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sábado, 31 de enero de 2026

Lo que la forma dice del fondo: El problema de Hakuna con el trato al Santísimo



La reacción que han provocado algunas críticas a determinados textos y formas de Hakuna ha sido, cuanto menos, reveladora. Hemos recibido correos duros, airados, algunos francamente desproporcionados, y hemos tomado nota también de artículos en los que se nos descalifica e incluso se nos insulta por señalar algo que no es una opinión personal ni un capricho estético, sino doctrina constante de la Iglesia. No deja de ser significativo que la mera apelación a criterios objetivos —teológicos y litúrgicos— genere tal conmoción. Precisamente por eso, conviene ir al fondo de la cuestión, con calma, con claridad y sin miedo.


Hay una teología en los textos y en las palabras. Y, casi siempre —aunque a algunos les resulte incómodo admitirlo— hay también una teología en las formas. Ambas se alimentan mutuamente. Lo que se dice de Dios termina expresándose en cómo se le trata. Y lo que se hace con lo sagrado acaba revelando, tarde o temprano, qué Dios se está predicando realmente.

La teología que subyace en muchos de los textos, cantos y discursos de Hakuna es marcadamente antropocéntrica. El centro del relato no es Dios en su absoluta soberanía, sino la experiencia del sujeto: cómo me siento, qué me aporta, cómo me acompaña, cómo me sana. Sin ser esto necesariamente malo, el peligro es exclusivizarlo, limitarnos a un Cristo que aparece constantemente referido al hombre, a sus heridas, a sus procesos, a su vivencia emocional. No se niega la verdad de lo que se dice, pero se altera el orden.

El cristianismo no comienza por la experiencia del hombre, sino por la iniciativa de Dios. No por lo que yo siento ante Cristo, sino por lo que Cristo es. Cuando el lenguaje se desplaza de manera sistemática hacia el “yo” y el “nosotros”, cuando la centralidad del misterio se diluye en favor de la vivencia, se está operando un giro teológico profundo, aunque no se confiese explícitamente. Dios deja de ser el centro para convertirse, de facto, en función del sujeto.


Esta teología de las palabras encuentra su coherencia —y su confirmación— en la teología de las formas. Porque cuando el Santísimo Sacramento del Altar es expuesto en una caja de cartón, colocada en el suelo, sin custodia, sin altar y sin los signos objetivos de adoración que la Iglesia siempre ha exigido, no estamos ante un simple error práctico. Estamos ante la traducción gestual de una teología ya previamente desplazada.

Si lo central es la experiencia comunitaria, la cercanía emocional y la horizontalidad, entonces las formas dejan de servir al misterio y pasan a servir al grupo. El Santísimo ya no aparece como el Señor ante el que se postra la Iglesia, sino como un elemento integrado en una dinámica humana, casi doméstica, funcional al clima emocional del encuentro. No se le niega explícitamente, pero se le rebaja implícitamente.

La Iglesia, sin embargo, ha sido siempre radicalmente clara: la Eucaristía es Cristo mismo, verdadera, real y sustancialmente presente. Y esa verdad no admite traducciones creativas que la desdibujen. Por eso la liturgia, la custodia, el altar, la genuflexión y la adoración vigilada no son añadidos culturales ni restos de una época pasada, sino confesiones visibles de fe. Son el dogma hecho gesto.

Aceptar que haya frutos buenos en Hakuna no equivale a canonizar la teología que los acompaña. Dios actúa con misericordia incluso en contextos doctrinalmente pobres o mal orientados, pero eso no convierte en buena la orientación. La Iglesia nunca ha discernido la verdad por el éxito pastoral ni por la intensidad emocional de la experiencia, sino por la conformidad con la fe recibida.

Aquí no se trata de una discusión estética ni generacional. No es una batalla entre “carcas” y modernos. Es una cuestión doctrinal de primer orden: quién ocupa el centro, Dios o el hombre. Y cuando el centro se desplaza, todo lo demás se reordena en consecuencia, también —y especialmente— el modo de tratar al Santísimo Sacramento.

Por eso es necesario decirlo con claridad, aunque incomode: hay en Hakuna una teología antropocéntrica, expresada tanto en sus palabras como en sus formas, que termina por desdibujar la centralidad absoluta de Dios. Señalarlo no es atacar a las personas ni negar los bienes parciales que puedan existir. Es, sencillamente, proponer con caridad la doctrina de la Iglesia. Porque cuando el hombre se convierte en medida de lo sagrado, lo sagrado acaba perdiendo su peso real. Y entonces, inevitablemente, Cristo deja de ser adorado para empezar a ser utilizado.

Miguel Escrivá