan con liviandad de “excomuniones y cismas”, que piensen más en lo que dicen.

Wanderer

Frío, lluvia, nieve: ¿cambio climático?





Los propagandistas climáticos andan nerviosos. En efecto, las condiciones meteorológicas preferidas para la propaganda climática son el calor y la sequía, y desde finales de diciembre hemos tenido frío y mucha lluvia. De hecho, en la España peninsular, enero ha sido el más lluvioso de los últimos 25 años, y muchos pantanos han acabado el mes al 100% de capacidad.

De este hecho debemos extraer tres lecciones. La primera es la falta de fiabilidad de las predicciones meteorológicas más allá de un horizonte temporal de unos pocos días. Un secreto bien guardado es que la ciencia aún está en pañales en su comprensión del clima, un sistema no lineal, complejo y caótico. Por tanto, los meteorólogos no tienen forma de saber con un mínimo de certeza qué pasará esta próxima primavera, ni el año que viene, ni mucho menos el 2100. Se mueven en un entorno de enorme incertidumbre y se apoyan para sus previsiones estacionales en factores sólo parcialmente explicativos, como el ENSO.
Otra vez la AEMET

De ahí las aproximaciones probabilísticas obtenidas por la AEMET tras laboriosos cálculos —es decir, a ojo de buen cubero— al pronosticar que había un 60% de probabilidades de tener un invierno más cálido de lo normal. Por ello, ha recibido muchas críticas, amortiguadas por la feroz defensa que de la Agencia realizan sistemáticamente los fact-checkers y la prensa de izquierdas (casi toda), pues la AEMET es la principal «autoridad» para promover la agenda climática y, por tanto, hay que protegerla.

En realidad, el gigantesco error de la AEMET estriba en no haber sido capaz de prever el enorme volumen de precipitaciones registradas en enero. De hecho, las críticas a su previsión de temperaturas distraen la atención sobre este punto y, además, son ingenuas, dado que la AEMET tiene el monopolio en el cálculo de temperaturas en España. También son prematuras. En efecto, la temperatura media del invierno meteorológico en la España peninsular es de 6,6ºC, luego para tener un invierno «más cálido de lo normal» bastaría con obtener unas pocas décimas superiores a esa temperatura. Si damos por bueno que las temperaturas de enero han sido sorprendentemente normales (como parece haber afirmado la AEMET), para que falle su pronóstico sería necesario que febrero acabara siendo «más frío de lo normal» (por debajo del percentil 40), algo estadísticamente más improbable que el escenario opuesto. De ahí que la Agencia confíe su remontada reputacional a las temperaturas de febrero (que ellos mismos calcularán)[1].

La segunda lección que debemos recordar es que la gran amenaza climática que debería preocuparnos es el frío extremo propio de las Eras Glaciales y no las temperaturas más templadas causadas por el ligero calentamiento que afortunadamente estamos viviendo desde que terminó la Pequeña Edad de Hielo, a mediados del siglo XIX. Calor es sinónimo de vida, y frío, sinónimo de muerte. Por eso los pájaros migran hacia zonas más cálidas en invierno y los ciudadanos del centro y norte de Europa vienen de vacaciones a España, y no al revés.

La última lección que podemos extraer es que debemos estar en guardia frente al inmisericorde bombardeo de la propaganda climática, de estilo soviético. En efecto, si este comienzo de invierno hubiera sido cálido y seco en vez de helador y lluvioso, la propaganda climática lo habría achacado inmediatamente al cambio climático. Pues bien, tan ridículo y acientífico es extrapolar un mes frío, lluvioso y nevoso ligándolo a un supuesto enfriamiento global como lo es ligar cada ola de calor, cada sequía o cada estación especialmente cálida al calentamiento global. Por favor, recuérdenlo la próxima vez que los activistas climáticos ―empezando por la AEMET― conviertan meros fenómenos meteorológicos locales, pasajeros e irrelevantes, en pruebas irrefutables del cambio climático planetario.
Profetas de calamidades

Para los profetas de calamidades climáticas las malas noticias se acumulan, pues Bill Gates afirma ahora que «aunque el cambio climático tendrá graves consecuencias (…), las personas podrán vivir y prosperar en la mayoría de los lugares de la Tierra en un futuro previsible»[2]. Tras escribir hace pocos años un libro alarmantemente titulado Cómo evitar un desastre climático, su cambio de tono (o giro oportunista) ha coincidido con el desgaste de las proyecciones apocalípticas ―desacreditadas una y otra vez por los datos observados― y, sobre todo, con el cambio político acontecido en EEUU, país que ha decidido abandonar, y, por tanto, dejar de financiar, todo tipo de organizaciones ecologistas, incluyendo el IPCC de la ONU[3].

Debemos ser conscientes de que la eficaz propaganda climática achaca al cambio climático todo tipo de fenómenos, aunque sean de naturaleza opuesta. Por eso precisamente el «calentamiento global» pasó a denominarse «cambio climático», concepto menos restrictivo que admite todo. Éste es el motivo por el que quienes viven del cuento climático intenten explicar que el calentamiento global es culpable del calor, pero también del frío; de la lluvia torrencial, pero también de la sequía; de la calma total, pero también de los vientos tempestuosos. No obstante, aunque la física atmosférica sea en ocasiones contraintuitiva, confío en que el sentido común les indique que suele ser difícil que un mismo factor cause resultados completamente opuestos. Si no es así, tengan cuidado la próxima vez que pongan hielo en su bebida, no vaya a ser que se caliente, o que tomen un antipirético, no vaya a ser que, en vez de bajarles la fiebre, se la dispare.

Al contrario de lo que afirma la propaganda, hasta ahora el calentamiento global no ha provocado ningún aumento en la inestabilidad climática o en la frecuencia o intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, como reconoce el propio IPCC[4]. Pero imaginemos por un momento que lo hiciera, como afirman sus propagandistas: ¿deberíamos concluir entonces que el enfriamiento global traería una gran estabilidad climática? No parece ser el caso. De hecho, la Pequeña Edad de Hielo (s. XIII-s. XIX) fue un período de «gran inestabilidad climática» que produjo severas carestías en la cosecha de cereales y, por lo tanto, hambrunas[5]. Por el contrario, el aumento de CO2 y unas temperaturas más templadas favorecen el crecimiento de las plantas. Así, el rendimiento de los cultivos de cereales (medido en toneladas por hectárea cultivada) no ha hecho más que crecer en las últimas décadas y es hoy el doble de lo que era hace 60 años, lo que supone una magnífica noticia para alimentar a una creciente población mundial[6]. Bendito CO2.

Caída global de temperaturas

El frío, la lluvia y la nieve no ha sido un fenómeno limitado a España, sino que se ha tratado de un fenómeno global en el hemisferio norte. De forma anecdótica, cabe mencionar que en la noche de Reyes cayeron 30 cm de nieve en las playas de la costa atlántica francesa[7], que en EEUU el temporal de frío y nieve de finales de enero compitió con el récord del invierno anterior[8], y que, en la península de Kamchatka, en el extremo oriental ruso, se produjo una nevada sin precedentes[9].

Pero por encima de lo anecdótico que supone vivir un mes frío, lluvioso y nevoso, el hecho es que las temperaturas del planeta están cayendo desde hace dos años, lo que significa que el inusual pico observado en 2023-2025 ―de naturaleza claramente exógena y coyuntural, por extremo y repentino― está remitiendo en un típico ejemplo de reversión o regresión a la media. No olviden que en 2023 el 42% de la superficie del planeta experimentó temperaturas dos desviaciones estándar por encima de la media. En este sentido, resulta elocuente el contraste entre el sinnúmero de noticias publicitando el brusco calentamiento de aquellos años y el sepulcral silencio que ha acompañado el enfriamiento subsiguiente, igualmente brusco, pero que no encaja en el relato oficial.

Como escribí en su día, ningún científico serio achacó al supuesto cambio climático antrópico el súbito aumento de las temperaturas del 2023-2025 (al contrario de lo que hizo la AEMET). Algunos lo ligaron a un fenómeno El Niño fuerte; otros a una bajísima cobertura global de nubes completamente inexplicada, pues la ciencia aún patina con la convección húmeda y desconoce, por tanto, los factores que controlan la nubosidad del planeta (¿cómo no van a fallar los modelos climáticos?). Finalmente, otros científicos señalaron a la masiva erupción del volcán submarino Hunga-Tonga, que constituyó uno de los fenómenos geológicos de mayor magnitud del último siglo al liberar a la atmósfera, de golpe, 150 Mt de vapor de agua, el más importante gas de efecto invernadero[10].

Por lo tanto, es posible que el reciente y brusco enfriamiento terrestre haya estado asociado a La Niña, fenómeno que, como tantos otros, resulta imposible de predecir en duración e intensidad salvo con cómodos rangos probabilísticos que no suelen separarse mucho de la equiprobabilidad (para proteger la reputación al pronosticador). Pero también es posible que el principal factor explicativo del reciente enfriamiento haya sido la paulatina desaparición del temporal efecto invernadero causado por la erupción del Hunga-Tonga[11]. Quién sabe.

Como pueden ver en el siguiente gráfico, desde 1979 ―un año particularmente frío, pero el primero en el que hubo satélites en el espacio para medir la temperatura― se estima que la temperatura media del planeta ha aumentado a un imperceptible ritmo de 0,15ºC por década (sí, 15 centésimas de grado por década)[12]. Convendrán conmigo en que hay que afinar mucho para detectar este aumento centesimal de la temperatura de todo un planeta:


Asimismo, podrán observar que la temperatura del planeta apenas aumentó en el período 1980-1995 y se mantuvo muy constante de 1998 al 2015, aproximadamente, a pesar del aumento constante de la concentración atmosférica de CO2. Este último episodio se denominó «la pausa», aunque posteriormente la propaganda climática negaría que dicho término hubiera existido. ¡Qué memoria más corta! La revista Nature había publicado en 2013 un artículo titulado La reciente pausa del calentamiento global[13] y el propio IPCC citaba «la pausa» 53 veces en su Quinto Informe (2013) y dedicaba un capítulo especial titulado Modelos climáticos y la pausa en el calentamiento global en los últimos 15 años[14].

Gráficos largos

El gráfico anterior de datos por satélite es un gráfico muy corto, pues la evolución de clima suele medirse en siglos o milenios. Por eso me gusta introducir el gráfico largo que incluyó el IPCC en su Primer Informe, que muestra la reconstrucción de temperaturas del planeta de los últimos 10.000 y 1.000 años. En él podrán observar que las temperaturas de finales del s. XX eran inferiores o similares a las de épocas en las que Pedro Picapiedra conducía su troncomóvil, es decir, en las que no existía industrialización alguna ni CO2 de origen antrópico[15]:


Buenas noticias

Por otro lado, algunos de mis amigos canadienses preocupados por la propaganda climática se habrán visto tranquilizados con la reciente publicación de la serie de temperaturas veraniegas de su país desde el año 1900, la cual muestra una suave ciclicidad sin tendencia clara que equipara las temperaturas de principios del s. XXI con las vividas hace 100 años, cuando supuestamente el nivel de CO2 era «normal» (según la nomenclatura de la propaganda climática)[16]:


También les relajará saber que el llanto ceñudo de la pobre Greta al denunciar en la ONU una supuesta extinción masiva de especies como consecuencia del cambio climático era fruto de la histeria más que de la ciencia. En efecto, un estudio reciente publicado por la Royal Society concluye que el ritmo de extinción de especies ―irrelevante en cualquier caso desde el punto de vista relativo― ha disminuido en los últimos 100 años[17]. Sí, han leído bien: hay menos extinciones de especies, lo que significa que a la biosfera (sistema que engloba a todos los seres vivos del planeta) le sienta de maravilla una temperatura un poco más templada y un poco más de CO2, fuente de vida y alimento por antonomasia de las plantas.

Respecto a la subida del nivel de los océanos también tenemos datos tranquilizadores. Un estudio publicado en el Journal of Marine Science and Engineering ha comparado los aumentos pronosticados para 2020 por el IPCC para multitud de localidades costeras de todo el planeta con las mediciones reales obtenidas en dichas localidades. Su conclusión es rotunda: «Aproximadamente el 95 % de las ubicaciones no muestra una aceleración estadísticamente significativa de la tasa de aumento del nivel del mar. Nuestra investigación sugiere que en el 5 % restante de las ubicaciones los fenómenos locales no climáticos son la causa plausible del aumento acelerado del nivel del mar». Y termina: «En promedio, la tasa de aumento proyectada por el IPCC tiene un sesgo al alza de aproximadamente 2 mm por año en comparación con la tasa observada»[18]. Dado que el último informe del IPCC proyecta un aumento de 4mm / año hasta el 2100 en su escenario más plausible, esto significa que sus fallidos modelos multiplican por dos la subida real del nivel de los océanos. No tengan prisa por vender el apartamento de la playa.

¿Consenso o censura?

La propaganda climática asegura que existe un consenso casi absoluto entre la comunidad científica respecto al origen antrópico del calentamiento global y a las consecuencias apocalípticas que se le atribuye. Esto es rotundamente falso: lo que sí ha habido es un tratamiento mediático asimétrico de ambas posturas del debate y una agresiva censura de tinte comunista u orwelliano materializada en el silenciamiento activo de la multitud de científicos escépticos y escandalizados con el secuestro político de la ciencia.

Éste es el caso de un editor del American Journal of Economics and Sociology, que permitió la publicación de un artículo que pronto se convertiría en el segundo más leído de la publicación en sus 83 años de historia. El artículo criticaba el alarmismo del IPCC, nunca corroborado por la evidencia empírica, es decir, osaba blasfemar contra el dogma imperante con una laudable claridad. Pues bien, el editor fue despedido[19]. Lean por favor con atención las conclusiones de este artículo:

«El IPCC afirma que los fenómenos meteorológicos extremos son ahora peores que en el pasado, pero las observaciones no respaldan esta afirmación. Algunos fenómenos meteorológicos extremos, como la superficie terrestre afectada por sequías extremas, están disminuyendo, en lugar de aumentar (Lomborg, 2020). A nivel mundial, la incidencia de huracanes no muestra una tendencia significativa (IPCC, 2013, p. 216; Lomborg, 2020). Las observaciones tampoco muestran ningún aumento de los daños ni ningún peligro para la humanidad en la actualidad debido al clima extremo o al calentamiento global (Crok y May, 2023, pp. 140-161; Scafetta, 2024). Por lo tanto, dado que el clima actual es posiblemente mejor que el clima preindustrial y que no hemos observado ningún aumento de la mortalidad por fenómenos meteorológicos extremos, concluimos que podemos planificar la adaptación a cualquier cambio futuro. Hasta que se identifique un peligro, no hay necesidad de eliminar el uso de combustibles fósiles»[20].

Amén.


[1] Para una explicación más detallada de cómo se calculan: Escuela de calor 2024 – Fernando del Pino Calvo-Sotelo



[4] IPCC AR5, WG 1, Chapter 2.6, p.214-220 y IPCC AR6, WG 1, Chapter 12, p. 1770-1856










[14] IPCC, AR5, WG 1, p. 61.

[15] IPCC, AR1, The IPCC Scientific Assessment, fig. 7.1, p. 202.