BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



jueves, 10 de septiembre de 2020

Vaticano II / Monseñor Viganò responde al padre De Souza (y al padre Weinandy)



Hace algunos días, poco después de otro artículo de análogo tenor publicado por el padre Thomas Weinandy (aquí), el padre Raymond J. De Souza escribió un comentario titulado ¿Promueve el cisma el rechazo del Concilio Vaticano II por parte del arzobispo Viganò? (Aquí). El pensamiento del autor queda expresado rápidamente: «En su último “testimonio”, el ex-nuncio mantiene una posición contraria a la fe católica en lo relativo a la autoridad de los concilios ecuménicos».
Vaticano II: Monseñor Viganó responde al Padre de Souza (y al padre Weinandy). Un artículo del blog de Aldo María Valli


Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

*******

Puedo comprender que por motivos diversos mis intervenciones puedan resultar no poco penosas a los defensores del Vaticano II, y que poner en cuestión a su ídolo represente un motivo suficiente para merecer las más severas sanciones canónicas, además de la acusación de cisma. La penuria de aquéllos se une a un cierto despecho al ver que – a pesar de mi decisión de no aparecer en público – mis intervenciones suscitan interés y alimentan un saludable debate sobre el Concilio y, en general, sobre la crisis de la Jerarquía eclesiástica. No reivindico para mí el mérito de haber iniciado esta disputa: antes que yo, otros eminentes Prelados e intelectuales de perfil alto han evidenciado críticas que precisan ser resueltas; otros han mostrado la relación de causalidad entre el Vaticano II y la presente apostasía. 

Ante dichas denuncias numerosas y argumentadas nadie propone nunca respuestas válidas y soluciones aceptables: al contrario, en defensa del totem conciliar se recurre a la deslegitimación del interlocutor, a su ostracismo, a la acusación genérica de querer atentar contra la unidad de la Iglesia. Y esta última acusación es tanto más grotesca cuanto más evidente es el estatismo canónico de los acusadores, que desenfundan el malleus haereticorum con quien está defendiendo la ortodoxia católica, mientras que se prodigan en reverencias con los eclesiásticos, religio-jesuitas y teólogos que atentan todos los días contra la integridad del depositum fidei. La experiencia dolorosa de muchos Obispos, entre los que despunta sin duda mons. Marcel Lefebvre, confirma que incluso en ausencia de acusaciones concretas hay quien logra utilizar la norma canónica como instrumento de persecución contra los buenos y, al mismo tiempo, se guarda bien de usarla con los verdaderos cismáticos y herejes.

¿Cómo no recordar, a tal respecto, a aquellos teólogos que habían sido suspendidos como maestros, alejados de los Seminarios, o censurados por el Santo Oficio, y que precisamente por tales “méritos” fueron llamados al Concilio en calidad de consultores y peritos? Se dan también aquellos rebeldes de la teología de la liberación amonestados bajo el Pontificado de Juan Pablo II y rehabilitados por Bergoglio; por no mencionar también a los protagonistas del Sínodo Amazónico y a los obispos del Synodal Path promotores de una iglesia nacional alemana herética y cismática; sin omitir a los obispos de la secta patriótica china, plenamente reconocidos y promovidos por el acuerdo entre el Vaticano y la dictadura comunista de Pequín.

El padre de Souza y el padre Weinandy, sin entrar en el mérito de los argumentos presentados por mí y que ambos califican desdeñosamente como intrínsecamente cismáticos, deberían tener la cortesía de leer mis intervenciones antes de censurar mi pensamiento. En las mismas encontrarían referido el doloroso trabajo que me ha conducido a comprender, únicamente en los últimos años, cómo he sido traicionado con el engaño de cuantos, constituidos en autoridad, nunca hubiese pensado podían traicionar a quien depositaba en ellos su propia confianza. No creo ser el único que ha comprendido este engaño y que lo ha denunciado: laicos, clérigos y prelados se han encontrado en la dolorosa situación de deber reconocer un fraude urdido con astucia, un fraude consistente a mi modo de ver en recurrir a un Concilio para dar autoridad aparente a las instancias de los Innovadores y a obtener la obediencia por parte del clero y del pueblo de Dios. Y esta obediencia ha sido exigida por los Pastores, sin excepción, para dinamitar desde dentro la Iglesia de Cristo.

He escrito y declarado otras veces que precisamente en virtud de esta falsificación los fieles, respetuosos hacia la autoridad de la Jerarquía, no osaron desobedecer en masa la imposición de doctrinas heterodoxas y de ritos protestantizados. Por otra parte, esta revolución no se efectuó de una sola vez, sino a través de un proceso por etapas, en el que las novedades introducidas ad experimentum se convertían después en norma universal, con vueltas de tuerca cada vez más apretadas. Y asimismo he repetido que si los errores y puntos equívocos del Vaticano II hubieran sido formulados por un grupo de Obispos alemanes u holandeses, sin añadirles la autoridad de un Concilio ecuménico, probablemente habrían merecido la condena del Santo Oficio, y sus escritos hubieran terminado en el Índice: quizás precisamente por esto quienes invirtieron los esquemas preparatorios del Concilio se apresuraron, durante el reinado de Pablo VI, a debilitar la Suprema Congregación y a abolir el Index librorum prohibitorum, en el cual en otros tiempos habrían encontrado sus propios escritos.

De Souza y Weinandy piensan evidentemente que no es posible cambiar de opinión y que es preferible seguir en el error antes que volver sobre sus propios pasos. Y sin embargo, esta actitud resulta muy extraña
A legiones de Cardenales y Obispos, sacerdotes y clérigos, frailes y monjas, teólogos y moralistas, laicos e intelectuales católicos se les ha impuesto, en nombre de la obediencia a la Jerarquía, renunciar a la Misa tridentina para verla reemplazada con un rito sacado del Book of Common Prayer de Cranmer; tirar por tierra los tesoros de la doctrina, de la moral, de la espiritualidad y un inestimable patrimonio artístico y cultural, oscureciendo dos mil años de Magisterio en nombre de un Concilio, que encima se proclamó pastoral y no dogmático. Tuvieron que escuchar decir que la iglesia conciliar al fin se había abierto al mundo, despojada del odioso triunfalismo pos-tridentino, de las incrustaciones dogmatizantes medievales, de los oropeles litúrgicos, de la moral sexofóbica de San Alfonso, del nocionalismo del Catecismo de San Pío X, del clericalismo de la Curia pacelliana. Se les pidió renunciar a todo, en nombre del Vaticano II: ¡después de más de medio siglo vemos que no se ha salvado nada de lo poco que aparentemente seguía en vigor!
Y sin embargo, si repudiar la Iglesia católica pre-conciliar abrazando la renovación conciliar fue saludado como un gesto de gran madurez, un signo profético, un modo de estar a tono con los tiempos y en definitiva algo inevitable e incontestable, hoy repudiar un experimento fallido que ha conducido a la Iglesia al colapso es considerado signo de incoherencia o de insubordinación, según el adagio de los Innovadores “No volver hacia atrás”. Entonces la revolución era saludable y necesaria, hoy la restauración es dañina y generadora de divisiones. Antes se podía y se debía renegar del pasado glorioso de la Iglesia en nombre del Aggiornamento, hoy poner en discusión varios decenios de desviaciones se considera cismático. Y lo que es aún más grotesco es que los defensores del Concilio sean tan flexibles con quienes niegan el Magisterio preconciliar, y estigmaticen con la jesuítica y difamatoria calificación de rígidos a los que, por coherencia con ese mismo Magisterio, no pueden aceptar el ecumenismo y el diálogo interreligioso (que han desembocado en Asís y en Abu Dabi), la nueva eclesiología y la reforma litúrgica, resultantes del Vaticano II.

Todo esto, obviamente, no tiene ningún fundamento filosófico ni mucho menos teológico: el superdogma del Vaticano II prevalece sobre todo, todo lo anula, todo lo cancela, pero no admite sufrir la misma suerte. Y esto es precisamente lo que confirma que el Vaticano II, aun siendo un Concilio Ecuménico legítimo – como ya he afirmado en otro lugar – no es como los demás, porque si así fuese los Concilios y el Magisterio que lo precedieron deberían haber seguido siendo vinculantes (no sólo de palabra), impidiendo la formulación de los errores contenidos o implicados en los textos del Vaticano II. Civitas in se divisa…

De Souza y Weinandy no quieren admitir que la estratagema adoptada por los Innovadores ha sido muy astuta: lograr la aprobación de la revolución, en un aparente respeto de las normas, a cuantos pensaban que se trataría de un Concilio Católico como el Vaticano I; afirmar que se trataba sólo de un Concilio pastoral y no dogmático; hacer creer a los Padres Conciliares que de todas formas se analizarían los puntos críticos, se aclararían los equívocos, se reconsiderarían las reformas en sentido más moderado… Y mientras los enemigos habían organizado todo, hasta los más mínimos detalles, cuando menos veinte años antes de la convocatoria del Concilio, existía quien ingenuamente creía que Dios impediría el golpe de los Modernistas, como si el Espíritu Santo pudiese actuar contra la voluntad subversiva de los Innovadores. Una ingenuidad en la que yo mismo caí junto con la mayor parte de mis hermanos y de los Prelados, habiendo sido formados y crecido con la convicción de que a los Pastores – y al Sumo Pontífice antes y más que a ninguno – se les debía obediencia incondicional. Así, los buenos, a causa de su concepto distorsionado de la obediencia absoluta, obedeciendo a los Pastores de modo incondicional, fueron inducidos a desobedecer a Cristo, precisamente por quienes tenían bien claro el fin prefijado. También en este caso es evidente que el asentimiento al magisterio conciliar no ha impedido, sino que incluso ha exigido como lógica e inevitable consecuencia, el disenso con el Magisterio perenne de la Iglesia.

Después de más de cincuenta años no se quiere reconocer un hecho incontestable, esto es, que se ha querido utilizar un método subversivo antes adoptado en el ámbito político y civil, aplicándolo sine glossa a la esfera religiosa y eclesial. Este método, típico de quienes tienen una visión cuando menos materialista del mundo, sorprendió a los Padres Conciliares, que creían verdaderamente en la acción del Paráclito, mientras los enemigos sabían cómo manipular los votos en las Comisiones, socavar la oposición, obtener la derogación de los procedimientos establecidos, presentar una norma como aparentemente inocua para después obtener un efecto destructivo y de signo opuesto. Y el hecho de que este Concilio se desarrollase en la Basílica Vaticana, con los Padres ataviados con su mitra y manto pluvial o hábito coral, con Juan XXIII con tiara y manto, era perfectamente coherente con la orquestación de una escenografía pensada a propósito para engañar a los participantes asegurándoles, incluso, que, en el fondo, el Espíritu Santo remediaría hasta los pastiches del subsistit in o los despropósitos sobre la libertad religiosa.

A este respecto me permito citar un artículo que ha aparecido estos días en Séptimo Cielo, titulado: Historizar el Concilio Vaticano II. Así es como el mundo de aquellos años influyó en la Iglesia (aquí). Sandro Magister nos informa del estudio del prof. Roberto Pertici sobre el Concilio, que aconsejo leer completo pero que se puede sintetizar con estas dos citas: «No debe ser únicamente teológica la disputa que está inflamando la Iglesia acerca de cómo juzgar el Vaticano II. Porque ante todo debe analizarse el contexto histórico de dicho acontecimiento, tanto más aún cuando se trata de un Concilio que programáticamente declaró quererse “abrir al mundo”». «Sé bien que la Iglesia – como Pablo VI repetía en “Ecclesiam suam” – está en el mundo, pero no es del mundo: tiene valores, comportamientos, procedimientos que le son específicos y que no pueden ser juzgados o encuadrados con criterios totalmente histórico-políticos, mundanos. 

Por otra parte, – se debe no obstante añadir – tampoco es un cuerpo separado. En los años Sesenta – y los documentos conciliares están repletos de referencias en dicho sentido – el mundo se dirigía hacia lo que hoy llamamos “globalización”, ya estaba fuertemente condicionado por los nuevos medios de información de masas, se difundían rapidísimamente ideas y comportamientos inéditos, emergían formas de mimetismo generacional. Es impensable que un asunto de la amplitud y relevancia del Concilio se desarrollase a puerta cerrada en la basílica de San Pedro sin confrontación con cuanto estaba sucediendo».

En mi opinión, ésta es una clave de lectura interesante del Vaticano II, que confirma la influencia del pensamiento “democrático” en el Concilio. La gran coartada del Concilio fue presentar como decisión colegial y casi plebiscitaria la introducción de cambios que de otro modo hubiesen sido inaceptables. De hecho, no fue el contenido específico de los documentos ni su magnitud futura a la luz del espíritu del Concilio lo que logró despachar doctrinas heterodoxas ya serpenteantes en los ambientes eclesiásticos del norte de Europa, sino el carisma de la democracia, asumido como propio casi inconscientemente por parte de todo el Episcopado mundial, en nombre de una sumisión ideológica que desde tiempo atrás tenía a muchos exponentes de la Jerarquía prácticamente subordinados a la mentalidad del siglo

El ídolo del parlamentarismo surgido de la Revolución Francesa – se demostró muy eficaz para subvertir todo el orden social – debió representar para algunos Prelados una inevitable etapa de modernización de la Iglesia, que debía ser aceptada a cambio de una suerte de tolerancia por parte del mundo contemporáneo hacia lo que aquélla se obstinaba en proponer aún de viejo y démodé. ¡Y fue un gravísimo error! Este sentido de inferioridad de la Jerarquía, esta sensación de atraso y de inadecuación a las instancias del progreso y de las ideologías traicionan una visión sobrenatural deficiente, y un ejercicio de las virtudes teologales aún más deplorable: ¡Es la Iglesia quien debe atraer a sí al mundo mediante su conversión, no al contrario! El mundo debe convertirse a Cristo y al Evangelio, sin que Nuestro Señor deba ser presentado como un revolucionario à la Che Guevara y la Iglesia como una organización filantrópica más atenta a la ecología que a la salvación eterna de las almas.

De Souza afirma, contra cuanto yo he escrito, que he definido el Vaticano II como «concilio del diablo». Me gustaría saber dónde ha encontrado mencionadas por mí esas palabras. Presumo que dicha expresión se debe a una errónea y presuntuosa traducción suya del término “conciliábulo”, según su etimología latina, que no se corresponde con su significado habitual en la lengua italiana.

De esta errónea traducción suya infiere que yo tengo «una posición contraria a la fe católica sobre la autoridad de los concilios ecuménicos». Si se hubiera tomado la molestia de leer mis declaraciones al respecto, habría comprendido que precisamente porque tengo la máxima veneración por la autoridad de los Concilios Ecuménicos y por todo el Magisterio en general, no consigo conciliar las enseñanzas clarísimas y ortodoxas de todos los Concilios hasta el Vaticano I con los equívocos a veces incluso heterodoxos del Vaticano II. Pero no creo ser el único. El mismo padre Weinandy no alcanza a conciliar el papel del Vicario de Cristo con Jorge Mario Bergoglio, que es del Papado al tiempo detentador y destructor. Pero para De Souza y Weinandy, contra toda lógica, se puede criticar al Vicario de Cristo aunque no al Concilio, o más bien: a este Concilio, y sólo a éste. En efecto, nunca he encontrado mucha solicitud para reiterar los Cánones del Vaticano I cuando algunos teólogos hablan de “redimensionamiento del Papado” o de “camino sinodal”; ni he encontrado nunca demasiados defensores de la autoridad del Tridentino cuando se niega la esencia misma del Sacerdocio católico.

De Souza piensa que, con mi carta al padre Weinandy, yo he buscado en él a un aliado: aunque así fuese, no pienso que nada malo habría en ello, siempre y cuando dicha alianza tenga como finalidad la defensa de la Verdad en el vínculo de la Caridad. Pero en realidad mi intención ha sido la que desde el principio he declarado, a saber, hacer posible una confrontación de la que se obtenga una mayor comprensión de la crisis presente o de sus causas, de modo que la Autoridad de la Iglesia pueda a su vez pronunciarse. Nunca me he permitido imponer una solución definitiva, ni resolver cuestiones que exceden de mi papel como Arzobispo y que son, por el contrario, de la directa competencia de la Sede Apostólica. Por consiguiente, no es cierto lo que afirma el padre De Souza, y menos aun lo que me atribuye el padre Weinandy, a saber, que yo incurro en el «pecado imperdonable contra el Espíritu Santo». Podría creer quizás en su buena fe si ambos aplicasen la misma severidad de juicio a nuestros comunes adversarios y a sí mismos, cosa que sin embargo no me parece sea el caso.

Pregunta el padre De Souza: «Cisma. Herejía. Obra del diablo. Pecado imperdonable. ¿Por qué estas palabras le son aplicadas ahora al arzobispo Viganò por parte de voces respetadas y prudentes?» Pienso que la respuesta es ya obvia: se ha roto un tabú y se ha iniciado una discusión a gran escala sobre el Vaticano II que hasta ahora quedaba confinada a ámbitos muy restringidos del cuerpo eclesial. Y lo que más molesta a los partidarios del Concilio es la constatación de que esta disputa no se refiere a si el Concilio es criticable, sino a qué hacer para remediar los errores y pasajes equívocos existentes. Y esto es una prueba de cargo, contra la que no cabe ninguna labor de deslegitimación: lo escribe asimismo Magister en Séptimo Cielo, refiriéndose a la «disputa que está inflamando la Iglesia, sobre cómo juzgar el Vaticano II» y a las «controversias que periódicamente se reabren en los diversos medios de comunicación “católicos” en torno al significado del Vaticano II y al nexo que existiría entre dicho Concilio y la actual situación de la Iglesia». Hacer creer que el Concilio está exento de críticas es una falsificación de la realidad, independientemente de las intenciones de quienes critican la equivocidad o la heterodoxia del mismo.

El padre De Souza sostiene además que el prof. John Paul Meenan, de LifeSiteNews (aquí) ha demostrado «las debilidades de la argumentación del arzobispo Viganò y sus errores teológicos». Dejo al prof. Meenan la carga de refutar mis intervenciones sobre la base de lo que yo afirmo, no de cuanto no digo pero que voluntariamente se quiere tergiversar. También aquí, cuánta indulgencia se otorga a los documentos del Concilio, y cuán implacable severidad para quien evidencia las deficiencias de aquéllos, hasta el punto de insinuar sospechas de donatismo.

Por lo que se refiere a la famosa hermenéutica de la continuidad, me parece que es evidente que la misma es y sigue siendo una tentativa – quizás inspirada por una visión un poco kantiana de los acontecimientos de la Iglesia – para conciliar un preconcilio y un postconcilio como nunca fue necesario realizar anteriormente. La hermenéutica de la continuidad obviamente es válida y debe seguirse en el interior del discurso católico: en lenguaje teológico se denomina analogia fidei y es uno de los principios fundamentales a los que debe atenerse el estudioso de las ciencias sagradas. Pero aplicar este criterio a un hapax que incluso sobre su equivocidad ha llegado a decir o a sobreentender lo que por el contrario debería condenar abiertamente no tiene sentido, porque presupone como postulado que existe una coherencia real entre el Magisterio de la Iglesia y el “magisterio” en sentido contrario que se enseña hoy en las Academias y en las Universidades pontificias, en las cátedras episcopales y en los seminarios y que es predicado en los púlpitos. Pero mientras es ontológicamente necesario que toda la Verdad sea coherente consigo misma, no es posible al mismo tiempo menoscabar el principio de no contradicción, según el cual dos proposiciones que se excluyen entre sí no pueden ser ambas verdaderas. Por tanto, no cabe ninguna “hermenéutica de la continuidad” entre sostener la necesidad de la Iglesia Católica para la salvación eterna y al mismo tiempo cuanto afirma la declaración de Abu Dabi, que se alinea en continuidad con la enseñanza conciliar. Por tanto, no es cierto que refuto la hermenéutica en sí, sino sólo cuando no puede ser aplicada a un contexto claramente heterogéneo. Pero si esta observación mía se revelase infundada, y se demostrasen sus deficiencias, yo mismo estaría encantado de repudiarla.

Al final de su artículo, el padre De Souza pregunta provocativamente: «Sacerdote, miembro de la curia, diplomático, nuncio, administrador, reformador, informador. ¿Es posible que, al fin, a dicha lista se deba añadir también hereje y cismático?» No deseo responder a expresiones insultantes y gravemente ofensivas del padre Raymond KM, ciertamente no en consonancia con las de un Caballero… Me limito a preguntarle: ¿A cuántos Cardenales y Obispos progresistas resultaría superfluo interponer la misma pregunta, sabiendo ya que la respuesta es tristemente positiva? Quizás, antes de presuponer cismas y herejías donde no las hay, sería oportuno y más útil combatir el error y la división donde anidan y proliferan desde hace décadas.

Sancte Pie X, ora pro nobis!

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

San Pío X, Papa y Confesor

En Duc in altum el debate sobre el Concilio Vaticano II se ha desplegado hasta el momento a través de las siguientes intervenciones:

Carlo Maria Viganò, Excurso sobre el Vaticano II y sus consecuencias, 10 de junio de 2020

Aldo Maria Valli, El Concilio Vaticano II y los orígenes del descarrilamiento, 14 de junio de 2020




Aldo Maria Valli, El Vaticano II y ese error fatal, julio de 2020

Serafino Maria Lanzetta, El Vaticano II y el Calvario de la Iglesia, 13 de julio de 2020

Alfredo Maria Morselli, “El Concilio no es la causa de todos los males”, 14 de julio de 2020





Cooperatores Veritatis, Vaticano II / Por qué no llegó la primavera sino un crudo invierno, 31 de julio de 2020



De Mattei replica al cardenal Zen, 9 de agosto de 2020