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sábado, 25 de abril de 2026

Los obispos no opinan, cobran: Las cifras del negocio millonario de las redes de acogida



Cuando la Conferencia Episcopal Española se pronuncia sobre inmigración, conviene recordar quién paga el sueldo del que habla. Porque lo que parece una postura pastoral —la insistencia machacona en la acogida, el silencio frente a las consecuencias visibles del fenómeno, la reprimenda automática a cualquier voz crítica e incluso la excomunión retórica de los políticos que la combaten— tiene detrás una contabilidad muy concreta. La Iglesia española no es un observador imparcial del debate migratorio. Es uno de sus principales operadores económicos. Y los operadores económicos, como es sabido, no defienden principios: defienden cuotas de mercado.

El caso más obvio es Accem. Fue creada en 1951 por la propia Conferencia Episcopal con el nombre original de Asociación Comisión Católica Española de Migraciones. En 1990 se desprendió del adjetivo religioso y se reinscribió como entidad civil aconfesional, lo cual no fue un giro ideológico sino una operación administrativa: lo aconfesional accede a líneas de subvención a las que lo confesional no llega. Dos años después firmaba su primer gran convenio con el INSERSO para gestionar Centros de Acogida de Refugiados, y a partir de ahí entró en el círculo cerrado —Cruz Roja, CEAR, Accem— al que el Estado adjudica la acogida sin concurso público real. La presidenta actual sigue siendo religiosa. El vicepresidente, sacerdote. La pintura aconfesional se descascarilla cuando uno mira el organigrama.

Las cifras explican el silencio mejor que cualquier teología. En 2018 Accem gestionaba 45,9 millones de euros. En 2024 alcanzó los 225,1 millones. Su propia memoria económica reconoce que el 99% de su financiación es pública: 88,16% del Estado central, 7,77% autonómico, el resto pulverizado entre diputaciones, ayuntamientos y fondos europeos. El 1% restante —apenas dos millones— procede del sector privado. Es decir, una fundación nacida del episcopado y todavía dirigida por personal eclesiástico opera con dinero del contribuyente al 99%. La estructura ocupa a 3.839 trabajadores en trece comunidades autónomas y las dos ciudades autónomas. Es una administración paralela. Una administración cuyo presupuesto crece exactamente al ritmo al que crecen las llegadas irregulares.

Cáritas presenta cifras de otro orden, pero la lógica es idéntica. En 2024 movió 486,9 millones de euros, un récord histórico. De esos, 143,4 millones provienen de administraciones públicas: el 29,5% del balance global. La proporción privada es mayor que en Accem porque Cáritas conserva una base de donantes y herencias que la blinda parcialmente, pero ciento cuarenta y tres millones anuales de dinero público no son una propina. Son una dependencia estructural. La propia memoria reconoce que el 47% de las personas atendidas son inmigrantes en situación administrativa irregular: unas 550.000. Cáritas no acompaña residuos del sistema; acompaña, por volumen, sobre todo a quienes han entrado al margen de la legalidad. Y luego defiende públicamente las regularizaciones extraordinarias y la ampliación del arraigo, como hizo durante toda la tramitación de la ILP en el Congreso. La organización que cobra por atender a inmigrantes ilegales hace lobby para que haya más inmigrantes ilegales que regularizar. No hay misterio.

(Por cierto que cuando se habla de Cáritas hay que tener en cuenta que la ONG vive del prestigio y de la reputación de las cáritas parroquiales que nada tienen que ver en esta contabilidad.)

El conjunto del sistema se entiende mejor con una sola cifra: las subvenciones a entidades de acogida sumaron 1.458 millones de euros entre 2020 y 2024 según los datos publicados por el Ministerio de Inclusión. La acción concertada articulada en 2022 mediante el Real Decreto 220/2022 y la Orden ISM/680/2022 permite adjudicaciones directas, sin concurso, a un grupo cerrado de operadores. Cruz Roja se lleva el 49%. CEAR y Accem rondan, cada una, el 15%. Esas tres entidades concentran alrededor del 85% del total. Dos de ellas —Accem por origen y dirección, Cáritas por dependencia diocesana— son brazos eclesiales. El reparto está cerrado, los actores son siempre los mismos, y los importes crecen año tras año en correlación directa con el flujo migratorio. En 2024 entraron irregularmente 63.970 personas, un 12,5% más que el ejercicio anterior. La industria sigue el mismo ciclo expansivo.

Esto no es caridad. Es contratación pública con etiqueta evangélica. La caridad cristiana, en su definición clásica, supone darle al pobre lo que es tuyo. Lo que aquí ocurre es darle al pobre lo que es del contribuyente, cobrando una comisión por el trámite y reclamando además el monopolio moral de la operación. La diferencia no es semántica. Es estructural. Y explica por qué los obispos españoles, que en el siglo XX se pronunciaron sobre divorcio, aborto, eutanasia, educación o régimen político con energía y a veces con rabia, sobre inmigración ilegal mantienen un nivel de docilidad reverencial. No es que estén convencidos. Es que están comprados. La distinción importa.

Funciona así. Cuando un obispo ve un cayuco en televisión, no ve una cuestión política con dos caras —humanitaria y demográfica, compasiva y prudencial— sobre la que la Iglesia podría aportar matices. Ve una unidad de producción. Cada llegada irregular activa partidas presupuestarias en su diócesis, plazas en pisos tutelados gestionados por Cáritas, contratos con Accem, programas con cofinanciación europea. Cada llegada es facturación. Y cuando alguien se opone públicamente al modelo —un partido, un alcalde, un periodista, un sacerdote díscolo— ese alguien no es un interlocutor: es un competidor que amenaza la cuenta de explotación. La reacción episcopal no se dirige al fondo del argumento sino a la amenaza al ingreso. De ahí el reflejo automático del “racismo”, del “discurso del odio”, del “antievangelio”. No son categorías teológicas. Son escudos comerciales.

La prueba de que esto es así, y no una caricatura, está en el comportamiento asimétrico. Sobre eutanasia, los obispos hablan poco pero hablan. Sobre aborto, han bajado el tono pero todavía emiten alguna declaración anual. Sobre la persecución de cristianos en África, callan casi por completo —ahí no hay subvenciones que defender, así que el celo profético desaparece—. Sobre los abusos sexuales internos, han colaborado lo justo y muchas veces a regañadientes. Pero sobre inmigración hablan constantemente, con doctrina afilada, con condena explícita a quienes disienten, con cartas pastorales, con jornadas, con manifiestos. Es el único tema en el que la Conferencia Episcopal mantiene una activación continuada y sin fisuras. Y es, casualmente, el único tema en el que su red de organizaciones cobra cientos de millones de euros al año.

La hipocresía adicional consiste en que esta militancia se presenta como un cumplimiento del Evangelio. No lo es. El Evangelio no obliga a nadie a abrir las fronteras de su país y mucho menos lo obliga a hacerlo cobrando comisión por la operación. Tomás de Aquino, en cuestiones discutidas que ningún obispo español parece haber releído últimamente, distinguía entre extranjeros pacíficos, extranjeros hostiles y extranjeros peligrosos, y reconocía a la autoridad civil el derecho prudencial de regular su admisión según el bien común. La doctrina social tradicional habla de derecho a emigrar y de derecho del Estado a regular la inmigración como dos principios simultáneos, no como uno solo. La operación intelectual de los últimos veinte años —reducir la doctrina al primero y silenciar el segundo— no es un desarrollo legítimo. Es un ajuste de la teología al modelo de negocio.

Conviene que esto se diga sin adornos. Los obispos españoles no opinan sobre inmigración ilegal: cobran por gestionarla. La hipoteca económica explica la línea editorial. Y mientras esa hipoteca no se levante —mientras Cáritas, Accem y la red diocesana sigan dependiendo del flujo migratorio para sostener su estructura— ninguna intervención episcopal sobre la materia merece ser leída como magisterio. Debe leerse como lo que es: comunicación corporativa de un grupo de interés. El día que un obispo español se pronuncie sobre inmigración después de haber renunciado, en su diócesis, a cualquier subvención pública vinculada al fenómeno, ese día su voz volverá a ser audible. Hasta entonces, lo que se oye no es la Iglesia. Es la facturación.

Carlos Balén

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #114 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 33:40 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA 

1. Asamblea de la Conferencia Episcopal Española 

2. El esperpento de los abusos 

3. Hay obispos que nos toman por tontos 

MUNDO 

4. Acaba el viaje del papa a África 

5. El papa desautoriza al cardenal Marx 

6. La sensatez de un obispo sobre los funerales 

7. Aumenta el clero conservador en Estados Unidos 

8. En defensa del derecho natural

¿Quién escribe en la cuenta de X del Papa? Bruno Moreno

 ESPADA DE DOBLE FILO


En tiempos pasados, los Papas se tomaban muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacían pocas declaraciones públicas. En nuestros tiempos, los Papas se toman muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacen innumerables declaraciones públicas.

Ambas posturas son comprensibles, al menos hasta un cierto límite. ¿De qué serviría un Papa que no nunca dijera nada excepto para proclamar solemnemente un dogma de fe una vez cada veinte años? Paradójicamente, un Papa también puede hablar demasiado, de modo que un gran volumen de declaraciones prudenciales, protocolarias o retóricas ahoguen el núcleo de doctrina que enseña.

Los límites que no se deben traspasar en ninguna de las dos direcciones son prudenciales, pero si hay algo que claramente traspasa esos límites es, a mi juicio, la cuenta papal de X (antes Twitter).

No hace falta acudir a la cuenta de X del Papa Francisco, en la que por desgracia se publicaron algunos mensajes lamentables y de muy dudosa ortodoxia, porque lo cierto es que el problema es del medio en sí. Las redes sociales en general y X en particular son muy populares y permiten llegar a muchas personas. En algunos casos, sin embargo, también tienen características que pueden hacer que resulten completamente inadecuadas como herramientas para la jerarquía de la Iglesia.

La red X exige, por su propia naturaleza, subir mensajes con frecuencia. De otro modo, el algoritmo termina por enterrar lo que se sube y no se lo muestra a casi nadie. La cuenta de X del Papa León, en efecto, pone cinco mensajes diarios y tiene una gran audiencia, casi dieciocho millones de seguidores.

Ahora bien, es evidente que, por sus innumerables ocupaciones al frente de la Iglesia universal, el Papa no tiene tiempo para redactar cinco mensajes diarios para colgarlos en X. Eso hace necesario que “sus” mensajes sean escritos por otras personas. ¿Quién o quiénes? No lo sabemos.

En principio nada hay de extraño en ello. Muchos personajes importantes mantienen cuentas escritas por sus subordinados (otros, como Trump, claramente escriben sus propios mensajes). El problema es que el Papa es alguien muy especial, porque no solamente tiene autoridad canónica suprema en la Iglesia, sino que también es la máxima autoridad doctrinal.

Se plantea, pues, el problema de unos mensajes en redes, a menudo con contenido doctrinal, que se atribuyen al Papa sin ser del Papa y, con toda probabilidad, sin que el Papa los haya leído siquiera. Esto les da una autoridad ficticia y crea confusión.

Por ejemplo, el martes pasado se subió un mensaje a la cuenta del Papa que decía: “En el primer aniversario del nacimiento al cielo de nuestro querido Papa Francisco, sus palabras y acciones siguen grabadas en nuestros corazones”. Estas palabras, en boca de un Pontífice, serían muy graves, porque básicamente equivalen a una canonización de Francisco. En efecto, si está en el cielo desde hace un año, eso quiere decir que es santo y no pasó por el purgatorio.

Con seguridad, la persona que lo haya escrito tendría buena intención, pero la Iglesia siempre se ha preocupado de que no se digan esas cosas a la ligera. A fin de cuentas, si uno da por supuesto que un difunto ha ido directamente al cielo, no rezará por él. Tradicionalmente, una persona concreta puede tener una certeza subjetiva de que alguien a quien conocía bien ha ido directamente al cielo por su santidad de vida y su buena muerte, pero esa certeza debe someterse al juicio de la Iglesia y, por lo tanto, nunca deben hacerse públicamente esas afirmaciones, porque pueden llevar a la confusión y al error a otros.

Otro ejemplo del mismo día: “Su santo Nombre [de Dios]  nunca debe profanarse por el deseo de dominio, la arrogancia o la discriminación”. Hasta ahí, todo muy bien, claro. Pero sigue diciendo: “sobre todo, nunca debe invocarse para justificar elecciones y acciones que produzcan la muerte”. Esto segundo es falso y, por lo tanto, causa confusión en los fieles que lo lean.

Basta pensar un poco para entender que el soldado católico que elige y realiza la acción de producir la muerte a su enemigo en una guerra justa puede y debe actuar en nombre de Dios. No hay duda de ello, porque el soldado tiene el deber moral de luchar contra su enemigo y, si es su deber, entonces es algo bueno y que debe hacer en nombre de Dios, como todo lo que hacemos los cristianos.

Al margen de estos dos ejemplos, que simplemente son casos concretos de anteayer, tomados al azar, parece claro que el formato de una cuenta papal de la red social X, escrita por alguien que no es el Papa, resulta totalmente inadecuado para su misión de autoridad doctrinal máxima de la Iglesia. Lo que puede ser apropiado para otra persona no tiene por qué serlo para el Papa.

Aunque escribir en redes sociales pueda tener cosas buenas, en el caso del Papa el riesgo patente de crear confusión entre los fieles hace que no merezca la pena. Si hay algo que sobra en la Iglesia hoy es la confusión. Los papas, excepto cuando hablan ex cathedra, pueden equivocarse como todo hijo de vecino, pero no tiene sentido añadirles además a su cuenta los errores de un becario o del último monseñor que dice que sabe mucho de redes sociales, porque lee Facebook.

Más vale que un Papa haga pocas declaraciones, pero sustanciosas y correctas, que atribuirle ficticiamente una infinidad de mensajes efímeros que mezclan la valiosísima enseñanza de la Iglesia con errores doctrinales de tres al cuarto. Non decet

Bruno Moreno

Monseñor Schneider: «Sólo una intervención divina puede solucionar la crisis actual de la Iglesia»



El obispo auxiliar habla sin rodeos de las consagraciones de la FSSPX previstas para el próximo verano

(PerMariam) – Con relación al estado de necesidad de la Iglesia invocado por la FSSPX, un destacado prelado diocesano expresa su opinión de que sólo una intervención de Dios puede poner remedio a la generalizada crisis interna de la Iglesia.

La crisis de la Iglesia es un tema ampliamente debatido en el que impera gran diversidad de opiniones en cuanto al alcance de su gravedad. Para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, se trata de algo más que un debate intelectual; es una cuestión de identidad, pues la Fraternidad alega el estado de necesidad como motivo para consagrar nuevos obispos el verano que viene.

Hace algunas semanas, el superior general de la FSSPX Davide Pagliarini aseguró que la crisis ha llegado a ser más grave que nunca después del pontificado de Francisco. Peor aún por tanto que cuando las consagraciones episcopales de 1988.
«Francisco tomó unas decisiones catastróficas. Verdaderamente catastróficas –señaló Pagliarini–. La moral conyugal tradicional está en ruinas (…) Y todo, claro, en nombre del entendimiento, de la escucha, de la capacidad de adaptación. Así se ha llegado a justificarlo todo».
En días recientes vimos cómo monseñor Athanasius Schneider corroboraba la afirmación de Pagliarini sobre el estado de la Iglesia. 
«A diario presenciamos una situación increíble, verdaderamente apocalíptica», declaró Schneider en una entrevista concedida al portal alemán Certamen.
Entre otros, Schneider enumeró los siguientes ejemplos: «Propagación descarada de herejías, legitimización de la homosexualidad –o sea, sodomía–, sincretismo religioso con ritos paganos, indiferentismo (todas las religiones son iguales), socavamiento de la doctrina apostólica sobre los sacramentos y el celibato, sacrilegios y apostasía.

Estas cuestiones y problemas teológicos «se fomentan impunemente, e incluso los llevan a cabo obispos y cardenales en diversas partes del mundo», afirma el prelado.

Los comentarios de Schneider no son infundados. Numerosos comentaristas y teólogos han puesto de manifiesto el estado de la Iglesia en Alemania como ejemplo claro de heterodoxia que la Santa Sede tolera como si nada (el Camino Sinodal alemán aprobó por votación las relaciones entre personas del mismo sexo, el clero femenino y el gobierno de la Iglesia por laicos).

En el propio Vaticano, muchas crisis morales entre personajes de la Curia durante los últimos años, hasta hoy día mismo, son secretos a voces entre el clero y los periodistas de Roma. Un ejemplo muy conocido son los sumamente controvertidos libros eróticos del cardenal Víctor Manuel Fernández, que han sido ampliamente ventilados en la prensa, a pesar de lo cual el purpurado argentino ha sido elevado a la dirección del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

Hay destacados cardenales que se saltan a la torera la doctrina de la Iglesia sobre los sacramentos haciendo públicamente campaña a favor del clero femenino, mientras otros piden cambios en la doctrina católica sobre moral sexual. Como vemos, en la misma Roma hay pruebas de sobra de la crisis interna de la Iglesia. Una crisis de tal magnitud que muchos se preguntan si podrá superarse.

Según Schneider, no se ve que haya una solución posible por medios humanos. 
«En una situación como la que vivimos, sólo puede dar resultado una intervención divina. Por ejemplo, una persecución masiva de la Iglesia y el propio Pontífice por parte de las élites mundiales políticas anticristianas».
Invocando tal vez el caso de los primeros cristianos, que alcanzaron una gran expansión con las persecuciones, Schneider expresó que una persecución actual podría ser el punto de partida para «una misericordiosa y profunda conversión del Sumo Pontífice a la Tradición y el denuedo apostólico, fruto de las oraciones y sacrificios de innumerables fieles, «la gente sencilla de la Iglesia sobre todo».

A pesar de pintar un panorama tan negro, Schneider rechazó las afirmaciones de que la Iglesia se ha equivocado:
«Hay algo de lo que no existe duda: la Iglesia está en manos de Dios Todopoderoso, y Cristo está al timón de la Barca de San Pedro, aunque en este momento duerma mientras la nave es azotada por violentas tempestades y el crujido de tablas podridas parezca augurar un inminente naufragio, como expresó en cierta ocasión el papa San Gregorio Magno. Creemos firmemente que también en este caso Cristo se pondrá en pie y mandará calmarse a la tormenta, y nuestra Santa Madre Iglesia de Roma volverá a ser faro y cátedra de la verdad».
El obispo auxiliar de Astaná es conocido por su viva defensa de la doctrina católica, y en el caso de la Fraternidad San Pío X es mucho más que un observador interesado: por petición directa de la Santa Sede fue visitador apostólico en 2015. Debido a ello conoce muy a fondo y de primera mano la relación entre la FSSPX y el Vaticano.

Al igual que la FSSPX, rechaza la postura sedevacantista, y explica que sus francos comentarios acerca de temas eclesiásticos tienen por objeto el bien de la Iglesia y del Papa. El pasado mes de diciembre Scheneider se reunió con León XIV para plantearle una serie de cuestiones, y más recientemente ha publicado una petición pública rogándole que apruebe las consagraciones que la FSSPX tiene previstas.

Si bien Schneider no ha manifestado de forma pública y directa apoyo a los planes de la Fraternidad de llevar a cabo las consagraciones, ha implorado al Romano Pontífice que las apruebe, a la vez que ha aportado lo que conoce sobre la Fraternidad al debate más amplio sobre lo que está sucediendo en la Iglesia.

Lamenta que el tema de la FSSPX sea causa de división entre numerosos católicos, entre quienes se cuentan muchos que lógicamente estarían de parte de ella en asuntos teológicos y litúrgicos. En la entrevista concedida a Certamen, Schneider manifestó que en gran medida la oposición de otros católicos obedecía a un concepto erróneo de la infalibilidad pontificia y a un positivismo jurídico cada vez más difundido.

Dado que la FSSPX ha rechazado las condiciones fijadas por la Santa Sede para el diálogo –entre las que que se contaba la cancelación de las consagraciones– el Vaticano no ha vuelto a decir nada sobre el asunto. Faltan menos de tres meses para la fecha prevista (1 de julio).

Michael Haynes

viernes, 24 de abril de 2026

El Agustín que León XIV no mencionó en Hipona



Desde el avión, incluso antes de aterrizar en Argel, León XIV pronunció la frase que marcaría el rumbo de su viaje: «San Agustín ofrece un puente importantísimo para el diálogo interreligioso, pues es muy querido en su tierra natal». La imagen era perfecta para el consumo inmediato: el primer papa agustino de la historia, de regreso a la tierra del obispo de Hipona, tendiendo puentes entre el cristianismo y el islam, entre Occidente y África, entre el presente convulso y una antigüedad noble y venerable. La prensa católica progresista lo acogió con entusiasmo. Los analistas internacionales lo calificaron de gesto estratégico, hito histórico, «un nuevo epicentro del catolicismo». Todo muy pulcro, muy fotogénico, muy acorde con lo que se espera de un pontífice en 2026.

El único problema es Agustín.

Porque el verdadero Agustín, el que vivió en esa tierra, el que escribió en esa tierra, el que murió en esa tierra mientras los vándalos asediaban Hipona, no fue un constructor de puentes interreligiosos. Fue el polemista más formidable que la historia de la Iglesia latina haya producido jamás. Un hombre que dedicó décadas de su episcopado no a un diálogo conciliador, sino a la refutación sistemática e intransigente de todo lo que consideraba error. Se enfrentó a maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priicilianistas y académicos escépticos. Presidió concilios, escribió incansablemente y defendió la ortodoxia ante quien fuera necesario. No hay un solo texto en su obra que pueda interpretarse razonablemente como un llamado a la coexistencia teológica entre el cristianismo y el islam, especialmente porque el islam aún no existía cuando Agustín murió en el año 430.

Esto merece ser destacado, pues existe la tendencia, al apropiarse retroactivamente de grandes santos, a proyectar sobre ellos las sensibilidades del presente. Agustín no se presta a esta tarea. Philip Schaff, uno de los historiadores más rigurosos del dogma cristiano, escribió que Agustín «es el Doctor de la Iglesia por excelencia», cuya obra abarcó la eclesiología, la teología sacramental y la doctrina de la gracia con una precisión sin precedentes. Este Doctor no dejó lugar a ambigüedades respecto a la verdad revelada. La buscó durante años, con auténtica angustia, y cuando la encontró, la defendió con todos los medios a su alcance: la razón, las Escrituras, la autoridad conciliar y, cuando fue necesario, la coerción imperial.

Este último punto merece atención por su carácter embarazoso. En la Carta 93, escrita en el año 408, Agustín confiesa abiertamente haber cambiado de opinión respecto a la estrategia con los donatistas, pasando de la persuasión intelectual a la aprobación de las leyes coercitivas del Estado, precisamente porque la ineficacia del diálogo le había convencido de que faltaba algo. Su argumento era que el miedo había llevado a muchos donatistas a reflexionar y los había vuelto dóciles. El mismo hombre a quien León XIV transformó en símbolo del diálogo interreligioso fue el principal artífice doctrinal de lo que los historiadores denominan la primera teoría cristiana de la coerción religiosa legítima. No se le puede acusar de anacronismo: era el siglo V, el contexto era un cisma violento y los Circumcelliones donatoristas habían atacado y mutilado a varios obispos católicos. Pero ni siquiera se le puede citar como el promotor del encuentro entre gentiles de diferentes confesiones sin distorsionar su figura.

La paradoja se agudiza al examinar qué hacía exactamente Agustín en Hipona. Se enfrentó al escepticismo como filósofo, al maniqueísmo y al pelagianismo como teólogo, y al donatismo como obispo. Tres frentes distintos, tres maneras diferentes de combatir el error. En todos los casos, la actitud subyacente era la misma: la verdad existe, es cognoscible, y quien la posee tiene la obligación de defenderla. El relativismo teológico, la coexistencia pacífica de verdades contradictorias, la idea de que todas las búsquedas espirituales conducen al mismo lugar, le habrían parecido a Agustín no un gesto de apertura, sino una traición a Cristo. Las * Confesiones * son la autobiografía no de alguien que encontró la paz en el eclecticismo, sino en la entrega incondicional a una verdad específica e irreductible. «Nos creaste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti»: no en una verdad entre otras, sino en ti.

El donatismo, la herejía que ocupó los mejores años del episcopado agustino, fue el último episodio de las controversias Montano-Novato que habían sacudido a la Iglesia desde el siglo II. Su núcleo radicaba en la cuestión de la santidad de la Iglesia y la validez de los sacramentos administrados por ministros indignos. Agustín respondió construyendo una eclesiología completa y coherente: la Iglesia visible contiene trigo y cizaña, la gracia no depende de la pureza del ministro sino de Cristo, y la unidad es un bien irrevocable que justifica medidas drásticas contra el cisma. Esto no es un puente. Es un muro doctrinal erigido con precisión arquitectónica. Que este muro sea hoy patrimonio de toda la Iglesia, que inspirara a los Padres del Concilio Vaticano II y a los grandes teólogos medievales, es precisamente la razón por la que Agustín es importante. No porque sea un interlocutor conveniente, sino porque es un pensador riguroso.

Agustín identificó 88 herejías en su tratado * De heresibus *, y las cuatro a las que se enfrentó principalmente fueron el maniqueísmo, el donatismo, el pelagianismo y el arrianismo. Cada una de estas batallas le costó años de escritura, polémicas públicas y gastos personales. Cada una culminó en una victoria doctrinal que fijó para siempre los límites de lo que la Iglesia podía creer. El pelagianismo, que sostenía que el hombre podía alcanzar la salvación por sus propios esfuerzos sin necesidad de la gracia, fue condenado por el Concilio de Obispos Africanos en 418 y por el Papa Zósimo, gracias en gran parte a la tenacidad de Agustín. No fue un proceso de escucha mutua ni de enriquecimiento mutuo: fue una condena.

Nada de esto significa que León XIV se equivocara al peregrinar a Hipona. La visita tiene un auténtico significado espiritual: un agustino que regresa a la tierra de su padre fundador, orando sobre las ruinas donde predicó, reconociendo así la deuda que toda su vida tuvo con ese pensamiento. Esto es legítimo y tiene su propia dignidad. El problema no es el viaje. El problema es la operación discursiva que convierte a Agustín en el defensor del diálogo interreligioso con el islam, cuando el único islam que Agustín habría conocido fue el que surgió décadas después de su muerte, y cuando toda su vida intelectual giró en torno a la afirmación de que existe una sola verdad, una sola iglesia, un solo bautismo, una sola gracia, y que todo lo que se desvíe de ellas merece ser refutado, no tratado con cortesía diplomática.

Los analistas han señalado que la Basílica de San Agustín en Annaba atrae a miles de visitantes cada año, incluyendo musulmanes que sienten una devoción especial por el santo. Este hecho es real y hermoso. Agustín pertenece a esta tierra de una manera que trasciende las fronteras religiosas, y el hecho de que haya musulmanes que lo veneren dice mucho sobre la calidad de su humanidad. Pero la veneración popular de un santo no es lo mismo que su teología. Se puede admirar a Agustín sin leerlo. Se puede peregrinar a sus ruinas sin aceptar lo que defendió. León XIV puede hacer ambas cosas simultáneamente, y probablemente lo hace. La pregunta es si la Iglesia que dirige puede permitirse seguir citando a Agustín como símbolo de apertura sin explicar qué pensaba realmente Agustín que debía abrirse y qué debía permanecer cerrado.

Hay una frase en las * Confesiones * que define mejor que ninguna otra cosa quién era Agustín y qué buscaba: *«Señor, nos has creado para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti».* No en el diálogo. No durante el encuentro. No en la búsqueda indefinida. En el descanso que solo proviene del encuentro con Cristo. Ese corazón inquieto que halló paz no en la pluralidad de caminos, sino en uno solo, es el mismo corazón que luego pasó décadas diciéndoles a los demás que estaban equivocados, con toda la caridad del mundo, pero diciéndoselo.

León XIV tiene razón en una cosa: Agustín es muy querido en su tierra natal. Lo que no es seguro es que ese cariño implique estar de acuerdo con sus enseñanzas.

La dupla Cobo-Bolaños vuelve al centro: sin firma del Vaticano, el acuerdo del Valle de los Caídos queda en evidencia



El relato construido durante meses sobre el Valle de los Caídos ha quedado desmentido en un punto clave. Mons. Francisco César García Magán, secretario general de la Conferencia Episcopal Española, ha sido tajante: “el Vaticano no ha sido parte firmante”.

La afirmación es clara y difícilmente compatible con lo que el propio Gobierno venía defendiendo. Y, al mismo tiempo, deja al descubierto una operación sostenida sobre una supuesta legitimidad eclesial que, en los términos en que se había presentado, no existe.

Un relato que se desmorona

El pasado 18 de abril, el ministro Félix Bolaños salía en defensa del cardenal José Cobo afirmando sin rodeos que el acuerdo sobre el Valle había sido firmado con el Vaticano. Aprovechaba además para denunciar “presiones brutales” en torno al arzobispo de Madrid.

La maniobra era clara: elevar el acuerdo al Vaticano para blindarlo y desactivar cualquier crítica dentro de la Iglesia.

Hoy la propia Conferencia Episcopal lo desmiente. En palabras de García Magán: “el Vaticano no ha sido parte firmante, no ha habido ningún representante del Vaticano que haya firmado”.

La firma de Cobo: un hecho inalterado


Durante todo este tiempo, el propio Cobo ha reiterado públicamente que no tiene jurisdicción sobre el Valle de los Caídos. Sin embargo, su firma aparece en un documento que delimita espacios dentro de la basílica y establece un marco de intervención que afecta directamente a su uso y significado.

La contradicción no es menor. En un templo católico, decidir qué partes se destinan al culto y cuáles se abren a otros usos no es una cuestión administrativa, sino canónica.

La Iglesia se desmarca

Las palabras de García Magán no solo desmienten al Gobierno; también confirman la posición de la Conferencia Episcopal: no hay competencia, no hay papel decisorio, no hay responsabilidad directa. La CEE se define como una instancia de coordinación, no como una autoridad en este asunto.

Mientras tanto, la apelación al “diálogo” entre el Gobierno y los monjes se ha convertido en el único mensaje institucional. Un planteamiento que, bajo apariencia de prudencia, en la práctica equivale a una renuncia. Porque mientras se insiste en hablar, el proceso avanza.

El propio Ejecutivo ya ha fijado el mes de junio —coincidiendo con la visita del Papa León XIV— como horizonte para continuar con la resignificación. Es decir, mientras la jerarquía eclesiástica se desmarca, el poder político marca los tiempos y acelera la ejecución.

El resultado es una imagen nítida: una Iglesia institucional que se repliega mientras el Gobierno avanza y utiliza su nombre como argumento de autoridad sin que esa autoridad haya intervenido realmente.

La verdad que aflora
A estas alturas, los hechos ya no admiten maquillaje. El Vaticano no ha firmado ningún acuerdo. Y, sin embargo, existe un documento firmado por el cardenal Cobo que ha servido para abrir la puerta a una intervención que afecta directamente al corazón del recinto.
Lo que queda es una operación sostenida sobre una firma controvertida y un aval inexistente.

La cuestión ya no es solo política, sino de responsabilidad dentro de la propia Iglesia. Porque si quien firmó no tenía autoridad, alguien deberá explicar por qué se actuó como si la tuviera. Y si la tenía, alguien deberá mostrar dónde está ese mandato.

Sin esa respuesta, todo el proceso queda marcado por la misma sombra que lo acompaña desde el inicio: no la del desacuerdo, sino la de la extralimitación.

miércoles, 22 de abril de 2026

San Jorge, patrono de las victorias cristianas




En su libro Fisonomías de santos, el autor francés Ernest Hello describe a San Jorge como uno de los canonizados más ilustres y olvidados hoy en día. Hello escribió su libro en 1879; hoy, San Jorge no sólo está olvidado, sino que desde el Concilio la Iglesia ha relegado además su memoria dando un carácter facultativo a su festividad. Tal vez ello obedezca a que San Jorge es el santo guerrero por excelencia, la antítesis del modelo pacifista del católico hoy imperante.

Probablemente, San Jorge nació en Capadocia entre 275 y 285 y murió martirizado en Nicomedia hacia el año 303. Era hijo de cristianos: su padre Geroncio, era de origen persa, y la madre Policromia, capadocia. Fue educado en la Fe y se crió en la disciplina y temor de Dios. A los diecisiete años abrazó la vida militar en tiempos del emperador Diocleciano. Se distinguió por su valor y rectitud, y llegó a ser tribunus militum; esto es, oficial de alta graduación en el ejército romano.

En el año 303, aquel en que más arreciaba la persecución desatada por Diocleciano, Jorge se presentó ante el emperador y tuvo la osadía de amonestarlo, confesando que era cristiano. Fue torturado de todas las maneras posibles, pero no por ello apostató de su fe. Lo azotaron hasta dejarle los huesos al descubierto, lo arrojaron en un foso lleno de fuego y le pusieron en los pies una especie de calzado calentado al rojo vivo, pero Jorge no se rendía a pesar de los padecimientos. Varias veces lo dieron por muerto, pero Jorge se recuperaba milagrosamente convirtiendo a testigos y soldados, entre ellos el comandante Anatolio. Incluso la emperatriz Alejandra, impactada por su fe, abrazó el cristianismo y padeció el martirio. Al final, el oficial cristiano pidió que lo llevaran al templo donde se adoraba a los dioses. Diocleciano creyó que por fin había cedido. Pero Jorge, se volvió hacia el ídolo y, tras hacer la señal de la Cruz, le preguntó: «¿Quieres que te ofrezca sacrificios como a Dios?» El Demonio, constreñido a responder, contestó: «No soy Dios. No hay otro dios que el que tú predicas». Entonces cayeron pulverizados los ídolos del templo. Al punto el Emperador dio la orden decapitar al soldado cristiano. Ese fue el destino de muchos mártires en aquel tiempo. El Señor los ayudó a sobrevivir a suplicios inauditos y no permitió que muriesen sino por decapitación.

San Jorge pasó a la historia como megalomártir; o sea, gran testigo de la Fe, y es venerado sobre todo en Oriente. Eso sí, es conocido por otro episodio, que nos ha llegado a través de la Leyenda áurea de Santiago de la Vorágine, que es un compilación medieval de testimonios históricos, no de leyendas. En los aledaños de la ciudad de Silena (Libia) un monstruo temible que habitaba en un lago aterrorizaba a la población abalanzándose sobre animales y hombres. Trataron de aplacarlo echándole dos ovejas cada día, pero no tardaron en despoblarse los rebaños y se consultó al oráculo. Éste respondió que para saciarlo era necesario servirle víctimas humanas escogidas mediante sorteo. La historia no es inverosímil. Los oráculos paganos, inspirados por el Demonio, solían pedir sacrificios humanos para aplacar a los dioses, y sólo el cristianismo acabó con esta infernal costumbre. Un día le tocó en suerte a la hija del Rey. El soberano se negó a entregar a su hija, pero el pueblo empezó a sublevarse y rodeó el palacio amenazando a la familia real. Entonces el monarca cedió y entregó a su hija a la multitud para que la sacrificase al dragón. A la orilla del lago, la joven esperaba a que llegara su hora. En ese momento apareció un caballero cristiano que la tranquilizó exhortándola a confiar en el nombre de Cristo. Cuando el dragón emergió de las aguas, Jorge, sobre su montura, le plantó cara en el nombre del Señor y lo atravesó con su lanza. A continuación, llevó el monstruo herido a la ciudad y prometió matarlo si el pueblo se convertía. El Rey se bautizó, y junto con él lo hicieron otros veinte mil hombres, sin contar mujeres y niños. Jorge rechazó toda recompensa y prosiguió rumbo a su destino, que habría de ser el martirio.

El dato más antiguo y fiable que conserva la memoria cristiana de San Jorge fue su muerte por orden de Diocleciano. A pesar de ello, la imagen que pervive por todas partes del santo capadocio, desde los iconos bizantinos a la pintura renacentista pasando por los frescos medievales, es la del caballero que traspasa al dragón. Escena que, más allá de su historicidad, posee un valor simbólico. El dragón nos recuerda que existen enemigos, no sólo de las personas, sino de la sociedad humana. Tras la analogía del dragón podemos entrever la revolución anticristiana que desde hace siglos ataca la civilización cristiana. San Jorge es el cristiano, o el grupo de cristianos que armados de fe combaten y exterminan al enemigo.

La crítica histórica pondrá en duda la lucha de San Jorge contra el dragón, pero hay otro episodio transmitido a través de testimonios que no puede ser negado. El 15 de julio de 1099, durante la Primera Cruzada, proclamada por el bienaventurado Urbano II, cuando los cruzados llegaron a las puertas de Jerusalén, se les apareció San Jorge ataviado con una armadura blanca sobre la que relucía la roja cruz, el cual hizo señas a los cristianos para que lo siguieran sin miedo hasta la victoria*. Lo mismo sucedió en la batalla de Antioquía. Desde entonces, San Jorge no es sólo patrón del combate, sino también del triunfo sobre el enemigo, y como tal se lo ha invocado durante siglos.

La devoción a San Jorge revistió una importancia particular en la república de Génova, cuyo estandarte –cruz roja sobre campo blanco– se convirtió en símbolo del santo. El grito de «¡Génova y San Jorge!» acompañaba a los combatientes en las batallas. Venecia también lo veneró, algo menos que a San Marcos, como protector. Pero ninguna provincia del mundo católico superó a Inglaterra en devoción a este santo, allí venerado desde los siglos IX y X. Un concilio nacional celebrado en Oxford en 1222 dispuso que la fiesta para honrar a tan gran mártir como protector del pueblo inglés fuese de precepto en todo el país. Las ciudades y municipios italianos que tienen por patrono a San Jorge superan el centenar. En la iglesia romana de San Jorge en Velabro se conserva el cráneo del santo, que fue llevado a la Ciudad Eterna desde Oriente en el siglo VIII.

La festividad litúrgica de San Jorge se celebra el 23 de abril, día en que nació a la vida del Cielo. En Georgia, país que lleva su nombre, se lo venera también con singular solemnidad el 23 de noviembre.

En la actualidad necesitamos la protección de San Jorge. Debemos invocarlo para que infunda espíritu combativo y conduzca a la victoria a cuantos tienen el deber y la vocación de defender al pueblo cristiano de sus enemigos.

(* N. del T.: ¿Cómo no acordarse de las apariciones del apóstol Santiago en la Reconquista de España y la conquista de América? Menos conocida es la leyenda de que San Jorge se apareció montado a caballo a las tropas cristianas en la batalla de Alcoraz en 1096 y ayudó a derrotar a los musulmanes, y también en la reconquista de Mallorca.)

Hay cosas que no deben tocarse



Raúl Murcia, miembro del equipo de Terra Ignota que participó en la realización del documental sobre el Valle de los Caídos, comparte esta carta con motivo de la manifestación convocada para esta tarde, a las 18:00 horas, frente a la sede de la Conferencia Episcopal Española, en defensa de la inviolabilidad de la Basílica y en apoyo a la comunidad benedictina del Valle

No soy ateo, pero tampoco un creyente al uso. No voy a misa los domingos ni me confieso una vez al año, como manda la tradición. Mi relación con la religión es más bien distante.

Pero hay cosas que uno reconoce aunque no las practique. Porque no hace falta creer para darse cuenta de que hay lugares que tienen un significado especial.

Esa fue mi primera sensación al llegar.

El Valle de los Caídos nunca me había llamado especialmente la atención. Una gran Cruz, eso sí, que veía a lo lejos en cada viaje de vuelta a casa por la A-6. Mirarla, saludarla con respeto y hasta la próxima.

Aquel día, cuando por fin pudimos agarrar las cámaras y empezar a rodar nuestro documental sobre el Valle, no me impresionó la entrada. Subí la pista más preocupado por no salirme, con la niebla con la que habíamos amanecido. Y una vez arriba, aquello me pareció un patio de armas más. Muy grande, eso sí, pero uno más.

Sólo cuando miré hacia arriba y vi la Cruz, imponente, me di cuenta de que estaba en uno de esos lugares diferentes. Y sólo después de conocer a los monjes pude entender su significado.

Hay algo en esos lugares que impone respeto. No es cuestión de ideas ni de ideología. Es una sensación básica: uno entra y sabe que no está en un sitio cualquiera.

Por eso choca tanto la idea de que un templo pueda convertirse en un espacio donde se introduzcan lecturas políticas o ajustes revanchistas sobre el pasado. No porque el pasado no deba discutirse, sino porque hay sitios donde no es apropiado hacerlo.

De ahí mi gran desconcierto por el acuerdo firmado por el cardenal Cobo con el ministro Bolaños.

Más allá de explicaciones técnicas o de quién tiene o no tiene competencia, lo que se percibe desde fuera es algo más simple: se ha tomado una decisión sobre un sitio que no parece del todo suyo. Y se ha tomado sin contar con quienes viven allí, con quienes entienden perfectamente lo que es y, además, sin dar demasiadas explicaciones.

Si se tratara de un museo o de un edificio público, la cosa ya sería discutible. Pero una basílica no es lo mismo. No lo es ni siquiera para quien no pisa una iglesia desde hace años.

No todo vale en todas partes. Y desde luego, no todo vale dentro de una basílica.

Esta semana, el presidente de la Conferencia Episcopal ha invitado al Gobierno y a los monjes del Valle a alcanzar “un acuerdo razonable y satisfactorio para ambas partes” que sea “un testimonio de que es posible superar la polarización y encontrar vías de encuentro”.

Conviene decir tres cosas al respecto. Las tres, en positivo. Y las tres, con contundencia y sin rodeos.

La primera. Recibo con agrado esa petición, precisamente porque significa, de facto, que lo firmado por el cardenal Cobo no tiene ningún valor.

Gracias, señores obispos, por escuchar a quien se deben: sus fieles.

Unos fieles preocupados durante tantos meses al ver cómo se iba a profanar un templo sagrado y que nadie parecía hacer nada por evitarlo.

Si la Conferencia Episcopal pide ahora un nuevo acuerdo, es porque el anterior no era el camino.

No hace falta añadir más. El gesto habla por sí solo y hay que agradecerlo.

La segunda. Ese nuevo acuerdo “satisfactorio” entre los monjes y el Gobierno no será posible sin una condición previa e innegociable: la inviolabilidad de la basílica.

Un acuerdo puede negociar muchas cosas. Pero hay algo que no está sobre la mesa.

Un templo consagrado no se resignifica. Una basílica no se somete a lectura política.

Lo sagrado, por definición, está fuera de lo que una negociación entre partes puede tocar.

Si eso no se garantiza, por mucho que alguien lo firme y por muchos actos solemnes que se organicen para bendecirlo, no habrá acuerdo.

Y allí estaremos de nuevo para defenderlo si fuera necesario.

La tercera. Pedimos a la Conferencia Episcopal que se pronuncie con claridad y que apoye sin fisuras a los monjes en su defensa de la sacralidad de la basílica.

Lo pedimos con respeto, pero sin rodeos. Porque el cariño a los pastores no se demuestra callando; se demuestra diciéndoles lo que es necesario decirles.

Los monjes no pueden quedarse solos en esto, contra lo que tienen enfrente. Una comunidad benedictina, por muy recia que sea, no puede pelear sola contra el aparato del Estado.

Y nosotros —los de misa de doce y los que no vamos tanto— necesitamos ver a su Iglesia detrás de ellos, hablando claro.

La Iglesia no está para entrar en discusiones políticas, y estoy de acuerdo. Pero tampoco puede caer en una cautela excesiva, hasta el punto de parecerse demasiado al miedo, al silencio y después a la complacencia.

No parece tan complicado.

Se trata de defender sus ritos, sus lugares sagrados y a sus fieles. Con tanta contundencia como la prudencia que siempre tuvo. Más aún cuando tiene enfrente a quien tiene.

Porque no nos engañemos: lo que está en juego no es sólo el Valle.

Si la naturaleza sagrada de un templo puede pactarse, habrá quedado abierta una puerta por la que mañana podrá entrar hasta el mismísimo Belcebú.

Hoy es el Valle. Mañana puede ser la Basílica del Pilar, que precisamente por ser su patrona Capitana General no les faltará interés en gestionarla y resignificarla “en aras de un supuesto valor democrático”, desposeyéndola de su verdadera razón de ser: dar consuelo a todo aquel que quiera, cuando pasa por Zaragoza. Podrá ser Covadonga. El Escorial. Puede ser Montserrat. Cualquier templo con carga simbólica que a alguien, en algún despacho, le estorbe. O podría ser entrar a legislar las centenarias normas de cualquier hermandad.

Lo que hoy se calla, mañana se firma. Y lo que mañana se firma, pasado se da por bueno.

Por eso importa tanto, y ahora, que esto se haga bien. Porque lo que aquí se resuelva marcará lo que venga después. Y porque el tiempo juega a favor de quienes quieren tocar lo que no se debe tocar.

El Valle de los Caídos es uno de esos lugares donde se cruzan muchas cosas.

Hay historia. Hay religión. Hay un cementerio sagrado donde reposan los caídos en una guerra civil que sufrieron todos nuestros mayores. Hay un centenar de beatos que murieron por amor a Jesús, perdonando a sus matarifes.

Pero también hay algo más que no se explica tan fácilmente: el ámbito de lo sagrado.

Reducirlo todo a un problema de gestión o de uso es quedarse muy corto. Y, siendo honestos, tratar de reducirlo así no es un descuido: es una estrategia.

En pocas semanas, el Papa visitará España.

Antes de eso, la próxima reunión de los obispos es una ocasión inmejorable para pronunciarse con claridad y dejar las cosas en su sitio.

Los muy fieles necesitan consuelo y refugio de sus pastores en tiempos de desasosiego. Y los que no lo somos tanto necesitamos ver que aquello por lo que también luchamos, aunque sea desde un plano más alejado, sigue vivo.

Basta con hablar claro. Y eso es lo que pedimos. Que la Conferencia Episcopal Española marque la línea roja de defender lo sagrado y la defienda no ya a nivel competencial o judicial, que para eso ya están los abogados, sino donde lo tiene que defender.

Por eso, este miércoles a las seis de la tarde, muchos estaremos ante la Conferencia Episcopal en una concentración convocada por una asociación vallisoletana, PATRIAM, ya que, como decíamos, no es sólo cosa de fieles ni de madrileños. Esta es una causa que nos afecta a todos.

No para enfrentarnos a nadie. Y mucho menos para señalar a nuestros pastores.

Estaremos para acompañar. Para arropar. Para aconsejar. Para pedirles, con respeto pero sin medias tintas, que hagan lo que les toca hacer: apoyar a los monjes, defender la inviolabilidad de la basílica y decir alto y claro que un templo no se toca.

Y estaremos también porque el silencio, a estas alturas, ya no es neutral. El silencio ya juega. Y juega a favor de quien no debería.

Allí estaremos los que van a misa y los que no vamos tanto. Los muy creyentes y los que, como yo, reconocemos desde fuera que hay cosas que merecen defenderse.

Porque esto no va sólo de creyentes.

Va de algo más sencillo y más serio: va de respetar lo que tiene un significado especial para tanta gente. Y de no permitir que se convierta, poco a poco y acuerdo a acuerdo, en otra cosa distinta.

Porque aunque uno no sea muy religioso, hay algo que se entiende sin necesidad de explicaciones: que hay cosas que no deben tocarse.

Raúl Murcia, “Pirata”

No es tiempo de tibios y cobardes, es la hora de los mártires


En esta imagen fija de un video difundido en redes sociales el 15 de febrero de 2015, militantes del Estado Islámico se preparan para decapitar a 21 cristianos egipcios en una playa cercana a Trípoli, Libia. En un mensaje de video del 15 de febrero de 2021, con motivo del Día de los Mártires Contemporáneos, el Papa Francisco rindió homenaje a los 21 cristianos coptos decapitados en la playa de Libia en 2015. (Foto de CNS/Redes sociales vía Reuters TV)

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La historia de la humanidad no se explica solo mediante conquistas territoriales o avances tecnológicos; existe una crónica paralela escrita con una tinta indeleble: la sangre de los mártires. Hoy, esta historia alcanza un clímax estremecedor, pues el siglo XXI se ha consolidado como la era de mayor persecución contra los cristianos en la historia. En vastas regiones de África y Asia, el odio se traduce en masacres sistemáticas, aldeas arrasadas y una cifra de cristianos asesinados que supera cualquier registro precedente; es el martirio de la espada que busca el exterminio físico.

Mientras tanto, en un Occidente que presume de tolerancia, la violencia muta hacia un ‘asesinato del alma’ ejecutado mediante la cultura de la cancelación. Aquí, la persecución no busca el cuerpo, sino la muerte civil del individuo, imponiendo un destierro social que asfixia la conciencia y criminaliza la coherencia.

Frente a este asedio dual —el del acero en el Este y el del silencio forzado en el Oeste—, miles de hombres y mujeres se erigen como los mártires del siglo XXI. Su sacrificio nos recuerda que ser mártir no es buscar la muerte, sino amar tanto la Verdad que se prefiere el sacrificio antes que claudicar ante la mentira.

El choque inevitable: El César frente a Dios

Desde los albores del cristianismo, el poder político ha intentado colonizar la conciencia humana. El Estado, sea bajo la forma de un imperio romano, una tiranía o una dictadura comunista moderna, tiende por naturaleza a la expansión total. Quiere no solo el tributo, sino la adoración. El conflicto surge cuando el cristiano pronuncia la frase que hace temblar a los tiranos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

Esta coherencia no es una rebeldía caprichosa, sino el ejercicio de la soberanía del espíritu. Cuando San Juan Bautista denunció a Herodes Antipas, no lo hizo por una cuestión de partidos políticos, sino porque la verdad moral no admite excepciones para los poderosos. Herodes podía poseer el cuerpo de Juan y su cabeza en una bandeja, pero nunca pudo poseer su silencio. Ese es el primer gran triunfo del mártir: demostrar que el poder es finito.

Modelos de resistencia: El precio de la coherencia

El martirio ha tomado muchas formas a lo largo de los siglos, pero siempre ha mantenido la misma esencia: la fidelidad a una jerarquía de valores donde la fe ocupa la cima.

En la Inglaterra del siglo XVI, San Tomás Moro personificó al intelectual y político que lo tenía todo: fama, riqueza y el favor del rey Enrique VIII. Sin embargo, cuando el monarca exigió una lealtad que implicaba romper con la unidad de la Iglesia, Moro eligió el cadalso. Su coherencia no fue un acto de soberbia, sino de humildad ante la verdad. «Muero como buen servidor del Rey, pero primero de Dios», dijo antes de ser decapitado. Moro nos enseña que la política sin conciencia es simplemente tiranía.

No podemos olvidar que esta resistencia se ha fraguado también frente al materialismo ateo de las dictaduras comunistas, donde el Estado se autoproclamó dios. Desde los gulags soviéticos hasta los campos de reeducación en Asia, miles de mártires sufrieron torturas y ejecuciones por negarse a sustituir a Cristo por el Partido. Figuras como el cardenal Stepinac en Yugoslavia o los innumerables sacerdotes y laicos aniquilados por el comunismo en Europa del Este y China, son el testimonio de que el espíritu humano es inquebrantable ante la ingeniería social y el terror ideológico. Su sacrificio desnudó la mentira de un sistema que prometía el paraíso en la tierra mientras convertía el mundo en una inmensa ergástula para los creyentes.

La mujer ha tenido un papel protagonista en esta batalla cultural y espiritual. Desde la joven Santa Eulalia de Mérida, que en la Hispania romana se enfrentó al gobernador Daciano para denunciar la injusticia de las leyes contra los cristianos, hasta Santa Edith Stein en el siglo XX. No podemos olvidar a San Maximiliano Kolbe, quien en el mismo Auschwitz cambió su vida por la de un padre de familia; Kolbe, con su gesto, devolvió la humanidad a todo el campo de concentración. Demostró que ni siquiera el hambre o el gas pueden extinguir la caridad.

Los mártires anónimos: La semilla en los márgenes

Más allá de los nombres inscritos en letras de oro en el santoral, existe una legión de mártires anónimos que hoy, mientras se escriben estas líneas, siguen regando la tierra con su sangre. La persecución no es un eco del Coliseo; es una realidad diaria en pleno siglo XXI.

En Nigeria y otras partes del África subsahariana, miles de cristianos son masacrados cada año por grupos islamistas yihadistas. No son figuras públicas, son campesinos, niños y familias que acuden a misa sabiendo que su templo puede convertirse en su tumba. Su pecado es el mismo que el de los primeros cristianos: no renunciar al nombre de Cristo. Su silencio ante el mundo es compensado por su testimonio ante la historia.

En nuestra propia patria, la Guerra Civil Española dejó miles de mártires que perdonaron a sus verdugos del terror rojo mientras morían por su fe. No fueron combatientes políticos, sino sacerdotes, monjas y laicos cuya única «arma» fue un crucifijo o un rosario. Su sacrificio es el cimiento de una reserva espiritual que hoy más que nunca debemos rescatar. Del mismo modo, la epopeya de los Cristeros en México, al grito de «¡Viva Cristo Rey!», nos recuerda que cuando el Estado intenta prohibir la fe, el pueblo tiene el derecho y el deber de defender su alma.

¿Merece la pena? El martirio en la era del nihilismo y la persecución

Muchos hoy se preguntan: ¿merece la pena perder la vida, la carrera o el prestigio por una creencia? La respuesta del mártir es un sí rotundo. El martirio es el antídoto contra el nihilismo. En una sociedad que no cree en nada, el que está dispuesto a morir por algo demuestra que la vida tiene un sentido trascendente.

La coherencia de estos santos nos interpela en nuestros propios desiertos cotidianos. Quizás hoy en Occidente no nos pidan, por ahora, que pongamos el cuello en el bloque del verdugo, pero se nos pide el «martirio de guante blanco»: el rechazo al ostracismo social, a la pérdida del empleo por no plegarse a las ideologías de moda, o al escarnio público por defender la fe, la familia, la vida y la libertad, en definitiva, la Verdad.

El mártir es el hombre más libre del mundo porque ha perdido el miedo. Y el poder político, especialmente el que tiene tintes tiránicos o globalistas, se alimenta precisamente del miedo. Un ciudadano que no teme las consecuencias de decir la verdad es un ciudadano que el sistema no puede controlar.
Una llamada a la vigilancia

En estos momentos de incertidumbre, donde las libertades se erosionan, la memoria de los mártires es nuestra mejor brújula. Nos recuerdan que somos herederos de una estirpe de valientes que no se doblaron ante el César.

Que la sangre de los cristianos de Nigeria, la firmeza de Tomás Moro y la fe de los mártires de la persecución religiosa en España nos inspiren para vivir con coherencia. Porque una fe que no está dispuesta a sufrir por la Verdad es solo una opinión. Pero una fe que se mantiene firme hasta el final, es la luz que termina por disipar todas las tinieblas del poder.

La historia sigue escribiéndose y no admite medias tintas. En un mundo que agoniza y que se encuentra en época de «gran tribulación» no es tiempo de tibios y cobardes, es la hora de los mártires, de aquellos capaces de sostener el peso de la Fe y la Verdad sobre sus hombros, sin importar el precio. Hoy nos toca a nosotros decidir si queremos ser meros espectadores o testigos coherentes de la única Verdad que nos hace libres.

martes, 21 de abril de 2026

Los enemigos de la Iglesia Católica se están alimentando de los “frutos” del Concilio Vaticano II.



Es nuestra traducción de Remnant . Durante 60 años, se les ha dicho a los católicos que no juzguen al Concilio Vaticano II por sus consecuencias... pero ¿y si el experimento "pastoral" está produciendo precisamente la confusión sobre la que los críticos han advertido desde el primer día? 

Esta poderosa exposición traza el camino de las ambigüedades del Vaticano II: Falso ecumenismo, colapso doctrinal, caos sinodal. 

¿Acaso los enemigos de la Iglesia esperaban estos "frutos" desde el principio?
Sesenta años después, los católicos ya no pueden ignorar las nefastas consecuencias del Concilio Vaticano II. Robert Morrison analiza cómo la ambigüedad, el falso ecumenismo y la trayectoria postconciliar de Roma han alimentado la confusión, debilitado la identidad católica y envalentonado a los enemigos de la Iglesia.
Uno de los aspectos más importantes del Concilio Vaticano II, en el que coinciden tanto sus partidarios como sus críticos, es su enfoque "pastoral". Pablo VI lo dejó claro en varias ocasiones, incluso durante la audiencia general del 6 de agosto de 1975:
“A diferencia de otros concilios, este no era de carácter dogmático, sino más bien disciplinario y pastoral.”
De las palabras de Pablo VI se desprende claramente que el Concilio Vaticano II se distingue de los demás por no ser directamente dogmático. Sus palabras también sugieren que existe una distinción real entre un enfoque dogmático y uno pastoral. Sin embargo, como escribió el profesor Roberto de Mattei en Apologia della Tradizione , no existe una tensión real entre los objetivos pastorales y dogmáticos.
No existe ni debería existir contradicción alguna entre pastoral y dogmático, como si los Concilios de Nicea, Trento o Vaticano I hubieran sido puramente dogmáticos y no pastorales. ¿Qué quiso decir, entonces, el Concilio Vaticano II al autodenominarse pastoral? Ni más ni menos que lo que proclamó Juan XXIII en su discurso inaugural, Gaudet Mater Ecclesia, el 11 de octubre de 1962. El Concilio no se había convocado para condenar errores ni para formular nuevos dogmas, sino para proponer, con un nuevo lenguaje, «las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina». Esto era teóricamente legítimo, y por eso muchos conservadores participaron con entusiasmo en la iniciativa del Papa. (p. 108)
En teoría, era legítimo querer expresar las verdades de la fe católica de una manera más comprensible y atractiva tanto para los católicos laicos como para los no católicos que pudieran sentirse atraídos por la Iglesia. Sin embargo, el profesor de Mattei procedió a describir lo que realmente estaba sucediendo:
En realidad, lo que ha ocurrido es que la «primacía» joánica del ministerio pastoral se ha interpretado de forma similar a las categorías marxistas de la «primacía de la praxis». La dimensión pastoral, en sí misma accidental y secundaria a la doctrinal, se ha convertido en la prioridad absoluta, generando una revolución no tanto en el contenido como en el estilo, el lenguaje y la mentalidad. Esto se ha manifestado en la redacción de documentos ambiguos y ambivalentes, que pueden leerse tanto en continuidad como en discontinuidad con la Tradición. Incluso quienes aceptan o proponen la «hermenéutica de la continuidad» —es decir, quienes defienden la posibilidad o la necesidad de leer los documentos conciliares a la luz de la Tradición— deben admitir, no obstante, que la ambigüedad hermenéutica no es una virtud, sino una limitación de los documentos conciliares. (p. 108)
Es evidente que existe un problema en la medida en que las ambigüedades de los documentos conciliares podrían interpretarse como una contradicción a la doctrina católica inmutable, y hasta los defensores más fervientes del Concilio Vaticano II lo admiten. Sin embargo, dejando de lado la cuestión de si los documentos conciliares pueden interpretarse como una incitación al error (un tema ampliamente debatido durante décadas), podemos identificar algunos problemas quizás más apremiantes: primero, como ha argumentado el profesor de Mattei, el problema de la ambigüedad; segundo, la necesidad de evaluar los resultados pastorales del Concilio; y tercero, la continuidad del enfoque pastoral del Concilio.

El problema de la ambigüedad

La encíclica de León XIII de 1899 sobre el americanismo, Testem Benevolentiae , contiene algunas de las descripciones más elocuentes de por qué la verdad católica debe enunciarse de forma clara y exhaustiva, en lugar de ambigua:
«El principio fundamental de estas nuevas opiniones [de los obispos] es que, para atraer más fácilmente a quienes discrepan con ella, la Iglesia debería adaptar su enseñanza al espíritu de los tiempos, suavizar parte de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a las nuevas opiniones… Sostienen que sería conveniente, para ganar a quienes discrepan con nosotros, omitir algunos puntos de su enseñanza que son de menor importancia y atenuar el significado que la Iglesia siempre les ha atribuido. No hacen falta muchas palabras, hijo mío, para demostrar la falsedad de estas ideas si recordamos la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano II dice al respecto: “Porque la doctrina de la fe que Dios ha revelado no fue propuesta como una invención filosófica para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que fue entregada como depósito divino a la Esposa de Cristo para ser fielmente custodiada e infaliblemente proclamada”». Por lo tanto, el significado de los dogmas sagrados debe conservarse para siempre, el cual nuestra Santa Madre, la Iglesia, como ya ha declarado, jamás debe abandonarse bajo el pretexto de una comprensión más profunda. – Constitución de la Fe Católica, Capítulo IV. No podemos considerar completamente inocente el silencio que lleva a la omisión o negligencia deliberada de ciertos principios de la doctrina cristiana, puesto que todos los principios provienen del mismo Autor y Maestro, «el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre». – Juan 1:18. . . . Que a nadie se le ocurra suprimir por ningún motivo una doctrina que ha sido transmitida. Tal política tendería más bien a separar a los católicos de la Iglesia que a acoger a quienes disienten. Nada es más importante para nosotros que traer de vuelta a Cristo a quienes se han separado de su rebaño, pero solo por el camino indicado por Cristo mismo.
Al igual que otros papas anteriores al Concilio Vaticano II, León XIV comprendió sin duda los argumentos para suavizar u ocultar algunas verdades incómodas de la fe católica. Sin embargo, denunció la idea de que «la Iglesia deba adaptar sus enseñanzas al espíritu de la época, atenuando parte de su antigua severidad y haciendo concesiones a las nuevas opiniones».

De las palabras de León XIII se desprende claramente que se debe buscar la claridad y la precisión y, por consiguiente, evitar la ambigüedad. Como él mismo explicó, suprimir u oscurecer la verdad católica tiende a alejar a los católicos de la Iglesia. Esto sucede incluso cuando los pasajes ambiguos no se prestan a interpretaciones heréticas. Por lo tanto, promover la ambigüedad en las enseñanzas de la Iglesia nunca es un objetivo pastoral legítimo. Siempre que la doctrina católica establecida se vuelve ambigua, el resultado pastoral es debilitar la fe católica y alejar a las almas de la Iglesia.

La necesidad de evaluar las consecuencias pastorales del Concilio

En un ensayo de 1967 de su obra En defensa de la misa romana, el padre Raymond Dulac argumentó que deberíamos evaluar las “reformas” litúrgicas resultantes del Concilio Vaticano II en función de sus consecuencias:
«En realidad, puesto que este Concilio, y especialmente esta reforma [litúrgica], tenían un carácter esencialmente “pastoral”, al realizar nuestro análisis nos vimos obligados a no separar los actos oficiales de las circunstancias históricas (previsibles o no) que los acompañaron. En efecto, para ser correctamente valorada desde un punto de vista pastoral, toda decisión humana debe considerarse no solo en sí misma, sino también en sus consecuencias reales, incluso aquellas no intencionadas y abusivas. El líder debe preverlas antes de promulgar su ley.» (p. 54)
Si bien discrepo de la idea de que deban tenerse en cuenta las consecuencias «abusivas» y verdaderamente imprevisibles al evaluar una iniciativa pastoral, el razonamiento del padre Dulac me parece totalmente razonable y sólido. Esto, por supuesto, es similar a juzgar un árbol por sus frutos, como nos enseñó Nuestro Señor (Mateo 7:16-20). Evaluar el Concilio Vaticano II por sus frutos pastorales resulta particularmente oportuno, dado que el arzobispo Marcel Lefebvre intervino en el Concilio para eliminar la ambigüedad que se promovía en nombre del propósito pastoral.
La ambigüedad de este Concilio se hizo evidente desde las primeras sesiones. ¿Cuál era el propósito de nuestra reunión? Si bien el discurso del Papa Juan XXIII había insinuado la dirección que pretendía dar al Concilio, a saber, una declaración doctrinal pastoral (discurso del 11 de octubre de 1962), la ambigüedad persistió, y a través de las intervenciones y los debates se percibía la dificultad de comprender el verdadero objetivo del Concilio. Esta fue la razón de mi propuesta del 17 de noviembre… Esta podría haber sido la oportunidad de ofrecer una definición más clara del carácter pastoral del Concilio. Sin embargo, la propuesta encontró una fuerte oposición: «El Concilio no es dogmático, sino pastoral; no buscamos definir nuevos dogmas, sino presentar la verdad de manera pastoral». (¡Acuso al Concilio!, pp. 3-4)
Así pues, la propuesta del arzobispo Lefebvre de redactar dos conjuntos de documentos —uno más dogmático, dirigido a teólogos, y otro de tono más pastoral— fue rechazada. Si bien aún no podía prever con exactitud los peligros de las ambigüedades promovidas en nombre de la orientación pastoral del Concilio, ya comprendía que tal enfoque era sumamente problemático. Trágicamente, los artífices del Concilio no deseaban la precisión teológica que el arzobispo Lefebvre buscaba promover, la cual simplemente coincide con la santa sabiduría de León XIII citada anteriormente. En cambio, querían que el Concilio alcanzara objetivos pastorales que se verían comprometidos por una presentación inequívoca de la verdad católica. No hay forma lógica de evitar esta conclusión.

Por lo tanto, debemos evaluar los frutos pastorales que surgieron tras el Concilio. Una de las descripciones más significativas de estos frutos proviene de Frank Sheed, en su libro "¿Es la misma Iglesia?", de 1968, tres años después de la conclusión del Concilio:
Imaginen cómo se sentiría un católico, náufrago en una isla desierta en 1958 y recién regresando a casa. Sus amigos católicos lo acogen en sus hogares. En cada uno de ellos encuentra conversaciones que escapan a su comprensión. Giran, a veces acaloradamente, en torno a dos palabras que no significan nada para él: ecumenismo y la píldora anticonceptiva. . . . Las semanas siguientes están llenas de trastornos. Le cuesta acostumbrarse al sacerdote frente a la congregación. Y a la misa en inglés, aún más. Recuerda discusiones con protestantes en las que su argumento principal había sido el uso del latín como prueba de la catolicidad de la Iglesia: "un solo idioma en todo el mundo". . . . Dondequiera que mira, el mundo católico que conocía parece haberse puesto patas arriba, y tan rápidamente: después de todo, solo había estado fuera diez años. Oye hablar de sacerdotes que se casan, con otros sacerdotes oficiando la ceremonia. (pp. xi-xii)
Los defensores del Concilio Vaticano II afirman que estos asuntos no tienen nada que ver con él, ya que el Concilio no modificó el dogma, pero esto es un error garrafal. Si releemos las palabras de León XIII citadas anteriormente, extraídas de Testem Benevolentiae , podemos observar que incluso diluir el significado de la doctrina católica tiende a alejar a los católicos de la Iglesia. Sin embargo, el Vaticano II hizo algo más que diluir la doctrina católica: dejó de condenar los errores, aunque no por ello dejó de mencionarlos en sus documentos. Tanto católicos como no católicos comprendieron el mensaje: los errores contrarios a la fe ya no son tan problemáticos. ¿Y nos preguntamos por qué hemos presenciado una proliferación tan inmensa de errores anticatólicos provenientes de supuestas fuentes católicas desde el Concilio?

La trayectoria ininterrumpida de la atención pastoral del Consejo

Finalmente, podemos reflexionar sobre el hecho de que los problemas que Frank Sheed y muchos otros identificaron tras el Concilio Vaticano II generalmente han empeorado desde entonces. En casi todos los demás ámbitos de la vida, cuando las personas competentes se dan cuenta de que han realizado cambios que han tenido consecuencias no deseadas, rectifican. Resuelven los problemas. Pero desde Roma, durante los últimos sesenta años, hemos presenciado precisamente lo contrario: todos los peores frutos se han cultivado cuidadosamente para que se extiendan y se pudran. Tomemos un ejemplo con consecuencias tan profundas que habrían hecho del Concilio un desastre incluso si todo lo demás hubiera sido perfecto: el falso ecumenismo. De hecho, prácticamente toda la labor pastoral del Concilio Vaticano II contribuyó a la labor del falso ecumenismo. Para observar su evolución durante los últimos sesenta años, solo necesitamos considerar cuatro momentos específicos de este período:

Advertencia del Concilio. El obispo servita Giocondo Grotti intervino en el Concilio en defensa de la presentación de la verdad católica sobre la Santísima Virgen María, a pesar de que esto habría disgustado a los protestantes: «¿Consiste el ecumenismo en confesar u ocultar la verdad? ¿Acaso el Concilio debía explicar la doctrina católica o la doctrina de nuestros hermanos separados?… Ocultar la verdad nos perjudica tanto a nosotros como a quienes están separados de nosotros. Nos perjudica porque parecemos hipócritas. Perjudica a quienes están separados de nosotros porque los hace parecer débiles y susceptibles de ofenderse por la verdad». (De «El Rin desemboca en el Tíber», del padre Ralph Wiltgen).

Evaluación de Frank Sheed de 1968. Frank Sheed continuó describiendo la conmoción que sintió en 1968 al presenciar los cambios que siguieron al Concilio Vaticano II: «Y los protestantes. Sabía que los protestantes no debían ir al infierno: recuerda su sorpresa cuando un sacerdote tuvo problemas con las autoridades eclesiásticas precisamente por este asunto. Pero las cosas parecen haber ido mucho más allá mientras él estaba en su isla desierta. Se entera de que, tras la muerte de Juan XXIII, una iglesia episcopal celebró un réquiem en su catedral, y un cardenal envió a su vicario general, y él también habría estado allí si no se hubiera visto obligado a ir a Roma... Recuerda la muerte de su abuelo episcopal y lo que dijo el párroco cuando pidió permiso para asistir al funeral: esa fue la primera vez que oyó la expresión communicatio in sacris ; la oyó al menos veinte veces, no estaba seguro de lo que significaba, pero era indudablemente un pecado mortal». (p. xii)

Valoración del arzobispo Lefebvre en 1986. En su Carta Abierta a los Católicos Confundidos, el arzobispo Lefebvre ofreció la siguiente valoración: «El ecumenismo en sentido estricto, es decir, tal como se practica entre los cristianos, ha motivado celebraciones eucarísticas conjuntas con protestantes, como en Estrasburgo. Se invitó a anglicanos a la catedral de Chartres para celebrar la "Comunión Eucarística". La única celebración no permitida, ni en Chartres, ni en Estrasburgo, ni en Marsella, es la Santa Misa según el rito codificado por San Pío V. ¿Qué conclusión puede sacar un católico de todo esto cuando ve que las autoridades eclesiásticas avalan ceremonias tan escandalosas? Si todas las religiones tienen el mismo valor, bien podría encontrar su salvación con budistas o protestantes. Corre el riesgo de perder la fe en la verdadera Iglesia. Esto es, de hecho, lo que se le está sugiriendo».

Carta del Sínodo de 2021 sobre la sinodalidad. Una carta de 2021 de los cardenales Grech y Hollerich detallaba cómo el Sínodo promueve un falso ecumenismo: «El diálogo entre cristianos de diferentes confesiones, unidos por un solo bautismo, ocupa un lugar especial en el camino sinodal» (Manual Sinodal 5.3.7). En efecto, tanto la sinodalidad como el ecumenismo son procesos de «caminar juntos». En primer lugar, si «una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha» (Papa Francisco, 17 de octubre de 2015), esta escucha debería concierne a la totalidad de aquellos honrados con el nombre de cristiano, puesto que todos los bautizados participan en cierta medida del sensus fidei (cf. Comisión Teológica Internacional, Sensus fidei en la vida de la Iglesia, 56). En segundo lugar, puesto que el ecumenismo puede entenderse como un “intercambio de dones”, uno de los dones que los católicos pueden recibir de otros cristianos es precisamente su experiencia y comprensión de la sinodalidad (cf. Evangelii Gaudium , 246).

Hemos pasado de condenar las iniciativas ecuménicas a ignorar, y mucho menos a preocuparnos, cuando los arquitectos sinodales nos dicen que los protestantes participan del sensus fidei de la Iglesia Católica. A lo largo de este recorrido de falso ecumenismo, ha habido señales de alerta, como la reunión de oración de Asís de 1986. Sin embargo, ante cada indicio de corrupción pastoral, Roma ha seguido alejándose de lo que Pío XI enseñó en su encíclica de 1928 sobre la unidad religiosa, Mortalium Animos , respecto a los precursores del falso ecumenismo actual.
«Ciertamente, tales [reuniones interreligiosas] no pueden ser aprobadas de ninguna manera por los católicos, ya que se fundamentan en esa falsa opinión que considera a todas las religiones más o menos buenas y dignas de alabanza, puesto que todas manifiestan y significan de diferentes maneras ese sentido que es innato en todos nosotros y a través del cual somos conducidos a Dios y al reconocimiento obediente de su dominio. Quienes sostienen esta opinión no solo están equivocados y engañados, sino que, al distorsionar la idea de la verdadera religión, la rechazan y se apartan gradualmente del naturalismo y el ateísmo, como se le llama; de lo cual se deduce claramente que quien apoya a quienes sostienen estas teorías e intenta ponerlas en práctica abandona por completo la religión divinamente revelada. ... Por lo tanto, Venerables Hermanos, es evidente por qué esta Sede Apostólica nunca ha permitido a sus súbditos participar en las asambleas de no católicos: porque la unión de los cristianos solo puede promoverse promoviendo el retorno a la única y verdadera Iglesia de Cristo de aquellos que se han separado de ella, porque en el pasado, lamentablemente, la han abandonado.
Hace casi cien años, Pío XI comprendió perfectamente adónde conduciría el falso ecumenismo. Hoy, nos acercamos al final de ese camino —cuando demasiados obispos han abandonado de hecho la religión divinamente revelada— y Roma no muestra intención alguna de rectificar. La apostasía masiva en el seno de la Iglesia sinodal era, al parecer, el objetivo pastoral deseado por los enemigos del catolicismo. 

Para quienes comparten esta visión, la buena noticia es que el único principio de la Iglesia sinodal que debe creerse absolutamente es que el catolicismo tradicional es rígido, retrógrado y erróneo. Para todos los demás (por pocos que sean), los últimos sesenta años han ofrecido confirmaciones diarias del amor de Dios por su Iglesia, regalándonos la santa sabiduría de los papas anteriores al Concilio Vaticano II, quienes nos enseñaron que no puede haber una auténtica labor pastoral que sacrifique la fe católica en su pureza. Podemos corresponder a ese amor, aunque sea modestamente, adhiriéndonos a las verdades inmutables que Dios ha confiado a su Iglesia, especialmente cuando Roma nos margina por ello

¡Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros!

Robert Morrison