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miércoles, 22 de abril de 2026

San Jorge, patrono de las victorias cristianas




En su libro Fisonomías de santos, el autor francés Ernest Hello describe a San Jorge como uno de los canonizados más ilustres y olvidados hoy en día. Hello escribió su libro en 1879; hoy, San Jorge no sólo está olvidado, sino que desde el Concilio la Iglesia ha relegado además su memoria dando un carácter facultativo a su festividad. Tal vez ello obedezca a que San Jorge es el santo guerrero por excelencia, la antítesis del modelo pacifista del católico hoy imperante.

Probablemente, San Jorge nació en Capadocia entre 275 y 285 y murió martirizado en Nicomedia hacia el año 303. Era hijo de cristianos: su padre Geroncio, era de origen persa, y la madre Policromia, capadocia. Fue educado en la Fe y se crió en la disciplina y temor de Dios. A los diecisiete años abrazó la vida militar en tiempos del emperador Diocleciano. Se distinguió por su valor y rectitud, y llegó a ser tribunus militum; esto es, oficial de alta graduación en el ejército romano.

En el año 303, aquel en que más arreciaba la persecución desatada por Diocleciano, Jorge se presentó ante el emperador y tuvo la osadía de amonestarlo, confesando que era cristiano. Fue torturado de todas las maneras posibles, pero no por ello apostató de su fe. Lo azotaron hasta dejarle los huesos al descubierto, lo arrojaron en un foso lleno de fuego y le pusieron en los pies una especie de calzado calentado al rojo vivo, pero Jorge no se rendía a pesar de los padecimientos. Varias veces lo dieron por muerto, pero Jorge se recuperaba milagrosamente convirtiendo a testigos y soldados, entre ellos el comandante Anatolio. Incluso la emperatriz Alejandra, impactada por su fe, abrazó el cristianismo y padeció el martirio. Al final, el oficial cristiano pidió que lo llevaran al templo donde se adoraba a los dioses. Diocleciano creyó que por fin había cedido. Pero Jorge, se volvió hacia el ídolo y, tras hacer la señal de la Cruz, le preguntó: «¿Quieres que te ofrezca sacrificios como a Dios?» El Demonio, constreñido a responder, contestó: «No soy Dios. No hay otro dios que el que tú predicas». Entonces cayeron pulverizados los ídolos del templo. Al punto el Emperador dio la orden decapitar al soldado cristiano. Ese fue el destino de muchos mártires en aquel tiempo. El Señor los ayudó a sobrevivir a suplicios inauditos y no permitió que muriesen sino por decapitación.

San Jorge pasó a la historia como megalomártir; o sea, gran testigo de la Fe, y es venerado sobre todo en Oriente. Eso sí, es conocido por otro episodio, que nos ha llegado a través de la Leyenda áurea de Santiago de la Vorágine, que es un compilación medieval de testimonios históricos, no de leyendas. En los aledaños de la ciudad de Silena (Libia) un monstruo temible que habitaba en un lago aterrorizaba a la población abalanzándose sobre animales y hombres. Trataron de aplacarlo echándole dos ovejas cada día, pero no tardaron en despoblarse los rebaños y se consultó al oráculo. Éste respondió que para saciarlo era necesario servirle víctimas humanas escogidas mediante sorteo. La historia no es inverosímil. Los oráculos paganos, inspirados por el Demonio, solían pedir sacrificios humanos para aplacar a los dioses, y sólo el cristianismo acabó con esta infernal costumbre. Un día le tocó en suerte a la hija del Rey. El soberano se negó a entregar a su hija, pero el pueblo empezó a sublevarse y rodeó el palacio amenazando a la familia real. Entonces el monarca cedió y entregó a su hija a la multitud para que la sacrificase al dragón. A la orilla del lago, la joven esperaba a que llegara su hora. En ese momento apareció un caballero cristiano que la tranquilizó exhortándola a confiar en el nombre de Cristo. Cuando el dragón emergió de las aguas, Jorge, sobre su montura, le plantó cara en el nombre del Señor y lo atravesó con su lanza. A continuación, llevó el monstruo herido a la ciudad y prometió matarlo si el pueblo se convertía. El Rey se bautizó, y junto con él lo hicieron otros veinte mil hombres, sin contar mujeres y niños. Jorge rechazó toda recompensa y prosiguió rumbo a su destino, que habría de ser el martirio.

El dato más antiguo y fiable que conserva la memoria cristiana de San Jorge fue su muerte por orden de Diocleciano. A pesar de ello, la imagen que pervive por todas partes del santo capadocio, desde los iconos bizantinos a la pintura renacentista pasando por los frescos medievales, es la del caballero que traspasa al dragón. Escena que, más allá de su historicidad, posee un valor simbólico. El dragón nos recuerda que existen enemigos, no sólo de las personas, sino de la sociedad humana. Tras la analogía del dragón podemos entrever la revolución anticristiana que desde hace siglos ataca la civilización cristiana. San Jorge es el cristiano, o el grupo de cristianos que armados de fe combaten y exterminan al enemigo.

La crítica histórica pondrá en duda la lucha de San Jorge contra el dragón, pero hay otro episodio transmitido a través de testimonios que no puede ser negado. El 15 de julio de 1099, durante la Primera Cruzada, proclamada por el bienaventurado Urbano II, cuando los cruzados llegaron a las puertas de Jerusalén, se les apareció San Jorge ataviado con una armadura blanca sobre la que relucía la roja cruz, el cual hizo señas a los cristianos para que lo siguieran sin miedo hasta la victoria*. Lo mismo sucedió en la batalla de Antioquía. Desde entonces, San Jorge no es sólo patrón del combate, sino también del triunfo sobre el enemigo, y como tal se lo ha invocado durante siglos.

La devoción a San Jorge revistió una importancia particular en la república de Génova, cuyo estandarte –cruz roja sobre campo blanco– se convirtió en símbolo del santo. El grito de «¡Génova y San Jorge!» acompañaba a los combatientes en las batallas. Venecia también lo veneró, algo menos que a San Marcos, como protector. Pero ninguna provincia del mundo católico superó a Inglaterra en devoción a este santo, allí venerado desde los siglos IX y X. Un concilio nacional celebrado en Oxford en 1222 dispuso que la fiesta para honrar a tan gran mártir como protector del pueblo inglés fuese de precepto en todo el país. Las ciudades y municipios italianos que tienen por patrono a San Jorge superan el centenar. En la iglesia romana de San Jorge en Velabro se conserva el cráneo del santo, que fue llevado a la Ciudad Eterna desde Oriente en el siglo VIII.

La festividad litúrgica de San Jorge se celebra el 23 de abril, día en que nació a la vida del Cielo. En Georgia, país que lleva su nombre, se lo venera también con singular solemnidad el 23 de noviembre.

En la actualidad necesitamos la protección de San Jorge. Debemos invocarlo para que infunda espíritu combativo y conduzca a la victoria a cuantos tienen el deber y la vocación de defender al pueblo cristiano de sus enemigos.

(* N. del T.: ¿Cómo no acordarse de las apariciones del apóstol Santiago en la Reconquista de España y la conquista de América? Menos conocida es la leyenda de que San Jorge se apareció montado a caballo a las tropas cristianas en la batalla de Alcoraz en 1096 y ayudó a derrotar a los musulmanes, y también en la reconquista de Mallorca.)