BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



viernes, 16 de junio de 2017

El plan de reinterpretación de la Humanae Vitae (Roberto de Mattei)



Monseñor Gilfredo Marengo, profesor del Pontificio Instituto Juan Pablo II, será el coordinador de la comisión nombrada por el papa Francisco para «reinterpretar», a la luz de Amoris laetitia, la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, con motivo del cincuentenario de su promulgación, que se conmemorará el año entrante.

Las primeras indiscreciones sobre la existencia de esta comisión, aún secreta, reveladas por el vaticanista Marco Tosatti, procedían de buena fuente. Podemos confirmar que existe una comisión, integrada por monseñor Pierangelo Sequeri, presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II, el profesor Philippe Chenaux, catedrático de Historia de la Iglesia en la Pontificia Universidad Lateranense y monseñor Angelo Maffeis, presidente del Instituto Pablo VI de Brescia. El coordinador es monseñor Gilfredo Marengo, profesor de Antropología teológica del Pontificio Instituto Juan Pablo II y miembro del Comité Directivo de la revista CVII-Centro Vaticano II Studi e ricerche.

La comisión nombrada por el papa Francisco tiene por cometido recabar en los archivos vaticanos la documentación relativa a los trabajos preparatorios de la Humanae Vitae, que se llevaron a cabo a lo largo de tres años, durante el Concilio Vaticano II y después de éste. El primer grupo de estudio sobre el problema de la regulación de nacimientos lo organizó Juan XXIII en marzo de 1963, y Pablo VI lo amplió hasta alcanzar 75 miembros. En 1966 los “expertos” presentaron sus conclusiones al papa Montini, proponiéndole que abriera las puertas a la contracepción artificial. En abril de 1967, el documento reservado de la comisión –que habría de ser el punto de partida para la revisión de la encíclica– apareció simultáneamente en Francia en Le Monde, en Gran Bretaña en The Tablet y en los Estados Unidos en el National Catholic Reporter.

Pablo VI, sin embargo, tras dos años de vacilaciones, publicó el 25 de julio de 1968 la encíclica Humanae Vitae, en la que confirmó la postura tradicional de la Iglesia, que siempre ha prohibido la limitación artificial de nacimientos. Según el filósofo Romano Amerio, se trató del acto más importante de su pontificado.

Humanae Vitae fue objeto de unas protestas sin precedentes, no sólo por parte de teólogos y sacerdotes, sino también de algunas conferencias episcopales, empezando por la belga, cuyo cardenal primado era Leo Suenens, que había exclamado con vehemencia en el Concilio: «Acompañemos el progreso de la ciencia. Os lo ruego, hermanos: Evitemos un nuevo proceso a Galileo. La Iglesia ya tiene suficiente con uno». El cardenal Michele Pellegrino, arzobispo de Turín, calificó a la encíclica como «una de las tragedias de la historia pontificia».

En 1969, nueve obispos holandeses, entre ellos el cardenal Alfrink, votaron la llamada Declaración de independencia en la que invitaban a los fieles a rechazar las enseñanzas de la Humanae Vitae. En la misma ocasión, el Consejo Pastoral Holandés, con la abstención de los obispos, se declaró a favor del nuevo catecismo, rechazando las correcciones propuestas por Roma y pidiendo que la Iglesia se mantuviese abierta a «enfoques nuevos y radicales» en términos de moral, no citados en la moción final, sino que surgían de los trabajos del Consejo, como relaciones prematrimoniales, uniones homosexuales, aborto y eutanasia. «En 1968 –recuerda el cardenal Francis J. Stafford– sucedió algo terrible en la Iglesia. En medio del sacerdocio ministerial, entre amigos, se produjeron por todas partes fracturas que nunca se recompondrían, heridas que siguen aquejando a toda la Iglesia» (1968, l’anno de la prova, en L’Osservatore Romano, 25 de julio de 2008).

Pablo VI habló de la anticoncepción en Humanae Vitae de un modo que los teólogos consideran infalible y por tanto inmodificable, no porque el documento reúna en sí los requisitos de la infalibilidad, sino porque reafirma una doctrina propuesta desde siempre por el Magisterio perenne de la Iglesia. Los teólogos jesuitas Marcelino Zalba, John Ford y Gerald Kelly, los filósofos Arnaldo Xavier da Silveira y Germain Grisez y muchos otros autores explican que la doctrina de la Humanae Vitae debe considerarse infalible, no en virtud de su promulgación, sino porque confirma el magisterio ordinario universal de los pontífices y de los obispos del mundo.

Monseñor Gilfredo Marengo, a quien el papa Francisco ha encomendado releer la Humanae Vitae, pertenece por el contrario a la categoria de los obispos que están convencidos de que pueden conciliar lo irreconciliable. Desde septiembre de 2015, comentando en Vatican insider cómo se desarrollaba el Sínodo de la Familia, invitaba a «abandonar un concepto del patrimonio doctrinal de la Iglesia como un sistema cerrado, impermeable a las exigencias y provocaciones del momento en que vivimos, en el que la comunidad cristiana está llamada a dar razón de su fe, como anuncio y testimonio».

En un artículo más reciente de la misma publicación, con el significativo título de Humanae Vitae e Amoris laetitia: storie parallele (Vatican insider, 23 de marzo de 2017), monseñor Marengo se pregunta si «el polémico juego píldora sí, píldora no, al igual que el actual de comunión a los divorciados sí, comunión a los divorciados no, sea sino la apariencia de una molestia y un esfuerzo, mucho más decisiva en el tejido de la vida eclesial».

De hecho, «cada vez que la comunidad cristiana cae en el error de proponer modelos de vida derivados de ideales teológicos demasiado abstractos y artificiosamente construidos, concibe su acción pastoral como la aplicación esquemática de un paradigma doctrinal». «Un cierto modo de defender y acoger las enseñanzas de Pablo VI –añade– ha sido probablemente uno de los factores –y cita a este respecto el papa Francisco– por los que hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias tal como son. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos hemos suscitado la confianza en la gracia, no ha hecho al matrimonio más deseable y atrayente, sino todo lo contrario» (Francisco).

Ahora bien, si la antítesis «píldora sí, píldora no», así como la actual «comunión a los divorciados sí, comunión a los divorciados no», è solo «un juego polémico», el mismo principio se podrá aplicar a todos los grandes temas de la fe y la moral: «aborto sí, aborto no», «resurrección sí, resurrección no», «pecado original sí, pecado original no», y así sucesivamente. La misma yuxtaposición entre verdad y error y entre bien y mal se convierte, en este punto, en «un juego polémico».

Hay que destacar que monseñor Marengo no propone leer Amoris laetitia en la línea de la hermenéutica de la continuidad. No niega la existencia de una contraposición entre ambos documentos: admite que Amoris laetitia autoriza lo que Humanae Vitae prohíbe. Pero sostiene que toda antítesis teológica y doctrinal vaqueda relativizada y superada en una síntesis que logra conciliar los contrarios.

La verdadera dicotomía es entre lo abstracto y lo concreto, entre verdad y vida. Para monseñor Marengo, lo que vale es sumergirse en la praxis pastoral sin someterse a «ideales teológicos demasiado abstractos y artificiosamente construidos». Será la praxis, no la doctrina, la que indique el camino a seguir. El comportamiento nace por tanto del comportamiento. Y ningún comportamiento puede supeditarse a valoraciones teológicas y morales. No hay modelos de vida; sólo existe el fluir de la vida, que todo lo acoge, todo lo justifica y todo lo santifica.

El principio de inmanencia, condenado por san Pío X en la encíclica Pascendi (1907), es vuelto a proponer de manera ejemplar. ¿Habrá algún pastor o teólogo que ante este programa de reinterpretación de la Humanae Vitae tenga el valor de decir la palabra herejía?

Roberto de Mattei