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viernes, 6 de febrero de 2026

El cisma lefebriano.



La Fraternidad San Pío X (FSSPX) publicó una declaración explicando las razones del anuncio de las próximas consagraciones episcopales. El Superior General Davide Pagliarani, aborda directamente el pontificado actual del Papa León XIV, describiéndolo como una continuación de la «trayectoria irreversible» marcada por el Papa Francisco. Además de explicar la crisis Francisco/León, la declaración aborda el silencio de los obispos conservadores en la Iglesia, la posibilidad de sanciones, sus esperanzas, la razón última de su acción y su perspectiva sobre la Misa tradicional en latín. «Además, las principales orientaciones que ya se perfilan en este nuevo pontificado, en particular a través del último consistorio, no hacen más que confirmarlo. Se percibe una determinación explícita de preservar la línea del papa Francisco como una trayectoria irreversible para toda la Iglesia. Es triste reconocerlo, pero es un hecho que, en una parroquia común y corriente, los fieles ya no encuentran los medios necesarios para asegurar su salvación eterna. Carecen, en particular, tanto la predicación integral de la verdad y la moral católicas como la administración digna de los sacramentos, como siempre lo ha hecho la Iglesia. Esta privación constituye el estado de necesidad. En este contexto crítico, nuestros obispos están envejeciendo y, a medida que el apostolado continúa expandiéndose, ya no son suficientes para satisfacer las demandas de los fieles de todo el mundo». «La respuesta del cardenal Fernández no aborda la posibilidad de una audiencia con el Papa. También evoca la posibilidad de nuevas sanciones». ¿Qué hará la Fraternidad si la Santa Sede decide condenarla? En primer lugar, recordemos que en tales circunstancias cualquier sanción canónica no tendría ningún efecto real. Sin embargo, si se pronunciaran, la Sociedad aceptaría sin duda este nuevo sufrimiento sin amargura, como ha aceptado los sufrimientos pasados, y lo ofrecería sinceramente por el bien de la Iglesia». «El verano pasado, escribí al Santo Padre para solicitar una audiencia. Al no recibir respuesta, le volví a escribir unos meses después, de forma filial y directa, sin ocultar ninguna de nuestras necesidades. Le mencioné nuestras divergencias doctrinales, pero también nuestro sincero deseo de servir a la Iglesia católica sin tregua, pues somos servidores de la Iglesia a pesar de nuestra condición canónica irregular. A esta segunda carta, recibimos hace unos días una respuesta de Roma del cardenal Fernández. Lamentablemente, no tuvo en cuenta en absoluto la propuesta que presentamos ni ofrece ninguna respuesta a nuestras peticiones».

La paradoja de las pantallas de Sánchez: menores autónomos para el cuerpo, tutelados para la conciencia

   


Artículo 19.2 de la Ley Trans: «Se prohíben todas aquellas prácticas de modificación genital en personas menores de doce años […] En el caso de personas menores entre doce y dieciséis años, solo se permitirán dichas prácticas a solicitud de la persona menor siempre que, por su edad y madurez, pueda consentir de manera informada a la realización de dichas prácticas».

Artículo 19.3 de la Ley Trans: Las Administraciones públicas […] impulsarán protocolos de actuación en materia de intersexualidad que garanticen, en la medida de lo posible, la participación de las personas menores de edad en el proceso de adopción de decisiones”

Artículo 4 de la Ley Orgánica 5/2000, reguladora de la responsabilidad penal de los menores: la edad límite de dieciocho años establecida por el Código Penal para referirse a la responsabilidad penal de los menores se rebaja a los catorce años.

Ley Orgánica 1/2023, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, artículo 13 bis: “Las mujeres podrán interrumpir voluntariamente su embarazo a partir de los 16 años, sin necesidad del consentimiento de sus representantes legales. En el caso de las menores de 16 años” bla bla bla, podrán hacerlo con consentimiento y acompañamiento.

Son solo algunos ejemplos de leyes en que el sistema jurídico actual de nuestro país reconoce la capacidad de obrar de los menores de edad. 
Cambios de género, declaraciones judiciales, aborto, responsabilidad penal… son casos que la izquierda radical considera que un menor de dieciséis años tiene la suficiente madurez para asumir. 
Pero ahora, en un ataque de demagogia a la moda, sumándose al carro de la lucha contra las pantallas de pedagogos y expertos que no dejan de avisar de sus peligros, Pedro Sánchez ha abanderado la causa haciéndola campaña, metiéndose hasta la cocina de los hogares españoles, para censurar al votante joven de los próximos años a su antojo.

Porque, curiosamente, este mismo Ejecutivo dejó sobre la mesa, antes de finalizar el curso pasado, una propuesta para rebajar la edad de voto a los 16 años, anunciada como una implantación “gradual” mediante reforma legal. La idea quedó en el cajón, pero la contradicción permanece. Votar, con 16 años, sí. Instagram, con 15 años y madre al lado, no.

Una sociedad hiperdigitalizada

Soy de la generación de messenger temprano y Tuenti tardío… esa generación que se topó de frente con el acceso a redes sociales desde los primeros móviles inteligentes, ‘smartphones‘. Esa generación que mentía sobre su año de nacimiento para registrarse en tal o cual red social, y que aprendió a apagar el móvil para estudiar –o al menos, a dejarlo fuera de la habitación– a veces, a base de cates o de golpes, pues era fuente de toda distracción.

Allá por aquel entonces, las redes sociales no eran lo que son ahora. Ni tampoco los delitos en torno a estas, ni los peligros. Y aún así, ya nos avisaban: cuidado con las falsas identidades, cuidado con el acoso, con la violencia verbal, con la deshumanización del trato digital, cuidado con las críticas y riñas, siempre más fáciles que a la cara… Cuidado, también con pederastas y depredadores sexuales. Al menos, en mi colegio, no lo pudieron hacer mejor.

Ahora las cosas han cambiado, sí. Pero, precisamente por eso. La realidad es que vivimos en una sociedad hiperdigitalizada. Y vendar los ojos a los adolescentes sería como cerrarles en una ermita alejada del mundo.

Claro que los niños de nueve años no deberían estar haciendo bailecitos de TikTok -cuidado, que a veces son los propios padres los que facilitan eso desde sus cuentas-

Claro que los niños de nueve años no deberían estar haciendo bailecitos de TikTok -cuidado, que a veces son los propios padres los que facilitan eso desde sus cuentas-. Claro que hay menores, cada vez más pequeños, recurriendo con asiduidad a la pornografía -que, por cierto, no llega de las redes sociales sino que se encuentra fácilmente por Internet de cualquier vía-. Claro que hay padres que no tienen criterio para inculcar a sus hijos el sentido común. Y claro, también, que no estaría de más que a algún que otro adulto se le prohibiera usar en general las redes sociales… Aquí, cada uno con sus dones y sus defectos.

Pero la prohibición de las pantallas a menores de dieciséis años me resulta tan estúpida como el propio debate en torno a las pantallas. ¿Pantallas, de qué? ¿Es lo mismo una hora al día, que una película con los primos un domingo por la tarde? ¿Es lo mismo unos dibujos de esos de antes mientras ‘mamá’ hace la cena o acuesta al bebé, que un niño hipnotizado -e idiotizado- viendo Cocomelon mientras va atado a su sillita de paseo por la calle?

La respuesta es obvia. Las pantallas hacen daño: interno, al cerebro, y externo, a los ojos. Producen TDAH, autismo o lo que sea, y sobre todo, la pérdida de la capacidad de asombrarse con el mundo real, mucho más espectacular que el virtual. Pero, como todo, hacen daño si se abusa de ellas.
Lo que verdaderamente hace daño es privar a un padre de su capacidad de decidir sobre sus hijos en semejante asunto

Lo que verdaderamente hace daño es privar a un padre de su capacidad de decidir sobre sus hijos en semejante asunto -en el que, cada padre y madre, conocedores de cada hijo, único e irrepetible, saben lo que necesita-, mientras que le imponen que una menor pueda plantarse con un proceso judicial por impedirle abortar -lo que, implícitamente, presupone las relaciones sexuales en menores de dieciseis años-.
¡Pero vamos a ver! Esto ya clama al cielo. Aborto, sí, pero Instagram con mamá al lado, no. Cambio de sexo, sí, pero un hilo del twittero de moda sobre el derbi del día anterior con papá al lado, tampoco. Fuera de mi casa, señorías. Si quieren prohibir, prohiban: prohiban sexo prematuro, prohiban asesinatos traumaticos en vientres de menores, prohiban pornografía, prohiban educación sexual en escuelas -o cómo enseñar a un niño de seis años a masturbarse o a una de once a poner un condón-, prohíban el divorcio exprés, que tanto estrago y abandono supone para los niños, víctimas reales de esa tragedia…

Señor Sánchez, váyase a su casa y ocúpese de sus asuntos, que no son pocos.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Un discurso impecable… y prescindible: qué falta en el mensaje de León XIV sobre la fraternidad



El mensaje de León XIV con motivo de la Jornada Internacional de la Fraternidad Humana plantea una cuestión que no es de estilo ni de sensibilidad, sino de naturaleza teológica y de función del papado. No se trata de si el texto es amable, bienintencionado o políticamente oportuno, sino de si es un discurso que solo puede pronunciar un Papa o, por el contrario, uno que podría firmar sin dificultad cualquier autoridad moral genérica del orden internacional.

El texto está cuidadosamente construido para no ofender a nadie. Demasiado cuidadosamente. Habla de fraternidad, de paz, de puentes frente a muros, de compromiso concreto, de solidaridad frente a la indiferencia. Todo eso es verdadero en un plano humano general. El problema es que el plano específicamente cristiano está ausente. No es que esté deformado o mal expresado: simplemente no está.

Cristo no aparece. No como nombre propio, no como referencia salvífica, no como criterio último. Dios es mencionado, pero como fundamento abstracto de una fraternidad universal previa y autónoma. No como el Dios que irrumpe en la historia, juzga, salva, redime y divide. La fraternidad no nace de la adopción filial en Cristo ni de la incorporación al Cuerpo místico, sino de una condición humana compartida que se presenta como suficiente en sí misma. Eso no es herejía. Es algo más sutil: es irrelevancia cristológica.

Desde ese punto de vista, el discurso es impecablemente compatible con el humanismo moral contemporáneo, incluido el de matriz masónica. No porque contenga símbolos esotéricos ni consignas ocultas, sino porque comparte exactamente el mismo suelo conceptual: fraternidad universal, ética de mínimos, Dios como principio moral no confesional, superación de las diferencias religiosas en favor de una moral común. Nada en el texto exigiría ser corregido por un masón; nada obligaría a introducir una referencia específicamente cristiana para hacerlo aceptable en un foro internacional laico.

Esto lleva a la pregunta incómoda: ¿tiene que hablar así un Papa? No si entendemos el papado como un cargo meramente representativo o diplomático. Sí si lo entendemos, como siempre lo entendió la Iglesia, como un ministerio de confesión pública de la fe. El Papa no es el presidente de una ONG espiritual ni el moderador de un consenso ético global. Es el testigo principal de que la paz no es un producto de la fraternidad humana, sino una consecuencia —siempre frágil— de la verdad sobre el hombre revelada en Cristo.

Cuando un Papa habla como podría hablar cualquier otra autoridad moral, no está ampliando el alcance del mensaje cristiano; lo está diluyendo. No está construyendo puentes; está renunciando a decir qué hay al otro lado. Y eso no es prudencia pastoral. Es una opción: la de sacrificar la especificidad cristiana para no incomodar al mundo.

La cuestión, por tanto, no es si el discurso es “bonito” o “bienintencionado”. La cuestión es si es necesario. Y la respuesta, honestamente, es no. El mundo ya tiene suficientes discursos sobre fraternidad genérica. Solo la Iglesia puede —y debe— hablar de Cristo como criterio último de la fraternidad verdadera. Si el Papa no lo hace, nadie más lo hará.

Dejamos a continuación, el discurso completo:

Estimados hermanos y hermanas,

Con gran alegría y un corazón lleno de esperanza, me dirijo a ustedes por primera vez con ocasión de la Jornada Mundial de la Fraternidad Humana y del séptimo aniversario de la firma del Documento sobre la Fraternidad Humana por el papa Francisco y el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb. En esta ocasión, celebran lo más precioso y universal de nuestra humanidad: nuestra fraternidad, ese vínculo inquebrantable que une a todo ser humano, creado a imagen de Dios.

Hoy, la necesidad de esta fraternidad no es un ideal lejano, sino una urgencia ineludible. No podemos ignorar el hecho de que demasiados de nuestros hermanos y hermanas están sufriendo actualmente los horrores de la violencia y de la guerra. Debemos recordar que «la primera víctima de toda guerra es la vocación innata de la familia humana a la fraternidad» (Francisco, Carta encíclica Fratelli Tutti, 3 de octubre de 2020, 26). En un tiempo en el que el sueño de construir la paz juntos es a menudo descartado como una «utopía anticuada» (ibíd., 30), debemos proclamar con convicción que la fraternidad humana es una realidad vivida, más fuerte que todos los conflictos, diferencias y tensiones. Es una potencialidad que debe hacerse realidad mediante un compromiso cotidiano y concreto de respeto, de compartir y de compasión.

En este sentido, como subrayé recientemente ante los miembros del Comité del Premio Zayed, «las palabras no bastan» (11 de diciembre de 2025). Nuestras convicciones más profundas requieren un cultivo constante a través de esfuerzos tangibles. En efecto, «permanecer en el ámbito de las ideas y de las teorías, sin darles expresión mediante actos frecuentes y concretos de caridad, acabará por debilitar y desvanecer incluso nuestras esperanzas y aspiraciones más queridas» (Exhortación apostólica Dilexi Te, 4 de octubre de 2025, 119). Como hermanos y hermanas, todos estamos llamados a ir más allá de la periferia y a converger en un mayor sentido de pertenencia mutua (cf. Fratelli Tutti, 95).

A través del Premio Zayed para la Fraternidad Humana, rendimos hoy homenaje a quienes han traducido estos valores en «auténticos testimonios de bondad y caridad humanas» (Discurso a los miembros del Comité del Premio Zayed para la Fraternidad Humana 2026, 11 de diciembre de 2025). Nuestros galardonados —Su Excelencia Ilham Aliyev, presidente de la República de Azerbaiyán; Su Excelencia Nikol Pashinyan, primer ministro de la República de Armenia; la señora Zarqa Yaftali y la organización palestina Taawon— son sembradores de esperanza en un mundo que con demasiada frecuencia levanta muros en lugar de tender puentes. Al elegir el exigente camino de la solidaridad frente al camino fácil de la indiferencia, han demostrado que incluso las divisiones más arraigadas pueden ser sanadas mediante acciones concretas. Su labor da testimonio de la convicción de que la luz de la fraternidad puede prevalecer sobre la oscuridad del fratricidio.

Finalmente, expreso mi gratitud a Su Alteza el jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes Unidos, por su firme apoyo a esta iniciativa, así como al Comité Zayed por su visión y su convicción moral. Sigamos trabajando juntos para que la dinámica del amor fraterno se convierta en el camino común de todos, y para que el «otro» ya no sea visto como un extraño o una amenaza, sino reconocido como un hermano o una hermana.

Que Dios, nuestro Padre de todos, bendiga a cada uno de ustedes, y que bendiga a toda la humanidad.

León XIV

El ataque sin precedentes de Sánchez a la libertad de expresión



Sánchez, contra la libertad, el periodismo y la crítica.

El ataque sin precedentes a la libertad de expresión de Sánchez se materializa en un plan que prohíbe redes sociales a menores de 16 años y crea un sistema estatal para rastrear y perseguir opiniones mediante una llamada “Huella de Odio y Polarización”.

Un proyecto de control ideológico sin precedentes

El presidente Pedro Sánchez anunció el 3 de febrero de 2026 una batería de medidas que marcan un antes y un después en la relación entre el Estado y la libertad de expresión.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez incluye la obligación de verificar la edad en redes sociales y la prohibición de acceso a menores de 16 años. También prevé la creación de un sistema de rastreo de mensajes para medir la llamada “polarización social”. El Gobierno afirma que busca un entorno digital “seguro y democrático”. Sin embargo, la realidad apunta hacia un modelo de vigilancia permanente y control poblacional.

Nunca antes un Ejecutivo en España había planteado un mecanismo estatal de monitorización ideológica a gran escala.

La “Huella de Odio”: la censura disfrazada de protección

Aunque los medios comunicación de Sánchez lo están centrando mayoritariamente en la prohibición del uso de las redes sociales a los menores de 16 años, el elemento más grave del plan es la llamada Huella de Odio y Polarización.

Se trata de un sistema de trazabilidad que rastrea mensajes desde su origen hasta su difusión masiva. La censura de Sánchez se articula así como un mecanismo de vigilancia del pensamiento. El Estado pretende mapear en tiempo real qué ideas considera “polarizantes” o “extremistas”.

El problema para empezar resulta evidente: ¿quién define qué es odio y qué es crítica legítima? Si el Gobierno controla ese criterio, cualquier disidencia puede convertirse en discurso peligroso. Esto no es protección. Es censura ideológica institucionalizada.

Además, tal como señalan los juristas, si lo que se dice en las redes sociales se considera punible ya está el código penal y los juzgados para dilucidarlo. Con esto, el Gobierno elimina la función de los juzgados y se convierten en juez y parte.

Responsabilidad penal de directivos y control del algoritmo

Otro pilar del plan es imponer responsabilidad legal directa a los directivos de plataformas digitales. La censura de Sánchez pretende que los ejecutivos respondan penalmente por los contenidos publicados. Además, el Gobierno quiere tipificar como delito la manipulación de algoritmos.

Esto implica otra vez que el Estado decidirá qué tipo de contenido resulta aceptable. No solo vigila. También condiciona qué información llega a los ciudadanos. El Ejecutivo deja de perseguir delitos concretos y pasa a controlar flujos de información. Ese cambio altera la naturaleza misma de la democracia

Prohibición de redes a menores: intrusión en la patria potestad

El plan también prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 16 años. Esta medida invade y usurpa directamente la patria potestad.

El ataque a la libertad de Sánchez sustituye el criterio de los padres por imposición legal. El Estado decide ahora cuándo un menor puede expresarse en el espacio digital. Se elimina la libertad educativa y la autonomía familiar. No protege. Usurpa funciones que pertenecen a la familia.

Además, hoy la prohibición afecta a menores de 16 años. Mañana puede afectar a mayores de 18. Después a colectivos considerados incómodos.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez sienta un precedente letal para las libertades civiles. Si el Estado lo consigue puede regular ya cualquier aspecto de la vida privada.

No existe sociedad sana sin libertad de expresión. Y no existe libertad cuando el Estado vigila el pensamiento, lo controla y lo reprime.

El efecto desaliento y la autocensura social

Juristas y expertos alertan del llamado “efecto desaliento” que va a producir. Saber que el Gobierno rastrea mensajes provoca autocensura. El ciudadano deja de opinar por miedo a sanciones. El debate público se vacía y solo quedan las voces aceptadas por el poder.

Todos los sistemas de control comienzan igual. Primero prometen protección. Después limitan derechos. Finalmente terminan convirtiéndose pensamiento único y reprimiendo a los críticos. Es el modelo propio de las dictaduras comunistas.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez representa una deriva extremadamente peligrosa hacia un modelo de vigilancia ideológica: rastreo de opiniones, control de algoritmos, prohibición de redes y persecución de plataformas configuran un escenario de control estatal del discurso.

Cuando el poder decide qué se puede decir, la libertad de expresión desaparece y la sociedad deja de existir. La libertad muere. La tiranía se consolida. Es lo que quiere conseguir Pedro Sánchez.

martes, 3 de febrero de 2026

Sobre las nuevas consagraciones episcopales de la FSSPX



Hace poco más de veinticuatro horas que se conoció la noticia -esperada y preanunciada- de que el 1º de julio la FSSPX consagrará nuevos obispos, hasta ahora sin mandato pontificio lo que, según el CIC, los hará incurrir en excomunión latae sententiae. Varios amigos me han preguntado mi opinión al respecto y, tratándose éste de un blog dedicado a temas afines, se supone que algo debo escribir.

Sin embargo, dar una opinión con cierto fundamento sobre un tema tan delicado me resulta complejo por dos motivos. El primero, porque todavía hay muy poca información. Por parte de la FSSPX, sólo el comunicado y una homilía de hoy del P. Pagliarani. Y el comunicado es muy escueto y apenas dice que se ha decidido proceder a las consagraciones porque la respuesta de Roma “en modo alguno respondía a sus requerimientos”. Pero no sabemos cuáles fueron estos requerimientos. Y esto es una cuestión no menor, si tenemos en cuenta lo ocurrido con las primeras consagraciones episcopales de 1988 cuando, según mi opinión, la Fraternidad pidió demasiado, y pasó lo que pasó.

Por otro lado, no tenemos aún ninguna versión por parte de Roma. Sólo sabemos lo que ha publicado hoy Messa in Latino, según lo cual Mateo Bruni, director de prensa de la Santa Sede, habría dicho que “las conversaciones con la FSSPX continúan con el objetivo de evitar desacuerdos o soluciones unilaterales a las cuestiones que han surgido”. Y algunos medios reportan que desde la misma Fraternidad también se ha apuntado en la misma dirección: estamos en conversaciones con Roma.

En conclusión, no me parece prudente emitir una opinión definitiva y fundada sobre un tema tan delicado y sobre el que sabe tan poco. Y justamente esta situación lleva al segundo motivo para callar por ahora: tengo pensamientos y “sentimientos” contradictorios, para hablar en armonía con el post anterior. Porque claramente consagrar obispos sin mandato pontificio es romper la unidad de la Iglesia, lo cual es gravísimo. Además, la Santa Sede le ofreció a la FSSPX “regularizar” si situación canónica durante los pontificados de Benedicto XVI y de Francisco, concediéndoles prácticamente todo lo que pedía, y no aceptaron. Todo esto me lleva a expresar un juicio negativo. Pero ¿los alemanes no vienen rompiendo esa unidad desde hace un tiempo? ¿Cuando China consagra obispos sin mandato pontificio y la Santa Sede corre detrás a reconocerlos, no rompen la unidad de la Iglesia?

La cuestión no es simple; y por eso causa perplejidad. Y por eso mismo me he visto reflejado en la columna de Peter Kwasniewski y que traduzco a continuación

La noticia sobre las consagraciones episcopales de la FSSPX el 1 de julio es, obviamente, muy importante. No es que nadie esté realmente sorprendido; esto se veía venir desde hace tiempo.

Tengo pensamientos contradictorios y no creo que sea inapropiado, dados los tiempos confusos en los que vivimos. Cualquiera que espere que condene a la FSSPX o que la valore incondicionalmente se sentirá decepcionado. Siempre he sido moderadamente pro-SSPX, mi postura al respecto es bien conocida; pero también siempre he dicho que creo que es objetivamente mejor estar en comunión institucional regular con la jerarquía católica, por lo que siempre he asistido y asistiría a misa con un instituto Ecclesia Dei, si tuviera la oportunidad.

Permítanme decir simplemente: hay un gran bien en juego, así como un gran mal.

El gran bien es la comunión plena y regular con la jerarquía de la Iglesia. Los institutos Ecclesia Dei han elegido este bien como principio fundamental y, como resultado, a menudo no se pronuncian con tanta claridad y rotundidad sobre los temas de actualidad. Sin embargo, están haciendo manifiestamente la obra del Señor; están restaurando la tradición de forma silenciosa y paciente en todo el mundo. He visto los inmensos frutos. Están reconstruyendo la Iglesia desde cero, un apostolado tras otro.

Por otro lado, el gran mal es el modernismo que ha infectado a la Iglesia en todos los niveles, hasta tal punto que ahora se da por sentado; se ha convertido en un gas nocivo omnipresente, invisible e inodoro. Contra esta tendencia, el arzobispo Lefebvre adoptó una postura valiente en defensa de la fe católica tradicional (la obra de Yves Chiron «Entre Roma y la rebelión» es una lectura imprescindible para quienes deseen comprender la profundidad de la crisis a la que se enfrentó, una crisis a la que todavía nos enfrentamos), y su Fraternidad sigue enarbolando esa brillante antorcha. Los admiro por su testimonio, que han pagado con un precio muy alto.

Rezo diariamente por todos los institutos Ecclesia Dei, por todos los sacerdotes diocesanos que ofrecen la misa tradicional y por la Fraternidad San Pío X. Les deseo todo lo mejor, en la caridad de Cristo. Me entristecería profundamente un mundo en el que no existiera ninguno de ellos. Rezo en particular por la curación de las numerosas rupturas que han herido al catolicismo moderno, no solo las rupturas de la comunión canónica, que son lamentables, sino, lo que es mucho peor, la espantosa ruptura con la tradición católica, que explica por qué la Iglesia se encuentra en un estado tan lamentable (y por qué existe la FSSPX).

sábado, 31 de enero de 2026

Chantaje al Papa León: "Alemanes, todo o nada" | P. Santiago Martín FM | Actualidad Comentada



DURACIÓN 14:31 MINUTOS

Lo que la forma dice del fondo: El problema de Hakuna con el trato al Santísimo



La reacción que han provocado algunas críticas a determinados textos y formas de Hakuna ha sido, cuanto menos, reveladora. Hemos recibido correos duros, airados, algunos francamente desproporcionados, y hemos tomado nota también de artículos en los que se nos descalifica e incluso se nos insulta por señalar algo que no es una opinión personal ni un capricho estético, sino doctrina constante de la Iglesia. No deja de ser significativo que la mera apelación a criterios objetivos —teológicos y litúrgicos— genere tal conmoción. Precisamente por eso, conviene ir al fondo de la cuestión, con calma, con claridad y sin miedo.


Hay una teología en los textos y en las palabras. Y, casi siempre —aunque a algunos les resulte incómodo admitirlo— hay también una teología en las formas. Ambas se alimentan mutuamente. Lo que se dice de Dios termina expresándose en cómo se le trata. Y lo que se hace con lo sagrado acaba revelando, tarde o temprano, qué Dios se está predicando realmente.

La teología que subyace en muchos de los textos, cantos y discursos de Hakuna es marcadamente antropocéntrica. El centro del relato no es Dios en su absoluta soberanía, sino la experiencia del sujeto: cómo me siento, qué me aporta, cómo me acompaña, cómo me sana. Sin ser esto necesariamente malo, el peligro es exclusivizarlo, limitarnos a un Cristo que aparece constantemente referido al hombre, a sus heridas, a sus procesos, a su vivencia emocional. No se niega la verdad de lo que se dice, pero se altera el orden.

El cristianismo no comienza por la experiencia del hombre, sino por la iniciativa de Dios. No por lo que yo siento ante Cristo, sino por lo que Cristo es. Cuando el lenguaje se desplaza de manera sistemática hacia el “yo” y el “nosotros”, cuando la centralidad del misterio se diluye en favor de la vivencia, se está operando un giro teológico profundo, aunque no se confiese explícitamente. Dios deja de ser el centro para convertirse, de facto, en función del sujeto.


Esta teología de las palabras encuentra su coherencia —y su confirmación— en la teología de las formas. Porque cuando el Santísimo Sacramento del Altar es expuesto en una caja de cartón, colocada en el suelo, sin custodia, sin altar y sin los signos objetivos de adoración que la Iglesia siempre ha exigido, no estamos ante un simple error práctico. Estamos ante la traducción gestual de una teología ya previamente desplazada.

Si lo central es la experiencia comunitaria, la cercanía emocional y la horizontalidad, entonces las formas dejan de servir al misterio y pasan a servir al grupo. El Santísimo ya no aparece como el Señor ante el que se postra la Iglesia, sino como un elemento integrado en una dinámica humana, casi doméstica, funcional al clima emocional del encuentro. No se le niega explícitamente, pero se le rebaja implícitamente.

La Iglesia, sin embargo, ha sido siempre radicalmente clara: la Eucaristía es Cristo mismo, verdadera, real y sustancialmente presente. Y esa verdad no admite traducciones creativas que la desdibujen. Por eso la liturgia, la custodia, el altar, la genuflexión y la adoración vigilada no son añadidos culturales ni restos de una época pasada, sino confesiones visibles de fe. Son el dogma hecho gesto.

Aceptar que haya frutos buenos en Hakuna no equivale a canonizar la teología que los acompaña. Dios actúa con misericordia incluso en contextos doctrinalmente pobres o mal orientados, pero eso no convierte en buena la orientación. La Iglesia nunca ha discernido la verdad por el éxito pastoral ni por la intensidad emocional de la experiencia, sino por la conformidad con la fe recibida.

Aquí no se trata de una discusión estética ni generacional. No es una batalla entre “carcas” y modernos. Es una cuestión doctrinal de primer orden: quién ocupa el centro, Dios o el hombre. Y cuando el centro se desplaza, todo lo demás se reordena en consecuencia, también —y especialmente— el modo de tratar al Santísimo Sacramento.

Por eso es necesario decirlo con claridad, aunque incomode: hay en Hakuna una teología antropocéntrica, expresada tanto en sus palabras como en sus formas, que termina por desdibujar la centralidad absoluta de Dios. Señalarlo no es atacar a las personas ni negar los bienes parciales que puedan existir. Es, sencillamente, proponer con caridad la doctrina de la Iglesia. Porque cuando el hombre se convierte en medida de lo sagrado, lo sagrado acaba perdiendo su peso real. Y entonces, inevitablemente, Cristo deja de ser adorado para empezar a ser utilizado.

Miguel Escrivá

Úsame, mastícame, tritúrame: la teología irreverente de José Pedro Manglano, fundador de Hakuna



Me llega por WhatsApp el último mensaje de José Pedro Manglano a sus seguidores, a los que llama “pringados” en la jerga hakunera, ese dialecto interno que mezcla colegueo emocional, espiritualidad de campamento y una alarmante falta de rigor teológico.

Texto íntegro enviado por José Pedro Manglano a sus seguidores:

Mirad a Cristo pringado en cada Misa:

“Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre”. Tomadla, disponed de ella cualquiera de vosotros. No hace falta que mostréis méritos, no hay requerimiento alguno, ni tampoco os exigiré nada. Si te va bien, tómame, úsame, mastícame, tritúrame. Me gustaría que supieseis que libremente me ofrezco y me pongo a vuestra disposición porque quiero que “tengáis derecho” sobre mí, y yo no quiero ningún derecho sobre vosotros. Vivo en un sometimiento obediencial a lo que sea bueno para cada uno de vosotros.

Cada Misa, últimamente, cuando levanto su Cuerpo y su Sangre en la consagración, me viene la necesidad de decirle que yo también quiero ofrecerme, como hace Él, a todas las personas. Ojalá viva así. Ojalá vivamos así: enamorados de Jesucristo, pringado, ofrecido y sin derechos, en esta locura del último lugar, en esta locura de renuncia a cualquier derecho o reconocimiento. ¡Qué bonita es esta pobreza que no se reserva nada!

Preguntémosle cada día: ¿estoy dejándote vivir en mí la locura del último lugar?

Un abrazo desde Río Negro, Colombia: unos días de tocar a Dios en la historia de unos y de otros. Os contaré.

Aupa todos, y a disfrutar

josepe

Hasta aquí la cita. Ahora, el problema. O mejor dicho: los problemas.

El texto quiere ser místico y acaba siendo pueril; pretende ser audaz y resulta confuso; aspira a sonar profundo y termina pareciendo una letra descartada de una canción de Hakuna con pretensiones de tratado espiritual. No es solo una cuestión de estilo —que ya es suficientemente pobre— sino de fondo: el modo en que se habla aquí de la Eucaristía no es simplemente torpe, es teológicamente desfigurado.

Cristo no está “pringado”. Cristo no es una masa disponible, ni un objeto sentimental que se deja “usar”, “masticar” o “triturar” según el estado emocional del fiel. Ese lenguaje, presentado como radicalidad evangélica, introduce sin rubor una inversión completa del orden sacramental: el sujeto soberano pasa a ser el hombre y Cristo queda reducido a material manipulable para la experiencia religiosa del momento. No hay adoración, no hay sacrificio, no hay altar. Hay consumo, hay apropiación psicológica, hay emotividad autocomplaciente. Y conviene recordar, ya que se afirma que “no hay requerimiento alguno”, que la Iglesia siempre ha enseñado que para comulgar es necesario estar en gracia: no por escrúpulo ni por elitismo espiritual, sino porque la Eucaristía no es un derecho automático ni un gesto expresivo. San Pablo lo formula con claridad: quien come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación. Si no había requerimiento alguno, estaría bien que nos hubieran avisado.

La frase clave —y la más grave— es esta: Cristo “no quiere ningún derecho sobre vosotros”. Aquí ya no estamos ante una simple metáfora desafortunada, sino ante una cristología seriamente dañada. Cristo sí tiene derechos sobre el hombre, porque es su Señor. Negarlo no es humildad ni pobreza evangélica: es borrar al Kyrios del Evangelio y sustituirlo por una figura domesticada, blanda, sin autoridad ni señorío, cuya función es confirmar al creyente en su propio deseo. Eso no es cristianismo: es autoayuda emocional revestida de lenguaje litúrgico.

La insistencia obsesiva en el “sin derechos”, en la “renuncia a cualquier reconocimiento”, en la “disponibilidad total”, no remite ni remotamente a san Pablo, ni a los Padres de la Iglesia, ni a la tradición ascética católica. Remite, más bien, a una espiritualidad horizontalizada, sentimental y terapéutica, donde el sacrificio redentor desaparece y la Eucaristía queda reducida a un gesto simbólico que inspira actitudes bonitas y canciones pegadizas.

Y el desliz sacerdotal es aún más preocupante. Cuando Manglano afirma que, al elevar el Cuerpo y la Sangre, siente la necesidad de decir “yo también quiero ofrecerme, como hace Él”, la confusión ya es frontal. El sacerdote no se ofrece como Cristo. No se consagra a sí mismo. No se convierte en materia sacramental ni en prolongación redentora. Su misión no es duplicar el sacrificio, sino actuar in persona Christi. Confundir esto no es un matiz menor: es desdibujar el sacerdocio ministerial y sustituirlo por una espiritualidad del “yo también”, típicamente emotivista.

Todo el texto destila una teología del “último lugar” mal digerida, convertida en consigna emocional, repetida como estribillo y vaciada de toda densidad doctrinal. El resultado es un Cristo sin majestad, sin juicio, sin señorío, reducido a icono “pringado” que legitima cualquier apropiación subjetiva del Misterio.

No estamos ante una herejía formal. Estamos ante algo más peligroso y mucho más extendido: un lenguaje que roza la blasfemia, no porque niegue explícitamente los dogmas, sino porque los diluye, los infantiliza y los vuelve irreconocibles. Y eso, en la Iglesia, suele hacer más daño que la herejía abierta.

Carlos Balén 

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #103 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX



DURACIÓN 33:14 MINUTOS


EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA 

1. Centenario Cerro de los Ángeles 

2. Funeral víctimas accidente ferroviario 

3. Información religiosa en la red MUNDO 

4. 39 diócesis USA en quiebra 

5. Crisis vida religiosa USA 

6. La arzobispa de Canterbury 

7. El cardenal de Colonia se apea del camino sinodal 

8. Estatua de Carlo Acutis en Myanmar

«No sé si se lo había ganado o no» Cobo sobre el destierro del Padre Cantera



Las palabras importan. Y en boca de un cardenal, importan todavía más. Cuando en la transcripción de los audios publicados por Infovaticana el arzobispo de Madrid, José Cobo, se refiere a la expulsión del padre Santiago Cantera del Valle de los Caídos con un ambiguo “no sé si se lo había ganado o no”, no estamos ante una frase inocente ni improvisada. Es una expresión cínica, calculada y profundamente cobarde. Una de esas fórmulas que permiten insinuar sin afirmar, deslizar la sospecha mientras quien la pronuncia se lava las manos. Es la retórica del poder cuando no quiere asumir responsabilidad, pero sí dejar rastro.
Esto fue un momento original donde llega un prior, el antiguo prior, y nos dice: “Que nos echan”. No sé si se lo había ganado o no, pero sí: “que nos echan”.
Esa insinuación no es neutra. Deja caer, de manera deliberada, que un monje benedictino, fiel a sus votos, a su regla y a su conciencia, pudo “merecer” un destierro que lo obligó a abandonar la comunidad a la que había consagrado su vida. Insinuar eso es un ejercicio de cinismo insoportable. Es sugerir, sin pruebas ni argumentos, que la fidelidad puede ser culpa y que la coherencia puede ser motivo de castigo. Es aceptar como verosímil que un sacerdote ejemplar mereciera ser apartado por razones que no se atreve a formular con claridad, porque el único motivo por el que fue apartado el padre Cantera fue por la imposición de unos políticos inmorales.

Vamos a ser claros y a resolverle la duda al cardenal de Madrid: no, el padre Santiago Cantera no se lo merecía. No se lo merecía ni humana, ni espiritual, ni eclesialmente. El padre Cantera es un sacerdote fiel, un monje benedictino íntegro, un hombre que ha vivido conforme a sus votos y a su fe, sin dobleces ni cálculos. Posee una talla intelectual, académica, doctrinal y espiritual que debería ser espejo para muchos, no objeto de insinuaciones cobardes ni de comentarios al paso lanzados off the record para quedar bien con todos y no responder ante nadie.

Resulta especialmente hiriente que estas palabras procedan de quien ocupa la sede de Madrid no por un reconocimiento generalizado de méritos pastorales o intelectuales, sino como fruto de una designación ampliamente cuestionada, ajena al criterio de muchos de sus pares, del propio nuncio y de quienes conocen de cerca su trayectoria. No es una crítica personal gratuita, es una constatación: la mediocridad se delata cuando se pretende rebajar a quienes incomodan por su coherencia. Cuando falta autoridad moral, se recurre a la insinuación.

¿Quién es usted, José Cobo, para sugerir que un benedictino de la talla del padre Cantera “quizá” merecía verse forzado a romper sus votos por un destierro encubierto? ¿Quién es usted para deslizar la sospecha sin dar la cara, para manchar sin asumir, para protegerte tras la ambigüedad mientras otros cargan con las consecuencias? La Iglesia no necesita pastores que se limiten a “pasar por ahí”, ni prelados que actúen como notarios de decisiones ajenas, ni cardenales que adopten el lenguaje del poder político mientras vacían de sentido el lenguaje de la fe.

Lo ocurrido en el Valle de los Caídos no es un episodio menor ni un malentendido administrativo. Es una prueba de carácter. Y en esta prueba, las medias tintas, las frases cínicas y las manos lavadas no absuelven. La fidelidad no necesita defensa tibia. Necesita verdad. Y la verdad, en este caso, es sencilla y rotunda: el padre Santiago Cantera no merecía nada de lo que se le hizo. Quienes sí deberían dar explicaciones son otros.

Miguel Escrivá 

viernes, 30 de enero de 2026

El desastre socialista de la gestión ferroviaria



El desastre socialista de la gestión ferroviaria ha convertido a España en el país de Europa con más muertos en accidentes de tren entre 2006 y 2024.

España lidera Europa en muertes ferroviarias

Los datos oficiales de Eurostat confirman una realidad demoledora: entre 2006 y 2024 se registraron 743 fallecidos por accidentes ferroviarios en la Unión Europea, de los cuales 139 se produjeron en España. Esto representa el 18,7% del total europeo, a pesar de representar únicamente el 8% del total de kilómetros de vía ferroviaria de la UE.

Pero es más, España encabeza así el ranking de países con más víctimas mortales en siniestros ferroviarios. Muy por detrás aparecen Polonia, Francia., Hungría e Italia. Ningún país de nuestro entorno acumula una cifra tan elevada.

Este desastre socialista se produce en un contexto político claro. Entre 2006 y 2011 gobernó el PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero. Desde 2018 hasta hoy gobierna de nuevo el PSOE con Pedro Sánchez. A excepción de la época de Rajoy siempre gobernaron los socialistas, responsables directos de las políticas de inversión, mantenimiento y seguridad ferroviaria.

Adamuz: símbolo del abandono socialista

El último episodio trágico tuvo lugar en Adamuz (Córdoba), donde un descarrilamiento provocó la muerte de 46 personas.

El presidente de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF), Ignacio Barrón, afirmó sin rodeos: «Todos creíamos que se había hecho una remodelación integral de la Línea Madrid-Sevilla después de 30 años de funcionamiento, y no ha sido así». Este desastre socialista de la gestión ferroviaria no responde a un error puntual. Responde a décadas de abandono, falta de inversión real en mantenimiento y obsesión por inaugurar obras visibles en lugar de garantizar la seguridad estructural.

El propio Barrón lo resumió con una frase que retrata el problema: «Los mantenimientos no se inauguran y las mercancías no votan».
Seguridad sacrificada por propaganda política

El desastre socialista de la gestión ferroviaria se explica por una lógica perversa. El Gobierno prioriza proyectos propagandísticos, corredores ideológicos y discursos verdes y climáticos, mientras deja deteriorarse infraestructuras críticas.

La inversión real en conservación de líneas, soldaduras, sistemas de señalización y control se ha visto relegada. El resultado lo pagan los ciudadanos con su vida.

El empleo público crece. El gasto político se dispara. Pero los sistemas básicos fallan. La red ferroviaria envejece sin revisión integral. Los protocolos se aplican de forma desigual. La responsabilidad política se diluye en comisiones y comparecencias vacías.

España no sufre un problema técnico aislado. Sufre un problema estructural de modelo político. El socialismo ha convertido la gestión pública en un instrumento de propaganda y demagogia, no de servicio. ¿los efectos? Desastre tras desastre.

La nefasta gestión ferroviaria refleja el mismo patrón que en sanidad, energía o inmigración: más ideología, menos gestión; más discurso, menos resultados.

Un balance político que exige responsabilidades

Resulta imposible separar los datos de su contexto político. Zapatero, Sánchez como presidentes y ahora Puente como Ministro de Transporte forman parte de una misma cadena de decisiones. Ninguno ha impulsado una auditoría real del estado de la red. Ninguno ha asumido errores estructurales. Mientras tanto, España lidera Europa en muertos por tren. Una posición vergonzosa para un país que presume de alta velocidad, sostenibilidad y movilidad inteligente.

El desastre socialista de la gestión ferroviaria no se corrige con comunicados ni con enfados televisivos o declaraciones demagógicas en el Senado. Se corrige con inversión real, planificación técnica, auditorías independientes y dimisiones cuando fallan los sistemas.

Cada víctima refleja una cadena de decisiones erróneas. Cada muerto demuestra que el sistema no funciona. Y cada comparecencia sin consecuencias confirma que el poder político ha perdido el sentido de su deber esencial: proteger a los ciudadanos.

En cualquier democracia madura, una tragedia como Adamuz habría provocado ceses inmediatos. En la España de Sánchez, provoca ruedas de prensa y culpas difusas. Son ruines y mezquinos.

¿Adoctrinamiento franquista?





Querido lector, aún con el alma compungida por las últimas catástrofes que hemos tenido en España por los accidentes de varios de trenes, con el corazón roto por esos padres que han perdido a sus hijos, por esos hijos que han perdido a sus padres… tenemos que continuar viviendo.

Y vivimos no solo rodeados por estos acontecimientos tan desgarradores, si no también, muy a nuestro pesar, por otros en los que también hay víctimas que sufren. No de un modo físico, quizás, sino más bien de una forma sutil, casi imperceptible, por las ideologías destructivas que se van colando en la mente de las nuevas generaciones.

Los que atizan el fuego del odio, esos que se alimentan de los enfrentamientos ideológicos, de los negocios que giran a sus sombras, de los puestos de trabajo que les generan… esos, no se contentan con meter sus sucias zarpas en las aulas, si no que tienen que encender la mecha buscando un cordero al que sacrificar en nombre de la libertad y la democracia.

En esta ocasión la víctima es un profesor de filosofía de un instituto en una localidad de Huelva, al que se le acusa de apología del franquismo en sus aulas por decir, supuestamente, que “con Franco se vivía mejor”. Y aunque, tras la investigación llevada a cabo en ese centro educativo, el veredicto fue de inocente, no contentos con esto, los miembros del sindicato CGT[i], sí, esos “comegambas”, le han denunciado por “adoctrinamiento franquista”, y para remate, el mismo alcalde, tuvo la cara dura de, anterior a este hecho, presentarse en la puerta del instituto para repartir panfletos de ideología izquierdista para alertar a los alumnos… ya sabemos querido lector: ¡qué viene la derecha!. Este valiente profesor citado no se lo pensó dos veces y le recriminó esa actuación fuera de contexto en la puerta de un instituto donde hay niños menores. Tan sólo hay que escuchar la grabación que mantuvieron ambos[ii], profesor y alcalde, para darse cuenta del despotismo de este último, la arrogancia y el perfil radical de ideología de izquierda, llamando “gentuza” a los de ideología derecha y burlándose del crucifijo del profesor que colgaba de su cuello.

Lamentablemente hay personas ciegas de odio, y a pesar de que los propios alumnos y padres del centro desmintieron este supuesto “adoctrinamiento”, a pesar de la inocencia probada, a pesar de la verdad, hay personas radicalizadas que tratan de imponer sus ideologías a costa de machacar a los demás. Porque así, tal y como nos demuestran cada día, mediante el enfrentamiento y las mentiras, es como funcionan algunos.

No estaría mal recordarle a este alcalde, así como a tantos siervos del izquierdismo, que ellos no son precisamente los idóneos para dar clases de lo que es o no adoctrinamiento. Ellos que aplauden con las orejas y se enorgullecen de meter en la mente de los niños las ideas del cambio de sexo como una alternativa liberadora, las relaciones homosexuales como rompedoras del patriarcado y el ataque al hombre como si fuesen violadores y maltratadores en potencia. Dejad en paz a los niños y preocuparos por levantar el nivel y la calidad educativa que es vergonzosa como está.

Has de saber, querido lector, que los miembros de la Asociación ECA intentamos contactar con algún alumno de este instituto de Paterna del Campo y el profesor perjudicado, pero sin éxito, porque lo que consiguen estos ogros rabiosos, es amenazar e intimidar a los “buenos”. De esta manera, nos pusimos en contacto con Fernando, un amigo de ECA, quien conoce de primera mano esta situación. Hemos podido realizar una entrevista muy interesante con él en nuestro programa de Radio “Son nuestros hijos” de Multicanal Radio[iii], en la que nos revela todo lo acontecido con muchos detalles y a la que te invito a ver y compartir.

Debemos frenar los pies a estas personas que se creen en posesión de la verdad y con el derecho de pisotear el honor de un profesor y de lavarles el cerebro a los menores con sus mentiras ideológicas.

Desde aquí, quiero manifestar el apoyo de la Asociación ECA a este profesor y dar la enhorabuena a esos valientes alumnos que lo defendieron ante esas falsas acusaciones y ese atentado hacia la neutralidad que debe haber en un centro educativo. La carta que escribieron no tiene desperdicio y es síntoma de que aún hay esperanza[iv].

Gracias.

Un saludo y hasta la próxima cita.

Alicia Beatriz Montes Ferrer

EXCLUSIVA: Cobo admite ser el transmisor de la coacción de Sánchez a los benedictinos: «si no os echan, tenéis que hacer un proceso de conversión»



por Redacción | 29 enero, 2026


El cardenal de Madrid, José Cobo, participó recientemente en un encuentro off the record con periodistas seleccionados al que Infovaticana no fue invitado y, por tanto, no está sujeto a ningún compromiso de confidencialidad. Este medio ha tenido acceso al audio completo de dicha conversación y lo que en él se escucha aporta un contexto de enorme relevancia para comprender el papel desempeñado por el arzobispo de Madrid en el conflicto del Valle de los Caídos.

En ese audio, el propio cardenal Cobo explica con detalle cómo se desarrollaron las conversaciones internas en torno a la posible expulsión de la comunidad benedictina y al proyecto gubernamental de resignificación del recinto. Sus palabras, reproducidas de forma literal, no dejan lugar a interpretaciones forzadas ni a matices benevolentes. Dice el cardenal:

«Vamos a ver. Es que parece que el Valle de los Caídos o Cuelgamuros es el centro de la vida de la Iglesia y es que a Madrid… o sea, para nosotros, es que pasamos por ahí. O sea, la diócesis de Madrid es que pasamos por ahí. Digo porque no tenemos jurisdicción y porque esto fue un momento original donde llega un prior, el antiguo prior, y nos dice: “Que nos echan”. No sé si se lo había ganado o no, pero sí: “que nos echan”. No, quiero decir, porque hay una tensión muy fuerte. Bueno, pues voy a contar la historia».

A continuación, el cardenal relata una reunión clave en la que participaron el presidente de la Conferencia Episcopal, el nuncio apostólico, él mismo y el prior Santiago Cantera. En sus propias palabras:

«Entonces nos reunimos: presidente de la Conferencia, el nuncio, un servidor y el prior Cantera. Y entonces decimos: “Oye, que nos echan”. Y decimos: vamos a intentar dos carpetas. Carpeta uno: la comunidad; y carpeta dos».

Inmediatamente después introduce el elemento político:

«Pero es que, además de que nos echen, para la basílica hay un proyecto del Gobierno que le han llamado resignificación —que para el Gobierno son carpetas distintas, eh—, que está en marcha».

Es en este punto donde el cardenal explica su interlocución con la Santa Sede y con el nuncio, y donde aparece la frase que concentra toda la gravedad del asunto:

«Bueno, pues vamos a ver. Hablo con Santa Sede, hablo con el nuncio. Hay que conseguir dos cosas: primero, que no los echen. Y para eso me hablo con ellos y les digo: “Mira, si no os echan, a mí me han dicho que, si no os echan, tenéis que hacer un proceso de conversión”. Hasta luego, y yo me voy».

El cardenal añade a continuación:

«Y ellos dicen: “Hacemos un proceso de conversión”. Vale, se quedan. Pero yo ya no tengo nada que ver ahí».

La literalidad del testimonio es demoledora. El propio arzobispo de Madrid reconoce que la permanencia de los benedictinos en el Valle quedó condicionada a la aceptación de un supuesto “proceso de conversión”. Obviamente, se trata de un eufemismo, la «conversión» transmitida por Cobo no se trató de una exhortación espiritual ni de una llamada a la renovación interior propia de la vida cristiana, sino de una condición impuesta como moneda de cambio para evitar la expulsión. La pregunta resulta inevitable y el audio no ofrece respuesta: ¿conversión a qué? ¿En virtud de qué autoridad se exige un proceso de conversión a unos monjes benedictinos, católicos, bautizados, fieles a su regla, dedicados a la oración y a la vida contemplativa?

Conviene añadir, además, un matiz esencial: la comunidad benedictina del Valle no ha aceptado dócilmente ese chantaje ni ha asumido sin más el marco impuesto. Muy al contrario, los monjes se han mantenido firmes en la defensa jurídica de sus derechos, han recurrido las decisiones que consideran injustas y no están dando su brazo a torcer con la facilidad que sugiere el relato edulcorado de Cobo. La supuesta “conversión” de la que presume el arzobispo es, en el mejor de los casos, una interpretación unilateral y autojustificativa de alguien cuya credibilidad queda seriamente dañada por el propio audio: no habla un pastor preocupado por la verdad, sino un intermediario ansioso por presentar como éxito una claudicación que, en realidad, no se ha consumado.

El contexto político aclara el sentido real de la exigencia. Ese “proceso de conversión” aparece vinculado explícitamente al proyecto del Gobierno de Pedro Sánchez para resignificar el Valle, un proyecto ideológico y memorialista ajeno a la misión de la Iglesia y frontalmente hostil a la identidad histórica y religiosa del lugar. Bajo un lenguaje eclesial se encubre lo que, en la práctica, equivale a una exigencia de sumisión: aceptar el marco narrativo del poder político socialista o asumir las consecuencias. Lo grave y surrealista es que la correa de transmisión de esta coacción criminal fuese nada menos que el cardenal de Madrid.

El propio cardenal dice, además, que supuestamente la comunidad vivía una fuerte tensión interna y una beligerancia con el anterior prior, pero en ningún momento habla de desviaciones doctrinales, escándalos morales o desobediencia canónica que pudieran justificar una exigencia de conversión en sentido teológico. La “conversión” exigida no remite a Cristo, sino a un cambio de actitud frente al proyecto gubernamental. No es una llamada evangélica, sino un eufemismo cuidadosamente elegido para revestir de espiritualidad una presión política.

El audio al que ha accedido Infovaticana sitúa al cardenal Cobo en un papel difícilmente compatible con la función pastoral que le corresponde. No actúa como defensor de una comunidad religiosa amenazada, sino como intermediario y correa de transmisión de un chantaje explícito del poder político. Cuando un cardenal de la Iglesia asume como propia la lógica del Gobierno y la traduce al lenguaje de la conversión cristiana, no estamos ante un malentendido menor, sino ante una instrumentalización grave del lenguaje de la fe y una claudicación que exige una explicación pública y honesta ante los fieles.

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Nota de la redacción: InfoVaticana no se considera éticamente vinculada por el carácter “off the record” de este encuentro, al haber sido excluida de la convocatoria pese a ser el medio eclesial con mayor audiencia en España.

jueves, 29 de enero de 2026

El Banquete de la Ruptura: El Camino Neocatecumenal y la Deconstrucción de la Misa Sacrificial



[Fuente: Panorama católico] La autora de este artículo hace un análisis claro, sencillo y despojado de toda connotación personal de los errores del Camino Neocatecumenal respecto a la Santa Misa. Con una experiencia de 15 años en este movimiento, lo muestra en sus desvíos doctrinales con brevedad y contundencia.

Por ABBEY CLINT @abbeyclint


Crecer en el Camino Neocatecumenal ofrece una perspectiva cruda y sin adornos de la «Nueva Teología» (*) que ha permeado la Iglesia posconciliar, ofreciendo una mirada directa al rechazo radical y rotundo de la esencia sacrificial de la Misa. Para los iniciados en el Camino, el altar no es un lugar del sacrificio cruento que se hace presente de nuevo de manera incruenta, sino una mesa para un banquete comunitario.

Este cambio no es meramente estético; es una profunda ruptura ontológica. Al reemplazar el énfasis tradicional en la naturaleza propiciatoria de la Eucaristía, la ofrenda del Hijo al Padre para la remisión de los pecados, por una celebración del “Misterio Pascual” centrada casi exclusivamente en la Resurrección y la alegría de la comunidad, el Camino refleja la tendencia posconciliar más profunda a priorizar la relación horizontal entre los hombres por sobre la relación vertical entre el hombre y Dios.

Este giro teológico se manifiesta con mayor claridad en la estructura física y litúrgica de la Eucaristía Neocatecumenal, que a menudo se celebra en torno a una mesa cuadrada decorada, en lugar de dirigirse hacia un sagrario o un altar fijo. Esta configuración deconstruye eficazmente el papel del sacerdote como alter Christus, actuando en la persona de Cristo Sumo Sacerdote, relegándolo a un mero presidente de una comida fraterna.

Los “errores” del Camino no son, en este sentido, aberraciones aisladas, sino las conclusiones lógicas de una interpretación específica del Novus Ordo Missae. Cuando se anima a los fieles a recibir la Hostia sentados y a consumirla simultáneamente con el sacerdote, la distinción jerárquica entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los bautizados se difumina hasta el olvido. Esta práctica constituye una manifestación concreta de la “Nueva Teología”, que considera a la Iglesia más como una asamblea democrática que como un cuerpo sobrenatural y jerárquico.

Además, el enfoque pedagógico del Camino Neocatecumenal, con sus directorios catequéticos durante mucho tiempo ocultos, refleja la ambigüedad doctrinal que ha caracterizado gran parte de los tiempos modernos. Al priorizar una fe existencial y experimental por encima de la claridad objetiva y dogmática de la tradición escolástica, el Camino fomenta una identidad religiosa que a menudo está más ligada al “camino” específico del grupo que al depósito universal de la fe.

Esto refleja la crisis de autoridad que se observa en la Iglesia en general, donde el “discernimiento” subjetivo se antepone con frecuencia al Magisterio perenne. En definitiva, reflexionar sobre mis 15 años de experiencia en este movimiento revela que la crisis de la liturgia es en realidad una crisis de fe; si la Misa ya no se considera un verdadero sacrificio, el núcleo mismo del catolicismo se vacía, dejando tras de sí una cáscara centrada en la comunidad que lucha por guiar a las almas hacia la realidad trascendente del Calvario.
En este marco teológico, la comprensión del pecado y la propiciación sufre una transformación que guarda un parecido sorprendente, y a menudo inquietante, con el pensamiento luterano, alejándose de la doctrina católica del mérito y acercándose a una visión más fatalista de la condición humana.

En el Camino Neocatecumenal, el pecado se presenta con frecuencia no como una transgresión voluntaria que requiere la gracia medicinal de los sacramentos y la penitencia personal para rectificarlo, sino como un síntoma inevitable de la “esclavitud del hombre al diablo”.

Esta perspectiva evoca el concepto luterano de simul iustus et peccator, según el cual el individuo permanece esencialmente corrupto, pero está “cubierto” por la gracia. Al minimizar la capacidad de la voluntad humana, con la ayuda de la gracia, para vencer verdaderamente el pecado y alcanzar la santidad, el Camino corre el riesgo de reducir la vida cristiana a un ciclo perpetuo de reconocimiento de la propia miseria sin la esperanza transformadora de una justificación interior real.

Esta visión distorsionada del pecado exige naturalmente un rechazo de la comprensión católica tradicional de la propiciación. En la teología perenne de la Iglesia, el sacrificio de Cristo en la cruz es un acto propiciatorio: una satisfacción ofrecida al Padre para expiar la ofensa infinita del pecado.

Sin embargo, la «Nueva Teología», expresada en la catequesis del Camino, trata la idea de satisfacer la justicia divina como una construcción «legalista» o «pagana». En cambio, enfatiza la Cruz únicamente como signo del amor incondicional de Dios y una victoria sobre la muerte, despojándola de su carácter de sacrificio necesario para la remisión de la culpa. Este cambio elimina efectivamente la necesidad «transaccional» de la Misa; si no hay necesidad de propiciación, la Misa deja de ser un sacrificio ofrecido por los vivos y los muertos y se convierte simplemente en un memorial de un acontecimiento histórico que valida el estado actual de la comunidad.

En consecuencia, el papel del individuo en la economía de la salvación se minimiza a una aceptación pasiva de su propia fragilidad. El llamado católico a «completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo» mediante el sacrificio y la mortificación es reemplazado por un enfoque en el «kerigma», una proclamación de misericordia que a menudo carece del correspondiente llamado a un firme propósito de enmienda.

Esta orientación teológica refleja la crisis más amplia posterior al Vaticano II, donde se ha perdido el sentido del pecado, reemplazado por un consuelo psicológico que busca calmar la conciencia en lugar de purificarla. Al enmarcar a la persona humana como alguien que “no puede hacer otra cosa” que pecar hasta que llegue un momento místico de iluminación, el Camino refleja inadvertidamente la negación protestante del libre albedrío, alejando aún más a los fieles del camino tradicional de purificación, iluminación y unión que ha definido la espiritualidad católica durante dos milenios.

(*) Nota: la Nueva Teología, o Nouvelle Theologie fue condenada en sus errores por la Encíclica Humani Generis de Pío PP XII en 1950.

Adendum AF

"Lo único que nos podrá salvar es que muera el Papa" (haciendo referencia a Benedicto XVI), dijo Kiko Argüello.

Este interesantísimo vídeo da testimonio del espíritu del Camino Neocatecumenal. Kiko Argüello considera que asistir a misa con el resto de la parroquia era “matar” las pequeñas comunidades de su movimiento. Esta era la orden de Benedicto XVI que no se aplicó porque dimitió: "Bergoglio nos salvó"
 pic.twitter.com/o3FG2SIHLe— Panoramix (@PCIDigital) January 27, 2026

León XIV, el Vaticano II y la lucha entre la verdad y el proceso en la Iglesia actual



Lo que ha preocupado a los observadores del primer pontificado del Papa León XIV no es simplemente la presencia de señales contradictorias, sino el modo en que estas señales parecen ir en direcciones eclesiológicas opuestas al mismo tiempo.

Por un lado, hay momentos de claridad inequívoca, incluso de severidad, que se leen como una reprimenda silenciosa pero inequívoca a los impulsos del gobierno del papa Francisco. Por otro lado, hay una persistencia de nombramientos, énfasis y gestos simbólicos que parecen atar firmemente al nuevo pontificado a las mismas corrientes que han generado confusión y decadencia durante décadas. 

La pregunta ya no es si el papa León representa la continuidad o la ruptura, sino si intenta reconciliar dos visiones de la Iglesia que, en realidad, son cada vez más irreconciliables.

Sobre el católico que vota y la incongruencia




Cada vez que se acercan elecciones (municipales, autonómicas, nacionales o europeas) reaparece el mismo fenómeno: el católico que se santigua al entrar en la iglesia el domingo y, unas horas después, introduce en la urna una papeleta que respalda sin rubor leyes de aborto, eutanasia o ingeniería social. Todo ello, eso sí, con la conciencia tranquilizada por un cómodo autoengaño: “yo voto otras cosas”, “el programa es muy amplio”, “no todo es el aborto”, “hay prioridades sociales más urgentes”.

Pues bien: no. No todo vale. Y no, no es inocente.

Joseph Ratzinger (antes de ascender al papado como Benedicto XVI) dejó esto meridianamente claro en 2004, cuando aún era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.El guardián celoso de la doctrina católica. Lo hizo por escrito, con precisión quirúrgica y sin necesidad de levantar la voz, como hacen quienes saben que la verdad no necesita ser gritada.

Ratzinger afirmó que un católico incurre en cooperación formal con el mal si vota deliberadamente a un candidato precisamente por su postura permisiva respecto al aborto o la eutanasia, y que esa cooperación lo hace indigno de recibir la Sagrada Comunión. No es una metáfora. No es una exageración. Es doctrina moral católica. Pura, dura y sin adornos.

Aquí se produce el primer choque con la mentalidad dominante: el voto no es moralmente neutro. No es un gesto administrativo. Es un acto humano libre y, por tanto, moralmente calificable.

La Iglesia (para escándalo de progresistas y conservadores con carnet bautismal) nunca ha enseñado que todo voto sea igualmente lícito. Jamás. Desde Santo Tomás de Aquino hasta el Catecismo actual, la doctrina es constante: cooperar formalmente con una injusticia grave es pecado grave. Y el aborto y la eutanasia no son “un tema más”: son la eliminación deliberada de vidas humanas inocentes.

El aborto no es una política sanitaria. Es la supresión directa de un ser humano en la fase más vulnerable de su existencia. La eutanasia no es compasión. Es la rendición moral de una sociedad que prefiere matar al que sufre antes que acompañarlo.

Por eso Ratzinger introduce un concepto clave que muchos prefieren ignorar: la cooperación formal. No se trata de votar “a pesar de” algo malo, sino de votar “precisamente por” quien defiende ese mal. En ese caso, el votante hace suyo el mal, lo respalda, lo legitima y lo impulsa.

¿Y qué ocurre cuando el candidato defiende el aborto, o no se pronuncia para no dar pistas al votante, aunque está a favor del aborto y la eutanasia en las políticas que promulgara y administrara si el eligen? No seamos ingenuos, todos sabemos lo que piensan los políticos a los que votamos o no votamos, sobre este espinoso y grave asunto. Lo digan o no lo digan explícitamente.

Muchos dirán; pero yo voto por él “por otros motivos”. Aquí Ratzinger no es ingenuo. Reconoce que puede existir un voto materialmente tolerado si hay razones verdaderamente proporcionadas. Pero atención: razones proporcionadas no son la simpatía personal, la promesa económica, el miedo al adversario ni el clásico “es que los otros son peores”.

La vida humana no es una variable negociable. No es moneda de cambio. No se compensa con subvenciones, ni con discursos verdes, ni con agendas sociales empaquetadas en lenguaje inclusivo.

El problema de fondo es que durante décadas se ha catequizado al católico para que crea que su fe pertenece exclusivamente al ámbito privado. Que puede rezar una cosa y votar la contraria. Que puede comulgar el domingo y apoyar el lunes leyes que matan.

Ratzinger dinamita esa esquizofrenia moral. Y lo hace con una consecuencia concreta y muy molesta: “quien coopera formalmente con el aborto o la eutanasia no debería acercarse a la Comunión. No como castigo, sino por coherencia. Porque la Eucaristía no es un premio social, sino el sacramento de la comunión con Cristo. Y Cristo no firma leyes de muerte”.

En este contexto electoral permanente en el que vivimos, el mensaje es incómodo pero necesario: no todo voto es compatible con la fe católica. Y no pasa nada por decirlo. Lo verdaderamente grave es callarlo. Aunque, como a mí, ya me haya costado mas de un disgusto. La verdad no suele ser bien acogida.

La Iglesia no impone partidos, pero sí impone límites morales. Y el primero es el derecho a la vida. Sin vida, no hay derechos. Sin vida, no hay justicia social. Sin vida, no hay nada.

Cuando un católico vota conscientemente a quien promueve el aborto o la eutanasia, no está haciendo política: está tomando partido contra el más débil. Y luego no debería sorprenderse si alguien le recuerda que no se puede servir a dos señores.

Benedicto XVI no fue “duro”. Fue claro. Y en tiempos de confusión interesada, la claridad se percibe como una agresión.

Quizá por eso su texto sigue siendo tan actual. Porque desenmascara la gran mentira contemporánea: que se puede ser católico sin consecuencias.

No. No se puede.

Y cuanto antes lo asumamos, (especialmente cuando se abren las urnas), mejor para nuestras conciencias y, sobre todo, para los que no tienen voz ni voto: los no nacidos, los enfermos, los ancianos descartados.

Ellos no votan. Pero pagan con su vida el resultado.

Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra