
La presencia de Sarah Mullally, responsable de la sede de Canterbury dentro de la Comunión Anglicana, en la Capilla Clementina —en la cripta de la Basílica de San Pedro— ha generado controversia tras difundirse imágenes en las que aparece realizando un gesto de bendición en uno de los lugares más próximos a la tumba del apóstol.
El episodio adquiere mayor relevancia porque Mullally tiene previsto reunirse el próximo lunes con León XIV, en un encuentro que ya estaba programado y que ahora queda precedido por este gesto de fuerte carga simbólica.
La Comunión Anglicana atraviesa desde hace años una fractura interna profunda, derivada en gran parte de decisiones doctrinales como la ordenación de mujeres y otros cambios disciplinares. Estas decisiones han provocado la ruptura de la comunión entre distintas provincias anglicanas y la aparición de estructuras paralelas.
Desde el punto de vista doctrinal católico, la cuestión está definida de forma precisa desde el siglo XIX. La bula Apostolicae Curae de León XIII, en cuya elaboración tuvo un papel relevante el cardenal Merry del Val, declaró inválidas las órdenes anglicanas. El documento concluye que no existe sucesión apostólica válida en la Comunión Anglicana debido a defectos en la forma y en la intención de los ritos de ordenación tras la Reforma.
En este marco, los gestos que implican actos propios del ministerio sacerdotal en espacios litúrgicos católicos no pueden interpretarse como equivalentes a los de un ministro ordenado válidamente según la doctrina católica.
El episodio en la Capilla Clementina introduce así un elemento de confusión objetiva, al producirse en un lugar de máximo significado dentro de la Iglesia y en un contexto en el que la doctrina sobre el sacerdocio y la sucesión apostólica está claramente establecida. Este tipo de gestos no se corresponde con un ecumenismo basado en la claridad doctrinal, sino que diluye los límites que la propia Iglesia ha definido con precisión.