DURACIÓN 65 MINUTOS
El XXV Encuentro de Formación Católica de Buenos Aires (Argentina) se desarrolló los días 14, 15 y 16 de Noviembre de 2025 bajo el título: «La Pax de Cristo en el Reino de Cristo – En el Centenario de la Encíclica Quas Primas». La primera conferencia dictada por el Dr. Mario Caponnetto se tituló “La Realeza de Cristo en la Doctrina de Santo Tomás de Aquino”.
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Bueno, en primer lugar quiero agradecer a los organizadores de estas jornadas, el ciclo de formación San Bernardo de Claraval, y a la editorial Santiago Apóstol por el honor de invitarme a participar en ellas. También quiero agradecer al Centro Piper de Mar del Plata, en la persona de su presidente, el licenciado Cristian Rodríguez Iglesias, por su inestimable apoyo para realizar esta grabación.
El tema de estas jornadas no puede ser más actual: La paz de Cristo en el reino de Cristo, en el centenario de la encíclica Quas Primas de Pío XI. Y es actual porque, precisamente ante los problemas que hoy tenemos que afrontar, nada resulta más propio que hablar de la paz de Cristo en el reino de Cristo. Además, cumplimos con un deber de justicia respecto de esta gran encíclica, una de las joyas del magisterio petrino contemporáneo, que ha sido prácticamente olvidada y relegada.
¿Qué decimos cuando afirmamos que Cristo es Rey? Y más aún, ¿qué sostenemos cuando hablamos de la realeza de Cristo sobre las realidades temporales, especialmente el orden político y social? Para responder a esta pregunta debemos remontarnos a las grandes fuentes: la patrística y los doctores de la Iglesia. En este sentido, una vez más, volvemos a la magna figura de Tomás de Aquino para indagar si en su pensamiento podemos encontrar pautas que nos permitan dilucidar qué entendemos realmente por la realeza de Cristo.
Desde luego, en Santo Tomás no hay un tratado específico sobre la realeza de Cristo, pero a lo largo de su vastísima obra encontramos multitud de textos en los que trata este tema. Para esta ocasión hemos seleccionado algunos pocos, dada la brevedad de una ponencia. Los iremos examinando.
Para una mejor exposición, dividiremos esta ponencia en tres partes. En la primera trataremos de Cristo Rey propiamente dicho: por qué le damos este título y cómo es Cristo en la figura de un rey. En la segunda parte hablaremos del reino de Cristo: qué es ese reino. Y en la tercera parte abordaremos la realeza de Cristo en cuanto se extiende a todas las cosas, especialmente al orden político y social.
1. La realeza de Cristo
Avancemos, entonces, con la primera parte: la realeza de Cristo. Numerosos son los textos en los que Santo Tomás trata este tema, pero para comenzar hemos seleccionado un sermón. Santo Tomás, como es sabido, era predicador y, en tanto que maestro de teología en la Universidad de París, tenía una triple función: leer la Sagrada Escritura, disputar —modo de indagación teológica— y predicar. Estas predicaciones se hacían en la universidad, in universitate, como se decía.
Existe una serie importante de sermones atribuidos a Santo Tomás, pero la crítica contemporánea solo ha rescatado diecinueve. Entre ellos hay uno que lleva por título Rex. No tenemos la fecha, pues estos sermones no están datados, pero podemos ubicarlo en alguno de los años en que Santo Tomás estuvo en París: entre 1252 y 1259, y luego entre 1269 y 1272. Por las lecturas mencionadas en el sermón, se trata del primer domingo de Adviento. Es, pues, un sermón de Adviento donde se nos dice que Cristo Rey viene. Cristo viene.
Es un texto breve, pero cargado de gran riqueza doctrinal. El sermón se fundamenta en el versículo de Zacarías 9,9: “He aquí que tu rey viene a ti, humilde, manso, montado en un pollino”. En esta homilía, Tomás nos deja consideraciones que permiten aproximarnos a por qué llamamos rey a Cristo.
Para ello, Tomás comienza considerando qué define a un rey, para luego atribuirlo a Cristo por analogía. Parte de la realidad del rey terreno para elevarla al plano teológico. Así, dice que un rey es aquel que impera con autoridad de dominio, pero no cualquiera que tenga autoridad puede llamarse rey: se requieren cuatro condiciones, de tal modo que si falta alguna, ya no podemos hablar propiamente de un rey.
Estas cuatro condiciones son: unidad, plena potestad, amplia jurisdicción y ecuanimidad en el manejo de la justicia.
Continuando con el sermón, vemos entonces que, en una primera aproximación, Cristo se va delineando ante nuestros ojos como un rey que es uno, cuya potestad es plena, que se extiende a todo y que es un justo juez que rige con ecuanimidad y justicia. Pero esta configuración de Cristo todavía no está completa. En un segundo momento del sermón, Santo Tomás da un paso más: no solo establece que Cristo es rey, sino que Cristo es nuestro rey. El texto de Zacarías dice: “He aquí tu rey”, es decir, es nuestro rey.
Siguiendo su método habitual, Tomás establece cuatro razones por las cuales Cristo no solo es rey, sino que es nuestro rey. Dice: “Cristo se llama rey del hombre, primero, en razón de una semejanza de su imagen”. Un rey imprime su imagen en sus insignias; así también, aunque todas las criaturas son de Dios, se llama criatura de Dios de modo especial al que lleva su imagen, y este es el hombre. Por tanto, debemos llevar la imagen de Cristo. En tanto llevamos en nosotros su imagen, nos convertimos en estandartes vivientes de Cristo. Por eso dice el apóstol en la primera carta a los Corintios: “Así como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial”.
En segundo lugar, Cristo es nuestro rey por un amor especial. Dios ama a los hombres de modo singular; por tanto, no debemos ser ingratos ante tanta predilección, sino entregarle todo nuestro amor. Cristo es nuestro rey porque nos ama de manera única.
En tercer lugar, Cristo es rey del hombre por una solicitud particular. Dios cuida de todas las criaturas, pero el hombre es objeto de una providencia especial. En razón de este cuidado singular, Cristo es nuestro rey.
En cuarto lugar, Cristo es nuestro rey por su asociación a la naturaleza humana, es decir, por la encarnación. Tomás cita Deuteronomio 17,15: “No ungirás por rey a un extranjero que no sea tu hermano”. En esta profecía, dice Tomás, el Señor determinó que Cristo sería rey de la humanidad y quiso que fuera de nuestra misma naturaleza, nuestro hermano.
Resumiendo este precioso texto del sermón: ese rey que es uno, cuya potestad es plena, que se extiende a todo y que es justo, ahora se nos presenta como nuestro. Es un rey cercano porque llevamos su imagen como estandarte; porque nos amó y nos ama de modo especial; porque nos cuida singularmente; y porque, al asumir nuestra naturaleza, se hizo uno de los nuestros sin dejar de ser Dios y Rey.
Hasta aquí el texto del sermón, que puede encontrarse en buenas traducciones al español. Pero hay otros textos en los cuales Santo Tomás analiza la realeza de Cristo desde otra perspectiva, intentando otorgar un fundamento teológico más profundo. Para ello nos detenemos en algunos pasajes de las cuestiones 58 y 59 de la tercera parte de la Suma Teológica, que contienen lo esencial de la cristología tomista.
En la cuestión 58, cuando Tomás trata de Cristo que asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre —algo que proclamamos en el Credo—, encontramos el fundamento del reinado de Cristo. En el artículo primero, Tomás explica que la expresión “estar sentado a la derecha” puede entenderse de dos modos: uno, según la actitud corporal, como cuando se dice en Lucas 24,49 “permaneced sentados en la ciudad”; y otro, como potestad regia y judicial, según Proverbios 20,8: “El rey que está sentado en el solio del juicio disipa todo mal con su mirada”.
De ambos modos conviene a Cristo estar sentado a la derecha del Padre. Cristo está sentado a la derecha del Padre en cuanto que reina con el Padre y de Él recibe la potestad judicial. Recordemos que, como vimos antes, el poder judicial —ser juez— es nota esencial del ser rey. Así como quien se sienta a la derecha del rey participa de sus funciones de reinar y juzgar, así Cristo, sentado a la derecha del Padre, es Rey y Juez.
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En el resto de la cuestión 58, Tomás establece que este “estar sentado a la derecha” y, por tanto, estaealeza, compete a Cristo tanto en cuanto Dios como en cuanto hombre. Los textos son complejos, pero accesibles en la Suma.
En la cuestión 59, Tomás trata más específicamente del poder judicial de Cristo. En el artículo primero afirma que para juzgar se requieren tres cosas: potestad coactiva, rectitud de celo y, sobre todo, sabiduría. Cristo, dice Tomás, es la Sabiduría engendrada del Padre, la Verdad que procede de Él y lo representa perfectamente. Por eso se atribuye con propiedad al Hijo el poder judicial. Cita a San Agustín, quien afirma que el Padre transfirió al Hijo el poder de juzgar por ser Él su Sabiduría.
En el artículo segundo, Tomás explica que este poder judicial corresponde a Cristo también en cuanto hombre. Dios confiere a los hombres autoridad judicial respecto de quienes están sometidos a su jurisdicción; así también Cristo, en cuanto hombre, juzgará por tres razones: por su parentesco con los hombres, porque en el juicio final tendrá lugar la resurrección de los cuerpos —obra del Hijo— y porque es justo que quienes han de ser juzgados vean a su juez.
Finalmente, en el artículo tercero, Tomás afirma que Cristo obtuvo por sus méritos esta potestad judicial y real, porque luchó y venció por la justicia de Dios. El que fue injustamente juzgado es constituido ahora juez y rey. Esto coincide con lo que Pío XI enseña en Quas Primas: Cristo es Rey por conquista.
Con esto concluimos la primera parte de la exposición.
2. El reino de Cristo
Pasamos ahora a la segunda parte: el reino de Cristo. ¿En qué consiste este reino? Para responder a esta pregunta, nos hemos valido de algunos pasajes del Comentario al Evangelio de San Juan de Santo Tomás, que —según el sentir unánime de los especialistas— constituye la obra exegética más elevada y madura del Aquinate. Fue redactada en los últimos años de su vida, aproximadamente en 1272.
Nos detendremos en algunos textos correspondientes al comentario del capítulo 18, versículos 33‑37, cuando frente a Pilato, que lo interroga, nuestro Señor responde: “Mi reino no es de este mundo”.
Recordemos brevemente el pasaje evangélico. Dice San Juan:
Entró, pues, Pilato de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Jesús respondió: “¿Lo dices por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?”. Pilato contestó: “¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”. Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían para que yo no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Luego tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey”.
Respecto de este texto y del comentario de Santo Tomás, lo primero que debemos establecer es qué significa exactamente la expresión “mi reino no es de este mundo”. Para ello conviene detenernos en el texto original griego, que ilumina el sentido.
La expresión “de este mundo” aparece con la preposición griega ek (ek tou kosmou). El texto dice hē basileía hē emé ouk estin ek tou kosmou toutou. La preposición ek —al igual que su equivalente latina ex— no indica solo pertenencia, sino sobre todo procedencia, origen. Es decir, el reino de Cristo no procede de este mundo; no tiene su origen en él. No es un reino terreno, sino divino.
Santo Tomás explica que Cristo, ante la sospecha de Pilato de que Él pretendiera instaurar un reino político, remueve esa falsa idea diciendo: “Mi reino no es de este mundo”, es decir, no procede de este mundo ni es acerca de este mundo en sentido terrenal.
Es interesante lo que añade Tomás: los maniqueos interpretaron mal este pasaje al afirmar que existían dos dioses y dos reinos: el Dios bueno, cuyo reino estaría en la región de la luz, y el dios malo, cuyo reino estaría en la región de las tinieblas. Según ellos, este mundo material sería el reino de las tinieblas, y por eso Cristo habría dicho que su reino no está aquí.
Tomás refuta esta interpretación. En contra de ella cita el Salmo 46,8: “Dios es el rey de toda la tierra”, y el Salmo 134,6: “Todo cuanto el Señor quiere lo hace en el cielo y en la tierra”. Por tanto, Cristo no niega que su reino se ejerza sobre este mundo, sino que niega que proceda de él o que sea de naturaleza terrena.
Santo Tomás explica que Cristo dijo esto para corregir la idea de Pilato, quien pensaba que el reino de Cristo afectaría el reino político romano, como si Cristo fuera a reinar corporalmente como los reyes terrenos. En ese sentido, el reino de Cristo no es de este mundo; pero se ejerce en este mundo, porque —como dice la Escritura— “Yo soy el rey de toda la tierra”.
Más adelante, comentando el versículo 37, Tomás reitera esta idea: el reino de Cristo “no es de aquí”, es decir, no tiene su principio en este mundo; sin embargo, “está aquí”, porque está en todas partes. Cita Sabiduría 8,1: “Abarca fuertemente todas las cosas de un extremo a otro y las dispone suavemente”. También el Salmo 2,8: “Pídeme y te daré en herencia las naciones”. Y Daniel 7,14: “Le fue dada potestad, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron”.
De estos textos se desprende que, si bien el reino de Cristo no es de este mundo en cuanto a su origen y naturaleza, sí se ejerce sobre este mundo, aunque no al modo humano, sino al modo divino.
Avanzando un poco más, Santo Tomás, siguiendo a dos Padres de la Iglesia —San Agustín y San Juan Crisóstomo—, afirma que el reino de Cristo se entiende en un doble sentido:
Según San Agustín, el reino de Cristo es el conjunto de los fieles sobre los cuales Cristo ejerce su realeza.
Según San Juan Crisóstomo, el reino se entiende como la potestas, el poder real de Cristo.
De ambos modos, concluye Tomás, el reino de Cristo es tanto el conjunto de los fieles redimidos como la potestad real que Cristo ejerce sobre todas las cosas.
3. La realeza de Cristo sobre el orden político y social
Establecido que el carácter esencial del reino de Cristo es el que hemos visto, ahora examinaremos la extensión de ese reino, particularmente en lo que respecta al orden político y social. Si hemos visto que la realeza de Cristo es universal y se extiende a todas las cosas, resulta lógico deducir que el orden político y social también está sometido a la realeza de Cristo. ¿Por qué habríamos de sustraer precisamente el ámbito más elevado de las realidades humanas?
Pero, ¿de qué modo se ejerce esta realeza de Cristo sobre las realidades temporales?
Para entender adecuadamente este punto, debemos tener en cuenta que, para Santo Tomás, el orden político es una realidad natural que se rige por medio de hombres que actúan como causas segundas. Cristo gobierna las cosas temporales por medio de los hombres, que son causas segundas, mientras que Él es la causa primera y universal.
Hay un pasaje fundamental en la Suma contra Gentiles, libro III, capítulo 98, donde Tomás trata del gobierno del mundo por parte de Dios. Allí explica que Dios gobierna como causa primera, pero se vale de las criaturas —incluidos los hombres y los ángeles— como causas segundas.
Para ilustrarlo, utiliza un ejemplo tomado del orden político:
Todos los domésticos de un cabeza de familia guardan un cierto orden entre sí según la subordinación que les corresponde. Ese cabeza de familia, junto con los demás de la ciudad, guarda un orden respecto del jefe de la ciudad. Y este jefe de la ciudad, junto con los demás del reino, se subordina al rey.
Este pasaje es precioso por varias razones. Primero, porque muestra la concepción orgánica de la sociedad en Santo Tomás, muy distinta de las sociedades anárquicas y desestructuradas de nuestro tiempo. Observamos cómo se articula un orden perfecto entre las distintas comunidades: la familia, cuyo jefe es el pater familias; la ciudad, cuyo jefe guarda un orden con los demás; y finalmente el rey, que es la causa primera en el orden político.
Pero este rey terreno, que gobierna como causa primera en su ámbito, es sin embargo causa segunda respecto del Rey de Reyes, que es Cristo. Este es el núcleo de la cuestión: los gobernantes humanos reinan como causas primeras relativas, pero son causas segundas respecto de Cristo, causa primera absoluta.
Por eso, en otra obra de Santo Tomás, el tratado De Regno, se afirma directamente que todo rey es ministro de Dios y que todo rey deberá rendir cuentas al Rey supremo por su gobierno.
Conforme a esta doctrina, todo aquel que gobierna en cualquier ámbito del orden humano lo hace como causa segunda respecto de Cristo Rey, que es juez universal.
En este sometimiento de los reinos humanos al reino de Cristo reside la clave de la paz y la estabilidad de los pueblos. Por eso, en el número 18 de Quas Primas, Pío XI afirma que si los príncipes y gobernantes legítimos se persuadieran de que mandan no tanto por derecho propio cuanto por mandato y representación del Rey divino, usarían su autoridad con sabiduría y santidad, sabiendo que deberán rendir cuentas a Dios. Y añade que, si esto se cumpliera, florecería la tranquilidad y el orden, porque los hombres se someterían a la autoridad legítima en la medida en que vieran en ella la imagen de la autoridad de Jesucristo.
Llegados a este punto, podemos hacer una última reflexión. Nada garantiza más la obediencia de los hombres a una autoridad legítima que ver en ella la imagen de Cristo Rey. Y nos preguntamos: ¿hay algo que contradiga más esta idea que los gobernantes de nuestro tiempo, que no reinan como reyes, sino como tiranos? Casi no quedan hoy reinos regidos por la justicia; en su lugar se han erigido tiranías, incluidas —dice el texto original— las tiranías democráticas.
¿Qué ha sucedido? Ha sucedido que los reyes se han rebelado contra Cristo. Esto nos lleva al Salmo 2, versículos 1‑2:
“¿Por qué se amotinan las gentes? ¿Por qué las naciones traman proyectos vanos? Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Ungido: ‘Rompamos sus coyundas, sacudamos de nosotros su yugo’”.
Santo Tomás comenta este salmo —uno de los pocos que comentó, junto con el salmo 50—. Explica que los “lazos” en un reino son aquellas cosas por las cuales se afirma la potestad regia: la milicia, las armas, la obediencia. Para remover el yugo del rey, es necesario romper esos lazos.
Pero en Cristo, espiritualmente, el yugo es la ley de la caridad —“mi yugo es suave”— y los lazos son las virtudes: fe, esperanza y caridad. Por tanto, dice Tomás, no es posible que la conciencia del hombre deje de estar bajo el yugo de Cristo si antes no rompe esos lazos, es decir, las virtudes. Esto lo hacen aquellos que, siguiendo el texto de Job, dicen a Dios: “Apártate de nosotros, no queremos conocer tus caminos”, o como dice Jeremías: “Rompiste el yugo, quebraste tus ataduras y dijiste: no serviré”.
Aquí está la clave —diabólica, dice el texto original— de esta rebelión y apostasía de las naciones. Frente a esto, es necesario una vez más levantar la bandera de Cristo Rey, proclamar oportuna e inoportunamente la realeza de este Rey destronado, Jesucristo, a quien se ha dado el reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
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