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jueves, 18 de octubre de 2018

Consejos vendo que para mí no tengo (José Martí) Unidad de la Iglesia (7): ¿Acaso hay dos magisterios?


- Decíamos en el post anterior que la incoherencia (además de la que se da, normalmente, en la propia vida) puede ser también entre lo que dice antes la Doctrina y lo que dice después, si es que tiene algún sentido hablar de cambio cuando nos referimos a la Doctrina Perenne de la Iglesia.


Lo cierto y verdad es que desde que Francisco está en el Pontificado, ha habido una incoherencia, casi constante, entre lo que el Magisterio ha dicho antes (se sobreentiende antes del Concilio Vaticano II) y lo que ha sido dicho después (no sólo por él sino también por los demás Papas: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, aunque -eso sí- Francisco está actuando de ejecutor rápido. Lo último ha sido la promulgación de la Constitución Episcopalis Communio, del 15 de septiembre de 2018, según la cual (art. 18) los resultados de los Sínodos se consideran como Magisterio ordinario, siempre que sean firmados por el Papa.  Y, sin embargo -y lo veremos pronto, cuando finalice este Sínodo de los «jóvenes» que está teniendo lugar en Roma (se prevé que esto ocurra el 28 de octubre)-  en el hipotético caso de que tales conclusiones del Sínodo contradijesen el Magisterio ordinario anterior, el católico no tiene obligación de seguirlas. Es más: no debe de seguirlas. Es imposible que haya dos Magisterios en el seno de una misma Iglesia. Sólo si tales conclusiones coinciden en lo esencial con lo que siempre se ha dicho en la Iglesia, durante casi dos mil años, y no hay contradicción con el Magisterio de dos mil años de Historia de la Iglesia, sólo entonces -digo- tendrían que ser obedecidas.

No es posible que se consideren como Magisterio, aunque se trate de magisterio ordinario, las conclusiones obtenidas en un sínodo, aunque las firme el Papa ... si lo que se dijera estuviese en contradicción con aquello que la Iglesia ha considerado Magisterio durante dos mil años. El Magisterio de la Iglesia no puede cambiar: las verdades que nos han sido transmitidas de generación en generación, desde la fundación de la Iglesia, por Jesucristo, son siempre las mismas: el depósito de la fe no puede ser alterado un ápice, so pena de caer en herejía ... ¡y eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy ... ante el silencio de los pastores! 

Nadie pone en duda que la Iglesia es una realidad viva: es el Cuerpo Místico de Cristo, que se va desarrollando hasta alcanzar la madurez. No es lo mismo cambio, sin más, que desarrollo. Para que lo entendamos: una persona va cambiando con el tiempo, pero en su desarrollo nunca se produce una alteración sustancial: feto, niño, adolescente, joven, mayor, viejo, anciano ... son etapas de la vida de una persona. En todas ellas es persona, aun cuando cambie su aspecto físico; y sus capacidades, al ejecutarlas, producen un perfeccionamiento de la persona, en cuanto tal. Hay un cambio, un cambio a mejor, pero hay algo que permaneces siempre ... y es la conciencia del propio yo. Cada uno es consciente de ser él mismo quien ha progresado y no otro. Cada cual - y eso hace de la memoria una facultad importantísima- se recuerda a sí mismo siendo niño, joven, etc ... Ciertamente, se han producido cambios, tanto en lo físico como en lo psíquico y en lo espiritual.  Sin embargo, hay algo que no ha cambiado, en ningún momento: nunca nadie ha dejado de ser él mismo por el mero hecho de haberse desarrollado. Una persona es tal desde que comienza a existir como zigoto (y Dios le infunde un alma) y esto en las diversas fases de su crecimiento. Sigue siéndolo cuando es feto y cuando es niño, adolescente, joven, etc. no importando que no ejercite su capacidad de razonar en las primeras etapas de su vida. Eso no le quita su «ser persona», lo mismo que una persona mayor, sigue siendo persona cuando duerme y no ejercita, entonces, su capacidad de razonamiento. Esto es obvio.

Pues bien: Jesucristo, en cuanto hombre, también se desarrolló, como viene expresado en el Evangelio: «Jesús crecía en edad, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de los hombres» (Lc 2, 52). Y lo mismo sucede con la Iglesia, la cual se va desarrollando con el tiempo y se va adaptando a los distintos ambientes, pero hay algo en ella, en la Iglesia, que le es esencial y que permanece, en todo lugar y en todo momento histórico; y es que siempre es ella misma, la única Iglesia, la Iglesia fundada por Jesucristo. Su desarrollo no conlleva un cambio sustancial, pues éste - de darse- le haría perder su propia identidad ... y lo que saldría sería «otra cosa» ... desde luego no sería la verdadera Iglesia, aquella que Cristo fundó hace ya casi dos mil años, con una misión que cumplir: «Id por todo el mundo -dijo Jesús- y predicad el Evangelio a toda criatura. Quien crea y sea bautizado, se salvará; pero quien no crea, se condenará» (Mc 16, 15-16). 

Es ésta una misión que la Iglesia de hoy no está cumpliendo, desde el momento en que la llamada «Nueva Evangelización» no es tal Evangelización, sino un invento de determinados jerarcas de la Iglesia que se han rendido ante el mundo y ante la herejía modernista. No se predica a Jesucristo. Y las exigencias del Evangelio han sido sustituidas por palabras meramente humanas, que recuerdan mucho a las que usan los políticos: consenso, diálogo, democracia, solidaridad, respeto hacia las demás religiones, todos se salvan en la religión en la que hayan nacido, no hay que tratar de convencer a nadie, aunque esté en un error, cada uno tiene su propia verdad, que es la que le dicta su «conciencia», etc. El sentido de las palabras se ha tergiversado hasta el punto de llamar verdad a la mentira ... y viceversa.  

No, la Iglesia no tiene que cambiar, en el sentido en el que hoy se entiende el cambio, pues dejaría de ser la Iglesia. Eso sí: tiene que desarrollarse, pero no de cualquier modo, sino conforme al plan de Dios, sin cambiar un ápice de lo que le ha sido transmitido por Jesucristo y por los Apóstoles, y que se encuentra en el Nuevo Testamento. Tiene la obligación de cumplir el mandato que ha recibido de Jesucristo, de manera que a todo el mundo le llegue esa Buena Noticia del Evangelio, la cual no es invento de hombre, sino Palabra de Dios, hecho hombre en la Persona de su Hijo, por amor a nosotros: sólo en Jesucristo es posible la salvación. Y, en ese sentido, decimos que no cambia, no puede cambiar ... o dejaría de ser la verdadera Iglesia, la única Iglesia, que es la Iglesia católica. No hay otra.

Para alejar de nosotros la confusión, que hoy es tan frecuente entre los cristianos que quieren permanecer fieles, necesitamos una referencia. ¿En quién debemos fijarnos?  La respuesta es muy sencilla, en realidad: EN LOS SANTOS, en aquellos cristianos, hermanos nuestros, que se han caracterizado por hacer realidad en su vida la Vida de Jesucristo ... y de un modo especial, en San José y en la Virgen María ... porque en ellos LA IGLESIA SE HA DESARROLLADO EN SU PLENITUD. Ésa es la Iglesia a la que alude San Pablo cuando dice que es «Santa e Inmaculada, sin mancha ni arruga o cosa semejante» (Ef 5, 27). 

Es en los santos (sobre todo en los santos anteriores al Concilio Vaticano II, de cuya santidad no cabe ninguna duda) en quienes debe fijarse un cristiano. Lo que da sentido a la vida de un cristiano, la meta que debe alcanzar es la santidad. A eso estamos todos llamados, entendiendo la santidad -claro está- como identificación con Jesucristo, la cual sólo es posible en el seno de la Iglesia: «Fuera de la Iglesia no hay salvación». «Extra Ecclesia nula salus». Y esto es un dogma de fe.

Cierto que todos somos pecadores, pero por la gracia de Dios (que no por nuestros méritos) a través del bautismo, Dios nos ha liberado del pecado original y nos ha incorporado a Él, en la Persona de su Hijo. Se trata de una «nueva creación», por la cual pasamos a ser, realmente, hijos adoptivos De Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. (Encíclica de Pío XII «Mystici Corporis Chisti» 29 de junio de 1943)

Por el bautismo «hemos recibido el Espíritu de hijos adoptivos, con el cual clamamos: '¡Abba, Padre!'» (Rom 8,15). «Y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos  con Él, para ser también con Él glorificados» (Rom 8, 17). «Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios, y que lo seamos» (1 Jn 3,1). Hijos adoptivos, pero verdaderos hijos. Unidos a Jesucristo, por su Espíritu, participamos de la naturaleza divina. Esto es pura gracia y manifestación de hasta qué extremo nos ha querido Dios y nos quiere: gran misterio es éste, como también lo es el misterio de iniquidad, que es el pecado.

A lo largo del tiempo, durante casi dos mil años, siempre se ha predicado la Buena Nueva. Los buenos Pastores han predicado a Jesucristo y la Iglesia, santa en su Cabeza y pecadora en sus miembros, se ha considerado -como así es- el único camino de salvación posible. Hablando de Jesucristo, en los Hechos de los Apóstoles, dice san Lucas que «en ningún otro hay salvación, pues ningún otro Nombre hay bajo el cielo, dado a los hombres, por el que podamos salvarnos» (Hech 4,12). Y esta unión con Jesucristo, que es el Único que nos puede salvar, sólo es posible en el seno de la Iglesia

La Roca es Cristo, pero Él concedió su poder a Pedro: «Yo te digo que tú eres Pedro y, sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Así ocurrió cuando Jesús, ya resucitado, preguntándole primero a Pedro si lo amaba, y esto tres veces, cada vez que Pedro le respondía: «Tú sabes que te quiero», Jesús le contestaba: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-17). Pedro es el Pastor y rector supremo del rebaño de Cristo (Constitución dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I, el 18 de julio de 1870, por el papa Pío IX). Por eso se habla siempre del Primado de Pedro o, si se quiere, del Papado.

En tanto en cuanto los Papas, sucesores de Pedro en el Primado, han ido conociendo, cada vez más con mayor profundidad, el misterio de Cristo, mediante el estudio serio de las Sagradas Escrituras -algo en lo que han tenido una importancia capital los grandes santos y Padres de la Iglesia, como San Agustín y Santo Tomás de Aquino- se han ido definiendo diferentes dogmas fundamentales que han pasado a formar parte del Magisterio Único de la Iglesia; gracias a ellos se ha ido clarificando la Doctrina y se han podido detectar las herejías.  Veinte concilios han habido, desde el Concilio de Jerusalén (año 50) hasta el Concilio Vaticano I (año 1870), todos ellos dogmáticos. Nunca ha habido contradicción entre un Concilio y los anteriores, como corresponde al hecho de que la Iglesia es realmente Una, Santa, Católica y Apostólica. 

Bien, todo esto ha sido así ... hasta que llegó el Concilio Vaticano II (Del 11 de octubre de 1962 al 8 de diciembre de 1965)
Continuará