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sábado, 10 de enero de 2026

La Realeza de Cristo en la Doctrina de Santo Tomás de Aquino – Mario Caponnetto enero 7, 2026



DURACIÓN 65 MINUTOS

El XXV Encuentro de Formación Católica de Buenos Aires (Argentina) se desarrolló los días 14, 15 y 16 de Noviembre de 2025 bajo el título: «La Pax de Cristo en el Reino de Cristo – En el Centenario de la Encíclica Quas Primas». La primera conferencia dictada por el Dr. Mario Caponnetto se tituló “La Realeza de Cristo en la Doctrina de Santo Tomás de Aquino”.
AUDIO:

TRANSCRIPCIÓN AUTOMÁTICA:
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Bueno, en primer lugar quiero agradecer a los organizadores de estas jornadas, el ciclo de formación San Bernardo de Claraval, y a la editorial Santiago Apóstol por el honor de invitarme a participar en ellas. También quiero agradecer al Centro Piper de Mar del Plata, en la persona de su presidente, el licenciado Cristian Rodríguez Iglesias, por su inestimable apoyo para realizar esta grabación.

El tema de estas jornadas no puede ser más actual: La paz de Cristo en el reino de Cristo, en el centenario de la encíclica Quas Primas de Pío XI. Y es actual porque, precisamente ante los problemas que hoy tenemos que afrontar, nada resulta más propio que hablar de la paz de Cristo en el reino de Cristo. Además, cumplimos con un deber de justicia respecto de esta gran encíclica, una de las joyas del magisterio petrino contemporáneo, que ha sido prácticamente olvidada y relegada.

¿Qué decimos cuando afirmamos que Cristo es Rey? Y más aún, ¿qué sostenemos cuando hablamos de la realeza de Cristo sobre las realidades temporales, especialmente el orden político y social? Para responder a esta pregunta debemos remontarnos a las grandes fuentes: la patrística y los doctores de la Iglesia. En este sentido, una vez más, volvemos a la magna figura de Tomás de Aquino para indagar si en su pensamiento podemos encontrar pautas que nos permitan dilucidar qué entendemos realmente por la realeza de Cristo.

Desde luego, en Santo Tomás no hay un tratado específico sobre la realeza de Cristo, pero a lo largo de su vastísima obra encontramos multitud de textos en los que trata este tema. Para esta ocasión hemos seleccionado algunos pocos, dada la brevedad de una ponencia. Los iremos examinando.

Para una mejor exposición, dividiremos esta ponencia en tres partes. En la primera trataremos de Cristo Rey propiamente dicho: por qué le damos este título y cómo es Cristo en la figura de un rey. En la segunda parte hablaremos del reino de Cristo: qué es ese reino. Y en la tercera parte abordaremos la realeza de Cristo en cuanto se extiende a todas las cosas, especialmente al orden político y social.

1. La realeza de Cristo

Avancemos, entonces, con la primera parte: la realeza de Cristo. Numerosos son los textos en los que Santo Tomás trata este tema, pero para comenzar hemos seleccionado un sermón. Santo Tomás, como es sabido, era predicador y, en tanto que maestro de teología en la Universidad de París, tenía una triple función: leer la Sagrada Escritura, disputar —modo de indagación teológica— y predicar. Estas predicaciones se hacían en la universidad, in universitate, como se decía.

Existe una serie importante de sermones atribuidos a Santo Tomás, pero la crítica contemporánea solo ha rescatado diecinueve. Entre ellos hay uno que lleva por título Rex. No tenemos la fecha, pues estos sermones no están datados, pero podemos ubicarlo en alguno de los años en que Santo Tomás estuvo en París: entre 1252 y 1259, y luego entre 1269 y 1272. Por las lecturas mencionadas en el sermón, se trata del primer domingo de Adviento. Es, pues, un sermón de Adviento donde se nos dice que Cristo Rey viene. Cristo viene.

Es un texto breve, pero cargado de gran riqueza doctrinal. El sermón se fundamenta en el versículo de Zacarías 9,9: “He aquí que tu rey viene a ti, humilde, manso, montado en un pollino”. En esta homilía, Tomás nos deja consideraciones que permiten aproximarnos a por qué llamamos rey a Cristo.

Para ello, Tomás comienza considerando qué define a un rey, para luego atribuirlo a Cristo por analogía. Parte de la realidad del rey terreno para elevarla al plano teológico. Así, dice que un rey es aquel que impera con autoridad de dominio, pero no cualquiera que tenga autoridad puede llamarse rey: se requieren cuatro condiciones, de tal modo que si falta alguna, ya no podemos hablar propiamente de un rey.

Estas cuatro condiciones son: unidad, plena potestad, amplia jurisdicción y ecuanimidad en el manejo de la justicia.

Continuando con el sermón, vemos entonces que, en una primera aproximación, Cristo se va delineando ante nuestros ojos como un rey que es uno, cuya potestad es plena, que se extiende a todo y que es un justo juez que rige con ecuanimidad y justicia. Pero esta configuración de Cristo todavía no está completa. En un segundo momento del sermón, Santo Tomás da un paso más: no solo establece que Cristo es rey, sino que Cristo es nuestro rey. El texto de Zacarías dice: “He aquí tu rey”, es decir, es nuestro rey.

Siguiendo su método habitual, Tomás establece cuatro razones por las cuales Cristo no solo es rey, sino que es nuestro rey. Dice: “Cristo se llama rey del hombre, primero, en razón de una semejanza de su imagen”. Un rey imprime su imagen en sus insignias; así también, aunque todas las criaturas son de Dios, se llama criatura de Dios de modo especial al que lleva su imagen, y este es el hombre. Por tanto, debemos llevar la imagen de Cristo. En tanto llevamos en nosotros su imagen, nos convertimos en estandartes vivientes de Cristo. Por eso dice el apóstol en la primera carta a los Corintios: “Así como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial”.

En segundo lugar, Cristo es nuestro rey por un amor especial. Dios ama a los hombres de modo singular; por tanto, no debemos ser ingratos ante tanta predilección, sino entregarle todo nuestro amor. Cristo es nuestro rey porque nos ama de manera única.

En tercer lugar, Cristo es rey del hombre por una solicitud particular. Dios cuida de todas las criaturas, pero el hombre es objeto de una providencia especial. En razón de este cuidado singular, Cristo es nuestro rey.

En cuarto lugar, Cristo es nuestro rey por su asociación a la naturaleza humana, es decir, por la encarnación. Tomás cita Deuteronomio 17,15: “No ungirás por rey a un extranjero que no sea tu hermano”. En esta profecía, dice Tomás, el Señor determinó que Cristo sería rey de la humanidad y quiso que fuera de nuestra misma naturaleza, nuestro hermano.

Resumiendo este precioso texto del sermón: ese rey que es uno, cuya potestad es plena, que se extiende a todo y que es justo, ahora se nos presenta como nuestro. Es un rey cercano porque llevamos su imagen como estandarte; porque nos amó y nos ama de modo especial; porque nos cuida singularmente; y porque, al asumir nuestra naturaleza, se hizo uno de los nuestros sin dejar de ser Dios y Rey.

Hasta aquí el texto del sermón, que puede encontrarse en buenas traducciones al español. Pero hay otros textos en los cuales Santo Tomás analiza la realeza de Cristo desde otra perspectiva, intentando otorgar un fundamento teológico más profundo. Para ello nos detenemos en algunos pasajes de las cuestiones 58 y 59 de la tercera parte de la Suma Teológica, que contienen lo esencial de la cristología tomista.

En la cuestión 58, cuando Tomás trata de Cristo que asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre —algo que proclamamos en el Credo—, encontramos el fundamento del reinado de Cristo. En el artículo primero, Tomás explica que la expresión “estar sentado a la derecha” puede entenderse de dos modos: uno, según la actitud corporal, como cuando se dice en Lucas 24,49 “permaneced sentados en la ciudad”; y otro, como potestad regia y judicial, según Proverbios 20,8: “El rey que está sentado en el solio del juicio disipa todo mal con su mirada”.

De ambos modos conviene a Cristo estar sentado a la derecha del Padre. Cristo está sentado a la derecha del Padre en cuanto que reina con el Padre y de Él recibe la potestad judicial. Recordemos que, como vimos antes, el poder judicial —ser juez— es nota esencial del ser rey. Así como quien se sienta a la derecha del rey participa de sus funciones de reinar y juzgar, así Cristo, sentado a la derecha del Padre, es Rey y Juez.
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En el resto de la cuestión 58, Tomás establece que este “estar sentado a la derecha” y, por tanto, estaealeza, compete a Cristo tanto en cuanto Dios como en cuanto hombre. Los textos son complejos, pero accesibles en la Suma.

En la cuestión 59, Tomás trata más específicamente del poder judicial de Cristo. En el artículo primero afirma que para juzgar se requieren tres cosas: potestad coactiva, rectitud de celo y, sobre todo, sabiduría. Cristo, dice Tomás, es la Sabiduría engendrada del Padre, la Verdad que procede de Él y lo representa perfectamente. Por eso se atribuye con propiedad al Hijo el poder judicial. Cita a San Agustín, quien afirma que el Padre transfirió al Hijo el poder de juzgar por ser Él su Sabiduría.

En el artículo segundo, Tomás explica que este poder judicial corresponde a Cristo también en cuanto hombre. Dios confiere a los hombres autoridad judicial respecto de quienes están sometidos a su jurisdicción; así también Cristo, en cuanto hombre, juzgará por tres razones: por su parentesco con los hombres, porque en el juicio final tendrá lugar la resurrección de los cuerpos —obra del Hijo— y porque es justo que quienes han de ser juzgados vean a su juez.

Finalmente, en el artículo tercero, Tomás afirma que Cristo obtuvo por sus méritos esta potestad judicial y real, porque luchó y venció por la justicia de Dios. El que fue injustamente juzgado es constituido ahora juez y rey. Esto coincide con lo que Pío XI enseña en Quas Primas: Cristo es Rey por conquista.

Con esto concluimos la primera parte de la exposición.

2. El reino de Cristo

Pasamos ahora a la segunda parte: el reino de Cristo. ¿En qué consiste este reino? Para responder a esta pregunta, nos hemos valido de algunos pasajes del Comentario al Evangelio de San Juan de Santo Tomás, que —según el sentir unánime de los especialistas— constituye la obra exegética más elevada y madura del Aquinate. Fue redactada en los últimos años de su vida, aproximadamente en 1272.

Nos detendremos en algunos textos correspondientes al comentario del capítulo 18, versículos 33‑37, cuando frente a Pilato, que lo interroga, nuestro Señor responde: “Mi reino no es de este mundo”.

Recordemos brevemente el pasaje evangélico. Dice San Juan:

Entró, pues, Pilato de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Jesús respondió: “¿Lo dices por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?”. Pilato contestó: “¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”. Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían para que yo no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Luego tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey”.

Respecto de este texto y del comentario de Santo Tomás, lo primero que debemos establecer es qué significa exactamente la expresión “mi reino no es de este mundo”. Para ello conviene detenernos en el texto original griego, que ilumina el sentido.

La expresión “de este mundo” aparece con la preposición griega ek (ek tou kosmou). El texto dice hē basileía hē emé ouk estin ek tou kosmou toutou. La preposición ek —al igual que su equivalente latina ex— no indica solo pertenencia, sino sobre todo procedencia, origen. Es decir, el reino de Cristo no procede de este mundo; no tiene su origen en él. No es un reino terreno, sino divino.

Santo Tomás explica que Cristo, ante la sospecha de Pilato de que Él pretendiera instaurar un reino político, remueve esa falsa idea diciendo: “Mi reino no es de este mundo”, es decir, no procede de este mundo ni es acerca de este mundo en sentido terrenal.

Es interesante lo que añade Tomás: los maniqueos interpretaron mal este pasaje al afirmar que existían dos dioses y dos reinos: el Dios bueno, cuyo reino estaría en la región de la luz, y el dios malo, cuyo reino estaría en la región de las tinieblas. Según ellos, este mundo material sería el reino de las tinieblas, y por eso Cristo habría dicho que su reino no está aquí.

Tomás refuta esta interpretación. En contra de ella cita el Salmo 46,8: “Dios es el rey de toda la tierra”, y el Salmo 134,6: “Todo cuanto el Señor quiere lo hace en el cielo y en la tierra”. Por tanto, Cristo no niega que su reino se ejerza sobre este mundo, sino que niega que proceda de él o que sea de naturaleza terrena.

Santo Tomás explica que Cristo dijo esto para corregir la idea de Pilato, quien pensaba que el reino de Cristo afectaría el reino político romano, como si Cristo fuera a reinar corporalmente como los reyes terrenos. En ese sentido, el reino de Cristo no es de este mundo; pero se ejerce en este mundo, porque —como dice la Escritura— “Yo soy el rey de toda la tierra”.

Más adelante, comentando el versículo 37, Tomás reitera esta idea: el reino de Cristo “no es de aquí”, es decir, no tiene su principio en este mundo; sin embargo, “está aquí”, porque está en todas partes. Cita Sabiduría 8,1: “Abarca fuertemente todas las cosas de un extremo a otro y las dispone suavemente”. También el Salmo 2,8: “Pídeme y te daré en herencia las naciones”. Y Daniel 7,14: “Le fue dada potestad, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron”.

De estos textos se desprende que, si bien el reino de Cristo no es de este mundo en cuanto a su origen y naturaleza, sí se ejerce sobre este mundo, aunque no al modo humano, sino al modo divino.

Avanzando un poco más, Santo Tomás, siguiendo a dos Padres de la Iglesia —San Agustín y San Juan Crisóstomo—, afirma que el reino de Cristo se entiende en un doble sentido:

Según San Agustín, el reino de Cristo es el conjunto de los fieles sobre los cuales Cristo ejerce su realeza.

Según San Juan Crisóstomo, el reino se entiende como la potestas, el poder real de Cristo.

De ambos modos, concluye Tomás, el reino de Cristo es tanto el conjunto de los fieles redimidos como la potestad real que Cristo ejerce sobre todas las cosas.

3. La realeza de Cristo sobre el orden político y social

Establecido que el carácter esencial del reino de Cristo es el que hemos visto, ahora examinaremos la extensión de ese reino, particularmente en lo que respecta al orden político y social. Si hemos visto que la realeza de Cristo es universal y se extiende a todas las cosas, resulta lógico deducir que el orden político y social también está sometido a la realeza de Cristo. ¿Por qué habríamos de sustraer precisamente el ámbito más elevado de las realidades humanas?

Pero, ¿de qué modo se ejerce esta realeza de Cristo sobre las realidades temporales?

Para entender adecuadamente este punto, debemos tener en cuenta que, para Santo Tomás, el orden político es una realidad natural que se rige por medio de hombres que actúan como causas segundas. Cristo gobierna las cosas temporales por medio de los hombres, que son causas segundas, mientras que Él es la causa primera y universal.

Hay un pasaje fundamental en la Suma contra Gentiles, libro III, capítulo 98, donde Tomás trata del gobierno del mundo por parte de Dios. Allí explica que Dios gobierna como causa primera, pero se vale de las criaturas —incluidos los hombres y los ángeles— como causas segundas. 

Para ilustrarlo, utiliza un ejemplo tomado del orden político:

Todos los domésticos de un cabeza de familia guardan un cierto orden entre sí según la subordinación que les corresponde. Ese cabeza de familia, junto con los demás de la ciudad, guarda un orden respecto del jefe de la ciudad. Y este jefe de la ciudad, junto con los demás del reino, se subordina al rey.

Este pasaje es precioso por varias razones. Primero, porque muestra la concepción orgánica de la sociedad en Santo Tomás, muy distinta de las sociedades anárquicas y desestructuradas de nuestro tiempo. Observamos cómo se articula un orden perfecto entre las distintas comunidades: la familia, cuyo jefe es el pater familias; la ciudad, cuyo jefe guarda un orden con los demás; y finalmente el rey, que es la causa primera en el orden político.

Pero este rey terreno, que gobierna como causa primera en su ámbito, es sin embargo causa segunda respecto del Rey de Reyes, que es Cristo. Este es el núcleo de la cuestión: los gobernantes humanos reinan como causas primeras relativas, pero son causas segundas respecto de Cristo, causa primera absoluta.

Por eso, en otra obra de Santo Tomás, el tratado De Regno, se afirma directamente que todo rey es ministro de Dios y que todo rey deberá rendir cuentas al Rey supremo por su gobierno.

Conforme a esta doctrina, todo aquel que gobierna en cualquier ámbito del orden humano lo hace como causa segunda respecto de Cristo Rey, que es juez universal.

En este sometimiento de los reinos humanos al reino de Cristo reside la clave de la paz y la estabilidad de los pueblos. Por eso, en el número 18 de Quas Primas, Pío XI afirma que si los príncipes y gobernantes legítimos se persuadieran de que mandan no tanto por derecho propio cuanto por mandato y representación del Rey divino, usarían su autoridad con sabiduría y santidad, sabiendo que deberán rendir cuentas a Dios. Y añade que, si esto se cumpliera, florecería la tranquilidad y el orden, porque los hombres se someterían a la autoridad legítima en la medida en que vieran en ella la imagen de la autoridad de Jesucristo.

Llegados a este punto, podemos hacer una última reflexión. Nada garantiza más la obediencia de los hombres a una autoridad legítima que ver en ella la imagen de Cristo Rey. Y nos preguntamos: ¿hay algo que contradiga más esta idea que los gobernantes de nuestro tiempo, que no reinan como reyes, sino como tiranos? Casi no quedan hoy reinos regidos por la justicia; en su lugar se han erigido tiranías, incluidas —dice el texto original— las tiranías democráticas.

¿Qué ha sucedido? Ha sucedido que los reyes se han rebelado contra Cristo. Esto nos lleva al Salmo 2, versículos 1‑2:

“¿Por qué se amotinan las gentes? ¿Por qué las naciones traman proyectos vanos? Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Ungido: ‘Rompamos sus coyundas, sacudamos de nosotros su yugo’”.

Santo Tomás comenta este salmo —uno de los pocos que comentó, junto con el salmo 50—. Explica que los “lazos” en un reino son aquellas cosas por las cuales se afirma la potestad regia: la milicia, las armas, la obediencia. Para remover el yugo del rey, es necesario romper esos lazos.

Pero en Cristo, espiritualmente, el yugo es la ley de la caridad —“mi yugo es suave”— y los lazos son las virtudes: fe, esperanza y caridad. Por tanto, dice Tomás, no es posible que la conciencia del hombre deje de estar bajo el yugo de Cristo si antes no rompe esos lazos, es decir, las virtudes. Esto lo hacen aquellos que, siguiendo el texto de Job, dicen a Dios: “Apártate de nosotros, no queremos conocer tus caminos”, o como dice Jeremías: “Rompiste el yugo, quebraste tus ataduras y dijiste: no serviré”.

Aquí está la clave —diabólica, dice el texto original— de esta rebelión y apostasía de las naciones. Frente a esto, es necesario una vez más levantar la bandera de Cristo Rey, proclamar oportuna e inoportunamente la realeza de este Rey destronado, Jesucristo, a quien se ha dado el reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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viernes, 9 de enero de 2026

El espíritu del Concilio, muerto o al menos herido grave | Actualidad Comentada | P. Santiago Martín



DURACIÓN 22:08 MINUTOS

Zen cuestiona la «sinodalidad bergogliana» ante el Consistorio de cardenales




En una intervención a puerta cerrada durante el Consistorio Extraordinario de Cardenales celebrado en el Vaticano los días 7 y 8 de enero, el cardenal Joseph Zen lanzó una de las críticas más severas formuladas hasta ahora contra el Sínodo sobre la Sinodalidad, al que calificó de proceso “manipulado de forma blindada”, carente de auténtica libertad deliberativa y lesivo para la autoridad episcopal. Sus palabras se pronunciaron en presencia del papa León XIV y de los cerca de 170 cardenales reunidos.

Según informó The College of Cardinals Report, el purpurado hongkonés utilizó los tres minutos asignados a cada cardenal para referirse directamente a la nota de acompañamiento del papa Francisco al Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, desarrollado entre 2021 y 2024.

Zen intervino después de que los cardenales fueran informados de que, por falta de tiempo, solo se abordarían dos de los cuatro temas inicialmente previstos. Los elegidos fueron “el Sínodo y la sinodalidad” y la misión de la Iglesia a la luz de Evangelii Gaudium, lo que dio al cardenal la ocasión de formular una crítica frontal al proceso sinodal.

En el núcleo de su intervención, Zen cuestionó la afirmación del papa Francisco de que, con el Documento Final, “devuelve a la Iglesia” lo que ha madurado a través de la escucha al Pueblo de Dios y del discernimiento del episcopado. A partir de ahí, planteó una serie de preguntas que estructuran toda su denuncia:
«¿Ha podido el Papa escuchar a todo el Pueblo de Dios?»
«¿Los laicos presentes representan realmente al Pueblo de Dios?»
«¿Los obispos elegidos por el episcopado han podido llevar a cabo un verdadero discernimiento, que debe consistir necesariamente en “discusión” y “juicio”?»
Para Zen, estas preguntas evidencian que el proceso sinodal no fue verdaderamente deliberativo, sino cuidadosamente dirigido. En ese contexto, denunció lo que calificó como “la manipulación blindada del proceso”, afirmando que constituye “un insulto a la dignidad de los obispos”.

El cardenal fue especialmente duro al referirse al uso constante del lenguaje espiritual para legitimar decisiones ya tomadas. Según Zen, la invocación reiterada del Espíritu Santo en este contexto resulta “ridícula y casi blasfema”, pues parece sugerir que el Espíritu podría contradecir aquello que Él mismo ha inspirado en la Tradición bimilenaria de la Iglesia.

Otro punto central de la crítica se dirigió a la afirmación de que el Papa, “saltándose al Colegio Episcopal”, escucha directamente al Pueblo de Dios y presenta este método como el marco interpretativo adecuado del ministerio jerárquico. Zen cuestionó de raíz esta concepción, alertando del riesgo de vaciar de contenido la función propia del episcopado.

La intervención se detuvo también en el estatuto ambiguo del Documento Final, definido como magisterial pero “no estrictamente normativo”, vinculante pero abierto a adaptaciones locales. Ante esta formulación, Zen volvió a interpelar directamente al proceso:
«¿Garantiza el Espíritu Santo que no surgirán interpretaciones contradictorias, especialmente dado el uso de expresiones ambiguas y tendenciosas en el documento?»
«¿Deben los resultados de esta “experimentación y prueba” —por ejemplo, la “activación creativa de nuevas formas de ministerialidad”— someterse al juicio de la Secretaría del Sínodo y de la Curia romana?»
«¿Serán estas instancias más competentes que los obispos para juzgar los distintos contextos de sus Iglesias?»
El cardenal advirtió que, si los obispos consideran legítimamente que ellos son más competentes para ese discernimiento, la coexistencia de interpretaciones divergentes no puede sino conducir a una fractura eclesial, similar a la vivida por la Comunión Anglicana.

Desde esta perspectiva, Zen amplió su análisis al ámbito ecuménico, preguntándose con qué parte del anglicanismo debería dialogar la Iglesia católica tras su ruptura interna, y advirtiendo que las Iglesias ortodoxas nunca aceptarán la sinodalidad promovida en el pontificado anterior. Para ellas —recordó— la sinodalidad siempre ha significado el ejercicio real de la autoridad de los obispos actuando colegialmente y caminando juntos con Cristo.

En uno de los pasajes más contundentes de su intervención, el cardenal concluyó:
«El papa Bergoglio ha explotado la palabra ‘Sínodo’, pero ha hecho desaparecer el Sínodo de los Obispos, institución establecida por san Pablo VI.»

jueves, 8 de enero de 2026

El consistorio se centra en la Sinodalidad: «La liturgia ya si eso…»



La primera noticia del primer consistorio del pontificado de León XIV no es un gesto de ruptura, ni siquiera de corrección. Es una confirmación. Por amplia mayoría, los cardenales reunidos en el consistorio extraordinario han decidido dedicar sus trabajos a dos temas: sinodalidad y evangelización y misión a la luz de Evangelii gaudium. Liturgia y reforma de la Curia, para otra ocasión. Si queda tiempo. Ya veremos.

El dato no es menor. No es un matiz técnico ni una cuestión de agenda. Es una declaración de prioridades. En un momento de emergencia objetiva —colapso vocacional, desafección sacramental, descrédito moral de la jerarquía, confusión doctrinal— el Colegio Cardenalicio ha optado, una vez más, por mirarse al espejo y hablar de sí mismo.

Se nos dice que el tiempo apremia. Que no se puede hablar de todo. Y precisamente por eso se deja fuera lo que toca el nervio mismo de la Iglesia: la liturgia, fuente y culmen de su vida; y el apostolado entendido no como concepto, sino como transmisión real de la fe. En cambio, se elige seguir reflexionando sobre el proceso, el método, la estructura. Sobre la sinodalidad. Otra vez.

Mientras tanto, cardenales como Robert Sarah —que representan una sensibilidad eclesial centrada en Dios, en la adoración, en el silencio y en la tradición viva— han pasado horas escuchando a figuras como Tolentino de Mendonça, Tagle o Radcliffe. El mensaje implícito es claro: no hay tiempo para hablar de liturgia, pero sí para volver a escuchar a quienes llevan una década marcando el mismo discurso, con los mismos resultados.

Y aquí conviene detenerse, porque el problema ya no es debatible en abstracto. La sinodalidad, tal como se está aplicando, ha fracasado. Y no solo ha fracasado: empieza a resultar obscena.

Se nos presenta como un proceso de escucha, pero no lo es. Es un monólogo institucional. Las mismas estructuras que han conducido a la Iglesia en Occidente a una crisis sin precedentes —conferencias episcopales, comisiones, secretariados, oficinas diocesanas— se preguntan a sí mismas, se responden a sí mismas y luego presentan el resultado como “la voz del Pueblo de Dios”.

Eso no es discernimiento. Es autojustificación.

El Pueblo de Dios no habla en formularios. No habla en asambleas cuidadosamente moderadas. No habla en documentos de síntesis redactados por equipos técnicos. Habla en hechos medibles, incómodos, imposibles de maquillar: en los seminarios vacíos o llenos; en las vocaciones que surgen o desaparecen; en los matrimonios que perseveran o se disuelven; en la asistencia real a misa; en la práctica sacramental efectiva; en las peregrinaciones que crecen espontáneamente al margen de los planes pastorales oficiales.

Esa es la voz que no quieren escuchar, porque no se puede manipular.

Organizar un “proceso de escucha” canalizado por las mismas diócesis y conferencias episcopales que llevan décadas fracasando pastoralmente solo puede producir una cosa: eco. Resonancia de la propia voz. Autocomplacencia. Pura ingeniería del relato. No hay escucha: hay propaganda interna.

Y lo más grave es que ya no se trata de un error de diagnóstico puntual. Es un empecinamiento. Año tras año, sínodo tras sínodo, documento tras documento, se repite el mismo esquema: análisis interminable, lenguaje terapéutico, apelaciones vagas al Espíritu Santo… y mientras tanto, menos fe vivida, menos sacramentos, menos vocaciones, menos claridad.

La jerarquía se contempla a sí misma como Narciso, fascinada por su propio reflejo, mientras la realidad se le escapa por completo. Se multiplican los textos, las etapas, los itinerarios, las “experiencias de camino”… pero no se corrige el método, aunque los resultados sean desastrosos.

Y ahora, en el primer consistorio de León XIV, se vuelve a insistir en que “el camino es tan importante como la meta”. Es una frase bonita. También profundamente reveladora. Cuando el camino se convierte en fin, la misión desaparece. Y sin misión, la Iglesia deja de ser Iglesia para convertirse en una ONG espiritual que gestiona procesos.

La evangelización, además, aparece subordinada. No como anuncio claro de Cristo crucificado y resucitado, sino filtrada “a la luz de Evangelii gaudium”, es decir, encuadrada en un marco ya conocido, ya explotado, ya ideologizado. Evangelización, sí… pero sin incomodar, sin confrontar, sin cuestionar las categorías dominantes.

Mientras tanto, la liturgia —que es donde la fe se encarna, donde Dios es adorado y no gestionado— queda aplazada. Como si fuera un asunto secundario. Como si no tuviera nada que ver con la transmisión de la fe. Como si no fuera precisamente la degradación litúrgica uno de los factores clave de la crisis actual.

Este consistorio no ha abierto una etapa nueva. Ha confirmado una inercia. Y esa inercia tiene un coste altísimo: seguir perdiendo tiempo mientras se pierde la fe.

La sinodalidad, tal como se está planteando, no es un camino de renovación. Es un síntoma. El síntoma de una Iglesia que ya no se atreve a enseñar, que ha sustituido la autoridad por el procedimiento, la verdad por el consenso y la misión por la conversación.

Y el problema no es que falte tiempo. El problema es que se sigue evitando, deliberadamente, hablar de lo esencial.

Carlos Balén | 08 enero, 2026

lunes, 5 de enero de 2026

Que nos devuelvan la misa. Con eso es suficiente



En algunos ambientes tradicionales suele afirmarse que sería suficiente con que el Papa liberara la misa tradicional e impidiera que los obispos persiguieran a sacerdotes y fieles. Y que después, haga lo que mejor la plazca en cuestiones doctrinales y disciplinares. Que establezca la pax liturgica; y después se ve el resto. La opinión puede parecer irracional e incluso egoísta. Sin embargo, en el fondo, lo que esta proposición afirma es que la crisis de la Iglesia se resolverá cuando se resuelva la cuestión litúrgica.O, dicho de otro modo, la crisis de la Iglesia es una crisis de fe, y la fe no se recuperará mientras no se recupere la liturgia. Yo estoy de acuerdo con esta postura e intentaré argumentarlo.

Un sacerdote argentino ya mayor, y que gastó toda su vida en la formación de sacerdotes como profesor de seminarios, y de seglares a través de sus libros, explicaba hace algunos años que, cuando comenzó junto a otros amigos su tarea de formación en la década de 1970, en medio de la gélida primavera conciliar, creyó que lo fundamental era formar en la verdadera doctrina y dejar para más adelante, en todo caso y si era necesario, el combate por la liturgia. Y confesaba que, pasado el tiempo, se daba cuenta que se habían equivocado. Y algo similar comenzó a ver el venerado padre Alberto Ezcurra un año antes de su prematura muerte. La formación intelectual en la “sana doctrina”, concretamente en la filosofía y la teología de Santo Tomás, no garantiza que se conservará la fe apostólica. Ayuda y mucho, sin duda alguna, pero no es suficiente y no es lo más importante. Esa fue la conclusión de estos dos sabios maestros.

Pero más allá de la opinión de estos sacerdotes, tenemos un ejemplo histórico bastante cercano. Cuando a fines del siglo XIX comenzaron las tímidas asonadas del modernismo, las que se hicieron más violentas a comienzos del XX, San Pío X decidió aplicar el remedio que se había aplicado siempre en la Iglesia: hachazos, prohibiciones e incluso persecuciones contra los modernistas. La medicina tuvo una eficacia efímera. Los modernistas se agazaparon en guaridas más o menos ocultas y permanecieron en silencio durante algunas décadas. Cincuenta años más tarde, se hacían con el poder de la Iglesia, poder que conservan hasta hoy, con más o menos tropiezos. No se trata de juzgar a un santo pontífice; se trata de aceptar la evidencia: la pureza doctrinal imprescindible para una fe ortho-doxa (doctrina correcta), en los tiempos actuales no se sostiene a base de excomuniones y, más importante aún, no garantiza su permanencia en el tiempo. La ortho-doxia (culto correcto), en cambio, es prioritario y antecedente a cualquier pretensión de restauración doctrinal. Y en esto, guste más o menos, hay que darle la razón a Mons. Marcel Lafebvre. [En su uso originario, δόξα significa ante todo “opinión” o “creencia”, evolucionó también a «doctrina». Más tarde, en la traducción griega de la Biblia (Septuaginta) y en el cristianismo primitivo, dóxa asumirá un sentido nuevo: “gloria”, “esplendor”, “majestad”, especialmente aplicado a Dios y, de ese modo, se lo asocia a «culto»]

La objeción más inmediata y obvia que surge es que aquellos modernistas que cooptaron el Vaticano II y decretaron la primavera celebraban la misa tradicional, es decir, era ortho-doxos, en tanto ofrecían el culto verdadero. Pero es aquí donde es fundamental recordar el misterio del fariseísmo, contra el que luchó Nuestro Señor, y que denunciaron en nuestros días Louis Bouyer y Leonardo Castellani, entre otros. Si se lee La descomposición del catolicismo, por ejemplo, queda claro que buena parte de los ministros de la Iglesia, al menos en la primer mitad del siglo XX, celebraban la ortho-doxia, el culto verdadero, como una mera ceremonia exterior, que solía pesarles, y por la que no guardaban ningún apego. Es sintomática la anécdota de aquel sacerdote que decía que tenían que terminar rápido de recitar el oficio divino para ir a rezar. La liturgia —Santa Misa y oficio— no eran obligaciones más o menos gravosas y aburridas, que venían añadidas a la tarea de ser sacerdote, la cual consistía en otra cosa. Por eso se entiende que haya sido muy escasa la resistencia a la reforma litúrgica; la mayor parte de los religiosos se plegó a ella no solamente sin chistar, sino de lo más alegres y aliviados.

Lo mismo dígase de la recta doctrina que se enseñaba en los seminarios. Y sobre esto no necesitamos entretenernos porque ya lo hemos hablado mucho en este blog. Basta leer, nuevamente, a Castellani, a Bouyer y a muchos otros para concoer en qué consistía y qué calidad tenía la formación en los seminarios preconciliares. Ni siquiera era tomista; era apenas una aproximación seca a la escolástica silogística memorizada en manuales escritos por jesuitas, que simplificaban la tarea a fin de memorizar fórmulas con las que se aprobaban fácilmente los exámenes. Y estoy ocurría tanto en un seminario de provincia de Hispanoamérica como en las universidades romanas. Me contento con reproducir un párrafo de Castellani:


El régimen del seminario iba en mi tiempo [se refiere al seminario de Devoto en la década del ’30, regenteado por los jesuitas] -y estimo que no ha cambiado mucho- a contrapelo del sentido común y la honradez natural: no se cumplían los mandatos y avisos de la Santa Sede, mientras se hacían grandes homenajes al “Día del Pontífice”. No se aprendía con seriedad ni se enseñaba con competencia; y el rector de entonces profesaba públicamente porque así le convenía a él -contra lo declarado por S.S. Pío XI en su encíclica Studiorum duce– que el “sacerdote no necesitaba ciencia sino piedad” -y había que ver lo que entendía él por piedad-; de modo que en su juicio los estudios eran como una manera de pasar el tiempo, hasta que llegara la ansiada hora de meter barba en cáliz… y ejercer el “ministerio”: el ministerio de la impartición de la Verdad, reducida así por él a la venta intensiva de ceremonias mágicas a cargo de una manga de empleados servilmente sometidos a la llamada “Jerarquía”, es decir, a la Gerencia. Una prueba de esto es que los exámenes eran una verdadera farsa, y los alumnos que allí se aplazaban por ignorantes eran promovidos muchas veces después por él sin más control ni trámite que el capricho de sus preferencias y sin más méritos que ser “confidentes del Rector”, y así en lo demás (Seis ensayos y tres cartas, Dictio, Buenos Aires, 1978, p. 194).

No se trata, por cierto, de plantear una dicotomía entre las dos acepciones de orthodoxia, ya que una lleva a la otra. Pero la que tiene prioridad, la que arrastra, es la entendida como culto correcto. En este sentido, es acertada la crítica que hacen muchos progresistas que se oponen al retorno de la misa tradicional, aduciendo que ese culto, esa doxa implica una teología distinta a la sancionada por el Vaticano II. Evidentemente, un sacerdote que celebra la misa tradicional difícilmente adherirá a la “iglesia sinodal” entendida en el sentido extremo que habitualmente tiene, o a Fiducia supplicans y demás yerbas de Tucho.

En los últimos tiempos estamos viendo ya de un modo irrefutable lo que sabíamos: Europa se suicidó, y lo que alcanzó Don Juan de Austria en Lepanto a precio de sangre cristiana, los europeos contemporáneos lo entregaron gratuita y alegremente en pocas décadas. Creo yo que es tarde para revertir la situación, sobre todo en algunos países como el Reino Unido, Alemania, Francia o Bélgica. Sin embargo, también creo que la única posibilidad de conservar focos de cristianismo sincero en el futuro que se avecina surgirá de los grupos tradicionales. La permanencia de la fe cristiana en Occidente no dependerá tanto de las facultades de teología y filosofía tomista que puedan existir y que puedan fundarse —lo cual es muy importante—, sino del retorno al culto centenario de la Iglesia, a la orthodoxia. Y se ve precisamente que ese es el fenómeno inocultable: los grupos de jóvenes que más crecen son los relacionados con la misa tradicional. Lo reconoció públicamente hace pocos días Mons. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española. Sin embargo, tengo por seguro que ni él ni sus colegas harán nada al respecto. ¿Qué puede esperarse de un obispo, al que muchos peninsulares consideran el faro de la orthodoxia doctrinal de España, publicaba en su cuenta de X el saludo de Navidad con una cutre imagen creada con inteligencia artificial de sí mismo, vistiendo una especie de casulla guitarra, y sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús que parecía que había arrebatado del pesebre. En resumidas cuentas, mientras lo boomers y los X no pasen a mejor vida, o a una residencia de ancianos, no debemos esperar mucho de la jerarquía. Esos focos nacerán como iniciativas de sacerdotes y de seglares convencidos y enamorados de la Verdad.

En resumen, la restauración de la fe cristiana, aún al estilo “profetizado” por Benedicto XVI como pequeñas fogatas encendidas en medio de la oscuridad de los tiempos que nos tocan vivir, se dará en torno a la ortho-doxia, al culto correcto y adecuado a Dios, el que se formó enriqueciéndose a lo largo de los dos mil años de historia cristiana.

Nota bene: estoy seguro que serán varios los lectores pensarán que si yo considero que la misa tradicional es el culto correcto u ortho-doxo, entonces el NO es un culto incorrecto, o hetero-doxo. No es eso lo que digo; y una vez más repito que la misa reformada por Pablo VI, celebrada según los libros litúrgicos aprobados por la Iglesia, es válida y rinde culto a Dios. Lo que sí digo también, es que es un culto simplificado, disminuido, empobrecido, fabricado artificialmente con poliester por un grupo de científicos en sus escritorios de eruditos. Ciertamente, puede enriqueceserse, dignificarse y sobrenaturalizarse. Es lo que quería hacer Benedicto XVI y no pudo, y tengo mis dudas de que esa empresa la retome León.

jueves, 1 de enero de 2026

Propósito para el nuevo año: ¿Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo?



Si Sánchez se mantiene es, entre otras cosas, porque Feijóo, le blanquea con la coalición PP-PSOE.

Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo se ha convertido en una pregunta política central que muchos analistas se hacen ante el nuevo año. Muchos españoles dudan si basta con cambiar al presidente o si el problema es estructural.

Sánchez: un poder sin legitimidad moral ni política

Pedro Sánchez no gobierna España. Sánchez se aferra al poder. Lo hace sin votos suficientes y sin mayoría social. Mantiene la Presidencia gracias a un pacto de investidura que humilla al Estado.

Sánchez gobierna para sus socios. Atiende a separatistas, comunistas, proetarras y prófugos de la Justicia. Usa la Presidencia como escudo personal. Bloquea controles. Ataca a jueces, prensa crítica y oposición real.

España vive una anomalía histórica. Es el único gran país europeo con comunistas en el Gobierno. También es el único donde el presidente debe el cargo a un condenado por terrorismo, a un sentenciado por sedición y prófugo.

La inmigración masiva ilegal agrava el problema. Aumenta la delincuencia. Genera marginalidad. Agota recursos públicos. Rompe la convivencia en barrios humildes. Sánchez fomenta este modelo por ideología y por cálculo electoral.

Pero además, Sánchez encabeza un autogolpe institucional. Desde un poder ilegítimo, intenta someter a los demás poderes del Estado. Vacía el Parlamento. Coloniza instituciones. Debilita la separación de poderes.

Por todo ello, echar a Sánchez parece un objetivo lógico. Muchos españoles lo desean y esperan. Muchos brindarían cuando se marche.

Pero la pregunta sigue abierta: ¿y después qué?

Feijóo y la gran mentira de la alternancia

Aquí aparece el gran engaño. El posible relevo se llama Alberto Núñez Feijóo. Y aquí surge la sospecha que inquieta a millones de españoles: Feijóo no rompe con el sanchismo. Feijóo lo blanquea.

Si Sánchez se mantiene, también es porque Feijóo lo permite. La coalición PP-PSOE funciona a nivel nacional y europeo. Ambos partidos pactan la mayoría de leyes clave. Ambos comparten agenda globalista.

Feijóo forma parte del mismo sistema. Representa los mismos intereses: Apoya la Agenda 2030. No combate la ideología de género ni defiende la vida ni protege la familia natural. No revierte la cultura de la muerte.

El historial del PP resulta claro. Cuando gobierna, consolida las leyes del PSOE. Nunca las deroga. Ocurrió con el aborto y la memoria histórica. Ocurrió con la ideología de género y la ingeniería social.

En las comunidades autónomas donde gobierna el PP, estas políticas no desaparecen. En muchos casos aumentan. El español sigue retrocediendo. La inmigración masiva continúa. El globalismo avanza.

Votar a Feijóo no supone ningún cambio. Votar a Feijóo equivale a votar a Sánchez con otro tono. Son dos caras de la misma moneda. Ambos sostienen la coalición PP-PSOE que bloquea cualquier alternativa real.

Por eso, echar a Sánchez sin más no arregla el problema. Solo cambia el gestor del mismo modelo.

El verdadero propósito político para España

El debate no es sentimental. Es estratégico. España no necesita un simple relevo. España necesita una ruptura. Necesita recuperar soberanía. Necesita defender la vida, la familia y la libertad.

Echar a Sánchez puede aliviar la presión. Puede dar oxígeno. Pero no cambia el rumbo. El globalismo seguiría intacto. La Agenda 2030 seguiría vigente. La ideología de género seguiría imponiéndose.

Echar a Sánchez y a Feijóo abre otra vía. Permite cuestionar el consenso bipartidista. Rompe la coalición PP-PSOE. Devuelve la voz a quienes no aceptan este modelo decadente.

Este no es un debate personal. Es un debate nacional. España no se arregla con parches. España necesita una alternativa que no tema enfrentarse al sistema.

El nuevo año exige claridad. Cada español debe decidir si quiere un maquillaje o un cambio real. El propósito político no puede ser tibio.
Elegir entre el parche o la solución

Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo resume el dilema político actual. Si el objetivo es un parche, basta con sacar a Sánchez. Si el objetivo es arreglar España, hay que ir más lejos, hay que echar a ambos.

El futuro no pasa por el bipartidismo. El futuro pasa por romper con el globalismo-

El nuevo año exige valentía. No más engaños. No más alternancias falsas. España merece algo mejor.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El año que todo fue quedando cada vez más claro






DURACIÓN APROX: 5 MINUTOS

NOTICIAS 29, 30 Y 31 DE DICIEMBRE DE 2025





ADELANTE ESPAÑA


El padre Custodio Ballester frente a los leones del siglo XXI | Pablo Gª Conde

2026, el año decisivo: Cárcel o golpe institucional de Sánchez


INFOVATICANA


Olivera Ravasi explica lo de Nigeria a la luz de la DSI

Una exmusulmana convertida al catolicismo alerta del silencio eclesial ante el islamismo en Europa



Selección por José Martí

NIGERIA, TRUMP y la Guerra justa. ¿Está bien lo que hacen?

   QUE NO TE LA CUENTEN



Hace unos días, el presidente Trump brindó apoyo militar para que Nigeria, a pedido de su gobierno, pudiese controlar los ataques indiscriminados que los yihadistas vienen realizando contra la comunidad cristiana de ese país. Se nos ha preguntado acerca de si esa ayuda brindada podría ser lícita desde la moral católica, a pesar de que Trump no fuese católico.

Sin embargo, venga aquí para nosotros un resumen sobre el tema.

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DURACIÓN DEL VIDEO 23:46 MINUTOS


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1. El principio magisterial de la guerra justa

La Iglesia boga por la paz, no por el pacifismo (que son cosas distintas), por lo que enseña que, el uso de la fuerza armada, puede ser moralmente lícito bajo ciertas condiciones.

– “La legítima defensa puede ser no sólo un derecho, sino un deber grave, para quien es responsable de la vida de otros”. (Catecismo, nro. 2265)

– “La Iglesia propone los criterios tradicionales de la llamada ‘guerra justa’.” (Catecismo, nro. 2309)

Pero: ¿Cuáles son esos criterios para que una guerra sea considerada justa desde la moral? La doctrina católica, comenzando por San Agustín y pasando por Santo Tomás los ha resumido así:

a. Debe haber un daño cierto, grave y duradero: pues bien, en Nigeria, desde hace años vienen dándose de parte de los musulmanes radicales, una serie de asesinatos masivos, secuestros, limpieza religiosa y ataques sistemáticos a civiles sin que el gobierno pueda frenarlos.

b. Ineficacia de otros medios: en ese país, durante años se han intentado negociaciones fallidas ante una grave incapacidad del Estado, lo que permitió la expansión del terrorismo. Es decir, los medios pacíficos demostraron ser insuficientes.

c. Fundadas probabilidades de éxito: el apoyo militar de USA debilitó estructuras terroristas, permitió proteger zonas concretas e, importante, fue solicitado o aceptado por autoridades locales.

d. Proporcionalidad: lo sucedido, no se trató de una invasión total, de una guerra indiscriminada o de un castigo colectivo, sino de operaciones limitadas contra grupos armados, por lo que el principio de proporcionalidad podría considerarse respetado al menos en la intención.

A su vez, por lo que intenta verse hasta el momento (por más que puedan existir otras intenciones ocultas como las económicas, petroleras, etc.), la intención parece clara: proteger civiles, detener un mal grave y ayudar a una nación desbordada que ha pedido ayuda.

Que alguien diga “es que Trump está contra los migrantes” o que “es un mujeriego”, etc., nada tiene que ver. La moral católica no juzga personas, sino actos.

“¿Que podrán haber abusos y pecados concretos, como en toda guerra?” Pues ¡claro que sí!, pero esto no invalida el juicio moral de los actos. Si hubiesen ataques deliberados a civiles, excesos injustificados o violaciones al derecho humanitario, claro que también sería un acto reprochable, pero esto no invalida en sí la licitud del principio de intervención defensiva.

2. Algunas opiniones de algunos prelados nigerianos

Dado que no somos nosotros los que tenemos la información completa como para juzgar, desde nuestros escritorios, lo que allí está sucediendo por lo que, como corresponde a quien desea analizar la realidad, es bueno ir a los que están en el fango. Veamos:

“Fue la mejor noticia que Nigeria ha recibido en 20 años… es una garantía de que lo que sucede en Nigeria no es desconocido en el mundo y que al mundo le importa lo que nos pasa” (Padre Patrick Alumuku, Director de Comunicaciones de la Arquidiócesis de Abuja). https://www.aciafrica.org/news/19337/us-strikes-on-isis-in-nigeria-potentially-helpful-way-to-bring-some-hope-catholic-bishop-says-as-priest-concurs

“Ya era hora… Es bueno que el gobierno nigeriano esté abierto a la asistencia internacional frente a una inseguridad abrumadora” (Mons. John Bogna Bakeni, Obispo auxiliar de Maiduguri) https://www.osvnews.com/nigerian-catholic-church-leaders-give-mixed-reaction-to-us-airstrikes

“El ataque estadounidense ha sido declarado una operación conjunta por las autoridades nigerianas como una acción bienvenida para disminuir los ataques de insurgentes y terroristas… Esto puede dar algo de esperanza contra la violencia que ha perdurado por largo tiempo” (Mons. Emmanuel Adetoyese Badejo, obispo de Oyo). https://www.aciafrica.org/news/19337/us-strikes-on-isis-in-nigeria-potentially-helpful-way-to-bring-some-hope-catholic-bishop-says-as-priest-concurs

“Sin el apoyo de Estados Unidos, Nigeria no tiene oportunidad contra los yihadistas que han infiltrado incluso a la clase política” (Mons. Moses Aondover Iorapuu (vicario general, Diócesis de Makurdi) https://www.osvnews.com/nigerian-catholic-church-leaders-give-mixed-reaction-to-us-airstrikes

Veremos cómo sigue en el futuro.

Salvo mejor opinión

P. Javier Olivera Ravasi, SE

30 de Diciembre de 2025

León XIV, accidentes restaurados, sustancia pendiente



Nuestro admirado Wanderer ha hecho un inventario minucioso —y confieso que en buena medida gozoso— de los pequeños signos de normalidad litúrgica, estética y protocolaria que León XIV ha ido recuperando en apenas unos meses. Y no seré yo quien niegue el alivio espiritual que produce volver a ver una muceta, una faja bordada o una sotana que no transparenta como mortaja de hospital. Hay cosas que, sencillamente, reconcilian con la vista y con la memoria.


El problema no es que esos signos sean irrelevantes. El problema es creer que bastan.

Porque mientras celebramos —con razón— que el Papa vuelve a vestirse como Papa, cuesta no advertir que al mismo tiempo sigue nombrando y sosteniendo obispos abiertamente heréticos, algunos con currículo ideológico impecable y otros con historial pastoral directamente devastador. La muceta está bien; el episcopado que la rodea, no tanto.

Nos alegramos de que la Misa del Gallo haya recuperado una hora sensata, acercando a la medianoche su espesor simbólico, su silencio y su espera. Pero el reloj litúrgico, por muy bien ajustado que esté, no compensa el hecho de que las víctimas de abusos sigan encontrando muros, silencios o biografías oficiales que las retratan poco menos que como un estorbo. La liturgia gana profundidad; la justicia, no.

Celebramos que Castelgandolfo vuelva a tener vida papal, que haya descanso, natación, conciertos y una cierta normalidad humana que Francisco había convertido en sospechosa. Pero ese aire veraniego no disimula que el actual Pontífice haya estampado su firma en uno de los documentos marianos más empobrecedores que se recuerdan, reduciendo a la Virgen a una figura funcional, casi decorativa, cuidadosamente despojada de su papel como Mediadora de todas las gracias.

Es verdad: el escudo pontificio vuelve a estar bordado donde corresponde. Y sin embargo, ese mismo Papa ha equiparado públicamente la pena de muerte con el aborto, colocando en el mismo plano un mal intrínseco absoluto y una cuestión moral compleja ya tratada con precisión por la Tradición. Mucho hilo de oro… y demasiada confusión conceptual.

La sotana, al menos, ya no es transparente. Es más gruesa, más digna, más romana. Lástima que esa densidad textil no se haya trasladado al discurso teológico, donde la corredención de María se diluye hasta casi desaparecer, cuidadosamente minimizada para no incomodar sensibilidades contemporáneas.

Hay gestos que reconfortan: reliquias de mártires de la Cruzada, adoración eucarística con jóvenes, silencio real, rodillas en tierra. Son momentos buenos, auténticos, que uno querría conservar. Pero incluso esos destellos quedan ensombrecidos cuando el mismo pontificado bendice bloques de hielo en clave Agenda 2030, eleva el cambio climático a dogma moral y acoge jubileos identitarios que legitiman, simbólicamente, una antropología incompatible con la fe católica y atraviesan la puerta Santa de san pedro con sus banderas arcoiris.

Sí, el Fiat 500 ha sido aparcado. Ahora hay un coche acorde al rango. Pequeña victoria estética. Pero no hay cambio de vehículo que tape una biografía oficial que ataca vilmente a víctimas de negligencias pasadas, reescribiendo la historia con una frialdad que no se cura con terciopelo rojo ni con madera dorada.

Todo esto no invalida lo que Wanderer señala. Al contrario: lo confirma. Las tradiciones importan. Los signos importan. Los accidentes revelan la sustancia.

El problema empieza cuando los accidentes brillan mientras la sustancia se agrieta.

Agradecemos la muceta. Celebramos la dalmática. Nos alegra el latín, el canto, los candelabros y la cruz central, todavía escorada. Pero la Iglesia no se salva con escenografía, ni con una restauración estética que no va acompañada de claridad doctrinal, justicia moral y verdad sin rebajas.

Con todo el cariño —y precisamente por ese cariño— conviene decirlo claro:

los signos son buenos cuando acompañan a la verdad; cuando la sustituyen, se convierten en coartada.

Y de eso, por desgracia, ya tenemos demasiada experiencia.

Carlos Balén | 31 diciembre, 2025

lunes, 29 de diciembre de 2025

Cristofobia y cristianofobia



La cristofobia y cristianofobia definen uno de los mayores dramas de nuestro tiempo. Millones de cristianos sufren persecución, violencia o asesinatos atroces por confesar su fe.

La cristofobia se centra en el odio directo a Jesucristo y al núcleo del Evangelio. Ataca por odio la figura de Cristo y su mensaje.

La cristianofobia es la consecuencia lógica de la cristofobia. Es el rechazo, el desprecio, la discriminación e incluso el asesinato contra el cristianismo en general y contra los cristianos que siguen a Jesucristo.

En la práctica, ambos términos describen una misma realidad. El odio, el prejuicio y la hostilidad golpean a los cristianos por su fe y por los valores que defienden.

Hoy, la cristofobia y cristianofobia avanzan de dos formas distintas pero complementarias. Una actúa con violencia física, contra el cuerpo. La otra destruye el alma mediante la humillación y la cancelación.
La cristofobia sangrienta: un genocidio silenciado

La forma más brutal de cristofobia se desarrolla en Oriente y en amplias zonas de África y Asia. Cada año, miles de católicos mueren asesinados por odio a la fe. Este fenómeno no resulta marginal. Configura un verdadero genocidio religioso que afecta a comunidades enteras. Familias completas viven bajo amenaza constante por acudir a misa o portar una cruz.

La cristofobia y cristianofobia sangrientas se extienden por varios continentes. Terroristas, islamistas yihadistas, milicias y regímenes comunistas enemigos atacan iglesias, aldeas y sacerdotes. A pesar de su magnitud, los grandes medios de comunicación apenas informan. Además, gobiernos y organismos internacionales callan. Ese silencio y cobardía convierte a muchos en cómplices de la persecución.

La historia demuestra que la fe no se apaga con la violencia. Los mártires sostienen a la Iglesia con su testimonio. Su sangre nunca destruye la verdad. Sin embargo, el mundo actual prefiere ignorar esta realidad. La persecución religiosa se ha convertido en la gran tragedia silenciada del siglo XXI.
La cristianofobia humillante en Occidente

Occidente ha desarrollado otra forma de persecución. No busca la muerte física -por ahora-, pero sí la destrucción moral y espiritual del cristiano.

Todo creyente sufre ridiculización, limitación de la libertad de expresión y religiosa así como cancelación por expresar su fe. Las élites culturales atacan símbolos cristianos sin consecuencias. Las administraciones y partidos políticos la promueven.

La cristofobia y cristianofobia occidentales eliminan la libertad religiosa y de expresión. Las leyes y la presión social empujan al silencio y la marginación.

Este tipo de persecución resulta más peligroso. No genera mártires visibles. Provoca deserciones, cobardía y renuncias interiores. Muchos cristianos esconden su fe por miedo al rechazo laboral o social. Otros aceptan la autocensura como norma diaria.

Occidente persigue el alma. Mata la identidad cristiana sin derramar sangre. Ese método resulta más eficaz y devastador.
Orgullo, fe y resistencia cultural

Ante este escenario, los cristianos deben reaccionar. La cristofobia y cristianofobia avanzan cuando encuentran silencio y miedo. Ha llegado el momento de dar un paso adelante. Los cristianos no deben pedir perdón por creer en Jesucristo ni por defender la verdad. Es más, nos debemos sentir orgullosos por ello. Y como consecuencia de ello, debemos llevar a Cristo a todos los rincones de nuestra sociedad.

La fe cristiana construyó Europa. Fundó iglesias, hospitales, universidades y derechos fundamentales. Nadie puede borrar esa herencia. Los católicos no nos arrodillamos ante ideologías, Estados ni poderes globales. Solo reconocemos autoridad a Dios.

Defender la libertad religiosa implica defender todas las libertades. Cuando se ataca al cristianismo, se debilita la dignidad humana.

La respuesta exige valentía, coherencia y orgullo sereno. La historia demuestra que la verdad siempre sobrevive. El silencio ya no resulta una opción.

El cristiano no se esconde. Da testimonio. Cree. Resiste. Y nunca se arrodilla ante nadie que no sea Dios.

Los niños abortados: ¿van al Cielo? Sermón del P. Javier Olivera Ravasi, SE

QUE NO TE LA CUENTEN





DURACIÓN 15 MINUTOS


P. Javier Olivera Ravasi, SE

Parroquia Star of the sea 28 de Diciembre de 2025

En el primer domingo después de Navidad, la Iglesia recuerda hoy a los Santos inocentes, los niños que, sin haber conocido aún a Cristo, murieron en manos del inicuo Rey Herodes.

Hoy, por lo tanto, es un día para recordar a aquellos mártires, sin embargo, quería aprovechar para reflexionar acerca de lo que sucede con los niños muertos sin bautismo y, especialmente, aquellos que mueren por el aborto. Es decir, no mueren, sino que son asesinados.

¿Qué pasa entonces con ellos?¿a dónde van?¿qué dice la Iglesia?

¿Puede entrar alguien al Cielo sin el bautismo?

Veamos primero lo que dice la Sagrada Escritura.

Mc 16,15-16: “Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará”.

Y también:

Juan 3,5: “el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.

¿Entonces? Si un niño muere sin el bautismo, sea porque murió antes de haber sido dado a luz o porque lo mataron, ¿puede entrar al cielo o no?

1) El documento de 2007

En el año 2007, siendo Papa aún Benedicto XVI, La Comisión Teológica Internacional (CTI), dependiente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, publicó un documento titulado así: “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo”, donde se señala que hay una “ausencia de una enseñanza explícita en el Nuevo Testamento sobre el destino de los niños no bautizados”.

Es decir: en todo el Nuevo Testamento no hay algo claro acerca de qué es lo que sucede con las almas de los niños que han muerto sin haber recibido el primero y principal de los sacramentos: el bautismo.

a. Los Padres griegos

Pero entre los padres de la Iglesia, sólo uno de ellos, San Gregorio de Nisa (siglo IV), le dedica una obra al tema y dice que «la muerte prematura de los niños recién nacidos no es motivo para presuponer que sufrirán tormentos» en la otra vida. Es decir que, no porque un niño haya muerto sin el bautismo, irá al infierno necesariamente (cosa que repugna a la razón).

b. La Escolástica medieval y hasta nuestros días: el limbo de los niños

Santo Tomás de Aquino, por el contrario, planteaba que “los niños que no han alcanzado el uso de la razón y por lo tanto no han cometido pecados actuales… van a un lugar donde gozan de una plena felicidad natural y sin dolor alguno, pero no al Cielo”. Es lo que tradicionalmente se ha llamado “el limbo de los niños”.

c. La actual posición

Ahora bien, la Iglesia plantea actualmente que “hay razones teológicas y litúrgicas para motivar la esperanza de que los niños muertos sin Bautismo puedan ser salvados e introducidos en la felicidad eterna, aunque no haya una enseñanza explícita de la Revelación sobre este problema” (CTI, La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo).

Porque la Iglesia no puede inventar doctrinas, sino que transmite lo que ha recibido. Y sobre este tema, no hay nada explícito y claro en las Sagradas Escrituras o en la Tradición de la Iglesia.


2) Voy a dar entonces una posición teológica personal y esto, aclaro, no es lo que dice la Iglesia, pero tampoco va contra lo que la Iglesia enseña.

En los Evangelios, Santo Tomás Apóstol, el incrédulo, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”.

Es allí cuando Cristo le responde la famosa frase: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

Porque Nuestro Señor no es sólo la Vida, sino el autor de la Vida.

Ahora bien: hoy muchos matan la vida de los no nacidos por comodidad, por odio a esa vida, por evitar la vida.

El hombre de hoy, al igual que la tentación de Adán, quiere ser como Dios, el autor de la vida y, por odio a la vida, matan al no nacido. Y lo hacen del modo más cobarde que exista.

Así entonces, esos niños, a mi parecer, están siento matados, aun sin conocer a Cristo, por odio al Creador y Señor; por odio a la vida, por odio al autor de la vida. Y por eso, se convierten también ellos en otros santos inocentes, como los que masacró Herodes, recibiendo en los propios vientres de sus madres, un bautismo: el bautismo de sangre que les abre las puertas del Cielo.

Y así, sin haber recibido el bautismo sacramental, reciben ese bautismo de sangre como sucede con los mártires. Aún sin saberlo ellos explícitamente y aún sin quererlo directamente quienes matan en un sacrificio diabólico, a los niños aún no nacidos.

Finalmente; en este día entonces, debemos rezar por aquellos que promueven y cometen el pecado del aborto: por su conversión y, especialmente, por aquellas mujeres que, lamentablemente, en un momento de desesperación, han caído en este pecado; un pecado que es perdonado por Dios pero que deja huellas muy profundas y que sólo la misericordia de Dios y la ternura de Nuestra Señora, la Virgen María, pueden curar con el tiempo.

P. Javier Olivera Ravasi, SE

San Francisco, 28 de Diciembre de 2025