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viernes, 13 de marzo de 2020

El sol baila sobre Roma, la larga cuaresma del Papa Francisco, el Vaticano cerrado y todo funciona, cardenales y cardenales (Specola)




Los romanos son muy propensos a creer en los augurios y mucho más en estos tiempos de coronavirus que están sometiendo a la ciudad eterna a una dura y larga cuaresma que no parece tener fin. 

Ayer pudimos ver un extraño fenómeno solar, como los que se producen en Medjugorge, sobre Roma. Es nuestra imagen de hoy. La historia es el tiempo de Dios y el tiempo de la salvación que se puede hacer presente como quiere y cuando quiere. Hemos de vivir estos momentos con la máxima tranquilidad y esperar que nos ayuden a mirar hacia el cielo. Ayer en Roma muchos miraron hacia el cielo, donde un extraño sol iluminaba el silencio romano. ‘Cuando no hace daño es de Dios’, suelen decir los viejos del lugar y así lo interpretaron: el virus tiene tintes mucho más demoniacos y sigue su expansión, según su naturaleza, ignorando las fronteras y las leyes humanas.

Impresiona ver el Vaticano cerrado, que a los más ancianos recuerda los tiempos de la segunda guerra mundial, pero ahora sin soldados ruidosos inundando la ciudad. Los jefes de dicasterio no saben qué hacer; de hecho, el Vaticano está cerrado, sus oficinas y organismos; y muchos trabajadores se han quedado en sus casas. El trabajo no se resentirá mucho, porque mucho no era, no creemos que se hunda el mundo si prescindimos de los auguri de pascua que tanto trabajo dan a las secretarías de sus eminencias y excelencias. 

El virus nos está demostrando la inutilidad de los miles de organismos e instituciones tanto civiles como eclesiásticas que no sirven para nada y nos cuestan una fortuna. El cierre de algunas conferencias episcopales y de la misma curia romana esta sirviendo para ‘tranquilizar’ a los sacerdotes y los fieles y podernos centrar en la oración y en la caridad y dejarnos de diálogos en la estratosfera, de sínodos sobre sínodos y de pachamamas.

Siempre hemos defendido que el Vaticano es un estorbo, y no pequeño, para la verdadera misión de la Iglesia. La Iglesia no se puede convertir en enormes estructuras que aplastan a los verdaderos trabajadores del evangelio. Alemania es el ejemplo más sublime. El crecimiento anormal y costoso de las enormes curias diocesanas, de las conferencias y no digamos de la curia romana, que hemos sufrido en el periodo post conciliar, se está demostrando inútil y dañino. 

En estos pocos días que llevamos sufriendo el coronavirus los salvadores de la humanidad han desaparecido y se encuentran en sus madrigueras esperando a que pase el peligro para marear de nuevo a tiempo y a destiempo. Lo que los fieles cristianos necesitamos son sacerdotes que estén a nuestro lado para celebrar la Eucaristía, perdonar los pecados y administrar los sacramentos. Todo lo demás, si ayuda, bienvenido sea; pero vemos que suele ser un enorme estorbo del que hay que protegerse. Son tiempos en los que tenemos enormes edificios de oficinas y nuestras catedrales con museos, nuestras iglesias cerradas y nuestros monasterios vacíos.

El virus, por su propia naturaleza, es muy democrático y no hace distinciones de raza, de condición social o económica, y anida donde quiere y cuando quiere. No necesita que derribemos muros ni que le construyamos puentes. No entiende si la iglesia está en salida o en entrada, subiendo o bajando, no respeta ni los todopoderosos poderes del mundo, ni los engolados poderes sagrados. Hace lo que tiene que hacer y para defendernos tenemos que seguir sus reglas porque el virus nunca seguirás las nuestras. Además de democrático es muy poco dialogante. No hay forma de que entre en razón y se contagia sin escuchar consejos ni recomendaciones, no sabe de estrategias políticas ni de crisis económicas. En un mundo que pretende cambiar las leyes de la naturaleza con leyes positivas nos hemos encontrado con el enemigo perfecto y a nuestra medida, la naturaleza vírica en estado puro.

No podemos perder de vista, aunque nuestros obispos cobardeen, que detrás de todo, y también del coronavirus, está la providencia de Dios sobre nuestras vidas. No es cosa de ponerse apocalípticos pero tampoco de ignorar que Dios existe y se hace presente. Son momentos de intensificar la oración; las cuarentenas forzadas nos facilitan un tiempo maravilloso, tiempo de descubrir tantas cosas como tenemos olvidadas en nuestras vidas y preocuparnos de la salud del alma a la vez que lo hacemos de la del cuerpo que, al fin, es caduco.

Estamos viviendo momentos inéditos y complejos en donde no es fácil tomar las decisiones adecuadas. Son tiempos de salvación y son los nuestros. Todo apunta a que estamos al inicio y que será una batalla dura, larga y con caídos en combate. Nos llegan noticias de obispos y sacerdotes que empiezan a contraer la enfermedad. En el Vaticano el miedo se ve en los rostros. Los mayores son los más afectados y aquí tenemos muchos; basta ver las edades de los miembros del Sacro Colegio para darnos cuenta del peligro, más que evidente, en que nos encontramos.

Las noticias de hoy nos informan de que el proceso a Pell se alarga y durará unos meses más en que el cardenal sigue encarcelado. Hay momentos en que la cárcel es el lugar más digno y el cardenal está demostrando una fortaleza inusual entre sus hermanos purpurados, en una situación injusta e incompresible, o quizás demasiado compresible. Y hablando de cardenales, el cardenal electricista está demostrando, una vez más, tener muy pocas luces y ha sido detenido por la policía italiana cuando se dirigía a llevar comidas a los indigentes de la zona de la estación Termini incumpliendo todas las normas sanitarias, las normales y las del virus, otro triste episodio que poco ayuda a los necesitados y dice mucho de protagonismos inútiles.

«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.»

Buena lectura.

Specola

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