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viernes, 1 de mayo de 2020

Espera y esperanza

 

Dos palabras que hacen temer un futuro dramático, no solo para la Europa cristiana con Roma, sede del Papado y centro mundial del catolicismo – actualmente en fase de apostasía, que es el preludio de la manifestación del anticristo – sino también a causa de la guerra en Medio Oriente y en Palestina, donde, hace dos mil años surgió al Civilización Católica, la única verdadera, comenzando con la predicación de Jesús de Nazaret, que dividió en dos partes la historia: antes y después de Cristo.

Estamos asistiendo a una guerra entablada por los enemigos de Dios en los santos lugares, con el fin de desencadenar una catástrofe de dimensión planetaria para involucrar a todos los pueblos y que induce a temer que sea una conflagración destinada a destruir no solo la Civilización Cristiana, sino la humanidad entera, por medio de la formación de dos bloques de naciones contrapuestas, dotadas de armas nucleares.

Hemos entrado en una guerra global construida ad hoc para cancelar la civilización cristiana.

La Iglesia católica, querida indestructible por su Fundador, Jesucristo, nuestro Señor, muy atacada por sus enemigos, está destinada a sobrevivir a todas las adversidades, aunque aparentemente parece sucumbir bajo los golpes mortales de los adversarios, ocultos por todas partes, tanto fuera como dentro de las instituciones públicas, también eclesiásticas.

La Biblia, inspirada por Dios, resume la historia del pueblo judío, del que proviene el Mesías, nacido de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, pero habla también de las naciones cristianas como Italia, con Roma, sede del Papado y caput mundi, hasta que hayan difundido en todo el mundo la Buena Noticia del Reino, la única Religión revelada por Dios por medio de los Evangelios y válida para la salvación de la humanidad. Dice Jesús: “Id a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura: el que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea será condenado” (Mt 16, 15-16).

La Iglesia católica, la única verdadera, fundada por Jesucristo, perseguida desde siempre, no podrá ser destruida nunca: en efecto, es una Institución que resiste tras dos mil años, asistida y protegida por el Espíritu Santo, no obstante todas las guerras y las insidias que durante los siglos sus enemigos, externos e internos, han tramado para destruirla: hoy nos encontramos en los compases conclusivos.

Es probable que en este siglo se concluya un gran capítulo de la historia humana, no porque termine el mundo, sino porque acabará una época con los problemas de su aventura terrena, con la derrota de Satanás, el eterno enemigo de quien poco se habla, pero que pretende dominar en todas partes.

No se puede obedecer a dos señores

Si fuera posible definir con una palabra nuestra época, la más apta podría ser la de tiempo de hipocresía: en efecto, gran parte de la población, a causa del extraordinario desarrollo de los medios de comunicación y del cotilleo, llega al conocimiento de acontecimientos de interés político, mundano, deportivo, frívolo, etc., pero que excluye o casi los de interés espiritual.

Pero hay una dimensión que no debemos pasar por alto, además de las noticias difundidas por los medios de comunicación: ¿estamos seguros de que las noticias importantes de orden espiritual que nos son propinadas, no están “filtradas, seleccionadas y corregidas” por las agencias que presiden el dominio del poder mundialista que domina en todas partes?

Con motivo de los precedentes históricos registrados en el pasado – como en el caso de Pearl Harbour; de las Torres Gemelas, de la elección de los últimos Papas, del texto “incompleto” del Tercer Secreto de Fátima, etc. – la credibilidad de algunos personajes ha sido muy contestada a causa de las revelaciones, incluso póstumas y documentadas, de otros exponentes.

Por esto la honestidad de algunos protagonistas ha sido puesta en duda, sin pasar por alto los muchos secretos de Estado, conservados celosamente en los archivos: cuando se quieren “corregir” los diseños de Dios, negando a la humanidad el verdadero tercer secreto de Fátima, ¡se comete un pecado de omisión!

La situación actual, a nivel mundial, si no fuera por la notoriedad y el prestigio de algunos personajes, que exigen la reserva, podría ser definida de “omertà”, de silencio cómplice: un término despreciativo, tomado de la jerga mafiosa, que debe usarse solo en los casos en los que los protagonistas actúan conscientemente para ocultar la verdad.

Frente a las noticias negativas o sospechosas sobre los personajes de primer plano, para remediarlo de algún modo, los cronistas resaltan las noticias positivas, oscureciendo las negativas, cuando ello es posible, por la incertidumbre de juicio de los expertos, de los medios de comunicación o de los adversarios declarados: en dichos casos brota a menudo la simpatía o la antipatía que los personajes reciben a nivel público.

Si después el personaje en cuestión es un exponente de la Iglesia católica, entonces el juicio provoca mayor interés, porque implica a menudo ser amigos o enemigos de la Verdad, un elemento siempre de primer plano, incluso en una sociedad de inspiración laica.

El Evangelio nos invita a no juzgar a los demás, “para no ser juzgados”, y es ciertamente el criterio más oportuno para los verdaderos seguidores del Evangelio: Jesucristo dio el ejemplo máximo, soportando la traición de Judas, hasta la muerte en Cruz, esperando su arrepentimiento.

Al final vence la Verdad

Hoy el elemento decisivo que debería brotar de nuestro comportamiento es el de la verdad, porque es el único que vence al final y supera a todos los demás, especialmente en este periodo histórico en el que la Verdad del Evangelio es voluntariamente ignorada con el fin de olvidarla y finalmente negarla del todo, a corto plazo.

Todo parece programado por grados: primero el indiferentismo religioso, después la equivalencia o la paridad entre las diferentes religiones y finalmente la negación de la Verdad ultraterrena, anunciada por el Evangelio.

Desde hace años ya hemos superado la fase de la indiferencia religiosa y estamos navegando en el gran mar de la paridad de todas las religiones, decretada por el Concilio Vaticano II; estamos cerca ya de la negación de la Verdad, que ya no es clara y evidente, sino que se confunde a menudo con el error, en el mare magnum de las falsas religiones, de las sectas y de las supersticiones, no suficientemente denunciadas y combatidas por las Autoridades. ¿Qué significado hemos de dar entonces al Evangelio de San Mateo, donde dice: “El que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea será condenado”?

La evolución de la religión católica hacia la indiferencia y hacia la negación de la Verdad que debía desarrollarse entre las naciones cristianas en el curso de algunas generaciones – como ha sido programado por las logias masónicas – se está realizando quizá antes de lo previsto, como se puede ver por la apostasía difundida en acto, por lo que los tiempos se abrevian con motivo del gran desarrollo de los network.

El enorme desarrollo de los medios de comunicación contribuye quizá también a anticipar los tiempos de la intervención de Dios en los asuntos humanos, nunca tan “controlados” por los servicios secretos de los gobiernos masónicos, pero especialmente por los políticos ateos, precursores del anticristo, dispuestos de manifestarse a la señal de los agentes secretos, ansiosos de salir al descubierto para dominar.

En paralelo a las fuerzas infernales del maligno, que actúa hoy especialmente por medio de la masonería y las sociedades secretas anticristianas – agregadas a varias asociaciones, aparentemente benéficas – actúa ciertamente el ejército de los Ángeles de Dios que mantienen a raya a las fuerzas de Satanás, que ha desplegado a todos los espíritus infernales, en vista a la próxima batalla decisiva.

Varios elementos nos ponen en aviso de que nos estamos acercando a los últimos tiempos.

Luteranismo, comunismo, relativismo


Tres momentos de un mismo proceso destructivo que han llevado a la Europa cristiana y a Occidente en los últimos siglos al desastre religioso, político y social por el camino de la auto-destrucción.

En el origen de la devastación moral, del proceso de rechazo de Dios y del retroceso civil, está el rechazo de la unidad de la Fe, comenzada con la herejía de Lutero (1483-1546), solemnemente condenada por el Concilio de Trento (1545-1563), con la separación de Roma, sede del Papado, elegida por San Pedro, el primer Papa, desdeñada además, más recientemente, con el silencio inexplicable sobre las herejías de la masonería y del comunismo, como resulta claramente de los documentos del Concilio Vaticano II (11.19.1962-7.12.1965). ¡Un silencio culpable en tiempos muy sospechosos!

El último Concilio, además, no favoreció la unidad de los Cristianos, sino que dejó a la Iglesia en la ambigüedad, en la incertidumbre y en el desconcierto, sin condenar ni el comunismo, ni la masonería, ¡como si estas nefastas ideologías fueran “inocuas” para la integridad de la Fe!

Una situación que ha dado origen al relativismo que todavía domina incuestionable entre los bautizados.

La Iglesia católica, hoy, recoge los frutos del Concilio, comenzando en los años sucesivos a su conclusión, con el abandono de miles de vocaciones religiosas, con el vaciamiento de los seminarios y hoy con la escasa participación de los bautizados en la Santa Misa festiva.

Tras los actos nefastos de Lutero en 1517, del flagelo del comunismo desde hace más de un siglo y, más recientemente, del relativismo religioso como consecuencia del Concilio Vaticano II (según el cual una religión vale lo mismo que la otra) y después de que los Estados europeos, con raras excepciones, han decretado el ateísmo de Estado, todas las falsas religiones son acogidas con igual favor: el islam, el budismo, el hinduísmo, el sintoísmo, los testigos de Jehová, las diferentes sectas, aunque algunas de ellas son intolerantes hacia los cristianos. En todo el mundo hay un incremento, a menudo infravalorado, de la persecución a los católicos.

En la variedad de razas y de religiones, impuestas por los dueños del mundo y de la política monetaria – dominante hoy e identificable con Mammona – nosotros católicos confiamos en el gran proyecto predispuesto por Dios para salvar al mundo de la perdición eterna, en el momento oportuno: es decir, el de permitir la confrontación con la verdadera Religión católica, la única capaz de salvar a la humanidad redimida por Cristo, con el sacrificio de la Cruz.

Tampoco pueden perderse las miles de maravillosas catedrales, basílicas, abadías, monasterios, santuarios, etc. y los innumerables y sublimes testimonios de obras de arte sacro esparcidas por los siglos en las naciones cristianas, no pueden perderse porque son signos extraordinarios de una civilización de origen divino.

Está claro ya que en el mundo la clase dominante está de de la parte de los enemigos de la Iglesia católica, constreñida a jugar a dos bandas, a la espera de la manifestación del anticristo. El maligno domina en todas partes, especialmente en el campo político y financiero, pero también en el campo religioso, porque la Iglesia católica, custodia de la Verdad, desde hace mucho tiempo, está ocupada en las sedes más prestigiosas por sus enemigos más insidiosos, para poder actuar con gran perfidia y seguridad.

Deberemos de estar también cerca de la manifestación del anticristo, preparada por sus agentes ocultos. Después del papa Francisco es probable que se revele un personaje muy diferente de lo habitual… La actual situación religiosa parece preceder al anticristo con su breve reinado de persecución sanguinaria: le seguirá imprevista la intervención de Jesucristo, Rey del Universo, que fulminará al maligno con su mirada para eliminarlo definitivamente de la faz de la tierra.

Preparémonos, con una vida cristiana y con la oración, a la Segunda venida de Jesús: Él renovará la faz de la tierra, por medio del Espíritu Santo. Será el triunfo de Jesús y de María y la derrota definitiva de Satanás y de su reino.

Marco
(Traducido por Marianus el eremita)