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sábado, 6 de junio de 2026

El Papa invita a los jóvenes a cultivar el silencio, aceptar la vocación y a ser «chispa de una humanidad nueva»



La primera jornada de la visita de León XIV a España concluyó con una vigilia de oración junto a miles de jóvenes reunidos en la Plaza de Lima de Madrid. El encuentro, concebido como un acto que combinó música, testimonios, diálogo y oración, culminó con una adoración eucarística y la bendición impartida por el Pontífice con el Santísimo Sacramento.

Al dar la bienvenida al Papa, el arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo, presentó al Pontífice «el rostro de una Iglesia» formada por jóvenes llegados de distintos puntos de España. Inspirándose en el lema de la visita, «Alzad la mirada», afirmó que el encuentro buscaba ayudar a las nuevas generaciones a no quedar encerradas «en lo inmediato ni en la desesperanza» y a descubrir que Dios sigue llamando a cada persona.

Cobo recordó que entre los asistentes había jóvenes comprometidos en sus parroquias y movimientos, pero también otros marcados por la precariedad, la soledad, la experiencia migratoria o el sufrimiento personal. «Nos duele especialmente el sufrimiento de aquellos que han perdido la esperanza en la vida y ven el suicidio como salida», afirmó. El arzobispo pidió además al Papa que animara a la Iglesia española a construir «comunidades vivas que sostengan a los jóvenes», capaces de despertar preguntas vocacionales y abrir horizontes de misión.

La vigilia comenzó con una representación inspirada en el musical Godspell —presentada como «el Hechizo de Dios»— que, según indican, correspondía al fragmento del Samaritano. La pieza forma parte de un musical creado originalmente por John-Michael Tebelak con música y letras de Stephen Schwartz. La obra gira en torno a un grupo de jóvenes que, en medio de un entorno urbano contemporáneo, se encuentran con un personaje que representa a Jesús y comienzan un recorrido marcado por diversas enseñanzas y parábolas extraídas del Evangelio de San Mateo.

DURACIÓN 8:40 MINUTOS




Un diálogo abierto con los jóvenes

El encuentro continuó con un diálogo abierto entre León XIV y varios jóvenes, que formularon preguntas sobre la vocación, la vida cristiana, la experiencia misionera, el discernimiento espiritual y los desafíos que afrontan las nuevas generaciones.


DURACIÓN 27:26 MINUTOS



(1) Sabemos que San Agustín es muy importante para usted, pero ¿qué otros santos y qué otros referentes le han ayudado en su crecimiento como cristiano?

(2) Querría preguntarle ahora sobre sus años como misionero en Perú. ¿Qué recuerdo o qué experiencia guarda como un tesoro de estos años?

Bueno, en primer lugar: ¡un saludo a todos vosotros! Gracias por estar aquí y gracias por compartir la fe con toda Madrid y con toda España. Para la primera pregunta sobre algunos santos que han sido para mí referentes durante mi crecimiento y mi juventud, pero también como obispo y como Papa… Ya han mencionado a san Agustín —y sabemos todos que san Agustín es una figura muy importante para toda la Iglesia—, pero también he pensado en uno de los Padres de la Iglesia oriental que se llamaba san Juan Crisóstomo, su nombre significa “boca de oro”, un título que este Padre de la Iglesia mereció porque tenía una elocuencia muy hermosa. Antes de su bautismo, que tuvo lugar en el año 368 d.C, él estudiaba filosofía. Después se dedicó a la exégesis de la Sagrada Escritura, junto con otros jóvenes de Antioquía, su ciudad natal. Tras una experiencia como eremita, se entregó al servicio de la Iglesia como sacerdote y luego, como obispo. Y aquí aprovecho para decir a todos vosotros: ¡No tengáis miedo jamás de pensar en una vocación a la vida sacerdotal, a la vida religiosa o a otros servicios en la Iglesia! Pues Juan Crisóstomo, que llevaba en su corazón este amor por la Palabra de Dios, después de ser sacerdote y obispo, dio un testimonio muy grande, sobre todo con la coherencia de su vida. Si predicaba, era porque vivía ese mensaje. A mí personalmente me han impresionado especialmente sus catequesis, sus sermones, sus homilías y sus escritos que unen el amor por la verdad y la rectitud de su vida. Pero también tenía mucha valentía. No tenía miedo de hablar delante del Emperador, de decir cosas que eran a favor de la justicia y no sólo para complacer al otro. Era un hombre de palabra.

Otro santo que he pensado es santo Tomás de Villanueva, agustino, que fue llamado a convertirse, también, en pastor de la Iglesia. Era español. Estudió en la Universidad de Alcalá y, por su sabiduría, se ganó la estima del emperador Carlos V. Luego fue nombrado obispo de Valencia y emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a sus hermanos a la perseverancia en la oración, en la vida de castidad y en la obediencia. Por su ardiente caridad es conocido hasta hoy como “el Obispo de los pobres”. Pues esta caridad me ha alentado en los momentos de prueba y en los momentos de servicio.

Otro compañero de camino es santo Toribio de Mogrovejo, también español. En el siglo XVI fue misionero en Perú, donde se dedicó con gran celo a la evangelización, estudiando las lenguas locales. Santo Toribio unió una intensa vida de oración al compromiso por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de su época. Por eso, para mí es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo.

Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? (cf. Confesiones, VIII, 27). Una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás.

Pues, en cuanto a los años vividos en Perú, como misionero y luego como obispo, recuerdo sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza. Precisamente el encuentro con las heridas y también con las alegrías del pueblo me hizo crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio, transformado por la vida y la fe de estos pueblos, muchas veces materialmente muy pobres, pero ricos en la fe. Y experimentando esta fe en la palabra del Señor, he visto cómo la Palabra de Dios puede convertir el conflicto en paz. Puede ser fuente de reconciliación, de paz y de justicia.

(3) ¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces?
(4) ¿Cómo podemos nosotros, también buscadores, acompañarlos en su proceso de descubrimiento de la belleza de la fe?

Primero, podemos hablar de cómo escuchar esta voz de Dios, cómo discernir si es verdaderamente Dios quien esta hablando u otra cosa, otra atracción, otra dificultad.

Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio, ahí creo que es muy importante que cada uno de nosotros busque desarrollar la capacidad de estar en silencio. Muchas veces vamos con audífonos, vamos con la música, vamos con la distracción y no sabemos estar en silencio. Creo que muchas veces es precisamente en esta experiencia de silencio donde Dios puede hablarnos o donde podemos discernir la voz de Dios. Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece. Aquí también quisiera subrayar la importancia de buscar la verdad, porque muchas voces, muchas cosas en las redes nos engañan y nos cuentan mentiras. ¡Buscad siempre la verdad! ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad! ¡No lo olvidéis!

En segundo lugar, tened la certeza de que Dios conoce bien tu voz, vuestra voz: Él os escucha y os responderá. No tengáis miedo de expresar lo que sentís en el corazón. Hay un Salmo que dice: «El que hizo el oído, ¿no va a oír?» (Sal 94,9). Nuestro discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es confiado al único que puede escucharlo. La oración es una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes. Cuando nosotros mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo, que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser.

En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios es necesario escuchar la Palabra. La Palabra de Dios está viva, porque es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que es su Cuerpo. Él cumple todas las Escrituras, ese testamento antiguo y nuevo dado a los hombres como promesa de salvación. También la adoración eucarística, que esta noche compartimos, es precisamente el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y “estar” nosotros mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente en su amor, hecho alimento para toda la humanidad.

Además, queridos jóvenes, para acompañar a otros a descubrir la belleza de nuestra fe, recordad que ninguno de nosotros nació siendo maestro y que, ante el Señor, todos somos discípulos. Compartid pues, vuestro camino espiritual, dando testimonio de él con coherencia de vida: la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente, sobre todo en la hora del cansancio. En esto es importante ver que nadie esta solo creyendo en Jesús. ¡Mirad cuántos estáis aquí! Y así también, en comunidad, en los grupos de jóvenes, en la familia, podemos todos aprender lo que es la belleza de nuestra fe. Pues compartiendo vuestro camino espiritual la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente. Él camina a nuestro paso e ilumina nuestro camino. Siguiendo el ejemplo del Maestro: así os invito a actuar, como pastores, educadores, como amigos. Si rezáis con amor, los jóvenes apreciarán la importancia de la oración. Si ardéis en la fe, transmitiréis su fuego vivo. ¡Buscad todos en vuestros corazones este fuego del amor de Dios! Pues ahí está la presencia de Jesús, y la presencia cercana de Jesús se percibe incluso en los momentos de nuestras caídas, porque Jesús no nos abandona. También cuando nos convertimos en mano tendida, abrazo fraterno, cuando buscamos oportunidades para servir a los demás y cuando buscamos cómo tocar la vida del otro con sus heridas, en su tristeza, en sus dificultades. Ahí la fe en Jesucristo se hace viva, y ahí es donde Jesús nos ayudará a sostenernos mutuamente en el camino.

(5) ¿Cómo podemos vivir los jóvenes cristianos comprometidos con esta sociedad?
(6) ¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia?

Bueno, ¡felicidades por tu matrimonio Fernando! Aquí también he visto a otras parejas que se van a casar: ¡Felicidades y bendiciones! Porque, si antes dije “no tengáis miedo de pensar en una vocación”, el matrimonio también es una vocación ¡No tengáis miedo del matrimonio y de formar una familia!

A lo largo de los siglos de historia de la Iglesia, los cristianos hemos vivido en todo tipo de sociedades, atravesando los cambios de las culturas que hemos compartido y contribuido a formar. Hay un texto antiguo, se llama la Carta a Diogneto, que nos ofrece al respecto una hermosa intuición: «los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo» (VI). Este es nuestro modo de vivir: los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! Y Cristo nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte. Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta perspectiva, sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo. Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio (cf. Christus vivit, 105; Saludo en el Jubileo de los misioneros digitales, 29 julio 2025).

Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13). Para vivir así, es necesario ante todo interpretar la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después transformarla como testigos del Evangelio. El joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana. En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva.

Y entonces, quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad (cf. Ga 5,6). Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. ¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor! Muchas gracias.
La adoración eucarística cerró el encuentro

Lo que muchos no han entendido del primer discurso de León XIV en España




A primera vista, el discurso parece impecable.

Habla de Santiago Apóstol. Habla de la tradición católica de España. Cita a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa y a San Ignacio de Loyola. Habla de la dignidad humana, de la paz, de la libertad religiosa y del valor de la fe.

Muchos católicos leerán esas páginas y concluirán que todo está en orden.

Pero precisamente ahí reside el problema.

Las grandes transformaciones dentro de la Iglesia no suelen producirse mediante negaciones explícitas de la fe. Casi nunca aparecen sacerdotes u obispos diciendo que ya no creen en Cristo o que el Evangelio es falso.

Las transformaciones profundas ocurren cuando cambia el centro.

Cuando las mismas palabras permanecen, pero dejan de ocupar el lugar principal.

Eso es exactamente lo que sucede en este discurso.

Porque la cuestión decisiva no es qué dice León XIV. La cuestión es qué le preocupa.

Y basta leer el texto completo para descubrirlo.

-La palabra pecado prácticamente desaparece.

-La necesidad de conversión desaparece.

-La misión evangelizadora apenas aparece.

-La salvación eterna queda relegada.

En cambio, aparecen constantemente otras preocupaciones: la polarización, las identidades, el diálogo, la complejidad, la convivencia, el encuentro, el multilateralismo y la amistad social.

No es un detalle menor. Es una cuestión de prioridades.

Imaginemos que un médico habla durante una hora sobre la decoración de un hospital y apenas menciona la enfermedad de sus pacientes.

Probablemente la decoración tenga cierta importancia. Pero todos comprenderían que algo no encaja. Pues algo parecido ocurre aquí.

España atraviesa una de las mayores crisis religiosas de su historia.

-La práctica religiosa se desploma.

-La natalidad se hunde.

-La familia se debilita.

-La legislación se aleja cada vez más de la moral cristiana.

-Miles de jóvenes crecen sin conocer siquiera los elementos básicos de la fe.

Sin embargo, el gran peligro identificado por el Papa no es ninguno de esos. El gran peligro parece ser la polarización.

Y aquí conviene detenerse.

Porque la polarización no es necesariamente un mal.

A veces es consecuencia de la existencia de un conflicto real.

-La Iglesia primitiva polarizó el Imperio Romano.

-Los mártires polarizaron a sus sociedades.

-San Atanasio polarizó a los arrianos.

-Santo Tomás Moro polarizó a Enrique VIII.

-La propia predicación de Cristo produjo división.

-No porque buscaran el enfrentamiento, sino porque la verdad genera inevitablemente una reacción.

Por eso resulta tan preocupante que la polarización aparezca casi como el gran pecado público de nuestro tiempo.

Porque entonces el objetivo deja de ser discernir quién tiene razón. Y pasa a ser simplemente reducir el conflicto. Pero reducir el conflicto no siempre equivale a defender la verdad.

Hay otro aspecto todavía más inquietante.

León XIV invita a huir de los «enfoques identitarios».

La frase puede parecer inocente.

No lo es.

- Porque el cristianismo es una identidad.

- La Iglesia es una identidad.

- La Cristiandad fue una identidad.

- Los mártires murieron precisamente porque se negaron a renunciar a una identidad.

Cuando una persona habla constantemente contra las identidades, acaba cuestionando también aquellas identidades que merecen ser preservadas.

Más llamativo aún resulta el elogio expreso al multilateralismo.

Detengámonos un momento: Estamos hablando del primer gran discurso de un Papa en España.

-Podría haber aprovechado para hablar de la reevangelización de Europa.

-De la crisis demográfica.

-De la apostasía del continente.

-De la defensa de la vida.

-De la persecución contra los cristianos.

Sin embargo, dedica palabras específicas de reconocimiento al compromiso español con el multilateralismo.

¿Por qué?

Porque revela cuál es el marco mental desde el que está observando la realidad.

No es el lenguaje de un misionero. Es el lenguaje de la gobernanza internacional contemporánea.

Y eso aparece una y otra vez.

También cuando habla del Islam.

El Papa recuerda los espacios de convivencia y cooperación intelectual entre cristianos, musulmanes y judíos durante la Edad Media.

Todo eso ocurrió. Pero la selección resulta extraordinariamente reveladora.

-Porque desaparecen ocho siglos de resistencia cristiana.

-Desaparece Covadonga.

-Desaparece la Reconquista.

-Desaparecen los mártires.

-Desaparece el esfuerzo secular por recuperar una tierra que había sido conquistada por el Islam.

No es un error histórico.

Es una elección.

Y las elecciones revelan prioridades.

El discurso entero funciona así.

-No niega la fe.

-No niega a Cristo.

-No niega la tradición católica.

Simplemente las coloca en un segundo plano.

El primer plano está ocupado por otras categorías.

-La convivencia.

-La mediación.

-La complejidad.

-La inclusión.

-La gobernanza global.

-La amistad social.

El resultado final es una inversión silenciosa del orden de prioridades.

La Iglesia deja de aparecer como la institución encargada de anunciar una verdad que salva.

Y empieza a aparecer como una gran mediadora moral destinada a facilitar el diálogo entre actores sociales.

Muchos lectores no percibirán inmediatamente este cambio porque el vocabulario religioso sigue presente.

Pero precisamente por eso es más peligroso.

-Las herejías evidentes suelen fracasar.

-Las sustituciones graduales suelen triunfar.

Y la pregunta que deja este discurso es tan sencilla como inquietante:

si desaparecieran todas las referencias religiosas del texto, ¿cuánto cambiaría realmente su mensaje central?

La respuesta quizá explique mejor que cualquier otra cosa por qué este discurso merece ser leído con enorme atención.

Por David Alonso

León, ¿a quién anuncias?




Ya no hace falta conjugar en condicional. León XIV pisó suelo español, habló, y lo primero que pronunció ante el Rey, las autoridades y el cuerpo diplomático fue un agradecimiento a España por «su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo». A renglón seguido invitó «a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes» de la realidad social española, exhortó a «huir de estos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos», y pidió apreciar la complejidad. Deseó que la Unión Europea avance «no en oposición a otras potencias, sino como un don». Y entonces, casi como quien recuerda una formalidad, «que Dios bendiga España».

Hay que reconocer lo que también estuvo, porque el escamoteo solo se entiende si uno admite primero que no hubo secularización. La hubo de todo lo contrario. El discurso se abrió con Santiago y la continuidad apostólica desde Pentecostés, habló del «fecundo encuentro entre Jesucristo y vuestro pueblo», invocó la noche oscura de san Juan de la Cruz —cuyo año jubilar celebramos— y llegó a recitar aquello de «oh noche que guiaste»; trajo el castillo interior de Teresa, el discernimiento de Ignacio, la libertad religiosa, los mártires. Nadie podrá acusar al texto de haber dejado a Cristo en la sacristía. Está en la vidriera, espléndido, contemplativo, jubilar.

El problema es que no está en la única frase que el cuerpo diplomático y la Moncloa habían venido a escuchar. Porque el discurso tiene dos registros, y conviene no confundirlos. Hay un registro sublime, místico, reservado al alma: la noche dichosa, el alma que se libera de lo que presumía poseer. Y hay un registro operativo, el que desciende de esas alturas y se dirige a la ciudad concreta, a la nación, al Estado. En el primero comparece el Nombre. En el segundo, el que de verdad se traduce en titular y en política, comparecen otras palabras: multilateralismo, polarización, identitario, complejidad. Lo trascendente para la oración; el eslogan para el gobierno.

Y aquí está el punto, que no es de tono sino de estructura. León invitó «a todos» a abandonar las narrativas divisivas. La fórmula es formalmente universal y operativamente direccional. Porque en el castellano político de junio de 2026, «polarización» e «identitario» no son términos neutros: son, casi literalmente, el vocabulario con que el oficialismo nombra a sus adversarios. El que denuncia el aborto es el identitario. El que defiende la unidad de España es el polarizador. El católico que se opone a Sánchez es, en ese léxico, exactamente el fabricante de «fantasmas y enemigos». De modo que un «todos» gramaticalmente impecable aterriza, en la prensa de mañana, sobre una sola mitad del país. Y no es la mitad que gobierna.

La elección de los referentes históricos remacha el sentido. León invocó a Santiago para fundar la continuidad —el apóstol cuyo sepulcro hizo cristiana a España— y eligió Al-Ándalus para fijar el modelo: Córdoba y Toledo como «lugares de mediación», la escuela de traductores de Alfonso X, Averroes y Maimónides, los siglos de presencia islámica como paradigma de convivencia. El apóstol para el origen; los siglos del islam para la lección. Uno entiende la intención ecuménica. Pero que el sucesor de Pedro proponga la convivencia andalusí —tesis tan discutida por la historiografía como rentable para una determinada lectura ideológica— como cifra de lo que España debe a su pasado, mientras pasa de puntillas sobre la cruz que él mismo encarna y que llegó por Compostela, no es un descuido. Es un criterio.

Lo verdaderamente desolador es que ya teníamos el guion. La Tercera que el cardenal Cobo firmó esta misma mañana en ABC anunció el discurso con precisión de oráculo: el Papa, escribió, «no plantea una cuestión confesional, sino profundamente humana». León vino a darle la razón. La aclamación y el cumplimiento rimaron demasiado bien; cuando el coro conoce de antemano la antífona que el oficiante va a entonar, conviene sospechar de quién compuso la partitura.

La liturgia, que es más sabia que las terceras, solo conoce dos palabras para el que llega. *Benedictus qui venit in nomine Domini*: bendito el que viene en nombre del Señor. La Escritura puso siempre enfrente la otra, *maledictus*, y no como insulto sino como la sombra exacta de la primera: maldito el que viene en nombre de cualquier otro. No se maldice a la persona —faltaría más, ni cabe ni viene a cuento—; se constata el nombre bajo cuya advocación se ha entrado. Y lo que hoy entró por la puerta de las autoridades, en su parte dirigida al César y dicha en la lengua del César, parece haber venido en nombre del multilateralismo, de la reprobación de los «prejuicios identitarios» y de la no polarización. El Nombre quedó en la vidriera. La advocación operativa fue otra.

Queda el «parece», y queda el resto del viaje. El discurso de llegada es para el César, y habló en César; las homilías que vienen son para los fieles, y aún no se han pronunciado. Sabremos qué Papa vino por el vocabulario que sobreviva cuando los diplomáticos abandonen la sala. Pero conviene no engañarse sobre lo que hoy hemos visto: pedimos un sacerdote que viniera en nombre del Señor y nos han presentado, con sotana impecable y latín de san Juan de la Cruz, a un magnífico comisario de la cohesión. Ya habrá tiempo de conjugar el verbo en pasado. De momento, uno solo se atreve con la mitad de la antífona.

por Carlos Balén | 06 junio, 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #120 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



35:44 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA  

ESPAÑA

1. Llega el papa 

2. Lo que interesa a los fieles 

3. Cuatro ermitaños se instalan en Granada 

MUNDO 

4. Tiempo sin saber de Kasper 

5. Obras misionales pontificias 

6. Nicaragua. De mal en peor 

7. El sigilo sacramental en Francia se salva por esta vez 

8. De OVNIS y demonios

León XIV en España, entre política y fe. EWTN, de “obra del diablo” al Vaticano | P. Santiago Martín



DURACIÓN 11:43 MINUTOS

Mons. Schneider: la raíz del conflicto entre Roma y la FSSPX está en las ambigüedades del Vaticano II




La posible consagración de nuevos obispos por parte de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha mantenido vivo el debate desde que se anunció esa decisión sobre la relación entre Roma y la obra fundada por Mons. Marcel Lefebvre. En este contexto, la periodista Diane Montagna ha publicado un extenso artículo del obispo Athanasius Schneider en el que el prelado sostiene que el verdadero problema no es principalmente jurídico, sino doctrinal y litúrgico.

A continuación, ofrecemos la traducción íntegra de este texto, en el que Mons. Schneider analiza las tensiones surgidas tras el Concilio Vaticano II, la situación actual de la FSSPX y las posibles vías de solución al conflicto.

La cuestión central relativa a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

Las cuestiones y problemas relacionados con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) han sido objeto de un debate en gran medida estéril durante más de cincuenta años y han culminado ahora en las anunciadas consagraciones episcopales, que todavía no han sido aprobadas por la Santa Sede. La discusión ha estado alimentada por la emoción —a menudo, literalmente cum ira et studio— y con frecuencia es llevada a cabo por personas que carecen de familiaridad directa con los documentos pertinentes o de experiencia personal con la FSSPX. En muchos casos, su conocimiento es superficial y está moldeado por juicios preconcebidos. Como resultado, el debate suele parecer un diálogo de sordos, en el que los mismos argumentos se repiten indefinidamente sin ningún progreso significativo.

Además, el debate elude en gran medida la cuestión central planteada por la FSSPX. Este fracaso se debe a un error metodológico fundamental y a la falta de una justificación basada en hechos respecto de las ambigüedades doctrinales y litúrgicas objetivas que se encuentran en el corazón de la controversia. En esencia, el conflicto gira en torno a la cuestión de la verdad.

1. El Vaticano II en el contexto de los otros veinte concilios ecuménicos

El primer error consiste en tratar un concilio pastoral —en este caso, el Concilio Vaticano II— como si fuera enteramente dogmático, y presuponer que todas sus afirmaciones deben considerarse propuestas de manera definitiva y vinculantes para todos los católicos. Quienes actúan así pasan por alto que el propio Pablo VI afirmó: «Hay quienes preguntan qué autoridad, qué calificación teológica quiso dar el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó emitir definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del Magisterio eclesiástico. La respuesta es conocida por quien recuerde la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, repetida el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, este evitó pronunciar, de manera extraordinaria, dogmas dotados de la nota de infalibilidad» (Audiencia General, 12 de enero de 1966). Esto se aplica también a las dos constituciones «dogmáticas» del Concilio, Dei Verbum y Lumen gentium, ya que el adjetivo «dogmático» posee un significado más amplio y no se limita a los dogmas entendidos como enseñanzas dotadas de infalibilidad.

Entre los otros veinte concilios ecuménicos se encuentran numerosas declaraciones y documentos pastorales o disciplinarios que hoy ya no son aplicables (por ejemplo, el decreto del IV Concilio de Letrán que establece: «Si un señor temporal descuida limpiar su territorio de la inmundicia herética, quedará sujeto al vínculo de la excomunión»), así como afirmaciones doctrinales no definitivas (por ejemplo, sobre la materia y la forma del sacramento del Orden Sagrado en el Concilio de Florencia) que posteriormente fueron corregidas por el Magisterio de la Iglesia. No se puede absolutizar cada forma histórica concreta de gobierno eclesial, pues hacerlo eliminaría la necesaria distinción entre, por un lado, las verdades inmutables y permanentes de la fe (Depositum Fidei) y, por otro, los diversos modos mediante los cuales esas verdades son transmitidas (por ejemplo, una declaración pastoral, una afirmación doctrinal no definitiva o una definición ex cathedra), cada uno de los cuales posee un grado diferente de autoridad y fuerza vinculante.

Hoy, sin embargo, para estar en plena comunión con la Santa Sede, es necesario aceptar aquellas afirmaciones y enseñanzas del Vaticano II que son pastorales y ciertamente no definitivas en cuanto a su naturaleza magisterial. Esto plantea una pregunta importante: ¿por qué la aceptación incondicional de los textos del Vaticano II se presenta como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede, mientras que no existe un requisito comparable respecto de las enseñanzas pastorales, disciplinarias o no definitivas de los veinte concilios ecuménicos anteriores?

Entre las enseñanzas no definitivas del Vaticano II hay varias —particularmente las relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso y la colegialidad— cuyas formulaciones son ambiguas y difíciles de conciliar con doctrinas enseñadas de manera constante por el Magisterio desde la época de los Padres de la Iglesia hasta el período inmediatamente anterior al Concilio.

Existe también la cuestión de las deficiencias rituales y doctrinales del Novus Ordo Missae. Tales preocupaciones ya no pueden ser descartadas sin más, como demuestra, por ejemplo, el testimonio del archimandrita Boniface Luykx en su libro A Wider View of Vatican II: Memories and Analysis of a Council Consultor (Angelico Press, Brooklyn, NY, 2025). Los defectos del Novus Ordo Missae siguen siendo objeto de seria discusión y no pueden simplemente pasarse por alto. Sin embargo, la Santa Sede está pidiendo a la FSSPX que acepte no solo la validez, sino también la legitimidad y bondad de la reforma litúrgica contenida en el Novus Ordo Missae.

2. Dos excesos modernos en la vida de la Iglesia: legalismo y papocentrismo

La resolución de la cuestión de la FSSPX se ve obstaculizada no solo por una renuencia a afrontar con honestidad intelectual las cuestiones doctrinales subyacentes y a reconocer la existencia de ambigüedades doctrinales que requieren corrección, sino también por una mentalidad poco saludable que se ha desarrollado en la Iglesia durante los últimos siglos: concretamente, la primacía del legalismo o positivismo jurídico, junto con un excesivo papocentrismo que se aproxima a una cuasi divinización tanto del cargo como de la persona del Papa.

Estos excesos modernos distorsionan y restringen la vida de la Iglesia al subordinar la primacía de la pureza y claridad de la fe y de la liturgia a las exigencias del legalismo y del papocentrismo, un fenómeno ajeno a los Padres de la Iglesia y a la gran Tradición. En esta forma exagerada de papocentrismo, el Papa y su magisterio, incluso cuando no son estrictamente dogmáticos o definitivos, tienden a ser tratados como poseedores de un carácter absoluto y cuasi divino. El clima eclesial ha estado a menudo marcado, al menos implícitamente, por supuestos que se aproximan a tales actitudes.

La mayoría de los comentaristas de la actual controversia en torno a las consagraciones episcopales de la FSSPX permanecen, a menudo sin darse cuenta, influidos por los excesos de legalismo y de papocentrismo exagerado que caracterizan gran parte de la vida eclesial contemporánea. La ley según la cual las consagraciones episcopales realizadas sin autorización papal —o contra la voluntad expresada por el Papa— constituyen un acto cismático era desconocida en la época de los Padres de la Iglesia. De hecho, esta ley solo entró en vigor durante el segundo milenio. El canon 1387 del Código de Derecho Canónico de 1983, que prohíbe la consagración de un obispo sin mandato pontificio, está clasificado entre los «Delitos contra los sacramentos», y no entre los «Delitos contra la fe y la unidad de la Iglesia», donde se sanciona el cisma (can. 1364). Si la consagración episcopal sin mandato pontificio fuera intrínsecamente cismática, estaría ubicada entre los delitos «contra la unidad de la Iglesia». El canon correspondiente en el Código de 1917 estaba igualmente incluido entre los «Delitos en la administración y recepción de las órdenes y otros sacramentos» (Título XVI), y no entre los «Delitos contra la fe y la unidad de la Iglesia» (Título XI).

3. El estado extraordinario de crisis, e incluso de emergencia, en la Iglesia

Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica ha experimentado un clima de ambigüedad general, vaguedad e incertidumbre respecto de importantes doctrinas como la unicidad de Cristo Redentor, la unicidad de la Iglesia Católica, la estructura monárquica de origen divino de la Iglesia (tanto en el nivel universal como en el local) y el carácter sacrificial de la Santa Misa. Es manifiestamente evidente que quienes han ejercido el poder administrativo en la Santa Sede durante las últimas décadas, y continúan ejerciéndolo hoy, exigen a la FSSPX como conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede la aceptación del clima de facto de ambigüedad doctrinal y litúrgica y de relativismo, que ha alcanzado su punto culminante con el actual y extremadamente confuso proceso sinodal en toda la Iglesia.

Desde el Concilio, con algunas de las mencionadas enseñanzas ambiguas, se ha puesto en marcha un proceso destinado a establecer, con la autoridad del Romano Pontífice, una llamada «Iglesia del Vaticano II» o «Iglesia conciliar». Esta tendencia, que en nuestros días adopta el nuevo nombre de «Iglesia sinodal», pretende básicamente convertirse en una religión relativista adaptada al mundo. Los intentos de disfrazar esta nueva tendencia hacia una forma ambigua, relativista y mundana de la Iglesia Católica mediante una hermenéutica de la continuidad son deshonestos y poco convincentes.

4. El dilema de conciencia de la FSSPX

La Santa Sede exige a la FSSPX que acepte doctrinas formuladas de manera ambigua y no definitivas como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede y para recibir una regularización canónica. Entre ellas se encuentran las enseñanzas relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso (incluyendo, por ejemplo, la afirmación de Lumen Gentium 16 de que los musulmanes, junto con los católicos, «adoran al Dios único y misericordioso»), la colegialidad episcopal (entendida de una manera que disminuye la estructura monárquica de origen divino de la Iglesia) y las reformas litúrgicas asociadas al Novus Ordo Missae. La Santa Sede también exige a la FSSPX que reconozca formalmente las declaraciones y enseñanzas de los Papas posconciliares que pertenecen al llamado magisterio auténtico y cotidiano. Entre ellas se incluyen, por ejemplo, ciertas afirmaciones de Amoris Laetitia que socavan gravemente e incluso contradicen la Revelación divina; el permiso formal del papa Francisco para que las personas divorciadas y vueltas a casar reciban la Sagrada Comunión; y la declaración sobre las bendiciones a parejas del mismo sexo, Fiducia Supplicans.

Si se examina con honestidad intelectual la extraordinaria crisis que ha afectado a la Iglesia desde el Concilio —junto con las ambigüedades y el relativismo doctrinal, litúrgico y pastoral que la han acompañado—, entonces la existencia y actividad de la FSSPX pueden considerarse, desde una perspectiva de largo plazo y a la luz de los dos mil años de historia de la Iglesia, como una obra de la providencia divina y como una fuente de ayuda para la Iglesia durante una crisis de una magnitud sin precedentes.

Al leer los recientes documentos emitidos por el Superior General de la FSSPX, el padre Davide Pagliarani, particularmente la Declaración de Fe Católica y su Mensaje a la Fraternidad y a sus fieles (adjuntos más abajo), no puede dejar de advertirse un espíritu profundamente católico, impregnado de una verdadera fe en el primado papal y de una devoción filial hacia la persona del Sumo Pontífice.

El problema al que se enfrenta la FSSPX no es difícil de comprender. La Santa Sede exige que la FSSPX acepte, sin objeciones sustanciales, ciertas enseñanzas objetivamente ambiguas y no definitivas del Concilio Vaticano II, afirmaciones ambiguas del magisterio papal posconciliar y defectos doctrinales y rituales objetivos del Novus Ordo. Sin embargo, Dios nunca ha exigido la aceptación de doctrinas que sean poco claras o formuladas ambiguamente, y a lo largo de su historia la Iglesia siempre ha actuado en consecuencia.

La FSSPX considera que una de las razones esenciales de su existencia es llamar, con parresía, a un retorno a la claridad absoluta y a la pureza doctrinal que la Iglesia siempre ha buscado preservar a lo largo de los siglos. En el pasado, los Romanos Pontífices soportaron persecuciones, martirios e incluso cismas antes que tolerar la más mínima ambigüedad en la expresión de la fe. Entre los ejemplos más notables se encuentran el rechazo del término ambiguo homoiousios; el rechazo del Henotikon, que, aunque no era formalmente herético, socavaba la claridad de la doctrina cristológica y facilitaba la difusión del monofisismo; y el rechazo de las formulaciones cristológicas ambiguas del papa Honorio I (+638). Varios Papas condenaron póstumamente a Honorio I, no por herejía, sino por ambigüedad doctrinal y por haber favorecido la difusión de la herejía. La unidad no es, en sí misma, el criterio último de la verdad. La historia de la Iglesia conoce numerosas situaciones en las que existieron tensiones entre la tradición y el ejercicio efectivo de la autoridad eclesiástica.

El simple hecho de que ciertas enseñanzas del Concilio Vaticano II, junto con la reforma litúrgica, hayan dado lugar —y sigan dando lugar, tanto en teoría como en la práctica— a un debilitamiento de la claridad doctrinal obliga al Papa, siguiendo el ejemplo de muchos de sus heroicos predecesores, a aclarar y, cuando sea necesario, corregir estas enseñanzas. Esto debería hacerse con una renovada precisión y claridad doctrinales, de tal manera que no quede espacio alguno para interpretaciones ambiguas o erróneas. A este respecto, sigue siendo más actual que nunca el siguiente principio, que durante mucho tiempo guio a los Romanos Pontífices: «La ambigüedad nunca puede ser tolerada en un Sínodo (Concilio), cuya principal gloria consiste, ante todo, en enseñar la verdad con claridad y excluir todo peligro de error» (Pío VI, Auctorem fidei).

La tragedia de la situación actual es que la Santa Sede exige a la FSSPX que acepte el estado existente de ambigüedad doctrinal y litúrgica como una conditio sine qua non para la plena comunión y la regularización canónica. Durante la controversia monotelita, cuando el papa Honorio I adoptó una posición ambigua, el santo patriarca Sofronio de Jerusalén envió a Roma a su sufragáneo, Esteban, obispo de Dora, instruyéndole para que acudiera a la Sede Apostólica, donde se encuentran los fundamentos de la doctrina ortodoxa, y no cesara de orar y suplicar hasta que quienes ejercían la autoridad examinaran y condenaran el nuevo error. El obispo Esteban permaneció en Roma durante diez años, perseverando en esta misión hasta presenciar la condena de la herejía por parte del papa Martín I en el Concilio Lateranense de 649. En cierto sentido, la FSSPX está desempeñando hoy una función similar, instando sin descanso a la Santa Sede a poner fin a la situación de ambigüedad e incertidumbre doctrinal y litúrgica. La FSSPX ha declarado repetidamente que no tiene otra intención que formar a las almas confiadas a su cuidado pastoral como buenos cristianos e hijos e hijas auténticos de la Iglesia Romana. En última instancia, se debería estar agradecido a la FSSPX por este papel; los futuros Papas ciertamente lo estarán.

5. La solución pastoral del Papa al problema de la FSSPX

La Santa Sede debería considerar debidamente la Declaración de Fe Católica y el Mensaje a los fieles emitidos por el Superior General de la FSSPX, y reconocer estos documentos y actos como suficientes y capaces de satisfacer las condiciones mínimas para la comunión eclesial. Una excomunión en el momento presente abriría una nueva herida en el Cuerpo Místico de Cristo, innecesaria y evitable.

A la luz de estos documentos y actos de la FSSPX, el Papa, con su corazón paterno, podría hacer una excepción y permitir las consagraciones episcopales mediante un gesto pastoral verdaderamente generoso. Al imponer una excomunión a los obispos consagrantes y consagrados, el Sumo Pontífice estaría castigando implícitamente también a los fieles de la FSSPX —una parte de su rebaño— que sinceramente lo aman y lo reconocen, pero que, debido a lo que perciben como un auténtico dilema de conciencia, no ven otra alternativa que continuar siendo asistidos pastoralmente por la FSSPX, para cuya existencia el episcopado sigue siendo indispensable, especialmente para la administración de los sacramentos del Orden Sagrado y de la Confirmación.

Por lo tanto, únicamente por el bien de las almas y el bien de la Iglesia, la FSSPX pide que el Sumo Pontífice muestre comprensión, dadas las circunstancias actuales, respecto de su necesidad de contar con obispos y permita las consagraciones episcopales. Lamentablemente, pese a lo que considera un dilema de conciencia objetivo, la FSSPX es caracterizada en gran medida como cismática y orgullosa.

Con un espíritu de magnanimidad, el Sumo Pontífice, como verdadero padre, podría tender un puente hacia la FSSPX, esta porción de su rebaño, y permitir las consagraciones episcopales de manera excepcional para fomentar un clima en el que, mediante una mayor confianza mutua, pueda encontrarse de forma paciente y gradual una solución a las cuestiones doctrinales y a las correspondientes disposiciones jurídicas. La Iglesia sinodal de nuestros días debería ser capaz de una amplitud pastoral y una generosidad semejantes. A la luz de las numerosas declaraciones e iniciativas ecuménicas generosas de las últimas décadas, debería asimismo demostrar su capacidad para abordar un problema eclesial serio mediante el diálogo, la paciencia y la comprensión dentro de la propia Iglesia Católica.

Recientemente, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, afirmó que, respecto a las desviaciones de los obispos alemanes, la Santa Sede no desea que las divisiones desemboquen en medidas punitivas, subrayando que los problemas dentro de la Iglesia deben resolverse pacíficamente siempre que sea posible. ¿Por qué no habría de aplicarse este mismo enfoque también a la FSSPX, que no niega ningún dogma, reconoce el primado del Papa, reza por él y profesa una devoción filial hacia su persona, mientras conserva únicamente aquello que la Iglesia creyó y celebró universalmente hasta el Concilio? Al mismo tiempo, el Camino Sinodal Alemán ha promovido claras desviaciones doctrinales que fomentan de facto herejías e incluso posiciones blasfemas. ¿Por qué, entonces, se enfatiza la reconciliación y el diálogo paciente en un caso, pero no en el otro?

Si este año el Papa pronunciara una excomunión, un nuevo anatema, contra los obispos consagrantes y consagrados, ello pasaría a la historia de la Iglesia como un error de excesiva severidad pastoral. Las futuras generaciones y los futuros Papas llegarían a lamentarlo. ¿Por qué habría de hacer hoy el Papa aquello que las generaciones futuras podrían lamentar mañana? ¿No deberíamos aprender de la historia? ¿No está llamado el Papa, como Sumo Pontífice, ante todo a ser un constructor de puentes?

Anexos:

1.Entrevista con el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 5 de febrero de 2026:

Mensaje a los fieles y amigos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 7 de marzo de 2026:

Declaración de Fe Católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el P. Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, del 14 de mayo de 2026:

viernes, 5 de junio de 2026

La otra inteligencia artificial



1.Introducción

Hay asuntos y machaques ya conocidos presentados bajo un nuevo título, a los cuales uno responde machacando con asuntos ya conocidos y presentados también bajo un nuevo título. En otras palabras y como en puntos venideros serán expuestos, asuntos eclesiásticos de siembra moderna y que ya conocemos, ahora se nos presentan en un documento intitulado ‘Magnifica Humanitas’, y respuestas que muchos ya conocen ahora serán un tanto reiteradas en este escrito que he titulado ‘La otra inteligencia artificial’. Quizá, muchos lancen la queja del “otra vez lo mismo”, y sabré entenderlos; mas cavilo que en justicia sabrán comprender que de este lado también uno espeta el “otra vez lo mismo”. Y en una guerra de machaques –hay una guerra espiritual que aún no acaba- hay que machacar.

La Carta Encíclica del Papa León XIV ha venido a llamarse ‘Magnifica Humanitas’ y en ella se toca “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Se trata de un extenso texto que trae profusas citas, exactamente doscientas veinticuatro (224), de las cuales doscientas (200) responden a Concilio Vaticano II y al post-concilio, y veinticuatro (24) responden a: nueve (9) citas pertenecientes a pontífices pre-conciliares; siete (7) citas pertenecientes a textos de dos santos (San Agustín y Santo Tomás de Aquino); y ocho (8) citas pertenecientes a pensadores varios (R. Guardini, V. Frank, H. Arendt, Platón, Tolkien, G. La Pira, P. de Berulle). No se habla en ningún momento de violencia para ganar el Cielo, ni de la salvación de las almas, ni de Satanás, ni del infierno, ni de la condenación eterna, ni del pecado mortal, ni del pecado venial, ni de los vicios y virtudes como cuestiones teológicas, ni de convertir las almas extraviadas por los falsos cultos, ni de penitencia, ni de sacrificio. Sí, en cambio, se hace referencia, por caso, al sínodo de la sinodalidad, a humanizar o no deshumanizar, al ecumenismo, a tomar conciencia, a discernir, a la ecología, a la ONU, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la paz. El texto trae inspiraciones en “san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli” (Punto 125), hombres que hasta el final bregaron por el tercermundismo.

Hablo de “La otra inteligencia artificial” porque entiendo que es la más grave y la que se está silenciando; ella no tiene que ver con la cuestión de la tecnología y de la virtualidad, sino que estriba en esa inteligencia que no siendo católica ha venido a presentarse como tal y que tantas veces he criticado: de esta último nos da acabada probanza ‘Magnifica Humanitas’, pues, al tiempo que pretende ilustrarnos sobre los desafíos y peligros que presenta la Inteligencia Artificial de la virtualidad, destila todo el mensaje de la inteligencia no católica artificiosamente elaborada. Y cuando me refiero a “artificial” lo que quiero decir es que al tratarse de invenciones humanas, no responden a la inteligencia católica querida por Dios mismo.

Acostumbro a leer las encíclicas papales, y no sin congoja y dolor efectuó comentarios como los siguientes, y que bien preferiría no tener que hacerlos.

2.Sinodalidad por doquier

El Papa León XIV lejos de apartarse de la “sinodalidad”, la apoya, la impulsa, la tiene como norma de seguimiento: “Orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último” (Punto 10).

“En esta perspectiva se inscribe también la insistencia de Francisco en una Iglesia sinodal, una Iglesia en la que se ‘camina juntos’, que busca leer los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y se deja evangelizar por los pobres con quienes comparte la historia” (Punto 42).

“Francisco relanza en Fratelli tutti el sueño de una humanidad capaz de optar por la amistad social y la fraternidad universal. Propone la cultura del encuentro, una ‘mejor política’ capaz de buscar el bien común, caminos de reconciliación y un mundo que garantice «tierra, techo y trabajo para todos»” (Punto 44).

Sobre todo el naturalismo que destilan los puntos citados volveré más luego.

3.El infaltable y abominable falso ecumenismo

Ven cómo machacan. Hasta en letras sobre IA lo hacen aparecer al falso ecumenismo. Veamos algunos pasajes sobre ello: “A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe” (Punto 13)

Otra: “La Iglesia —junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones— debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión” (Punto 27).

4.El escándalo diabólico de los Papas liberales, cifrado en el llamado “Espíritu de Asís” practicado por Juan Pablo II

“Al rechazar la lógica de la violencia, el diálogo entre las religiones tiene un papel decisivo, porque en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz. [199] Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro; luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma. [200] El “espíritu de Asís”, promovido por san Juan Pablo II y continuado en el compromiso del Papa Francisco —por ejemplo, en el diálogo con el Gran Imán de al-Azhar—, muestra que los creyentes pueden volver a beber de las fuentes más auténticas de sus tradiciones espirituales, donde no hay lugar para el odio sacralizado” (Punto 223).

5.El invento de Dignitatis Humanae

“El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas (…). En este horizonte se inscribe también la Declaración Dignitatis humanae, en la que el Concilio reconoce que la libertad religiosa es un derecho fundamental arraigado en la dignidad de la persona, que debe ser garantizado por el ordenamiento jurídico para que nadie sea obligado a actuar en contra de su conciencia ni impedido de buscar y profesar la verdad en privado y en público” (Punto 34).

Recuerdo que llama libertad religiosa como derecho fundamental arraigado en la dignidad de la persona, el que cada uno pueda elegir el culto que desee, lo cual es invención nacida en Concilio Vaticano II, y que va contra la doctrina tradicional: el hombre tiene el deber y el derecho de abrazar solo la verdad.

6.Exaltación de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre

El pacto con el mundo que vino de la mano del Progresismo y de los Papas liberales que lo apoyaron y apoyan, no podía dejar de lado una declaración que, mínimamente, fue mentada punto por punto sobre los cimientos de la Revolución Francesa: “La Iglesia reconoce con gratitud que «el movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana». Y, como afirmó san Juan Pablo II, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, continúa siendo en nuestros días una de las más altas expresiones de la conciencia humana. Esta es «una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad». Por eso, en la perspectiva cristiana, los derechos humanos no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca, que la comunidad internacional está llamada a tutelar y promover” (Punto 54).

7.¿La ONU es esencial en la civilización del amor?

“Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor, al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación. A través de estas instancias, la comunidad internacional puede tratar de reducir las desigualdades, defender los derechos de los refugiados y de las minorías, liberar recursos destinados al armamento para destinarlos a la promoción humana y proteger la Casa común. La Santa Sede apoya y acompaña este compromiso, aunque reconoce que la actual debilidad de la ONU y del sistema político internacional revela la necesidad de reformas profundas: no se trata sólo de ajustes técnicos, porque la crisis de convicciones y de valores afecta también a los fundamentos éticos de la vida de las naciones y dificulta orientar el multilateralismo hacia el verdadero bien común” (Punto 226).

8.Minorías

En el texto papal que se viene exponiendo, se toca el tema de las “minorías”, ejemplificándose con el tema de la mujer. Mas eso es solo un ejemplo. Y como muchos eclesiásticos (el Prefecto incluido) han sido complacientes con la ola del orgullo contranatura, la expresión consabida ya da pie a la confesión: “Junto a una mayor conciencia del valor de toda persona humana y de sus derechos, ha crecido también el reconocimiento de los derechos de las minorías” (Punto 57).

9.Acerca de la moderna concepción de “misión”

Quienes se hayan tomado el tiempo de leer el documento final del Sínodo de la Sinodalidad, habrán advertido la nueva concepción que sobre “misión” se ha realizado, una concepción amplísima, tan amplia que hasta concede “misión” a gentes pertenecientes a comunidades allende a la Iglesia Católica, y hasta se hizo notar en varios pasajes de ese documento que se tornaba imperioso unas actualizaciones canónicas en ese sentido. Y pensar que algunos silenciando estas innovaciones cuestionan la “misión” de la FSSPX.

“El bien común, en el ámbito eclesial, toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al servicio del Reino. La Iglesia, en efecto, es «el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión». Esto requiere atención al modo de tomar decisiones y de ejercer la responsabilidad. El Documento final del Sínodo identifica, entre las prácticas decisivas para la transformación misionera, la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación” (Punto 86).

Por cierto, debe recordarse que esa “transformación misionera” tiene que ver con el haber dejado de lado el llamado “ecumenismo de retorno”, vale decir, el ir al otro para mostrarle la verdad católica y que deje el yerro del culto falso, y, en cambio, se sostiene ahora el que puede permanecer en su propio culto, “cada uno en su fe”, aseveró Francisco, “caminando juntos en la fraternidad universal”, aseveró Francisco.

“La adopción de un estilo sinodal” (Punto 89).

10.¿Participación en el acto divino?

Se lee en la Encíclica Magnifica Humanitas: “Hago un vehemente llamamiento a quienes desarrollan sistemas de IA. La innovación tecnológica puede ser, en cierto modo, una forma humana de participación en el acto divino de la creación. Los desarrolladores llevan, por tanto, un importante peso ético y espiritual, ya que cada elección de proyecto expresa una visión de la humanidad” (Punto 111).

La susodicha participación tiene su explicación en la teoría de Pierre Teilhard de Chardin: “La teoría de la unión creativa no es tanto una doctrina metafísica como una explicación empírica y pragmática del universo. Esta teoría surgió de mi necesidad personal de conciliar, dentro de los límites de un sistema rigurosamente estructurado, las concepciones científicas sobre la evolución (concepciones que aquí se aceptan como definitivamente establecidas, al menos en su esencia) con una tendencia innata que me ha impulsado a buscar la presencia de Dios, no al margen del mundo físico, sino a través de la materia y, en cierto sentido, en unión con ella.”

11.¿Relanzar el diálogo? ¿Qué diálogo?

Tanto que se habla de diálogo, sobradas muestras se tiene de la parcialidad de la afirmación. “Para construir la civilización del amor debemos ejercitar el diálogo” (Punto 219), lo que me lleva a preguntarme, ¿qué diálogo? Porque ya sabemos que a los seguidores de la integridad católica se les muestra los dientes y el látigo de la excomunión.

12.Un documento naturalista

A partir del punto 97 comienza propiamente a desarrollarse el tema de la IA. Mas, por lo que puedo colegir, diría que estamos frente, como mínimo, a un compendio de pautas de corte naturalista en miras a alcanzar el cuidado de la ‘Casa común’. Lisa y llanamente un ideal masónico. El punto 110 me resulta concluyente, y podría decirse que el ecologismo es ahora el gran principio abarcador dirimente, tan grande que hasta la ética parece quedar por debajo: “La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora.” Y advierto lo siguiente: del naturalismo uno no se desliga invocando expresiones teológicas como “Cristo”, “gracia”, “fe”, “trascendencia”, “el Magnificat”, cuando todo ello no parece implicar más que cuestiones para lograr una fraternidad universal mejor. Derechamente el Punto 129 nos hace aparecer el “El humanismo cristiano”, aquel inventado por el filósofo francés, Jacques Maritain, y que el sacerdote argentino, el R.P. Julio Meinvielle, desenmascaró con intrepidez y lucidez egregia, produciendo la agitación, el alboroto, el enojo, la irritación y numerosas contestaciones del pensador de Francia de fama mundial, el cual, diciendo refutar la desenmascarada no hacía más que probar sus errores. Puesto el humano como centro, más bien todo irá a parar a ver si, en definitiva, el progreso tiene miras humanas o inhumanas.

Del naturalismo apuntado nos da cuenta también lo siguiente: “No se trata ciertamente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana” (Punto 113); “en la misma experiencia del límite, sigue siendo capaz de intuir una fraternidad más grande que él mismo y de reconocer la injusticia como escándalo. La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa, impidiendo la normalización del mal. De ese modo, algunas obras han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido” (Punto 122); “La historia no se presenta sólo como el catálogo de nuestras acciones violentas, sino también como la prueba de que el ser humano sabe fundar instituciones capaces de proteger la vida común. En los últimos dos siglos lo vemos en algunos acontecimientos emblemáticos: el nacimiento del Comité Internacional de la Cruz Roja (1863), cuya neutralidad operativa garantiza un cuidado compasivo para todos; el largo proceso que ha llevado a la abolición de la esclavitud, que no ha sido un simple cambio jurídico, sino una transformación de la conciencia; la fundación de la Organización de las Naciones Unidas (1945) y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que han fijado un lenguaje común para decir, al menos como ideal compartido, que la dignidad es universal; la Convención sobre los refugiados (1951), que reconoce un deber de protección hacia los que huyen de persecuciones y amenazas” (Punto 123); “Algunos acontecimientos ayudan a ver que la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos: el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos de América, vinculado al testimonio de Martin Luther King Jr., o el fin del apartheid en Sudáfrica después de la liberación de Nelson Mandela y su decisión de no poner el futuro en manos del odio. En diversos contextos se han distinguido además mujeres valientes y generosas como santa Laura Montoya, santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Maria Skłodowska-Curie, Maria Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y tantas otras de todos los continentes, que con su esfuerzo han contribuido a hacer más humana la historia” (Punto 124).

13.Naturalismo y democracia

Completando un poco más el panorama tocado anteriormente, hallamos vinculadas las cuestiones de “verdad” con la de la “democracia” (Punto 134), esta última, desde luego, no es otra que la de la Revolución Francesa. Aquí el naturalismo propone un imposible, y es el de pretender que puede haber un reinado de la verdad en dicha democracia, cuando, por su misma esencia, la Revolución es enemiga de la verdad. El escrito ahora tiene preocupaciones de si “la vida democrática se debilita” (Punto 134).

14.El perdón es ahora para con la ‘Dignidad Humana’

Se pide perdón ahora a la dignidad humana. Así las cosas, leemos en “Magnifica Humanitas”: “Si no queremos pedir perdón en el futuro por no haber sido fieles al tesoro de la dignidad humana que contiene nuestra fe” (Punto 177).

15.Naturalismo y ‘Civilización del amor’

La civilización del amor no es ya la Iglesia Católica, único y verdadero reino del amor, sino que tal civilización será la que alcance aquí una buena convivencia y la paz, la paz de los ‘Derechos humanos’: “Vislumbramos a gran parte de la humanidad que trata de seguir siendo humana y de esforzarse por construir la ciudad de la convivencia y la paz. De ella, todos somos a menudo artífices inconscientes y arquitectos desunidos, capaces de gestos generosos pero carentes de una visión de conjunto: es una construcción más lenta, menos visible y menos llamativa, que espera ser mejor comprendida y más coordinada, para convertirse así en el compromiso consciente y articulado de cada comunidad, desde la familia hasta el gobierno de los estados y sus relaciones. Es a este horizonte de compromiso, a esta obra de esperanza, al que damos el nombre de ‘civilización del amor’ (Punto 185).

16.¿Superación de la teoría de la guerra justa?

“Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la ‘guerra justa’, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto. La humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón. El recurso a la fuerza, a la violencia y a las armas testimonia una pobreza relacional que siempre tiene consecuencias desastrosas para las poblaciones civiles” (Punto 192).

Es utópico sostener la superación de la teoría de la guerra justa fundado en lo que debería ser el mejor trato humano: es fácil recordar que la humanidad cuenta con instrumentos eficaces de superación de obstáculos, pero los dichos son una cosa y los hechos otra. Quizá la mayor utopía sea pretender que estos son tiempos de civilizaciones avanzadas en humanidad, cuando, en verdad, si bien se mira, brillamos altamente por la decadencia moral y la apostasía (esto último en grados insospechados).

Valga recordar que en esta “humanidad que cuenta con instrumentos eficaces y capaces de promover la vida humano para afrontar conflictos”, miles y millones de bebitos no nacidos mueren en los genocidios tenidos por ley en todos los países del mundo (Argentina incluida).

17.¿La Iglesia Católica no levanta la bandera de ser poseedora de la verdad?

Se le hace decir a la Iglesia cosas que, guste o no guste, son de siembre y cosecha personal por muy encumbrado que se encuentre el eclesiástico. Se dirá en ‘Magnifica Humanitas’: “He reiterado que la Iglesia «no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad», porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir” (Punto 25); esto no es lenguaje católico. La Iglesia Católica es depositaria de la verdad, y como está en la verdad y la verdad está en Ella, condena el error. Quien condena el error levanta la bandera de la verdad. Así lo hizo siempre la Esposa Inmaculada del Cordero, por siglos, condenando las herejías que fueron apareciendo.

Las herejías son ofensas que se hacen contra Dios, por eso la Iglesia nunca se quedó de brazos cruzados. No está demás memorar las palabras de San Juan Crisóstomo: «Siempre será digno de alabanzas el que el hombre soporte con paciencia las propias injurias y mortificaciones de la vida diaria y no reaccione como una fiera. Por el contrario, será de suma impiedad tolerar pacientemente las injurias y las ofensas hechas contra Dios».

18.Conclusión

Magnifica Humanitas me habla de “la otra inteligencia artificial”, la más peligrosa, la pseudorreligiosa, la que no se muestra, la silenciada, la que verdaderamente deja inerme al alma humana, de ahí que quise hablar de eso.

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El pasado domingo se celebró Pentecostés. Entre los siete dones del Espíritu Santo se halla la inteligencia o entendimiento, del cual nos dice Santo Tomás de Aquino: “El nombre de entendimiento implica un conocimiento íntimo. Entender significa, en efecto, algo como leer dentro. Esto resulta evidente para quien considere la diferencia entre el entendimiento y los sentidos. El conocimiento sensitivo se ocupa, en realidad, de las cosas sensibles externas, mientras que el intelectual penetra hasta la esencia de la realidad, su objeto: lo que es el ser, como enseña el Filósofo en III De An. Ahora bien, las cosas ocultas en el interior de la realidad, y hasta las cuales debe penetrar el conocimiento del hombre, son muy variadas. Efectivamente, bajo los accidentes está oculta la naturaleza sustancial de las cosas; en las palabras está oculto su significado; en las semejanzas y figuras, la verdad representada. En otro plano distinto, las realidades inteligibles son, en cierto modo, íntimas respecto a las realidades sensibles que percibimos exteriormente, como en las causas están latentes los efectos, y viceversa. De ahí que, en relación a todo eso, puede hablarse de acción del entendimiento. Y como el conocimiento del hombre comienza por los sentidos, o sea, desde el exterior, es evidente que cuanto más viva sea la luz del entendimiento, tanto más profundamente podrá penetrar en el interior de las cosas. Pero sucede que la luz natural de nuestro entendimiento es limitada, y sólo puede penetrar hasta unos niveles determinados. Por eso necesita el hombre una luz sobrenatural que le haga llegar al conocimiento de cosas que no es capaz de conocer por su luz natural. Y a esa luz sobrenatural otorgada al hombre la llamamos don de entendimiento” (Suma Teológica, Parte II-IIae – Cuestión 8, art. 1).

En estos tiempos de tanta confusión, se digne el Divino Espíritu iluminar nuestras inteligencias.

Tomás I. González Pondal