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martes, 7 de marzo de 2023

Arte de bien morir (Bruno Moreno)



Recuerdo que, en cierta ocasión hace unos años, durante la homilía de la Misa, el sacerdote se dirigió a una señora a la que iban a operar al día siguiente del corazón y le dijo: mañana te operan y es muy posible que te mueras, así que tienes que estar preparada. Aquello me impresionó vivamente, porque nunca había oído a un sacerdote hablar con esa claridad y naturalidad de la muerte. Aquella señora podía perfectamente morirse y lo sensato, lo razonable y lo cristiano era animarla a que estuviera lista para ello.

Cualquiera que haya leído algunos libros religiosos antiguos se habrá dado cuenta de que los católicos de otras épocas hablaban a menudo de la muerte, reflexionaban sobre ella y, sobre todo, se preparaban para ella, conscientes de lo importante que era tener una muerte cristiana. Hoy, en cambio, es un tema que apenas nunca se trata en homilías, catequesis, libros de espiritualidad y devocionarios. Y, si se menciona, suele de forma eufemística, dando por supuesto que todos vamos a ir al cielo, que si nos morimos será dentro de muchos años y que no hay que pensar demasiado en el asunto.

Si bien es comprensible que el mundo poscristiano y desesperanzado no quiera hablar de la muerte, resulta descorazonador que suceda lo mismo entre los católicos. ¿A qué se debe este silencio de los católicos sobre la muerte? Se podrían mencionar muchas causas, pero voy a dejar que responda a la pregunta San Roberto Belarmino, con la clarividencia que le caracteriza:
“Me preguntaba por qué son tan pocos los que se esfuerzan en aprender el arte de bien morir, que debería ser conocidísimo por todos. No se me ocurría mejor respuesta que la que da el sabio en el Eclesiastés: «El número de los necios es infinito» . En efecto, ¿qué necedad mayor puede concebirse que descuidar el arte del que dependen los bienes más elevados y eternos, mientras se aprenden con gran esfuerzo otras artes diversas y casi innumerables […] para conservar o aumentar los bienes perecederos?”
Creo que no hay duda de que este gran santo y doctor de la Iglesia tenía toda la razón: si no nos preocupamos por prepararnos para morir bien y santamente es porque somos unos necios, porque no entendemos lo que nos conviene de verdad. Nos entrenamos durante semanas o meses o años para un examen, una oposición, una entrevista de trabajo o una competición y, en cambio, si acaso pensamos un instante en la muerte, es para desear que nos encuentre dormidos y no nos enteremos de nada. Aparentemente, morir en gracia y como Dios quiere, arrepentidos de nuestros pecados, es la menor de las preocupaciones de la gran mayoría de los católicos.

En este sentido, me ha alegrado que Vita Brevis acaba de publicar el Arte de bien morir, de San Roberto Belarmino. Es un librito corto y sencillo que el cardenal Belarmino escribió al final de su vida, pensando en compartir con los demás lo que él mismo hacía con miras a prepararse para la muerte. El punto de partida es muy sencillo: como vivamos, así moriremos. No podemos esperar al último momento para pensar en la muerte, porque la preparación para bien morir es la vida misma. Si no vivimos caminando hacia el cielo, lo cierto es que sin darnos cuenta estamos caminando hacia otro lugar bastante diferente.

Siguiendo ese hilo conductor, San Roberto responde a multitud de preguntas sobre la muerte cristiana, mientras aprovecha para ir dándonos una catequesis sobre los aspectos más diversos de la fe, muchos de ellos casi olvidados hoy. ¿Qué enseña el Evangelio sobre la muerte? ¿Cómo vivir para que la muerte no nos sorprenda como un ladrón, sino que estemos listos para ella y podamos acogerla con gozo y confianza en Dios? ¿De qué manera pueden prepararnos los distintos sacramentos para tener, con la gracia de Dios, una muerte santa? ¿Y cómo es, en concreto una muerte santa y cristiana? ¿Cuáles son las diferencias con una mala muerte? ¿Qué hay que hacer para meditar provechosamente sobre la muerte? ¿Cuáles son las tentaciones más frecuentes cuando se acerca la muerte y cómo hay que responder a ellas?

Son, quizá, preguntas incómodas para nuestra falta de fe y nuestra tibieza, pero quizá debamos hacérnoslas. En ello nos va, literalmente, la vida eterna. Y, si nos vamos a hacer estas preguntas, ¿qué mejor forma de hacerlo que de la mano de un santo y un doctor de la Iglesia? A fin de cuentas, como dice el propio San Roberto, “la inconcebible grandeza de esta felicidad en la gloria y la enorme alegría del corazón que inundan a quienes han aprendido el arte de bien vivir y de morir felizmente, esto solo pueden explicarlo quienes han experimentado este enorme don de Dios”.
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