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miércoles, 22 de abril de 2026

San Jorge, patrono de las victorias cristianas




En su libro Fisonomías de santos, el autor francés Ernest Hello describe a San Jorge como uno de los canonizados más ilustres y olvidados hoy en día. Hello escribió su libro en 1879; hoy, San Jorge no sólo está olvidado, sino que desde el Concilio la Iglesia ha relegado además su memoria dando un carácter facultativo a su festividad. Tal vez ello obedezca a que San Jorge es el santo guerrero por excelencia, la antítesis del modelo pacifista del católico hoy imperante.

Probablemente, San Jorge nació en Capadocia entre 275 y 285 y murió martirizado en Nicomedia hacia el año 303. Era hijo de cristianos: su padre Geroncio, era de origen persa, y la madre Policromia, capadocia. Fue educado en la Fe y se crió en la disciplina y temor de Dios. A los diecisiete años abrazó la vida militar en tiempos del emperador Diocleciano. Se distinguió por su valor y rectitud, y llegó a ser tribunus militum; esto es, oficial de alta graduación en el ejército romano.

En el año 303, aquel en que más arreciaba la persecución desatada por Diocleciano, Jorge se presentó ante el emperador y tuvo la osadía de amonestarlo, confesando que era cristiano. Fue torturado de todas las maneras posibles, pero no por ello apostató de su fe. Lo azotaron hasta dejarle los huesos al descubierto, lo arrojaron en un foso lleno de fuego y le pusieron en los pies una especie de calzado calentado al rojo vivo, pero Jorge no se rendía a pesar de los padecimientos. Varias veces lo dieron por muerto, pero Jorge se recuperaba milagrosamente convirtiendo a testigos y soldados, entre ellos el comandante Anatolio. Incluso la emperatriz Alejandra, impactada por su fe, abrazó el cristianismo y padeció el martirio. Al final, el oficial cristiano pidió que lo llevaran al templo donde se adoraba a los dioses. Diocleciano creyó que por fin había cedido. Pero Jorge, se volvió hacia el ídolo y, tras hacer la señal de la Cruz, le preguntó: «¿Quieres que te ofrezca sacrificios como a Dios?» El Demonio, constreñido a responder, contestó: «No soy Dios. No hay otro dios que el que tú predicas». Entonces cayeron pulverizados los ídolos del templo. Al punto el Emperador dio la orden decapitar al soldado cristiano. Ese fue el destino de muchos mártires en aquel tiempo. El Señor los ayudó a sobrevivir a suplicios inauditos y no permitió que muriesen sino por decapitación.

San Jorge pasó a la historia como megalomártir; o sea, gran testigo de la Fe, y es venerado sobre todo en Oriente. Eso sí, es conocido por otro episodio, que nos ha llegado a través de la Leyenda áurea de Santiago de la Vorágine, que es un compilación medieval de testimonios históricos, no de leyendas. En los aledaños de la ciudad de Silena (Libia) un monstruo temible que habitaba en un lago aterrorizaba a la población abalanzándose sobre animales y hombres. Trataron de aplacarlo echándole dos ovejas cada día, pero no tardaron en despoblarse los rebaños y se consultó al oráculo. Éste respondió que para saciarlo era necesario servirle víctimas humanas escogidas mediante sorteo. La historia no es inverosímil. Los oráculos paganos, inspirados por el Demonio, solían pedir sacrificios humanos para aplacar a los dioses, y sólo el cristianismo acabó con esta infernal costumbre. Un día le tocó en suerte a la hija del Rey. El soberano se negó a entregar a su hija, pero el pueblo empezó a sublevarse y rodeó el palacio amenazando a la familia real. Entonces el monarca cedió y entregó a su hija a la multitud para que la sacrificase al dragón. A la orilla del lago, la joven esperaba a que llegara su hora. En ese momento apareció un caballero cristiano que la tranquilizó exhortándola a confiar en el nombre de Cristo. Cuando el dragón emergió de las aguas, Jorge, sobre su montura, le plantó cara en el nombre del Señor y lo atravesó con su lanza. A continuación, llevó el monstruo herido a la ciudad y prometió matarlo si el pueblo se convertía. El Rey se bautizó, y junto con él lo hicieron otros veinte mil hombres, sin contar mujeres y niños. Jorge rechazó toda recompensa y prosiguió rumbo a su destino, que habría de ser el martirio.

El dato más antiguo y fiable que conserva la memoria cristiana de San Jorge fue su muerte por orden de Diocleciano. A pesar de ello, la imagen que pervive por todas partes del santo capadocio, desde los iconos bizantinos a la pintura renacentista pasando por los frescos medievales, es la del caballero que traspasa al dragón. Escena que, más allá de su historicidad, posee un valor simbólico. El dragón nos recuerda que existen enemigos, no sólo de las personas, sino de la sociedad humana. Tras la analogía del dragón podemos entrever la revolución anticristiana que desde hace siglos ataca la civilización cristiana. San Jorge es el cristiano, o el grupo de cristianos que armados de fe combaten y exterminan al enemigo.

La crítica histórica pondrá en duda la lucha de San Jorge contra el dragón, pero hay otro episodio transmitido a través de testimonios que no puede ser negado. El 15 de julio de 1099, durante la Primera Cruzada, proclamada por el bienaventurado Urbano II, cuando los cruzados llegaron a las puertas de Jerusalén, se les apareció San Jorge ataviado con una armadura blanca sobre la que relucía la roja cruz, el cual hizo señas a los cristianos para que lo siguieran sin miedo hasta la victoria*. Lo mismo sucedió en la batalla de Antioquía. Desde entonces, San Jorge no es sólo patrón del combate, sino también del triunfo sobre el enemigo, y como tal se lo ha invocado durante siglos.

La devoción a San Jorge revistió una importancia particular en la república de Génova, cuyo estandarte –cruz roja sobre campo blanco– se convirtió en símbolo del santo. El grito de «¡Génova y San Jorge!» acompañaba a los combatientes en las batallas. Venecia también lo veneró, algo menos que a San Marcos, como protector. Pero ninguna provincia del mundo católico superó a Inglaterra en devoción a este santo, allí venerado desde los siglos IX y X. Un concilio nacional celebrado en Oxford en 1222 dispuso que la fiesta para honrar a tan gran mártir como protector del pueblo inglés fuese de precepto en todo el país. Las ciudades y municipios italianos que tienen por patrono a San Jorge superan el centenar. En la iglesia romana de San Jorge en Velabro se conserva el cráneo del santo, que fue llevado a la Ciudad Eterna desde Oriente en el siglo VIII.

La festividad litúrgica de San Jorge se celebra el 23 de abril, día en que nació a la vida del Cielo. En Georgia, país que lleva su nombre, se lo venera también con singular solemnidad el 23 de noviembre.

En la actualidad necesitamos la protección de San Jorge. Debemos invocarlo para que infunda espíritu combativo y conduzca a la victoria a cuantos tienen el deber y la vocación de defender al pueblo cristiano de sus enemigos.

(* N. del T.: ¿Cómo no acordarse de las apariciones del apóstol Santiago en la Reconquista de España y la conquista de América? Menos conocida es la leyenda de que San Jorge se apareció montado a caballo a las tropas cristianas en la batalla de Alcoraz en 1096 y ayudó a derrotar a los musulmanes, y también en la reconquista de Mallorca.)

Hay cosas que no deben tocarse



Raúl Murcia, miembro del equipo de Terra Ignota que participó en la realización del documental sobre el Valle de los Caídos, comparte esta carta con motivo de la manifestación convocada para esta tarde, a las 18:00 horas, frente a la sede de la Conferencia Episcopal Española, en defensa de la inviolabilidad de la Basílica y en apoyo a la comunidad benedictina del Valle

No soy ateo, pero tampoco un creyente al uso. No voy a misa los domingos ni me confieso una vez al año, como manda la tradición. Mi relación con la religión es más bien distante.

Pero hay cosas que uno reconoce aunque no las practique. Porque no hace falta creer para darse cuenta de que hay lugares que tienen un significado especial.

Esa fue mi primera sensación al llegar.

El Valle de los Caídos nunca me había llamado especialmente la atención. Una gran Cruz, eso sí, que veía a lo lejos en cada viaje de vuelta a casa por la A-6. Mirarla, saludarla con respeto y hasta la próxima.

Aquel día, cuando por fin pudimos agarrar las cámaras y empezar a rodar nuestro documental sobre el Valle, no me impresionó la entrada. Subí la pista más preocupado por no salirme, con la niebla con la que habíamos amanecido. Y una vez arriba, aquello me pareció un patio de armas más. Muy grande, eso sí, pero uno más.

Sólo cuando miré hacia arriba y vi la Cruz, imponente, me di cuenta de que estaba en uno de esos lugares diferentes. Y sólo después de conocer a los monjes pude entender su significado.

Hay algo en esos lugares que impone respeto. No es cuestión de ideas ni de ideología. Es una sensación básica: uno entra y sabe que no está en un sitio cualquiera.

Por eso choca tanto la idea de que un templo pueda convertirse en un espacio donde se introduzcan lecturas políticas o ajustes revanchistas sobre el pasado. No porque el pasado no deba discutirse, sino porque hay sitios donde no es apropiado hacerlo.

De ahí mi gran desconcierto por el acuerdo firmado por el cardenal Cobo con el ministro Bolaños.

Más allá de explicaciones técnicas o de quién tiene o no tiene competencia, lo que se percibe desde fuera es algo más simple: se ha tomado una decisión sobre un sitio que no parece del todo suyo. Y se ha tomado sin contar con quienes viven allí, con quienes entienden perfectamente lo que es y, además, sin dar demasiadas explicaciones.

Si se tratara de un museo o de un edificio público, la cosa ya sería discutible. Pero una basílica no es lo mismo. No lo es ni siquiera para quien no pisa una iglesia desde hace años.

No todo vale en todas partes. Y desde luego, no todo vale dentro de una basílica.

Esta semana, el presidente de la Conferencia Episcopal ha invitado al Gobierno y a los monjes del Valle a alcanzar “un acuerdo razonable y satisfactorio para ambas partes” que sea “un testimonio de que es posible superar la polarización y encontrar vías de encuentro”.

Conviene decir tres cosas al respecto. Las tres, en positivo. Y las tres, con contundencia y sin rodeos.

La primera. Recibo con agrado esa petición, precisamente porque significa, de facto, que lo firmado por el cardenal Cobo no tiene ningún valor.

Gracias, señores obispos, por escuchar a quien se deben: sus fieles.

Unos fieles preocupados durante tantos meses al ver cómo se iba a profanar un templo sagrado y que nadie parecía hacer nada por evitarlo.

Si la Conferencia Episcopal pide ahora un nuevo acuerdo, es porque el anterior no era el camino.

No hace falta añadir más. El gesto habla por sí solo y hay que agradecerlo.

La segunda. Ese nuevo acuerdo “satisfactorio” entre los monjes y el Gobierno no será posible sin una condición previa e innegociable: la inviolabilidad de la basílica.

Un acuerdo puede negociar muchas cosas. Pero hay algo que no está sobre la mesa.

Un templo consagrado no se resignifica. Una basílica no se somete a lectura política.

Lo sagrado, por definición, está fuera de lo que una negociación entre partes puede tocar.

Si eso no se garantiza, por mucho que alguien lo firme y por muchos actos solemnes que se organicen para bendecirlo, no habrá acuerdo.

Y allí estaremos de nuevo para defenderlo si fuera necesario.

La tercera. Pedimos a la Conferencia Episcopal que se pronuncie con claridad y que apoye sin fisuras a los monjes en su defensa de la sacralidad de la basílica.

Lo pedimos con respeto, pero sin rodeos. Porque el cariño a los pastores no se demuestra callando; se demuestra diciéndoles lo que es necesario decirles.

Los monjes no pueden quedarse solos en esto, contra lo que tienen enfrente. Una comunidad benedictina, por muy recia que sea, no puede pelear sola contra el aparato del Estado.

Y nosotros —los de misa de doce y los que no vamos tanto— necesitamos ver a su Iglesia detrás de ellos, hablando claro.

La Iglesia no está para entrar en discusiones políticas, y estoy de acuerdo. Pero tampoco puede caer en una cautela excesiva, hasta el punto de parecerse demasiado al miedo, al silencio y después a la complacencia.

No parece tan complicado.

Se trata de defender sus ritos, sus lugares sagrados y a sus fieles. Con tanta contundencia como la prudencia que siempre tuvo. Más aún cuando tiene enfrente a quien tiene.

Porque no nos engañemos: lo que está en juego no es sólo el Valle.

Si la naturaleza sagrada de un templo puede pactarse, habrá quedado abierta una puerta por la que mañana podrá entrar hasta el mismísimo Belcebú.

Hoy es el Valle. Mañana puede ser la Basílica del Pilar, que precisamente por ser su patrona Capitana General no les faltará interés en gestionarla y resignificarla “en aras de un supuesto valor democrático”, desposeyéndola de su verdadera razón de ser: dar consuelo a todo aquel que quiera, cuando pasa por Zaragoza. Podrá ser Covadonga. El Escorial. Puede ser Montserrat. Cualquier templo con carga simbólica que a alguien, en algún despacho, le estorbe. O podría ser entrar a legislar las centenarias normas de cualquier hermandad.

Lo que hoy se calla, mañana se firma. Y lo que mañana se firma, pasado se da por bueno.

Por eso importa tanto, y ahora, que esto se haga bien. Porque lo que aquí se resuelva marcará lo que venga después. Y porque el tiempo juega a favor de quienes quieren tocar lo que no se debe tocar.

El Valle de los Caídos es uno de esos lugares donde se cruzan muchas cosas.

Hay historia. Hay religión. Hay un cementerio sagrado donde reposan los caídos en una guerra civil que sufrieron todos nuestros mayores. Hay un centenar de beatos que murieron por amor a Jesús, perdonando a sus matarifes.

Pero también hay algo más que no se explica tan fácilmente: el ámbito de lo sagrado.

Reducirlo todo a un problema de gestión o de uso es quedarse muy corto. Y, siendo honestos, tratar de reducirlo así no es un descuido: es una estrategia.

En pocas semanas, el Papa visitará España.

Antes de eso, la próxima reunión de los obispos es una ocasión inmejorable para pronunciarse con claridad y dejar las cosas en su sitio.

Los muy fieles necesitan consuelo y refugio de sus pastores en tiempos de desasosiego. Y los que no lo somos tanto necesitamos ver que aquello por lo que también luchamos, aunque sea desde un plano más alejado, sigue vivo.

Basta con hablar claro. Y eso es lo que pedimos. Que la Conferencia Episcopal Española marque la línea roja de defender lo sagrado y la defienda no ya a nivel competencial o judicial, que para eso ya están los abogados, sino donde lo tiene que defender.

Por eso, este miércoles a las seis de la tarde, muchos estaremos ante la Conferencia Episcopal en una concentración convocada por una asociación vallisoletana, PATRIAM, ya que, como decíamos, no es sólo cosa de fieles ni de madrileños. Esta es una causa que nos afecta a todos.

No para enfrentarnos a nadie. Y mucho menos para señalar a nuestros pastores.

Estaremos para acompañar. Para arropar. Para aconsejar. Para pedirles, con respeto pero sin medias tintas, que hagan lo que les toca hacer: apoyar a los monjes, defender la inviolabilidad de la basílica y decir alto y claro que un templo no se toca.

Y estaremos también porque el silencio, a estas alturas, ya no es neutral. El silencio ya juega. Y juega a favor de quien no debería.

Allí estaremos los que van a misa y los que no vamos tanto. Los muy creyentes y los que, como yo, reconocemos desde fuera que hay cosas que merecen defenderse.

Porque esto no va sólo de creyentes.

Va de algo más sencillo y más serio: va de respetar lo que tiene un significado especial para tanta gente. Y de no permitir que se convierta, poco a poco y acuerdo a acuerdo, en otra cosa distinta.

Porque aunque uno no sea muy religioso, hay algo que se entiende sin necesidad de explicaciones: que hay cosas que no deben tocarse.

Raúl Murcia, “Pirata”

No es tiempo de tibios y cobardes, es la hora de los mártires


En esta imagen fija de un video difundido en redes sociales el 15 de febrero de 2015, militantes del Estado Islámico se preparan para decapitar a 21 cristianos egipcios en una playa cercana a Trípoli, Libia. En un mensaje de video del 15 de febrero de 2021, con motivo del Día de los Mártires Contemporáneos, el Papa Francisco rindió homenaje a los 21 cristianos coptos decapitados en la playa de Libia en 2015. (Foto de CNS/Redes sociales vía Reuters TV)

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La historia de la humanidad no se explica solo mediante conquistas territoriales o avances tecnológicos; existe una crónica paralela escrita con una tinta indeleble: la sangre de los mártires. Hoy, esta historia alcanza un clímax estremecedor, pues el siglo XXI se ha consolidado como la era de mayor persecución contra los cristianos en la historia. En vastas regiones de África y Asia, el odio se traduce en masacres sistemáticas, aldeas arrasadas y una cifra de cristianos asesinados que supera cualquier registro precedente; es el martirio de la espada que busca el exterminio físico.

Mientras tanto, en un Occidente que presume de tolerancia, la violencia muta hacia un ‘asesinato del alma’ ejecutado mediante la cultura de la cancelación. Aquí, la persecución no busca el cuerpo, sino la muerte civil del individuo, imponiendo un destierro social que asfixia la conciencia y criminaliza la coherencia.

Frente a este asedio dual —el del acero en el Este y el del silencio forzado en el Oeste—, miles de hombres y mujeres se erigen como los mártires del siglo XXI. Su sacrificio nos recuerda que ser mártir no es buscar la muerte, sino amar tanto la Verdad que se prefiere el sacrificio antes que claudicar ante la mentira.

El choque inevitable: El César frente a Dios

Desde los albores del cristianismo, el poder político ha intentado colonizar la conciencia humana. El Estado, sea bajo la forma de un imperio romano, una tiranía o una dictadura comunista moderna, tiende por naturaleza a la expansión total. Quiere no solo el tributo, sino la adoración. El conflicto surge cuando el cristiano pronuncia la frase que hace temblar a los tiranos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

Esta coherencia no es una rebeldía caprichosa, sino el ejercicio de la soberanía del espíritu. Cuando San Juan Bautista denunció a Herodes Antipas, no lo hizo por una cuestión de partidos políticos, sino porque la verdad moral no admite excepciones para los poderosos. Herodes podía poseer el cuerpo de Juan y su cabeza en una bandeja, pero nunca pudo poseer su silencio. Ese es el primer gran triunfo del mártir: demostrar que el poder es finito.

Modelos de resistencia: El precio de la coherencia

El martirio ha tomado muchas formas a lo largo de los siglos, pero siempre ha mantenido la misma esencia: la fidelidad a una jerarquía de valores donde la fe ocupa la cima.

En la Inglaterra del siglo XVI, San Tomás Moro personificó al intelectual y político que lo tenía todo: fama, riqueza y el favor del rey Enrique VIII. Sin embargo, cuando el monarca exigió una lealtad que implicaba romper con la unidad de la Iglesia, Moro eligió el cadalso. Su coherencia no fue un acto de soberbia, sino de humildad ante la verdad. «Muero como buen servidor del Rey, pero primero de Dios», dijo antes de ser decapitado. Moro nos enseña que la política sin conciencia es simplemente tiranía.

No podemos olvidar que esta resistencia se ha fraguado también frente al materialismo ateo de las dictaduras comunistas, donde el Estado se autoproclamó dios. Desde los gulags soviéticos hasta los campos de reeducación en Asia, miles de mártires sufrieron torturas y ejecuciones por negarse a sustituir a Cristo por el Partido. Figuras como el cardenal Stepinac en Yugoslavia o los innumerables sacerdotes y laicos aniquilados por el comunismo en Europa del Este y China, son el testimonio de que el espíritu humano es inquebrantable ante la ingeniería social y el terror ideológico. Su sacrificio desnudó la mentira de un sistema que prometía el paraíso en la tierra mientras convertía el mundo en una inmensa ergástula para los creyentes.

La mujer ha tenido un papel protagonista en esta batalla cultural y espiritual. Desde la joven Santa Eulalia de Mérida, que en la Hispania romana se enfrentó al gobernador Daciano para denunciar la injusticia de las leyes contra los cristianos, hasta Santa Edith Stein en el siglo XX. No podemos olvidar a San Maximiliano Kolbe, quien en el mismo Auschwitz cambió su vida por la de un padre de familia; Kolbe, con su gesto, devolvió la humanidad a todo el campo de concentración. Demostró que ni siquiera el hambre o el gas pueden extinguir la caridad.

Los mártires anónimos: La semilla en los márgenes

Más allá de los nombres inscritos en letras de oro en el santoral, existe una legión de mártires anónimos que hoy, mientras se escriben estas líneas, siguen regando la tierra con su sangre. La persecución no es un eco del Coliseo; es una realidad diaria en pleno siglo XXI.

En Nigeria y otras partes del África subsahariana, miles de cristianos son masacrados cada año por grupos islamistas yihadistas. No son figuras públicas, son campesinos, niños y familias que acuden a misa sabiendo que su templo puede convertirse en su tumba. Su pecado es el mismo que el de los primeros cristianos: no renunciar al nombre de Cristo. Su silencio ante el mundo es compensado por su testimonio ante la historia.

En nuestra propia patria, la Guerra Civil Española dejó miles de mártires que perdonaron a sus verdugos del terror rojo mientras morían por su fe. No fueron combatientes políticos, sino sacerdotes, monjas y laicos cuya única «arma» fue un crucifijo o un rosario. Su sacrificio es el cimiento de una reserva espiritual que hoy más que nunca debemos rescatar. Del mismo modo, la epopeya de los Cristeros en México, al grito de «¡Viva Cristo Rey!», nos recuerda que cuando el Estado intenta prohibir la fe, el pueblo tiene el derecho y el deber de defender su alma.

¿Merece la pena? El martirio en la era del nihilismo y la persecución

Muchos hoy se preguntan: ¿merece la pena perder la vida, la carrera o el prestigio por una creencia? La respuesta del mártir es un sí rotundo. El martirio es el antídoto contra el nihilismo. En una sociedad que no cree en nada, el que está dispuesto a morir por algo demuestra que la vida tiene un sentido trascendente.

La coherencia de estos santos nos interpela en nuestros propios desiertos cotidianos. Quizás hoy en Occidente no nos pidan, por ahora, que pongamos el cuello en el bloque del verdugo, pero se nos pide el «martirio de guante blanco»: el rechazo al ostracismo social, a la pérdida del empleo por no plegarse a las ideologías de moda, o al escarnio público por defender la fe, la familia, la vida y la libertad, en definitiva, la Verdad.

El mártir es el hombre más libre del mundo porque ha perdido el miedo. Y el poder político, especialmente el que tiene tintes tiránicos o globalistas, se alimenta precisamente del miedo. Un ciudadano que no teme las consecuencias de decir la verdad es un ciudadano que el sistema no puede controlar.
Una llamada a la vigilancia

En estos momentos de incertidumbre, donde las libertades se erosionan, la memoria de los mártires es nuestra mejor brújula. Nos recuerdan que somos herederos de una estirpe de valientes que no se doblaron ante el César.

Que la sangre de los cristianos de Nigeria, la firmeza de Tomás Moro y la fe de los mártires de la persecución religiosa en España nos inspiren para vivir con coherencia. Porque una fe que no está dispuesta a sufrir por la Verdad es solo una opinión. Pero una fe que se mantiene firme hasta el final, es la luz que termina por disipar todas las tinieblas del poder.

La historia sigue escribiéndose y no admite medias tintas. En un mundo que agoniza y que se encuentra en época de «gran tribulación» no es tiempo de tibios y cobardes, es la hora de los mártires, de aquellos capaces de sostener el peso de la Fe y la Verdad sobre sus hombros, sin importar el precio. Hoy nos toca a nosotros decidir si queremos ser meros espectadores o testigos coherentes de la única Verdad que nos hace libres.

martes, 21 de abril de 2026

Los enemigos de la Iglesia Católica se están alimentando de los “frutos” del Concilio Vaticano II.



Es nuestra traducción de Remnant . Durante 60 años, se les ha dicho a los católicos que no juzguen al Concilio Vaticano II por sus consecuencias... pero ¿y si el experimento "pastoral" está produciendo precisamente la confusión sobre la que los críticos han advertido desde el primer día? 

Esta poderosa exposición traza el camino de las ambigüedades del Vaticano II: Falso ecumenismo, colapso doctrinal, caos sinodal. 

¿Acaso los enemigos de la Iglesia esperaban estos "frutos" desde el principio?
Sesenta años después, los católicos ya no pueden ignorar las nefastas consecuencias del Concilio Vaticano II. Robert Morrison analiza cómo la ambigüedad, el falso ecumenismo y la trayectoria postconciliar de Roma han alimentado la confusión, debilitado la identidad católica y envalentonado a los enemigos de la Iglesia.
Uno de los aspectos más importantes del Concilio Vaticano II, en el que coinciden tanto sus partidarios como sus críticos, es su enfoque "pastoral". Pablo VI lo dejó claro en varias ocasiones, incluso durante la audiencia general del 6 de agosto de 1975:
“A diferencia de otros concilios, este no era de carácter dogmático, sino más bien disciplinario y pastoral.”
De las palabras de Pablo VI se desprende claramente que el Concilio Vaticano II se distingue de los demás por no ser directamente dogmático. Sus palabras también sugieren que existe una distinción real entre un enfoque dogmático y uno pastoral. Sin embargo, como escribió el profesor Roberto de Mattei en Apologia della Tradizione , no existe una tensión real entre los objetivos pastorales y dogmáticos.
No existe ni debería existir contradicción alguna entre pastoral y dogmático, como si los Concilios de Nicea, Trento o Vaticano I hubieran sido puramente dogmáticos y no pastorales. ¿Qué quiso decir, entonces, el Concilio Vaticano II al autodenominarse pastoral? Ni más ni menos que lo que proclamó Juan XXIII en su discurso inaugural, Gaudet Mater Ecclesia, el 11 de octubre de 1962. El Concilio no se había convocado para condenar errores ni para formular nuevos dogmas, sino para proponer, con un nuevo lenguaje, «las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina». Esto era teóricamente legítimo, y por eso muchos conservadores participaron con entusiasmo en la iniciativa del Papa. (p. 108)
En teoría, era legítimo querer expresar las verdades de la fe católica de una manera más comprensible y atractiva tanto para los católicos laicos como para los no católicos que pudieran sentirse atraídos por la Iglesia. Sin embargo, el profesor de Mattei procedió a describir lo que realmente estaba sucediendo:
En realidad, lo que ha ocurrido es que la «primacía» joánica del ministerio pastoral se ha interpretado de forma similar a las categorías marxistas de la «primacía de la praxis». La dimensión pastoral, en sí misma accidental y secundaria a la doctrinal, se ha convertido en la prioridad absoluta, generando una revolución no tanto en el contenido como en el estilo, el lenguaje y la mentalidad. Esto se ha manifestado en la redacción de documentos ambiguos y ambivalentes, que pueden leerse tanto en continuidad como en discontinuidad con la Tradición. Incluso quienes aceptan o proponen la «hermenéutica de la continuidad» —es decir, quienes defienden la posibilidad o la necesidad de leer los documentos conciliares a la luz de la Tradición— deben admitir, no obstante, que la ambigüedad hermenéutica no es una virtud, sino una limitación de los documentos conciliares. (p. 108)
Es evidente que existe un problema en la medida en que las ambigüedades de los documentos conciliares podrían interpretarse como una contradicción a la doctrina católica inmutable, y hasta los defensores más fervientes del Concilio Vaticano II lo admiten. Sin embargo, dejando de lado la cuestión de si los documentos conciliares pueden interpretarse como una incitación al error (un tema ampliamente debatido durante décadas), podemos identificar algunos problemas quizás más apremiantes: primero, como ha argumentado el profesor de Mattei, el problema de la ambigüedad; segundo, la necesidad de evaluar los resultados pastorales del Concilio; y tercero, la continuidad del enfoque pastoral del Concilio.

El problema de la ambigüedad

La encíclica de León XIII de 1899 sobre el americanismo, Testem Benevolentiae , contiene algunas de las descripciones más elocuentes de por qué la verdad católica debe enunciarse de forma clara y exhaustiva, en lugar de ambigua:
«El principio fundamental de estas nuevas opiniones [de los obispos] es que, para atraer más fácilmente a quienes discrepan con ella, la Iglesia debería adaptar su enseñanza al espíritu de los tiempos, suavizar parte de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a las nuevas opiniones… Sostienen que sería conveniente, para ganar a quienes discrepan con nosotros, omitir algunos puntos de su enseñanza que son de menor importancia y atenuar el significado que la Iglesia siempre les ha atribuido. No hacen falta muchas palabras, hijo mío, para demostrar la falsedad de estas ideas si recordamos la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano II dice al respecto: “Porque la doctrina de la fe que Dios ha revelado no fue propuesta como una invención filosófica para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que fue entregada como depósito divino a la Esposa de Cristo para ser fielmente custodiada e infaliblemente proclamada”». Por lo tanto, el significado de los dogmas sagrados debe conservarse para siempre, el cual nuestra Santa Madre, la Iglesia, como ya ha declarado, jamás debe abandonarse bajo el pretexto de una comprensión más profunda. – Constitución de la Fe Católica, Capítulo IV. No podemos considerar completamente inocente el silencio que lleva a la omisión o negligencia deliberada de ciertos principios de la doctrina cristiana, puesto que todos los principios provienen del mismo Autor y Maestro, «el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre». – Juan 1:18. . . . Que a nadie se le ocurra suprimir por ningún motivo una doctrina que ha sido transmitida. Tal política tendería más bien a separar a los católicos de la Iglesia que a acoger a quienes disienten. Nada es más importante para nosotros que traer de vuelta a Cristo a quienes se han separado de su rebaño, pero solo por el camino indicado por Cristo mismo.
Al igual que otros papas anteriores al Concilio Vaticano II, León XIV comprendió sin duda los argumentos para suavizar u ocultar algunas verdades incómodas de la fe católica. Sin embargo, denunció la idea de que «la Iglesia deba adaptar sus enseñanzas al espíritu de la época, atenuando parte de su antigua severidad y haciendo concesiones a las nuevas opiniones».

De las palabras de León XIII se desprende claramente que se debe buscar la claridad y la precisión y, por consiguiente, evitar la ambigüedad. Como él mismo explicó, suprimir u oscurecer la verdad católica tiende a alejar a los católicos de la Iglesia. Esto sucede incluso cuando los pasajes ambiguos no se prestan a interpretaciones heréticas. Por lo tanto, promover la ambigüedad en las enseñanzas de la Iglesia nunca es un objetivo pastoral legítimo. Siempre que la doctrina católica establecida se vuelve ambigua, el resultado pastoral es debilitar la fe católica y alejar a las almas de la Iglesia.

La necesidad de evaluar las consecuencias pastorales del Concilio

En un ensayo de 1967 de su obra En defensa de la misa romana, el padre Raymond Dulac argumentó que deberíamos evaluar las “reformas” litúrgicas resultantes del Concilio Vaticano II en función de sus consecuencias:
«En realidad, puesto que este Concilio, y especialmente esta reforma [litúrgica], tenían un carácter esencialmente “pastoral”, al realizar nuestro análisis nos vimos obligados a no separar los actos oficiales de las circunstancias históricas (previsibles o no) que los acompañaron. En efecto, para ser correctamente valorada desde un punto de vista pastoral, toda decisión humana debe considerarse no solo en sí misma, sino también en sus consecuencias reales, incluso aquellas no intencionadas y abusivas. El líder debe preverlas antes de promulgar su ley.» (p. 54)
Si bien discrepo de la idea de que deban tenerse en cuenta las consecuencias «abusivas» y verdaderamente imprevisibles al evaluar una iniciativa pastoral, el razonamiento del padre Dulac me parece totalmente razonable y sólido. Esto, por supuesto, es similar a juzgar un árbol por sus frutos, como nos enseñó Nuestro Señor (Mateo 7:16-20). Evaluar el Concilio Vaticano II por sus frutos pastorales resulta particularmente oportuno, dado que el arzobispo Marcel Lefebvre intervino en el Concilio para eliminar la ambigüedad que se promovía en nombre del propósito pastoral.
La ambigüedad de este Concilio se hizo evidente desde las primeras sesiones. ¿Cuál era el propósito de nuestra reunión? Si bien el discurso del Papa Juan XXIII había insinuado la dirección que pretendía dar al Concilio, a saber, una declaración doctrinal pastoral (discurso del 11 de octubre de 1962), la ambigüedad persistió, y a través de las intervenciones y los debates se percibía la dificultad de comprender el verdadero objetivo del Concilio. Esta fue la razón de mi propuesta del 17 de noviembre… Esta podría haber sido la oportunidad de ofrecer una definición más clara del carácter pastoral del Concilio. Sin embargo, la propuesta encontró una fuerte oposición: «El Concilio no es dogmático, sino pastoral; no buscamos definir nuevos dogmas, sino presentar la verdad de manera pastoral». (¡Acuso al Concilio!, pp. 3-4)
Así pues, la propuesta del arzobispo Lefebvre de redactar dos conjuntos de documentos —uno más dogmático, dirigido a teólogos, y otro de tono más pastoral— fue rechazada. Si bien aún no podía prever con exactitud los peligros de las ambigüedades promovidas en nombre de la orientación pastoral del Concilio, ya comprendía que tal enfoque era sumamente problemático. Trágicamente, los artífices del Concilio no deseaban la precisión teológica que el arzobispo Lefebvre buscaba promover, la cual simplemente coincide con la santa sabiduría de León XIII citada anteriormente. En cambio, querían que el Concilio alcanzara objetivos pastorales que se verían comprometidos por una presentación inequívoca de la verdad católica. No hay forma lógica de evitar esta conclusión.

Por lo tanto, debemos evaluar los frutos pastorales que surgieron tras el Concilio. Una de las descripciones más significativas de estos frutos proviene de Frank Sheed, en su libro "¿Es la misma Iglesia?", de 1968, tres años después de la conclusión del Concilio:
Imaginen cómo se sentiría un católico, náufrago en una isla desierta en 1958 y recién regresando a casa. Sus amigos católicos lo acogen en sus hogares. En cada uno de ellos encuentra conversaciones que escapan a su comprensión. Giran, a veces acaloradamente, en torno a dos palabras que no significan nada para él: ecumenismo y la píldora anticonceptiva. . . . Las semanas siguientes están llenas de trastornos. Le cuesta acostumbrarse al sacerdote frente a la congregación. Y a la misa en inglés, aún más. Recuerda discusiones con protestantes en las que su argumento principal había sido el uso del latín como prueba de la catolicidad de la Iglesia: "un solo idioma en todo el mundo". . . . Dondequiera que mira, el mundo católico que conocía parece haberse puesto patas arriba, y tan rápidamente: después de todo, solo había estado fuera diez años. Oye hablar de sacerdotes que se casan, con otros sacerdotes oficiando la ceremonia. (pp. xi-xii)
Los defensores del Concilio Vaticano II afirman que estos asuntos no tienen nada que ver con él, ya que el Concilio no modificó el dogma, pero esto es un error garrafal. Si releemos las palabras de León XIII citadas anteriormente, extraídas de Testem Benevolentiae , podemos observar que incluso diluir el significado de la doctrina católica tiende a alejar a los católicos de la Iglesia. Sin embargo, el Vaticano II hizo algo más que diluir la doctrina católica: dejó de condenar los errores, aunque no por ello dejó de mencionarlos en sus documentos. Tanto católicos como no católicos comprendieron el mensaje: los errores contrarios a la fe ya no son tan problemáticos. ¿Y nos preguntamos por qué hemos presenciado una proliferación tan inmensa de errores anticatólicos provenientes de supuestas fuentes católicas desde el Concilio?

La trayectoria ininterrumpida de la atención pastoral del Consejo

Finalmente, podemos reflexionar sobre el hecho de que los problemas que Frank Sheed y muchos otros identificaron tras el Concilio Vaticano II generalmente han empeorado desde entonces. En casi todos los demás ámbitos de la vida, cuando las personas competentes se dan cuenta de que han realizado cambios que han tenido consecuencias no deseadas, rectifican. Resuelven los problemas. Pero desde Roma, durante los últimos sesenta años, hemos presenciado precisamente lo contrario: todos los peores frutos se han cultivado cuidadosamente para que se extiendan y se pudran. Tomemos un ejemplo con consecuencias tan profundas que habrían hecho del Concilio un desastre incluso si todo lo demás hubiera sido perfecto: el falso ecumenismo. De hecho, prácticamente toda la labor pastoral del Concilio Vaticano II contribuyó a la labor del falso ecumenismo. Para observar su evolución durante los últimos sesenta años, solo necesitamos considerar cuatro momentos específicos de este período:

Advertencia del Concilio. El obispo servita Giocondo Grotti intervino en el Concilio en defensa de la presentación de la verdad católica sobre la Santísima Virgen María, a pesar de que esto habría disgustado a los protestantes: «¿Consiste el ecumenismo en confesar u ocultar la verdad? ¿Acaso el Concilio debía explicar la doctrina católica o la doctrina de nuestros hermanos separados?… Ocultar la verdad nos perjudica tanto a nosotros como a quienes están separados de nosotros. Nos perjudica porque parecemos hipócritas. Perjudica a quienes están separados de nosotros porque los hace parecer débiles y susceptibles de ofenderse por la verdad». (De «El Rin desemboca en el Tíber», del padre Ralph Wiltgen).

Evaluación de Frank Sheed de 1968. Frank Sheed continuó describiendo la conmoción que sintió en 1968 al presenciar los cambios que siguieron al Concilio Vaticano II: «Y los protestantes. Sabía que los protestantes no debían ir al infierno: recuerda su sorpresa cuando un sacerdote tuvo problemas con las autoridades eclesiásticas precisamente por este asunto. Pero las cosas parecen haber ido mucho más allá mientras él estaba en su isla desierta. Se entera de que, tras la muerte de Juan XXIII, una iglesia episcopal celebró un réquiem en su catedral, y un cardenal envió a su vicario general, y él también habría estado allí si no se hubiera visto obligado a ir a Roma... Recuerda la muerte de su abuelo episcopal y lo que dijo el párroco cuando pidió permiso para asistir al funeral: esa fue la primera vez que oyó la expresión communicatio in sacris ; la oyó al menos veinte veces, no estaba seguro de lo que significaba, pero era indudablemente un pecado mortal». (p. xii)

Valoración del arzobispo Lefebvre en 1986. En su Carta Abierta a los Católicos Confundidos, el arzobispo Lefebvre ofreció la siguiente valoración: «El ecumenismo en sentido estricto, es decir, tal como se practica entre los cristianos, ha motivado celebraciones eucarísticas conjuntas con protestantes, como en Estrasburgo. Se invitó a anglicanos a la catedral de Chartres para celebrar la "Comunión Eucarística". La única celebración no permitida, ni en Chartres, ni en Estrasburgo, ni en Marsella, es la Santa Misa según el rito codificado por San Pío V. ¿Qué conclusión puede sacar un católico de todo esto cuando ve que las autoridades eclesiásticas avalan ceremonias tan escandalosas? Si todas las religiones tienen el mismo valor, bien podría encontrar su salvación con budistas o protestantes. Corre el riesgo de perder la fe en la verdadera Iglesia. Esto es, de hecho, lo que se le está sugiriendo».

Carta del Sínodo de 2021 sobre la sinodalidad. Una carta de 2021 de los cardenales Grech y Hollerich detallaba cómo el Sínodo promueve un falso ecumenismo: «El diálogo entre cristianos de diferentes confesiones, unidos por un solo bautismo, ocupa un lugar especial en el camino sinodal» (Manual Sinodal 5.3.7). En efecto, tanto la sinodalidad como el ecumenismo son procesos de «caminar juntos». En primer lugar, si «una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha» (Papa Francisco, 17 de octubre de 2015), esta escucha debería concierne a la totalidad de aquellos honrados con el nombre de cristiano, puesto que todos los bautizados participan en cierta medida del sensus fidei (cf. Comisión Teológica Internacional, Sensus fidei en la vida de la Iglesia, 56). En segundo lugar, puesto que el ecumenismo puede entenderse como un “intercambio de dones”, uno de los dones que los católicos pueden recibir de otros cristianos es precisamente su experiencia y comprensión de la sinodalidad (cf. Evangelii Gaudium , 246).

Hemos pasado de condenar las iniciativas ecuménicas a ignorar, y mucho menos a preocuparnos, cuando los arquitectos sinodales nos dicen que los protestantes participan del sensus fidei de la Iglesia Católica. A lo largo de este recorrido de falso ecumenismo, ha habido señales de alerta, como la reunión de oración de Asís de 1986. Sin embargo, ante cada indicio de corrupción pastoral, Roma ha seguido alejándose de lo que Pío XI enseñó en su encíclica de 1928 sobre la unidad religiosa, Mortalium Animos , respecto a los precursores del falso ecumenismo actual.
«Ciertamente, tales [reuniones interreligiosas] no pueden ser aprobadas de ninguna manera por los católicos, ya que se fundamentan en esa falsa opinión que considera a todas las religiones más o menos buenas y dignas de alabanza, puesto que todas manifiestan y significan de diferentes maneras ese sentido que es innato en todos nosotros y a través del cual somos conducidos a Dios y al reconocimiento obediente de su dominio. Quienes sostienen esta opinión no solo están equivocados y engañados, sino que, al distorsionar la idea de la verdadera religión, la rechazan y se apartan gradualmente del naturalismo y el ateísmo, como se le llama; de lo cual se deduce claramente que quien apoya a quienes sostienen estas teorías e intenta ponerlas en práctica abandona por completo la religión divinamente revelada. ... Por lo tanto, Venerables Hermanos, es evidente por qué esta Sede Apostólica nunca ha permitido a sus súbditos participar en las asambleas de no católicos: porque la unión de los cristianos solo puede promoverse promoviendo el retorno a la única y verdadera Iglesia de Cristo de aquellos que se han separado de ella, porque en el pasado, lamentablemente, la han abandonado.
Hace casi cien años, Pío XI comprendió perfectamente adónde conduciría el falso ecumenismo. Hoy, nos acercamos al final de ese camino —cuando demasiados obispos han abandonado de hecho la religión divinamente revelada— y Roma no muestra intención alguna de rectificar. La apostasía masiva en el seno de la Iglesia sinodal era, al parecer, el objetivo pastoral deseado por los enemigos del catolicismo. 

Para quienes comparten esta visión, la buena noticia es que el único principio de la Iglesia sinodal que debe creerse absolutamente es que el catolicismo tradicional es rígido, retrógrado y erróneo. Para todos los demás (por pocos que sean), los últimos sesenta años han ofrecido confirmaciones diarias del amor de Dios por su Iglesia, regalándonos la santa sabiduría de los papas anteriores al Concilio Vaticano II, quienes nos enseñaron que no puede haber una auténtica labor pastoral que sacrifique la fe católica en su pureza. Podemos corresponder a ese amor, aunque sea modestamente, adhiriéndonos a las verdades inmutables que Dios ha confiado a su Iglesia, especialmente cuando Roma nos margina por ello

¡Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros!

Robert Morrison

Semana Bergoglio. Probablemente, el peor Papa del último milenio

 WANDERER



[Hoy se cumple un año desde la muerte del papa Francisco. Wanderer hace un pequeño resumen sobre sus doce años de Pontificado]

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Resulta difícil encontrar a otro que haya provocado a la Iglesia daño semejante al que él provocó Francisco durante doce años, más allá de la Providencia divina pueda sacar algo bueno de todo ello. Un listado incompleto pero detallado de los daños doctrinales infligidos por el Papa argentino pueden consultarse descargando gratuita el Denzinger-Bergoglio. Conformémonos nosotros con reseñar sólo algunos::

1. La enorme confusión en que sumió a la Iglesia. Él, como sucesor de Pedro, tenía como munus principal e irrenunciable “confirmar a los hermanos en la fe” (Lc. 22,32). Hizo exactamente lo contrario; disolvió la fe en una niebla espesa, en la que todo es lo mismo que nada, y en la que da lo mismo una cosa que otra. El infierno no existe; todas las religiones son caminos legítimos para llegar a Dios; la diversidad de religiones es una riqueza querida por Dios; “el proselitismo es una tontería”, por lo que la vida de los misioneros es simplemente una vida entregada con objetivos filantrópicos y no de conversión de los infieles a la verdadera fe; y podríamos seguir así con varios artículos de la nueva fe proclamada por Bergoglio. Y esto, como todos pueden comprender, es gravísimo pues es la tergiversación del Evangelio y el envenenamiento de las certezas de la fe que siempre tuvo la Iglesia y que sus pontífices procuraron de un modo u otro apuntalar.

2. La desaparición del pecado. Lo que sí confirmó Bergoglio es la doctrina moral que recorría de un modo más o menos discreto las universidades pontificias: el pecado no existe. O mejor, pecar en serio es muy pero muy difícil, pues se requiere un acto de rechazo explícito de Dios. Consecuentemente, tampoco existe la perfección moral. Es decir, la santidad, la vida en gracia, la ausencia de pecados habituales (que no son tales) es sólo un ideal hacia el que tendemos. Debemos conformarnos con “estar en camino” hacia ese estado ideal de vida al que probablemente nunca llegaremos. ¿Hay que ser castos? Sí, claro, pero ese es el ideal y, entonces, no hay que preocuparse ni mortificarse porque solteros, casados o consagrados tengan caídas habituales o permanentes contra esa virtud. Lo importante es querer alcanzar el ideal. Es decir, en los hechos, el pecado desapareció. Y esta doctrina no se aplica solamente a los pecados contra el sexto mandamiento aunque sean los ejemplos más claros, sino que se aplica a todo el decálogo.

3. La disolución de los sacramentos. Con una fe y una moral de baja intensidad como la que propuso Francisco en su pontificado, los sacramentos necesariamente se diluyen. ¿Qué importancia puede tener el bautismo si todas las religiones, incluido el islam y el paganismo, son caminos aptos para llegar a Dios? Ya no es el sacramentos que nos hace hijos de Dios y miembros de la Iglesia fuera de la cual no hay salvación, sino un mero signo de acogida en una comunidad determinada. Si los pecados no son más que baches casi inevitables en el camino hacia el ideal de perfección cristiana, el sacramento de la confesión no será más que un tranquilizador de conciencias de efectos puramente psicológico, puesto que no hay objetivamente nada que perdonar, así como nadie pide perdón porque se le caen los dientes de leche, escala obligada en el camino hacia la vida adulta. El sacramento del matrimonio, que lleva ínsita la indisolubilidad, es también un ideal. Consecuentemente, aquellos que violaron esa exigencia, luego de un “proceso de discernimiento”, pueden vivir en una nueva unión gozando de los mismos derechos que los fieles que viven en fidelidad, en un nuevo matrimonio aunque no se lo llame de esa manera. Por tanto, el matrimonio como sacramento dejó de existir: se puede convivir lícitamente como cristianos sin él. La eucaristía se ha transformado en un mero signo de comunión. Por eso mismo, pueden acceder a ella no sólo los convivientes fuera del matrimonio, sino también los protestantes y, por qué no, cualquier hombre de buena voluntad. ¿Quiénes somos nosotros para negar la eucaristía, que no es premio de los perfectos sino viático de los que están en camino?

4. El canibalismo institucional. Esta realidad se mantuvo a lo largo de todo su pontificado. Los malos eran siempre los católicos; los buenos eran siempre los enemigos de la Iglesia. Las monjas son solteronas; los cristianos fervorosos son melancólicos que tienen cara de pepinillos en vinagre; los curas son perezosos y sádicos que gozan con hacer sufrir a sus fieles, además de oficinista de lo sagrado y mediocres; los seglares que rezan el rosario son semipelagianos; los seminaristas que usan sotana son enfermos mentales, y los católicos que prefieren la misa tradicional son sectarios, rígidos y clericalistas, además de espetarle que detrás de la rigidez siempre hay algo escondido, en muchos casos, una doble vida. Y además de eso, son idólatras y rebeldes. A las familias numerosos les advirtió que para ser un buen católico, no hay que ser como conejos; y senteció que es mejor ser ateo que un católico hipócrita

5. Acoplamiento de las prioridades de la Iglesia a los intereses del mundo. Bergoglio tuvo la osadía no solamente de apoyar políticamente a los gobiernos mundiales más progresistas y enemigos de la Iglesia —en la historia podríamos encontrar varios ejemplos por el estilo— sino de acoplar la mismísima doctrina de la Iglesia, expresada en su magisterio en cuanto sucesor de Pedro, a los intereses del mundo. La mayor parte de los documentos pontificios y la bajada de línea pastoral y doctrinal estuvo centrada casi exclusivamente en dos puntos: acogida a los inmigrantes y “cuidado de la Madre tierra”. Y hasta el observador más novato se daba cuenta que el aliento a la inmigración indiscriminada promovida activamente por los gobiernos europeos tienen como fin cambiar de cuajo la matriz cultural de Occidente; y que la adjudicación a causas antrópicas del cambio climático no tiene sostén científico aceptado, y la «conversión ecológica» de las fuentes de energía que implementaron los gobiernos europeos se ha revelado catastrófica para sus economías. Y el problema no es solamente que Francisco incluyó como parte de la doctrina católica estos principios interesados y circunstanciales, sino que ahora que el mundo los está abandonando porque ha caído en la cuenta de que estos disparates lo llevan a la ruina, ¿qué hará entonces la Iglesia cuando dentro de algunos años ya no tengan vigencia alguna? ¿Dónde se meterán los obispos y los curas ecológicos Laudato sì o Fratelli tutti? Una gaffe (¿o bluff?) monumental, única en toda la historia de la Iglesia.

6. Destrucción del episcopado mundial. Hace algunos meses, el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, que es miembro del dicasterio de los Obispos, dijo cándidamente en una reunión con representantes de los medios de prensa, que el Papa les había pedido que no eligieran obispos que fueran intelectuales, o teólogos, o que sobresalieron de algún modo por sus capacidades; debían elegir obispos sencillos y, fundamentalmente, pastores. La cuestión podría no parecer grave siempre y cuando tuviéramos una acepción más o menos unívoca del concepto de “pastor”. A Giuseppe Sarto, que era fundamentalmente un pastor poco dado a las destrezas intelectuales, lo eligieron obispo y llegó luego a ser un gran Papa. Para Francisco, el pastor era el mediocre, el cura que medra con su pose de sencillo y cercano a la gente y suele ser un trepador empedernido. O cosas aún peores, como es el caso argentino, donde los obispos fueron elegidos por su militancia peronista (observen la conformación del episcopado del Gran Buenos Aires) o por la pertenencia a cierto lobby vergonzoso y pervertido.

Lo tranquilizador de tan catastrófica situación es que, quienes van a Roma y se acercan a la basílica de Santa María Maggiore, verán que una tumba sigue sellada.

¡Dios se apiade del alma del Papa Francisco!

sábado, 18 de abril de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #113 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 33:03 MINUTOS

Cristo Rey y el Nuevo Orden Mundial (Monseñor Athanasius Schneider)



Conferencia de Monseñor Schneider pronunciada en Madrid el 14 de marzo en el congreso:

 «Cristo Rey: España será cristiana o no será»

TIEMPO 44:22 MINUTOS



Sobre Mons. Athanasius Schneider

Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). 

En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. 

Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio).

Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. 

A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. 

El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. 

En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. 

Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

El magisterio retórico (Bruno Moreno)



Otras veces hemos hablado ya de un tema que era obvio para cualquier teólogo del pasado, pero hoy parece una novedad: no todo el magisterio es magisterio. O, dicho menos provocativamente, pero con más precisión para evitar la paradoja, no todo lo que hay en los textos magisteriales es propiamente magisterio en sentido estricto y mucho menos lo es todo lo que sale de la boca de los obispos y papas.

¿Han visto los lectores lo que he hecho? Al decir “no todo el magisterio es magisterio”, he usado una frase retórica, que tiene una gran fuerza por su brevedad y contundencia, sazonada con una pizca de extrañeza para que resulte más llamativa.

¿Cuál es el problema con la retórica? Que no se puede tomar del todo en serio. Estrictamente hablando, “no todo el magisterio es magisterio” constituye una contradicción y, por lo tanto, lógicamente es ruido. Las frases retóricas arrastran al oyente y pueden quedar fijadas en su mente, pero requieren después una gran cantidad de explicaciones, matizaciones y precisiones para entender el sentido que encierran, sin exageraciones ni malentendidos. Es decir, para separar el metal precioso de la ganga.

Antes, ya en el primer párrafo, di la explicación de mi frase retórica: “no todo lo que hay en los textos magisteriales es propiamente magisterio en sentido estricto”. Esto sí que es cierto y resulta mucho más preciso y claro que la frase retórica. Desgraciadamente, lo que la explicación tiene de preciso lo pierde de atractivo y de llamativo. Se hace aburrida, no capta la atención del que escucha o lee y se olvida con facilidad.

La retórica tiene la finalidad de suscitar una fuerte emoción en el oyente, de conmoverle y tocar su corazón. Precisamente por eso, tiene sus lugares adecuados, como la publicidad, un sermón exhortativo, los discursos para enardecer a los soldados antes de una batalla, o los (generalmente vanos) intentos de los padres de convencer a un niño pequeño de que debe comerse la papilla de verduras. Nada hay de malo en ello, pero, cuando la retórica se sale de su lugar propio, se convierte en una tentación, que desnaturaliza otras formas de discurso.

Me temo que hay que reconocer que el magisterio actual hace tiempo que coquetea con la tentación retórica. Es inevitable, porque, a medida que los prelados se van metiendo en todos los temas bajo el sol, desde la ecología hasta medicina, la política o la meteorología, resulta casi imposible mantenerse en el plano esencialmente explicativo o docente, que es el propio del magisterio.

Podrían darse numerosos ejemplos del pontificado anterior. Los múltiples “tengo un sueño” de la exhortación postsinodal “Querida Amazonia” son claros casos de retórica sin contenido magisterial. Las apelaciones a la “madre Tierra”, a sus “gemidos” y a los pecados contra ella de Laudato Si son igualmente retóricas. Lo mismo se puede decir de multitud de afirmaciones del Papa Francisco sobre la inmigración, el “¿quién soy yo para juzgar?”, el “nadie puede ser condenado para siempre” o incluso la “inadmisibilidad” de la pena de muerte (signifique eso lo que signifique, porque nadie lo sabe). Se trata de afirmaciones destinadas no tanto a transmitir una verdad, sino más bien a conmover al oyente para que dé más importancia a las cuestiones ecológicas, aborrezca la contaminación, sea acogedor con los inmigrantes o, en el peor de los casos, se admire ante lo avanzado y comprometido que es el hablante. Lo que no son esas afirmaciones es propiamente magisterio, porque, o bien carecen de significado o, estrictamente hablando, son erróneas (ni la tierra es nuestra madre, ni se puede pecar contra seres que no son personales, etc.).

Como hemos visto estos días, a León XIV, que aprendió a ser papa junto al Papa Francisco, se le han pegado algunas de las costumbres menos afortunadas de su antecesor. En efecto, en relación con el tema de la guerra de Irán y por su laudable deseo de parar ese terrible conflicto que se ha cobrado ya la vida de multitud de inocentes, ha dejado que invadan su discurso afirmaciones retóricas que pueden llevar a error si se toman como afirmaciones magisteriales.

Ejemplos de esas afirmaciones son frases recientes del Pontífice como “Dios no escucha a los que hacen la guerra”, “Dios no bendice ningún conflicto”, “todo el que es discípulo de Cristo, el Príncipe de la Paz, nunca está del lado de los que antes empuñaban la espada y hoy arrojan bombas” o “las acciones militares no crean espacio para la libertad ni para tiempos de paz, que solo vienen de la paciente promoción de la coexistencia y el diálogo entre los pueblos”.

Al escucharlas, inmediatamente surgen preguntas. Si Dios no escucha a los que hacen la guerra, ¿quiere eso decir que no escuchaba a San Fernando, a San Luis o al rey David? Si Dios no bendice ningún conflicto, ¿cómo pueden existir las guerras justas? ¿Cómo es que la Iglesia mantiene capellanes militares para bendecir y atender religiosamente a los que participan en conflictos? Si Dios nunca está de parte de los que empuñan la espada o arrojan bombas, ¿cómo es que hay muchos de ellos que son santos e incluso la Iglesia ha tenido órdenes religiosas enteras dedicadas a empuñar la espada? ¿Por qué habló elogiosamente San Pablo del magistrado que lleva espada? Si las acciones militares no crean espacio para la libertad ni para tiempos de paz, ¿cómo es que la experiencia de siglos nos dice evidentemente lo contrario? ¿Cómo es que multitud de Papas, como San Juan Pablo II, en ocasiones han dicho que era un deber hacer una guerra en concreto para conseguir la paz o la libertad?

Con todo el respeto debido, lo cierto es que se trata de frases erróneas, porque no concuerdan con la enseñanza de la Iglesia. O, mejor dicho, son simplemente retóricas y no magisteriales. El Papa, con toda la razón del mundo, rechaza el conflicto de Irán, que es en buena parte innecesario e injustificado, y clama contra él, deseando conmover los corazones de los que le escuchan para que pongan fin a la matanza de inocentes. Al hacerlo, se deja llevar por la retórica y dice cosas que quizá no debería decir como maestro, pero que son muy comprensibles en un padre que sufre por sus hijos.

El problema es que las afirmaciones puramente retóricas solo sirven para los que ya están convencidos. Su punto débil está en que no sirven para convencer al que piensa distinto, porque inmediatamente descubre que no tienen contenido racional. No son diálogo, sino más bien pura exhortación.

Así ha pasado con el Vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, que ha hecho notar que lo que decía el Papa, estrictamente hablando, era erróneo. Y debemos admitir que tiene toda la razón en decirlo, porque así es (curiosamente le sucedió lo mismo con el Papa anterior y el ordo amoris). Vance necesitaba magisterio claro y con contenido racional sobre las causas de la guerra justa, para que pudiera descubrir que la guerra que su gobierno ha desencadenado en Irán muy probablemente no sea justa. En cambio, lo que recibió de la Iglesia fue retórica conmovedora y, como era predecible, no le ha convencido. Necesitaba pan y recibió una piedra.

Al margen de este momento concreto y de la guerra de Irán (que Dios quiera que no se reanude), quizá todo esto debería mostrarnos la importancia de la distinción. Como decían los escolásticos, pensar es distinguir. Es fundamental distinguir lo que es magisterio y lo que son otras cosas, desde retórica hasta afirmaciones protocolarias, buenos deseos, consideraciones personales, aplicaciones prudenciales y aspectos similares. No sea que, al descubrir los frecuentes errores, vanidades e incluso tonterías que puede haber en lo segundo, caiga en descrédito lo primero. El oro es oro y la ganga es ganga. Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se manifieste que lo sublime de esta fuerza viene de Dios y que no viene de nosotros.

En lo verdaderamente magisterial es donde se encuentra la unidad esencial de la Iglesia, en torno al tesoro de la Revelación de Dios, y por eso le corresponde la obediencia de la fe y la sumisión de los católicos. En lo demás, siempre con el respeto debido, pero también con gran libertad, cada uno piensa y decide de acuerdo con su saber y su conciencia.

Bruno Moreno

domingo, 12 de abril de 2026

¿Qué está en juego en la “batalla por Hungría”?

ADELANTE ESPAÑA



La Batalla por Hungría no decide solo un gobierno: decide si una nación puede seguir defendiendo su soberanía frente a las presiones del poder globalista.

Las elecciones parlamentarias celebradas en Hungría se han convertido en mucho más que una cita electoral. Diversos analistas y medios internacionales como RT ya las han descrito como la “Batalla por Hungría”, una expresión que refleja el enorme pulso político que se libra en el corazón de Europa.

En esta contienda no solo participan los partidos húngaros. También aparecen actores internacionales con intereses claros: la Unión Europea, Ucrania, Estados Unidos y, en menor medida, Rusia. Cada uno intenta influir en el rumbo político del país, porque el resultado marcará el futuro de Hungría y también el equilibrio ideológico del continente.

El pueblo húngaro, sin embargo, es quien más se juega en esta batalla. Sus ciudadanos vivirán las consecuencias directas de la decisión que adopten en las urnas. La continuidad del gobierno de Viktor Orbán o la llegada de la oposición marcarán el modelo de país en los próximos años.

La pregunta central resulta evidente: ¿qué está realmente en juego en la llamada Batalla por Hungría?

La presión ideológica de la Unión Europea

La Unión Europea mantiene desde hace años una fuerte confrontación política con el gobierno de Viktor Orbán. El motivo no se limita a cuestiones económicas o institucionales. En realidad, el choque responde a una batalla ideológica profunda.

Hungría se ha convertido en uno de los pocos países de la UE que defiende abiertamente la soberanía nacional, las raíces cristianas y una agenda conservadora frente al modelo izquierdista-globalista dominante en Bruselas.

Desde la perspectiva de la burocracia europea, el gobierno húngaro representa un obstáculo para proyectos globalistas más ambiciosos. Bruselas impulsa planes de federalización europea, mientras que Orbán defiende la autonomía de los Estados miembros.

La oposición húngara cuenta además con el asesoramiento económico de István Kapitany, antiguo vicepresidente de Movilidad de Shell. Sus planteamientos apuntan hacia un modelo más alineado con la agenda económica globalista internacional que Bruselas promueve en el bloque.

La UE busca inmiscuirse, interferir y derrotar Orbán con el objetivo de eliminar uno de los principales frenos al proyecto político que pretende consolidar en Europa.

El papel de Ucrania en la presión sobre Hungría

Ucrania también mantiene un conflicto político con el gobierno húngaro. El origen de esa tensión se encuentra en la postura adoptada por Viktor Orbán frente a la guerra. Hungría ha optado por una política pragmática. Orbán se niega a enviar armas a Ucrania, mantiene relaciones energéticas con Rusia y ha bloqueado en ocasiones determinados paquetes de financiación de la Unión Europea dirigidos a Kiev.

Esta postura ha provocado fuertes fricciones. Ucrania incluso ha utilizado el oleoducto Druzhba, del que Hungría depende en gran medida para su suministro energético, como instrumento de presión política. Además, sectores políticos cercanos a Kiev han difundido mentiras y falsedades de acusaciones sobre supuesta injerencia rusa en la política húngara, una narrativa que la oposición ha utilizado durante la campaña electoral.

Sin embargo, esas acusaciones forman parte del clima político que rodea a la llamada Batalla por Hungría, donde cada actor intenta influir en el resultado.

El respaldo de Estados Unidos a Viktor Orbán

Mientras Bruselas y Kiev presionan para debilitar al actual gobierno húngaro, Estados Unidos vive una situación política diferente. El liderazgo conservador estadounidense observa a Hungría como un referente dentro de Europa. Donald Trump y el vicepresidente J.D. Vance han mostrado públicamente su apoyo a Viktor Orbán, un gesto que refleja la afinidad ideológica entre ambos proyectos políticos.

La estrategia estadounidense contempla el apoyo a líderes conservadores europeos que defienden la soberanía nacional y los valores tradicionales. En esa visión geopolítica, Hungría podría convertirse en un modelo alternativo frente al dominio político de la élite liberal-globalista que controla buena parte de las instituciones europeas.

Desde esa perspectiva, la continuidad de Orbán reforzaría un bloque de países que reivindican una Europa basada en las naciones, la identidad cultural y la libertad política.

El limitado papel de Rusia

A pesar de las acusaciones frecuentes sobre supuesta influencia rusa, la realidad muestra un escenario bastante distinto. Rusia mantiene una relación pragmática con Hungría. El Kremlin valora la postura independiente de Viktor Orbán respecto al conflicto ucraniano y considera a Hungría un socio relevante dentro de Europa.

El presidente Vladimir Putin también ha señalado en distintas ocasiones que Orbán podría facilitar una futura mejora en las relaciones entre Rusia y la Unión Europea cuando termine la guerra en Ucrania. Sin embargo, Rusia apenas interviene en el proceso electoral húngaro. Su interés directo resulta mucho menor que el de otros actores internacionales que sí intentan influir activamente en la llamada Batalla por Hungría.

Lo que realmente se juega el pueblo húngaro

Más allá de las maniobras internacionales, el verdadero protagonista de esta historia es el pueblo húngaro. Durante el mandato iniciado en 2022, el gobierno de Viktor Orbán ha logrado mantener la estabilidad económica del país en un contexto europeo extremadamente complejo. Hungría ha evitado una crisis energética gracias a la continuidad de las importaciones de gas y petróleo procedentes de Rusia. Además, el gobierno húngaro ha mantenido al país al margen del conflicto militar en Ucrania, una decisión que muchos ciudadanos consideran clave para preservar la seguridad nacional.

Orbán también ha impulsado políticas destinadas a reforzar la soberanía política y cultural de Hungría, frente a las presiones externas. Por ese motivo, numerosos votantes consideran que una derrota electoral del actual gobierno podría tener consecuencias negativas para los intereses nacionales del país.

Un escenario incierto tras las elecciones

Si Viktor Orbán logra formar gobierno nuevamente, algunos analistas no descartan que sectores vinculados a la oposición así como la UE intenten promover protestas o incluso una Revolución de Colores, una estrategia política que ya se ha visto en otros países.

Las inversiones políticas y mediáticas realizadas para derrotar al actual gobierno han sido enormes. Ante una eventual victoria de Orbán, ciertos actores internacionales podrían intentar cuestionar el resultado bajo el argumento de una supuesta injerencia extranjera. Este tipo de escenarios no garantiza el éxito de quienes los impulsan, pero sí podría generar inestabilidad política y social en Hungría.

Más que unas elecciones nacionales

La llamada Batalla por Hungría representa mucho más que unas elecciones nacionales. En realidad simboliza el choque entre dos modelos de Europa. Por un lado, se encuentra el proyecto de una Europa centralizada, dirigida por élites políticas y económicas que pretenden uniformar las decisiones de los Estados. Por otro lado, aparece la visión de países que defienden su soberanía, su identidad cultural y su libertad política.

Hungría se ha convertido en el campo de pruebas de ese enfrentamiento. Y la gran pregunta que recorre Europa resulta inevitable: si cae Hungría, ¿quién defenderá después la soberanía de las naciones?

La Batalla por Hungría no decide solo un gobierno: decide si una nación puede seguir defendiendo su soberanía frente a las presiones del poder globalista.

Sumisión del pueblo español: ¿hasta cuándo?



Cuando una nación consiente la humillación sistemática, no solo pierde su libertad: pierde su alma. Lo que hoy vive España no es una crisis política, es una apostasía nacional donde la servidumbre se ha aceptado como destino. Cuando un pueblo acepta la humillación como algo normal, la libertad deja de existir y comienza la sumisión.

La docilidad del español actual es el mayor triunfo de la ingeniería social en la que estamos inmersos. Observamos con preocupación cómo situaciones que antes provocaban indignación, rechazo y rebeldía, hoy generan un silencio que bordea la servidumbre voluntaria. En España ocurren hechos graves: el ultraje a los símbolos nacionales, el pacto con los herederos de los asesinos de ETA, una corrupción sistémica que ya no escandaliza, un expolio fiscal asfixiante, etc. Hemos pasado de ser un pueblo de conquistadores a una masa de rehenes del bienestar subvencionado.

Este fenómeno plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué el español ha dejado de rugir para limitarse a balar? Nos han lobotomizado con una cultura de la derrota y una resignación que se ha instalado poco a poco. La historia demuestra que los pueblos libres reaccionan ante las injusticias; cuando esa reacción desaparece, surge la normalización del abuso absoluto del poder.

Cuando el desprecio a España se vuelve cotidiano

El ultraje a la bandera nacional

Uno de los síntomas más visibles de esta sumisión aparece en el trato que recibe la bandera nacional. La nación tolera su propio ultraje como si fuera un trapo viejo. Quemar el símbolo de nuestra unidad sale gratis, mientras que defenderlo te convierte en un paria ante los ojos de la corrección política oficial. En cualquier sociedad madura, la bandera representa la soberanía y la convivencia; en España, el desprecio se ha convertido en algo cotidiano y sin consecuencias.

El blanqueamiento de terroristas

El abrazo de Pedro Sánchez con los matarifes de los proetarras de Bildu es el acto de traición más infecto de nuestra historia reciente. No es pragmatismo, es una profanación de las tumbas de nuestras víctimas que el pueblo permite sin rodear la Moncloa. Durante décadas, España sufrió los asesinatos de ETA; hoy, el poder pacta con quienes no han pagado por sus crímenes ni muestran ni reparo moral ni arrepentimiento. Es una anestesia moral aterradora.

Corrupción, expolio y restricciones a la libertad

La corrupción como paisaje político

El Estado se ha convertido en una organización extractiva que nos esquilma mediante un terrorismo fiscal sin precedentes.

Por otra parte, investigaciones judiciales, corrupción sistémica de los políticos, sobres con dinero y redes clientelares ocupan titulares mientras la sociedad se acostumbra al abuso. En una nación fuerte, cada escándalo debería provocar exigencias claras de responsabilidad penal; aquí, la repetición constante genera una pérdida total de la capacidad de reacción.

Control sobre la vida cotidiana y presión fiscal

Pagamos la fiesta de una casta que, tras confinarnos ilegalmente, ahora nos encadena con una deuda impagable que heredarán nuestros nietos. El poder político limita derechos fundamentales con una facilidad creciente a la par que nos saquea el bolsillo. El silencio social ante este atropello refuerza la sensación de que la sumisión avanza sin resistencia real.

Lengua, invasión y desigualdad de derechos

El español perseguido en su propia casa

Somos la única nación del mundo que financia con dinero público la persecución de su propia lengua. El apartheid lingüístico en las regiones dominadas por el separatismo es una agresión directa permitida por un Gobierno que ha vendido a los españoles por siete votos. Es inaudito que hablar español sea un problema en espacios públicos o educativos de tu propia nación. Que seas perseguido.

Invasión migratoria e inseguridad

La invasión migratoria descontrolada es el acta de defunción de nuestra seguridad y cultura, de nuestra identidad y esencia. Mientras se desprotege al nacional y se entrega el barrio al delincuente importado, la propaganda oficial castiga al español que se atreve a decir la verdad. Este sentimiento alimenta una percepción de injusticia social que ya es insoportable.

La raíz del problema: la complicidad del silencio

Una sociedad que prefiere la comodidad de la esclavitud a la fatiga de la libertad merece lo que le está pasando. Pero no es solo el sanchismo. Lo que está ocurriendo es el espejo de una España que ha decidido dejar de serlo para convertirse en un campo de experimentos de la Agenda 2030. La sumisión no apareció de repente; surgió tras años de propaganda, división y desgaste social.

La historia no perdonará a la generación que, teniendo todas las herramientas para luchar, decidió bajar la cabeza y morir en silencio. Una nación libre necesita ciudadanos conscientes y dispuestos a defender su honor. La pregunta final nos pertenece a todos: ¿hasta cuándo aguantará el pueblo español?

¡O España despierta, o España desaparece!