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martes, 9 de enero de 2018

No podemos ‘subcontratar’ la fe



InfoVaticana ha dedicado no uno, sino varios artículos a la profesión pública de las verdades inmutables sobre el matrimonio con que Tomash Peta, Arzobispo Metropolitano de la archidiócesis de Maria Santísima en Astana, Athanasius Schneider, su obispo auxiliar, y Jan Pawel Lenga, obispo emérito de Karaganda, han querido cerrar el año, así como a las reacciones que ha suscitado.

¿Es noticia que unos obispos recuerden la doctrina católica sobre el matrimonio, ni siquiera un aspecto oscuro o controvertido, sino lo central que nunca se ha puesto en duda?

Sobre todo, ¿es noticia cuando los obispos en cuestión son los de un gigantesco país musulmán donde los católicos apenas alcanzan las 60.000 almas?

Ciertamente, no debería serlo. De hecho, somos plenamente conscientes de que noticias de este tipo causan desasosiego y malestar en muchos católicos, algunos de los cuales llegan al extremo de ver en ellas un ataque indirecto al Papa Francisco.

¿Quiénes somos nosotros, quiénes son estos obispos de un lugar perdido, quién es nadie para enmendarle la plana al Papa, o insinuar de esta forma que su mensaje es confuso?

Y aquí está, creo, el núcleo de buena parte de lo que falla en la Iglesia. Hemos tenido una larga sucesión de Papas excelentes que nos han hecho olvidar que nuestra fe no es una papolatría, que no es al Papa -a este o al que sea- a quien debemos seguir, sino a Cristo, y que la Iglesia no es un partido político cuyo carismático líder pueda cambiar de arriba abajo ‘la línea programática’ a su gusto.

La Iglesia tiene dos mil años y, además de las Escrituras, una enorme riqueza de Tradición y Magisterio, doctrinas que se han mantenido inmutables, que se han ido aclarando, perfeccionando, desarrollando, pero sin contradecirse. Esa es la base en la que se asienta la Primacía de Pedro. Y eso es lo que Pedro, menos que nadie, no puede alterar.

Durante mucho tiempo, varias generaciones, los católicos se han acostumbrado a un clero crecientemente tibio y mundano, cuando no abiertamente herético; se ha hecho a que el sacerdote de su parroquia altere el canon a placer o encadene melifluas homilías más propias de una difusa ONG que de la Iglesia de Cristo, en ocasiones abiertamente heréticas; no se extraña de que su obispo parezca evitar cualquier tema incómodo para el mundo en sus mensajes, de que hagan mangas y capirotes con la liturgia, de que lleven vidas poco ejemplares.

En unas pocas generaciones, los templos se han vaciado como si alguien hubiera gritado “¡fuego!”, pero los fieles contaban con un consuelo: al menos, teníamos al Papa. El Papa se enfrentaba al mundo, el Papa era ortodoxo y valiente y hablaba de Dios en sus mensajes.

Esa actitud no puede ser más disparatada, más peligrosa, menos católica. Es, espiritualmente, el equivalente a marcar la X en nuestra declaración del IRPF y desentendernos después de las necesidades materiales de la Iglesia. De un modo similar, al soportar con algo rayano a la indiferencia todos los desmanes del clero, todos los ‘experimentos’ teológicos, pastorales y litúrgicos amparándonos en la figura ‘segura’ del Papa,  estábamos tratando de ‘subcontratar’ nuestro catolicismo y reduciendo la Iglesia a un solo hombre mortal.

Nuestra fe no es una idolatría, y el Papa no es un ídolo. La Iglesia no solo es mucho más antigua que el hoy, también es mucho más amplia, y siempre fue poco realista pensar que podíamos alzarnos de hombros ante la mundanización del clero pensando que siempre tendríamos a ese ‘Superman’ teológico en el que habíamos convertido la figura del Papa, con evidente ignorancia u olvido de nuestra propia y aleccionadora historia.

Un ejemplo. Leo hoy que los obispos españoles reclaman alternativas a los cetis, los cies y las devoluciones en caliente. No creo que a nadie le apasionen los Centros de Inernamientos de Emigrantes, pero la inmigración masiva, descontrolada e ilegal plantea problemas que desbordan a los países europeos y a los que es ingenuo pretender darles una solución simple.

Ignoro si existen esas ‘alternativas’ que no sean mucho peor que las actuales disposiciones. Sospecho que los obispos también lo ignoran. ¿Por qué no? Se trata de soluciones políticas de urgencia a problemas sobrevenidos.

Lo que sí sé es que el asunto les deja bien, y que tiene muy, muy poco que ver con su misión. España se descristianiza a marchas forzadas, los cristianos están sometidos a un régimen -de cualquier partido- que no desaprovecha ocasión de dejarles claro su desprecio, se aprueban leyes que claman, literalmente, al Cielo y que inciden en cuestiones de fondo, esenciales no solo para nuestra fe sino para toda la cultura que ha engendrado.

Y los obispos españoles condenan los CIES.

¿Por qué? Porque es fácil. Es una opinión que solo va a cosechar aplausos de los que importan, de los grandes medios, de los líderes culturales, de los partidos. Los partidos que apoyen las CIES podrán responderles, pero no se indignarán ni se escandalizarán de su mensaje.

Pero lo urgente, lo profético, está vedado. Sería quedar ‘demodé’, parecer poco ‘modernos’, enfrentarse a una probable persecución mediática. Molestarse.

No es, repito, cosa de nuestros obispos. ¿Cuándo fue la última vez que oyó una homilía en la que el sacerdote advirtieran a su grey de la muy real posibilidad de que pierdan su alma? Porque esta es su primera, su sagrada misión, sobre la que van a tener que responder: acercar a las almas a Cristo y procurar su salvación. No caer bien, no ser moderado, no seguir el buenismo reinante y políticamente correcto.

Los obispos kazajos, a los que se han adherido otros, muy pocos, dicen haber actuado “ante la notable y creciente confusión en la Iglesia”. Y sí, la primera misión conferida por Cristo a Pedro es “confirmar en la fe a sus hermanos”. Luego, si conviene, los CIEs.
Infocatólica