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martes, 5 de junio de 2018

La Despenalización del Aborto: ¿Progreso o Barbarie? (Carlos Daniel Lasa)

Lasa es Doctor en Filosofía por la Universidad Católica de Córdoba. Fue Decano del Instituto de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Villa María y fue Profesor Titular de Metafísica en la Licenciatura en Filosofía de la Universidad Católica de Córdoba. Investigador Independiente y Miembro de la Comisión Asesora en Filosofía del CONICET (2010-2011). Profesor–Investigador con Categoría I del Programa Nacional de Incentivos del Ministerio de Educación de la Nación Argentina. Autor de siete libros y más de cincuenta artículos de filosofía publicados en revistas especializadas de Argentina, Chile, México, España, Italia, Francia y Alemania.


[Fuera los Metafísicos/Centro Pieper] El progresismo, fiel a su principio de “amar siempre lo nuevo”, no es más que la expresión de un sociologismo, producto derivado de la descomposición del marxismo. El progresismo es la manifestación de aquella conciencia para la cual toda afirmación es expresión de un tiempo determinado: nada posee un valor intemporal (excepto, claro está, su propia afirmación la cual tiene un carácter dogmático y eterno).

En la actual circunstancia, el hecho de sostener la despenalización del aborto sería la expresión de una conciencia puramente epocal que está dispuesta siempre a asumir lo nuevo como sinónimo de progreso. Legalizar el aborto equivaldría a una “conquista” en el camino de la conciencia humana hacia la total emancipación, la cual coincidiría con la entronización de un sujeto absolutamente auto-referente que ha llegado al cenit en su desvinculación con todo lo que no sea él mismo.

En este camino hacia la pura libertad negativa como ideal de vida, todo (incluida la mismísima vida humana) debe ser considerado como un obstáculo a ser superado. De esta manera, un ser humano en el vientre de su madre puede ser considerado un obstáculo para que esa mujer ejerza sus derechos sobre su propio cuerpo (léase: mi voluntad, auto-referente, no debe nada a nadie).

Este narcisismo en estado puro, potenciado por el poder de la tecno-ciencia, se manifiesta hoy en la elección del ser de mi hijo, al cual puedo elegir “a la carta”; o también en el deseo de prolongar mi vida biológica más allá de lo esperable, etc. Dado, entonces, que el querer se considera una instancia sagrada, todo debe ser sometido a sus dictámenes, incluida la sentencia de muerte dada a una vida inocente. De allí se entiende, entre otras cosas, la desaparición del uso del término “deber”. Un ser absolutizado, acaso, ¿puede ser deudor de alguien? La vida buena, por lo tanto, no consiste ya en obrar conforme a un modelo previo a la voluntad, sino, primordialmente, en la generación del modelo mismo por parte de mi voluntad. El hombre carece de naturaleza, de un ser y una finalidad dadas: su ser es lo que él mismo quiere hacer de sí.

La lógica del denominado “sentido histórico” que sustituye la distinción ética bueno-malo por la de nuevo-viejo, nada nos enseña acerca de los valores. En consecuencia, el abandono de un verdadero principio moral hace que los juicios de valor queden privados de todo soporte objetivo. En este caso, como muy bien lo señala el gran filósofo de la política Leo Strauss, llevando la tesis referida al absurdo, “los valores de la barbarie y del canibalismo serían tan defendibles como los de la civilización” [1]. La lógica nihilista pretende, una vez más, servir de fundamento a una organización jurídica “progresista”, consistiendo el progreso, en este caso, en la materialización, en nuestro orden jurídico, de la pérdida del sentido de la dignidad de la persona humana.

¿Qué posición toman los partidos políticos frente a esta situación? Los mayoritarios sostienen que, en estas cuestiones, debe permitirse que cada legislador obre de acuerdo a sus propias convicciones. Como puede advertirse, detrás de esta formulación se esconde la afirmación siguiente: para el partido son más importantes, en lo que hace al bien común de la Argentina, los impuestos que deben cobrársele a los granos que la mismísima vida humana. Sólo respecto de esas cuestiones el partido debe tener una posición unánime y no sobre problemas ajenos al bien de la ciudad (¡sic!). ¿Cómo resulta posible que un partido no asuma una posición clara frente a las grandes cuestiones de la vida de la polis?, ¿cómo puede, un partido político, quedar al margen del gran problema de la vida política, cual es el de la vida buena?

Todos sabemos que los ciudadanos estamos representados, en la República, por los legisladores. También sabemos que cada ciudadano tiene, explícita o implícitamente, una concepción global de la realidad y, como consecuencia de ello, una visión del hombre, de la ética, de la política, etc. Ahora bien, pareciera que algunos ciudadanos tienen pleno derecho para hacer valer sus concepciones en la discusión de las leyes; por el contrario, otros no gozan de las mismas facultades. En este sentido, el hecho de expresar que el aborto es dar muerte a un inocente (y que, por lo tanto, jamás debiera ser legalizado), es visto como una maniobra de imposición de una perspectiva, aplicable sólo a los católicos o creyentes en general. Los creyentes, en consecuencia, deberían abstenerse de defender su posición, calificada de provinciana y anticuada; los laicistas (y digo laicismo, no laicidad), sin embargo, tienen todo el derecho para imponer urbi et orbi su posición a la que auto-califican de universal.

Respecto de esta curiosa forma de justicia y de apertura democrática, el mismo Jürgen Habermas, quien negaba la necesidad de la fundación del Estado en valores éticos, advertía al totalitarismo laicista: “La neutralidad cosmovisiva del poder estatal, que garantiza las mismas libertades éticas para todos los ciudadanos, es incompatible con la generalización política de una visión del mundo laicista. Los ciudadanos secularizados, en cuanto que actúan en su papel de ciudadanos del Estado, no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a las discusiones públicas” [2].

El sociologismo relativista, pues, ha llevado a que el derecho pierda su fundamento. El desplazamiento de la razón moral trae como consecuencia un hecho: el derecho ya no puede referirse a una idea fundamental de justicia, sino pasa a convertirse en el espejo de las ideas dominantes. Por eso, sostenía el por entonces Card. Joseph Ratzinger, “la cuestión fundamental acerca de la restauración de un consenso moral fundamental en nuestra sociedad es una cuestión de supervivencia de la sociedad y del Estado” [3]. Por el momento, vivimos dentro de aquel mundo vislumbrado por Charles Péguy: el “mundo de los que no creen en nada, que se glorían y enorgullecen de ello”.

Lo nuevo no es sinónimo de bueno y, por eso, no equivale necesariamente a progreso. El imperativo de la Escritura “No matarás al inocente” significó un progreso fundamental para la conciencia moral de la humanidad. Y esto fue posible gracias a que el yo fue capaz de alcanzar, mediante su inteligencia, una perspectiva universal, abandonando la idea de una razón instrumental al servicio de los instintos de un empobrecido yo.

Lamentablemente, la barbarie retorna periódicamente: el siglo XX, y el nuestro propio, son testigos de la misma. Y cuando esta barbarie se entroniza en el individuo y en la sociedad, reinan el exceso, la esterilidad y la ruina. Su furor la conduce a destruir todo lo que es elevado: no trata de recrear la cultura sino, más bien, de sumergirla en la nada de los valores. Como refiere Mattei, “A imagen del búho de la sabiduría, dedicado a Atenea, que no se levanta más que a la caída del día, la barbarie despliega sus alas por la noche; pero son las alas de un ave de rapiña” [4].

Notas

[1] ¿Progreso o retorno? Bs. As., Paidós, 2005, p. 171.

[2] ¿Fundamentos prepolíticos del Estado democrático? En Dialéctica de la secularización. Sobre la razón y la religión. Madrid, Ediciones Encuentro, 2006, pp. 46-47.

[3] Église, Oecuménisme et Politique. París, Lib. Arthème Fayard, 1987, p. 276.

[4] Jean-François Mattéi. La barbarie interior. Ensayo sobre el inmundo moderno. Bs. As., Ediciones Del Sol, 2005, pp. 43-44.