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viernes, 3 de marzo de 2017

Flor de papa (The Wanderer)




Decía Muriel Spark que las mentiras son como moscas que vuelan de aquí para allá, chupando la sangre del cerebro de las personas en las que se posan. La crítica continua y desasosegada a Bergoglio puede someternos a ese mismo tipo de insectos. No estoy sufriendo el síndrome de Estocolmo ni de cualquier otra ciudad sueca. Estoy pensando, sencillamente.

Como bien decía un comentarista, centrarnos en la crítica encarnizada a Bergoglio nos hace perder la perspectiva

O bien, hace que nos concentremos en la flor blanca de la papa y nos olvidemos de que, en realidad, lo más peligroso e importante es el tubérculo que está enterrado y no vemos

No digo que debamos quedarnos callados frente a la vulgaridad de la flor de la patata, pero no vale la pena que comencemos todos los meses una batalla planetaria para erradicarla. Es cuestión de tener un poco de paciencia. El sol la agostará a su tiempo, que será más temprano que tarde, o bien, algunas otras plantas voraces terminarán por abrazarla. 

Al respecto, apareció ayer una nota en The Times de Londres, en la que Philip Willian, corresponsal en Roma, afirma que muchos de los cardenales que votaron a Bergoglio, así como toda la Curia, están tomando distancia de él y quieren persuadirlo para que se retire y así evitar un posible cisma

Un miembro de la Curia que cita el Times sin dar su nombre dice que aunque el malestar existe, no cree que sea posible presionar a este Papa [¿pero al anterior sí?], debido a su carácter autoritario hasta que no complete las reformas revolucionarias que tienen en carpeta, y que -según esta fuente- están causando un daño enorme.

Repasemos las dos asonadas más importantes de los últimos meses contra la blanca flor de la papa:

1. Los Cuatro Mosqueteros con sus dubia. No pasó (ni pasará) nada. Todo quedó en aguas de borrajas. Bergoglio no se dignó responder, y ciertamente no lo hará. Para lo que sirvió el batifondo que se armó fue para encender la hoguera para el cardenal Burke y para que muchos obispos que, discretamente, habrían prohibido la comunión a los recasados en sus diócesis, hoy anden a tientas y con sus propias dudas, a fin de no quedar pegados en el grupo de cardenales preguntones y rebeldes. Ya sabemos que la valentía no es una característica episcopal, y muchos están temerosos a oponerse y jugarse por la doctrina del Evangelio, sencillamente porque temen ser misericordiados.

2. La gallarda declaración de guerra de los caballeros de la Orden de Malta. No pasó de ser una bravata que terminó en un paso de comedia: el Gran Maestre renunciando al primer grito de Bergoglio. Lo que se obtuvo como resultado fue la incineración total del cardenal Burke, que ya no servirá ni para usar la cauda púrpura y el desmantelamiento de la Orden de Malta. Me juego a que durante el periodo de “normalización” en el que se encuentra, cambiarán los estatutos a fin de eliminar la exigencia de que el Gran Maestre sea un caballero de justicia, con lo cual la Orden dejará de ser religiosa, y pasará a ser la competencia de la Cruz Roja.

Me auguro que el último disparate que se está proponiendo - el pedido de dimisión de Mons. Paglia y Mons. Sánchez Sorondo- terminará de la misma manera, o peor. 

A quién se le puede ocurrir que Bergoglio -¡nada menos que Bergoglio!- se dejará presionar por el pedido de quinientos fieles y tres asociaciones. Se matará de la risa mientras toma mate con Tucho Fernández. Por supuesto que a Paglia y, sobre todo a Sánchez Sorondo, habría que mandarlos de confesores a algún carmelo de la zona más inhóspita de África, pero el modo no es pidiendo a los gritos su dimisión encaramados en un atalaya medieval. ¿Qué se pretende lograr con eso? ¿El éxito del pedido? ¿O más bien un protagonismo altisonante?

Una vez más: Bergoglio no es más que la blanca flor de la papa. El problema no es él. El problema es el tubérculo que está debajo

Dicho de otro modo, Bergoglio es la exposición vergonzosa de la realidad de la Iglesia Católica, y me parece saludable que salga a la luz. Mientras el pus está escondido y no se manifiesta, la infección continúa su camino devastador

Pablo VI y Juan Pablo II, con documentos más o menos ortodoxos y con gestos más o menos elegantes, cubrían la podredumbre que había debajo. Francisco la muestra casi con orgullo en cada una de sus palabras y de sus actitudes. Recuerda al “día del villero” institucionalizado los kirchneristas: “Soy villero, y qué”. 

Es por eso que el pontificado de Francisco puede ser la oportunidad de una verdadera renovación católica de la Iglesia. Si es que aún queda historia (como acotan varios comentaristas ... puede que estemos ya en el final), quien lo suceda tendrá la oportunidad de construir de nuevo lo que comenzó a agrietarse en Trento, a desmoronarse desde hace al menos un siglo y medio y terminó de derrumbarse en los ’60, durante el fatídico Concilio

La condición es atacar la papa y no entretenernos en cortar la flor.

The Wanderer