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miércoles, 4 de marzo de 2026

La siniestra transformación del comunismo contra la fe



El mundo asiste hoy a una siniestra transformación del comunismo que amenaza con borrar los cimientos de la civilización cristiana. Tras la Guerra Fría, la memoria colectiva parece haber olvidado que las ideologías marxistas asesinaron a 61 millones de personas en la Unión Soviética. Hoy, el Partido Comunista Chino (PCCh) recoge ese testigo sangriento con 60 millones de asesinatos y una cifra escalofriante de 330 millones de abortos forzados. Esta maquinaria de muerte no solo ataca la libertad física, sino que busca aniquilar la dimensión espiritual del hombre. El comunismo es un sistema que odia a Dios y esclaviza la conciencia humana bajo un materialismo ateo y despiadado.

El genocidio silencioso y la guerra contra la persona

La sustracción de órganos y el desprecio por la dignidad

La matanza en China persiste bajo formas que desafían la imaginación más perversa. La comunidad de inteligencia alerta sobre un aumento exponencial en la sustracción forzada de órganos durante las últimas dos décadas. El régimen utiliza 93 hospitales militares estatales para ejecutar trasplantes que esconden, en realidad, asesinatos sistemáticos. Estiman que esta práctica horrenda ha provocado ya 3 millones de muertes. Este desprecio absoluto por la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, demuestra que el comunismo moderno es incompatible con cualquier valor ético o religioso.

El adoctrinamiento de una nación hipnotizada

China no practica un «comunismo light»; ejerce una opresión asesina y atea sobre 1.400 millones de ciudadanos. El régimen ha hipnotizado a su población mediante un adoctrinamiento feroz desde el nacimiento. Sus ciudadanos carecen de libertad de expresión y, lo que es peor, sufren un vacío espiritual impuesto. El PCCh busca que sus súbditos odien a Dios para que solo adoren al Estado. Esta guerra contra el Creador es la base de su sistema, pues saben que un hombre con fe es un hombre libre que no se arrodilla ante el tirano.

El control digital y el crédito social

La tecnología actual permite al comunismo implementar metodologías de rastreo que antes eran imposibles. Los sistemas de vigilancia biométrica, el almacenamiento de patrones de comportamiento y la venta de ADN como mercancía configuran lo que muchos llaman el «sistema de la bestia». El sistema de crédito social chino premia la sumisión y castiga la disidencia, eliminando la individualidad y la libertad religiosa. Este modelo de control totalitario ya no se limita a las fronteras chinas, sino que sus muros se ciernen peligrosamente sobre las democracias occidentales a través de la infiltración tecnológica.

La imitación china de la Unión Europea: el fin de la libertad occidental

El Euro Digital y el control financiero absoluto

Resulta alarmante observar cómo las instituciones de Bruselas adoptan, paso a paso, la metodología de restricción del Partido Comunista Chino. El proyecto del Euro Digital no es una simple modernización financiera, sino el instrumento definitivo para el control social. Al igual que el sistema de pago electrónico en China, esta divisa permitiría al Estado rastrear cada transacción, limitando la libertad de compra según el comportamiento del ciudadano. Si la UE logra imponer esta moneda programable, tendrá el poder de congelar los ahorros de quienes defiendan la familia natural o se opongan a las agendas globalistas, imitando el castigo financiero que el PCCh aplica a sus disidentes.

Persecución del disidente y censura digital

La persecución del disidente en suelo europeo ha dejado de ser una distopía para convertirse en una realidad legal. Bajo el pretexto de combatir el «discurso de odio», la Unión Europea implementa normativas de censura que recuerdan al Gran Cortafuegos chino. Estas leyes no buscan proteger al ciudadano, sino silenciar a quienes defienden la vida desde la concepción o la unidad de España. La vigilancia masiva de las redes sociales y la presión sobre las plataformas tecnológicas crean un entorno de autocensura donde la libertad de expresión agoniza. La UE, en su deriva autoritaria, etiqueta como «desinformación» cualquier verdad que contradiga el dogma oficial, estableciendo un sistema de pensamiento único propio de los regímenes maoístas.

El modelo de crédito social encubierto

El control poblacional en Europa avanza mediante un sistema de «crédito social» encubierto. A través de normativas climáticas restrictivas y certificados digitales de comportamiento, la UE condiciona el acceso a servicios básicos según la obediencia del individuo. Este rastro digital permite a la burocracia de Bruselas clasificar a los ciudadanos, beneficiando a los sumisos y marginando a los patriotas. Es una copia fiel de la tiranía atea china: un sistema donde la libertad es un privilegio otorgado por el Estado y no un derecho inherente al ser humano creado por Dios.
La Unión Europea ha decidido importar la tiranía de Pekín, transformando nuestras democracias en una cárcel digital donde la fe y la disidencia son tratadas como delitos.
El deber de resistir al mal

El avance del comunismo y su siniestra transformación en un ente globalista y tecnológico nos obliga a una resistencia firme. No podemos ser tibios frente a un aparato que es inalterablemente anticristiano. La victoria final pertenece a Dios, pero nuestra responsabilidad es proteger a nuestras familias y nuestra libertad de este embaucador que busca la oscuridad del alma humana.
El comunismo no busca solo el poder político, sino la aniquilación total de la creencia en Dios para sustituir al Creador por la tiranía absoluta del Estado.

P. Charles Murr: “En democracia, la mayoría acaba tragando con los principios masónicos liberales”





El P. Charles Murr es un prestigioso escritor, lingüista, educador, y narrador estadounidense. Trabajó estrechamente con el Cardenal Édouard Gagnon en la peligrosa misión que Pablo VI había encomendado a esta eminente figura: investigar la curia del Vaticano para descubrir la pertenencia a la masonería.

El periodista Javier Navascués le entrevista con motivo de su participación en el próximo Congreso de Luz de Trento, el próximo 14 de marzo en Madrid, en el que impartirá una conferencia sobre la infiltración masónica en la Iglesia. Por su interés reproducimos dicha entrevista.

¿Por qué La Masonería ha sido siempre considerada en la Apologética Católica como uno de los mayores peligros para el fiel y para las naciones?

Porque la Masonería en su esencia existe antes del comienzo de la Iglesia. Para ver su raíz hay que ir al jardín del Edén, la tentación diabólica de conocer más que Dios, el árbol del bien y del mal. Luego al principio del cristianismo tenemos el gnosticismo, un grupo de personas que tienen una sabiduría secreta, que la mayoría de seres humanos no pueden entender ni están invitados a conocer. Es para un grupo selecto. Esto atrae mucho al hombre, decirle que se tiene un conocimiento que ellos no pueden alcanzar. Y así todo el mundo lo quiere tener.

La atracción, casi mística, oculta de la Masonería es muy grande para muchas personas. Además estos conocimientos ocultos y secretos son para unos pocos iniciados. Estos conocimientos van radicalmente en contra de todos principios católicos que han regido en la Iglesia durante más de 2000 años. En definitiva, es una organización diabólica porque se basa en la primera tentación que dio el diablo a Eva, comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. En el fondo es una rebeldía profunda contra Dios, que el hombre decida lo que está bien y lo que está mal. Esta tentación para el hombre es más fuerte incluso que la tentación sexual, el ser como Dios, tener todo el poder.

Se habla de la Masonería como uno de los instrumentos de corrupción de costumbres más devastadores para una nación. ¿Cómo influye en la proliferación de los vicios y toda la degeneración de la sociedad?

La Iglesia, nuestra Madre, con todos los defectos de sus miembros, siempre ha trabajado para ennoblecer al hombre, para que la criatura sea llena de gracia. En cambio la Masonería existe precisamente para todo lo contrario, para despojar al hombre de toda su nobleza. La Masonería permite todo tipo de vicios y pecados sin ningún problema. Es una secta muy especial, pues sus miembros no viven según la moral. Además han echado a perder muchas generaciones con la promoción de la pornografía. Es un vicio que psicológicamente es muy difícil de erradicar, es el vicio más fuerte que existe hoy en día. A través de la adicción a la pornografía no solo toman el control del hombre de manera individual, sino también de manera colectiva. Así es mucho más fácil controlar a las naciones.

Incluso algunos católicos dicen que la Masonería no es un grupo tan poderoso e influyente, que sólo es un tema pasado y de conspiranoicos.

La prueba de que la Masonería tiene mucha influencia es que todas las naciones fueron infiltradas por los masones para promover la revolución y terminar con el orden cristiano. Esto se ve claramente en Europa desde la Revolución Francesa y en América. Ellos van a conquistar el poder y desde allí intentar inculcar sus ideas malvadas a todos los hombres. Están detrás de todos los gobiernos y de sus políticas contra la ley de Dios. Pensemos en el aborto, eutanasia, uniones contra natura, ideología de género…y toda la perversión actual.

Muchos Papas han hablado contra el peligro de la Masonería muy duramente…¿Puede poner algún ejemplo?

Ya el Papa Clemente XII condenó formalmente la masonería el 28 de abril de 1738 mediante la bula In eminenti apostolatus specula, marcando la primera prohibición oficial de la Iglesia Católica contra esta organización diabólica.

Y desde entonces han sido muchos Papas los que han condenado abiertamente la Masonería. La Humanum Genus de León XIII fue un documento muy importante de condena expresa a la Masonería. También otros Papas como Pío IX o San Pío X tienen enseñanzas muy claras al respecto. El propio Papa León XIII pagó con su propio dinero una profunda investigación sobre la Masonería.

¿Cuándo empezó la infiltración masónica en la Iglesia?

La Masonería en la Iglesia entró a través del Modernismo para destruir la ortodoxia de la religión católica. El modernismo, de origen protestante, penetró en la Iglesia aproximadamente en el año 1750. Lo más grave fue negar la divinidad de Cristo y negar la Sagrada Escritura. Niegan los milagros para negar que Cristo es Dios y lo reducen a un simple maestro. Por ejemplo dicen que el milagro de la multiplicación de los panes y los peces fue simplemente un milagro de generosidad. De repente todo el mundo se puso a compartir los alimentos que ya traían. Algo absurdo.

El protestantismo permite que cada persona interprete la Sagrada Escritura como quiera, sin ningún límite, ni dirección. Cada uno es su propio Papa. El subjetivismo protestante tuvo una nefasta influencia en muchos filósofos como Kant o Hegel…Este subjetivismo hace que la realidad sea como yo quiero que sea, lo más opuesto al realismo tomista. Por eso Santo Tomás de Aquino es tan odiado.

¿Cuándo empezó a tomar poder la Masonería en la Iglesia?

San Pío X tuvo una actitud noble para acabar con la Masonería en la Iglesia, pero no pudo hacer la limpieza que quiso porque la mayoría de masones se quedaron escondidos, bajaron la cabeza y se quedaron en silencio durante un tiempo. A raíz del Concilio Vaticano II se sintieron más libres para expresarse abusando del espíritu liberal de la época. Ahora lamentablemente la Masonería tomó el poder en la Iglesia y ya son mayoría. Ya a partir de los años 70 tenemos a un masón nombrando los obispos de la Iglesia.

No nombran obviamente a todos los obispos masones, pero sí en su mayoría liberales abiertos a los principios masónicos. Es más peligroso que lo de la Iglesia en China porque ahí se ve claramente al enemigo. Como dice Nuestro Señor, los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz. Aunque yo siempre digo que nadie va a vencer a Nuestro Señor Jesucristo. No hay nadie más fuerte que Dios y con el tiempo todo esto va a salir a la luz. Al final de todo ganará Cristo y su Iglesia. El Inmaculado Corazón de María triunfará. Hay que seguir luchando, resistir y quedarnos dentro de la Iglesia.

Una de las acciones más eficaces de la Masonería fue sacar a los fieles de la Iglesia. Esto lo ha hecho ridiculizando los sacramentos o promoviendo campañas sobre los abusos en la Iglesia, difundiendo la Leyenda Negra contra España y contra la Iglesia. Esto ha hecho mucho daño en toda América latina. Esta Leyenda Negra que empezó como un chisme, ahora ha llegado a los libros de texto de nuestros niños.

¿Cómo se ha extendido el espíritu de la masonería en el mundo?

El espíritu mundial de la Masonería se ha extendido a través del liberalismo. La mayoría de personas que viven en democracia acaban tragando con los principios masónicos liberales (masones sin mandil). Incluso los comunistas en China declaran que ellos son demócratas. O los comunistas de Rusia decían que ellos eran libres para votar, cuando había solo un candidato.

La Masonería no reconoce los derechos de Dios porque ellos no toleran que Dios sea más grande que el Estado y que haya que obedecer a Dios antes que a los hombres.

martes, 3 de marzo de 2026

El parto virginal de nuestra Señora (Bruno Moreno)




No nos merecemos la liturgia de la Iglesia. Es un arca del tesoro incomparable, de la que podríamos sacar lo viejo y lo nuevo, como dice el Evangelio. En cambio, lo habitual es que nos entre por un oído y salga por el otro, sin pena ni gloria y sin que nos enteremos de nada. ¡Qué desperdicio! Me atrevo a decir que, si meditásemos un poco los textos litúrgicos, podríamos saber más teología que la mitad de los que se dedican a enseñar esa materia en las universidades.

Veamos un ejemplo de hace un par de días. En estos tiempos recios en que vivimos, he perdido la cuenta de los supuestos expertos en teología a los que he oído criticar o negar el parto virginal de nuestra Señora, e incluso su virginidad en general, a pesar de que forma parte del credo (“nació de María Virgen”) y, por supuesto, de la Palabra de Dios.

Lo cierto es que la Iglesia ha enseñado siempre, como doctrina de fe, el parto virginal de nuestra Señora, que permaneció virgen antes, durante y después del parto, según la formulación clásica. Ya en el siglo segundo, la virginidad perpetua de María es mencionada en el llamado Protoevangelio de Santiago y la excepcionalidad de su parto en las Odas de Salomón o en la Ascensión de Isaías (todos ellos textos seudoepigráficos datados en los siglos I y II).

En el siglo IV, San Agustín diría, en sus Homilías, que “María fue virgen al concebir a su Hijo, virgen durante el embarazo, virgen durante el parto, virgen después del parto, virgen siempre”. San Jerónimo defendió la virginidad “después del parto” contra los herejes antidicomarianitas. También San Efrén, en Oriente, habla del parto sin dolor de la Virgen, porque de otro modo “no podría ser llamada bienaventurada” y compara la salida de Jesús del seno virginal con su entrada tras la resurrección en el cenáculo “con las puertas cerradas”. El credo de San Epifanio (a finales de ese mismo siglo IV) llamaba a nuestra Señora la “siempre virgen” (aeiparthenos en griego) y, en el año 553, el II Concilio de Constantinopla recogió dogmáticamente esa expresión: “la siempre virgen María, de la que nació el Verbo encarnado”. El Papa Horsmisdas enseñó que Cristo nació “sin menoscabar la virginidad de su madre”, en “un parto sin corrupción”.

Tiempo después, en el siglo XVI, El Papa Pablo IV acuñaría la fórmula clásica de “virgen antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto”. Se trata de una doctrina tan asentada en la Iglesia que incluso Lutero y Calvino, que habían abandonado tantas enseñanzas católicas, la mantuvieron al separarse de Roma.

También en los tiempos más recientes la Iglesia ha reafirmado estas verdades. El Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium, dice que el parto virginal de nuestra Señora, “lejos de menoscabar, consagró su integridad virginal”, y la Iglesia la honra como la “siempre virgen”. El credo del Pueblo de Dios, de Pablo VI enseña que “creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado”. Lo mismo han recordado los papas posteriores.

Como hemos dicho antes, sin embargo, abundan los expertos “teólogos” que niegan la virginidad perpetua y el parto virginal. Para defender sus disparates contrarios a la fe católica, arguyen generalmente (y gnósticamente) que la virginidad es algo meramente “espiritual”, que lo que importa es la “actitud” de la Virgen y no la materialidad corporal de la virginidad. Nos da igual que la Virgen fuera realmente virgen o no, dicen, lo que importa es otra cosa. Al contrario, que el parto de María fuera exactamente igual que el de cualquier otra mujer hace que sea más cercana a nosotros.

Por supuesto, es patente que esa argumentación lo único que encierra es una radical incredulidad, que intenta eliminar todo aspecto sobrenatural del cristianismo porque sus defensores hace tiempo que ya no tienen fe. Conviene, sin embargo, que sepamos responder a esas alegaciones. ¿No importa nada la virginidad corporal de nuestra Señora? ¿Se trata, más bien, de una “actitud” interior? ¿María estaría más cerca de nosotros con un parto igual que todos los demás?

Por suerte para nosotros, la liturgia de la Iglesia nos lo explica en estos días de Navidad. La oración de la Liturgia de las Horas del viernes pasado (repetida en laudes, vísperas, la hora intermedia y el oficio de lecturas, para que penetre bien en nuestra mente), nos decía:


“Dios nuestro, que quisiste que en el parto de la santísima Virgen María la carne de tu Hijo no quedara sometida a la antigua sentencia dada al género humano, concédenos, ya que por el nacimiento de Cristo hemos entrado a participar de esta renovación de la creatura, que nos veamos libres del contagio de la antigua condición”.

Esta oración no tiene desperdicio y responde perfectamente a las capciosas argumentaciones de los pseudoteólogos que niegan la virginidad perpetua de nuestra Señora. En efecto, muestra que, lejos de ser algo sin importancia, la perpetua virginidad material, corporal y real de Santa María es una primicia de nuestra salvación. Es un anuncio que nos confirma que Dios puede salvarnos y nos va a salvar de la muerte y el pecado.

Tras el primer pecado, Dios, el sumo Juez, anuncia a la serpiente, al hombre y a la mujer la sentencia que va a caer sobre ellos. A la mujer le dice: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Como enseña la Iglesia, esta no es la única consecuencia del pecado para las mujeres posteriores, sino que también perdieron (al igual que los hombres) los dones preternaturales del paraíso, su naturaleza buena quedó dañada e inclinada al mal, se rompió su relación con Dios y la muerte entró en el mundo. Todo eso, para las mujeres, queda resumido en el sufrimiento que conllevará desde entonces lo más profundo de la mujer, que es la maternidad: con dolor parirás los hijos, tantas serán tus fatigas como tus embarazos.

Por eso es inmensamente significativo que el parto de la Virgen sea sin dolor y virginal. El parto excepcional de nuestra Señora es una primicia de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado, porque anula la condena de Eva. Es precisamente la sentencia para la mujer pecadora proclamada en el Génesis la que ya no tiene poder contra la Mujer totalmente santa, la Nueva Eva. En el parto virginal de María se nos anuncia nuestra propia salvación, se muestra ante nuestros ojos para que podamos tener fe. Si Dios ya anuló las consecuencias de la antigua condena para nuestra Señora, también puede anularlas para nosotros.

Lejos de no importarnos, la corporalidad de la virginidad consagrada de Santa María es prueba fehaciente de la resurrección corporal que Cristo nos ha prometido. Sabemos que Dios tiene poder para resucitarnos con un cuerpo glorioso porque ya ha demostrado ese poder no solo en la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, sino también en el parto virginal de nuestra Señora.

En ese sentido, no es cierto que un parto “normal” haría que la Virgen estuviera más cerca de nosotros, porque lo que queremos no es que ella sea como nosotros, sino ser nosotros como ella. Solo así nos veremos libres del pecado y de sus consecuencias, de la muerte, el sufrimiento y el alejamiento de Dios. Ella es la criatura renovada, como dice la oración, que nos proclama que también nosotros podemos quedar libres del “contagio de la antigua condición”. En ella vemos lo que Dios quiere hacer con nosotros y lo que hará en nosotros, si le dejamos.

Todos los dogmas marianos nos ofrecen ese mismo anuncio de la salvación, de la creación renovada tras el daño del pecado de Adán y Eva. Las imágenes de la Inmaculada Concepción la representan pisoteando a la serpiente, porque el misterio que recuerda ese dogma es el cumplimiento de la sentencia contra el diablo: pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y el suya. Ella te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón. La virginidad perpetua y consagrada a Dios de Santa María supera la otra sentencia pronunciada sobre la mujer: sentirás atracción por tu marido y él te dominará. En la Asunción de la Virgen, se anuncia el fin de la condena de Adán: eres polvo y en polvo te convertirás. Finalmente, tanto el parto virginal de nuestra Señora como su concepción inmaculada muestran también que la victoria de Cristo va más allá del tiempo, porque ambas cosas sucedieron antes de la muerte de Cristo en la Cruz, pero como consecuencia de esa misma muerte redentora.

Cristo ha vencido al pecado y a la muerte y nos ha regalado el misterio del parto virginal de Santa María como prenda de esa victoria. ¿Cómo no vamos a alegrarnos de este misterio maravilloso de nuestra fe, que proclama el fin de la “antigua sentencia dada al género humano”? ¿Cómo vamos a dudar de él los que queremos vernos libres del “contagio de la antigua condición”? ¿Cómo nos va a dar igual a los que esperamos la resurrección gloriosa de nuestra carne mortal?

Bendito sea nuestro Señor y Salvador Jesucristo y bendita sea su Madre, siempre, siempre, siempre virgen.

Bruno Moreno

sábado, 28 de febrero de 2026

La insólita solicitud de la Santa Sede de que el Papa comparezca en el Congreso en plena crisis política



La intervención de León XIV en las Cortes españolas convertirá al Papa en actor dentro del marco político español, aunque su intención sea estrictamente moral o pastoral. No importa el contenido exacto del discurso. Importa el escenario. El hemiciclo hoy en España no es un espacio neutro ni pacífico; es un campo de fuerzas. Y allí cada palabra será leída en clave de alineamiento o de confrontación.

El Gobierno intentará capitalizar la imagen institucional. Presentará la presencia del Papa como prueba de normalidad democrática y de diálogo, incluso aunque buena parte de su agenda legislativa haya chocado frontalmente con la doctrina católica en materias nucleares. La fotografía institucional será utilizada como validación simbólica: el Estado recibe al Pontífice, el Pontífice habla ante la soberanía popular, el sistema funciona. Ese será el marco narrativo oficial.

A la vez, los socios más ideologizados del Ejecutivo reaccionarán en uno de dos registros: o la teatralización crítica —gestos de frialdad, ausencia parcial, declaraciones posteriores de desmarque— o la utilización selectiva del discurso si encuentran en él elementos compatibles con su agenda social. Si el Papa insiste en migración, pobreza o diálogo, lo apropiarán; si subraya cuestiones antropológicas o la centralidad de la vida, marcarán distancia. En ambos casos, lo convertirán en pieza de su propio relato.

La oposición, por su parte, quedará en una posición incómoda. Si aplaude con entusiasmo, será acusada de instrumentalizar la religión; si mantiene una actitud sobria, parecerá tibia ante su electorado más conservador. El resultado será una recepción fragmentada que reflejará la división estructural del país. No habrá momento de consenso transversal genuino. Habrá suma de intereses tácticos.

En el plano eclesial, el efecto será igualmente divisivo. Un sector interpretará la comparecencia como signo de presencia pública valiente. Otro la leerá como exposición innecesaria del Papa a un entorno político en descomposición que ha promovido leyes contrarias a la moral católica. Si el discurso evita confrontaciones directas con esas leyes, crecerá la percepción de acomodación; si las menciona explícitamente, se disparará la reacción política. No existe un punto neutro.

La clave está en la asimetría del riesgo. Para los actores políticos españoles, el coste es bajo: un día de debate, algunos titulares, una foto más en el archivo. Para el Papa, el coste potencial es reputacional y universal. La imagen de León XIV será proyectada internacionalmente desde un hemiciclo marcado por la crispación, y cualquier gesto —aplausos tibios, escaños vacíos, reacciones airadas— quedará fijado como símbolo.

Lo que va a suceder, por tanto, es previsible: politización inmediata, apropiación selectiva del mensaje y lectura partidista del gesto. La intervención no será evaluada en términos teológicos ni espirituales, sino en términos de utilidad política. Y el hecho de que la iniciativa haya partido de la Santa Sede intensifica esa lectura: no parecerá simplemente una cortesía institucional, sino una decisión estratégica asumida desde Roma. En un entorno polarizado, toda decisión estratégica se interpreta como toma de posición. ¿De quién ha sido la idea? ¿está la Secretaría de Estado realmente velando por los intereses del Papa? ¿es idea de Cobo, congraciándose con el Gobierno, contribuir a forzar este gesto temerario?

Tanto el viaje a Canarias, con el elevadísimo riesgo de un efecto llamada que puede acabar en tragedia; como el discurso a petición de la Santa Sede en una sesión de unas Cortes tan polarizadas, con un gobierno furibundamente anticlerical y con escándalos abiertos, son dos decisiones de viaje que parecen imprudentes. La duda es si se trata de una torpeza del cardenal Cobo (no es lápiz más afilado del estuche) o de una maniobra deliberada de una Secretaría de Estado poco atenta a los intereses del Papa.

Miguel Escrivá

viernes, 27 de febrero de 2026

Conclusiones provisorias




Luego de varias semanas de dedicarnos casi exclusivamente al tema de las consagraciones episcopales anunciadas por la FSSPX, creo que ha llegado el momento de proponer algunas conclusiones provisorias de mi parte, y retomar la línea del blog a partir de la semana próxima. Y digo que son provisorias, porque faltan aún cuatro meses para la fecha anunciada, y en ese tiempo pueden suceder muchas cosas.

Lo primero que debo decir es que la situación resulta desgarradora. Para mí, porque siento una profunda gratitud y afecto por la FSSPX. De ella he recibido los sacramentos innumerable cantidad de veces, y a ella pertenecen amigos entrañables, amistades cultivadas durante décadas. Pero también es desgarradora para la Iglesia, y lo digo en el sentido más propio: es un despedazamiento, una herida profunda y dolorosa, que privará a la Fraternidad de la pertenencia plena a la comunión visible, jerárquica y sacramental de la Esposa de Cristo y privará a ésta de las inmensas riquezas que puede aportarle, y ha aportado durante décadas, la obra de Mons. Marcel Lefebvre. No entiendo entonces, el estado de “euforia” en el que se encuentran algunos miembros de la Fraternidad; no es un signo de amor a la Iglesia sino al partido.

Cuando se anunciaron las consagraciones, compartí con los lectores del blog mi estado de perplejidad, es decir, mi estado de desconcierto y duda con respecto a la situación. La designación del cardenal Víctor Fernández para llevar adelante las conversaciones era lo natural, ya que desde los inicios mismos de la “cuestión Lefebvre” en los ’70, el encargado del tema fue el prefecto de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, comenzando con el cardenal Franjo Seper, luego Ratzinger y así hasta ahora. Y como lo dije en su momento, Tucho no es la peor opción; creo que más bien lo contrario.

Me pareció positiva la invitación que hizo el cardenal a retomar las conversaciones en el comunicado que publicó luego de la entrevista con el superior general de la Fraternidad, aunque es verdad también que volens nolens, sonó a una maniobra dilatoria. En mi opinión, debería haber propuesto un cronograma de reuniones y una fecha cierta de resolución final. Sin embargo, la carta de respuesta del P. Davide Pagliarani, fue el primer elemento que debilitó mi perplejidad. Más allá de ciertas ironías que no me parecieron apropiadas y de la acusación contra el cardenal Müller, si la carta establece que “Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal…” y que “no nos parece posible entablar un diálogo…”, resultaba claro que los superiores de la Fraternidad no tenían ninguna intención de llegar a un acuerdo con Roma. Me temo que la decisión está firmemente tomada y que aun si el Papa León se entrevistara con el P. Pagliarani, no desistirían.

No voy a entrar aquí a repetir los argumentos de un lado y del otro que se han dado para justificar o condenar las consagraciones. Más de 1300 comentarios en este blog se han encargado de dar esa discusión. Simplemente señalo dos elementos que, a mi criterio, son centrales: si la decisión de consagrar obispos responde a la necesidad de conservar la liturgia tradicional, a la Fraternidad se le ofreció —testimonio del cardenal Gerhard Müller— constituirse en ordinariato, incluso con sujeción directa al Papa, sin mediación de la Curia Romana, un enorme privilegio que la ubicaba muy por encima de los institutos ex-Ecclesia Dei y de las congregaciones históricas de la Iglesia. No lo aceptaron, y el motivo aducido fue que su lucha no es solamente litúrgica sino también doctrinal. Lo que yo me pregunto entonces, es qué ganan con dar esa lucha doctrinal desde fuera. Me parece que el efecto es exactamente el contrario: nadie les hará caso, más que los propios, porque las críticas, seguramente justas y certeras, se atribuirán al grupo de extremistas, cismáticos, excomulgados, rebeldes y tantos otros epítetos que hace mucho habían dejado de sonar.

¿Qué es lo que ocurrirá luego de la consagraciones? Nos adentramos aquí en el terreno de los pronósticos y, por tanto, si siempre soy falible, en estos pantanos lo soy más aún. En primer lugar, creo que para la FSSPX será un punto de no retorno, y por una cuestión propia de la naturaleza humana. Los hábitos se constituyen por la repetición de actos, y si una institución, conformada por hombres, ha pasado cuarenta años y pasará otros tantos sin relación de obediencia alguna con Roma y con la jerarquía visible de la Iglesia, adquirió ya y consolidará el hábito de hacer lo que le parece, y como los hábitos producen cierto placer en su ejecución, la Fraternidad, o al menos buena parte de sus miembros, se sienten cómodos, e incluso “eufóricos” cuando se les da la posibilidad de rebelarse contra las ordenes expresas del Sumo Pontífice. Eso no se soluciona de un día para otro, ni de un año para otro.

Para seguir adentrándonos en los futuribles, debemos tener presente que no sirve comparar la situación actual con lo ocurrido en 1988. En ese momento, el interlocutor era el cardenal Ratzinger, que había padecido la reforma litúrgica del posconcilio y comprendía al mundo tradicional. Y el Papa era Juan Pablo II, que estaba siempre preparando su próximo viaje, confiaba en Ratzinger y lo dejaba hacer. Las circunstancias actuales son muy distintas. Y esto lleva, entonces, a plantear algunas hipótesis:

1. Seguramente habrán desprendimientos de sacerdotes y fieles en la Fraternidad, pero no serán masivos sino puntuales. Se darán sobre todo en los distritos de Austria, Alemania, Bélgica y Estados Unidos que, según me confirmaban ayer, están muy, pero muy disgustados con la decisión, pero aún así no me parece que hayan grandes deserciones. Por supuesto, Roma no propiciará una nueva Fraternidad Sacerdotal San Judas Tadeo para recibir a los miembros de la FSSPX que decidan salir. Y me temo que tampoco los institutos ex-Ecclesia Dei estén muy dispuestos a recibirlos. En cuanto a los seglares, tampoco me parece que sean muchos los que dejen de asistir a las misas de la Fraternidad. De hecho, las excomuniones serán solamente para los obispos consagrantes y consagrados; los sacerdotes seguirán suspendidos a divinis como hasta ahora. En eso no veo cambios, más allá del mote de “cismáticos” con el que serán insultados por el mundillo neocon.

2. Algunos opinan que el ámbito Ecclesia Dei está feliz con la decisión porque suponen que Roma adoptará una actitud benévola hacia ellos. No estoy seguro que sea así. Puede que sí, pero puede que sea más bien lo contrario, y que se desate una suerte de escrutinio por parte de los lobos de la Curia Romana destinado a testear el grado de “lefebvrismo en sangre” que aún conservan los tradis en “comunión plena”, y allí vendrá el pedido de muchas pruebas de amor.

3. Hay un elemento que puede frenar esta tentativa curial y es que muy pocos días antes de las consagraciones, el 27 y 28 de junio, se realizará en Roma el consistorio extraordinario, en el que con seguridad, los cardenales de todo el mundo discutirán el tema de la liturgia, mucho más acuciante ahora que en diciembre pasado. Y tal como se vio en ese momento, aún purpurados claramente progresistas como el cardenal Höllerich, se mostraron favorables una “liberalización” de la misa tradicional. El Papa León, entonces, no tendrá solamente la opinión negativa de los curiales sino también la positiva de muchos otros cardenales. Podría darse si no una “liberalización”, al menos una mitigación de las medidas draconianas de Traditionis custodes.

4. Otro factor que puede influir también es que la ceremonia de consagraciones episcopales en Ecône tendrá una asistencia masiva, y eso impactará. Y el Papa y los obispos saben que los tradis Ecclesia Dei son muchos y viene creciendo. Por otro lado, y a medida que la generación boomer, conciliar y progre, está pasando a mejor vida, son los sacerdotes más jóvenes los que se están haciendo escuchar. Un buen ejemplo es el artículo del P. Pierre Amar publicado ayer en La Croix. No creo, entonces, que Roma se anime a una solución final y a inaugurar cámaras de gas. Probablemente, y quizás sea mucho optimismo de mi parte, comiencen a considerar la idea de una solución definitiva del problema, la que podría venir, por ejemplo, con la creación de un ordinariato como el que les fue ofrecido a la FSSPX, y rechazado por ésta. Se podrá discutir la conveniencia o no de tal medida, pero podría ser una de las propuestas de Roma.

Dios, que en su misericordia jamás abondana a la Iglesia, y María Santísima su Madre y Madre de la Iglesia, pueden depararnos una solución que nosotros no avizoramos.

Wanderer

El arzobispo Schneider revela detalles de su audiencia con León XIV



El sitio web InfoVaticana proporciona detalles de la audiencia privada entre Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de Astaná, y el Papa León XIV, que tuvo lugar el 18 de diciembre de 2026. En una entrevista con Robert Moynihan, transmitida por Urbi et Orbi Communications, Mons. Schneider compartió algunas de las conversaciones que tuvo con el Santo Padre.

Durante la entrevista, profundizó en el diagnóstico que presentó al Papa sobre la situación de la Iglesia, reiterando algunos puntos que ya había subrayado en enero, cuando mencionó la necesidad de una Constitución Apostólica para garantizar la paz litúrgica.

El obispo auxiliar explicó que el intercambio fue "abierto y cordial" y destacó, entre los temas tratados, tanto las heridas que percibe en la Iglesia como el impacto espiritual que la forma extraordinaria del Rito Romano ha tenido en muchos fieles, especialmente en los jóvenes.

Las cinco plagas que debilitan a la Iglesia

A continuación, el arzobispo Schneider presentó al Papa una lista de lo que él llamó las cinco principales plagas que afectan a la Iglesia hoy y que, en su opinión, requieren atención urgente:


1 - Confusión doctrinal, que erosiona la claridad del mensaje de fe y que podría abordarse con una profesión de fe solemne y vinculante.


2 - La anarquía litúrgica y el enfrentamiento en torno a la Misa en el Rito Romano, que ha generado divisiones al interior de la comunidad eclesial.


3 - Nombramientos episcopales cuestionables, con algunos obispos y cardenales que, dice, actúan con fines seculares en lugar de seguir la enseñanza tradicional de la Iglesia.


4 - La escasa formación sacerdotal, especialmente en doctrina, moral y liturgia, que, dice, ha debilitado la preparación de las futuras generaciones de sacerdotes.


5 - Dificultades que afectan a la vida contemplativa, incluyendo referencias a problemas que han surgido con respecto a la aplicación de la instrucción Cor orans a la vida de las monjas contemplativas.

La influencia de la misa tradicional en los jóvenes

Uno de los momentos más interesantes de la audiencia, según Monseñor Schneider, fue el relato del Papa sobre algunos jóvenes que habían experimentado su conversión a Dios a través de la Misa tradicional. El Pontífice mencionó este testimonio con una sonrisa, expresando su sorpresa por el poder espiritual que esta forma litúrgica ejerce sobre las generaciones más jóvenes.

La Sociedad de San Pío X

Durante la conversación, el arzobispo Schneider también abordó la situación de la Fraternidad San Pío X (FSSPX), enfatizando el derecho a advertir que ciertos pasajes del Concilio Vaticano II, un concilio pastoral, se han utilizado como un nuevo paradigma eclesial que, en su opinión, debe corregirse. Asimismo, afirmó que la Iglesia debe examinar honestamente las ambigüedades presentes en algunas expresiones del Concilio, en particular en temas como la libertad religiosa y la colegialidad, enfatizando que se trata de formulaciones pastorales y no de enseñanzas definitivas del Magisterio.

El obispo auxiliar declaró que sería una tragedia que la FSSPX permaneciera completamente separada de la Iglesia y que, si se perdiera este "brazo", la Iglesia quedaría dañada y desfigurada. Por lo tanto, instó a León XIV a actuar con magnanimidad, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convirtiera en un obstáculo.

El obispo Schneider fue muy claro al referirse a la postura del cardenal Víctor Manuel Fernández, quien exige que se resuelva el diálogo doctrinal antes de cualquier regularización canónica. El obispo calificó este enfoque de irrealista, excesivamente duro y carente de atención pastoral, ya que bloquea cualquier progreso práctico y prolonga una situación de tensión innecesaria.

En su opinión, la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan con una resolución doctrinal completa, sino que pueden avanzar gradualmente, fomentando primero la comunión visible y dejando espacio para un diálogo teológico posterior más sereno y fructífero.

Obispo Athanasius Schneider, La nueva evangelización y la santa liturgia: Las cinco llagas del cuerpo místico y litúrgico


Intervención de Monseñor Athanasius Schneider,
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María de Astaná,
Secretario de la Conferencia de Obispos Católicos de Kazajstán


Para hablar correctamente de la nueva evangelización, es esencial fijar primero nuestra mirada en Aquel que es el verdadero evangelizador, Nuestro Señor Jesucristo, el Salvador, el Verbo de Dios hecho hombre. El Hijo de Dios vino a esta tierra para expiar y redimir el mayor pecado, el pecado por excelencia. Y este pecado por excelencia de la humanidad consiste en negarse a adorar a Dios, en negarse a darle el primer lugar, el lugar de honor. Este pecado de la humanidad consiste en no prestar atención a Dios, en no tener sentido de las cosas, en no querer ver a Dios, en no querer arrodillarnos ante Dios.

Ante tal actitud, la encarnación de Dios resulta embarazosa, e igualmente embarazosa es la presencia real de Dios en el misterio eucarístico, y embarazosa es la centralidad de la presencia eucarística de Dios en las iglesias. El hombre pecador, en efecto, quiere situarse en el centro, tanto dentro de la Iglesia como fuera de la celebración eucarística; quiere ser visto, quiere hacerse notar.

Por eso, Jesús Eucaristía, Dios encarnado, presente en los tabernáculos en la forma eucarística, suele colocarse a un lado. Incluso la representación del Crucifijo en la cruz en el centro del altar durante la celebración, de cara al pueblo, resulta embarazosa, ya que el rostro del sacerdote quedaría oculto. Por lo tanto, la imagen del Crucifijo en el centro, así como la de Jesús Eucaristía en el tabernáculo, también en el centro del altar, resultan embarazosas. En consecuencia, la cruz y el tabernáculo se colocan a un lado. Durante la celebración, los asistentes deben poder observar constantemente el rostro del sacerdote, quien disfruta situándose literalmente en el centro de la casa de Dios. Y si por error, Jesús Eucaristía es al menos dejado en su sagrario en el centro del altar, porque el Ministerio de Bienes Culturales, incluso bajo un régimen ateo, ha prohibido su movimiento por razones de conservación del patrimonio artístico, el sacerdote a menudo, sin escrúpulos, le da la espalda durante toda la celebración litúrgica.

Cuántas veces los buenos y fieles adoradores de Cristo, en su sencillez y humildad, han exclamado: "¡ Bienaventurados seáis, monumentos históricos! Al menos nos habéis dejado a Jesús en el centro de nuestra Iglesia ".

Solo desde la adoración y glorificación de Dios puede la Iglesia proclamar adecuadamente la palabra de verdad, es decir, evangelizar. Antes de que el mundo escuchara a Jesús, el Verbo eterno hecho carne, predicar y proclamar el reino, Jesús permaneció en silencio y adorado durante treinta años. Esta permanece para siempre como ley para la vida y la acción de la Iglesia y de todos los evangelizadores. 

«Es por la forma en que cultivamos la liturgia que se decide el destino de la fe y de la Iglesia », dijo el cardenal Ratzinger, nuestro actual Santo Padre y papa Benedicto XVI. El Concilio Vaticano II buscó recordar a la Iglesia la realidad y la acción que deben ser prioritarias en su vida. Precisamente por eso el primer documento conciliar está dedicado a la liturgia. En él, el Concilio nos da los siguientes principios: en la Iglesia, y por ende en la liturgia, lo humano debe estar orientado a lo divino y subordinado a él, y también lo visible en relación con lo invisible, la acción en relación con la contemplación, y el presente en relación con la ciudad futura, a la que aspiramos (cf. Sacrosanctum Concilium , 2). Nuestra liturgia terrena participa, según la enseñanza del Vaticano II, en un anticipo de la liturgia celestial de la Ciudad Santa, Jerusalén (cf. idem, 2).

Por eso, todo en la liturgia de la Santa Misa debe servir para expresar más claramente la realidad del sacrificio de Cristo, es decir, las oraciones de adoración, acción de gracias y expiación que el eterno Sumo Sacerdote presentó a su Padre.

El rito y todos los detalles del Santo Sacrificio de la Misa deben centrarse en la glorificación y adoración a Dios, insistiendo en la centralidad de la presencia de Cristo, tanto en el signo y la representación del Crucifijo como en su presencia eucarística en el sagrario, y especialmente en el momento de la consagración y la Sagrada Comunión. Cuanto más se respete esto, menos se coloque a la persona humana en el centro de la celebración, menos se asemejará la celebración a un círculo cerrado, sino que también estará abierta externamente a Cristo, como una procesión que avanza hacia Él con el sacerdote a la cabeza. Cuanto más fielmente refleje dicha celebración litúrgica el sacrificio de adoración de Cristo en la cruz, más ricos serán los frutos de la glorificación de Dios que los participantes recibirán en sus almas, y más los honrará el Señor.

Cuanto más busquen el sacerdote y los fieles la gloria de Dios y no la de los hombres durante las celebraciones eucarísticas, y cuanto más eviten recibir gloria unos de otros, más los honrará Dios al permitir que sus almas participen con mayor intensidad y fructificación en la gloria y el honor de su vida divina. Actualmente, y en diversos lugares de la tierra, se celebran muchas de las Santas Misas, de las cuales se podría decir, en contraposición a las palabras del Salmo 113:9: « A nosotros, Señor, y a nuestro nombre da gloria ». Además, en relación con estas celebraciones, se aplican las palabras de Jesús: «¿ Cómo podéis creer, si recibís vuestra gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene solo de Dios? » (Juan 5:44).

El Concilio Vaticano II emitió los siguientes principios sobre la reforma litúrgica:

  1. Durante la celebración litúrgica, lo humano, lo temporal, la actividad, debe estar orientada hacia lo divino, lo eterno, la contemplación y tener un papel subordinado en relación a esto último (cf. Sacrosanctum Concilium , 2).
  2. Durante la celebración litúrgica se debe fomentar la conciencia de que la liturgia terrena participa de la liturgia celestial (cf. Sacrosanctum Concilium , 8).
  3. No debe haber innovación, y por tanto nueva creación de ritos litúrgicos, especialmente en el rito de la Misa, a no ser que sea para un verdadero y cierto beneficio de la Iglesia y con la condición de que se proceda con prudencia para que las nuevas formas sustituyan orgánicamente a las existentes (cf. Sacrosanctum Concilium , 23).
  4. Los ritos de la Misa deben ser tales que lo sagrado se exprese más explícitamente (cf. Sacrosanctum Concilium , 21).
  5. El latín debe conservarse en la liturgia y especialmente en la Santa Misa (cf. Sacrosanctum Concilium , 36 y 54).
  6. El canto gregoriano ocupa el primer lugar en la liturgia (cf. Sacrosanctum Concilium , 116).Los Padres Conciliares consideraron sus propuestas de reforma como una continuación de la reforma de San Pío X (cf. Sacrosanctum Concilium , 112 y 117) y del Siervo de Dios, Pío XII. De hecho, en la constitución litúrgica, la más citada es la encíclica Mediator Dei del Papa Pío XII.
El Papa Pío XII legó a la Iglesia, entre otros, un importante principio doctrinal sobre la Sagrada Liturgia: la condena de lo que él llama arqueología litúrgica, cuyas propuestas coincidieron en gran medida con las del Sínodo jansenista y protestantizante de Pistoia de 1976 (cf. « Mediator Dei », n.º 63-64) y que, de hecho, evocan las ideas teológicas de Martín Lutero.

El Concilio de Trento condenó, pues, las ideas litúrgicas protestantes, especialmente el énfasis exagerado en el banquete en la celebración eucarística en detrimento de su carácter sacrificial, y la supresión de los signos inequívocos de sacralidad como expresión del misterio de la liturgia (cf. Concilio de Trento, sesión XXII ).

Las declaraciones litúrgicas doctrinales del Magisterio, como en el caso del Concilio de Trento y la encíclica Mediator Dei , que se reflejan en una práctica litúrgica que ha sido constante y universal durante siglos, de hecho durante más de un milenio, estas declaraciones forman parte, por tanto, de ese elemento de la santa tradición que no puede abandonarse sin incurrir en un gran daño espiritual. El Vaticano II retomó estas declaraciones doctrinales sobre la liturgia, como puede verse leyendo los principios generales del culto divino en la constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium .

Como error concreto en el pensamiento y la acción de la arqueología litúrgica, el Papa Pío XII cita la propuesta de dar al altar la forma de una mesa (cf. Mediator Dei n. 62). Si el Papa Pío XII ya rechazó el altar en forma de mesa, ¡imagínense cómo habría rechazado, a fortiori, la propuesta de una celebración alrededor de una mesa «versus populum »!

Si el Sacrosanctum Concilium, en el n. 2, enseña que, en la liturgia, la contemplación debe tener prioridad y que toda la celebración de la Misa debe estar orientada hacia los misterios celestiales (cf. idem n. 2 y n. 8), encontramos allí un fiel eco de la siguiente declaración de Trento:Y como la naturaleza humana es tal que no se deja llevar fácilmente a la meditación de las cosas divinas sin pequeños recursos externos, por esta razón la Iglesia, la piadosa madre, ha establecido ciertos ritos, a saber, que algunos pasajes de la Misa se pronuncien en voz baja, otros en voz más alta. Asimismo, ha establecido ceremonias, como las bendiciones místicas; utiliza luces, incienso, vestimentas y muchos otros elementos transmitidos por la enseñanza y la tradición apostólicas, mediante los cuales se resalta la majestad de tan gran sacrificio, y las mentes de los fieles son atraídas por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las cosas más sublimes que se esconden en este sacrificio.» ( sesión XXII , cap. 5).

Las enseñanzas citadas del Magisterio de la Iglesia, y especialmente las del Mediator Dei, han sido reconocidas sin lugar a dudas también por los Padres Conciliares como plenamente válidas; en consecuencia, deben seguir siendo plenamente válidas incluso hoy para todos los hijos de la Iglesia.

En la carta dirigida a los obispos de la Iglesia Católica, unida al Motu Proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007, el Papa hace esta importante declaración: 
«En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura. Lo que era sagrado para las generaciones anteriores también sigue siendo sagrado y grande para nosotros, y no puede ser repentinamente prohibido por completo ni siquiera considerado perjudicial».
Con esto, el Papa expresa el principio fundamental de la liturgia enseñado por el Concilio de Trento y el Papa Pío XII.

Si se observa objetivamente y sin ideas preconcebidas la práctica litúrgica de la gran mayoría de las iglesias del mundo católico en las que se utiliza la Forma Ordinaria del Rito Romano, nadie puede negar honestamente que los seis principios litúrgicos mencionados por el Concilio Vaticano II se respetan poco o nada. 

Hay varios aspectos concretos de la práctica litúrgica dominante actual, en el Rito Ordinario, que representan una auténtica ruptura con una práctica religiosa que ha sido constante durante más de un milenio. Estos son los cinco usos litúrgicos siguientes, que pueden considerarse las cinco llagas del cuerpo litúrgico místico de Cristo. 

Son llagas porque representan una ruptura violenta con el pasado, porque restan importancia abiertamente al carácter sacrificial, central y esencial de la Misa, y enfatizan el banquete; todo esto disminuye los signos externos de la adoración divina, porque disminuye el carácter celestial y eterno del misterio.

De estas cinco plagas, estas son las que, con una excepción (las nuevas oraciones del ofertorio), no están incluidas en la forma ordinaria del rito de la Misa, sino que han sido deplorablemente introducidas por la práctica.

La primera plaga, la más obvia, es la celebración del sacrificio de la Misa, en la que el sacerdote celebra de cara a los fieles , especialmente durante la Plegaria Eucarística y la Consagración, el momento más alto y sagrado de adoración debida a Dios. Esta forma externa corresponde por su propia naturaleza más a la forma en que uno se comporta al compartir una comida. Uno se encuentra en un círculo cerrado. Y esta forma no está en absoluto en consonancia con el momento de la oración, y mucho menos con el de la adoración. 

Ahora bien, el Concilio Vaticano II no abogó en absoluto por esta forma, y ​​nunca ha sido recomendada por el magisterio de los papas posconciliares. El Papa Benedicto XVI, en el prefacio del primer volumen de su Opera Omnia, escribe: « La idea de que el sacerdote y el pueblo deben mirarse mutuamente en la oración surgió solo en el cristianismo moderno y es completamente ajena al cristianismo antiguo. El sacerdote y el pueblo ciertamente no se rezan el uno al otro, sino al único Señor. Por lo tanto, en la oración, miran en la misma dirección: ya sea hacia Oriente como símbolo cósmico del Señor que viene, o, cuando esto no es posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como lo hizo el Señor en su oración sacerdotal la víspera de su Pasión (Jn 17,1). Afortunadamente, la propuesta que hice al final del capítulo en cuestión en mi obra está ganando cada vez más aceptación: no proceder con nuevas transformaciones, sino simplemente colocar la cruz en el centro del altar, hacia la cual el sacerdote y los fieles puedan mirar juntos, dejándose así guiar hacia el Señor, a quien todos rezamos juntos » .

La forma de celebración en la que todos miran en la misma dirección ( conversi ad orientem, ad Crucem, ad El Dominum también se evoca en las rúbricas del nuevo rito de la Misa (cf. Ordo Missae , n. 25, n. 133 y n. 134). La celebración denominada « versus populum » ciertamente no corresponde a la idea de la Sagrada Liturgia, tal como se menciona en las declaraciones del Sacrosanctum Concilium n. 2 y n. 8.

La segunda plaga es la comunión en la mano, extendida por todo el mundo. Este método de recibir la comunión no solo nunca fue mencionado por los Padres del Concilio Vaticano II, sino que fue introducido abiertamente por un cierto número de obispos, en desobediencia a la Santa Sede y en desacato al voto negativo de la mayoría del cuerpo episcopal en 1968. Solo más tarde, el Papa Pablo VI lo legitimó a regañadientes, bajo condiciones específicas.

El Papa Benedicto XVI, después de la festividad del Corpus Christi de 2008, ya no distribuye la comunión excepto a los fieles arrodillados y en la boca, y esto no sólo en Roma, sino también en todas las iglesias locales que visita. Con esto, dio a toda la Iglesia un claro ejemplo de enseñanza práctica en materia litúrgica. Si la mayoría cualificada del cuerpo episcopal, tres años después del concilio, rechazó la comunión en la mano por ser perjudicial, ¡cuántos Padres Conciliares más habrían hecho lo mismo!

La tercera plaga son las nuevas oraciones del ofertorio. Son una creación completamente nueva y nunca se han usado en la Iglesia. Expresan menos la evocación del misterio del sacrificio de la cruz que la de un banquete, recordando las oraciones del sabbat judío. En la tradición milenaria de la Iglesia de Occidente y Oriente, las oraciones del ofertorio siempre han estado expresamente vinculadas al sacrificio de la cruz (cf. p. ej., Paul Tirot, Historia de las oraciones del ofertorio en la liturgia romana del siglo VII al XVI , Roma, 1985). Una creación tan absolutamente nueva contradice sin duda la clara formulación del Vaticano II que exige: « No se deben hacer innovaciones... novae formae ex formis iam exstantibus organice crescant » ( Sacrosanctum Concilium , 23).

La cuarta plaga es la desaparición total del latín de la gran mayoría de las celebraciones eucarísticas de la forma ordinaria en todos los países católicos. Esto constituye una violación directa de las decisiones del Vaticano II.

La quinta plaga es la práctica de servicios litúrgicos por parte de lectoras y acólitas, así como la práctica de estos mismos servicios con vestimenta civil, entrando al coro durante la Santa Misa justo fuera del espacio reservado para los fieles . Esta costumbre nunca ha existido en la Iglesia, o al menos nunca ha sido bien recibida. Confiere a la Misa católica una apariencia informal, el carácter y estilo de una asamblea bastante profana. El Segundo Concilio de Nicea prohibió tales prácticas ya en el año 787, redactando este canon: « Si alguien no está ordenado, no se le permite leer desde el ambón durante la sagrada liturgia».(can. 14). Esta norma se ha respetado sistemáticamente en la Iglesia. Sólo los subdiáconos o lectores tenían derecho a leer durante la liturgia de la Misa. En lugar de los lectores y acólitos ausentes, pueden hacerlo hombres o niños con vestimentas litúrgicas, y no las mujeres, siendo un hecho que el sexo masculino, en el plano sacramental de la ordenación no sacramental de lectores y acólitos, representa simbólicamente el primer vínculo con las órdenes menores.

En los textos del Vaticano II no se menciona la supresión de las órdenes menores ni del subdiaconado, ni la introducción de nuevos ministerios. En el Sacrosanctum Concilium n.° 28, el concilio distingue entre « ministro » y « fidelis » durante la celebración litúrgica, y establece que ambos tienen derecho a hacer lo que les corresponde en razón de la naturaleza de la liturgia. El n.° 29 menciona a los « ministrantes », es decir, aquellos que sirven en el altar y no han recibido ningún Ordenación. En contraste con estos, según los términos jurídicos de la época, estarían los " ministros ", es decir, aquellos que han recibido un orden mayor o menor.

Con el Motu Proprio Summorum Pontificum , el Papa Benedicto XVI afirma que ambas formas del Rito Romano deben ser consideradas y tratadas con el mismo respeto, porque la Iglesia sigue siendo la misma antes y después del Concilio. En la carta que acompaña al Motu Proprio , el Papa espera que ambas formas se enriquezcan mutuamente. Además, espera que en la nueva forma " el sentido de lo sagrado que atrae a muchas personas al antiguo rito se manifieste con mayor claridad que hasta ahora ".

Las cuatro heridas litúrgicas o prácticas desafortunadas (celebración versus populum , comunión en la mano, el abandono total del canto latino y gregoriano, y la intervención de las mujeres en la lectura y los servicios de acólito) no tienen en sí mismas nada que ver con la forma ordinaria de la Misa y, además, contradicen los principios litúrgicos del Vaticano II. 

Si se pusiera fin a estas prácticas, volveríamos a la verdadera enseñanza del Vaticano II. Y entonces las dos formas del Rito Romano quedarían tan estrechamente relacionadas que, al menos externamente, no habría brecha entre ellas y, por lo tanto, ninguna brecha entre la Iglesia preconciliar y la posconciliar.

En cuanto a las nuevas oraciones del Ofertorio, sería deseable que la Santa Sede las sustituyera por las oraciones correspondientes de la forma extraordinaria, o al menos permitiera su uso ad libitum.Así, no solo externamente, sino internamente, se evitaría la ruptura entre ambas formas. 

La ruptura en la liturgia es precisamente lo que la mayoría de los Padres Conciliares no deseaban; las Actas del Concilio dan testimonio de ello, porque en dos mil años de historia de la liturgia en la Santa Iglesia, nunca se había producido una ruptura litúrgica y, por lo tanto, nunca debe producirse. En cambio, debe haber continuidad, como debe existir para el Magisterio.

Por eso necesitamos nuevos santos hoy, una o más santas Catalina de Siena. Necesitamos la « vox populi fidelis » que exige la supresión de esta ruptura litúrgica. Pero la tragedia de la historia es que hoy, como en la época del exilio de Aviñón, una gran mayoría del clero, especialmente el alto clero, se conforma con este exilio, esta ruptura.

Para que podamos esperar frutos efectivos y duraderos de la nueva evangelización, primero debe establecerse un proceso de conversión dentro de la Iglesia. ¿Cómo podemos llamar a otros a la conversión cuando, entre quienes la piden, aún no se ha producido una conversión convincente a Dios porque, en la liturgia, no están suficientemente entregados a Dios, tanto interna como externamente? 
El sacrificio de la Misa, el sacrificio de adoración de Cristo, el mayor misterio de la fe, el acto de adoración más sublime, se celebra en un círculo cerrado, mirándose unos a otros. Falta la necesaria « conversio ad Dominum », incluso externamente, físicamente. Porque durante la liturgia, se trata a Cristo como si no fuera Dios, y no se le muestran los claros signos externos de adoración que solo a Dios se debe, no solo en el hecho de que los fieles reciben la Sagrada Comunión de pie, sino también en el hecho de que la toman en sus manos como alimento ordinario, tomándola y llevándosela ellos mismos a la boca. Existe el peligro de una especie de arrianismo o semiarrianismo eucarístico.
Una de las condiciones necesarias para una nueva evangelización fructífera sería el testimonio de toda la Iglesia a nivel del culto litúrgico público, observando al menos estos dos aspectos del culto divino, a saber:
  1. Que en toda la tierra se celebre la Santa Misa, incluso en la forma ordinaria, en la " conversio ad Dominum ", interiormente y necesariamente también externamente.
  2. Que los fieles doblen la rodilla ante Cristo en el momento de la Sagrada Comunión, como pide San Pablo, evocando el nombre y la persona de Cristo (cf. Flp 2,10), y lo reciban con el mayor amor y respeto posibles, como es su derecho como Verdadero Dios.
Alabado sea Dios, el Papa Benedicto ha comenzado, con dos medidas concretas, el proceso de regreso del exilio litúrgico de Aviñón, a través del Motu Proprio Summorum Pontificum y la reintroducción del rito tradicional de la Comunión.

Todavía hay mucha necesidad de oración y quizás de una nueva Santa Catalina de Siena que siga los otros pasos, para sanar las cinco heridas en el cuerpo litúrgico y místico de la Iglesia y para que Dios sea venerado en la liturgia con el mismo amor, respeto y sentido de lo sublime que siempre han representado la realidad de la Iglesia y su enseñanza, especialmente a través del Concilio de Trento, el Papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei , el Concilio Vaticano II en su constitución Sacrosanctum Concilium , y el Papa Benedicto XVI en su teología y liturgia, en su enseñanza litúrgica práctica y en el mencionado Motu Proprio.

Nadie puede evangelizar sin haber adorado primero, y del mismo modo, sin adorar continuamente y dar a Dios, Cristo en la Eucaristía, la verdadera prioridad en su forma de celebrar y en toda su vida. 

De hecho, citando al cardenal Joseph Ratzinger: «El destino de la fe y de la Iglesia se decide en cómo tratamos la liturgia».

23-F: cuando Tejero paró el golpe y otros salvaron el relato




El 23 de febrero de 1981 no fracasa porque el Estado defendiera la legalidad con firmeza y convicción. Fracasa porque el principal ejecutor sobre el terreno se niega a aceptar el verdadero objetivo del plan. Ahí reside la gran paradoja de aquella jornada: el único que no traga con la farsa es el hombre señalado desde el principio para cargar con toda la culpa.

Cuando el teniente coronel Antonio Tejero irrumpe en el Congreso de los Diputados, lo hace convencido —equivocadamente— de que está participando en una operación para enderezar una España rota por el terrorismo, la debilidad política y el caos institucional. No es un demócrata liberal ni pretende serlo, pero tampoco es un traidor dispuesto a entregar el poder a quienes llevaban años trabajando para destruir cualquier vestigio de soberanía nacional.


El guion preveía que, tras el ruido, apareciera la figura del llamado elefante blanco. Ese elefante no era otro que el general Alfonso Armada, hombre de confianza de la Casa Real y perfecto enlace entre lo militar, lo institucional y lo político. Armada llevaba preparada su solución: un gobierno de “concentración” en el que tenían cabida, cómo no, los socialistas, comunistas y miembros del antiguo régimen. Un Ejecutivo diseñado para cerrar definitivamente la Transición por la vía del miedo.

Cuando Armada entra en el Congreso y expone su propuesta, Tejero comprende de golpe que ha sido utilizado. Aquello no era salvar España; era entregarla definitivamente. No había patria, ni orden, ni Ejército: había reparto de poder. Y ahí es donde Tejero —el supuesto golpista— se convierte en el mayor obstáculo del golpe.

Su negativa a aceptar aquel gobierno ilegítimo hace saltar por los aires el plan. Armada queda descolocado. La operación entra en fase de chapuza. Lo que debía ser una salida controlada se transforma en un desastre a ojos de quienes habían diseñado la jugada desde los despachos.

Es entonces cuando entra en juego la gran habilidad del entorno real, personificada en Sabino Fernández Campo. Con sangre fría, lectura del momento y una enorme capacidad para reconducir el caos, Sabino entiende que el golpe ya no puede cumplir su función inicial. Hay que cambiar el relato. Y rápido.

Lo que sigue es una operación magistral de propaganda política. El Rey, Juan Carlos I, aparece en televisión como salvador de la democracia, cuando en realidad había sido conocedor —y parte— de los movimientos previos, de los contactos, de los planes y de la figura de Armada. De pronto, el monarca pasa de actor a árbitro, de pieza clave a héroe nacional.

La jugada es perfecta: se borra todo rastro incómodo. Armada queda sacrificado con discreción. Tejero se convierte en el villano oficial. El Ejército en su conjunto es puesto bajo sospecha. Y la Corona sale reforzada como garante del nuevo sistema.

Nada de esto se explica sin la connivencia política del momento. El PSOE de Felipe González, heredero de una tradición golpista que se remonta al menos a 1934, no fue ajeno a lo que estaba ocurriendo. Al contrario: resultó uno de los grandes beneficiados. El mensaje cala: o el PSOE o el caos; o el sistema o los sables.

El 23-F deja así de ser un intento de golpe para convertirse en el acto fundacional del régimen posterior. Un régimen cimentado en el miedo, en la criminalización del patriotismo y en la neutralización definitiva del Ejército como actor político. Todo queda listo para que, apenas un año después, Felipe González arrase en las urnas con una mayoría absoluta presentada como balsámica y necesaria.


De aquella jornada sale un Rey reforzado, un Ejército humillado, una derecha domesticada y un PSOE convertido en solución de Estado. Y sale también una verdad incómoda: el golpe no se detuvo desde la Zarzuela; se detuvo porque Tejero no aceptó el reparto.

Lo que vino después fue la explotación del miedo. La utilización del 23-F como coartada moral. La purga silenciosa. La desaparición política de cualquier resistencia patriótica. Pero eso pertenece ya a los días posteriores.

Porque el 23-F, lejos de ser una victoria de la democracia, fue una lección magistral de cómo un desastre puede transformarse en un triunfo político, si se controla el relato. Y lo que vino después, eso ya es otra historia.

Por Javier García Isac 26/02/2026

Fraternidad San Pío X: «En la Iglesia, ¿por qué no habría también un lugar para los “tradis”?»



Este artículo, escrito por un sacerdote diocesano de Francia, fue publicado ayer en La Croix, el órgano semi-oficial de la Conferencia Episcopal Francesa. Todo un signo alentador.

P. Pierre Amar. Sacerdote de la diócesis de Yvelines

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¿Conoce la cuenta de Instagram «Catholic trash»? No entre: ¡es una máquina para lanzarlo en brazos de la Fraternidad San Pío X! Administrada por católicos italianos, recopila —con pruebas— lo que puede hacerse (realmente) peor en liturgia. Iconografías dudosas, objetos piadosos kitsch, productos de marketing religioso extremos, decoraciones de iglesias horrendas, vestimentas escandalosas de celebrantes… En definitiva, se encuentra allí la encarnación de lo que Benedicto XVI denunciaba un día como una «creatividad [que] a menudo ha conducido a deformaciones de la liturgia al límite de lo soportable».

He aquí el problema de fondo. Porque el movimiento iniciado por mons. Lefebvre no nació de la nada: encuentra su fundamento en los abusos y en la brutalidad con que algunos aplicaron la reforma litúrgica tras el Concilio Vaticano II. ¿Por qué hay, por ejemplo, muchos menos prioratos de la Fraternidad San Pío X en Polonia que en Francia? Porque allí la reforma litúrgica promulgada por el papa san Pablo VI se llevó a cabo pacíficamente, sin voluntad de destruirlo todo. De modo que hoy, en ese país todavía profundamente creyente, se puede celebrar la misa de espaldas al pueblo (por ejemplo en Czestochowa, «el» santuario nacional), llevar sotana y entonar un canto en latín sin ser acusado de integrista.

Examen de conciencia

¿Y si comenzáramos por un examen de conciencia eclesial? Ayer como hoy, las deformaciones arbitrarias de la liturgia hieren profundamente a personas arraigadas en la fe de la Iglesia. En otras palabras, ¿no somos nosotros mismos responsables de nuestra propia desgracia? Como Frankenstein, hemos fabricado nuestro propio monstruo. El malestar es tanto más intenso cuanto que esta criatura proviene de nuestra propia familia. Como ayer con Lutero, producido por los obispos corruptos del siglo XVI, no somos ajenos a la aparición de Marcel Lefebvre. El malestar litúrgico del posconcilio fue alimentado por mezquindades, faltas de caridad, innovaciones desafortunadas. Y también por un «espíritu del Concilio» que simplemente no era el Concilio.

¿El resultado? Una historia de la que no logramos desprendernos, un poco como la tirita del capitán Haddock. Y una historia dolorosa, porque ya no se trata de la unidad entre cristianos —que ya es un tema en sí mismo— sino de la unidad entre católicos.

Desde luego, como en toda disputa familiar, las culpas son compartidas. Por ejemplo, estas recientes declaraciones del padre Davide Pagliarani, superior de la FSSPX, son particularmente hirientes: «Es un hecho: en una parroquia ordinaria los fieles ya no encuentran los medios necesarios para asegurar su salvación eterna». Después de una afirmación semejante, resulta tentador reconocer que realmente ya no hay nada que decir y que la ruptura está consumada.

El problema es que la Fraternidad San Pío X no se equivoca cuando denuncia, además de las innovaciones litúrgicas, cierta confusión doctrinal que erosiona la claridad del mensaje de la fe. Incluso se tiene la impresión de un «doble rasero»: ¿por qué habría que ser particularmente severos con la Fraternidad San Pío X cuando, desde mi punto de vista, se muestra una sorprendente paciencia con el camino sinodal alemán o con la Asociación Patriótica de los Católicos Chinos? En una época en que se acepta casi todo, ¿por qué no habría lugar, dentro de la familia, para hermanos y hermanas —ciertamente muy turbulentos— pero hermanos y hermanas al fin?

Dos caminos

El primero consiste en caminar juntos. ¿No podríamos mostrar una generosidad histórica, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convierta en el primer y principal obstáculo? Un obispo observaba recientemente cuánto la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan con una resolución doctrinal completa. Pueden, por el contrario, progresar de modo gradual, favoreciendo primero la comunión visible y dejando espacio a un diálogo teológico posterior más sereno y fecundo.

Claro que no a cualquier precio. Y corresponde a Roma fijar los mínimos. Pero tampoco sin apostar por el largo plazo y por la gracia del Espíritu Santo.

Las Administraciones Apostólicas Personales que ya existen en la Iglesia: ¿tanto pide la FSSPX?





En el complicado y denso debate sobre las nuevas consagraciones episcopales en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), la reacción habitual es presentarlo como una exigencia desproporcionada, casi como un desafío estructural al orden de la Iglesia. Sin embargo, una mirada serena al derecho canónico vigente y a la práctica reciente de la Santa Sede obliga a formular la pregunta de otra manera: ¿realmente es tan extraordinario pedir continuidad episcopal para una realidad pastoral consolidada cuando la Iglesia ya ha creado estructuras similares para comunidades mucho más pequeñas?

El caso paradigmático es la Administración Apostólica Personal San Juan María Vianney, erigida en 2002 en Campos (Brasil). Se trata de una circunscripción personal —no territorial— creada específicamente para fieles vinculados al rito romano tradicional dentro de una diócesis concreta. Tiene clero propio y un obispo propio, en plena comunión con Roma. La solución no fue experimental ni provisional; fue jurídica, estable y explícitamente diseñada para integrar una sensibilidad litúrgica tradicional sin diluirla.

No es un caso aislado. En 2009, mediante la constitución apostólica Anglicanorum coetibus, Benedicto XVI creó ordinariatos personales para fieles procedentes del anglicanismo. Existen actualmente el Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham en el Reino Unido, el de la Cátedra de San Pedro en Estados Unidos y Canadá, y el de Nuestra Señora de la Cruz del Sur en Australia. Son jurisdicciones personales equivalentes a diócesis, con ordinario propio —en algunos casos obispo— y estructura autónoma. Numéricamente son realidades modestas si se comparan con la extensión internacional de la FSSPX, pero nadie sostuvo que su creación supusiera una amenaza para la unidad de la Iglesia.

Algo similar ocurre con los ordinariatos militares. En numerosos países existen jurisdicciones personales para atender a los fieles vinculados a las fuerzas armadas. En este caso no responden a una diferencia doctrinal ni ritual, sino a una necesidad pastoral sectorial. Tienen obispo propio y estructura separada de las diócesis territoriales. El principio subyacente es claro: cuando existe una comunidad con características específicas que requieren atención diferenciada, la Iglesia puede crear una jurisdicción personal sin que ello implique fragmentación eclesial.

El mismo criterio rige en el ámbito oriental. En Australia, por ejemplo, la Iglesia greco-católica ucraniana cuenta con su propia eparquía con el cardenal Bychok; lo mismo sucede con los maronitas o los siro-malabares en diversos países occidentales. Algunas de estas circunscripciones atienden a poblaciones reducidas en comparación con la realidad global de la FSSPX, pero poseen obispo propio y plena estructura jerárquica. La lógica no es cuantitativa, sino pastoral y jurídica: identidad litúrgica definida, continuidad institucional y necesidad de gobierno estable.

La Fraternidad San Pío X, por su parte, cuenta con centenares de sacerdotes, varios seminarios, presencia permanente en decenas de países y una actividad sacramental constante desde hace más de medio siglo. No es una realidad marginal ni efímera. Desde el punto de vista puramente sociológico y pastoral, su dimensión supera con amplitud la de muchos ordinariatos personales ya existentes.

Es cierto que el derecho canónico exige mandato pontificio para la consagración episcopal y que la comunión jerárquica es un elemento esencial de la catolicidad. Ese principio no está en discusión. Pero el debate actual no se limita a la licitud abstracta de un acto concreto, sino a la proporcionalidad de la respuesta institucional. Si para comunidades pequeñas y recientes se han creado estructuras personales con obispo propio, resulta legítimo preguntarse si la solicitud de garantizar continuidad episcopal para una obra de alcance mundial constituye realmente una pretensión extrema.

No entramos aquí en el caso chino, que abriría un capítulo distinto y aún más complejo sobre consagraciones, irregularidades y soluciones pragmáticas adoptadas en circunstancias históricas delicadas. Baste señalar que la praxis eclesial reciente demuestra que, cuando existe voluntad pastoral, se buscan fórmulas jurídicas incluso en contextos altamente sensibles.

La cuestión, por tanto, no es si la Iglesia puede crear estructuras personales con obispo propio —eso ya lo ha hecho en múltiples ocasiones— sino si desea aplicar el mismo criterio de realismo pastoral a una realidad tradicional que, guste o no, forma parte del paisaje católico contemporáneo. Planteada en esos términos, la pregunta deja de ser retórica: ¿tanto pide la FSSPX?

por Miguel Escrivá | 26 febrero, 2026