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miércoles, 18 de marzo de 2026

Un libro providencial (por Bruno Moreno)



Hay libros buenos y libros providenciales. Estos últimos son los que no solo son buenos, provechosos y agradables de leer, sino que además tratan un tema crucial para un determinado momento histórico. El libro que acaba de publicar D. Jorge González Guadalix es de estos últimos.

No pretende ofrecer un refinado estilo literario, sino que está escrito con el tono afable y campechano típico de D. Jorge, que mágicamente consigue que uno tenga la impresión de estar charlando con él en su casa parroquial de La Serna. Tampoco ofrece erudición y citas a porrillo, aunque sí abundantes vivencias reales y concretas de su experiencia sacerdotal. Es, ante todo, un libro providencial.
Vivimos en tiempos de escasez de sacerdotes y parece que la solución está en gestionar más racionalmente los recursos, dedicando las fuerzas disponibles a donde puedan dar más fruto (a saber, en las ciudades) y sacrificando para ello, con muchas lágrimas de cocodrilo, a los que ya están amortizados: los pueblos medio despoblados, los ancianos que no van a aumentar el número de vocaciones, los raritos o enfermos, las cuatro monjas que quedan en ese viejo convento…

Nada más humanamente razonable, pero también nada menos conforme con la sabiduría de Dios, que no es la sabiduría de los hombres. En Pastoral rural para urbanitas escépticos, D. Jorge nos habla de una misión sacerdotal que no se ocupa del número, ni de lo que se puede sacar de una parroquia, sino, ante todo, del valor infinito que tiene cada alma, esté donde esté y sea cual sea su edad, su ocupación o su importancia a los ojos del mundo. Son, como dice el libro, las verdaderas periferias y los pobres de los que nadie quiere hablar.

Para ayudar a entenderlo, el libro va derribando los ídolos de la modernidad que tientan más a los sacerdotes (y no solo a los sacerdotes) de nuestro tiempo. En primer lugar, el ídolo de los resultados, porque la pastoral rural no tiene, si me permiten el juego de palabras, resultados resultones, sino que sus frutos son ocultos y a menudo pasan inadvertidos. También el ídolo de las ciudades, que son los lugares del ruido, el bullicio, las cosas importantes y el “centro” de nuestro mundo, mientras que la pastoral rural descrita en el libro descubre que el verdadero centro está allá donde se celebra una Misa, aunque sea para un solo hijo de Dios.
Finalmente, el ídolo de la juventud, porque a medida que los católicos pierden la fe en la vida eterna, lo único que les queda es idolatrar la pasajera juventud terrena. En la pastoral rural, donde apenas hay jóvenes, se graba a fuego en los sacerdotes que, para Dios, mil años son como un día y Él sigue perdidamente enamorado de doña Matusalena y desea hacer obras grandes en su vida, aunque el mundo ya la considere inútil y una carga para la sociedad.
La crisis vocacional de la Iglesia no es un problema que se solucione con números y estrategias, sino con fe. Si no hay vocaciones, es sencillamente porque no hay fe. Este libro, gracias a Dios, rezuma fe en todas sus páginas y, si Dios quiere, renovará la fe y el entusiasmo de los sacerdotes y los laicos que lo lean, para que se cumplan en ellos las palabras del profeta: la atraeré y la llevaré al desierto (o a un pueblecillo de la sierra), y le hablaré al corazón.

Bruno Moreno

Dos sacerdotes entregan la vida al rescatar a dos monaguillos que se ahogaban en una playa de Ecuador




Ecuador llora la muerte de los sacerdotes Alfonso Avilés Pérez y Pedro Anzoátegui, fallecidos tras lanzarse al rescate de dos monaguillos en peligro de ahogarse durante un retiro de Cuaresma en la localidad costera de Playas. Los menores fueron salvados y se encuentran fuera de peligro.

(ACI/InfoCatólica) Dos sacerdotes fallecieron el viernes 13 de marzo tras salvar a dos monaguillos que se ahogaban en una playa de Ecuador. Se trata de Alfonso Avilés Pérez, miembro de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote y párroco de San Alberto Magno en la Diócesis de Daule, y de Pedro Anzoátegui, que sirvió en la Diócesis de San Jacinto.

Ambos presbíteros acudieron al rescate de los jóvenes, que participaban en un retiro de monaguillos por Cuaresma en la localidad costera de Playas, después de que los menores ingresaran al mar. Los dos muchachos pudieron salir con vida, pero los sacerdotes murieron en ese acto de entrega.

Martha de Murillo, que fue secretaria del P. Alfonso durante más de veinte años, explicó que en la Misa celebrada el sábado a las 11:00 en la Parroquia San Alberto Magno, el superior de la comunidad del fallecido, el P. Lope Pascual, relató lo sucedido. Según su testimonio: «El padre Lope, en su homilía, contó cómo había pasado todo: son dos monaguillos que han estado en peligro de ahogarse y los padres han venido a rescatarlos; salieron los monaguillos, gracias a Dios, pero lamentablemente los padres no».



Todos los jóvenes que participaron en el retiro están bien físicamente, fuera de peligro y ya fueron llevados a sus casas. La noticia ha causado una honda conmoción entre los fieles y en distintos ámbitos eclesiales del país.

En la Misa presidida este sábado por el cardenal Luis Cabrera, arzobispo de Guayaquil, el purpurado encomendó a ambos sacerdotes a Dios y, visiblemente emocionado, pidió orar por «nuestros hermanos Alfonso y Pedro, a quienes el Señor, en estas circunstancias, hoy los colma de su gracia y bendición».

Una nota de la parroquia San Alberto Magno señaló que el P. Alfonso Avilés «partió a la Casa del Padre entregándose generosamente por quienes le fueron confiados».

El P. Alfonso Avilés Pérez nació en 1966 en Murcia, España. Después de estudiar filosofía y teología, fue ordenado sacerdote en 1990. La parroquia destacó sobre él: «Con más de 30 años de sacerdocio y nueve años de servicio en nuestra parroquia, deja un legado de fe, cercanía y amor por la comunidad».

Antes de llegar a la parroquia San Alberto Magno, ejerció también su ministerio como párroco de Santa Teresita en Entre Ríos, donde acompañó a la comunidad y fortaleció la vida de fe de muchas familias. Asimismo, impulsó iniciativas de catequesis familiar, adoración eucarística y formación de monaguillos, presentadas como pilares fundamentales de su misión evangelizadora. En 2021 recibió un reconocimiento del Municipio de Samborondón por su aporte espiritual y comunitario.

Una frase que repetía constantemente era: «¡Al ataque, que la meta es el cielo!». Esa expresión quedó grabada en la memoria de quienes lo trataron y ahora resuena con especial fuerza tras su muerte.

A la parroquia San Alberto Magno acudieron gran cantidad de fieles. Entre ellos estuvieron la primera dama y esposa del presidente de Ecuador, Lavinia Valbonesi, junto con Annabella Azín, madre del mandatario Daniel Noboa. Ambas rezaron unos minutos en el lugar. Allí estaba prevista para esa tarde, a las 3:00 p. m., la Misa de exequias, tras la cual se procedería al entierro en el Panteón Metropolitano.

Carlos Polo, director de la Oficina de Iberoamérica del Population Research Institute, expresó a ACI Prensa su dolor por la muerte del P. Avilés. Dijo: «Murió el sacerdote más santo que he conocido: Alfonso Avilés. Sus homilías eran espectaculares. Era mi amigo. Nos vimos pocas veces, pero el lazo espiritual que nos unía era muy fuerte».

Polo añadió además: «Aunque pasaran años, cada vez que lo veía, él se adelantaba y me decía que seguía rezando por mi hijo como se lo había pedido la primera vez que hablamos. Murió en su ley, la del amor». También recordó la cita del Evangelio de San Juan 15, 13: «No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos».

Un joven profesional que fue monaguillo del P. Avilés contó también su experiencia personal y el influjo espiritual que recibió del sacerdote. Recordó: «Nos educó en la templanza, nos inculcó el anhelo de ser caballeros, héroes, guerreros, personas de bien y buenos hijos de Dios. Siempre decía que los mejores debíamos estar al servicio de Dios, que no podíamos ser blandengues. Tenía la llama encendida, a cualquier hora, en cualquier conversación, por más corta que sea. Estoy tan apenado».

Por su parte, el P. Pedro Anzoátegui nació en 1982. Fue ordenado el 20 de noviembre de 2010 en la Catedral de Guayaquil. Sirvió en la parroquia Santa Cruz de Durán, en San Jacinto, acompañando a fieles y monaguillos. También sirvió en Guayaquil.

La muerte de ambos sacerdotes ha sido recibida con profundo dolor, pero también con la conciencia de que perecieron cumpliendo un deber de caridad extrema, entregándose para salvar la vida de los menores confiados a su cuidado en el contexto de un retiro de Cuaresma.

En la Misa celebrada en la parroquia San Alberto Magno por el eterno descanso del P. Avilés, Mons. Cristóbal Kudławiec, obispo de Daule, reconoció la dificultad del momento y afirmó: «Queridos hermanos, creo que me van a entender que no voy a decir muchas palabras porque todos estamos en este impacto, bajo este impacto, y es difícil dirigir las palabras en estos momentos. Pero cuando nuestras palabras humanas no bastan, hay que hacer caso a Dios».

El prelado añadió: «Y para estas ocasiones tan difíciles, tan duras, el Señor nos envía unas palabras importantes, no para consolarnos, porque a veces es muy difícil consolarnos después de un impacto fuerte (…), pero es para entender un poco lo que él nos quiere manifestar a través de los hechos, iluminado por su palabra».

Ante las preguntas que los fieles podían hacerse sobre los proyectos del sacerdote fallecido o sobre las razones de una muerte tan repentina y dolorosa, el obispo recordó que Dios «no se equivoca y su voluntad es santa. Y nosotros, como simplemente humanos, tenemos que afirmarlo siempre, incluso en los momentos cuando se quiebra nuestra alma».

Mons. Kudławiec se refirió también a las cuestiones profundas que emergen en estas horas de sufrimiento y subrayó que «sin amor a Dios y al prójimo, la vida no tiene sentido. Ni siquiera los sacrificios tienen sentido, porque esto es la esencia de la vida».

Finalmente, concluyó con palabras de abandono confiado en Cristo ante una tragedia que ha golpeado con fuerza a la Iglesia en Ecuador: «Frente a esta noticia tan triste, tan impactante, nosotros solamente podemos decir: creo en ti, Señor Jesús. Confío en ti, Jesús. Y confío que lo que tú me ofreces como una enseñanza, a través también de algunos acontecimientos impactantes, es para mi bien».

Salen a la luz fotografías de Robert Prevost adorando de rodillas a la Pachamama



El portal LifeSiteNews ha publicado por primera vez una serie de fotografías en las que el actual Papa León XIV, entonces el agustino Robert Francis Prevost, aparece de rodillas participando en un rito de la Pachamama durante un simposio celebrado en São Paulo en enero de 1995. Las imágenes proceden de las actas oficiales del encuentro, editadas en 1996 bajo el título Ecoteología: una perspectiva desde San Agustín.

El reportaje se apoya en el trabajo del sacerdote Charles Murr, que prepara un libro sobre el actual Pontífice y afirma haber recopilado durante meses la documentación del caso. Según Murr, tres sacerdotes agustinos han identificado sin dudas a Prevost en la fotografía principal, en la que se le ve arrodillado junto a otros participantes en el contexto del rito.


El propio volumen donde aparecen las imágenes no deja margen a interpretaciones sobre la naturaleza del acto. El pie de foto describe la escena como una “Celebración del Rito de la pachamama (madre tierra)”, definido como un rito agrícola propio de culturas del ámbito andino, especialmente en Perú y Bolivia. La fotografía muestra a varios asistentes de rodillas en torno a un altar, en una actitud inequívocamente religiosa.

Las actas incluyen además otras imágenes que confirman la presencia de Prevost en el simposio, como una fotografía de grupo de todos los participantes y otra correspondiente a una celebración eucarística en el mismo lugar. LifeSiteNews sostiene también que la identificación del entonces religioso agustino ha sido reforzada mediante la comparación con imágenes de la época publicadas en revistas internas de la orden.


El contexto del evento remite a corrientes teológicas latinoamericanas vinculadas a la llamada ecoteología, en las que se promovía el diálogo con cosmovisiones indígenas. Sin embargo, lo que muestran las imágenes va más allá de un intercambio cultural o académico: se trata de la participación en un rito dirigido a una divinidad ajena a la fe cristiana.

El episodio resulta especialmente doloroso por las circunstancias personales de Prevost en aquel momento. Con alrededor de cuarenta años y una trayectoria ya consolidada dentro de la orden agustiniana, su presencia de rodillas en una ceremonia de este tipo no puede atribuirse a falta de formación o inmadurez. La escena documenta un gesto objetivamente escandaloso en quien hoy ocupa la cátedra de Pedro.

La publicación de estas imágenes puede generar una confusión profunda entre muchos fieles. La referencia a la Pachamama no es meramente decorativa ni simbólica, sino que remite a prácticas religiosas que siguen existiendo hoy y en cuyo nombre continúan realizándose sacrificios humanos. Por eso la gravedad del hecho no se agota en el pasado, sino que proyecta sus efectos sobre el presente de la Iglesia.

Con todo, el episodio puede y debe ser aclarado. La situación exige una explicación pública sobre el contexto de aquella participación y, en su caso, una rectificación clara. Pedir perdón y marcar un camino de corrección no debilitaría al Pontífice, sino que ayudaría a disipar el estupor y a reparar, al menos en parte, el daño causado por unas imágenes que resultan difíciles de asimilar para cualquier católico.

Mientras tanto, la información difundida por LifeSiteNews y el trabajo previo de Charles Murr colocan sobre la mesa un hecho de enorme gravedad: Robert Prevost, hoy Papa León XIV, fue fotografiado de rodillas en un rito de la Pachamama en plena edad adulta y en un contexto explícitamente religioso.

sábado, 14 de marzo de 2026

¿Competencia por el poder entre mujeres y sacerdotes? | Actualidad Comentada | P. Santiago Martín FM



DURACIÓN 15:48MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? (PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX)





DURACIÓN 32:07 MINUTOS

https://youtu.be/c-K_4gDhMSE



EMPEZAMOS EN ROMA

ESPAÑA 

1. Desahucio en Belorado 

2. Ha fallecido Francisco Fernández-Carvajal 

3. 24 horas para el Señor 

MUNDO 

4. Nuevo limosnero papal 

5. Menos católicos en Hispanoamérica 

6. No están mejor en Francia 

7. Un arzobispo cantamañanas 

8. Muere un sacerdote en Líbano

Lecciones prematuras de un conflicto inacabado (Fernando del Pino Calvo Sotelo)




Hablar de acontecimientos resulta mucho menos interesante que hablar de ideas. Sin embargo, podemos aprovecharlos para realizar un ejercicio de inducción que intente identificar los principios generales implícitos en ellos. Es lo que pretendo hacer en este artículo respecto del conflicto en Irán.

La justicia tiene los ojos vendados por un buen motivo: porque la imparcialidad y el respeto a la verdad deben prevalecer sobre cualquier otra consideración. Pues bien: el primer principio general que podemos inducir de esta guerra es la dificultad de emitir juicios objetivos sobre un acto o sobre un conflicto sin que nos influya la simpatía o antipatía que sentimos por el actor o por alguna de las partes. Esta característica tan humana nubla nuestra capacidad de análisis y nos empuja a pontificar sobre valores para encubrir inconscientemente nuestros sesgos y dobles raseros. En el caso que nos ocupa, me resulta imposible no sentir una profunda aversión hacia un régimen demente, siniestro y liberticida como el iraní, que, además de patrocinar el terrorismo, reprime a tiros a manifestantes desarmados matando a miles de ellos. Pero, precisamente por ser ésta la realidad, la realización de este ejercicio resulta tan aleccionadora.

La guerra preventiva

El actual conflicto en Irán —otra «operación militar especial», supongo— es, una vez más, una guerra no aprobada por ningún Congreso ni comunicada formalmente al adversario. Ha constituido, en esencia, un ataque realizado por sorpresa en medio de unas negociaciones un día después de que el mediador ―el ministro de Exteriores de Omán― hubiera afirmado que iban bien encaminadas[1]. Al hacerlo, EEUU e Israel han obtenido la ventaja táctica de la sorpresa y descabezado el régimen iraní, pero al precio de perder parte de su autoridad moral y el relato de la propaganda, fuera y dentro de Irán. Lamentablemente, hoy la oposición interna al régimen parece más débil que antes del ataque.

Según los atacantes, se trata de un ataque «preventivo». Este concepto escapa de la doctrina de la guerra justa, que sólo admite el uso de la fuerza militar en legítima defensa y, además, de forma restrictiva. Naturalmente, existen muchos precedentes de ataques preventivos, pero quizá el más famoso es el que realizó Japón en Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. En aquella ocasión, Japón también obtuvo la ventaja táctica de la sorpresa (relativa), pero resultó efímera, pues al perder el relato de la propaganda, facilitó la hasta entonces impopular entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial (que deseaban sus líderes, mas no su pueblo).

El día después del ataque, el entonces presidente Roosevelt acudió al Congreso a pedir la declaración de guerra con un discurso que se haría famoso: «Esta fecha quedará marcada por la infamia, pues los Estados Unidos de América fueron atacados repentina y deliberadamente por las fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón cuando estaban en paz con esa nación y seguían manteniendo conversaciones con su Gobierno con miras a mantener la paz en el Pacífico»[2].

Por favor, relean el párrafo anterior, pero reemplazando EEUU por Irán y el «Imperio de Japón» por EEUU: ¿encuentran muchas diferencias entre aquella «infamia» y el actual ataque? Imaginen ahora que, en vez de bombardear una base naval en un lejano archipiélago perdido en medio del océano, los japoneses hubieran bombardeado la Casa Blanca matando a Roosevelt, a su mujer y a parte de su gobierno. ¿Cómo sería calificado semejante ataque? Imaginen que, para más inri, ese mismo día los japoneses hubieran bombardeado por error una escuela infantil. Es lo que ha ocurrido en una escuela de la ciudad iraní de Minab, en la que han muerto, según UNICEF, 168 niñas[3]. El gobierno norteamericano sigue lanzando cortinas de humo sobre su presunta autoría[4], aun después de que apareciera prueba fehaciente de que la escuela ―colindante con unos barracones de la Guardia Islámica― había recibido el impacto de un misil Tomahawk[5].

Las nuevas reglas

El segundo principio es que toda acción tiene consecuencias no deseadas, pues el ser humano es falible y está sujeto a su naturaleza caída, flaquezas que la patología del poder aumenta considerablemente. El ataque preventivo norteamericano-israelí ha comenzado por el asesinato del mandamás iraní y de algunos miembros de su gobierno que quizá se reunían para discutir el avance de las negociaciones. ¿Debemos entender que son éstas las nuevas reglas de enfrentamiento en las relaciones internacionales? Algunos argumentarán que el hecho de que los yonquis del poder se maten entre ellos en vez de enviar a otros a morir desde una distancia segura tiene su atractivo, pero ¿no crea esta acción un precedente inquietante? ¿Quién confiará en una negociación para evitar un conflicto armado si se admite la posibilidad de que una parte rompa por sorpresa la negociación matando al máximo responsable de la otra parte? ¿No revela esta acción, una vez más, el doble rasero que aplican EEUU e Israel («las reglas son para ti, no para mí»)? Y si la finalidad aparente de todo este conflicto es evitar la proliferación de armas nucleares (o más bien, la protección del privilegio monopolístico del club que ya las posee), ¿no lanza esta acción el mensaje contrario, esto es, que, si no quieres que te pase a ti, más vale que te conviertas en una potencia nuclear como única forma de protección efectiva?

El supuesto objetivo del descabezamiento del régimen iraní era propiciar la llegada de un nuevo gobierno menos hostil. Dudo sinceramente que Israel, siempre tan bien informado a través de sus eficaces agencias de inteligencia, lo creyera realmente, aunque otra cosa es que Netanyahu se lo hiciera creer a Trump. En cualquier caso, como comentaba un analista, EEUU tardó en Afganistán 20 años en pasar de los talibanes a los talibanes, pero en Irán ha tardado sólo 9 días en pasar de Jamenei a Jamenei.

Pretextos para la guerra

Decía Tucídides que hay que distinguir entre los pretextos de los conflictos y sus causas últimas. El tercer principio, por tanto, es que, para justificar sus guerras, los yonquis del poder siempre buscan pretextos para que la población les apoye, pues el hombre es un ser moral que debe justificar en su propia conciencia algo tan extremo como matar a otro ser humano o realizar el sacrificio último de morir por una causa. Por lo tanto, la propaganda bélica siempre comienza dibujando el conflicto como una lucha entre el bien y el mal, canonizando la razón propia y demonizando la del enemigo.

En esta ocasión, y a pesar de sus intentos, el gobierno norteamericano no ha logrado aclarar qué quería prevenir con esta guerra «preventiva», que atañía a Israel, pero no a EEUU. En efecto, las explicaciones estadounidenses han ido variando casi de hora en hora sin pudor ni pretensión alguna de coherencia. Primero nos dijeron que se quería evitar que Irán construyera armas nucleares. Steve Witcoff, enviado especial y negociador internacional amateur del presidente Trump, alertaba el 22 de febrero de que Irán podía obtener armas nucleares «en una semana»[6]. Esto contradecía las declaraciones de Trump de junio de 2025, cuando, tras bombardear las instalaciones nucleares subterráneas de Irán, aseguró que habían sido «completamente destruidas». Según la Casa Blanca, tanto la Comisión de Energía Atómica Israelí como el jefe de Estado Mayor del ejército israelí confirmaron que el programa nuclear iraní «se había retrasado años, repito, años»[7].

El bombardeo de junio de 2025, por cierto, se produjo a pesar de que las agencias de inteligencia norteamericanas concluyeran tres meses antes que «Irán no está construyendo un arma nuclear y Jamenei no ha reautorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003»[8]. Por lo tanto, ¿mintió Trump en junio, ha mentido ahora, o lo ha hecho en ambas ocasiones? Y si, según la inteligencia norteamericana, Jamenei llevaba prohibiendo el programa de armas nucleares dos décadas, ¿por qué lo han matado? ¿Y si su sucesor reactiva dicho programa?

Tras el pretexto de las armas nucleares, el presidente norteamericano argumentó que el objetivo era descarrilar el programa iraní de misiles balísticos (nada nuevo), pero inmediatamente pasó a propugnar que el objetivo era un cambio de régimen ―una especialidad tan americana como la hamburguesa―, o más bien un cambio de gobierno. En otras palabras, el advenimiento de una democracia no islamista que devolviera la libertad a los iraníes no era imprescindible; podía mantenerse el statu quo siempre que fuera afín a los intereses estadounidenses. Lo mismo había hecho Trump en Venezuela, donde, para desmayo de muchos, se había conformado con domar a la tiranía chavista olvidando los afanes de libertad del pueblo venezolano. EEUU ya reconoce formalmente como legítimo al gobierno de Delcy Rodríguez a pesar del probado pucherazo de las últimas elecciones[9].

Guerras por intereses, no por valores

El pretexto que mencionaba Tucídides intenta dotar al enfrentamiento bélico entre naciones de una reluciente capa de justificación moral, pero la causa última suele ser mucho más prosaica: el dinero o el afán de poder. El cuarto principio, por tanto, es que las guerras entre naciones no suelen lucharse por defender valores, sino intereses, aunque para consumo de masas se venda lo contrario. Lejos de constituir una excepción, ésta ha sido la razón última de la política exterior norteamericana desde el final de la Guerra Fría (y, en varias ocasiones, desde antes). En efecto, en la inmensa mayoría de las ocasiones, EEUU (como otras potencias hegemónicas del pasado) no ha luchado defender valores como la libertad o la democracia, sino sus propios intereses.

Eso es precisamente lo que hizo en Irán en 1953, cuando apoyó a Gran Bretaña en el golpe de Estado que ésta organizó para derrocar al democráticamente elegido presidente Mosaddeq, acabar con la incipiente democracia iraní e instaurar el Estado policial del shah. Mosaddeq había osado nacionalizar la industria del petróleo tras intentar infructuosamente negociar una mejora de las condiciones para los iraníes en el leonino contrato de la Anglo-Iranian Oil Company. La arrogancia, la codicia y el complejo de superioridad racial de la Inglaterra de entonces —liderada por Churchill— impidieron cualquier acuerdo; Mosaddeq se rebeló y EEUU apoyó la acción subversiva británica por miedo a que el país cayera en la órbita soviética[10].

El hecho de que sean los intereses y no los valores los que guían las relaciones internacionales explica por qué el dictador Sadam Husein pasó de ser un aliado de EEUU en la guerra Irán-Irak (1980-1988), pudiendo utilizar armas químicas con el tácito beneplácito norteamericano, a ser ahorcado por sus anteriores aliados cuando sus intereses divergieron. Los intereses —no los valores— también explican por qué un sanguinario terrorista de Al Qaeda, por cuya cabeza EEUU ofrecía hace pocos meses una recompensa de 10 millones de dólares, es ahora recibido como presidente de Siria en la Casa Blanca[11] y se da abrazos con un sonriente Macron. ¿Al-Asad, no, y este terrorista barbudo, sí?

¿Qué intereses se defienden en las guerras? En ocasiones son los intereses de las naciones, pero generalmente (sobre todo en las democracias) son los intereses del yonqui de poder de turno. En este sentido, los intereses de Netanyahu y Trump divergen.

Netanyahu se enfrenta a nuevas elecciones en Israel en octubre de este año y sabe que el ataque a Irán cuenta, según las encuestas, con el apoyo del 82% de los israelíes[12]. Su probable reelección le aleja, una vez más, de un posible proceso judicial por presunta corrupción.

Por el contrario, sólo el 40% de los norteamericanos apoya la intervención en Irán[13], lo que refuerza la sensación de que Trump cometió un grave error de juicio al inmiscuirse en una guerra innecesaria y enormemente arriesgada en la que midió mal la capacidad y voluntad de lucha de su oponente. No sé si Israel gozará de alguna oculta capacidad de influencia sobre él o si Trump sufrió un acceso de arrogancia aguda ―la característica más emblemática de su Administración― tras el exitoso secuestro y arresto del ex tirano Maduro (que yo, ciertamente sesgado, sigo aplaudiendo), pero se equivocó. El relativo silencio de Rusia y China en las semanas previas al ataque resultaba premonitorio: nunca impidas a tu enemigo cometer un error.

Los adivinos

El quinto principio es que el ser humano siente una fascinación por conocer el futuro. En este sentido, sería temerario realizar augurios en un conflicto de duración sumamente incierta y con tantos actores potenciales, lo que aumenta la variedad de posibles escenarios y la posibilidad de una escalada. Además, la megalomanía de Trump, el belicismo psicopático de Netanyahu y el insondable fanatismo del régimen iraní, que lucha por su supervivencia, añaden imprevisibilidad a la situación.

Es posible que a Netanyahu no le importara arrastrar a EEUU a un conflicto largo que trajera caos o una guerra civil a Irán y convertirlo en un Estado fallido. Trump, por el contrario, creía que estaba realizando una operación quirúrgica (veni, vidi, vici), y la cercanía de las elecciones legislativas en noviembre hace que el paso del tiempo juegue en su contra.

Por su lado, Irán es perfectamente consciente de que el paso del tiempo aumenta el peso de su potentísima espada de Damocles económica. Para el siniestro régimen iraní, aguantar es ganar. Finalmente, el aumento del precio del petróleo y el desvío de recursos militares (finitos) al Golfo Pérsico convierten a Rusia en la gran beneficiada a corto plazo.

Para calmar a quienes quieren predicciones concretas, diré que es más fácil prever el futuro respecto de algunas fantochadas del presidente Trump. Así, la amenaza de poner tropas en Irán («botas sobre el terreno») es un bluf. En efecto, esto exigiría una logística inmensa en un país lejano de casi 100 millones de habitantes, con una superficie equivalente a la suma de España, Portugal, Francia y Alemania y un gobierno que lucharía con uñas y dientes. No hay cosa que hiciera más feliz al gobierno iraní, como manifestó recientemente su ministro de Exteriores, pues atraería a combatientes de toda la zona y causaría miles de bajas al ejército estadounidense. Tras Irak y Afganistán, esto no va a ocurrir.

La segunda baladronada de Trump es la posibilidad de que la Armada estadounidense organice desde ya convoyes de escolta para asegurar el libre paso por el estrecho de Ormuz. Con toda probabilidad, los portaaviones norteamericanos y sus grupos de apoyo se encuentran a varios cientos de millas de la zona para evitar ponerse a tiro, lo que significa que, para que esta opción tenga visos de realismo, la capacidad militar iraní tendría que estar enormemente deteriorada. Por ahora no es el caso, y es posible que antes de llegar a ese punto minen el estrecho.

Repercusiones en España

Pero a los españoles no nos incumbe defender los intereses de otros países, nos caigan mejor o peor, sino los intereses de nuestro país. En este sentido, lo que me preocupa es que existe un precedente de cómo el conflicto en Irán puede tener serias repercusiones políticas en España.

En efecto, cuando a principios del año 2025 se convocaron elecciones en Canadá, las encuestas daban por ganador al Partido Conservador tras una década de gobierno laborista. Sin embargo, Trump comenzó a realizar comentarios groseros, humillantes y amenazantes contra aquel país. Aprovechando la oportunidad, el laborismo buscó el enfrentamiento con Trump y ganó las elecciones contra todo pronóstico.

Por lo tanto, lo que me preocupa es que la enésima ineptitud de la no-oposición al apoyar exageradamente un conflicto lejano y dudoso en un país como el nuestro haya permitido al psicópata Sánchez enarbolar su eficaz «no a la guerra». No lo subestimen.


[10] Para profundizar sobre el tema, S. KINZER, All the Shah’s Men (Wiley, 2008).

La gran obra de civilización de España en América, por Cristina Grueso de Victoria



Cristina Grueso de Victoria. Nacida en Popayán, Colombia y con nacionalidad Española desde 2002. Abogada con más de 40 años de ejercicio profesional graduada en la Universidad de San Buenaventura, Cali Colombia, 1980. Con Doctorado en Derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid,1988. Diplomado en Conciliación Administrativa, Instituto de estudios del Ministerio Público, 2012. Maestría en Seguridad y Defensa Nacional de la Escuela Superior de Guerra de Colombia, 2013.

Abogada Litigante en áreas del Derecho Civil, Comercial, Laboral, Derecho Contencioso Administrativo, 1980-2001, dirigiendo su propio despacho en Cali y Bogotá. Catedrática de Derecho Civil, Universidad de la Sabana, Bogotá, 1990-1994. Asesora para la Reconstrucción del Eje Cafetero, Presidencia de República de Colombia, 1999-2000. Directora de la Fundación para el Desarrollo Integral de la Familia, Madrid, 2002-2005. Coordinadora de Proyectos Especiales, Universidad Francisco de Vitoria, Madrid 2006-2009. Procuradora Delegada para la Vigilancia Administrativa, Procuraduría General de la Nación, Colombia. 2009-20011. Perteneciente a la Reserva Profesional del Ejercito de Colombia en grado de Comandante.

Procuradora Delegada con rango de Magistrada ante el Concejo de Estado, Colombia 2012-2017. Actualmente Concejal de Cultura en el municipio de Torrelodones, Madrid, España desde 2023. Viuda de Pablo Victoria Wilches; miembro del Equipo de Investigación de la obra literaria de Pablo Victoria; correctora de prueba de sus libros y divulgadora de su legado. Con vocación de servicio, gran sentido de responsabilidad y organización; formación humanista y amplia cultura universal; de espíritu conciliador y con gusto por las artes, la lectura y la historia. Orgullosa de ser Hispanoamericana.



¿En qué medida se puede afirmar que los españoles fundaron una nueva civilización en América?

Los españoles hicieron una extraordinaria acción civilizadora en América integrándola a la Civilización Cristiana y transmitiéndoles los valores, principios y cultura que caracteriza a esta civilización. Por ello, me aparto de la tesis de que se creó una Nueva Civilización y más bien afirmo que se creó una nueva cultura que hace parte del mundo occidental y que es una manifestación de la civilización cristiana. Esa nueva cultura tiene unos pilares fundamentales que la sustentan entre los cuales está la Fe que transmitió la evangelización que hicieron los españoles en América y demás territorios conquistados. De esa forma nació la Cultura Hispánica.

¿En qué mejoró realmente la vida de las personas que vivían en esos lugares?

La vida para los aborígenes de aquellas tierras no digamos que mejoró sino que se transformo en todos los ámbitos. Fue un paso de la barbarie a la civilización: se acabó la antropofagia, se acabaron los sacrificios humanos a los dioses a los que ellos les rendían culto; eran pueblos que no se podían comunicar entre sí porque no había una lengua común y tampoco tenían escritura. No conocían la rueda, ni el hierro ni el acero, de ahí que sus elementos para trabajar eran incipientes pues tampoco conocían el burro, la mula y el buey. Muchos de ellos eran pueblos guerreros que mantenían en opresión a otros pueblos y sus mismos pueblo porque existía la esclavitud; se pagaban impuestos de sangre cuyas victimas eran sacrificadas a sus dioses. No existían las casas sino bohíos donde en una habitación se compartía todas las actividades de la vida; se practicaba la poligamia y el incesto como parte de su cultura y todavía se practica en la población indígena de América. Y su dieta alimenticia era pobre pues no conocían el ganado vacuno y porcino, las gallinas, el trigo y muchos otros alimentos que se llevaron de España. Se incorporaron nuevas costumbres sobresaliendo la educación a cargo de las ordenes religiosas creando escuelas para indígenas, escuelas interraciales, escuelas para niñas, escuelas para élites indígenas, colegios y universidades. Pero lo más importante es que se les reconoció dignidad y sus derechos que fueron la base sobre la cual se edificaron los Derechos Humanos.

¿Qué aspectos se conservaron de las culturas que habitaban en América?

Para empezar, se respetaron las costumbres de los aborígenes que no fueran contrarias a la Ley Natural. Adicionalmente, debemos destacar que se conservaron sus lenguas nativas y se respetó la dieta que tenían enriqueciéndola con los nuevos productos alimenticios que llegaban. Se conservó su música y sus danzas.

¿Qué aportó de positivo la religión católica en cuanto a la dignidad y trascendencia de cada persona?

Aportó la concepción cristiana del hombre. Isabel la Católica, cuya principal recomendación para la conquista fue evangelizar a los nativos y tratarlos bien, fue la primera en reconocer la dignidad de los indios y sus derechos fundamentales por el mero hecho de ser hombres. Ningún imperio anterior había reconocido jamás esa dignidad a las poblaciones conquistadas. Ese reconocimiento de los derechos llevaba a respetar sus bienes, sus propiedades, un trabajo digno, una remuneración adecuada, un horario de trabajo y a través de la evangelización la posibilidad de salvar su alma.

¿Cuál fue el papel civilizador y evangelizador de la Iglesia?

En cuanto al papel civilizador su aporte fue muy grande. En torno a los conventos se desarrollaba la vida de las Villas: se organizaba el servicio de agua, siembras, las escuelas, las farmacias, la educación. A través de la Iglesia se transmitió el conocimiento de la civilización cristiana y con ella el mundo griego, romano y judío que son los fundamentos de nuestra civilización. A través de los clérigos se dieron a conocer y estudiar a los grandes pensadores de la humanidad. El conocimiento de la filosofía, teología, ciencia, educación, entre otros, fue transmitido principalmente por las ordenes religiosas.

¿Cómo fue de positivo el mestizaje y porque es un gran ejemplo en la historia?

El mestizaje es otro de los pilares de nuestra cultura hispánica y es otra de las iniciativas de la Monarquía Hispánica que promovió los matrimonios mixtos y reconoció a los nuevos vástagos todos sus derechos. Fue toda una política de la Corona que facilitó que se encarnaran tres estirpes en America: el indio, el negro y el blanco con la amalgama de colores que produjo sus mezclas. Es un ejemplo porque ningún otro Imperio había hecho del mestizaje un reconocimiento y menos lo había estimulado. Ese encuentro de dos mundos y su mestizaje permitieron un intercambio de costumbres, tradiciones y culturas que enriquecieron la Cultura Hispánica y llevaron al Imperio español a un alcance verdaderamente universal.

¿Cuáles fueron las leyes principales de protección a los Indios de la Corona Española?

Entre las principales, porque fueron muchas, podemos destacar: reconocer su dignidad y sus derechos, abolir la esclavitud de los indígenas, reconocer derechos a los matrimonios mixtos y sus descendientes; frente al trabajo protegerlos con un desempeño de trabajo digno, horario limitado, salario justo, día de descanso; seguridad social pues todos debían ser atendidos en los hospitales en caso de enfermedad; respeto a sus bienes y propiedades. Con las mujeres se tenían políticas especificas de permitirles educación asistiendo a escuelas, trabajo solo hasta el cuarto mes de embarazo y baja de 3 años para que pudieran atender a sus hijos.

¿Qué supuso la creación de escuelas, hospitales y diferentes gremios?

Supuso transmisión de cultura, ampliación del conocimiento y mejora en la forma de vida de los nativos. Con las escuelas se aprendió a escribir, a leer, sirvieron también para evangelizar, aprender música y demás conocimientos básicos que desconocían los indios. La preocupación porque se educara y evangelizara a los indios fue constante en la Monarquía Hispánica con Isabel la Católica a la cabeza. Se promovió la educación también de las mujeres. Cada convento que se instalaba en una región tenía la obligación de crear una escuela.

Después de la educación básica tenían la oportunidad de continuar estudios en colegios mayores y luego ir a la universidad. Los que no querían estudiar tenían a su alcance asistir a escuelas de oficios varios como carpintería, orfebrería, pintura, herrería, artes, farmacia, fabricación de instrumentos, entre otros y participar en los diferentes gremios de oficios que fueron constituyéndose. Con los hospitales, farmacias y atención a todos los habitantes llegó la sanidad publica. Ciudad de México llegó a tener 16 hospitales. El hospital fundado por Hernán Cortés en 1524 todavía existe y funciona como hospital. Los hospitales eran atendidos por médicos y enfermeras que se educaban para ese servicio. Muchas de las universidades fundadas en América tenían la carrera de Medicina donde se formaban los médicos que iban a atender esa misión tan importante para la salud de los pueblos.

¿Cuántas Universidades se fundaron y que influencia tuvieron?

La necesidad de contar con universidades en el nuevo continente se hizo patente desde muy pronto. Asi se fundo en 1538 la primera universidad en Santo Domingo fundada por los dominicos. Le siguieron la de México en 1551 que perduró hasta la independencia de México; en el mismo año se fundo la Universidad de San Marcos de Lima que es la mas antigua del continente y desde su fundación se ha mantenido en funcionamiento. Más de 20 universidades fueron creadas por los españoles en Ultramar. Aparte de Universidades había colegios mayores y seminarios. Se enseñaba Derecho, Teología, Medicina y Filosofía. En cuanto a grados se concedían : bachillerato, licenciatura, magisterio y doctorado. Tenían un minucioso reglamento y se regían por las Universidades de Alcalá y Salamanca. Había escuelas y universidades privadas y publicas sometidas al patronato real. Su influencia fue enorme porque aparte de transmitir conocimiento permitió la formación de las nuevas generaciones que debían desempeñar su papel de educadores y de servicio a lo largo y ancho de los territorios incorporados como provincias del Imperio Español y de constituir un gran pilar de la Hispanidad.

¿Qué aportó España al arte del nuevo mundo?

Interesante pregunta. Para responderla debemos tener en cuenta varias cosas: por un lado trasmitió el arte europeo a América; se puede apreciar arte renacentista en la Catedral de Santo Domingo, huella del arte gótico en Las Antillas, Mudéjar en claustros y artesonados sobre todo en el sur de América. El barroco fue el más interesante del período virreinal donde se incorporan elementos nativos, orientales y europeos. Pero es de anotar también que España con el oro llevado de América, que se irrigó por toda Europa, contribuyó en gran medida al desarrollo del Renacimiento.

¿Qué supuso la introducción del Derecho Español en América?

El Derecho Español se introdujo mediante las Leyes de Indias. Esta legislación plantea por primera vez que el Hombre tiene derechos fundamentales por el mero hecho de serlo , derechos que son anteriores a las Ley positiva. El aporte del derecho Indiano es el mas importante en la historia de la humanidad y debe ser considerado como el precedente de los Derechos Humanos. No tiene comparación con la legislación de otros imperios. Bajo un mismo Derecho se gobernó, se administró y se aplicó la justicia en todo los territorios del Imperio. Como se dijo en otra de las respuestas, innovó en materia de derechos humanos, en legislación laboral, en seguridad Social, en organización de la sociedad, en derecho Internacional con la escuela de Salamanca. España no solo romanizo los nuevos territorios sino que trasplantó la organización y legislación propia con que se gobernaba Castilla adaptándola a las nuevas circunstancias.

¿Se podría concluir diciendo que la gran empresa de evangelización y conquista de América fue algo muy positivo?

¡Absolutamente! España no solo descubrió un nuevo mundo sino que inició un proceso de exploración, conquista y organización. No fue un evento aislado sino un proceso de integración y acción civilizadora. Trasmitió la cultura occidental y la Civilización Cristiana. Creó una nueva cultura con identidad propia a la que se reconoce como Hispanidad.

Javier Navascués

Los cuatro nombramientos que anticipan el modelo de cardenal del nuevo pontificado

INFOVATICANA



A medida que el pontificado de León XIV se acerca a su primer año, empieza a ser posible distinguir, entre la larga lista de nombramientos episcopales realizados en estos meses, cuáles tienen verdadero alcance estratégico. La mayoría responden a la lógica ordinaria de cubrir vacantes, pero hay algunos que destacan por afectar a posiciones con birrete cardenalicio casi asegurado, con todo lo que ello conlleva. En ese grupo están cuatro designaciones que merece la pena analizar en conjunto: el nuevo prefecto del dicasterio de los obispos y las designaciones en las sedes de Viena, Praga y Nueva York. Esas cuatro decisiones permiten intuir qué tipo de cardenal comienza a perfilarse como referencia del nuevo pontificado y cómo es la generación que puede terminar marcando el rumbo de la Iglesia en las próximas décadas.

Los cuatro nombres a los que me refiero son Filippo Iannone en el Dicasterio para los Obispos, Josef Grünwidl en Viena, Stanislav Přibyl en Praga y Ronald A. Hicks en Nueva York. Iannone fue nombrado prefecto el 26 de septiembre de 2025; Grünwidl pasó de administrador apostólico a arzobispo de Viena el 17 de octubre de 2025; Hicks fue trasladado a Nueva York el 18 de diciembre de 2025; y Přibyl fue promovido a Praga el 2 de febrero de 2026. Viena sigue siendo una sede habitualmente cardenalicia y Nueva York lo es de hecho desde hace generaciones; Praga conserva un peso simbólico enorme y, si bien no tiene garantizado el púrpura, tiene una posición de salida muy sólida para alcanzarlo.

Si tenemos que definir a grandes rasgos a estos perfiles no es por una ideología de trinchera, sino por ser todos ellos un tipo de clérigo «posconflictual». No son los viejos progresistas de pancarta, desaliñados, toscos, encantados de escandalizar al burgués católico con una estética de “cura pobre” convertida en performance moral. Tampoco son hombres de restauración doctrinal, litúrgica o ascética. Son otra cosa: gestores eclesiales de modales suaves, culturalmente acomodados, institucionalmente fiables, mediáticamente presentables y suficientemente dúctiles como para (de momento) no romper del todo con nada, pero sí desplazar el eje de la Iglesia sin necesidad de declararlo. Esto puede ser más inquietante que el progresismo bronco ochentero, porque desgasta sin estridencia y reforma sin confesar que está reformando. La mutación deja de presentarse como combate y se presenta como normalidad. Esa es su fuerza.

Filippo Iannone es, quizá, el caso más claro del perfil tecnocrático. No es un hombre identificado con una gran sustancia teológica ni con una escuela espiritual reconocible, sino con el aparato jurídico-canónico de Roma. Es esencialmente un jurista y canonista, formado para tribunales, universidades y gobierno curial; su discurso público insiste en procedimientos, normas, procesos y eficacia del derecho penal canónico. Hoy por hoy un brindis al sol. Ahora dirige precisamente el organismo que ayuda al Papa a escoger obispos para todo el mundo. Un prefecto que probablemente no predicará heterodoxias, pero que promoverá hombres “equilibrados”, “dialogantes”, “no polarizantes”, y en una década el cuerpo episcopal del mundo quedará modelado desde arriba con perfiles blandos, administrables y doctrinalmente porosos.

Josef Grünwidl encaja más en ese arquetipo del “cura noventero” y de los cuatro es el más osado a la hora de echarse al monte y asomarse al abismo de la heterodoxia. Su biografía es la de un hombre de aparato diocesano vienés, sin densidad intelectual comparable a Schönborn ni espesor litúrgico visible. En entrevistas de la archidiócesis de Viena ha defendido seguir discutiendo el diaconado femenino, ha sostenido que el celibato es una forma valiosa de vida pero no necesariamente inseparable del sacerdocio, ha pedido una mayor inclusión de las mujeres en los procesos de decisión y ha advertido contra el “neointegralismo” y contra un cristianismo “exclusivista”. Todo eso define bastante bien el perfil: no es un revolucionario de manifiesto; pero es un hombre de descompresión doctrinal, de vigilancia frente a cualquier afirmación fuerte de identidad católica que pueda sonar demasiado exclusiva o demasiado segura de sí misma. Este tipo de obispo puede ser más corrosivo que un rupturista frontal, porque no se presenta como enemigo de la tradición, sino como moderado razonable que la relega al rincón de lo sospechosamente rígido.

Stanislav Přibyl ofrece una versión centroeuropea del mismo molde. Su propio lenguaje público insiste en superar polarizaciones, tender puentes, escuchar, dialogar, aprender del proceso sinodal y romper “burbujas sociales”. A la vez, habla del depositum fidei y de nueva evangelización, lo que le permite presentarse como un hombre equilibrado, no como un progresista explícito. Ese es justamente el punto: ya no hace falta negar verbalmente el depósito de la fe para vaciarlo en la práctica de densidad normativa. Basta con envolverlo en una retórica permanente de reconciliación, escucha y acompañamiento, donde toda definición fuerte queda bajo sospecha de crear facciones. Desde una lectura crítica, ahí aparece el peligro: la verdad revelada no se niega, pero se subordina funcionalmente al objetivo superior de la convivencia eclesial.

Ronald A. Hicks es el equivalente norteamericano de este nuevo clericalismo blando. Su ascenso no se entiende sin el entorno de Chicago y sin su largo trabajo con Blase Cupich, del que fue auxiliar y vicario general antes de pasar a Joliet y luego a Nueva York. En su primera entrevista tras el nombramiento para Nueva York habló el lenguaje ya reconocible de esta escuela: “smell of the sheep”, evitar divisiones, caminar con los heridos, prioridad a la curación y a la gobernanza centrada en la misión. No hay aquí el progresismo estridente de ciertos prelados estadounidenses de la primera era posconciliar, pero sí el mismo desplazamiento hacia un episcopado terapéutico, inclusivo y anti-conflictivo. Desde una sensibilidad tradicional, que Nueva York pase de un Dolan, con todos sus límites, a un hombre formado en el ecosistema Cupich no es un detalle. Significa que incluso las grandes sedes americanas ya no necesitan un perfil marcadamente ideológico: basta un gestor pastoral de tono afable, obediencia romana y lenguaje sanador.

Dicho de otro modo, estos hombres no son peligrosos porque parezcan lobos. Son peligrosos porque parecen inofensivos. No exhiben la agresividad del progresismo ochentero, pero interiormente suelen compartir su misma desconfianza hacia el catolicismo definido, viril, sacrificial y jerárquico. Solo que ahora la expresan con otra gramática. Ya no ridiculizan la tradición; la relativizan. No la atacan tan de frente y la administran a la baja. Ya no hacen gestos escandalosos; construyen una atmósfera donde lo fuerte, lo nítido y lo litúrgicamente serio se vuelve marginal por simple falta de interés institucional.

Estos perfiles transmiten una masculinidad sacerdotal debilitada: gestualidad más blanda, autoridad menos paterna, mayor inclinación al lenguaje emocional y relacional, menor densidad ascética, menor gravedad y sacralidad. No conviene reducirlo a una caricatura psicológica, pero sería ingenuo negar que existe un cambio de habitus clerical. El cura de seminario de los años noventa y primeros dos mil fue socializado para no parecer demasiado firme ni demasiado separado del entorno. Debía ser accesible, sensible, más «gestor de vínculos» que custodio de un misterio. El resultado es un episcopado que en las formas puede parecer elegante y hasta cortés, pero que rara vez irradia el peso sobrenatural del oficio.

Por eso tampoco suele haber en ellos una verdadera preocupación litúrgica. No son iconoclastas litúrgicos al estilo de los años setenta, pero la liturgia ya no les importa como lugar teológico central. Les importa como marco pastoral, como escenario funcional, como soporte comunitario. En el fondo, la ausencia de guerra litúrgica no significa amor a la liturgia, sino indiferencia.

El progresismo burdo de la generacióm anterior generaba anticuerpos. Escandalizaba, despertaba resistencia, obligaba a definirse. Estos perfiles nuevos no. Son suficientemente ortodoxos en la superficie, suficientemente correctos en las formas, suficientemente institucionales en el lenguaje. No te obligan a romper con ellos, porque casi nunca dicen algo formalmente intolerable. Pero van remodelando la sensibilidad eclesial por ósmosis: menos dogma explícito, menos nervio sobrenatural, menos centralidad del sacrificio, menos conciencia de combate espiritual, menos sacerdocio como alteridad sagrada, menos liturgia como acto de adoración, más proceso, más escucha, más acompañamiento, más gestión de equilibrios y mucha sinodalidad sinodalita.

En ese sentido pueden ser más peligrosos. El viejo progresista producía choque. El nuevo produce disolución. El primero parecía un adversario. El segundo se presenta como obispo normal. Un modelo posheroico, poslitúrgico, posdogmático en el tono, aunque no siempre en la letra; una Iglesia que todavía conserva el vocabulario católico, pero lo pronuncia cada vez con menos rotundidad.

Miguel Escrivá

martes, 10 de marzo de 2026

Pues claro que fuera de la Iglesia no hay salvación



El viejo adagio de extra ecclesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación, se pone a menudo como ejemplo de algo que es difícil o imposible de creer o, peor aún, de algo que la Iglesia creyó ingenuamente en algún momento, pero hace tiempo que ya no cree. Eso, me temo, dice muy poco sobre el adagio y mucho sobre nuestra desoladora falta de fe posmoderna.

Cuando alguien rechaza la verdad de que fuera de la Iglesia no hay salvación, en realidad lo que sucede es que no tiene fe. Extra ecclesiam nulla salus solo es una forma alternativa o indirecta de enunciar el núcleo mismo de la fe católica. Ese núcleo de la fe, su anuncio esencial o kerigma, es que Dios envió a su Hijo hecho carne para nuestra salvación y, por lo tanto, no se nos ha dado otro nombre bajo el cielo que pueda salvarnos.

Si es cierto el milagro de los milagros, si, asombrosamente, el Verbo eterno se ha encarnado, ha muerto y ha resucitado para nuestra salvación, es evidente que ninguna otra cosa se le compara ni puede salvar. Luego los que piensan que todas las religiones llevan a Dios, en realidad, no creen de verdad que el Hijo de Dios se haya encarnado, porque si lo creyeran no pondrían cosas infinitamente distintas en el mismo plano.

Decir que fuera de la Iglesia no hay salvación es lo mismo que decir que solo Cristo nos salva, porque forma parte de la Iglesia quien ha sido redimido por Cristo, quien se ha unido a su muerte y resurrección por el bautismo para recibir la vida eterna que Él ha ganado para nosotros. Se trata de una necesidad lógica, casi una tautología: si solo nos salvamos mediante la unión con Cristo y los que están unidos a Cristo son los que forman la Iglesia, solo podemos salvarnos en la Iglesia.

Por lo tanto, por mucho que escandalice a algunos, en el cielo solo hay católicos. No puede haber ningún ser humano en el cielo que no sea católico, que no pertenezca a la Iglesia Católica, que es la Iglesia de Cristo. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y nadie puede salvarse sin estar unido a Cristo como parte de su cuerpo.

La misma Escritura nos da una imagen bellísima de esta verdad al enseñar de que la Iglesia es la esposa de Cristo. Cristo ha desposado a la Iglesia y se ha hecho con ella una sola carne, un solo cuerpo, de manera que nadie los pueda separar y que los miembros vivos de la Iglesia suban con su Señor al cielo al terminar su vida terrena. Otra imagen maravillosa es la de nuestra Señora al pie de la cruz. La Virgen María, que es Madre e imagen perfecta de la Iglesia, no se dejó separar de Cristo y permaneció siempre junto a él. Para ir al cielo hay que imitarla y, como dijo el mismo Cristo, tenerla por Madre nuestra y que ella nos tenga por hijos suyos. Lo mismo sucede con la Iglesia: hay que tenerla por Madre para poder ir al cielo.

Precisamente porque extra ecclesiam nulla salus es una verdad que toca al centro mismo de la fe católica, ha sido afirmado desde siempre por la Escritura, la Tradición y los padres de la Iglesia, con diversas formulaciones. Sería imposible recoger aquí los innumerables testimonios de ello, desde el salus extra ecclesiam non est de San Cipriano a la afirmación de que la Iglesia “es el arca de Noé y quien no se encuentre en ella perecerá cuando llegue el diluvio” de San Jerónimo o al “quien no quiere tener a la Iglesia por Madre no tendrá a Dios por Padre” de San Agustín. Papas, concilios, catecismos, santos y doctores de la Iglesia siempre han dicho lo mismo, de forma unánime, lo que indica sin lugar a dudas que se trata de una enseñanza de fe infalible para los católicos. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Por eso, como enseña el Catecismo, “no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negaran a entrar o a perseverar en ella”.

Demos un paso más. ¿Cómo se entra en la Iglesia? Lo saben hasta los niños de primera comunión: por el bautismo. Ya lo decía Santo Tomás: “el bautismo sirve para que los bautizados se incorporen a Cristo como miembros suyos”, es decir, como parte de la Iglesia, que es su cuerpo. Por lo tanto, el bautismo es necesario para la salvación. De nuevo, es una conclusión lógica: si hay que pertenecer a la Iglesia para salvarse y en la Iglesia se entra por el bautismo, hay que recibir el bautismo para poder salvarse.

El bautismo es, en efecto, algo maravilloso. Como enseña Santo Tomás, “el bautismo abre al bautizado la puerta del reino de los cielos, en cuanto le incorpora a la pasión de Cristo aplicándole la virtud de sus méritos”. A fin de cuentas, es el último encargo que hizo Cristo a la Iglesia: id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

No nos quedemos solo en esto y vayamos un poco más allá. Como decían los escolásticos, pensar es distinguir, así que distingamos. ¿Qué es lo que salva en el bautismo, lo que nos une a Cristo y nos introduce en la Iglesia para que podamos ir al cielo? ¿Es la vestidura blanca? Evidentemente, no, porque alguien puede ser bautizado sin vestidura blanca. ¿Los padrinos? Tampoco. ¿Las velas, el agua, el sacerdote, el aceite, las palabras? En última instancia, no, porque ninguna criatura puede salvar; solo Dios salva. ¿Qué es lo que nos salva, entonces? La acción de Dios en el bautismo, es decir, la gracia del bautismo. Por pura gracia habéis sido salvados, dice San Pablo.

Esta distinción es muy importante, porque desde el principio la Iglesia se dio cuenta de que, si bien recibir el sacramento del bautismo es la forma de entrar en la Iglesia y de salvarse, en ocasiones extraordinarias Dios puede dar la gracia del bautismo a los que no han podido recibir el sacramento. Así lo enseña San Agustín, por ejemplo: “algunos recibieron y les aprovechó la santificación invisible sin los sacramentos visibles”.

El ejemplo más claro es el de los justos del Antiguo Testamento. Cristo mismo bajó a los infiernos para llevarlos al cielo, como proclamamos en el credo. No recibieron formalmente o visiblemente el sacramento del bautismo, que no se había establecido todavía cuando ellos vivieron, pero sí recibieron materialmente y de forma extraordinaria la gracia que confiere el bautismo en el momento de la resurrección de Cristo. Algunos de ellos habían recibido durante su vida la prefiguración del sacramento, su anuncio, que era la circuncisión, pero tampoco esa circuncisión salvaba por sí misma, como dice San Pablo: de nada valen la circuncisión o la incircuncisión. Lo que vale, lo que salva, es la gracia del bautismo. Nadie ha dudado nunca de que los justos del Antiguo Testamento hayan recibido esta gracia y, de hecho, muchos de ellos están en el calendario romano como santos, luego Dios puede dar la gracia del bautismo sin el sacramento formal.

¿Valía esto solo para el periodo anterior a Cristo? No. El primer santo de la Iglesia naciente no recibió el bautismo. San Dimas, el buen ladrón, fue canonizado por el mismo Cristo, que le dijo, justo antes de morir: hoy estarás conmigo en el paraíso. Dimas murió después de Cristo, aunque antes de su resurrección, y la Iglesia no pudo hacer otra cosa que creer las palabras del Hijo de Dios y contar a Dimas entre sus santos, aunque no hubiera recibido el bautismo.

Lo mismo afirmó la Iglesia de otros casos especialmente importantes para ella que se plantearon enseguida. ¿Qué sucede con los que mueren mientras están preparándose para el bautismo, es decir, mientras son catecúmenos? ¿Se pierden, se condenan? Desde siempre, la Iglesia dio por sentado que Dios daba la gracia del bautismo a aquellos que deseaban ese bautismo, pero, por circunstancias ajenas a su voluntad, no habían podido recibirlo. Esto era bastante frecuente en una época en que el catecumenado duraba mucho tiempo y se llamó bautismo de deseo.

Conviene hacer hincapié en el nombre: la Iglesia lo consideró un verdadero bautismo, en el sentido de que se obtenía el efecto sustancial del bautismo de recibir la salvación de Cristo y poder ir al cielo, aunque no se hubiera recibido formalmente el sacramento. Los efectos accidentales o secundarios, sin embargo, no necesariamente eran los mismos y Santo Tomás enseñaba que el perdón de los pecados es aún más perfecto en la recepción del sacramento, aunque se realice ya sustancialmente con el mero deseo del bautismo.

¿Qué sucede con los que mueren por Cristo sin estar bautizados? De nuevo, era un caso relativamente frecuente en la Iglesia antigua. Tal era el testimonio de fe de los mártires, que sucedía a veces que algunos de sus verdugos, admirados, abrazaban allí mismo la fe y eran martirizados con los cristianos. Desde el principio, la Iglesia lo asimiló al bautismo de deseo. En efecto, se entiende que quien muere por Cristo desea el bautismo, aunque solo sea implícitamente en el sentido de desear la unión con Cristo y su salvación. Esto se llamó el bautismo de sangre y, según Santo Tomás, sus efectos son ligeramente distintos en lo accidental (más perfectos que el mero bautismo de deseo), pero no en lo sustancial, ya que también proporciona el perdón de los pecados y la salvación eterna.

Así sucedió, por ejemplo, con Santa Emerenciana, que recibió el martirio sin estar bautizada, mientras rezaba junto al sepulcro de Santa Inés. Incluso los niños sin uso de razón pueden recibir este bautismo, como muestra el caso de los santos inocentes. A fin de cuentas, así lo prometió Jesucristo y nosotros no podemos hacer otra cosa que creer sus palabras: quien pierda su vida por mí, la encontrará.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, tanto el bautismo de deseo como el de sangre “producen los frutos del bautismo sin ser sacramento”. Se entiende que los frutos sustanciales, porque no siempre perdonan todos los pecados, como hace el bautismo sacramental, sino solo los mortales. Además, por supuesto, el que desea el bautismo, si no muere, tiene obligación de recibir el bautismo sacramental y no es propiamente miembro de la Iglesia hasta que lo recibe.

Todo esto ha estado siempre básicamente claro entre los católicos, con algunas discusiones sobre puntos secundarios. Sin embargo, con el tiempo han ido surgiendo más preguntas. ¿Qué sucede con aquellos que no han oído hablar nunca de Cristo y, por lo tanto, no han podido desear formalmente unirse a Él ni recibir su salvación ni ser bautizados? ¿Qué pasa con los niños que mueren antes de ser bautizados?

A diferencia de los casos anteriores, que siempre estuvieron sustancialmente claros porque Dios mismo había dejado clara la cuestión dando visiblemente la fe y la caridad sobrenaturales a los que recibieron el bautismo de deseo o de sangre, estos otros dos casos han hecho correr ríos de tinta entre los teólogos a lo largo de los siglos. Se han dado multitud de respuestas distintas a esas preguntas.


Algunos, como San Agustín, consideraban que el infierno era la única posibilidad, aunque en distintos grados y con una “pena suavísima” en el caso de los niños sin pecado personal. Otros teorizaron la existencia de una tercera posibilidad entre el cielo y el infierno: el limbo de los niños, que sería un lugar de felicidad natural, aunque sin la contemplación de Dios propia del cielo. En tiempos más modernos, aunque antes del Vaticano II, era frecuente pensar que Dios, de alguna manera, podía dar a personas que no habían conocido el cristianismo el don de la fe por una revelación privada antes de morir, para que pudieran decidirse por Cristo o contra Él.

En tiempos aún más modernos, los nuestros, lo más habitual entre los teólogos es pensar que, entre los que no conocen a Cristo de forma inculpable, puede haber una cierta “fe implícita” o “deseo implícito del bautismo” manifestados en su actitud ante lo que vislumbran de Él, a saber, la ley natural, la verdad, el bien, el amor natural al prójimo, etc., lo que podría ser suficiente para que Dios les diera la gracia de la salvación en Cristo. Conviene señalar que se trata de la postura moderna, pero con raíces bastante anteriores, porque ya el catecismo de San Pío X hablaba de la posibilidad de deseo implícito del bautismo.

Todas esas posibilidades y sus numerosas variantes son, en principio, posibles a la luz de la revelación. Como han hecho los teólogos durante dos milenios, se puede hablar de ellas hasta la extenuación, porque cada una tiene sus puntos débiles y sus puntos fuertes. En cualquier caso, lo importante es esto: se trata de meras hipótesis, apoyadas en diferentes partes de la Escritura. Según la época, unas han sido más populares que otras y han aparecido incluso en los textos catequéticos de la Iglesia, pero siempre han sido opiniones teológicas, no parte de la fe. Aunque hoy prevalezca la teoría de la fe implícita salvífica, eso no significa que sea por ello más valiosa o tenga más autoridad que la teoría del limbo, por ejemplo. Todas son hipótesis teológicas que caben dentro de los parámetros que nos marca la fe, pero no por eso dejan de ser hipótesis.

Repitámoslo: en principio, la fe no nos dice lo que pasa con esas personas. No lo sabemos, porque corresponde al ámbito de la libertad soberana de Dios. Podemos imaginar, como han hecho los teólogos, diferentes cosas que podría hacer Dios con ellas, pero no se nos ha revelado explícitamente qué es lo que Dios hace con cada persona en concreto (entre otras cosas, porque para entender de verdad eso haría falta ser Dios mismo), que además no tiene por qué ser lo mismo para cada una. Por lo tanto, cuando se habla de cualquiera de estas teorías para responder a las preguntas de la gente sobre el tema de la salvación de los no bautizados, siempre hay que dejar clara la diferencia entre la fe y nuestras hipótesis o especulaciones. No hacerlo es engañar al que nos escucha y, en cierto modo, incluso tentar a Dios, pretendiendo que haga nuestra voluntad y no la suya.

¿Cuál es, entonces, la actitud del cristiano ante las personas que mueren sin bautizar? Como muy bien dice el catecismo, confiarlas a la misericordia de Dios. Es decir, mutatis mutandis, lo mismo que hacemos con los que mueren bautizados. Rezar por ellos con insistencia y constancia, pero con la tranquilidad y la paz de saber que, por mucho que nosotros los queramos, más los quiere Dios. Los caminos de Dios son más altos que los nuestros y pretender meter esos caminos en nuestra cabeza solo lleva que nos estalle. La humildad es la verdad y la verdad es que casi siempre Dios sabe y nosotros no.

Antes de terminar con este larguísimo artículo, hay que tratar brevemente una última cuestión: ¿las hipótesis más modernas sobre la fe implícita como posibilidad de salvación de los paganos han causado el abandono de la evangelización? Esto es algo que se sugiere muy a menudo en reacción a la popularidad moderna de esa hipótesis teológica, que coincide en el tiempo con un claro desinterés e incluso rechazo por la evangelización.

A mi entender, sin embargo, la respuesta es no. Veamos una analogía reveladora. ¿Es cierto que Dios puede cuidar de mis hijos, haciendo que baje pan del cielo para alimentarlos, enviándoles profetas que les instruyan en la fe y ordenando a ángeles que vayan por delante de ellos para que su pie no tropiece en la piedra? Para un católico, la respuesta solo puede ser un “por supuesto que puede”. Sin embargo, nadie decide por eso que lo mejor es no alimentar, educar y cuidar a sus hijos y dejar que lo haga Dios. Es más, si alguien lo hiciera, todos consideraríamos que es un miserable y que, en realidad, lo que sucede no es que confíe mucho en Dios, sino que no quiere a sus hijos en absoluto.

Lo mismo sucede con la evangelización. ¿Puede Dios salvar a cualquier persona sin necesidad de que nosotros la evangelicemos? Por supuesto que puede. Pero, si nos importan los demás, no por eso dejaremos de darles lo mejor que tenemos, que es la salvación de Cristo. Y si dejamos de evangelizar, no será porque sepamos que Dios puede salvarles de otra manera, sino porque somos unos miserables, porque esas personas no nos importan en absoluto, porque estamos mucho más a gusto en nuestro sofá viendo la televisión y porque, en realidad, no creemos que eso de la salvación sea muy importante.

Reconozcámoslo y no echemos balones fuera: la falta de evangelización viene de nuestra pereza, de nuestro aburguesamiento y de nuestra falta de fe, no de la verdad indiscutible de que Dios puede salvar a los paganos de otra forma, si le parece oportuno. Por supuesto, cualquier sinvergüenza puede intentar apelar a esa verdad como excusa para no evangelizar, pero, igual que en el caso del padre sinvergüenza, no cabe duda de que no es más que una triste excusa que, en realidad, no tiene nada que ver con su miserable comportamiento.

En cambio, sí podría haber un cierto peligro en ese sentido cuando se exagera el alcance de la hipótesis teológica de la fe implícita, pretendiendo que sabemos con seguridad lo que va a hacer Dios con los no bautizados, en lugar de lo que puede hacer Dios con ellos (y también puede no hacer). En efecto, si tuviéramos la seguridad de que Dios los va a salvar automáticamente de todas formas y hagamos lo que hagamos, nuestra urgencia por evangelizar no desaparecería, pero sí disminuiría considerablemente. En cualquier caso, lo cierto es que no lo sabemos porque no somos Dios. Lo que sabemos es que Dios nos pide que evangelicemos y que lo mejor que podemos dar a los que no creen es la fe, el bautismo y la pertenencia a la Iglesia, que son los medios visibles y objetivos de salvación.

Como resumen de todo esto, quedémonos con lo importante: sigue siendo cierto (porque no puede dejar de serlo) que la gracia del bautismo, y por lo tanto la pertenencia a la Iglesia, son esenciales para ir al cielo, pero también es cierto (y siempre lo ha sido) que a veces esa gracia se puede recibir directamente de Dios y no por medio de un ministro humano, como por ejemplo en el bautismo de deseo o de sangre. Lo que pase de ahí son teorías, que nos pueden gustar o satisfacer más o menos, pero que no debemos confundir con la fe.

Bruno Moreno