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miércoles, 27 de mayo de 2026

«Estrategia de hecho consumado» del Gobierno sobre el Valle de los Caídos ante la audiencia con el Papa


 
Proyecto de desfiguración del Valle de los Caídos



El profesor De Meer denuncia que los cardenales Cobo y Parolin, las dos figuras que informarían al Papa, son precisamente quienes han facilitado las pretensiones del Gobierno sobre el Valle, mientras los monjes y los fieles quedan desprotegidos.

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es recibido hoy en audiencia privada por el Papa León XIV en el Vaticano, en su primer encuentro directo desde el inicio del pontificado. Mientras la agenda oficial de la visita incluye inmigración, inteligencia artificial y los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo, el jurista Ramón de Meer, doctor y profesor universitario de Filosofía del Derecho, Teología e Historia Antigua y Medieval, advierte en una extensa entrevista de que el Gobierno podría intentar arrancar del Santo Padre una autorización para intervenir en el interior de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, conforme al proyecto de resignificación que nueve recursos judiciales tienen en entredicho.

Una estrategia de «hecho consumado»

De Meer sostiene que el Ejecutivo ha desplegado una «estrategia de comunicación performativa» consistente en presentar como existente o prácticamente cerrado un acuerdo con la Santa Sede que, según la propia Conferencia Episcopal Española (CEE), no consta formalizado. El jurista recuerda que, tras la publicación del documento firmado en marzo de 2025 por el Cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, y el ministro Félix Bolaños, el Gobierno deslindó al cardenal reduciéndolo al papel de «simple mediador», al tiempo que aseguraba disponer de un acuerdo directo con la Santa Sede. El propio Bolaños, señala De Meer, corroboró esta versión en una entrevista posterior en La Sexta.

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¿Por qué el Gobierno, tal como ha propuesto el presidente de la CEE, no parece terminar de sentarse a la mesa con los monjes para cerrar un acuerdo razonable con relación a la pretendida resignificación política e ideológica de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos?

Ramón de Meer: Bueno, si en efecto todavía no se ha dado esa interlocución directa de los monjes con el Gobierno, cosa que desconozco, es fácil deducir la razón. Porque, aun después de la sorprendente y fallida intervención del cardenal Cobo en favor del Gobierno, sobradamente conocida, el Ejecutivo ha dado suficientes muestras públicas de no haber cejado en el intento de obtener directamente de la Santa Sede una aceptación explícita que le permita intervenir en el acceso y en el interior de la basílica conforme al proyecto de resignificación --en efecto, de naturaleza política e ideológica-- al que usted se refiere.

De hecho, en un artículo publicado por El País hace algunas semanas, el Gobierno deslindaba ya al cardenal Cobo del documento que había firmado, reduciendo su papel al de simple mediador, pero anunciando simultáneamente que disponía de un acuerdo directo con la Santa Sede. En este sentido, el ministro Bolaños corroboró lo mismo en una entrevista posterior realizada en La Sexta.

Y ahí es donde muchos perciben una evidente estrategia de comunicación performativa o de hecho consumado: presentar públicamente como existente o prácticamente cerrado un acuerdo que todavía no consta formalizado, contribuyendo así a generar una percepción de inevitabilidad y a preparar el terreno político y mediático para intentar consolidarlo posteriormente. Y en este contexto, de pronto y para sorpresa de propios y extraños, el presidente Sánchez viajará a Roma para ser recibido en audiencia por el Santo Padre.

¿No se trataría de una pretensión sin recorrido alguno? La Santa Sede no podría aceptar nunca un proyecto de resignificación que implica de forma clara y pública la profanación práctica de un templo. No parece posible que la Santa Sede, nada menos que de la mano del Santo Padre según podría pretender el Gobierno, viole el Código de Derecho Canónico y burle el derecho constitucional de los fieles a la libertad religiosa, con grande y lógico escándalo por parte de estos, estableciéndose un antecedente incontrolable. A eso hay que añadir que, según el Secretario General y portavoz de la CEE, en su comparecencia pública al final de la última Asambleas Plenaria, manifestó que el Vaticano no había participado en firma alguna, remarcando que ningún representante del Vaticano había firmado nada.

R: En efecto, esas dos barreras jurídicas han sido señaladas públicamente por los propios monjes del Valle en La Tercera de ABC recientemente publicada por su representante. Sobre ello, yo mismo tuve la oportunidad de publicar un informe, donde por supuesto se contemplaban los alcances protectores del derecho canónico y el derecho constitucional, pero también otros aspectos jurídicos de incluso mayor calado. Además, en el mencionado artículo de ABC, los monjes se ponían a disposición del Gobierno para negociar una solución satisfactoria para todas las partes, atendiendo así la petición formulada al respecto por el presidente de la Conferencia Episcopal Española en su discurso de apertura de la misma Asamblea plenaria a la que usted hace referencia. Pero que ningún representante de la Santa Sede haya firmado nada hasta la fecha, no quiere decir que no se pudiese pretender que lo hicieran ahora. El Gobierno ya lo ha manifestado y en el próximo viaje del presidente Sánchez para entrevistarse con León XIV, podría perfectamente intentar cristalizar esta inaudita pretensión, con el apoyo ante el Santo Padre de la jerarquía eclesiástica que incomprensiblemente ha defendido el proyecto del Gobierno.

¿Por qué cree plausible esa posibilidad en la que el Gobierno sigue confiando para poder saltarse a los monjes, obteniendo por fin directamente de la Santa Sede autorización para intervenir en la basílica conforme al actual proyecto ganador del concurso de resignificación?

R: Por lo dicho anteriormente. Porque el próximo día 27 el presidente Sánchez será recibido en Roma por el Santo Padre y resulta razonablemente probable que plantee la conveniencia de resolver la única controversia relevante que permanece hoy abierta entre el Gobierno y la Iglesia, una vez encauzadas cuestiones como el régimen fiscal, las inmatriculaciones o las indemnizaciones derivadas de los casos de pederastia. Incluso podrían apelar a conversaciones con el difunto Papa Francisco, en las que supuestamente habría aceptado verbalmente las pretensiones del Gobierno.

El hecho de que los monjes hayan cumplido con su ineludible obligación de interponer un recurso judicial parece preocupar al Gobierno; señal de que son conscientes de la nula solidez jurídica de sus pretensiones y de que prevén un resultado adverso al final del proceso. A un Gobierno como el encabezado por Sánchez, presionar y amenazar forman parte de su modus operandi habitual y, es comprensible esperarlo, no dudarán en tratar de involucrar nada menos que al Santo Padre en un asunto, aparentemente complejo, pero en realidad muy sencillo: la inviolabilidad de los lugares de culto.

¿No cree entonces que podamos estar tranquilos ante ese posible intento del presidente Sánchez en el Vaticano, nada menos que ante el Papa León XIV?

R: Podríamos estarlo sin ningún género de dudas, pero solo en el caso de que el Santo Padre disponga de información suficiente, precisa y plenamente veraz acerca de las pretensiones ya publicadas por el Gobierno respecto al acceso y al interior de la basílica. Ya es algo inaudito, como usted observa, que todo un presidente del Gobierno del reino de España plantee nada menos que al Romano Pontífice, un asunto que no debía haber salido nunca del ámbito de la comunidad benedictina y de los responsables gubernamentales directamente implicados en la controversia.

Pero la actuación unilateral del cardenal Cobo, asumiendo competencias que excedían su papel como mediador, ha generado una controversia sin sentido y alimentado unas expectativas en el Gobierno que carecen de razonabilidad y sustento legal alguno. Si, como afirma el cardenal Cobo, también el Secretario de Estado estuvo detrás de todo este desaguisado desde el principio, comprenda usted que no es para estar tranquilos.

¿Qué le hace dudar al respecto de que el Papa reciba o no información veraz?

R: Bueno, reitero que las dos principales figuras eclesiásticas implicadas en este asunto han sido el cardenal Cobo y, según ha afirmado el propio cardenal Cobo, también el cardenal Parolin. Se supone, por tanto, que han sido ellos quienes han informado o informarán al Santo Padre León XIV antes de su entrevista con el presidente Sánchez.

¿No cree que aportarán información objetiva al Santo Padre antes de esa importante reunión con el presidente Sánchez, curiosamente unos pocos días antes de que necesariamente se vean también en España?

R: El cardenal Parolin no ha realizado ninguna declaración pública sobre esta cuestión. El cardenal Cobo sí lo ha hecho, tanto en la COPE como en Alfa y Omega, afirmando de manera sorprendente que el proyecto ganador respeta los principios del «acuerdo» firmado por él y, por tanto, que no afecta a la basílica ni a su acceso. Conviene recordar que se trata de un documento firmado con el ministro Bolaños sobre una basílica respecto de la cual ninguno de los dos posee competencia directa, además de estar diametralmente en contraposición con los establecido por el Código de Derecho Canónico sobre los lugares de culto.

Que Roma avale los alcances de ese documento firmado con el ministro Bolaños, ayudaría a suavizar el serio deterioro que se ha producido en la imagen que se espera de un pastor responsable, prudente y capaz de administrar una archidiócesis tan importante como la de Madrid. Lo mismo sucedería con el cardenal Parolin, si en efecto estuvo involucrado en la firma de ese documento. El cardenal Parolin carece también de competencia sobre los monjes y sobre la basílica; de querer satisfacer como el cardenal Cobo las pretensiones del Gobierno, necesitaría una delegación directa del Romano Pontífice.

Si son ciertos los rumores sobre su inminente traslado a la archidiócesis de Milán, poco tendría que perder en un último intento por satisfacer las pretensiones del Gobierno de Sánchez. Insisto que hago esta conjetura basándome en la afirmación del cardenal Cobo de que el todavía Secretario de Estado estuvo involucrado en este borrascoso asunto desde sus inicios. Lo cual, por otra parte, es difícil de creer en un alto jerarca de la Iglesia con su amplia experiencia.

Ahora se comprende mejor su preocupación. En efecto ese documento sorprendió mucho, porque los planos y textos explicativos publicados por el propio Gobierno indican de manera clara justamente lo contrario: según el proyecto ganador se profana la basílica exceptuando el altar y los bancos adyacentes. Pero también es cierto lo manifestado por el delegado de Liturgia de la Archidiócesis de Madrid ante el jurado para la selección de propuestas del concurso para la resignificación del Valle, actuando como asesor religioso nada menos que en representación de la Iglesia católica. Según los monjes, en La Tercera de ABC mencionada firmada por su representante, dicho delegado de Liturgia de la Archidiócesis afirmó expresamente, de acuerdo con su arzobispo y con los monjes, que el Gobierno no podía intervenir en el interior de la basílica y que disponía de espacio suficiente en el exterior para desarrollar sus actuaciones de resignificación.

R: Exactamente. Y por eso surge inevitablemente la pregunta: ¿por qué, una vez publicado el proyecto ganador y, no obstante la intervención del delgado de Liturgia y las propias notas informativas publicadas con anterioridad por la propia archidiócesis de Madrid, -- acusando al Gobierno de no haber tenido en cuenta a la Iglesia católica--, el cardenal Cobo sostuvo e insistió posteriormente en que dicho proyecto no afectaba a la basílica? La explicación parece encontrarse en que él mismo había firmado previamente, a propuesta del ministro Bolaños, el polémico planteamiento de origen según el cual en un templo únicamente serían lugares de culto el altar y los bancos adyacentes, aceptando con su firma que el resto de la basílica, -- atrio, vestíbulo, nave y cúpula--, no son lugares de culto y el Gobierno podía proceder a su resignificación.

¿Cree usted que esa disparidad de planteamientos ha sido percibida por otros miembros de la jerarquía eclesiástica, siquiera en la Iglesia española? ¿Contó el cardenal Cobo con la aprobación de los monjes, antes de suscribir el citado documento?

R: Estoy seguro de que esa disparidad se percibe, y cada vez con mayor claridad. Al menos así me lo han corroborado en privado obispos a los que tengo acceso y numerosos sacerdotes, no solo de la archidiócesis de Madrid, sino también de otras diócesis españolas e incluso de fuera de España. Resulta difícil no advertir la contradicción existente entre esa posición y las afirmaciones realizadas previamente por su propio delegado de Liturgia ante el jurado, así como con el contenido de las referidas notas informativas previas. Todo ello conforma un escenario confuso, errático y ciertamente preocupante.

Y no, no creo que los monjes tuvieran el menor conocimiento previo de lo que había firmado el cardenal Cobo. De otro modo, difícilmente se explicaría que hayan acudido a la vía judicial para defender aquello que dicho cardenal entregó unilateralmente al Gobierno, afortunadamente sin competencia para ello. Tampoco la Conferencia Episcopal Española estuvo involucrada, como ella misma se ha encargado de aclarar pública y reiteradamente.

He de confesar que todavía no salgo de mi asombro ante el contenido del documento firmado por el cardenal Cobo, a propuesta del ministro Bolaños y sin que hubieran transcurrido siquiera veinticuatro horas desde su recepción. ¿Qué pudo impulsarle a actuar de una manera tan impropia y desconcertante en la alta jerarquía de la Iglesia?

Respeto profundamente a mis pastores y, precisamente por ello, creo que el cardenal Cobo, por el bien de sus fieles y de su propia responsabilidad pastoral, debería ofrecer una explicación suficiente o, al menos, reconocer que incurrió en un grave e injustificable error. Se comprende y es humano errar; lo que no tiene lógica alguna es perseverar en el error, no obstante además el revuelo que ha levantado y el problema de imagen que le ha creado.

Tiene usted razón y es fácil compartir esa sorpresa, pero el cardenal Cobo, según él mismo ha manifestado, parece haberse deslindado completamente del asunto. Si esto es realmente así, y el escenario que usted plantea se hace realidad, será pues el cardenal Parolin quien informe al Santo Padre y no estamos seguros de que coincida con el inexplicable planteamiento del arzobispo de Madrid.

R: El temor surge precisamente porque, según el propio cardenal Cobo como decía antes, todo se habría hecho por su parte con el conocimiento del cardenal Parolin. De ahí que muchos teman que el Secretario de Estado pueda sostener ante el Santo Padre que el proyecto gubernamental no afecta realmente a la basílica y que, en consecuencia, debería aceptarse la petición del presidente Sánchez para proceder a su resignificación.

Pero cuesta entender cómo el cardenal Parolin --que, al igual que el cardenal Cobo, carece de competencia directa sobre los monjes y sobre la basílica abacial-- podría revertir la posición pública y jurídicamente fundamentada que los monjes han hecho valer, incluida la legítima interposición de un recurso contencioso-administrativo. Aunque el presidente Sánchez regresara de Roma afirmando contar con el respaldo de León XIV, los monjes seguirían siendo los únicos legitimados para defender la sacralidad del templo. No bastan las declaraciones públicas de nadie para revertir la situación que estamos comentando. Como usted ha indicado, declaraciones parecidas hizo hace poco el ministro Bolaños, y fue la propia CEE la que lo desmintió.

R: De acuerdo, pero eso podría cambiar como he dicho antes. El escenario que algunos contemplan sería el siguiente: que el cardenal Parolin pidiera al Santo Padre que delegara directamente en él, como Secretario de Estado, la resolución de esta controversia con el Gobierno español, argumentando por ejemplo que los monjes mantienen una posición excesivamente rígida o insuficientemente consciente de determinadas supuestas implicaciones políticas y diplomáticas del asunto. En ese contexto podría apelar también a la conveniencia de cerrar esta cuestión antes del futuro viaje de Su Santidad a España, evitando que la visita del Papa a España se viese supuestamente enturbiada por la controversia en torno a la basílica con el Gobierno. No puedo evitar recordar algunas actuaciones problemáticas del actual Secretario de Estado, especialmente la singular situación en la que ha dejado inmersos a los católicos chinos fieles a Roma durante muchas décadas.

Francamente, cuesta imaginar que pudiera darse una actuación tan arbitraria y escandalosa, especialmente por parte de un Papa que ha insistido tanto en el respeto a los procedimientos, en la importancia del Derecho Canónico y en la necesidad de evitar abusos de poder. No ha actuado así ante el poderoso presidente de los EEUU de su misma nacionalidad. ¿Por qué habría de hacerlo en un asunto tan serio y delicado ante el actual presidente del Gobierno de España? No me cabe en la cabeza que pudiese darse una situación tan irracional.

R: Yo también quiero creerlo. Insisto que el problema es que León XIV no haya sido informado por los suyos de una manera leal, objetiva y veraz. No obviemos que en torno a este asunto se han producido desde el principio situaciones muy difíciles de comprender y actuaciones difícilmente conciliables con la lógica canónica y jurídica ordinaria. Y todo ello se ha hecho público sin que haya existido un verdadero desmentido de fondo, salvo las aclaraciones aportadas en una sola ocasión por los propios monjes, quienes además han mantenido una actitud extraordinariamente generosa hacia el cardenal Cobo, probablemente conscientes del grave deterioro reputacional que este asunto ha terminado provocando en su pastor.

¿Cómo cabe explicarse una posición tan extraña por parte del cardenal Cobo y, según él mismo ha declarado, también del cardenal Parolin, al menos hasta que el primero decidió deslindarse aparente y completamente del asunto? ¿Cómo aplicar un mínimo de lógica y razonabilidad a una actitud tan colaborativa y aparentemente empecinada por satisfacer las pretensiones del Gobierno en el interior de un templo consagrado a Dios?

R: Le aseguro que me he formulado esa pregunta en numerosas ocasiones. Y sinceramente no he encontrado todavía una respuesta mínimamente satisfactoria que permita comprender una actuación tan alejada de la lógica jurídica y canónica, del más elemental sentido común y del deber de prudencia que cabría esperar ante un asunto de semejante gravedad. Resulta difícil entender cómo no se valoró desde el primer momento el enorme escándalo que una actuación así podía provocar entre miles de fieles, ni el gravísimo deterioro reputacional que inevitablemente terminaría afectando a quienes aparecieran vinculados a ella. Por eso digo que, más allá de cualquier hipótesis o intento de explicación, sigue siendo para mí un verdadero misterio.

Porque se puede entender el sectarismo ideológico que caracteriza a algunas altas autoridades del Gobierno y su obsesiva pretensión de intervenir nada menos que en el interior de un templo; lo que es del todo incomprensible es que hayan contado con la colaboración del cardenal Cobo y, según este, también del cardenal Parolin. Lo dicho, el asunto representa todo un misterio para mí.

¿Qué podrían hacer los monjes ante una hipotética delegación formal del Santo Padre que recayese en el cardenal Parolin, dejando a los monjes al margen del asunto?

R: No sé qué harían los monjes ante una situación tan grave. Habría que preguntárselo a ellos y no responden preguntas de nadie. Conviene recordar que llevan años sometidos a una presión constante y a amenazas de expulsión por parte de los gobiernos socialistas de José Luis Rodríguez Zapatero y de Pedro Sánchez, sin que hayan recibido, al menos públicamente, un apoyo claro de la jerarquía eclesiástica, sino más bien lo contrario. En esas circunstancias, sería humanamente comprensible que algunos se sintieran tentados a tirar la toalla y abandonar el Valle. No quiero imaginar lo que habrá supuesto para ellos la actuación del cardenal Cobo y me quito el sombrero ante su respetuoso silencio y el apoyo público posterior brindado al arzobispo de Madrid, omitiendo algunos hechos y aspectos que estamos esclareciendo en este momento.

Lo que sí no parece verosímil es que unos monjes benedictinos pudieran consentir en conciencia celebrar el culto en una basílica sometida a una intervención profana incompatible con su carácter sagrado, con las consecuencias canónicas y el escándalo de los fieles que de ello podrían derivarse. Porque, por supuesto, los fieles entre los que me encuentro, se escandalizarían si no fuese así, es decir, si una comunidad benedictina orante, escrupulosa con sus deberes religiosos y fieles a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia, así como a su ley universal que obliga a todos, negociaran su permanencia y comodidad a cambio de consentir una profanación de la basílica abacial confiada a dicha comunidad por su Iglesia.

Suponiendo que no tirasen la toalla los monjes, ¿qué mecanismo de defensa les quedaría si se diera el escenario que plantea usted?

R: Si se tratase de una delegación formal y explícita del Santo Padre en el cardenal Parolin, los monjes podrían elevar un suplicatorio directamente al Papa, exponiendo con serenidad filial, rigor documental y pleno respeto eclesial el verdadero alcance del proyecto, su afectación al interior de la basílica y las razones canónicas, concordatarias y constitucionales por las que consideran que no puede admitirse una intervención profana en un templo no desacralizado.

¿Y si se tratase de una delegación verbal o informal, en virtud de la cual el cardenal Parolin tratase de avalar ante el Gobierno su pretendida intervención política e ideológica en la basílica?

R: En ese caso habría que distinguir. Una mera indicación verbal o informal, en principio, no sería fácilmente recurrible si no se traduce en un acto administrativo canónico concreto. Pero si los cardenales Cobo y Parolin, juntos o por separado, pretendiesen imponer a los monjes una solución contraria al Código de Derecho Canónico y lesiva para la libertad religiosa de los fieles, excediendo sus respectivas competencias, los monjes podrían activar las vías canónicas previstas frente a actos administrativos singulares. Eso exigiría respetar los procedimientos establecidos: primero, identificar el acto formal recurrible y, en su caso, acudir a los cauces de recurso jerárquico y, posteriormente, si procediera, a la Signatura Apostólica. Precisamente esos legítimos procedimientos existen para evitar arbitrariedades, abusos de autoridad y vulneraciones del orden jurídico de la Iglesia.

¿Los fieles tendrían alguna capacidad de reacción si los monjes no actuasen en consecuencia?

R: Sí. Los fieles no son sujetos pasivos en una cuestión de tantísimo calado para la Iglesia en España: la apertura a los gobiernos seculares de intervención ideológica unilateral en los templos. Contra esto deben usarse todas las armas. Primero, las del derecho positivo: la Constitución Española garantiza la libertad religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades, y los Acuerdos entre España y la Santa Sede reconocen la inviolabilidad de los lugares de culto. Por tanto, si una actuación pública afectase de manera real al uso religioso de la basílica o introdujera en su interior elementos incompatibles con su carácter sagrado, los fieles podrían invocar sus derechos fundamentales ante las vías que correspondan en el ordenamiento jurídico español. Además, sin afirmar que todo el Código de Derecho Canónico forme parte en bloque del ordenamiento estatal, sí debe recordarse que los Acuerdos Iglesia-Estado reconocen efectos jurídicos relevantes a la organización y competencia propias de la Iglesia en materia de culto y lugares sagrados.

Por último, la inviolabilidad de un templo consagrado se defiende con firmeza desde una postura eclesiásticamente fuerte que los fieles podrían reclamar a sus pastores, para que defiendan la sacralidad de los lugares de culto que a ellos compete, en primer lugar, proteger. Algo que prácticamente no ha hecho nadie públicamente hasta la fecha, excepto Monseñor Jesús Sanz, fraile franciscano y arzobispo de Oviedo. Es doloroso decirlo, pero ya clama al cielo el silencio de los pastores a estas alturas.

¿No se podría dar el caso de que hubiese una contradicción entre lo establecido en el vigente Código de Derecho Canónico, que obliga también a la jerarquía eclesiástica, y las instrucciones que eventualmente pudieran recibir los monjes desde Roma en el supuesto escenario que estamos contemplando?

R: Claro que existiría una contradicción seria y grave si se pretendiera imponer una solución incompatible con el propio Derecho Canónico. Y sinceramente no cabe dudar que el Santo Padre pudiera sumarse conscientemente a algo así. Lo repito, la cuestión decisiva es otra: quién o quiénes han informado o podrían informar al Papa sobre el verdadero alcance del proyecto. Del cardenal Cobo ya conocemos las posiciones públicas que ha mantenido. Y si es cierta, según el propio cardenal Cobo, la implicación del cardenal Parolin desde el inicio de este asunto, resulta comprensible que algunos teman que tampoco exista desde esa instancia una oposición clara a las pretensiones del Gobierno. Incluso todo lo contrario.

¿Ante la posibilidad de que el Papa no estuviera siendo informado de manera plenamente veraz, como usted teme, cabría la posibilidad de que la comunidad benedictina informara directamente al Santo Padrea la mayor brevedad posible?

R: No tengo la menor idea de si los monjes contemplan realmente un escenario como el que estamos contemplando ni de cómo actuarían preventivamente. Pero, a la vista del silencio y de la prudencia que han desplegado hasta la fecha, no creo que unos monjes profundamente sensibles con la comunión espiritual y pastoral que debe imperar en el seno de la Iglesia --como han demostrado, por ejemplo, con su clara posición pero sin detrimento de un explícito apoyo público al cardenal Cobo, su pastor en la archidiócesis de Madrid-- optasen por saltarse los procedimientos canónicos y actuar directamente, por ejemplo acudiendo a la Prefectura de la Casa Pontificia para solicitar una audiencia con el Santo Padre o remitirle información objetiva y veraz basándose únicamente en posibles escenarios futuros, por muy plausibles que algunos puedan considerarlos.

¿No le parece el potencial escenario que estamos analizando, en efecto un poco surrealista y alejado de toda lógica?

R: No me cabe duda de que, sin haber hecho un exhaustivo seguimiento del caso, muchas personas puedan percibirlo así. Pero lo cierto es que los acontecimientos se han ido desarrollando hasta el momento en esa dirección y, precisamente por ello, las inquietudes que estamos planteando no resultan enteramente absurdas ni caprichosas.

Pues esperemos entonces estar equivocados y que, finalmente, el problema termine resolviéndose como hoy parece razonable, tras apartarse del asunto el cardenal Cobo: es decir, mediante un acuerdo satisfactorio entre el Gobierno y los monjes o, en su defecto, mediante una resolución justa y equilibrada por parte de los tribunales de justicia. El propio arzobispo de Madrid lo planteó públicamente de esta manera en el momento en que aparentemente se deslindó, siendo confirmada posteriormente por el presidente de la CEE.

R: Ojalá sea así. Creo sinceramente que esa sería la mejor salida para todos: para el Gobierno, para la Iglesia, para los monjes y, sobre todo, para los fieles. Porque lo verdaderamente importante aquí no es una victoria de tipo alguno de unos sobre otros, sino preservar con sensatez, justicia y respeto la sacralidad de un templo. No estamos en efecto principalmente ante una controversia política ni ideológica, sino antes de nada ante una pretensión del Gobierno que no tiene cabida ni en el orden natural, ni en el vigente ordenamiento jurídico estatal, ni en el Código de Derecho Canónico o los acuerdos de la Iglesia con el Estado para asuntos jurídicos.

La estrategia de continua polarización del Gobierno a la que pretende arrastrar a la sociedad española, un día sí y al otro también, como denunció Monseñor Luis Argüello en su discurso de apertura de la mencionada última Asamblea Plenaria de la CEE, no debe ser respondida sino con argumentos jurídicos y canónicos, alejándose de las provocaciones del ministro Bolaños acusando de poco o nada demócratas a quienes, como ha dicho públicamente, no están en este caso por la labor de que se profane una basílica consagrada. Una pretensión, por cierto, sin parangón en la Europa precisamente democrática de los últimos decenios.

Muchas gracias por su tiempo. Es evidente que ha hecho usted un seguimiento escrupuloso de los acontecimientos y ha publicado un extenso y pormenorizado artículo sobre los alcances jurídicos y canónicos sobre el asunto. ¿Le mueve algún interés especial?

R: Muchas gracias a usted por la entrevista. Me temo que ha resultado en exceso larga, pero usted pregunta y yo respondo. Creo que, en todo caso, es importante en este momento aportar toda la luz posible sobre la peculiar pretensión del Gobierno sobre la basílica y, basándose exclusivamente en hechos y escenarios plausibles, informar sobre cómo se han ido desarrollando las actuaciones de unos y otros, así como sobre los riesgos potenciales futuros, especialmente en este momento de ese próximo e inesperado viaje del presidente del Gobierno a Roma. Personalmente no me mueve otro interés que aportar, como católico y profesional del derecho, mi granito de arena, en la medida de mis posibilidades, al bien de la Iglesia; al de una comunidad benedictina digna de admiración por su mansedumbre, silencio y perseverancia, ante el abandono de unos y el acoso de otros; al de las justas reivindicaciones de los fieles --entre los que me encuentro-- y, por encima de todo, a mayor gloria de Dios y de una basílica cuya sacralidad y santidad le pertenecen.

De la ecología a la antropología: el giro de León XIV en Magnifica Humanitas

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Uno de los datos más significativos de Magnifica Humanitas no está solo en lo que dice, sino en lo que ha dejado de ocupar el centro del discurso pontificio. Tras años en los que la cuestión ecológica se había convertido casi en el gran marco interpretativo de la vida social, económica, cultural e incluso espiritual, la primera encíclica de León XIV desplaza el foco hacia otra preocupación más radical: la crisis del hombre.

No es que la ecología desaparezca. Tampoco que León XIV reniegue de la crítica al paradigma tecnocrático formulada con insistencia durante el pontificado de Francisco. Al contrario, la encíclica conserva esa preocupación por una técnica convertida en poder autónomo, por una economía desligada de todo límite moral y por una globalización capaz de uniformar pueblos, deseos y conductas. Pero el centro simbólico ha cambiado.

En Magnifica Humanitas ya no estamos ante una encíclica organizada alrededor de la “casa común”, sino alrededor de la custodia de lo humano. Y ese cambio no es menor.

Francisco tendía a presentar la crisis contemporánea como una crisis socioambiental de múltiples rostros: deterioro ecológico, injusticia económica, cultura del descarte, explotación de los pobres, destrucción de ecosistemas y abuso tecnocrático de la creación. La preocupación ecológica funcionaba muchas veces como la gran categoría integradora. Desde ella se leían la economía, la política, el consumo, la energía, las migraciones y hasta la espiritualidad.

León XIV, en cambio, parece invertir el orden. La raíz última del problema ya no aparece situada en la relación del hombre con el medio ambiente, sino en la comprensión que el hombre tiene de sí mismo. La crisis ecológica, económica o tecnológica sería consecuencia de una crisis antropológica previa: el oscurecimiento de la verdad sobre la persona humana.

Ahí está el verdadero giro.

La encíclica no pregunta primero qué está haciendo el hombre con la naturaleza, sino qué está haciendo el hombre consigo mismo. No se detiene principalmente en el daño causado al planeta, sino en el peligro de que la persona sea reducida a dato, función, algoritmo, objeto de manipulación o materia disponible para su rediseño técnico.

Esto explica el tono del documento. En lugar del vocabulario ecológico que dominó buena parte del magisterio reciente —sostenibilidad, casa común, deuda climática, transición energética, biodiversidad, periferias ambientales—, León XIV recupera un lenguaje más directamente antropológico y teológico: naturaleza humana, verdad, límite, libertad interior, Encarnación, Babel, gracia, vulnerabilidad, tecnocracia, transhumanismo.

La diferencia no es simplemente estilística. Es doctrinal y pastoral.

Durante los últimos años, una parte del discurso eclesial corrió el riesgo de parecer cada vez más indistinguible del lenguaje de los grandes organismos internacionales. El catolicismo hablaba de clima, de sostenibilidad, de desarrollo integral, de biodiversidad y de transición ecológica con una intensidad que, en ocasiones, dejaba en segundo plano categorías más propiamente cristianas. Pecado, gracia, verdad, naturaleza humana, redención o vida eterna quedaban con frecuencia desplazadas por una gramática moral mucho más reconocible para las élites globales que para la tradición doctrinal de la Iglesia.

Magnifica Humanitas parece corregir esa deriva sin necesidad de declararlo explícitamente.

León XIV no abandona la preocupación por la creación, pero deja de convertirla en el eje narrativo de todo. La cuestión ecológica queda integrada en una reflexión más amplia sobre el hombre, la técnica y la civilización. Lo creado sigue teniendo valor, pero el centro vuelve a ser la criatura humana, hecha a imagen de Dios y llamada no a fabricarse a sí misma, sino a recibir, custodiar y elevar su propia naturaleza.

Esa recuperación del centro antropológico tiene consecuencias importantes. La primera es que el Papa identifica como amenaza principal no solo la destrucción ambiental, sino la desfiguración del hombre. La gran catástrofe contemporánea no sería únicamente un mundo contaminado, sino un hombre que ya no sabe quién es. Un hombre que se interpreta a sí mismo como producto modificable, conciencia programable, organismo optimizable o identidad líquida sin naturaleza recibida.

Por eso el transhumanismo ocupa un lugar tan relevante en la encíclica. León XIV entiende que el desafío tecnológico actual no consiste solo en máquinas más potentes, sino en una tentación espiritual antigua presentada con lenguaje futurista: la voluntad de superar la condición humana sin Dios. El sueño de eliminar el límite, vencer la vulnerabilidad, rediseñar la naturaleza y alcanzar una forma de autosalvación técnica.

Frente a esa promesa, la respuesta del Papa no es ecológica, sino cristológica. El límite no es simplemente un problema que la técnica deba abolir. La vulnerabilidad no es una anomalía vergonzosa. La dependencia no es una derrota. La carne no es un residuo biológico a superar por la inteligencia artificial o por la ingeniería genética. El cristianismo afirma que Dios mismo ha entrado en la historia asumiendo la condición humana, no despreciándola.

Ese punto resulta decisivo. La Encarnación se convierte así en la gran respuesta cristiana al transhumanismo. Mientras la cultura tecnológica sueña con un hombre aumentado, ilimitado y autosuficiente, la fe presenta a un Dios hecho carne, nacido de mujer, sometido al tiempo, al sufrimiento y a la muerte. La grandeza del hombre no está en escapar de su naturaleza, sino en recibirla, purificarla y elevarla por la gracia.

Desde esta perspectiva, también cambia la crítica a la tecnocracia. En Francisco, el paradigma tecnocrático aparecía muy vinculado a la explotación de la tierra y a la lógica de dominio sobre la creación. En León XIV, esa crítica se desplaza hacia el dominio sobre el propio hombre. La técnica ya no amenaza solo bosques, mares o ecosistemas, sino la libertad interior, la conciencia, la memoria, la atención y la identidad de las personas y los pueblos.

La inteligencia artificial aparece entonces como un problema espiritual de primer orden. No porque sea demoníaca en sí misma, ni porque deba rechazarse como instrumento, sino porque puede convertirse en una arquitectura invisible de gobierno del alma. Puede seleccionar lo que vemos, anticipar lo que deseamos, modular lo que sentimos y condicionar lo que terminamos considerando verdadero.

Esta es quizá una de las intuiciones más profundas de Magnifica Humanitas. El peligro no está solo en que la máquina sustituya trabajos humanos. Está en que termine mediando la experiencia misma de la realidad. Una civilización que delega su memoria, su juicio y su imaginación en sistemas algorítmicos corre el riesgo de perder no solo empleos, sino interioridad.

También por eso la encíclica presta atención a los pueblos y a su derecho a conservar la propia identidad. No se trata de un tema accesorio. En una civilización tecnocrática, globalizada y digital, el individuo aislado y el pueblo desarraigado son más fáciles de administrar. La pérdida de memoria histórica, de continuidad cultural y de pertenencia concreta no libera necesariamente al hombre; muchas veces lo deja indefenso ante poderes impersonales mucho más fuertes que él.

Aquí se ve con claridad el nuevo marco. La defensa de la creación sigue teniendo sentido, pero ya no basta. El problema de fondo es una civilización que desarraiga al hombre de todo: de su cuerpo, de su naturaleza, de su historia, de su pueblo, de su familia, de su tradición y finalmente de Dios. La ecología, en ese contexto, queda asumida en una defensa más amplia de la realidad frente a la voluntad de manipularlo todo.

Por eso Magnifica Humanitas puede leerse como una encíclica de cambio de época. No porque rompa con el magisterio anterior, sino porque reordena sus prioridades. La preocupación ecológica ya no aparece como el gran absoluto pastoral, sino como una dimensión más de una crisis mucho más honda. La palabra decisiva ya no es “planeta”, sino “hombre”.

Esto puede resultar incómodo para quienes habían convertido la agenda ecológica en una especie de lugar común obligatorio del discurso católico contemporáneo. Durante años, determinados ambientes eclesiales parecían más cómodos hablando de emisiones, sostenibilidad y biodiversidad que de naturaleza humana, pecado, verdad o gracia. León XIV no niega la importancia de esos asuntos, pero los recoloca.

Y al recolocarlos, cambia la conversación.

La Iglesia no está llamada a ser una ONG ambiental con lenguaje religioso. Tampoco un departamento espiritual de las agendas globales. Su tarea no consiste en repetir, con incienso añadido, los consensos de las instituciones internacionales. Su misión es custodiar la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Y precisamente por eso puede hablar también de la creación, de la economía, de la técnica y de la política, pero sin perder nunca el centro.

La impresión, tras una primera lectura, es que León XIV ha querido empezar su pontificado doctrinal por ahí. No por la ecología, no por la gobernanza, no por la sinodalidad, no por una nueva declaración programática sobre reformas internas, sino por la pregunta fundamental: qué es el hombre.

Y eso, después de años de hipertrofia ecológica en el lenguaje eclesial, ya constituye una novedad relevante.

El Papa no parece negar que exista una crisis ambiental. Lo que parece decir es que hay una crisis anterior y más peligrosa: la crisis antropológica de una civilización que ya no reconoce la naturaleza humana como don, límite y vocación. Una civilización que quiere rediseñar al hombre mientras finge salvar el mundo.

Ahí está la clave de Magnifica Humanitas. La Iglesia vuelve a recordar que no hay verdadera defensa de la creación si antes no se defiende al hombre. Y no hay verdadera defensa del hombre si se olvida que su grandeza no nace de la técnica, sino de haber sido creado a imagen de Dios y llamado a la vida de la gracia.

Carlos Balén 

martes, 26 de mayo de 2026

José Javier Esparza: «Es preciso volver a pensar nuestra política en términos de interés nacional»

 ADELANTE ESPAÑA




José Javier Esparza, director y presentador de El gato al agua, en El Toro Televisión, y autor de títulos tan celebrados como su exitosa trilogía La Reconquista, Historia ilustrada de la legendaria infantería española y El jinete de luz. Clavijo, la batalla prohibida de La Reconquista, entre otros, deja por unos momentos la narrativa histórica para adentrarse en el ensayo con Reiniciar España (La Esfera de los Libros).

La periodista Nieves B. Jiménez le entrevista. Por su interés reproducimos dicha entrevista

Ya sabe cómo somos cuando llamamos al informático y le decimos que no arranca el ordenador después de hacer todo lo que nos ha indicado, que nos pregunta «¿has mirado si está enchufado?» Y, ¡sapristi!, no lo está… Ya le digo yo que nos va a costar poner España otra vez en marcha…

Claro que va a costar. Por eso hay que empezar cuanto antes. Enchufarnos. Es decir, recobrar la conciencia de lo que somos en la Historia como nación, como pueblo, como identidad, como comunidad de personas de carne y hueso que viene de una herencia determinada y que quiere sobrevivir en las generaciones futuras. Eso es enchufarnos.

¿Qué hay que reiniciar? Siguiendo con el símil del ordenador, ¿en qué pantalla se quedó colgada España?

Hay que reiniciar, creo yo, el proyecto nacional. España se quedó colgada en algún momento en el que, sin ser demasiado conscientes de ello, decidimos colectivamente que podía construirse un sistema democrático al margen de la nación: borrar la España histórica y disolvernos suavemente en el mundo global, en la Europa sin rostro, etc. Hoy vemos que nos hemos quedado sin nación, primero, y sin democracia después, hasta el punto de que el país lo gobierna una especie de casta de bandoleros apoyada en partidos separatistas que expresamente desean que España deje de existir. Es urgente salir de aquí.

¿Dónde hemos dejado la fuerza y voluntad de la generación de nuestros padres y abuelos que se sobreponían a tanta adversidad y se construían un camino? Las generaciones que nacieron en los años 30 y 40 del siglo pasado han sido los auténticos protagonistas del milagro español, ¿no cree?

Sin ninguna duda. En mi libro No te arrepientas les dedico un capítulo, porque esa generación es una de las muchas razones que hay para sentirse orgullosos de la Historia de España. Lo tuvieron difícil y salieron adelante. ¿Por qué no habría de pasar ahora lo mismo? Los problemas son distintos, pero las ganas de sobrevivir colectivamente deberían ser idénticas.

Dice que España está en vías de desaparecer como nación, España ya no sería España, ¿qué sería?

En lo que se va convirtiendo hoy es en una especie de unidad administrativa fragmentada en oligarquías, tanto territoriales como de otro tipo (políticas, económicas, etc.), cada una de las cuales vela sólo por su propio interés. El mismo peligro acecha a las otras naciones de la Europa occidental. La desaparición de la comunidad nacional significa también la desaparición de la democracia, porque ya no hay demos. Entraríamos en otra fase, una fase de descomposición acelerada.

En lo que sí estamos sumidos es en plena docilidad a la farsa del globalismo que apunta usted, obedeciendo como borregos, y una desespañolización creciente… ¿es así?

Era así. Antes. Yo creo que ahora estamos viviendo un gran cambio, lo que en Reiniciar España llamo «la gran clarificación», que hace que todo se vea con mucha más nitidez. El globalismo sigue funcionando como ideología de las élites (políticas, económicas, eclesiásticas), pero cada vez menos gente se traga sus dogmas. Por eso mi libro es más bien optimista: creo que es posible caminar hacia otra parte.

¿De qué hablamos cuando habla en uno de los capítulos de «desconstrucción»? No confundir con deconstrucción como la famosa tortilla de patatas de Ferran Adrià cuyos ingredientes quedaban descompuestos. Más bien España está desmantelada y, para colmo, somos el paraíso de esta desconstrucción, los más entusiastas en la aplicación de las políticas progresistas globales…

Imaginemos un lego, un mecano: uno lo deshace y desperdiga las piezas por el suelo, y eso es una destrucción. La desconstrucción –que es, sí, el término de Derrida– es otra cosa: no sólo destruyes lo construido, sino que atribuyes a cada pieza un significado nuevo y lo vuelves a montar todo dándole una identidad distinta. Ese es el proceso que estamos viviendo en Occidente con la resignificación de casi todo: el rol de los sexos, la historia colectiva, la identidad cultural, el sistema político, etc. España es, en efecto, el paraíso de eso que se ha llamado lo woke, que es desconstrucción en estado puro. Lo cual nos obliga a desconstruir la desconstrucción y volver a dar a cada cosa su significado original. Una nueva revolución cultural, en realidad.

Usted se pregunta si todavía es pecado decir que la apertura a la inmigración masiva es una política deliberada de nuestras élites. Sólo hay que ver las declaraciones de Antonio Garamendi apoyando la regularización de inmigrantes y a Luis de Guindos asegurando que «la inmigración es indispensable para España»…

Y a la Conferencia Episcopal apoyando el empeño. La inmigración masiva, en efecto, es una política deliberada de las élites. Es también un perfecto ejemplo de desconstrucción de nuestras identidades históricas por la vía de cambiar físicamente la composición de nuestras sociedades. ¿Para qué? Evidentemente, para mandarnos mejor. Es una operación de poder. Y contra eso es justo rebelarse.

Por otra parte, cualquiera con sentido común sabe el papel tan importante de la demografía como marcador de las crisis económicas y sociales. ¿Existe una ceguera (voluntaria) de nuestros gobernantes europeos y nacionales ante esta deriva suicida ante la baja natalidad, la inmigración incontrolada…?

Forma parte del mismo proceso. Hay que decir, no obstante, que el retroceso demográfico es hoy una constante universal, está pasando en todas partes, incluidas esas regiones del mundo que siempre nos presentan como produciendo niños sin cesar. El problema de la natalidad es más visible en Europa o en Japón porque aquí empezó antes, pero es general: este siglo nuestro es el primero que ha conocido un retroceso demográfico global desde la peste negra del siglo XIV. Lo natural sería adaptarse a él imaginando formas nuevas de organización, no succionando los recursos demográficos de otros pueblos. Y al margen de eso, es evidente que los europeos llevan dos o tres generaciones aclimatados a un contexto nihilista que empuja a considerar que tener hijos no es una prioridad. Es una forma de suicidio colectivo. Y también aquí el problema de fondo es cultural, mucho más que económico.

Hace poco se cumplió el aniversario del apagón. El PP, hace un tiempo, celebraba el cierre de Garoña y de la sustitución de la energía nuclear y los combustibles fósiles por las renovables. Ahora defiende la energía nuclear como indispensable… y así con otros temas. No extraña que al darle al botón de reiniciar esto colapse…

Hay que entender que el motor de estas decisiones no es el que nos dicen los políticos en sus discursos («salvar el planeta» y todo eso), sino los densísimos conglomerados de intereses económicos y de poder que salen beneficiados en el juego. La alternativa ha de consistir en desenmascarar esos intereses, que nunca coinciden con el interés general, y oponerles una política contraria que realmente busque la supervivencia de nuestras naciones.

Un capítulo elocuente de Reiniciar España es «cuando la izquierda traicionó al pueblo y la derecha traicionó a la nación», explíquenos esto

La izquierda traicionó al pueblo cuando dejó de representar los intereses de las clases populares (aunque fuera tantas veces equivocadamente) para adoptar un discurso supuestamente emancipador, pero cada vez más individualista y, en el fondo, burgués. Es lo que vio Pasolini en las protestas del 68, por ejemplo. Es verdad que, a partir de ese momento, la izquierda se fue enredando en discursos cada vez más alambicados, a veces simplemente lunáticos, que han terminado conduciendo al nihilismo woke. Y la derecha traicionó a la nación cuando prescindió del marco nacional, es decir, de una comunidad política concreta, para limitarse a predicar la gestión económica en un marco cada vez más globalizado donde la soberanía se evapora y uno acaba en manos de poderes exteriores, tanto públicos como privados. Hoy los términos derecha e izquierda son sólo etiquetas posicionales que sobreviven por inercia, pero que han dejado de significar posiciones realmente trascendentales. Lo trascendental es muy claramente la oposición globalismo/soberanismo.

Sugiere una revuelta de las naciones. Usted ha escrito varios libros dedicados a los grandes conquistadores y conquistas de España, ¿Imagina a aquellas figuras épicas contemplando cómo hemos destruido, siglos después, sus logros? ¿Encuentra alguna similitud heroica actualmente o qué principios debería contener esa revuelta?

Es verdad que nadie se baña dos veces en el mismo río, pero el hecho es que siempre hay agua. Puestos a buscar un precedente, a uno le viene a la cabeza aquel monje anónimo que en el año 754, en la Crónica mozárabe, lloraba la «pérdida de España» tras la invasión musulmana. Y sin embargo, aquella España perdida volvió a existir; de otra manera, con otra configuración, después de un largo lapso, pero manteniendo la conciencia de que un día existió. En cierto modo, nos estamos acercando a esa situación. Yo creo que por eso hay tanta gente en el poder que se pone nerviosa con la palabra «reconquista»: quizá entienden, aunque sea oscuramente, que siempre es posible reconquistar. ¿Sobre qué principios? Bueno, este libro está concebido precisamente para dar algunas pistas. Señalemos sólo una, para empezar: es preciso volver a pensar nuestra política en términos de interés nacional.

La red ferroviaria destrozada, Correos, el apagón, el patrimonio que se nos cae a pedazos, y aún hay países negociando con Pedro Sánchez, vamos, que les preguntas si le comprarían un coche usado al presidente y te dicen que sí. Pero, claro, qué países…

Pero precisamente: Sánchez es el tipo de gobernante que el sistema adora, esa mezcla un tanto indecente de nihilismo ideológico y servilismo al poder transnacional. Por eso puede permitirse todo tipo de desafueros sin que nadie desde el exterior le chiste, al revés. Es el niño bonito de las Úrsulas y las Lagardes y los Soros y los Gates. Porque ha convertido España en un bazar de saldo. Con la complicidad necesaria de los poderes en nuestro país, que han olvidado hace ya tiempo cualquier resto de patriotismo.

Tal vez España empiece a reiniciarse tras las elecciones andaluzas. ¿Con un PP de Juanma Moreno salido del régimen del 78, que añora el consenso y sueña con el PSOE «bueno» con el que alcanzaría acuerdos, cuando en el fondo le aterroriza lo que verdaderamente tendrá que hacer: negociar con VOX?

Juanmas los hay en todas partes y en todos los partidos. Son los restos del viejo mundo, aún en el poder, pero al borde ya del precipicio. Lo estamos viendo en toda Europa. VOX representa lo nuevo, es decir, la rectificación del marco político en términos de soberanía nacional, y por eso despierta tanta hostilidad en el sistema, como Alternativa en Alemania, Fratelli en Italia o el RN en Francia. Para el sistema es más aceptable cualquier grupúsculo violento neocomunista o islamista que un movimiento soberanista, porque los primeros no representan ninguna alternativa real, mientras que los segundos implican un cambio radical. En eso estamos.

¿En qué consiste su propuesta para una nueva etapa nacional: «La gran clarificación»? ¿Podemos ser optimistas?

Hablo de la «gran clarificación», que es una fórmula de Carlos Esteban, porque hoy ha quedado claro que detrás de los dogmas globalistas que nos han venido gobernando no había más que apuestas de poder concretas y parciales: ni el planeta se acercaba a su autodestrucción por el CO2, ni la inmigración era necesaria para que nuestros países sobrevivieran, ni las identidades históricas eran el caldo de cultivo del fascismo, ni nos amenazaba a todos una pandemia global, etc. Todo eso ha sido una mera narrativa del poder, y hoy ha quedado al desnudo la mano que la manejaba. Lo que hay que hacer es reaccionar, y el mejor modo de empezar es recuperar la capacidad de decisión en el marco nacional, que es el único lugar desde donde un pueblo puede defenderse. ¿Optimistas? Da igual, la verdad: simplemente, hay que hacerlo porque es nuestra única oportunidad para sobrevivir como pueblo, como comunidad política, como identidad histórica. Ese es ahora el combate. Lo están haciendo Rusia, China, la India, los Estados Unidos… Como dice el primer ministro canadiense, Carney, en esta mesa o eres comensal, o eres menú. Y yo no quiero que me coman.

Nieves B. Jiménez

Munilla contra los críticos de la campaña episcopal: insinuaciones sin respuesta



Hay una figura retórica que merece nombre propio, porque su eficacia consiste precisamente en no terminarse: la frase inacabada. Don José Ignacio Munilla la maneja con destreza de viejo predicador cuando, en su programa de la mañana de las vísperas de Pentecostés, alude a esos «medios que se dicen católicos» y deja, con la naturalidad del que sabe que el oyente completará solo lo que él prefiere no firmar, la elipsis suspendida en el aire. No hace falta acabar la frase. Todos entendemos lo que sigue: medios que se dicen católicos pero que en realidad son fariseos, violentos, racistas, instrumentalizadores de la fe, agitadores que se recrean en la sangre del adversario. El obispo no lo dice; lo deja dicho, que es una forma más cómoda y considerablemente menos costosa de decirlo, pues le permite la acusación sin el peso de sostenerla y la condena sin la incomodidad de argumentarla. Talleyrand, que de elipsis sabía lo suyo, habría apreciado la economía.

VIDEO DE MONSEÑOR MUNILLA. DURACIÓN 51:53


Conviene, por eso, devolverle al obispo una cortesía que él no se concede a sí mismo, que es la de terminar las frases. Si va a acusarnos —y está en su pleno derecho, faltaría más, que para eso tiene micrófono, diócesis y la robusta certeza de quien nunca duda de hallarse del lado correcto—, que nos acuse del todo. Que diga quiénes, que diga qué, que diga cuándo. Porque la insinuación tiene una ventaja inestimable sobre la afirmación: no se puede refutar lo que no se ha llegado a enunciar, y el que insinúa conserva siempre la salida del «yo no he dicho eso» mientras recoge íntegros los réditos de haberlo sugerido. Es la calumnia con coartada incorporada, el género literario favorito de quienes han descubierto que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Pero hay algo más interesante que la cobardía gramatical de la frase a medias, y es la asimetría que la sostiene. Imaginemos por un momento que alguno de esos medios que se dicen católicos —pongamos, por hipótesis, uno cualquiera— se refiriese al propio Munilla, o a cualquier otro prelado de su cuerda, con la fórmula «obispos que se dicen católicos». Imaginemos el escándalo. Imaginemos las invocaciones a la comunión eclesial, al respeto debido al sucesor de los apóstoles, a la prudencia, a la unidad, a la mansedumbre evangélica que un periodicucho resentido jamás sabrá comprender. Y sin embargo la fórmula sería exactamente la misma, con la misma estructura, el mismo veneno y la misma elipsis: obispos que se dicen católicos, pero que en realidad. La diferencia no está en la frase. La diferencia está en quién puede permitirse pronunciarla. El obispo se arroga la facultad de dictaminar quién permanece dentro de los márgenes de la catolicidad y quién ha sido ya cordialmente expulsado de ellos —siempre, claro, los que discrepan de él, en una coincidencia tan perfecta entre la ortodoxia y su propia opinión que uno empieza a sospechar que ambas se confunden en su cabeza— mientras a los expulsados no se les reconoce ni el derecho a devolver la pelota. Hay aquí una teología implícita digna de estudio: la de un magisterio que se ejerce hacia abajo y nunca admite reciprocidad, porque juzgar la conciencia ajena es abuso intolerable cuando lo hacen los otros y discernimiento pastoral cuando lo practica uno mismo.

El vídeo de “Alzad la mirada” y el hombre de paja

Vengamos ahora al fondo, porque el obispo tiene la elegancia de proporcionarnos, en el mismo programa, dos muestras espléndidas de cómo se construye un hombre de paja para tener después el gusto de derribarlo.

La primera es la del vídeo. La Conferencia Episcopal ha lanzado una campaña —»Alzad la mirada»— cuya pieza estrella muestra un vagón de metro lleno de individuos absortos en sus pantallas hasta que una voz los invita a levantar los ojos y mirarse los unos a los otros, a descubrir que el del maletín y el estudiante, la chica de los lunares y el muchacho de enfrente, comparten cansancios, dudas y sueños. Es, técnicamente, una pieza impecable. Es también, y esto importa más, un anuncio que podría servir igual de bien para una compañía telefónica, una entidad bancaria con vocación social o el sorteo de Navidad, y al que únicamente un rótulo final adherido con prisa revela como antesala de la visita del Sucesor de Pedro.

En esos noventa segundos de buenismo terapéutico no aparece Cristo. No aparece su Madre. No aparece la Cruz, ni la salvación, ni la conversión, ni el pecado, ni la gracia, ni una sola de las palabras que distinguen al Evangelio de un cursillo de inteligencia emocional. Aparece, eso sí, la empatía. Mucha empatía. La empatía es la única trascendencia que el algoritmo tolera sin protestar, y no es casualidad que la propia campaña se presente a los anunciantes como una iniciativa «contra la polarización» que «trasciende lo religioso para situarse en el debate social»: lo confiesan ellos, no nosotros.

Esa es la crítica. Esa, y ninguna otra. Que la Iglesia se presente ante España, en la víspera de recibir al Papa, convertida en una agencia de filantropía indefinida que ha decidido prescindir del único nombre que justifica su existencia.

Pues bien: el obispo coge esa crítica, la dobla con cuidado, la guarda en un cajón y saca en su lugar otra completamente distinta, fabricada por él mismo a la medida de su comodidad. Según su relato, quienes critican el vídeo lo hacen porque desean la polarización, porque les conviene la tensión, porque necesitan el enfrentamiento entre españoles para sus turbios fines políticos; y a continuación, con un sentido de la oportunidad que merecería mejor causa, desentierra el micrófono abierto de Zapatero en 2008 —»nos conviene que haya tensión», «voy a empezar a dramatizar»— para insinuar que los críticos del vídeo son los herederos espirituales de aquella estrategia, solo que desde la otra orilla.

La maniobra es tan vistosa como deshonesta. Nadie, absolutamente nadie, ha criticado la campaña por defecto de crispación. A nadie se le ha ocurrido reprochar a la Conferencia Episcopal que el vídeo sea poco beligerante. Lo que se le reprocha es exactamente lo contrario de lo que el obispo finge rebatir: que haya disuelto el anuncio del Evangelio en un caldo de fraternidad genérica donde Cristo sobra.

Pero contra esa objeción no tiene respuesta, y entonces hace lo que hace el polemista cuando la verdad le resulta incómoda: cambia la pregunta. Combate con denuedo una posición que nadie sostiene para no tener que defender la suya, que es indefendible. A las hormigas rojas y negras de su parábola habría que añadir una tercera especie: la que agita el bote y luego predica serenidad.

La falsa equivalencia moral

Y la segunda muestra, la más grave, porque ya no toca la estrategia sino la doctrina. Dice el obispo, con ese aire de equilibrista que ha confundido la equidistancia con la prudencia, que hoy en España no hay ningún partido plenamente identificable con el Evangelio, que todos tienen incoherencias graves, todos, y procede entonces a la enumeración: unos chocan con la defensa de la vida, la familia, la antropología cristiana; otros se alejan en cuestiones de justicia social, migraciones o «dignidad de los pobres»; otros han abrazado discursos belicistas; y prácticamente todos subordinan el bien común a sus estrategias de poder.

La frase tiene la apariencia tranquilizadora de las verdades obvias —por supuesto que ningún partido es la Ciudad de Dios, faltaría más— y esconde bajo esa apariencia un error que la propia Iglesia que el obispo dice servir ha condenado con todas las letras. Porque meter en la misma enumeración, con la misma cadencia y el mismo «todos», el aborto y la política migratoria es no haber entendido —o haber decidido olvidar por conveniencia retórica— la diferencia entre lo que la teología moral llama un mal intrínseco y lo que pertenece al orden del juicio prudencial.

El aborto es la supresión deliberada de un inocente: un intrinsece malum, un acto que ninguna circunstancia, ninguna ponderación, ningún bien ulterior puede volver lícito. Lo enseña Evangelium vitae, lo recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe en su nota de 2002 sobre el compromiso político de los católicos, lo precisó Benedicto XVI al distinguir entre valores no negociables y opciones contingentes.

La política migratoria, en cambio —cuántos acoger, con qué ritmo, bajo qué condiciones, en qué equilibrio entre el deber de hospitalidad y la capacidad real de integración que el propio Catecismo somete al bien común de la comunidad de acogida— pertenece al terreno donde caben legítimamente posiciones católicas opuestas, donde el fiel puede discrepar del obispo sin salirse un milímetro de la ortodoxia, y donde el pastor que pretende imponer su preferencia prudencial como si fuera dogma comete exactamente el abuso que tanto le indigna cuando cree advertirlo en los demás.

Igualar ambas cosas, alinearlas en una misma lista de «incoherencias graves», repartir el reproche con la ecuanimidad simétrica del que quiere quedar bien con todos, no es prudencia: es relativismo moral con sotana. Es nivelar la montaña y el grano de arena para poder decir, satisfecho, que al fin y al cabo todo son montículos. Y el efecto último —lo diga o no lo diga el obispo, lo quiera o no— es la coartada perfecta para el votante que prefiere no jerarquizar nada porque jerarquizar obliga, y obligar incomoda.

La condescendencia clerical

Resulta entonces que el prelado que tan severamente nos reprende a los demás por instrumentalizar a la Iglesia ha instrumentalizado, en una sola mañana de radio, la palabra de Acquaviva para vestir de mansedumbre su comodidad, la anécdota de Zapatero para combatir a un adversario inexistente, y la insinuación elíptica para excomulgar sin firmar la sentencia.

Todo ello, naturalmente, con un tono que él juzga caritativo y que en rigor es la forma más refinada de la soberbia: la del que se ha repartido a sí mismo el papel de los amables, los amorosos, los serenos, los que alzan la mirada, y ha asignado a quien le contradice el de los resentidos que se recrean en la sangre.

No hay agresividad en su voz, es verdad. Hay algo peor, que es esa condescendencia clerical, suave como el guante de seda de la máxima jesuita, con la que se palmea la cabeza del discrepante antes de dejarlo, con infinita ternura pastoral, extramuros de la catolicidad.

Alzad la mirada, nos pide el obispo. De acuerdo. Alcémosla. Pero alcémosla del todo, hasta lo alto, hasta la Cruz, que es donde está escrito el único nombre que su campaña olvidó mencionar; y no la detengamos, por caridad, a la cómoda altura de su propia opinión.

Mariano Gaspar

lunes, 25 de mayo de 2026

«La FSSPX es el síntoma, no la enfermedad». Un problema urgente que resolver en la Iglesia



Al liberal católico Lord Acton (1834-1902) se le atribuye la frase: «El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente». En las democracias se ha llegado a la conclusión de que hay que desconfiar del poder y que este debe ser limitado. Por ello, se divide, entre otras cosas, mediante el reconocimiento de los derechos fundamentales, la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), la subsidiariedad y el federalismo, los referéndums y los límites a los mandatos. Mediante un «contrato social» de todos los ciudadanos, la Constitución, se acuerda compartir el poder político de esta manera. Pero ni siquiera esto lo refrena siempre lo suficiente.

En la Iglesia, el problema del poder es aún más acuciante. Y es que allí no existen todos los medios mencionados para fragmentar el poder. Más bien, según la doctrina de la fe y el Código de Derecho Canónico (CIC/1983), el Papa «tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia» (c. 331).

El Papa posee, pues, el poder absoluto. ¿Corrompe, por tanto, el poder absoluto de manera absoluta dentro de la Iglesia? Si se considera la Iglesia únicamente con ojos humanos, habría que decir: sí, así es. Pero si se considera con los ojos de la fe, esto no es cierto. Porque existe un único «instrumento» para limitar la omnipotencia papal: es la obediencia incondicional a la Sagrada Tradición y a la Sagrada Escritura, a la que el Papa está obligado en conciencia. Solo porque la Iglesia en su conjunto y el Papa en particular están sujetos a esta limitación de poder, es posible que en ella se confíe a un hombre el poder absoluto. La desconfianza hacia el poder se supera así en la Iglesia gracias a que los fieles confían en que el Papa sabe que está obligado, por la obediencia incondicional a la fe, en el ejercicio de su poder, que en sí mismo es ilimitado.

Esta confianza se ha visto sacudida en la Iglesia; para muchos, está destruida. El papa Francisco ha convertido la indisolubilidad del matrimonio en una farsa con «Amoris Laetitia». Ahora solo rige en teoría. En la práctica, con unas cuantas «discernimientos pastorales» —sobre cualquier base y por parte de quien sea— se puede vivir en adulterio con la conciencia tranquila. La bendición vaticana extralitúrgica de unos segundos para parejas del mismo sexo y extramatrimoniales («Fiducia supplicans») supone un nuevo alejamiento del matrimonio cristiano. Gestos ambiguos como el culto a la Pachamama en el Vaticano y el «Documento sobre la fraternidad de todos los hombres» (Declaración de Abu Dabi) de 2019 han negado de hecho el universalismo salvífico cristiano. El nombramiento de laicos para puestos de liderazgo en el Vaticano, que conllevan el ejercicio de la potestad de gobierno, supone una ruptura con el Concilio Vaticano II (LG 21; Nota explicativa praevia 2). Socava el orden sacramental-jerárquico de la Iglesia. Esta situación persiste bajo el pontificado del papa León XIV. En el marco del «sinodalismo», la Sede Apostólica ha publicado un documento que intenta justificar el rechazo del Concilio Vaticano II (Informe final del Grupo de Estudio 5 sobre el sacramento del orden y la «potestas sacra»). Sin comentarios —y de forma irresponsable—, la Sede Apostólica ha publicado un texto herético que relativiza la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia (informe final del Grupo de Estudio 9 sobre «temas complejos»).

Incluso los graves abusos litúrgicos son ignorados o minimizados tanto por muchos obispos como por la Santa Sede. Sin embargo, se acosa a los fieles que siguen la forma extraordinaria. A los sacerdotes se les dificulta o se les impide celebrar la Eucaristía de esta manera. Se humilla a los laicos al prohibirles celebrar esta forma de la Eucaristía en las iglesias parroquiales. A estos fieles se les empuja a la clandestinidad o a la Fraternidad San Pío X, cuya existencia luego se lamenta.

El Papa permite que los obispos alemanes, que desde hace años socavan con su «Camino Sinodal» el orden sacramental de la Iglesia e institucionalizan la bendición de parejas del mismo sexo, sigan actuando así. Se dice que se ha hablado con ellos. Sin embargo, a la Fraternidad San Pío X se le amenaza con la excomunión con ayuda del poder papal absoluto. El Papa hace caso omiso de la Constitución dogmática «Lumen Gentium» (n.º 21) relativa al sacramento del orden y exige la aceptación de la Constitución litúrgica «Sacrosanctum Concilium». Ambos son documentos del mismo concilio. Esta doble moral destruye la confianza de muchos fieles.

El anuncio de la Fraternidad San Pío X de consagrar obispos por su cuenta es una muestra de la pérdida de confianza en el Papa. Y la aceptación de este acto, que va mucho más allá de los seguidores de la Fraternidad, demuestra que, para muchos, la confianza ha dado paso a la desconfianza. Han pasado demasiadas cosas y las consecuencias son devastadoras. Porque cada vez más fieles se dan cuenta de que la doctrina de la Iglesia ya no es el límite para las acciones de la jerarquía. Esa es la enfermedad de la que realmente adolece la Iglesia. Y no se puede curar ejerciendo la omnipotencia papal mediante amenazas y excomuniones. Porque si el poder desenfrenado del más fuerte es determinante en la Iglesia, solo hay una conclusión: hay que limitar ese poder. La consagración de obispos en contra de la voluntad del Papa es, en última instancia, el intento —sin duda problemático— de limitar la omnipotencia papal, cuando su límite ya no es la doctrina de la Iglesia.

Si no se quiere que los cismas sigan limitando la omnipotencia papal, solo hay un camino: el Papa debe sanar las heridas causadas a la doctrina de la Iglesia. Solo así podrá hacer frente a la desconfianza y restablecer la confianza. No lo conseguirá con imposiciones, amenazas y doble rasero. La Fraternidad San Pío X no es la enfermedad, sino un síntoma. Este síntoma se puede combatir con la excomunión. La omnipotencia papal lo permite sin duda desde el punto de vista jurídico. Pero la enfermedad no se cura con ello. Seguirá supurando y dividirá y debilitará el cuerpo de Cristo, la Iglesia. El Papa tiene la llave para curar la enfermedad. Debe utilizarla y no puede eludir el problema. Porque no gobernar también significa gobernar. Esa es también una consecuencia que se deriva de la omnipotencia papal.

por el P. Martin Grichting, canonista y ex vicario general de la diócesis de Coira, Suiza

sábado, 23 de mayo de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #118 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 33:34 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA
  ESPAÑA
1. El gobierno de España ante la visita del papa
2. Dos vírgenes consagradas en Madrid
3. VI peregrinación a Covadonga
MUNDO
4. La transmisión de la fe
5. Irlanda. Vallas animando a rezar el rosario
6. Desde Kenia. Sin sacramentos no hay Iglesia
7. Buenas noticias de los obispos USA
8. Despropósitos del Grupo 9 del Sínodo
9. Día del orgullo gay en Sodoma

jueves, 21 de mayo de 2026

Si el viaje del Papa fuera esto, sería mejor que no viniera



Acabo de ver un vídeo hecho por la Conferencia Episcopal para promover la visita de León XIV a España que me ha enviado un lector. A pesar de haber visto de todo ya en mi vida, me ha invadido una abrumadora vergüenza ajena. Qué bajo hemos caído. Qué bajísimo.

Francamente, si el viaje del Papa tuviera algo que ver con este penoso vídeo, sería mejor que no viniera a España. Para traernos la misma banalidad sentimentaloide que encontramos por doquier en la sociedad poscristiana y apóstata, no merecería la pena. Estaría dedicando su tiempo y sus esfuerzos a llevar nieve al polo norte. Por fortuna, si Dios quiere, el viaje del Papa será mucho más que lo que refleja esa publicidad tontorrona, acomplejada y completamente desprovista de fe.

¿Creen que exagero? Véanlo ustedes mismos:

TIEMPO 2:44 MINUTOS


¿Contenido cristiano? Cero patatero. Es puro buenismo secularizado. A los personajes del vídeo, que viajan en metro, se les exhorta a mirar “a quien tienen enfrente” porque así verán “la verdad que hay en esos otros ojos”. En primer lugar, se nota a la legua que quien dice esas tonterías no ha ido nunca en metro o, si lo ha hecho, ha sido precisamente con los ojos fijos en su móvil. Segundo y mucho más importante, es tristísimo que esas cosas las diga la Iglesia, que sabe perfectamente dónde está la Verdad, pero, por lo visto, prefiere decir tonterías políticamente correctas.

Según el vídeo, al mirar a la persona de enfrente, también se descubre que “tenéis vidas distintas, sí, pero que compartís el cansancio del que trabaja cada día”. O no, porque hay gente cansada y gente descansada y gente que trabaja todos los días y otra que se dedica a no hacer nada tan ricamente. Y, en cualquier caso, ¿qué más da? De nuevo, la Iglesia sabe que lo que de verdad merece la pena compartir es la fe, que es precisamente lo que León XIV vendrá a proclamar. ¿Por qué hablar de todo menos de eso?

También supuestamente entenderán los viajeros que “no compartís gustos, pero sí el mismo deseo por encontrar las soluciones que agobian a vuestra generación”. Como si la solución de los agobios de todas las generaciones que en el mundo han sido no fuera la misma: Jesucristo.

Y lo de “en este vagón, como en la vida no importa la estación de la que vienen, sino el camino que les une”, francamente, produce náuseas. Es el arquetipo de frase hueca y pedestre que sugiere poderosamente que el autor del vídeo y los que lo han aprobado tienen una mente deformada por el relativismo y la publicidad. ¿Por qué? ¿Por qué la Iglesia nos castiga con estas memeces?

¿De verdad cree alguien que “la persona que tengo enfrente es la respuesta que necesito para entenderme”? ¿Cuándo dejó de serlo Cristo? ¿De verdad la conclusión final es “bajen las barreras, encuentren las respuestas? ¿Las respuestas? ¿Eso lo dice la encargada de proclamar la única Respuesta? ¿Ha pagado la Conferencia Episcopal, con el dinero que las viudas echan en la colecta, esta malhadada mezcla de relativismo, secularismo y buenrrollismo políticamente correcta?

Si la visita del Papa fuera esto, si lo que la Iglesia anuncia o tiene que ofrecer fuera algo lejanamente parecido a esto, seríamos los más desgraciados de todos los hombres. Dejémonos de tonterías y hablemos al mundo de la fe católica, que es lo que necesita y puede salvarlo. El día está avanzado y la noche se echa encima. Dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.

Bruno Moreno