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jueves, 15 de noviembre de 2018

Los obispos americanos votan NO pedir al Vaticano que abra los archivos sobre McCarrick (Carlos Esteban)



Si algunos nos sentimos animados por algunos indicios de que, por una vez, el episcopado estadounidense fuera a tomarse en serio el escándalo de los abusos sexuales por parte del clero, nuestro gozo en un pozo: ayer votaron ‘no’ a la propuesta de pedir a Roma que abriera los archivos sobre McCarrick. Los trapos sucios seguirán lavándose en casa … Si es que se lavan.

Durante un momento pareció que se lo iban a tomar en serio. La prohibición de Roma de votar medidas contra los abusos sexuales en la asamblea plenaria reunida en Baltimore a solo 24 horas de su inicio parecía haber abierto los ojos a muchos obispos ante sus responsabilidades diocesanas. El Cardenal DiNardo, su presidente, expresó abiertamente su decepción y masculló su enfado -“esto no suena mucho a sinodalidad”-; Strickland, de Tyler, en Texas, alertó sobre la infiltración homosexual en las filas del clero y Cordileone, de San Francisco, pidió un estudio científico para aclarar la relación entre homosexualidad en el sacerdocio y abusos. Algo, en fin, empezaba a moverse en el adormecido episcopado norteamericano.

Fue un espejismo, olvídenlo. En el último día de la asamblea, los obispos votaron por 137 contra 83 (tres abstenciones) contra la propuesta de “animar” a la Santa Sede a hacer públicos todos los documentos sobre denuncias de conductas sexuales irregulares contra el arzobispo emérito de Washington, Theodore McCarrick, tras media hora de debate. Nada que ver aquí, sigan circulando.

La transparencia es una buena palabra para repetirla a menudo, pero un concepto peliagudo para practicarlo. Al final, los obispos americanos parecen tener tan poco interés como el Vaticano en que salgan a la luz los pecadillos propios y de los amigos. Después de todo, ¿por qué iban a querer los obispos ser investigados, mucho menos por los laicos? El “protagonismo creciente de los laicos”, es ya evidente, resulta un buen lema publicitario, pero nada más.

La propuesta partía de Earl Boyea, obispo de Lansing, y pedía que “los obispos de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos animen al Santo Padre a publicar toda la documentación que pueda publicarse en atención a la ley canónica y civil concerniente a la mala conducta del arzobispo McCarrick”.

Quizá los obispos, aislados como suelen estar los poderosos, no se dan cuenta de la situación; o tal vez sí, y prefieren la sospecha a las pruebas que podrían salir de una apertura de los archivos; el caso es que su indignante negativa hace que la infiltración masiva de homosexuales y homosexualistas en las filas del clero deje de ser una paranoica teoría de la conspiración para convertirse en una explicación plausible de la crisis.

Es el sentimiento de desaliento que cunde ya entre los obispos fieles, decididos a limpiar los establos de Augias del clero católico norteamericano. Como el obispo de Spokane, en el estado de Washington, que ha llegado a preguntar a sus colegas reunidos en Baltimore si alguno de ellos ha dejado de creer que esté mal que los adultos se impliquen en actividades homosexuales. Daly planteó las “razones” por las que los obispos se habían hecho los locos ante el acoso homosexual de McCarrick sobre seminaristas y jóvenes sacerdotes, un rumor muy extendido entre las filas del clero durante décadas.

“¿Fue posible que pasara porque tenemos algunos obispos y sacerdotes que ya no ven nada malo en el sexo consentido entre adultos dentro del clero?”, se pregunta Daly. 

Las otras razones que planteó no eran menos deprimentes. “Podría ser que ellos mismos estuvieran comprometidos. Otros, clérigos ambiciosos en la escalera mecánica eclesiástica, haciendo cuanto podían para ocultar las cosas y callar lo que sabían, para seguir escalando puestos. Y luego está el darse cuenta con tristeza de que algunos, implicados en estas cosas, no pensaron realmente en nada, no se preguntaron: ¿qué ha sido de mi vocación?”.

Carlos Esteban