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viernes, 15 de mayo de 2026

No sabía que Jesús está vivo y esperándome en la Eucaristía | Samuel Clavijo, ¿futuro sacerdote?




DURACIÓN 34:25 MINUTOS

Problemas con el rito de consagración del Novus Ordo


Uno de los elementos significativos relacionados con la polémica decisión de la FSSPX. Aprovecho esta oportunidad para compartir un recuerdo. Hace años, cuando expresé mis inquietudes sobre los cambios en la fórmula de ordenación sacerdotal al entonces superior de la FSSP, me respondió lacónicamente: « No somos columnistas ». Aquí está el índice de artículos sobre la liturgia en la época de León XIII. Problemas con el rito de consagración del Novus Ordo:

Una carta abierta


En estos tiempos difíciles para la Iglesia, no podemos permanecer en silencio mientras se tambalean los cimientos del sacerdocio y del Santo Sacrificio. Las reformas introducidas bajo el pontificado de Pablo VI no fueron ajustes menores, sino una reconstrucción radical de los ritos sagrados de la Iglesia, llevada a cabo, como es bien sabido, con la ayuda de seis observadores protestantes, hombres que no compartían la fe católica en la Misa como verdadero sacrificio ni en el sacerdocio como realidad sacramental.

Desde el principio, se plantearon serias objeciones. Los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci advirtieron que el nuevo rito de la Misa, el llamado Novus Ordo Missae , estaba plagado de peligrosas ambigüedades —insinuaciones contra la fe misma— . Señalaron que la doctrina de la Presencia Real ya no se expresaba con claridad, que la naturaleza sacrificial de la Misa se oscurecía y que el papel del sacerdote se reducía a algo parecido al de un ministro protestante. Estas advertencias quedaron sin respuesta. Fueron ignoradas.

Poco después, en 1968 y 1969, se aplicó el mismo espíritu de reforma a los ritos de ordenación.(1) En su constitución Pontificalis Romani Recognitio , Pablo VI argumentó que los cambios tenían como objetivo clarificar y restaurar. Pero lo que vemos, en cambio, no es claridad: es omisión, dilución y, en algunos casos, un silencio peligroso donde la precisión es absolutamente necesaria.

Consideremos la ordenación sacerdotal. En el rito tradicional, la Iglesia habla inequívocamente: el sacerdote es ordenado para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, perdonar los pecados y bendecir en el nombre de Cristo. Estos no son detalles secundarios; son la esencia misma del sacerdocio. Sin embargo, en el nuevo rito, estas facultades esenciales ya no se expresan claramente en la forma sacramental. En el mejor de los casos, se mencionan vagamente, e incluso entonces en partes opcionales de la ceremonia.

Peor aún, la forma definida por el Papa Pío XII en Sacramentum Ordinis ha sido modificada de tal manera que oscurece la conexión entre la gracia del Espíritu Santo y la investidura sacerdotal. Se ha suprimido una sola palabra — «ut» —, y con ella, la clara relación entre causa y efecto. Este cambio no es trivial. Afecta la validez y el significado mismo del sacramento.

Al abordar la consagración de obispos, la situación se torna aún más alarmante. El rito tradicional no deja lugar a dudas sobre la naturaleza del obispo: sucesor de los Apóstoles, poseedor de la plenitud del sacerdocio, investido con la autoridad para enseñar, santificar y gobernar. Esto se expresa claramente en oraciones, votos y símbolos.

En el nuevo rito, esta claridad desaparece.

El solemne juramento de fidelidad a la Sede Apostólica se sustituye por un lenguaje vago. Los votos firmes se convierten en meras «resoluciones». La profesión explícita de la fe católica se reduce a una simple pregunta. Incluso las atribuciones de un obispo, antes proclamadas abiertamente, ya no se enuncian explícitamente.

En cambio, encontramos expresiones ambiguas: el obispo como alguien que «sirve» más que que gobierna, cuya autoridad parece derivar más de la comunidad que de Dios. El énfasis se desplaza sutilmente de la institución divina a la función humana.

La oración de consagración en sí misma también suscita serias dudas. Pablo VI afirmó que provenía de fuentes antiguas, específicamente de la llamada Tradición Apostólica atribuida a Hipólito de Roma. Sin embargo, los estudiosos cuestionan tanto el origen como la fiabilidad de este texto. Aún más preocupante es que, en comparación con los auténticos ritos orientales, la nueva versión omite expresiones clave que claramente denotan el poder episcopal.

Esta ambigüedad no ha pasado desapercibida. El hecho de que la Iglesia Episcopal Protestante de Estados Unidos haya podido adoptar una forma similar en sus ritos debería justificar la preocupación católica. Un rito aceptable para quienes niegan el sacerdocio sacrificial no puede celebrarse fácilmente para salvaguardarlo.

Aquí debemos recordar el juicio del Papa León XIII en Apostolicae Curae , donde declaró nulas y sin efecto las órdenes anglicanas precisamente por defectos de forma e intención, defectos sorprendentemente similares a los que vemos ahora: ambigüedad, omisión y falta de expresión de la verdadera naturaleza del sacerdocio.

Otros cambios refuerzan el mismo patrón. Los elementos ricos y solemnes del rito tradicional —la detallada Profesión de Fe, la Letanía de los Santos completa, la clara concesión de autoridad— se reducen o se vuelven opcionales. Incluso los símbolos de autoridad, como el báculo pastoral, pierden su poderoso significado.

Todo esto se presenta bajo el pretexto de una «simplificación» y un «retorno a las prácticas antiguas». Pero este supuesto retorno a la antigüedad —lo que el Papa Pío XII condenó como arqueología en Mediator Dei— no es una verdadera restauración. Es una reconstrucción guiada por ideas modernas, no por el desarrollo orgánico de la Tradición.

Cabe preguntarse: ¿qué clase de sacerdocio se está formando? ¿Qué clase de obispos se están consagrando? Cuando se silencia el lenguaje del sacrificio, cuando se oscurece la autoridad, cuando la doctrina se da por implícita en lugar de proclamarse, el resultado es, en el mejor de los casos, confusión; y, en el peor, una erosión gradual de la fe misma.

Se nos dice que estas reformas eran necesarias. ¿Pero necesarias para qué? No para preservar lo que la Iglesia siempre ha enseñado. No para fortalecer la fe en la Presencia Real. No para salvaguardar el sacerdocio sacramental.

La verdad es difícil, pero hay que afrontarla: estos nuevos ritos no llevan las marcas de la continuidad, sino de la ruptura. Guardan un parecido inquietante con las mismas reformas protestantes que la Iglesia condenó.

En una crisis como esta, los fieles no pueden permitirse la indiferencia. No nos corresponde a nosotros redefinir el sacerdocio. No nos corresponde a nosotros vivir los sacramentos. Son realidades divinas confiadas a la Iglesia, para ser transmitidas intactas.

Lo sagrado no puede volverse repentinamente dudoso. Lo claro no puede volverse repentinamente oscuro.

El deber sigue siendo el mismo: mantenernos firmes en lo que la Iglesia siempre ha hecho, enseñado y creído.

Tradicional católico en Facebook
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Nota de la Iglesia y posconciliar

Fórmula preconciliar :

« Accipe potestatem offerre sacrificium Deo, Missasque celebrate, tam pro vivis, quam pro defunctis in nominate Domini .» (https://introibo.net/download/buecher/pontificale_romanum.pdf)

Recibe el poder de ofrecer sacrificios a Dios , celebra misas por los vivos y los difuntos en el nombre del Señor.

Nueva fórmula :

« Accipe oblationem plebis sanctae Deo offerendam. Agnosce quod ages, imitare quod tractabis, et vitam tuam mysterio dominicae crucis conforma .»

Recibe las ofrendas del pueblo santo (para ofrecer a Dios). La traducción que transcribo aquí, a la que se hace referencia en el enlace, dice: 

Para el sacrificio eucarístico . Sé consciente de lo que harás, imita lo que celebrarás, conforma tu vida al misterio de la cruz de Cristo. (https://sangaspare.it/riti-straordinari/rito-dellordinazione-presbiterale/)

Es emblemático que en la Carta Apostólica Apostolicae Curae (13 de septiembre de 1896), en la que León XIII trata sobre las ordenaciones anglicanas, las considere inválidas debido a un defecto de forma. 

Si la materia de este sacramento se considera la imposición de manos, la forma consiste en la fórmula de ordenación, que, para los anglicanos, está aún más diluida

«Recibe el Espíritu Santo». 

Para el Papa León XIII, tales palabras «no significan en absoluto con precisión el Orden del sacerdocio ni su gracia y poder, que en particular es el poder de “consagrar y ofrecer el verdadero Cuerpo y Sangre del Señor”» [cita del Concilio de Trento: DS 1771].

Tracemos un paralelismo...

Simios y humanos: el evolucionismo a juicio

 



Recuperando la verdadera historia y cronología de la humanidad.



Pieter Brueghel el Viejo (1526/1530–1569), Dos monos encadenados.



Historia falsificada.

Si hoy abrimos cualquier libro dedicado a la historia y los orígenes de la humanidad, encontraremos la misma tesis evolutiva caracterizada por dos ideas principales: que el hombre desciende de una familia de primates (es decir, simios) y que la cronología de su "evolución" se extiende a lo largo de millones de años. Manteniendo la fachada de la cultura latina, se habla de Homo ergaster y Homo erectus , que supuestamente aparecieron hace entre 1,5 y 2 millones de años.(1) Antes que ellos, su antepasado simiesco, el (infame) Australopithecus, vivió en África. Se dice que hace unos 200.000 años —con variaciones entre 50.000 y 100.000 años— apareció el verdadero ser humano: Homo sapiens . Los científicos debaten preguntas como: "¿Los humanos tienen un origen único o múltiple?". Si la respuesta es un origen único, entonces nos enfrentamos a la llamada "hipótesis del origen único" o la "teoría de la salida de África". Si se prefiere esta última opción, entonces estamos ante una "evolución multirregional". En ambos casos, los científicos mantienen una creencia inquebrantable: que los humanos descendemos de una "especie de primates".

Si quieres ver cómo están las cosas, lee el artículo escrito por el Sr. Chris Stringer del Museo de Historia Natural de Londres, publicado en la revista Nature , titulado " Fuera de Etiopía ".(2) Desde el principio se nos dice lo siguiente:
La idea de que los humanos modernos se originaron en África, y que desde allí se extendieron poblaciones al resto del mundo, ha seguido ganando adeptos en los últimos tiempos.
Interesante. Primero surgió la idea, y solo después se confirmó. Sin embargo, no crean que el Dr. Stringer pretende sugerir que la filosofía y la doctrina preceden a la observación y los hechos. En absoluto. La "idea" es simplemente una hipótesis de trabajo que ha sido "probada" por los hechos. En su artículo, apoya la hipótesis de un único origen africano para la humanidad. Las cifras que presenta siempre son impresionantes: fósiles pertenecientes a Homo sapiens han sido datados "entre aproximadamente 260.000 y 130.000 años atrás". Y los "argumentos científicos" a favor de estas cronologías siempre suenan así:
Los fósiles están lo suficientemente completos como para mostrar una serie de características típicas de los humanos modernos y, utilizando el método de isótopos de argón, se ha datado en torno a los 160.000 años de antigüedad.
Como era de esperar, también hay un diagrama (en la página 693) que sistematiza estas cronologías. Se dice que Homo ergaster , el primer homínido en cocinar, tiene alrededor de 1,5 millones de años; Homo erectus , el que empezó a preferir la bipedestación, también tiene la venerable edad de unos 1,2 millones de años; mientras que se dice que el joven Homo sapiens tiene solo unos 100.000 (o 200.000) años. Podemos sonreír cuando el autor se refiere a fósiles de cierta región (Herto, Etiopía), que datan de hace más de 100.000 años, como " Homo sapiens moderno ".

No es necesario citar múltiples fuentes. Estoy seguro de que ya han captado la idea principal, que muchos conocen gracias a los libros de texto escolares, las enciclopedias y los diccionarios modernos: según la "ciencia" convencional, los orígenes del mundo y de la humanidad se pierden en algún lugar del túnel del tiempo que se extiende millones y millones de años.

Cronologías indefinidas y el comienzo del mundo

Hoy en día, para muchos católicos, estos datos se aceptan sin reservas. De hecho, hubo algunos debates en los siglos XIX y principios del XX. Sin embargo, antes de eso, las cosas eran muy diferentes. Lo entendemos sobre todo al leer crónicas históricas antiguas, como la de Miron Costin (1633-1691). En Letopisețul Țărâi Moldovei [de la Aron Vodă încoace] (La crónica de la tierra de Moldavia [desde el reinado de Aron Vodă en adelante]), escribe en la portada:
Crónica de la tierra de Moldavia desde Aaron Vodă en adelante, desde donde fue interrumpida por Ureche, voivoda de la región baja, en la ciudad de Iași, en el año 7183 de la creación del mundo y 1675 de la Natividad del Salvador del mundo, Jesucristo… (3)
El autor, educado por su padre, el hetman Iancu Costin, en el colegio jesuita de Bar (entonces Kamienec Podolski), también escribió una historia en verso polaco de Moldavia y Valaquia. Como sugiere la cita anterior, conocía con gran precisión la duración de la historia universal: 7182 años. De hecho, la mayoría de las crónicas medievales y renacentistas contienen datos similares. De su lectura se desprende que los orígenes de la humanidad no se remontan a cientos de miles o millones de años, sino a tan solo unos pocos miles. El punto de referencia siempre fue el año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, los autores cristianos primero calcularon el período desde la creación del mundo hasta el nacimiento del Niño divino, y luego fueron sumando progresivamente los años hasta la fecha de su escritura. No es de extrañar, pues, encontrar algunas discrepancias en estas cronologías.

Teófilo de Antioquía, que vivió en el siglo II d. C., y Julio Africano, basándose en la Septuaginta ( la versión griega tradicional del Antiguo Testamento), propusieron un período de 5530 años entre la creación del mundo y el nacimiento de Jesucristo. Un monje alejandrino llamado Panodoro calculó aproximadamente 5900 años. Un famoso texto histórico del Imperio Romano de Oriente, el Chronicon Paschale , hablaba de 5507 años, después de que varios Santos Padres expresaran opiniones diversas sobre los 5000 años para la edad del mundo: San Juan Crisóstomo y San Isaac el Sirio. San Hipólito de Roma (c. 170-c. 235 d. C.) propuso 5500 años. Curiosamente, el famoso historiador eclesiástico bizantino Eusebio de Cesarea (c. 260/265–339 d. C.) estimó un período de 5199 años, que coincide con el que se recoge en la fascinante obra La Ciudad Mística de Dios, de la visionaria abadesa María de Ágreda (1602–1665). A pesar de las imprecisiones de varios cientos de años, es evidente que la tradición cristiana, al igual que la judía, concebía la historia del mundo antes de Nuestro Señor Jesucristo como de un período máximo de 6000 años.

El artículo titulado « Cronología bíblica », escrito por J. Howlett y publicado en 1908 en la Enciclopedia Católica , afirma con realismo que la enorme cantidad de cronologías propuestas —alrededor de doscientas— demuestra que no podemos pretender la exactitud en un asunto tan delicado. Esto se debe a que «los libros de la Sagrada Escritura (...) no son mera historia». Al mismo tiempo, se cita con aprobación al padre Mangenot, quien afirma que «algunos defensores de la arqueología prehistórica han abusado de esta libertad y han atribuido a la raza humana una antigüedad extremadamente remota».(4)

A continuación se citan autores que ya habían propuesto, en la segunda mitad del siglo XIX y a principios del siglo XX, cifras similares a las popularizadas por los científicos actuales: Haeckel – más de 100.000 años; Burmeister – más de 72.000 años; Draper – 250.000 años; G. de Mortillet – 240.000 años, etc. La opinión de Guibert, que critica estas cifras descomunales – "no hay nada que nos obligue a extender la existencia humana más allá de los 10.000 años" – es secundada por Driver, quien afirma: Según la estimación más conservadora, no puede ser inferior a 20.000 años.

Las enseñanzas de las jerarquías católicas preconciliares.

Todas las opiniones que leemos en el artículo de la Enciclopedia Católica demuestran que los debates sobre la cronología de la historia universal ya eran muy intensos a principios del siglo XX. Sin embargo, en el mundo católico, nadie aceptaba una historia que abarcara cientos de miles o millones de años, sino más bien una de 20 000 o 30 000 años como máximo, y más probablemente de 10 000 años. Si bien los debates sobre la duración de la historia universal son importantes, el debate sobre el origen de los humanos a partir de los simios lo es aún más. Desde el principio, se han ofrecido varias respuestas muy importantes a esta idea, las cuales me gustaría repasar aquí.

En primer lugar, existe una condena explícita del evolucionismo por parte de los obispos alemanes. En un documento de un concilio local celebrado en Colonia en 1860, declararon lo siguiente:

Nuestros primeros padres fueron formados directamente por Dios. Por lo tanto, declaramos que la opinión de quienes no temen afirmar que este ser humano, el hombre en cuanto a su cuerpo, surgió finalmente del cambio espontáneo y continuo de la naturaleza imperfecta hacia una más perfecta, es claramente contraria a la Sagrada Escritura y a la Fe.(5)

El fundamento bíblico revelado se expone de forma concisa y clara, sin ambigüedad alguna. La doctrina en nombre de la cual reaccionaron los obispos alemanes es la de la creación del hombre por Dios. Por lo tanto, el hombre, si bien aún no había alcanzado la perfección de la visión beatífica, fue creado completo desde el principio, cuerpo y alma. Los cuerpos de los primeros humanos, Adán y Eva, no podían experimentar ninguna «evolución» de una naturaleza imperfecta a una perfecta, descartando así cualquier intento de separar la dimensión corporal del hombre de la espiritual para justificar la evolución humana a partir de los simios. Además, la idea de un simio con alma humana es metafísicamente imposible. Asimismo, no debe olvidarse que el dogma del pecado original implica una «involución» del hombre, no una «evolución».

Siguiendo el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, la Iglesia ha adoptado la concepción —de origen platónico-aristotélico— del alma entendida como la «forma sustancial» del cuerpo (la «materia» del hombre). Para todos los principales pensadores católicos posteriores al Doctor Angélico, el hilemorfismo (la teoría según la cual «todo objeto físico es compuesto de materia y forma») excluye cualquier hipótesis evolutiva. ¿Por qué? Porque las «formas sustanciales» que subyacen a todas las criaturas y objetos de nuestro mundo físico son entidades inteligibles creadas directamente por Dios. Estas entidades —también llamadas «esencias», «sustancias» o «ideas» de seres y cosas— no pueden experimentar «evolución». Tampoco el hombre puede manipularlas ni transformarlas de ninguna manera. Una «forma sustancial» no puede transformarse en otra forma. Solo Dios puede hacer esto, como se desprende de la enseñanza de la Iglesia sobre la Sagrada Eucaristía, que afirma que en el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en la noche de la Última Cena, las "formas" del pan y el vino son sustituidas por Dios mismo por las sustancias de su Cuerpo y Sangre.

Obviamente, el rechazo de la evolución presupone la existencia de un marco filosófico que permite, en la medida de lo posible con nuestro nivel de conocimiento actual (posterior a la caída), explicar la existencia de seres y cosas en nuestro mundo. Sin embargo, si se rechaza este marco, la humanidad y el mundo se explican en términos estrictamente materiales, en los que partículas invisibles —como los átomos— son los «bloques de construcción» de los que todo se compone. Quizás sorprenda a algunos lectores al afirmar que, desde la perspectiva de la metafísica aristotélico-tomista clásica, la transformación de las formas es tan inaceptable como el modelo atómico moderno. Con esta afirmación, simplemente deseo señalar que, sin una sólida base filosófica, las discusiones sobre los orígenes de la humanidad y del mundo solo pueden conducir a un número infinito de errores.

Robert Lazu Kmita
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1. Bernard Wood, Human Evolution: A Very Brief Introducción , Oxford University Press, 2005.
2. Aquí están los datos bibliográficos precisos del artículo: Chris Stinger, “ Out of Etiopía ” Nature, Volumen 423, 12 de junio de 2003, pp. 692-693 y 695.
3. El texto original: “Letopisețul Țărâi Moldovei de la Aaron Vodă încoace, de unde este părăsit de Ureche Vornicul de țara de Gios în oraș în Iași, în anul de la creaa lumii 7183, iar de la de la Nașțeria Mântuitoriului lumii, he Iisus Christos, 1675 meseța… dni.” En Marii Cronicari ai Moldovei (Los grandes cronistas de Moldavia), edición, estudio introductorio, glosario, puntos de referencia histórico-literarios por Gabriel Ștrempel, Bucarest: Editorial de la Academia Rumana, 2003, pág. 171.
4. “ Cronología bíblica ”, en Enciclopedia Católica: https://www.newadvent.org/cathen/03731a.htm [Consultado el 5 de mayo de 2026].
5. El texto latino original, citado en EC Messenger, Evolution and Theology (Nueva York: Macmillan, 1932, pág. 226, n. 1), es el siguiente:
Primi parentes a Deo immediate conditi sunt. Itaque Scripturæ sanctæ fideique plane adversantem illorum declaramus sententiam, qui afirmar no verantur, espontánea naturæ imperfectioris in Perfectiorem continuo ultimaque humanam hanc immutatione hominem, si corpus quidem speci, prodidisse.
La traducción que cito es del artículo de Brian W. Harrison, " Early Vatican Responses to Evolutionist Theology ", accesible en línea aquí: https://www.rtforum.org/lt/lt93.html [consultado el 5 de mayo de 2026]. El señor Harrison, a su vez, ha retomado la traducción de Patrick O'Connell de Science of Today and the Problems of Genesis (segunda edición, 1968, reimpresa por TAN Books [Rockford, Illinois, 1993], p. 187). Refiriéndose tanto al artículo de los obispos alemanes como a las traducciones al inglés, Harrison afirma lo siguiente:
Al incluir la palabra «espontáneo», este juicio contra la evolución se abstiene de condenar la hipótesis del «transformismo especial».
6. El artículo « Forma versus materia » de la Enciclopedia de Filosofía de Stanford: https://plato.stanford.edu/entries/form-matter/ [Consultado el 5 de mayo de 2026].

Declaración de la FSSPX: «En esta fe inmutable deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna»



El Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), el padre Davide Pagliarani, ha hecho pública este jueves 14 de mayo, fiesta de la Ascensión, una Declaración de Fe católica dirigida al Papa León XIV, fechada en Menzingen (Suiza), sede general de la Fraternidad.

El documento, redactado en tono filial pero doctrinalmente firme, se presenta como «el mínimo indispensable» exigido por la FSSPX para estar en comunión con la Iglesia y, en palabras de su Superior, poder llamarse verdaderamente católicos e «hijos» del Romano Pontífice. Pagliarani lamenta que, tras más de cincuenta años de conversaciones con la Santa Sede, los planteamientos de la Fraternidad «no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria» y denuncia que el derecho canónico haya sido empleado, a su juicio, «no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella».

La Declaración reafirma puntos clásicos del magisterio preconciliar —unicidad de la verdadera religión, necesidad de la Iglesia católica para la salvación, carácter propiciatorio del Santo Sacrificio de la Misa, realeza social de Cristo, condena de la laicidad y rechazo a cualquier «bendición» a parejas del mismo sexo— y plantea implícitamente al nuevo Pontífice una hoja de ruta doctrinal para una eventual normalización canónica.

A continuación reproducimos íntegramente la traducción al español del texto remitido a León XIV.

Declaración de Fe católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el abate Davide Pagliarani, Superior General de la FSSPX



Santísimo Padre:

Desde hace más de cincuenta años, la FSSPX se esfuerza por exponer a la Santa Sede su caso de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas. Lamentablemente, todas las conversaciones entabladas han quedado sin resultado, y todas las preocupaciones expresadas no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria.

Desde hace más de cincuenta años, la única solución realmente contemplada por la Santa Sede parece ser la de las sanciones canónicas. Con gran pesar nuestro, nos parece que el derecho canónico se utiliza, por tanto, no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella.

Por medio del texto que sigue, la FSSPX se complace en expresar a Vuestra Santidad, filial y sinceramente, en las presentes circunstancias, su adhesión a la fe católica, sin ocultar nada ni a Vuestra Santidad ni a la Iglesia universal.

La Fraternidad pone esta sencilla Declaración de Fe en Vuestras manos. Nos parece corresponder al mínimo indispensable para poder estar en comunión con la Iglesia, llamarnos verdaderamente católicos y, por consiguiente, hijos Vuestros.

No tenemos otro deseo que el de vivir y ser confirmados en la fe católica romana.

«Así, permaneciendo firmemente arraigados y establecidos en la verdadera fe católica, esforzaos por ser siempre dignos ministros del sacrificio divino y de la Iglesia de Dios, que es el Cuerpo de Cristo. Pues, como dice el Apóstol: ‘Todo lo que no procede de la fe es pecado’ (Rom 14, 23), cismático y fuera de la unidad de la Iglesia.» (Pontifical Romano, Monición a los ordenandos al subdiaconado)

DECLARACIÓN DE FE CATÓLICA

En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Sabiduría divina, Verbo encarnado, que ha querido una sola religión, que ha dejado definitivamente caduca la Antigua Alianza, que ha fundado una sola Iglesia, que ha triunfado sobre Satanás, que ha vencido al mundo, que permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos y que volverá a juzgar a vivos y muertos.

Él, Imagen perfecta del Padre, Hijo de Dios hecho hombre, ha sido constituido único Redentor y Salvador del mundo por la Encarnación y por la ofrenda voluntaria del sacrificio de la Cruz. Nuestro Señor satisface a la justicia divina derramando su preciosísima Sangre, y es en esta Sangre donde establece la Nueva y Eterna Alianza, aboliendo la Antigua. Es, por consiguiente, el único Mediador entre Dios y los hombres y el único camino para llegar al Padre. Sólo quien le conoce, conoce al Padre.

Por un decreto divino, la Santísima Virgen María ha sido asociada directa e íntimamente a toda la obra de la Redención; por tanto, negar esta asociación —en los términos recibidos de la Tradición— equivale a alterar la noción misma de Redención tal como la Divina Providencia la ha querido.

No existe sino una sola fe y una sola Iglesia por las cuales podamos ser salvados. Fuera de la Iglesia católica romana, y sin la profesión de la fe que ella ha enseñado siempre, no hay ni salvación ni remisión de los pecados.

Por consiguiente, todo hombre debe ser miembro de la Iglesia católica para salvar su alma, y no existe sino un solo bautismo como medio para incorporarse a ella. Esta necesidad concierne a toda la humanidad sin excepción e incluye indistintamente a cristianos, judíos, musulmanes, paganos y ateos.

El mandato recibido por los Apóstoles, de predicar el Evangelio a todo hombre y de convertir a todo hombre a la fe católica, permanece válido hasta el fin de los tiempos y responde a la necesidad más absoluta e imperiosa que existe en el mundo. «El que creyere y fuere bautizado, se salvará; el que no creyere, se condenará» (Mc 16, 16). Por consiguiente, renunciar a cumplir este mandato constituye el más grave de los crímenes contra la humanidad.

La Iglesia romana es la única que posee simultáneamente las cuatro notas que caracterizan a la Iglesia fundada por Jesucristo: la Unidad, la Santidad, la Catolicidad y la Apostolicidad.

Su unidad se deriva esencialmente de la adhesión de todos sus miembros a la única verdadera fe, fielmente conservada, enseñada y transmitida por la jerarquía católica a lo largo de los siglos.

La negación de una sola verdad de fe destruye la fe misma y hace radicalmente imposible toda comunión con la Iglesia católica.

El único camino posible para restablecer la unidad entre cristianos de confesiones diversas consiste en la apremiante y caritativa llamada dirigida a los no católicos a profesar la única verdadera fe en el seno de la única verdadera Iglesia.

En modo alguno la Iglesia católica puede ser considerada o tratada en pie de igualdad con un culto falso o con una iglesia falsa.

El Romano Pontífice, Vicario de Cristo, es el único sujeto detentor de la autoridad suprema sobre toda la Iglesia. Es él solo quien confiere directamente a los demás miembros de la jerarquía católica la jurisdicción sobre las almas.

«El Espíritu Santo no ha sido prometido a los sucesores de Pedro para que, bajo su revelación, dieran a conocer una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, guardasen santamente y expusieran fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Pastor Aeternus, cap. 4.)

A una fe única corresponde un culto único, expresión suprema, auténtica y perfecta de esa misma fe.

La Santa Misa es la perpetuación en el tiempo del sacrificio de la Cruz, ofrecido por muchos y renovado sobre el altar. Aunque ofrecido de manera incruenta, el santo sacrificio de la Misa es esencialmente expiatorio y propiciatorio. Ningún otro culto procura la adoración perfecta. Ningún otro culto que no esté en relación con él es agradable a Dios. Ningún otro medio es suficiente para la santificación de las almas.

Por consiguiente, el santo sacrificio de la Misa no puede en modo alguno reducirse a una simple conmemoración, a una comida espiritual, a una asamblea sagrada celebrada por el pueblo, a la celebración del misterio pascual sin sacrificio, sin satisfacción de la justicia divina, sin expiación de los pecados, sin propiciación y sin Cruz.

El auxilio prestado a las almas por los sacramentos de la Iglesia católica es suficiente en toda circunstancia y época para permitir a los fieles vivir en estado de gracia.

La ley moral contenida en el Decálogo y perfeccionada en el Sermón de la Montaña es la única practicable para obtener la salvación de las almas. Cualquier otro código moral —por ejemplo, fundado en el respeto a la creación o en los derechos de la persona humana— es radicalmente insuficiente para santificar y salvar un alma. En modo alguno puede sustituir a la única verdadera ley moral.

A ejemplo de san Juan Bautista, la verdadera caridad nos obliga a advertir a los pecadores y a no renunciar jamás a tomar los medios necesarios para salvar sus almas.

Quien come el Cuerpo de Nuestro Señor y bebe su Sangre en estado de pecado come y bebe su propia condenación, y ninguna autoridad puede modificar esta ley contenida en la enseñanza de san Pablo y en la Tradición.

El pecado impuro contra naturaleza es de tal gravedad que clama siempre y en toda circunstancia venganza ante Dios, y es radicalmente incompatible con toda forma de amor auténtico y cristiano. Por tanto, semejante «modo de vida» no puede en modo alguno ser reconocido como un don de Dios. Una pareja que practique este vicio debe ser ayudada a liberarse de él, y no puede en modo alguno ser bendecida —formal o informalmente— por los ministros de la Iglesia.

La sumisión de las instituciones y de las naciones en cuanto tales a la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo se deriva directamente de la Encarnación y de la Redención. Por consiguiente, la laicidad de las instituciones y de las naciones constituye una negación implícita de la divinidad y de la realeza universal de Nuestro Señor.

La cristiandad no es un simple fenómeno histórico, sino el único orden querido por Dios entre los hombres. No es la Iglesia la que ha de conformarse al mundo, sino el mundo el que debe ser transformado por la Iglesia.

Es en esta fe y en estos principios donde pedimos ser instruidos y confirmados por Aquel que ha recibido el carisma para hacerlo. Con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte antes que renunciar a ellos. Es en esta fe inmutable donde deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna.

Menzingen, 14 de mayo de 2026, en la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor.

Davide Pagliarani

miércoles, 13 de mayo de 2026

Hakuna, o el catolicismo que se deja bailar (Carlos Balén)



WiZink lleno, diecisiete mil jóvenes orantes el día de Reyes, presencia en setenta ciudades de tres continentes, el Papa Francisco bendiciendo, y unos índices de viralización que la mayor parte de la industria pop española firmaría sin pestañear. Las cifras de Hakuna desordenan el relato del descrédito católico en España y, por eso mismo, merecen tomarse en serio. Lo que aquí se discute no es su éxito —que es real— ni el cariño de sus miembros por la Eucaristía —que también consta— sino algo más sutil: qué cristianismo está siendo predicado cuando lo que finalmente circula, lo que millones de adolescentes tatúan en su Spotify, son las letras.

Conviene empezar recuperando una palabra técnica, no insultante. Emotivismo es el término que Alasdair MacIntyre, siguiendo a Charles Stevenson, fijó en Tras la virtud para designar la doctrina —o más bien el clima— según el cual los enunciados morales no son más que expresiones de preferencias y sentimientos. Aplicada al lenguaje religioso, la operación es análoga: las verdades dogmáticas dejan de afirmar algo del orden de lo real para convertirse en exclamaciones íntimas. Dios deja de ser quien Es; pasa a ser quien me hace sentir lo que siento. El cristianismo emotivista no niega; sublima.

Tome el lector la canción que mejor encarna el carisma público del grupo, Baila y déjate de historias. Su mandato central es renunciar al control y dejarse llevar; su imagen rectora, la danza, en la que Dios se ofrece literalmente como pareja de salón. Hay un verso especialmente revelador, en el que se afirma que es Dios Padre quien grita al fiel para acompañarle «en lo que elijas». 

La distancia teológica con la tradición no podría ser mayor. Dios acompaña al hombre, sí, pero acompaña su esfuerzo por discernir la voluntad divina; no avala la libertad humana convertida en absoluto autorreferencial. La gracia adviene para rectificar lo torcido, no para firmar lo que ya estaba decidido en el salón. Otro verso aconseja, con sorprendente literalidad, que si uno carga la cruz «no se tiene por qué notar». Cristo, sin embargo, no escondió el madero: lo subió por Jerusalén a la vista de todos, y Pablo no se gloriaba en otra cosa. Convertir la cruz en una contrariedad pudorosa, una molestia íntima que conviene disimular para no estropear el ambiente, es exactamente lo contrario de la teología paulina. La canción cierra con una sentencia de aforismo motivacional: «no poner firma» sería «la mejor forma de firmar». El sentido, si lo hay, se nos escapa; el efecto, en cambio, es claro: la frase suena profunda. Y el sonar profundo, no el serlo, ya basta.

Huracán, su tema más viral, replica el esquema con más músculo. La voz del creyente confiesa preguntas, abismos, saltos y caídas; lo que finalmente rompe el cielo es un huracán de emoción que asciende desde la garganta hasta gritarle a Dios por su ausencia. El gesto es comprensible —los Salmos también claman— pero el centro de gravedad se ha desplazado. Allí donde el salmista pregunta por la fidelidad de Yahvé en términos de alianza y juicio, aquí el sujeto interroga a Dios por la sequedad afectiva. Es la metafísica del estado de ánimo. Conviene anotar el detalle redentor: la canción incluye también una declaración eucarística —«soy este trozo de pan»— que reintroduce a Cristo como Presencia Real. Si la pieza se quedase ahí, sería otra cosa. Pero el material que el oyente se lleva a casa es el huracán, no el pan.

Ruah es el ejercicio puro de invocación al Espíritu, y se entiende mejor su intención que su contenido. Lo que se pide repetidamente es que Dios «derrame» su Espíritu y «llene» un «vacío» y un «dolor». La gramática es la del consumo terapéutico: hay un déficit interior, una carencia afectiva, y se solicita el suministro. El Espíritu Santo —que en la tradición es santificador, persona, lazo de amor entre Padre e Hijo, espíritu de verdad y de juicio— queda funcionalmente reducido a ese repostaje de plenitud. Tampoco es del todo improcedente el reparo de imprecisión doctrinal: si el cristiano es templo del Espíritu desde el bautismo, pedirlo a derramamientos —como si no hubiera venido ya, como si su acción dependiese del fervor del rezo— acerca la espiritualidad a una mística pentecostalista que no es la de la Iglesia latina.

¿Para quién soy yo? plantea, en cambio, la cuestión vocacional, y aquí la deriva emotivista se vuelve estructural. La vocación se describe como un camino a ciegas que consiste en confiar, en poner el calendario en blanco y dejar que Dios lo rellene. Suena espiritual; es, en realidad, profundamente moderno. La vocación católica nunca ha sido un calendario en blanco: ha sido una llamada concreta a un estado de vida concreto, con obligaciones objetivas, autoridad eclesial discerniente, y deberes que no varían con la disposición del sujeto. El cristiano descubre su vocación leyendo los mandamientos y los consejos evangélicos, no esperando inspiraciones de agenda. Cuando la canción equipara la búsqueda vocacional con «encontrar la felicidad», se completa el viraje. Tomás, Bernardo, Ignacio: ninguno habría escrito eso.

Y aquí impone la justicia un alto, porque negar el reverso sería falsificar el expediente. Existe en el catálogo una canción de Hakuna que dice, literalmente, lo contrario del clima general del grupo. Se titula Sencillamente, lleva letra del propio Manglano, y su tesis es exactamente la que cualquier crítico de las modas emotivistas firmaría sin vacilar: hay que «desligar el creer del sentir», creer «sintiendo dudas», amar «estando frío», esperar «sintiendo miedo». Es San Juan de la Cruz vestido de pop, y es magnífico. 

Que el mismo grupo capaz de escribir esto produzca el resto del catálogo plantea una pregunta interesante: ¿saben hacer otra cosa y eligen no hacerla? La respuesta probable es que sí. Sencillamente no es viral. Huracán sí lo es. La economía del fervor masivo impone sus condiciones, y lo que se canta entre llantos en un WiZink no son las paradojas del Carmelo sino los himnos del derramamiento. La existencia de la buena canción no rescata el conjunto; lo agrava, porque demuestra que se podría.

¿Qué se diluye, en suma, cuando el cristianismo se canta así? 

Lo primero, el pecado en su densidad ontológica. En las letras de Hakuna el pecado aparece ocasionalmente, casi siempre como expresión litúrgica heredada —«por vuestros pecados ser crucificado» en la canción sobre la Magdalena— pero no como problema vivo en el corazón del oyente. 

Lo segundo, el juicio. Cristo no juzga, recuerda otro de sus temas: vino a salvar y no a juzgar. Es cierto que en su primera venida vino a salvar; pero pretender que esa es la palabra completa sobre el Cristo de los Evangelios exige olvidar varios capítulos enteros, incluida la segunda venida y los discursos sobre las dos sendas. 

Lo tercero, la objetividad del sacrificio. La Misa pasa a ser, en este registro, un encuentro afectivo y un momento de comunión emocional, y no la actualización incruenta del Calvario. 

Lo cuarto, la doctrina. La Trinidad, la Encarnación, los novísimos, los sacramentos como signos eficaces ex opere operato: nada de esto necesita ser explicado para sostener una Hora Santa de Hakuna. 

Y, finalmente, el escándalo. El cristianismo, en su núcleo, es ofensivo a la razón antes de serle útil. La predicación apostólica empezaba con un cadáver resucitado y unos creyentes dispuestos al martirio. La predicación hakunera empieza con un baile.

El propio Manglano —y este es el detalle que más respeta su inteligencia— reconoce públicamente la crítica. En entrevistas recientes ha admitido que el sentimentalismo es «una crítica recurrente» y ha defendido el sentimiento como «punto de partida» que debe ser «acompañado». La metáfora la pone él mismo: si el espíritu se vacía emocionalmente y no se llena después de la centralidad de Cristo, el demonio expulsado regresa con siete peores. La cita evangélica es exacta. 

El problema es que el modelo descrito por su autor —emoción inicial seguida de formación robusta— no se sigue del producto que masivamente sale al mercado. El concierto vende; los retiros, las clases de teología, los acompañamientos personales, alcanzan a una minoría comprometida. La maquinaria, entendida como sistema, distribuye desproporcionadamente el primer paso —la canción— sobre los siguientes —el catecismo—. Y el primer paso, por su propia naturaleza, contiene todo lo que en él se ha puesto. Si lo que se puso fue emotivismo, emotivismo es lo que se difundirá, aunque en la trastienda haya un sólido tratado dogmático esperando a quienes quieran subir al primer piso. La mayoría se queda en el baile.
No es necesario, para concluir, ningún juicio temerario sobre conciencias individuales. Habrá oyentes de Hakuna cuya fe ha madurado a través de estos cantos hasta el dogma firme y la moral exigente; habrá otros, y serán probablemente más, cuya religión se ha estabilizado en una espiritualidad ambiental, agradable, terapéutica, tan compatible con el catolicismo profundo como con su versión líquida. 
El examen, por tanto, no se refiere a personas sino a un cierto tono. Y ese tono, leído con calma en las letras, es el que Charles Taylor describió hace décadas: la era secular no se caracteriza por la ausencia de Dios sino por su domesticación afectiva, por su transformación en una opción más entre las muchas que el yo expresivo administra. Hakuna no salva al cristianismo de esa deriva; le pone banda sonora. Que esa banda sonora llene estadios sólo prueba lo bien que conoce su época. Si será capaz de transmitirla intacta a la generación siguiente es algo que no decidirán las plataformas de streaming, sino los hijos que sus oyentes de hoy lleven —o no— a Misa.

Carlos Balén

martes, 12 de mayo de 2026

Mons. Schneider acusa al Vaticano de cruzar una “línea roja” doctrinal con el informe sinodal sobre homosexualidad

 INFOVATICANA



El obispo Athanasius Schneider ha lanzado una durísima crítica contra el informe final del Grupo de Estudio nº9 del Sínodo sobre la Sinodalidad, acusando al Vaticano de promover una reinterpretación de la doctrina católica sobre la homosexualidad y de abrir la puerta a un “relativismo moral total”.

En una extensa entrevista concedida a la periodista Diane Montagna, el obispo auxiliar de Astaná denunció que el documento publicado el pasado 5 de mayo por la Secretaría General del Sínodo representa un ataque directo contra la Revelación divina y contra la enseñanza constante de la Iglesia sobre la moral sexual.
“El informe final ha cruzado inequívocamente la línea entre la ortodoxia y la herejía”, afirmó Schneider.
El informe sinodal que ha reavivado la polémica

El documento cuestionado fue elaborado por el Grupo de Estudio nº9, uno de los equipos creados durante el pontificado de Francisco para analizar cuestiones doctrinales, pastorales y éticas surgidas durante el Sínodo sobre la Sinodalidad.

Entre sus integrantes figuraban el cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima; el arzobispo Filippo Iannone; y el teólogo moralista Maurizio Chiodi, profesor del Instituto Pontificio Juan Pablo II y conocido por haber defendido públicamente que determinados actos homosexuales podrían considerarse moralmente positivos en ciertas circunstancias.

El texto fue recibido con entusiasmo por sectores eclesiales favorables a una revisión de la pastoral homosexual. Uno de los apoyos más visibles llegó del jesuita James Martin, quien lo calificó inmediatamente como “un gran paso adelante”.

La controversia se intensificó cuando salió a la luz que uno de los testimonios incluidos en el informe pertenecía al hombre que apareció en la portada del New York Times junto a su pareja del mismo sexo recibiendo una bendición de James Martin apenas un día después de la publicación de Fiducia Supplicans.

“Una rebelión contra el orden de la creación”

El obispo kazajo sostuvo que el informe no se limita a proponer cambios pastorales o un lenguaje más inclusivo, sino que intenta introducir una transformación doctrinal de fondo respecto a la moral sexual católica.

En sus declaraciones, acusó directamente a la Secretaría del Sínodo de alinearse con la agenda ideológica LGBT promovida internacionalmente desde ámbitos políticos, culturales y mediáticos.

“El Secretariado del Sínodo está colaborando con grupos de presión en una verdadera rebelión contra la obra de creación de Dios, contra el bello y sabio orden de los dos sexos, hombre y mujer”, afirmó.

Según Schneider, el aspecto más grave del documento es que pone indirectamente en cuestión el valor permanente de los textos bíblicos sobre la homosexualidad mediante lo que definió como una “exégesis de la duda”.

El obispo señaló especialmente un pasaje del informe donde se afirma que es necesario “ir más allá de una mera repetición” de la actual presentación doctrinal y tener en cuenta nuevas interpretaciones exegéticas.

A juicio de Schneider, este planteamiento implica atribuir al hombre la capacidad de redefinir el bien y el mal al margen de la Revelación divina.

“Ese método ocupa el lugar de Dios y presume proclamar lo que es bueno y lo que es malo. Eso es precisamente lo que hizo la serpiente en el Jardín del Edén”, advirtió.

Críticas a Fiducia Supplicans y al proceso iniciado durante el pontificado de Francisco

Schneider vinculó el nuevo informe con el proceso abierto durante el pontificado de Francisco en torno a las bendiciones a parejas homosexuales y otras cuestiones relacionadas con la moral sexual.

En particular, cargó duramente contra Fiducia Supplicans, el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que autorizó bendiciones no litúrgicas para parejas en situaciones irregulares, incluidas parejas del mismo sexo.

El obispo auxiliar de Astaná sostuvo que aquel texto ya representaba un intento de normalizar progresivamente las relaciones homosexuales dentro de la vida eclesial.

“Fiducia Supplicans es una burla al sentido común”, afirmó, argumentando que el documento pretende distinguir artificialmente entre bendecir a una pareja y bendecir la relación misma que constituye a esa pareja.

En su opinión, el nuevo informe sinodal supone un paso todavía más profundo, ya no solo en el plano pastoral, sino en el doctrinal.

Schneider considera que existe una estrategia gradual destinada a acostumbrar a los fieles a considerar moralmente aceptables las relaciones homosexuales, o al menos tolerables en determinados casos.

“De esta manera se abre la puerta al relativismo moral total”, alertó.

Una advertencia directa al Papa León XIV

Schneider dirigió además un llamamiento explícito al Papa León XIV para que intervenga y frene lo que considera una deriva doctrinal dentro de estructuras oficiales del Vaticano.

“El primer deber de León XIV es proteger a la Iglesia y a las almas de esta descarada doctrina gnóstica”, aseguró.

El obispo comparó la situación actual con antiguas crisis doctrinales sufridas por la Iglesia y advirtió de que el silencio de muchos cardenales y obispos está permitiendo la expansión de errores graves sobre la moral católica.

Según Schneider, si la jerarquía no actúa con claridad y firmeza, las futuras generaciones podrían contemplar esta época como un momento de profunda confusión doctrinal dentro de la Iglesia.

“Es posible que las generaciones futuras miren nuestra época y digan: ‘El mundo entero suspiró y se sorprendió de cómo había abolido el Sexto Mandamiento de Dios’”, afirmó.

La crisis doctrinal y la cuestión de la Fraternidad San Pío X

Schneider relacionó también este nuevo episodio con la crisis de confianza existente entre numerosos fieles tradicionales y las estructuras vaticanas.

En este contexto, consideró que documentos como el informe del Grupo nº9 refuerzan la percepción de “estado de emergencia” doctrinal denunciada desde hace años por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

El obispo sostuvo que resulta imposible ignorar la gravedad de la situación actual y advirtió de que la falta de una condena clara por parte de la Santa Sede podría provocar una pérdida aún mayor de confianza entre sacerdotes y fieles.

“Si la Santa Sede no condena inequívocamente este informe, muchos católicos auténticamente fieles perderán la confianza en quienes ocupan cargos en el Vaticano”, afirmó.

Una de las voces más críticas del actual proceso sinodal

En los últimos años ha denunciado repetidamente iniciativas relacionadas con las bendiciones a parejas homosexuales, el Camino Sinodal alemán y diversas propuestas de reforma moral y disciplinaria promovidas desde ámbitos progresistas de la Iglesia europea.

Su intervención sobre el informe del Grupo de Estudio nº9 supone hasta ahora una de las críticas más severas formuladas públicamente por un obispo contra uno de los documentos emanados del entorno sinodal vaticano.

lunes, 11 de mayo de 2026

¿Quién puede querer esa clase de religión? (Bruno Moreno)



Veo en Alfa y Omega un artículo titulado “Los obispos dan razones a los padres para que apunten a sus hijos a Religión”. Estupendo —pienso—, me encantan las razones. Todo queda mucho más claro con ellas.

Empiezo a leer y se me cae el alma a los pies al leer esas razones que se dan en favor de la clase de religión. A veces, la claridad tiene ese efecto.

Por lo visto, la Comisión para la Educación y Cultura de la Conferencia Episcopal Española lanzó el mes pasado la campaña “Son tantas las razones… Apúntale a Reli”, para animar a los padres a inscribir a sus hijos en la clase de religión.

La campaña, profusamente elogiada en el artículo de Alfa y Omega, tiene joyas como esta sobre la asignatura de religión: “Sí, habla de Jesús de Nazaret, pero también aborda el arte, la historia, los derechos humanos, la cultura y, sobre todo, invita a pensar sobre valores, virtudes y el sentido de la vida”.

No sé qué pensarán los lectores, pero al leer eso yo no puedo evitar pensar: ¿y a mí qué me importa? Si lo que quiero es que hablen a mis hijos de Dios, de Jesucristo encarnado para su salvación y de la fe católica que lleva al cielo, todo lo demás me da igual. En cambio, si lo que quiero es que les hablen de derechos humanos, cultura, valores y demás, no les apunto a religión.

Asimismo, la campaña nos explica que la asignatura “no es adoctrinamiento, es desarrollo del sentido crítico”. Francamente, si en la clase de religión no se va a dar doctrina católica, si ese no es su núcleo fundamental, ¿de qué nos sirve la asignatura de religión? De nada. Es sal que se ha vuelto sosa y para nada vale ya, más que para que la tiren al suelo y la pisen los hombres. Y, curiosa coincidencia, esa es justamente reacción de la gente: despreciar la religión por completo.

También nos dice la campaña que “la Religión en la escuela no da respuestas cerradas. Abre preguntas importantes”. De nuevo, si la religión no da la respuesta verdadera, el único nombre bajo el cielo que puede salvarnos, ¿para qué sirve? Lo de limitarse a “abrir preguntas” no es otra cosa que relativismo en vena. ¿Acaso en clase de matemáticas no esperamos que se le den respuestas verdaderas al niño que quiere saber cuántos son 2+2? ¿Es un buen maestro el que le dice que la cuestión está abierta y cada uno puede pensar lo que le dé la gana? La Iglesia está para enseñar la Verdad, no para “abrir preguntas”.

En el mismo sentido, se nos dice que la religión permite “comprender y respetar otras culturas para convivir mejor”. ¿A quién se le ocurre organizar una clase de religión católica para comprender otras culturas? Si las otras culturas quieren que las comprendan, ya darán ellas sus propias clases. No parece aventurado suponer que en la clase de religión católica debería impartirse la religión católica.

Además, enseñar la verdad implica que existe el error. Las otras culturas no deben respetarse necesariamente. Que exista una cultura islámica no significa que nosotros debamos respetar la poligamia, la guerra para imponer el islam o la idea de que Mahoma fue un profeta de Dios. Aunque esa cultura concreta esté basada en ideas como esas, la clase de religión debe enseñar que son falsas o inmorales y, por lo tanto, no deben respetarse (aunque, por supuesto, sí debemos respetar a las personas concretas como seres humanos creados a imagen de Dios).

En fin, no sigo comentando más frases (como la espectacular “elegir Religión no es seguir una tradición”) para evitar más desolación a los lectores. En cuanto a la campaña en general y dando por supuesta la buena intención de sus autores, cuando uno tiene que dar tantas razones que apuntan en direcciones completamente dispares es que no tiene clara la razón principal, considera que no merece la pena y se siente obligado a justificarla con otras cosas que sí son valiosas, porque no hace falta tener fe para apreciarlas.

Esa campaña lo que me dice a mí es que los católicos españoles están escasísimos de fe, que se sienten acomplejados frente al mundo y que se ven obligados a dar excusas para justificar su misma existencia. ¿Cómo va a creer el mundo, si ve que los mismos cristianos apenas creen y su fe les resulta embarazosa?

Religión sin fe es mero fariseísmo. Una clase de religión que no ofrece respuestas, sino solo preguntas, es en realidad adoctrinar en el relativismo y en la confusión. Ofrecer ecologismo, otras religiones, pensamiento crítico y derechos humanos es reconocer avergonzados que Cristo no basta y que no creemos en lo que decimos creer.

Saltemos de una vez a la piscina, aunque el agua esté fría. Abandonemos ya esa idea absurda, asumida con conformidad borreguil, de que la clase de religión no debe ser catequesis. Claro que debe ser catequesis. Porque si no es catequesis, no sirve de nada y delenda est. La enseñanza de la religión católica se identifica con enseñar que Cristo es Camino, Verdad y Vida y eso se llama catequesis y es tan importante que da la vida eterna. No privemos a nuestros hijos de lo que verdaderamente importa, aunque al mundo no le guste.

Bruno Moreno

Santiago Martín: «Si no hay sanciones en Alemania, quedará claro que a la Iglesia la gobierna el dios dinero»



El desafío abierto del episcopado alemán al Vaticano ha entrado, según el padre Santiago Martín, en una fase decisiva que compromete directamente la autoridad del Papa León XIV y la credibilidad del gobierno de la Iglesia.

En un análisis difundido en Magnificat TV, el fundador de los Franciscanos de María sostiene que la negativa de los obispos alemanes a retirar el bendicional para parejas homosexuales, divorciados vueltos a casar y convivientes constituye una desobediencia pública sin precedentes recientes y que, si no termina en sanciones, quedará demostrado que «quien manda en la Iglesia no es el Papa, sino el dios dinero».

El origen inmediato del conflicto se sitúa en noviembre de 2024, cuando el episcopado alemán remitió al Dicasterio para la Doctrina de la Fe un borrador de bendicional inspirado en la declaración Fiducia supplicans. Según relata Santiago Martín, el cardenal Víctor Manuel Fernández respondió apenas unos días después rechazando el texto y exigiendo modificaciones. Sin embargo, las cartas permanecieron secretas y, meses más tarde, en abril de 2025, con el Papa Francisco recién fallecido y la sede vacante, los obispos alemanes publicaron igualmente el bendicional sin atender las objeciones romanas.

El sacerdote considera especialmente grave que la publicación se produjera «con el Papa aún de cuerpo presente», interpretándolo como un gesto deliberado de desafío aprovechando el vacío de poder en Roma. A partir de ahí, numerosas diócesis alemanas comenzaron a aplicar las bendiciones litúrgicas a parejas en situaciones irregulares, mientras el Vaticano mantenía silencio.

La situación escaló definitivamente cuando el cardenal Reinhard Marx ordenó el pasado 20 de abril que los sacerdotes de Múnich aplicaran el bendicional en toda la archidiócesis. Apenas tres días después, el Papa León XIV respondió públicamente durante el vuelo de regreso de África afirmando que la Santa Sede «no está de acuerdo con la bendición formalizada de parejas homosexuales o en situaciones irregulares».

Para Santiago Martín, el gesto posterior del cardenal Marx agravó aún más la crisis. El arzobispo de Múnich calificó de «reaccionarios» a quienes critican el camino sinodal alemán y afirmó que esos ataques procedían de Estados Unidos. Muchos interpretaron aquellas palabras como una alusión indirecta al propio Pontífice, estadounidense y recién pronunciado contra el bendicional.

La tensión aumentó cuando el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó finalmente, el pasado 3 de mayo, la carta enviada en 2024 rechazando el bendicional alemán. Aquello confirmó públicamente que Roma llevaba casi dos años tolerando una desobediencia abierta sin adoptar medidas disciplinarias. El padre Santiago Martín considera que este hecho ha dejado al descubierto «la pasividad del Vaticano para hacer cumplir la ley que él mismo promulga».

En su análisis, contrapone el trato dispensado a los obispos alemanes con el recibido por prelados considerados conservadores, como Joseph Strickland o Daniel Fernández Torres, apartados de sus cargos sin acusaciones doctrinales comparables. A su juicio, la diferencia solo puede entenderse por el enorme peso económico de la Iglesia alemana dentro de las finanzas vaticanas.

El secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, insinuó recientemente la posibilidad de sanciones canónicas, aunque expresó su deseo de evitar medidas disciplinarias. Para Santiago Martín, esa mera mención demuestra que Roma ha llegado «al límite». Sin embargo, advierte de que el tiempo corre contra el Papa: si Alemania no rectifica pronto y el Vaticano no actúa, la autoridad pontificia sufrirá un daño irreversible.

El sacerdote concluye con una afirmación especialmente dura: «Sería más honesto retirar los crucifijos y poner un becerro de oro». Según sostiene, si la desobediencia alemana termina sin consecuencias, quedará demostrado que el verdadero poder en la Iglesia no reside en Roma ni en la doctrina católica, sino en la capacidad económica de la Iglesia alemana.

Vídeo relacionado

El padre Santiago Martín analiza en Magnificat TV la rebelión alemana, las bendiciones homosexuales y la autoridad del Papa.


La tristeza, camino a la Felicidad

INFOCATÓLICA

 La tristeza, camino a la Felicidad


La tristeza es un dolor interior que brota en el alma cuando se percibe una ausencia, es decir: cuando se percibe la falta o la pérdida de algo considerado un bien. Parece entonces que la tristeza en esta vida es, de suyo, una desgracia pero, paradójicamente, no siempre es así: la tristeza, en muchos casos, puede conducirnos a la verdadera felicidad. Y así lo enseña, por ejemplo el salmo 126 cuando dice: «los que siembran entre lágrimas, cosecharán cantando». O Nuestro Señor Jesucristo en Juan 16, 20: «en verdad, en verdad, os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque su hora ha llegado, pero cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo». San Pablo también refiere esto en 2 Corintios 4,17: «nuestra tribulación momentánea y ligera va labrándonos un eterno peso de gloria cada vez más inmensa».


Incluso desde una visión existencialista completamente opuesta a la fe, Nietzsche, un autor profano y anticristiano (cuya lectura definitivamente no pretendemos recomendar), llegó a decir esta gran verdad: «lo que no te mata te fortalece». Y es que la tristeza, la tristeza bien vivida y bien padecida, motiva el ejercicio del alma en las virtudes: la fortalece, la hace, entre otras cosas, más paciente. Porque el alma así aprende a padecer, y aprende a darle un sentido al padecer, y aprende a bien sufrir, sabiamente: el sufrimiento es comprendido como camino para alcanzar la sabiduría.


San Agustín también nos da luces acerca de la tristeza como causa de bien. Dice él: «Dios demora el cumplimiento de lo que pedimos para que aumente en nosotros el deseo, y el deseo dilatado dilata también el alma, y el alma dilatada se hace más capaz de recibir a Dios». En otras palabras, la tristeza por la espera del bien deseado no es algo malo en sí, sino una preparación, una maduración del alma. Al igual que un recipiente se estira para poder contener más líquido, así el corazón humano se ensancha mediante el deseo, aunque de momento eso le produzca tristeza. Por eso, aunque parezca un juego de palabras, la triste espera aumenta el deseo de recibir el bien, y ensancha así el corazón para recibirlo aún mejor. 


Santo Tomás de Aquino señala también que el llanto presente, sea el llanto por nuestros pecados o el llanto por el anhelo profundo de alcanzar el Cielo, es, por sí mismo, un llanto cargado de mérito, una tristeza buena. ¡Y, por eso, también ese triste llanto es causa de felicidad! Es un llanto que nos motiva, además, a abrazar, como algo verdaderamente bueno, las fatigas y dificultades de las obras buenas que debamos realizar en esta vida. 


En el fondo de todo esto, estamos reflexionando acerca de la realidad del amor, según como se da en esta vida: el amor, en esta vida, el amor y no otra cosa, es la verdadera causa de la tristeza en el alma, y es la verdadera causa del más profundo dolor. ¡Por eso el que no ama es incapaz de entristecerse! Es lo que, en su obra «La sociedad paliativa», denuncia el agudo filósofo contemporáneo Byung-Chul Han. Dice él: «la dicha profunda contiene un factor de sufrimiento. Quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda. (…) Los vínculos entablados resultan ser verdaderos cuando duelen las separaciones. (…) El dolor sólo puede aparecer donde hay un auténtico vínculo de pertenencia que está amenazado. Así que sin dolor somos ciegos, incapaces de ver la verdad y de conocer: allí donde estas separaciones duelen, las ligazones eran verdaderas y se habían hecho carne. Y allí donde un ser humano puede sufrir dolores, allí está realmente presente, allí --sabiendo o sin saberlo-- también ha amado. No hemos vivido ni amado sin dolor. Sólo una relación viva, una verdadera convivencia, es capaz de resentirse de dolor. Por el contrario, un juntamiento inerte y funcional no siente ningún dolor, ni siquiera cuando se rompe. El dolor es vínculo. Quien rechaza toda situación dolorosa es incapaz de entablar vínculos. Hoy se evitan los vínculos intensos, que podrían llegar a ser dolorosos. Todo se desarrolla en una zona paliativa de confort».


Por eso, en esta vida, el verdadero amor se hace más «palpable», se «padece» más, digamos, cuando el bien deseado está ausente. Es decir: cuando «el amado» está ausente. En esta vida, el verdadero amor nunca alcanzará a saciarse plenamente, a saciar su deseo más profundo. En esta vida, el verdadero amor estará siempre marcado por una aridez, por una indigencia y, por lo tanto, el verdadero amor estará siempre estigmatizado por el inevitable dolor.

Bajo otro aspecto, que no profundizaremos en esta reflexión pero que al menos viene al caso mencionarlo (aspecto que seguramente ya hemos alcanzado a intuir), el amor como dolor queda sobre todo patente en la inigualable y máxima expresión de amor que jamás podrá volver a haber sobre la Tierra, y que es la muerte del Hijo de Dios por nosotros, en su sangrienta crucifixión. Y así nos invita Jesús a nosotros a corresponder a su amor: nosotros somos invitados también a cargar con nuestra cruz y a imitar a Jesús en su amor, en un amor dispuesto a padecer y a morir por la gloria de Dios y por el bien de los hombres.

Por eso el amor es dolor. Esto es evidente, también, cuando hablamos del verdadero amor con que nosotros podamos corresponder al amor de Dios. Porque en esta vida nunca podremos poseer a Dios plenamente. No queda más que rendir humildemente nuestra inteligencia y nuestro corazón a esta verdad: que en esta vida nos encontramos como en un «valle de lágrimas», sobre todo porque aquí no podemos alcanzar plenamente el objeto último de nuestro amor. Por eso el escritor cristiano C. S. Lewis argumentaba que los placeres terrenales, aunque buenos, siempre nos dejan con una sensación de «poco», de «no era esto lo que buscaba»; siempre habrá en las alegrías terrenales una nostalgia de Dios: las alegrías terrenales no son, entonces, el objeto final de nuestro deseo, sino simples recordatorios o «ecos» de una alegría más grande, y más profunda. 

En su obra «Cautivados por la alegría», Lewis llega a decir: «(la alegría) es un deseo insatisfecho que es en sí mismo más deseable que cualquier otra satisfacción… una punzada, un recordatorio de que estamos hechos para algo más». Santa Teresita del niños Jesús, poco antes de morir, también dijo: «No me arrepiento de haberle dado todo a Dios. Lo único que me pesa es de no haberlo amado aún más». Y es que, cualquier respuesta humana al amor de Dios, aunque sea una respuesta sumamente heroica, siempre se quedará en poco, porque siempre se podrá amar más a Dios, amarlo más de lo que actualmente lo amamos, y esto también produce en nosotros una tristeza, una buena, una nostalgia de aspirar a corresponder más a su amor. También se cuenta que Santo Tomás de Aquino, luego de una profunda experiencia mística, dijo: «todo lo que he escrito me parece pura paja comparado con lo que he visto y se me ha revelado». Le pareció a él que todo su esfuerzo había sido seco, insuficiente y sin vida comparado con la visión de Dios. Por esta profunda nostalgia que le produjera contemplar la infinita distancia entre su limitada obra y la inmensidad de Dios, Santo Tomás en adelante dejaría de escribir, y dejaría así inconclusa su obra más importante: la Suma Teológica.

Santa Teresita señalaba, por otro lado, aquello de que somos como una pelotita en manos del divino niño. Y pareciera que la relación de amor con nuestro Dios fuera realmente como un juego. Y lo es, aunque en cierto sentido. Pero es un juego importantísimo, es «el» juego: uno que implica un crecimiento, un desarrollo del alma en la santidad, y uno que implica el premio eterno del Cielo. Es el juego en el que, a medida que vamos elevándonos y progresando, nos vamos también empequeñeciendo cada vez más y más: nos vamos haciendo más y más como niños. No como aquellos niños caprichosos que patalean, sino como niños que se admiran en todo momento de la belleza de las cosas, que las ven siempre como una novedad, que contemplan y saborean la obra de Dios en todo, que se abrazan y acurrucan en Dios cuando temen o están tristes, que se agarran apretadamente de la mano de Dios para cruzar aquellas oscuras quebradas, como señala el salmo 22. 

Nos vamos volviendo cada vez más simples, simples como Dios es simple. Contrario a lo que pasa con el desarrollo en la vida humana, desarrollo en el que los jóvenes al madurar se emancipan de sus padres, el verdadero crecimiento espiritual no nos independiza jamás de Dios: el verdadero crecimiento espiritual nos obliga a reconocernos cada vez más y más necesitados de Dios. Por eso, al crecer en la fidelidad a la gracia nos veremos cada vez más y más llenos de miserias. Al practicar mejor las virtudes por amor a Dios comprenderemos con mayor profundidad la gravedad de cualquier pecado. También percibiremos mejor la extensísima distancia a la que estamos de Dios, no porque hayamos caído en desgracia sino porque nuestra alma, cada vez más ensanchada por el amor de Dios, padecerá como un vértigo ante la comprensión de la inmensidad divina opuesta a nuestra poca (¡siempre poca!) correspondencia de amor. En definitiva, todo esto debe llevarnos a la práctica de una profunda humildad, es decir: el reconocer que todo lo que somos y hacemos es por Dios, y reconocer también que aún nos falta amar mucho más a Dios, porque siempre podremos aspirar a amarlo mucho más, porque no existe límite para ello.

La vida espiritual es también como un juego de escondidas con Dios: cuanto mayor tristeza haya en el alma, más se buscará huir de la tristeza, y cuanto más padezcamos la ausencia del amado, más lo buscaremos. Esto lo leemos en varios pasajes de la Escritura, como por ejemplo en los suspiros de amor de la esposa en el Cantar de los cantares, en el capítulo 3: 

«En mi lecho, de noche, busqué al que ama mi alma; le busqué y no le hallé. Me levantaré y andaré por la ciudad, por las calles y las plazas; buscaré al que ama mi alma. Le busqué y no le hallé. Me encontraron los guardias que hacen la ronda por la ciudad. ¿Habéis visto al que ama mi alma? Apenas me había apartado de ellos, encontré al que ama mi alma. Lo sujeté y no lo soltaré».
Y también en el capítulo 5: «Abrí (la puerta) a mi amado, pero mi amado, volviéndose, había desaparecido. Mi alma desfalleció al oír su voz. Lo busqué y no lo hallé; lo llamé, pero no me respondió (…). Os conjuro, oh, hijas de Jerusalén, si halláis a mi amado, decidle que yo desfallezco de amor». Similar al caso de María Magdalena narrado en los evangelios (Juan 20, 11-18): María Magdalena busca angustiosamente al Señor en el sepulcro, y luego, cuando lo ha encontrado resucitado, y cuando lo ha reconocido, ya no lo quiere soltar: lo quiere abrazar y retener para permanecer siempre con Él; pasa, en un instante, de la tristeza al gozo por la presencia del amado.
Y también, la lectura de estos pasajes del Cantar de los cantares nos recuerda al encuentro de Jesús con aquellos discípulos que iban tristes camino a Emaús (Lucas 24, 13-35): ellos finalmente lo reconocieron a Jesús cuando partió el pan; pero Él, en ese mismo instante, desaparece de su vista, y ellos quedaron llenos de fervor debido a la presencia del amado. Por eso Jesús juega a las escondidas con nosotros: Él es el Dios escondido en el pan de la Eucaristía, el Dios escondido en todas las oraciones litúrgicas, el Dios que se esconde siempre para que nosotros siempre lo busquemos, y así demostremos cuánto lo deseamos, y así nos colmemos de un gozo dilatado y verdadero cuando finalmente lo encontremos en el Cielo.

Pero, a todo esto, corresponde aclarar: no queremos decir que haya que desear la tristeza en sí. Eso sería un grave error. Seríamos unos locos o, peor aún, unos masoquistas. Nadie, absolutamente nadie, desea estar triste o padecer, o sufrir, o sentir dolor, o enfermarse, o angustiarse. Nadie desea, en otras palabras, la ausencia «del objeto amado». Y mucho menos deseamos en nuestra vida la presencia de un mal. Por eso es preciso señalar que la tristeza sólo es buena en algunos casos, y sólo en ciertos sentidos. Porque también hay una tristeza que puede distraer, en parte, o incluso obstaculizar totalmente la búsqueda del bien, es decir: distraernos de la búsqueda del amado. Sucede esto, por ejemplo, cuando tenemos un dolor muy fuerte en el cuerpo, por una lesión o por una enfermedad, o una tristeza muy profunda en el alma, como una depresión. En estos casos nuestra atención, la atención de nuestra alma, no hará más que focalizarse en esos dolores, distrayéndose de todo lo demás. Este tipo de tristezas son tan fuertes que pueden obnubilar nuestra atención. Puede ser una angustia tal que retraiga el alma, una angustia tal que haga a uno olvidarse del amor por concentrar la atención en el dolor.

Hay que evitar a toda costa este tipo de tristezas. Y hay que estar muy alerta porque la tristeza mal llevada puede hacernos caer en buscar los placeres de modo inmoderado. Porque puede pasar que, en el aburrimiento de la monotonía rutinaria, o en el tormento continuo en el alma, o en la aridez espiritual, busquemos la huida con precipitación, irreflexivamente, y nos refugiemos así en las malas compensaciones, en unas compensaciones quizás pequeñas, pero siempre ilícitas, en compensaciones que ralenticen, paralicen o nos lleven en sentido contrario al de nuestro crecimiento espiritual. Puede ser que, ante una tristeza mal llevada (incluso una querida efectivamente por Dios para nuestra purificación y para nuestro crecimiento espiritual), puede ser que busquemos impacientemente el placer, no digamos en cosas escandalosas como pecados graves, que también podría suceder, sino en pequeñas cosas, en pequeños regalitos que uno podría dispensarse. Sobre todo, en los tiempos en que no tengamos consuelo, hay que estar muy alerta también del oportunismo del demonio. Él no va a iniciar nuestro camino al infierno tentándonos llanamente con pecados graves y grotescos. Al menos generalmente no lo hace así. Él, en cambio, va a buscar conducirnos despacio y progresivamente hacia nuestra caída, comenzando con cosas pequeñas, sutiles, casi imperceptibles, pero siempre, siempre, fácilmente justificables.

Finalmente, Santo Tomás detalla otro aspecto de la tristeza: la pesadumbre. La palabra proviene de peso, y es común que llamemos apesadumbrado al triste, porque él está como cargado de peso. El hombre triste se «arrastra», tiene reacciones lentas y pasos lentos. Pareciera como que anda con fatiga en el cuerpo, y también es lento para pensar y para expresarse. Eso es porque la tristeza puede ralentizarnos, o incluso paralizarnos, tanto en nuestro interior como en los movimientos del cuerpo. Para sobrellevar la pesadumbre es preciso elevar la mirada y el corazón; es preciso profundizar, con el estudio y con la meditación, y con la insistencia en la oración, en la virtud teologal de la esperanza.

Para aprender a padecer bien la tristeza, para hacerlo con sabiduría y con verdadero fruto espiritual, el Señor nos propone sus bienaventuranzas, y relaciona en ellas dos extremos, aparentemente opuestos: por un lado, el gozo de la vida eterna, como meta y como premio; y, por otro lado, las tristezas inevitables de esta vida, como punto de partida (dice Jesús: «bienaventurados los afligidos, los pacientes, los que lloran, los perseguidos, etc.»). Las bienaventuranzas son así el itinerario de todo cristiano que busca la santidad, son el camino para imitar la vida de Cristo, que es el primer y principal Bienaventurado, tanto porque Él padeció lo indecible en esta tierra, como porque también Él alcanzó para nosotros, por sus padecimientos, lo más alto del Cielo. En definitiva, la pesadumbre que nos derriba, obligándonos a arrastrarnos por el suelo, se vence elevando la mirada del corazón y desplegando las alas hacia lo alto, por medio de la contemplación y por medio del suspiro esperanzado del Cielo.

En conclusión, somos verdaderamente bienaventurados en esta vida cuando padecemos tristeza si por nuestra tristeza anhelamos con mayor fervor la vida eterna del Cielo.


Pbro. Hernán G. Barreto
San Luis, Argentina