Ha quedado claro a lo largo de las últimas semanas mi opinión sobre las consagraciones episcopales de la FSSPX: considero que fue un gravísimo error y me temo que este grupo no vuelva ya a la comunión con la Iglesia Católica, como ha ocurrido con tantos otros grupos similares a lo largo de la historia. Pero aún así, considero que la Fraternidad acierta en muchas de las razones aducidas. Por eso mismo, creo que es justo dar lugar a sus voces. Publico hoy el testimonio favorable que me envió un conocido traductor y periodista de medios digitales españoles y mañana haré lo propio con la reflexión de nuestro conocido colaborador Eck.
por Carmelo López-Arias*
La primera misa tradicional a la que asistí fue en 1982, con 18 años, en una capilla de la Hermandad San Pío X (FSSPX). Apenas pude enterarme de nada. Pero con un misal alcancé en tres días una idea clara.
Tres contactos relevantes
Leí en aquellas fechas el imprescindible Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae de los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci sobre la misa nueva.
Para aclarar las dudas que me surgían no hice una primera consulta profunda con sacerdotes de la FSSPX. Me dirigí a tres personas relevantes, cuya identidad oculto porque los encuentros fueron privados.
Les planteé mis cuestiones descubiertas sobre la misa tradicional, la misa nueva y la situación de la Iglesia. Los tres eran de probada ortodoxia y valentía en la defensa pública de la fe, aunque todos decían la misa nueva y ninguno la misa tradicional. No hablamos en las conversaciones sobre la Hermandad, que no era el principal objeto.
- El primero era un célebre y activo sacerdote en la lucha por la fe en la España de los años 70. Le escribí una carta expresándole mis dudas y mi deseo de una entrevista personal para consultárselas. Al no recibir respuesta le escribí una segunda carta reiterativa y me cercioré de su recepción. Nunca me contestó.
- El segundo era un jesuita de los que aún llevaban sotana y con gran fama como confesor. Me recibió y con él pude comentar la cuestión con calma y extensión, con naturalidad y gran amabilidad por su parte. No rebatió un solo argumento sobre el conflicto misa tradicional/misa nueva. Lo asumía, aunque era partidario de someterse a las directrices vaticanas. Me despidió con gran cariño sin imponerme instrucción alguna.
- El tercero era dominico y uno de los grandes teólogos tomistas de aquellos años. Asistí con un amigo que le conocía. Me recibió en su convento. Su actitud fue de gran profundidad teológica. La forma en la que respondió me hizo evidente que compartía la argumentación de Ottaviani y Bacci, y aunque él decía la misa nueva no quiso en ningún momento decir nada que supusiese un rechazo a la misa tradicional para seguir las directrices vaticanas. Su despido fue afectuoso y de comprensión a mis inquietudes.
Colaboración activa con la FSSPX
Tras estos tres encuentros decidí participar y colaborar de mil formas con la Hermandad de San Pío X y así lo he hecho, defectuosamente pero con convicción, hasta hoy.
Llegó 1986. Como decenas de cardenales y obispos, cientos de sacerdotes y millones de fieles en todo el mundo, conocí con horror lo que el Papa preparaba y celebró en Asís. A diferencia de esas decenas de cardenales y obispos, cientos de sacerdotes y millones de fieles que prefirieron callar, mantuve con la Hermandad de San Pío X un propósito de resistencia.
En 1988 celebré la decisión de los dos obispos (Marcel Lefebvre y Antonio de Castro Mayer, ambos fallecidos en 1991) de proceder a las consagraciones episcopales que les costaron la excomunión, una excomunión que ni amenazaba entonces ni amenaza ahora a cientos de obispos manifiestamente alejados de la doctrina y la moral católicas.
Conocí, a través de una conferencia de monseñor Lefebvre, una obra ajena a la Hermandad que él recomendaba: Iota Unum. Estudio sobre las transformaciones de la Iglesia católica en el siglo XX (1985), de Romano Amerio. Contacté con el sacerdote de la Hermandad de San Pío X que capitaneaba su publicación y me convertí en su traductor al español y en su editor y distribuidor en dos ediciones (1995 y 2003). Me consta su lectura y gran valoración por innumerables católicos ajenos a la FSSPX conscientes de la importancia y profundidad de uno de los más importantes textos publicados sobre la Iglesia en el último medio siglo.
Mantuve durante años una excelente relación personal con un obispo de los consagrados por monseñor Lefebvre, el hispano-argentino Alfonso de Galarreta, para quien solo tengo palabras de gratitud y elogio.
En 2012 se publicó en España Marcel Lefebvre, la excelente biografía escrita por otro de los obispos consagrados por él, Bernard Tissier de Mallerais. A pesar de que no participé ni hice mucho de lo que debía por esa obra, recibí como sorpresivo e inmerecido regalo un ejemplar dedicado por su autor, fallecido en 2024.
Circunstancias muy especiales me han permitido un conocimiento de algunos casos de relación entre las autoridades romanas y la FSSPX. Lo señalo para recordar que las diferencias mutuas nunca impidieron al Vaticano actuar con plena consciencia de que la Hermandad de San Pío X era una institución católica, aunque nunca ha querido otorgarle tal estatus canónico.
Dos puntos reseñables
Querría señalar dos cosas heterogéneas pero relevantes para mí.
Primera. La vida me ha hecho conocer algunas obras de evangelización católica surgidas tras el Concilio Vaticano II e inspiradas en dicho Concilio. Aunque discrepo de ellas en cosas importantes, me ha servido para valorar lo bueno que encierran y su efecto brillante para la Iglesia, que aspiro se multiplique en un futuro cercano y creo que Dios así lo hará.
Segunda. La Hermandad de San Pío X intentó por dos veces ser recibida por León XIV, algunas de cuyas palabras, tendencias y gestos aprecio y a quien la Hermandad reconoce Papa como ha hecho con todos los sucesores de Pío XII. La negativa de León XIV a esa recepción (que han logrado con él instituciones mundiales de opción no católica o anticatólica de índole religiosa, ideológica o sociopolítica) condujo a la Hermandad de San Pío X a anunciar las consagraciones del 1 de julio, necesarias para su presente. Veo incomprensible la actitud del Sumo Pontífice, por valioso que me resulte en otras cosas.
Silencio indeseado
El anuncio de la FSSPX para 2026 coincidió cronológicamente con un problema de salud por mi parte que me ha impedido respaldar estos meses a la Hermandad y colaborar activamente con ella en el nivel deseado.
Justo en los días previos a las recientes consagraciones episcopales viví una grave intervención quirúrgica. No la comenté a mis contactos sacerdotales de la FSSPX, salvo a uno en el último instante para pedir oraciones. Y antes de dicha operación quise expresar internamente a Dios mi apoyo expreso a lo que iba a suceder el 1 de julio. Pues si comparecía ante Él como, por desgracia, horrible pecador en todo, quería al menos compensar un poquito con el apoyo a esa realidad católica.
De cabeza y de corazón
Al salir con bien de esa circunstancia he querido hacer público mi apoyo a la Hermandad de San Pío X. Lo hago por simplicidad en un estilo ajeno a mi costumbre como autor, que huye de lo personal buscando lo objetivo y doctrinal en vez de lo individual.
He recibido en mi vida la inmerecida gracia de conocer a la Hermandad de San Pío X y de poder colaborar con ella de numerosas formas, siempre menos de lo que habría debido. Mi adhesión se debe solo a sus planteamientos católicos al servicio de la Iglesia.
La FSSPX tiene imperfecciones, es obvio. ¡Las conozco bien tras casi medio siglo de trabajo común! Así pasa en cualquier realidad eclesiástica de la historia, pues la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, es perfecta como fuente de las cuatro cualidades que señala el Credo (una, santa, católica y apostólica), pero no lo son las manifestaciones concretas de obra humana que buscan encarnarlas.
Pese a sus defectos, la fidelidad de la Hermandad de San Pío X a la Iglesia católica (a su doctrina, a su moral y a sus sacramentos) es tan palmaria como la injusticia que acaba de padecer
