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miércoles, 28 de enero de 2026

Blas Piñar y la Iglesia



En el día del duodécimo aniversario de su muerte, Infovaticana se adentra en la figura de un español clave para entender la historia reciente de España y de la Iglesia.


La figura de Blas Piñar no puede entenderse sin la Iglesia. No como un mero telón de fondo, sino como el eje vertebrador de toda su vida. Su pensamiento, su obra, su acción pública, incluso su soledad final, sólo se explican desde una fe católica profunda, vivida con piedad constante y con plena conciencia del papel asumido en la defensa de la verdad. En este sentido, Blas Piñar encarna como pocos la gran paradoja del catolicismo español contemporáneo: ser plenamente hombre de Iglesia, y serlo de manera pública, destacada y fiel, y, al mismo tiempo, acabar siendo marginado por una parte significativa de su jerarquía cuando la tempestad, con vientos huracanados, arremetieron -y siguen arremetiendo- contra la barca de Pedro.

Blas Piñar, hombre de Iglesia

Blas Piñar fue, antes que nada, un católico de los pies a la cabeza. Su fe no fue sociológica ni circunstancial, sino interior, exigente y sostenida por una intensa vida espiritual desde muy joven hasta el final de sus días. Hombre de misa y rosario diarios, largos ratos de oración y lectura espiritual, mantuvo hasta el final una tensión ascética que no se quebró, ni siquiera disminuyó o se ablandó en los momentos de mayor prueba.

Su formación cristiana hunde sus raíces en la Acción Católica, donde fue dirigente en su juventud junto a Antonio Rivera, el “Ángel del Alcázar” (cuyo proceso de beatificación está ya concluido). Allí asumió muy pronto que la fe exige testimonio público. No es anecdótico que, con apenas catorce años, pronunciara en Toledo una conferencia sobre la persecución religiosa del presidente mexicano Plutarco Elías Calles, convocada por las Juventudes de Acción Católica. Al cerrar su intervención con el grito de los cristeros – ¡Viva Cristo Rey! – provocó disturbios promovidos por la Federación Universitaria Escolar (FUE), su detención policial y una multa equivalente al sueldo mensual de su padre (100 pesetas) que por entonces era capitán de infantería. Este hecho, siendo un muchacho, marcaría toda su vida y podríamos decir que allí fue forjado su espíritu y sellado el compromiso inalterable de defender la verdad, oportuna e inoportunamente predicada. El episodio tuvo una resonancia simbólica que el tiempo se encargó de subrayar. Veinticinco años después, ya como director del Instituto de Cultura Hispánica, un grupo de universitarios mejicanos acudió a visitarlo para devolverle, en pesos mejicanos, el importe de aquella multa. Era un acto de gratitud histórica, pero también el reconocimiento de una coherencia asumida con valor.

Su producción intelectual brotaba de su hondura espiritual, canalizada y potenciada a base de las grandes virtudes que sostienen las obras perdurables.

Blas Piñar fue un seglar de enorme formación doctrinal, autor de estudios delicados y profundos sobre “La Controversia del Dios Uno y Trino”, sobre la “Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo”, “Eucaristía y Santo Sacrificio de la Misa” o “Teología cristocéntrica de San Pablo”. Trabajos sobre el sacerdocio, los sacramentos o sobre los ángeles, de los que era un gran devoto. Ensayos sobre el matrimonio y la familia, publicados junto con el padre José Ramón Bidagor SJ. Sus charlas cuaresmales, como las impartidas en las jornadas organizadas por las Hermandades del Trabajo en el Palacio de Deportes de Madrid en 1967, ante miles de personas, con la presencia del arzobispo Casimiro Morcillo eran seguidas por la prensa y la radio y formaban parte de los boletines parroquiales de la época. Varios seminarios diocesanos invitaron a Blas Piñar para impartir charlas cuaresmales cuando los obispos presumían de su amistad ante futuros sacerdotes.

La Señora, la Virgen Santísima, no sólo fue un pilar fundamental en su vida de fe y piedad, sino que fue un manantial al que acudió permanentemente. Como alma enamorada, profundizó en las virtudes de la Virgen y en los dogmas marianos. Seguramente nadie como él ha hablado en nuestros tiempos con tanto conocimiento interno y con tanta pasión externa sobre “la Asunción de la Virgen”, “la Inmaculada Concepción”, “la Virginidad de María” y “la Maternidad Divina”. O sobre “la Reina de América”, vinculando la cristianización de lo que sería España, con la Virgen del Pilar, y la evangelización de América con la aparición de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego. “Cantor de las Glorias de María” fue el apelativo que le impuso el padre José María Alba Cereceda S.J. después de la conferencia “La Virgen se llamaba María” que pronunció Blas Piñar en el colegio Corazón Inmaculado de María de Sentmenat (Barcelona) ante seiscientas personas.

El verbo de Blas Piñar, su oratoria inigualable, para proclamar y defender las grandezas de María, no era suficiente. Blas Piñar era plenamente consciente de que el compromiso adquirido con la fe se extiende a todos los órdenes y a todos los frentes en la vida. Fue ese compromiso inalterable lo que le llevó a acudir el 20 de junio de 1985 a las puertas del cine Renoir de Madrid para ponerse al frente de las protestas que los católicos llevaron a cabo por el estreno de la película blasfema “Yo te saludo María”. Allí también, y de qué manera, entre las porras de la policía, cantó las glorias de María frente a los que trataban de ultrajarla, al tiempo que la jerarquía denunciaba la película “por ser contraria a la Constitución Española”.

Blas Piñar, hombre para la Iglesia

Pero Blas Piñar no fue sólo un hombre de Iglesia; fue, también, un hombre para la Iglesia. Durante décadas puso su prestigio, su inteligencia, sus dones, su tiempo, su hacienda, su capacidad de convocatoria al servicio de la fe católica en el espacio público y en la esfera institucional.

La figura seglar más relevante del catolicismo español de la segunda mitad del siglo XX es sin duda alguna Blas Piñar. Sirva para sostenerlo alguna efeméride, a modo ilustrativo y no exhaustivo. El 5 de abril de 1960, en el Teatro Español, pronunció el pregón de la Semana Santa Madrileña. En 1962 se conmemoró el IV Centenario de la Reforma de Santa Teresa y Blas Piñar fue invitado a pronunciar la charla inaugural del “Año Santo Teresiano” y también el pregón final, ante las máximas autoridades de la jerarquía española y de la Orden del Carmen. En la Catedral de Tarragona, el 24 de enero de 1963 se inicia el Año Paulino en conmemoración de los mil novecientos años de la llegada a España del Apóstol San Pablo, con la presencia del entonces arzobispo de Tarragona don Benjamín Arriba y Castro, el Nuncio de Su Santidad, decenas de obispos venidos de toda España, varios ministros del Gobierno y con la retransmisión en directo de Radio Nacional de España. El pregón que inauguró el Año Paulino en la Catedral de Tarragona corrió a cargo de Blas Piñar.

En mayo de 1967 se debatió en las Cortes Españolas la Ley de Libertad Religiosa, a instancias del Vaticano so pretexto de la declaración conciliar Dignitatis humanae. Las nuevas corrientes, o la tempestad desatada contra la doctrina tradicional y el magisterio de la iglesia, trataban de modificar el Artículo 6 del Fuero de los Españoles que establecía “la protección oficial de la religión católica como la del Estado, garantizando la libertad religiosa privada y limitando las manifestaciones públicas de otros cultos, las cuales requerían autorización gubernamental”.

Blas Piñar lideró al grupo de veinte procuradores en Cortes que se opusieron a dicha ley, siendo el más joven de todos ellos, y fue el encargado de presentar todas y cada una de las enmiendas y obligarse a defenderlas. En torno a Blas Piñar, el Arzobispo de Valencia don Marcelino Olaechea, uno de los pocos obispos que se oponía a esta reforma, pidió a Blas Piñar que asumiese este papel y creó una comisión de expertos en la materia para asesorarle formada por dos padres dominicos, Victorino Rodríguez y Alonso Lobo; dos jesuitas, Eustaquio Guerrero y Baltasar Pérez Argos; un pasionista, Bernardo Monsegú, y un sacerdote secular, Enrique Valcarce Alfayate.

Fue presionado Blas Piñar para que se retirara del debate. Las presiones vinieron por parte de varios obispos e incluso del ministro de Justicia Antonio María de Oriol y Urquijo, amén de innumerables amenazas e insultos por parte del progresismo. La bandera no podía arriarse y Blas Piñar la mantuvo ondeando al viento. Basta con acudir a las hemerotecas y ver las crónicas de aquel debate. Absolutamente todas se centran en Blas Piñar, desde las de ABC por parte de José María Ruíz Gallardón o Torcuato Luca de Tena, a las del Diario Ya, Pueblo, Informaciones o Arriba. Lideró con su preparación, sus conocimientos, su oratoria y su fe a aquel grupo de hombres que, tenazmente, y contra viento y marea, seguían defendiendo la doctrina tradicional de la Iglesia en el campo civil, jurídico y político.


El 13 de Mayo de 1967, tras el debate de la Ley de Libertad Religiosa, el padre Victorino Rodríguez le decía en una carta:
Querido amigo: Después del magnífico tratamiento del Proyecto de Ley sobre libertad religiosa en las Cortes, llevado tan principalmente y a tanta altura por Vd., le felicitamos y le damos las gracias, un servidor y otros muchos Profesores de esta Facultad Teológica (P. Arturo Alonso Lobo, P. Santiago Ramírez, P. G. Fraile, P. B. Marina, etc.) que hemos comentado en común sus intervenciones en los debates: con una fe tan sana y valiente, con tanta inteligencia y agudeza dialéctica, con tanto sentido de la responsabilidad católica y española. El futuro católico de España se lo agradecerá. Dios se lo pague. Un abrazo muy fuerte. P. Victorino Rodríguez. OP.
Además, Blas Piñar representó a España en congresos internacionales de Apostolado Seglar y Mariano, donde fue testigo del humo que en la iglesia empezaba a entrar.

Blas Piñar y la jerarquía de la Iglesia

Durante años, Blas Piñar gozó del respeto y la cercanía de numerosos obispos y sacerdotes, como el cardenal Enrique Pla y Deniel, bajo cuyo primado de España fundó el Capítulo Hispanoamericano de Caballeros del Corpus Christi de Toledo. Pero esa relación se quebró, salvo con un puñado fiel, cuando una parte significativa del episcopado español optó por acomodarse al nuevo sistema político y cultural surgido de la Transición. Mientras Blas Piñar advertía en medio del desierto de los males que se avecinaban, la jerarquía pactaba su silencio ante las leyes y las políticas abiertamente anticristianas: el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual y la secularización radical.

No obstante, se mantuvo la amistad entre aquellos que no cambiaban de posición, ni se amoldaban a los nuevos tiempos, ni cambiaban de camisa, ni jubilaban la sotana: el cardenal Giuseppe Siri o el cardenal don Marcelo; el arzobispo Marcel Lefebvre, a quien Blas Piñar cedió generosamente la sede de Fuerza Nueva en 1978 para una conferencia cuando fue informado que al prelado francés le habían cerrado todas las iglesias y hasta los hoteles de Madrid; su amistad estrechísima, por mutua identificación, con don José Guerra Campos, obispo santo y sabio de Cuenca; o con los sacerdotes de la Hermandad Sacerdotal Española Miguel Oltra, Venancio Marcos, José María Alba y tantos otros. Muchos acudieron a él no sólo para agradecerle su valentía pública, sino para encontrar un pilar firme que no traicionaba la doctrina cuando la jerarquía empezaba a vacilar.

El caso del cardenal Vicente Enrique y Tarancón es paradigmático. Siendo sacerdote, había dicho en unos ejercicios espirituales a los que asistió Blas Piñar: «¿Qué querrá Dios de los hombres de España cuando les ha regalado el tesoro de la Victoria?». Años después, alineado con el progresismo eclesial, Tarancón encarnó una ruptura que Blas Piñar denunció con rigor en su libro Mi réplica al cardenal Tarancón, donde documentó cómo la jerarquía había contribuido al desmantelamiento del catolicismo en España.

El final de su vida fue también revelador. Enfermo, silenciado y prácticamente olvidado por muchos de quienes antes lo invitaban y exhibían su amistad, recibió en el hospital la visita caritativa de un arzobispo africano que deseaba conocerle: el arzobispo de Malabo. Otros prelados españoles ni siquiera contestaban sus cartas cuando él les remitía, por ejemplo, fotocopias de libros escolares de religión católica aprobados por la Conferencia Episcopal en que ilustraban con una fotografía de nuestro protagonista un tema titulado “ideologías anticristianas”.

Blas Piñar murió fiel. Fiel a la Iglesia de siempre, fiel a la verdad, fiel a Cristo Rey a Quien siempre proclamó como continuación del eco atronador de los mártires que claman valor en la contienda y coraje en la adversidad. Y, precisamente por eso, Blas Piñar resultó incómodo para una iglesia que, en demasiados momentos, prefirió pactar antes que confesar.
Miguel Menéndez Piñar

El DOCUMENTO de la VERGÜENZA: COBO MIENTE y ENTREGA el VALLE de los CAÍDOS a PEDRO SÁNCHEZ





54:52 MINUTOS



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CALDERÓN explota contra COBO por VENDER el VALLE de los CAÍDOS: "Eres un MENTIROSO y un TRAIDOR"


martes, 27 de enero de 2026

Argüello aplaude al Gobierno mientras el pueblo fiel se escandaliza



DURACIÓN 2 MINUTOS


No es una sensación. No es un malestar difuso amplificado por redes sociales. Es una fractura real, profunda y cada vez más obscena: la que separa a buena parte del episcopado español del pueblo fiel al que dice pastorear.

El último episodio lo ha vuelto a poner todo en evidencia. El presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, comparece para celebrar el Real Decreto del Gobierno sobre la regularización extraordinaria de inmigrantes ilegales y lo hace con un lenguaje calcado del argumentario político del Ejecutivo: “salud democrática”, “oportunidad política”, “sociedad organizada”, “bien común”, “subsidiariedad”. Ninguna referencia explícita a la ley moral, ninguna advertencia sobre el desorden objetivo que supone una inmigración masiva sin control, ningún recuerdo de los deberes del Estado en materia de fronteras, seguridad y justicia. Solo aplauso.

No se trata de una opinión prudencial más dentro del legítimo pluralismo católico. Se trata de algo mucho más grave: de la identificación pública de la jerarquía eclesiástica con un poder político que legisla sistemáticamente contra la doctrina católica en materias esenciales. Un gobierno que promueve el aborto como derecho, normaliza la eutanasia, destruye la familia, adoctrina en ideología de género y persigue la objeción de conciencia. Y ante ese gobierno, el presidente de la CEE no levanta la voz para corregir, sino que sonríe para acompañar.

Mientras tanto, al otro lado, el pueblo fiel hierve. Sacerdotes de parroquia, religiosos, laicos comprometidos, familias que siguen yendo a Misa, que educan a sus hijos en la fe, que sostienen económicamente a la Iglesia, no reconocen ya en sus pastores el lenguaje ni las prioridades del Evangelio. Ven a una jerarquía más preocupada por no incomodar al poder que por confirmar en la fe a los suyos.

La reacción en redes no es casual ni marginal. Es la expresión de un hartazgo acumulado. Cuando fieles católicos hablan de escándalo, no lo hacen en sentido metafórico. El escándalo es real: ver a obispos hablar como portavoces de ONG ideologizadas mientras guardan silencio ante leyes gravemente injustas. Verlos alinearse con la Agenda 2030 mientras las iglesias se vacían. Verlos invocar una misericordia abstracta que nunca va acompañada de verdad.

Porque la misericordia sin prudencia y sin discernimiento no es virtud cristiana. Es sentimentalismo. Y el sentimentalismo, cuando se convierte en política eclesial, termina siendo cruel: con los fieles ignorados, con las naciones desestructuradas, con los más débiles usados como coartada moral.

El episcopado español parece no entender —o no querer entender— que su autoridad no le viene de su cercanía al poder, sino de su fidelidad a Cristo. Y que cuando esa fidelidad se diluye en comunicados institucionales perfectamente compatibles con el BOE, lo que se rompe no es solo la credibilidad de la jerarquía, sino la comunión misma.

Hoy la brecha es evidente: un episcopado entregado al aplauso gubernamental y un pueblo fiel escandalizado, cansado y cada vez menos dispuesto a callar. Negarla no la cerrará. Seguir profundizándola, tampoco.

sábado, 24 de enero de 2026

Mons. Schneider acusa a Roche de distorsionar la historia para justificar Traditionis custodes

INFOVATICANA


El obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), monseñor Athanasius Schneider ha respondido con una crítica severa al último informe litúrgico del cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, elaborado para el consistorio del 7-8 de enero en Roma. En una entrevista publicada por la periodista Diane Montagna, Schneider sostiene que el documento se apoya en “razonamiento manipulador” y llega a “distorsionar la evidencia histórica” para justificar la línea restrictiva de Traditionis custodes.

Les también: Revelan el documento de Roche sobre la liturgia

Un documento distribuido en el consistorio

El texto de Roche —dos páginas presentadas como una “cuidadosa reflexión teológica, histórica y pastoral”— se distribuyó entre los miembros del Colegio Cardenalicio durante el consistorio convocado por el papa León XIV. Aunque no se debatió formalmente por —debemos suponer— falta de tiempo, su circulación posterior generó un rechazo significativo al notarse la manipulación e intencionalidad en el discurso.

Schneider sitúa el problema en el terreno de la intención y del método. A su juicio, el informe “transmite la impresión de un claro prejuicio contra el rito romano tradicional y su uso actual” y parece impulsado por “una agenda orientada a denigrar esta forma litúrgica y, en última instancia, eliminarla de la vida eclesial”.

“Falta objetividad”: la acusación de fondo

El obispo denuncia que “el compromiso con la objetividad y la imparcialidad —marcado por la ausencia de sesgo y una preocupación genuina por la verdad— brilla por su ausencia”. En su lugar, afirma, el texto “emplea razonamiento manipulador e incluso distorsiona la evidencia histórica”.

Schneider resume la exigencia con un principio clásico que, según él, el informe incumple: sine ira et studio, es decir, un enfoque “sin ira ni celo partidista”.

Continuidad o ruptura: Benedicto XVI como referencia

En el núcleo de su respuesta, Schneider niega que la reforma litúrgica moderna pueda describirse sin más como desarrollo orgánico. Por eso cita a Benedicto XVI: “En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura”. Desde esa premisa sostiene que el Novus Ordo de 1970 se percibe como una ruptura con la tradición milenaria del rito romano.

“La Misa más fiel al Concilio fue el Ordo Missae de 1965”, recuerda Schneider, y añade que el orden de Misa presentado en 1967 a los padres sinodales —sustancialmente el mismo que se promulgaría después— habría sido rechazado por la mayoría por considerarlo demasiado “revolucionario”.

Ratzinger: “un tipo de prohibición” ajeno a la tradición

Asimismo, Schneider recurre a un testimonio de Joseph Ratzinger. Cita una carta de 1976 al profesor Wolfgang Waldstein, en la que el entonces teólogo denuncia con claridad:

“El problema del nuevo Misal radica en que se separa de esta historia continua —que progresó ininterrumpidamente tanto antes como después de Pío V— y crea un libro completamente nuevo, cuya aparición va acompañada de un tipo de prohibición de lo que existía anteriormente, algo totalmente ajeno a la historia del derecho y de la liturgia de la Iglesia.”

añade la conclusión de Ratzinger, decisiva para su argumento:

“Puedo afirmar con certeza que esto no era lo que se pretendía.”

Quo primum: “unidad no significa uniformidad”

Schneider también combate la lectura que Roche haría de Quo primum (san Pío V). Le reprocha una referencia selectiva que “distorsiona” el sentido del documento y recuerda que el texto permitía continuar legalmente variantes del rito romano con al menos doscientos años de uso ininterrumpido. De ahí su conclusión:

“La unidad no significa uniformidad, como lo atestigua la historia de la Iglesia.”

Pluralismo litúrgico: “manipulador y deshonesto”

El obispo rechaza la idea de que la pluralidad de formas litúrgicas “congele la división”. Sostiene que esa afirmación contradice la praxis bimilenaria de la Iglesia y la califica en términos explícitos:

“Tal afirmación es manipuladora y deshonesta, porque contradice (…) la práctica de dos mil años de la Iglesia.”

Schneider recuerda episodios históricos en los que la uniformidad impuesta no trajo unidad, sino heridas profundas y duraderas, y sostiene que la coexistencia pacífica de formas legítimas evitaría fracturas y permitiría una auténtica comunión.

¿“Concesión” sin promoción? Schneider apela a san Juan Pablo II

Otro de los puntos que rebate es la tesis de que el uso de los libros anteriores a la reforma fue una mera “concesión” sin intención de promoverlos. Schneider lo contradice apelando a la noción de pluriformidad y citando a san Juan Pablo II sobre el Misal de san Pío V:

“En el Misal Romano de san Pío V (…) hay oraciones muy hermosas (…) que revelan la sustancia misma de la liturgia.”

Para el obispo, este testimonio desmiente que se trate de una tolerancia incómoda: el rito antiguo posee un valor espiritual objetivo y forma parte de la vida litúrgica de la Iglesia.

Hacia junio: una vía para restaurar la paz litúrgica

Schneider mira al consistorio extraordinario previsto para finales de junio y sugiere que, ante la falta de formación litúrgica de muchos miembros de la jerarquía, el Papa podría apoyarse en expertos que aporten un análisis más sólido. Propone una salida clara: reconocer a la forma más antigua del rito romano la misma dignidad y derechos que a la forma ordinaria, mediante una medida pastoral amplia que ponga fin a interpretaciones casuísticas y a un trato de hecho discriminatorio hacia muchos fieles, especialmente jóvenes y familias jóvenes.

El cierre: “instrumentalizando el poder y la autoridad”

En el tramo final, Schneider endurece su diagnóstico y describe el documento de Roche como propio de una estructura envejecida que pretende sofocar la crítica, especialmente la que nace de las generaciones jóvenes. Lo expresa así:

“El documento del cardenal Roche es reminiscente de una lucha desesperada de una gerontocracia (…) cuya voz intenta silenciar mediante argumentos manipuladores y, en última instancia, instrumentalizando el poder y la autoridad.”

Frente a esa lógica, Schneider concluye que la autoridad en la Iglesia está ordenada a custodiar la Tradición, no a emplearse contra ella, y por eso reclama que la paz litúrgica se reconstruya sobre bases de continuidad, justicia y respeto.

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #102 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX



DURACIÓN 33:06 MINUTOS


DESDE ROMA:

El arzobispo Georg Gänswein, nuncio apostólico en Lituania, Letonia y Estonia, asegura que con el pontificado de León XIV “está volviendo lentamente la normalidad”.

Encuesta a los trabajadores laicos del Vaticano: más del 56 % de los encuestados denuncia haber sufrido injusticias o comportamientos vejatorios por parte de sus superiores.

ESPAÑA

1. Accidente de tren. Testimonios de fe. El sin sentido de un supuesto funeral laico.

2. Qué pasa con el viaje del papa a España. En el aire. Pueden pasar aún muchas cosas. Por ejemplo, elecciones.

3. Cierre del jubileo. Difícil crear interés si predicamos que todos al cielo.


MUNDO

4. Semana por la unidad de los cristianos. Momento de releer “Unitatis redintagratio", del Vaticano II: “Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos".

5. Batzing se rinde. En treinta días, votación para el comité sinodal alemán. Nos jugamos todo.

6. Menos católicos en Hispanoamérica. Ni efecto Francisco ni teología de la liberación. En caida libre.

7. Advierten sobre seminaristas gays en Ghana. Y en esto los africanos son muy claros.

8. Semana brocheriana en Argentina. El cura Brochero, un ejemplo de apóstol.

martes, 20 de enero de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #101 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 33:17 MINUTOS


EMPEZAMOS EN ROMA 

1. Resurgir católico 

ESPAÑA 

2. El arzobispo de Oviedo sobre los abusos 

3. España entre los más consumidores de pornografía 

MUNDO 

4. El cardenal Zen truena en el consistorio 

5. Persecución a la Iglesia en Nicaragua 

6. Centenario de la revolución cristera en México 

7. Camino sinodal alemán. No nos representan 

8. Católicos en Groenlandia

Mons. Schneider pide a León XIV una «Constitución Apostólica» para liberar la Misa tradicional



Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán) ha afirmado que propuso personalmente al Papa León XIV la promulgación de una Constitución Apostólica sobre la Misa tradicional en latín para “regularizar” la coexistencia de los dos usos del rito romano y eliminar restricciones como las impuestas por Traditionis custodes. En una entrevista con Christopher P. Wendt (Cofraternidad de Nuestra Señora de Fátima), Schneider sostiene que no sería oportuno responder con un “anti–motu proprio”, sino elevar el asunto a un texto más solemne y con normas jurídicas claras.

“No un anti–motu proprio, sino un documento más solemne”

Schneider explica que, a largo plazo, la solución no pasaría por “anular directamente” Traditionis custodes, sino por un acto jurídico de mayor rango que un motu proprio. Según su planteamiento, el Papa debería promulgar un documento “por encima” de ese tipo de textos para establecer un marco nuevo y estable.

En sus palabras, la finalidad sería una “regularización solemne” que garantice libertad completa y una “coexistencia pacífica” de ambas formas, “sin limitaciones ni impedimentos”.

Qué cambiaría en la práctica: límite al poder restrictivo de los obispos

El punto más concreto del argumento es jurídico y pastoral: Schneider afirma que, si el Papa estableciera por ley pontificia ese marco, un obispo no podría prohibir o restringir la celebración de la liturgia tradicional allí donde un sacerdote quisiera celebrarla legítimamente.

En el diálogo se cita el caso de Charlotte (Carolina del Norte, EE. UU.), como ejemplo de conflictos recientes sobre celebraciones del Misal de 1962. La tesis de Schneider es que el nuevo texto debería dejar fijado que el obispo no tendría “más derecho” a limitar la forma tradicional que a prohibir el Novus Ordo.

“Dos formas ordinarias”, no “extraordinaria”

Schneider va más allá del lenguaje habitual posterior a Summorum Pontificum y sostiene que ambas deberían considerarse formas ordinarias del rito romano, no una “extraordinaria”. Con ello busca reforzar la idea de un derecho estable de sacerdotes y fieles a celebrar y asistir a la liturgia tradicional.

Por qué propone una Constitución Apostólica

El obispo argumenta que una Constitución Apostólica es una de las formas más solemnes del magisterio y gobierno pontificio y puede incorporar normas jurídicas. Por eso la ve más adecuada que un motu proprio para cerrar el conflicto de modo definitivo.

Como ejemplos, menciona que san Pío V promulgó el Misal tras Trento mediante una Constitución Apostólica y que Pablo VI hizo lo mismo al promulgar el Misal de 1969.

Está claro que la tensión litúrgica no se resolverá con eslóganes ni con golpes de efecto, sino con decisiones claras y estables que devuelvan paz y justicia en la vida concreta de las parroquias. Por ahora, resta esperar con paciencia para ver cómo se va encauzando el tema de la liturgia.

Cobo firmó intervenir la nave y la cúpula de El Valle de los Caídos sin tener jurisdicción para ello

INFOVATICANA



Lo verdaderamente grave del documento del 4 de marzo de 2025 publicado por El Debate no es solo la literalidad de unos términos que ya conocíamos por filtraciones y declaraciones públicas, sino lo que implica jurídicamente para la estructura de una Iglesia en la que, demasiadas veces, el Derecho se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba. Hasta ahora, el asunto se había presentado como el típico intercambio de impresiones entre Iglesia y Estado: conversaciones, reuniones, “se está trabajando”, “se está dialogando”… Un terreno pantanoso pero habitual. Sin embargo, el momento en que aparece un papel firmado y sellado por José Cobo, el relato cambia: esto deja de ser una conversación y pasa a parecer un acto de autoridad. La cosa cambia.

Porque el documento no se limita a expresar buena voluntad o a dejar constancia de un diálogo. En la práctica delimita zonas concretas en el interior de la basílica y establece un marco de intervención “museística” que incluye espacios tan esenciales como la nave o la cúpula. Y aquí está la clave: eso no es “acompañamiento” ni “facilitación”. Eso equivale a tomar decisiones de jurisdicción material sobre qué partes se consideran destinadas al culto y cuáles quedarían disponibles para un uso ajeno a la finalidad sagrada del lugar. En un templo católico, este tipo de distinciones no son un asunto de urbanismo ni de gestión patrimonial: son, ante todo, una cuestión de Derecho eclesiástico, de tutela de los lugares sagrados y de competencias reales.

Y entonces llega el choque frontal: después de firmar, Cobo hace declaraciones públicas (el 9 de abril, el 6 de mayo y en otras ocasiones a lo largo de 2025) en las que él mismo reconoce que no tiene jurisdicción sobre el Valle de los Caídos. Es decir, por un lado aparece estampando su sello como si pudiera aceptar un marco de intervención dentro de una basílica pontificia. Por otro, se presenta ante la opinión pública como alguien que no pinta nada ahí —o que, si pinta algo, es como colaborador externo— y que no tiene capacidad para decidir.

Ese es el punto donde la chapuza deja de ser confusa y pasa a ser escandalosa. 

¿Cómo es posible “mandar” en un papel y “no mandar” ante las cámaras?

Aquí hay tres opciones, y las tres son malas.

Primera opción: Cobo sí tenía algún tipo de mandato real, pero nunca lo ha explicado.

En ese caso, sus declaraciones públicas serían como mínimo equívocas: estaría diciendo “no tengo jurisdicción” cuando en realidad estaría actuando con una competencia delegada. Pero si esto fuera verdad, lo razonable —en un asunto tan sensible— sería que existiera algún respaldo verificable: un decreto, una delegación, una autorización expresa de la Santa Sede, o al menos una habilitación formal que justificara por qué el cardenal de Madrid aparece aceptando términos que afectan al interior del templo. Sin embargo, no consta de ninguna manera esa autorización para aceptar esos términos. InfoVaticana ha contactado con la Archidiócesis de Madrid y no se ha podido confirmar la existencia de un mandato, alegando que no consideran necesario o adecuado dar explicaciones sobre procedimientos internos.

Segunda opción: Cobo no tenía jurisdicción (como él mismo admitió públicamente), pero firmó igualmente.

Y entonces la cuestión deja de ser una mera polémica mediática para convertirse en un problema canónico. Porque si un obispo firma un documento sobre un asunto sobre el que no tiene competencia, lo que hace no es “ayudar”: lo que hace es invadir la competencia de la autoridad legítima. Y esto no es un tecnicismo: en la Iglesia, ejercer autoridad donde no se tiene es siempre gravísimo. En términos llanos, puede calificarse como una usurpación de funciones o, como mínimo, una extralimitación de enorme magnitud.

Tercera opción: no es que Cobo tenga o no tenga jurisdicción: es que el Gobierno necesitaba una firma “de Iglesia” y la encontró.

Esta hipótesis es la más inquietante, porque convertiría el documento en una operación de legitimación: se toma a un representante eclesial de alto rango, se obtiene su firma y se presenta el resultado como “la Iglesia ha aceptado”, aunque por dentro haya conflicto, aunque la comunidad benedictina se oponga y aunque Roma no haya dado su autorización explícita.

En resumen: o miente, o se excede, o le usan. Y ninguna de las tres deja bien parado al cardenal.

¿Miente? El problema de credibilidad

Cuando Cobo dice públicamente en abril y mayo de 2025 que él no tiene jurisdicción sobre Cuelgamuros, su mensaje es claro: “no depende de mí”. Pero el documento del 4 de marzo opera en sentido contrario: actúa como si, al menos en la práctica, sí dependiera de él dar por bueno un marco que afecta al interior de la basílica.

No estamos hablando de una frase ambigua ni de una opinión. Estamos hablando de un papel firmado que puede utilizarse para justificar una intervención dentro del templo. Un documento así tiene efectos: sirve para empujar actuaciones, para abrir puertas, para sostener decisiones, para vender un relato.

Por eso la contradicción es letal: si el cardenal no manda allí, ¿por qué firma como si pudiera decidir? Y si podía decidir, ¿por qué insiste después en que no manda?

¿Usurpa funciones? El problema jurídico

En Derecho Canónico hay algo que no se puede maquillar: la autoridad se ejerce con competencia real. Y cuando un clérigo actúa como si tuviera un poder que no tiene, se abre la puerta a un problema disciplinario y penal canónico por abuso de potestad o ejercicio indebido del oficio.

En palabras más simples: si Cobo no era competente y aun así “autorizó” o aceptó condiciones sobre el interior de la basílica, habría actuado como autoridad sobre un lugar sagrado sin serlo. Eso no es colaboración. Es invadir una competencia que no le pertenece.

Con benedictinos en contra y Roma ausente, el escándalo es mayor

A la contradicción de Cobo se suma un elemento que lo agrava todo: la comunidad benedictina está explícitamente en contra y ha tomado caminos de resistencia judicial. Si el actor que vive, reza y sostiene la vida litúrgica del lugar rechaza el marco, es imposible sostener que existe un “sí eclesial” armónico.

Y mientras tanto, no consta autorización de la Santa Sede, justo en un momento en el que el Papa Francisco atravesaba una situación de salud que hace poco creíble que estuviera dirigiendo en persona un expediente tan delicado, detallado y políticamente explosivo. Eso no significa que Roma no pueda actuar: significa que, si realmente existía un mandato, debería notarse. Y por ahora lo que se ve es otra cosa: un silencio que deja la firma de Cobo en el aire.

Una chapuza de órdago: el efecto práctico es devastador

El resultado final es el peor posible: el Estado obtiene un papel que puede vender como “la Iglesia acepta”, mientras el propio firmante se escuda después en que “no tiene jurisdicción”. Es una fórmula perfecta para que nadie asuma responsabilidad y, al mismo tiempo, la resignificación avance.

Y ese es el escándalo: que la posición de la Iglesia en el Valle de los Caídos no se defiende con un acto claro, limpio y jurídicamente impecable, sino con una mezcla de maniobra política, firma útil y contradicciones públicas.

sábado, 17 de enero de 2026

Una crítica al texto del cardenal Roche



por Luisella Scrosati

De muchos acontecimientos que suceden y que a menudo nos contrariamos, no siempre entendemos las razones. No siempre, pero a veces sí. Como en el caso del providencial cambio de programa que debía discutir, durante el reciente consistorio, cuatro puntos (evangelización, sinodalidad, Curia romana y liturgia) y que, en cambio, se redujo a la mitad, conservando solo los dos primeros, en detrimento de la liturgia.

Sí, porque si las cosas no hubieran sido así, habrían tenido el triste espectáculo de la lectura de la intervención del prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cardenal Arthur Roche. El contenido de su informe, en inglés e italiano, ha sido dado a conocer por Diane Montagna, en su página web, y manifiesta con bastante claridad, para quien conozca, aunque sea a grandes rasgos, la cuestión relacionada con la reforma litúrgica, desde Sacrosanctum concilium hasta Traditionis custodes, la parcialidad de la intervención.

En esencia, Su Eminencia nos habla de la importancia de la unidad del rito romano, tan querida ya por san Pío V, de quien cita la bula Quo primum, una unidad que, en el fondo, se ve minada por aquellos que desearían una mayor libertad para recurrir a los libros litúrgicos anteriores a la reforma; y así «el uso de los libros litúrgicos que el concilio quiso reformar ha sido, desde san Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión que no preveía en modo alguno su promoción». Roche nos explica luego, citando nada menos que a Benedicto XVI, que la Tradición no es transmisión de cosas muertas, sino un río vivo que siempre nos conecta con los orígenes; y nos recuerda, recurriendo a Sacrosanctum concilium, que la custodia de la Tradición y el progreso legítimo no deben excluirse mutuamente. Este equilibrio se habría logrado con la Reforma, elaborada, según nos explica el Concilio, sobre la base de «una cuidadosa investigación teológica, histórica y pastoral» (SC 23).

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Comencemos precisamente por esta última cita, que es bastante curiosa, porque utiliza un documento anterior a la realización de la reforma litúrgica como garante de la idoneidad de la reforma posterior. El problema es que SC deseaba tal precisión, pero no confirmaba que las cosas se hubieran hecho como se deseaba, simplemente porque el documento es anterior a la reforma, no posterior. Y, de hecho, basta con seguir leyendo el mismo párrafo para darse cuenta de que la reforma, tal y como se llevó a cabo, no siguió en absoluto los criterios del concilio. De hecho, los Padres conciliares habían recomendado no introducir «innovaciones, salvo cuando lo requiera una utilidad verdadera y comprobada para la Iglesia, y con la advertencia de que las nuevas formas surjan orgánicamente, de alguna manera, de las ya existentes». ¿Puede Roche afirmar que la demolición y constitución ex novo de los ritos del ofertorio ha seguido este doble criterio? ¿O que lo hayan observado la sustitución casi completa de las perícopas del Leccionario, la reelaboración del 90 % de las oraciones, la mutilación del calendario litúrgico en su ciclo temporal, la sustitución casi total del Rituale romanum y del Pontificale romanum? Evidentemente no. Por eso el cardenal, que sin embargo ha hecho referencia al § 23 de SC dos veces en pocas líneas, se ha cuidado mucho de no citar también este pasaje.

De este modo, demuestra que no ha comprendido en absoluto —y que no quiere hacer ningún esfuerzo en esta dirección de comprensión— las razones que llevan a cientos de miles de fieles, en número cada vez mayor, que habitualmente han asistido y asisten a la liturgia reformada, a buscar el rito antiguo. Sin haber leído probablemente nunca SC, estos fieles dan testimonio de que algunas reformas han traicionado la organicidad del desarrollo litúrgico, robando a los fieles tesoros inestimables que les han sido sustraídos sin ninguna necesidad real y, por el contrario, imponiendo desde arriba «invenciones» que brotan de una supuesta erudición académica, a menudo infundada (pensemos en la orientación «hacia el pueblo»), pero ciertamente no del desarrollo orgánico.

La selectividad partidista de Roche es aún más evidente en su referencia a Benedicto XVI, de quien cita una audiencia general (26 de abril de 2006) sobre el sentido de la Tradición, pero omite mencionar el documento clave sobre la liturgia de su pontificado, es decir, Summorum pontificum, junto con la carta a los obispos que acompañaba al Motu Proprio.

En estos documentos, Su Eminencia habría encontrado dos principios importantes que contradicen su línea. El primero: si bien es cierto que la unidad del rito romano es importante, no lo es menos la «reconciliación interna en el seno de la Iglesia» que el papa Ratzinger no solo deseaba, sino por la que trabajaba concretamente, y que, en cambio, se ha resquebrajado evidentemente con Traditionis custodes. El segundo: el antiguo rito romano no es simplemente algo que hay que tolerar —conceder y no promover, escribe el cardenal—, sino un patrimonio sagrado que hay que custodiar y estimar: «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros sigue siendo sagrado y grande, y no puede ser prohibido de repente por completo o, incluso, juzgado perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia, y darles el lugar que les corresponde».

¿Qué decir de la referencia a la Quo primum? Esta bula es un texto abusado en varios frentes: por un lado, se invoca para descalificar cualquier tipo de reforma posterior y la legitimidad del nuevo misal, basándose en la orden de San Pío V de no añadir, quitar ni cambiar nada del misal promulgado en 1570; por otro lado, como le gusta hacer a Roche, se esgrime con el fin de mostrar la legitimidad de la «mano dura» para evitar la fragmentación dentro del único rito romano. En ambos casos, se trata de una tergiversación. Si bien es cierto que ningún pontífice puede vincular a los futuros sucesores de Pedro a su propia norma litúrgica, también es cierto que ningún pontífice ha recibido la autoridad para alterar la tradición litúrgica.

Cuando se observa la obra de reforma llevada a cabo por San Pío V, se puede observar que no tenía en mente crear un nuevo misal rehaciendo sustancialmente partes del ordinario, del propio, del leccionario y del antifonario, sino purificar las celebraciones litúrgicas de adiciones arbitrarias que se habían introducido en tiempos recientes. Por ejemplo, el Kyrie y el Gloria in excelsis fueron purgados de los numerosos y variados tropos que interpolaban y sobrecargaban el texto; se redujeron (quizás demasiado drásticamente) las secuencias, que ocupaban ya todas las fiestas y conmemoraciones litúrgicas; se regularon algunos ritos que se celebraban de diferentes maneras; se redujo el santoral, para no sobrecargar el ciclo temporal del año litúrgico, que prácticamente no se modificó. También fueron mínimas las modificaciones introducidas en el Leccionario, las oraciones y las antífonas.

Son pocos indicios, pero permiten comprender que la unidad que buscaba San Pío V en su reforma no se logró mediante un retorno a una supuesta «liturgia de los orígenes» que solo vivía en la erudición de algunos académicos, pisoteando siglos de desarrollo orgánico, sino mediante la purificación de textos y ritos que habían surgido en épocas más recientes, no compartidos de manera uniforme, o ritos litúrgicos que no podían demostrar un arraigo de al menos dos siglos. Por lo tanto, el cardenal Roche debería manejar con extrema prudencia la referencia a san Pío V, porque, siguiendo esos principios, sería el nuevo misal el que tendría serias dificultades, no el antiguo.

La intervención que el cardenal Roche debería haber leído en el Consistorio es la manifestación de una tendencia muy preocupante en boga en la Curia romana; él, al igual que su colega al frente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ama revolver entre los textos del Magisterio, seleccionando de manera parcial solo lo que le conviene y silenciando cuidadosamente lo que le resulta incómodo. «Honesto es aquel que cambia su pensamiento para ajustarlo a la verdad. Deshonesto es aquel que cambia la verdad para ajustarla a su pensamiento», dice un antiguo proverbio. Podría ser un buen criterio para la reforma de la Curia que se discutirá en el próximo consistorio.

miércoles, 14 de enero de 2026

NOTICIAS VARIAS 12 A 14 DE ENERO DE 2026



INFOVATICANA




WANDERER


INFOCATÓLICA



CONTANDO ESTRELAS


LA GACETA DE LA IBEROSFERA


Selección por José Martí

La Archidiócesis de Madrid incorpora propuestas heréticas en los documentos oficiales de CONVIVIUM



La Archidiócesis de Madrid ha puesto en marcha un proceso denominado Convivium, presentado como un itinerario de reflexión eclesial y participación pastoral. Sin embargo, la sorpresa no está en que se promueva el diálogo, la escucha o el discernimiento comunitario —algo legítimo en sí mismo— sino en el tipo de contenidos que se han introducido en el circuito oficial como material de trabajo.


La propia documentación preparatoria muestra la dimensión del proceso: se trata de un cuaderno de trabajo que incorpora, entre otros materiales, una síntesis de respuestas de distintos ámbitos diocesanos —con 137 respuestas de Consejos Pastorales Parroquiales—, junto con aportaciones de arciprestazgos, vida consagrada y otras instancias. Además, incluye datos internos sobre el clero de Madrid (noviembre de 2025), lo que refuerza su carácter de instrumento “oficial” y no de simple recopilación informal.

Lo más inquietante es que esta dinámica ya se ha visto en otros procesos recientes, especialmente en el llamado “camino sinodal” alemán: bajo la retórica de la escucha se termina dando carta de naturaleza a propuestas doctrinalmente inadmisibles. Y ahora, bajo el gobierno del cardenal José Cobo, Madrid parece deslizarse hacia el mismo patrón: normalizar lo inaceptable como si fuera parte de un debate eclesial legítimo.

En el documento distribuido a los participantes de la asamblea, dentro del apartado “síntesis de otras realidades eclesiales”, se seleccionan para destacar algunas propuestas bajo el título de “Propuestas ‘peculiares’”. Pero lo que el documento llama “peculiar” no son propuestas extravagantes o marginales, sino afirmaciones de carácter abiertamente herético, presentadas en un marco de normalidad institucional.

El problema no es solo que existan corrientes de pensamiento heterodoxas en ambientes eclesiales —eso ha ocurrido siempre— sino que un proceso oficial diocesano las recoja, las ordene, las incluya y las proyecte como elementos discutibles dentro de una dinámica pastoral.
Herejías presentadas como “peculiaridades”


La gravedad del asunto aumenta cuando se analiza el contenido concreto de esas propuestas. El documento no las presenta como errores doctrinales que deban ser corregidos ni como planteamientos ajenos a la fe católica, sino como una suerte de aportaciones llamativas que quedan integradas en el marco general de trabajo. Y lo hace con un lenguaje que funciona como anestesia: llamarlas “peculiares” equivale a rebajar su gravedad, a sugerir que son simples opiniones en un abanico plural, y no afirmaciones radicalmente incompatibles con el depósito de la fe.

Propuestas “peculiares”.

– Creemos que la imposición del celibato a los sacerdotes (y a las futuras mujeres sacerdotes) es una ley injusta y antievangélica que produce víctimas y contribuye a un clericalismo dominante que produce desigualdad en la comunidad. (MOCEOP (Movimiento Pro Celibato Opcional)
– La posibilidad del celibato opcional, no entendido como sustracción de atención o energía al servicio sacerdotal sino, para quien se sienta llamado, como una forma de estímulo y propulsión (Comunidad de laicos Kédate)
– Creemos que el celibato libre puede ayudar a que el sacerdote esté más cerca de las realidades sociales. Plantear la posibilidad de un sacerdocio temporal, no para toda la vida. Tanto los laicos como los religiosos pasan por distintas etapas vitales. (Los grupos católicos Loyola)

“Futuras mujeres sacerdotes”: ruptura doctrinal normalizada

La mera inclusión de la expresión “futuras mujeres sacerdotes” no es una anécdota ni una provocación retórica. Supone introducir como horizonte “posible” una pretensión incompatible con la doctrina católica sobre el sacramento del Orden. Más aún: no se formula como pregunta o como discusión teológica, sino como un futuro esperado, como evolución natural. Eso no es una “peculiaridad”: es una herejía presentada bajo un marco de aparente normalidad.

Cuando una diócesis permite que una formulación así circule en un documento oficial de trabajo, el daño es doble: por el contenido y por el mensaje implícito. Se desplaza el terreno: lo que era inaceptable pasa a ser “debatible”; lo que era error doctrinal pasa a ser “aportación”; y lo que debía ser corregido aparece como una sensibilidad más.

“Sacerdocio temporal”: el Orden convertido en etapa vital

No menos grave es la propuesta de un “sacerdocio temporal, no para toda la vida”. Esta frase ataca el núcleo del sacerdocio católico, que no es un encargo provisional ni una función sujeta a ciclos biográficos, sino un sacramento con carácter definitivo. Proponerlo como temporal implica vaciarlo de su naturaleza, rebajarlo a un rol reversible y ajustar el ministerio ordenado a la mentalidad contemporánea del “todo es revisable”.

En la práctica, esta idea empuja a una concepción funcionalista del ministerio: el sacerdote ya no sería “sacerdote” por un don sacramental estable, sino “ministro” por una etapa. La consecuencia es una desfiguración del sacerdocio y, con él, de la vida sacramental y eclesial que de ese sacerdocio depende.

El efecto pastoral: la doctrina degradada a opinión

El resultado de incluir estas afirmaciones en un marco institucional es devastador. Porque no solo se blanquean ideas heréticas, sino que se altera el marco mental de quienes participan: lo que aparece en el documento oficial se entiende como legítimo, como parte del camino, como material sobre el que “discernir”. Y así, la fe deja de ser el criterio para convertirse en un elemento más de la conversación.

Una diócesis puede y debe escuchar a su pueblo, acoger inquietudes, acompañar debilidades, mejorar sus estructuras y purificar sus dinámicas. Pero no puede —sin desfigurarse— convertir en materia de debate pastoral aquello que niega elementos esenciales del sacerdocio católico. En un proceso presentado como discernimiento comunitario, la fe no puede rebajarse a “propuesta”. La doctrina no puede convertirse en material opinable. Y la herejía no puede entrar por la puerta de atrás como “peculiaridad”.

La posición de la Archidiócesis

Tras la consulta realizada por infovaticana, la Archidiócesis de Madrid ha respondido afirmando que, “en aras de la transparencia”, se consideró oportuno recoger todas las aportaciones recibidas, aunque ello “no implique que vayan a ser objeto de debate”, y subrayando que “precisamente las cuestiones” relativas al sacerdocio temporal o a la ordenación de mujeres “no están previstas para su tratamiento”. La diócesis añade además que no se trata de propuestas formuladas por la propia Archidiócesis, sino de una síntesis elaborada a partir de “más de 800 folios” de contribuciones procedentes de parroquias, arciprestazgos, vida consagrada y otras “realidades eclesiales no formalizadas”, insistiendo en que dichas aportaciones han sido “escuchadas y recogidas con respeto”, pero que algunas, por coherencia con los criterios establecidos desde el inicio, no serán abordadas porque Convivium “no es” un proceso para discutir cuestiones doctrinales.

Madrid no debe importar el guion alemán

El gran peligro de estos procesos no es solo lo que se dice, sino el método con el que se inocula: primero se introduce un marco amable (“escucha”, “conversación”, “acogida”); después se deslizan propuestas incompatibles con la fe; y finalmente se intenta presentar la ruptura como “evolución pastoral” porque “ha surgido del proceso”. Es el guion que hemos visto desplegarse en Alemania, y es el guion que ahora asoma en Madrid.

La Iglesia no “discierne” sobre lo que ya ha recibido como depósito de la fe. Discernir no es someter la doctrina a un debate sociológico, ni convertir la sacramentalidad en materia de laboratorio. Si la Archidiócesis de Madrid desea una auténtica renovación pastoral, el primer acto de caridad —y de responsabilidad— es no confundir a los fieles y no acostumbrar a la diócesis a tratar la herejía como si fuera una mera extravagancia. Llamar “peculiar” a lo herético no es neutralidad: es normalización. Y la normalización de la herejía siempre termina pasando factura.

Miguel Escrivá 

domingo, 11 de enero de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #100# PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX



DURACIÓN 31:42 MINUTOS

A los queridos sacerdotes católicos



“La vida del sacerdote no debe ser más que una preparación y una acción de gracias a la santa misa”. (San Alfonso María de Ligorio)

Si, como seguidamente podrá comprobarse, se da expresa autorización al Pueblo de Dios para que “ayude” a los sacerdotes a dar con “su identidad”, nadie debería quejarse de las advertencias de este escrito realizadas por un sencillo hijo de la Iglesia, el cual desea lo mejor para el sacerdocio y todos los sacerdotes católicos. Dichos eclesiásticos me han ayudado siempre de variadísimas maneras, y, con la gracia de Dios, espero me sigan ayudando hasta mi muerte y después de ella.

Escritos como éste y tantos otros, en los que denuncié al modernismo, no tienen más intención que la de ser de ayuda para alguien y de cooperación para abrir los ojos en medio de la humareda, en fin, colaboraciones, si caben, para con la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.

El Papa León XIV, el día 8 de diciembre de 2025 (día de Nuestra Señora), firmó la Carta Apostólica ‘Una fidelidad que genera futuro’ 

(con motivo del LX aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251208-una-fedelta.html ). 

Y el día 22 de diciembre del indicado año se dio a conocer el texto.

El documento intenta ser un aliento para los llamados al ministerio sacerdotal. Mas el aliento va dado con una serie de doctrinas que ya han probado con holgura ser todo un fracaso. No sólo se ve una insistencia en continuar con esas concepciones, sino que se va más lejos: se machacará en que todo sea realizado bajo una mirada sinodal.

La misiva papal se estructura o se asienta en la dualidad que hace rato se puede observar en las emanaciones escriturarias pontificias (desde Vaticano II en adelante), en donde primeramente y a modo de “tranquilidad” se dice que lo presentado se vincula a la Tradición, mas luego se pasa a dar rienda suelta a las novedades

Así, en el texto ‘Una fidelidad que genera futuro’, se afirma que los “Decretos Optatam totius y Presbyterorum ordinis” están “bien situados en el cauce de la Tradición doctrinal de la Iglesia sobre el sacramento del Orden”, y casi seguidamente tenemos que con dicha prédica se quiso sentar que “el propósito era elaborar los presupuestos necesarios para formar a las futuras generaciones de presbíteros según la renovación promovida por el Concilio, manteniendo firme la identidad ministerial y, al mismo tiempo, evidenciando nuevas perspectivas que integraran la reflexión precedente, en la lógica de un sano desarrollo doctrinal” (punto 3). 

Ahí no queda la mezcla: en el punto 21 y 22 se pide tener en cuenta todo el tema sinodal de Francisco, haciendo pie en el Documento final de dicho Sínodo (probadamente pro-protestante). 

En el punto 21 se lee: “En este campo aún queda mucho por hacer. El impulso del proceso sinodal es una fuerte invitación del Espíritu Santo a dar pasos decididos en esta dirección. Por eso reitero mi deseo de «invitar a los sacerdotes […] a abrir de alguna manera su corazón y a participar en estos procesos» que estamos viviendo. En este sentido, la segunda sesión de la XVI Asamblea sinodal, en su Documento final, propuso una conversión de las relaciones y los procesos. Parece fundamental que, en todas las Iglesias particulares, se emprendan iniciativas adecuadas para que los presbíteros puedan familiarizarse con las directrices de este Documento y experimentar la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia.” 

Y en el punto 22 se afirma: “En una Iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. El desafío de la sinodalidad —que no elimina las diferencias, sino que las valoriza— sigue siendo una de las principales oportunidades para los sacerdotes del futuro. Como recuerda el citado Documento final, «los presbíteros están llamados a vivir su servicio con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal» (n. 72). Para implementar cada vez mejor una eclesiología de comunión, es necesario que el ministerio del presbítero supere el modelo de un liderazgo exclusivo, que determina la centralización de la vida pastoral y la carga de todas las responsabilidades confiadas sólo a él, tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo.”

La Carta del Papa León asevera que “en estos años la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera” (Punto 4). Ahora el Espíritu Santo parece que cambió Su modo de obrar, y, al parecer, la Iglesia debe desarrollar la doctrina de un Concilio, y no un Concilio reafirmarse en la doctrina de la Iglesia. 
La expresión “misionera” no tiene nada que ver con lo que siempre se entendió por “misión”: ya no se busca la conversión al catolicismo de los que están fuera de él, sino confraternizar amicalmente en uniones orantes y superadoras. En otras palabras, la concepción tradicional de misión se ve anulada por la concepción moderna de misión. La anulación alcanza un punto cumbre bajo las ideas directrices del Sínodo de la Sinodalidad.
En el texto del Papa León XIV se utilizará también el repetido lenguaje de raíces relativistas evolutivas, lenguaje que expresa ideas que escarban en: nuevas visiones, nuevas identidades, nuevas formas de convertirse, actualización de actualizaciones: “reconsiderar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado a la luz de lo que el Señor pide hoy a la Iglesia, prolongando la gran obra de actualización del Concilio Vaticano II” (punto 4). Repito lo del punto 21, eso de la “conversión de las relaciones y los procesos”: se le pide a los ministros que se empapen con todo lo que el Sínodo de la Sinodalidad enseñó, y a esa heterodoxia deben “convertirse”.

Una insistencia más con la cuestión de la sinodalidad se aprecia en el punto 18: “La escuela de la sinodalidad, en esta perspectiva, puede ayudar a todos a madurar interiormente la acogida de los diferentes carismas en una síntesis que consolide la comunión del presbiterio, fiel al Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia”. 

¿Diferentes carismas’? ¿Síntesis? El documento final del aludido Sínodo está plagado de infidelidades evangélicas e infidelidades a las enseñanzas de la Iglesia Católica (tantas veces confundidas con opiniones personales heterodoxas).

El punto 19 resulta altamente peligroso si se pretende una lectura sin las debidas distinciones. Porque una cosa es su significado bajo la ortodoxia de San Ignacio de Antioquía, y otra muy distinta es su aplicación bajo la heterodoxia moderna de encumbrados eclesiásticos. Veamos lo que nos dice el punto en cuestión: “Una imagen feliz y elocuente de la fidelidad a la comunión es sin duda la que presenta san Ignacio de Antioquía en la Carta a los Efesios: «También conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta […]. Es, pues, provechoso para vosotros el ser una inseparable unidad, a fin de participar siempre de Dios».” 

Una cosa es el caminar bajo el pensamiento ortodoxo, íntegramente católico de obispos, otra cosa es caminar bajo el pensamiento confesamente novedoso, incluso, confesamente rupturista y manifestado con total orgullo por ciertos eclesiásticos.

El Papa León XIV afirma abiertamente que desea “una Iglesia cada vez más sinodal y misionera” (punto 22). Y retomando prédicas de Francisco –tan repetidas por el Cardenal-Prefecto, Víctor Manuel Fernández-, como un eco de él que no se acaba, el Papa León también insistirá en el “todos, todos, todos”: “Como recuerda el citado Documento final, «los presbíteros están llamados a vivir su servicio con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal» (n. 72).” 

Si con las reformas conciliares ya la destrucción del sacerdocio se mostró abundante y lapidaria, con el “estilo sinodal” quedará mucho más destrozado.

La tan corruptora “colegialidad” alzada cuan trofeo en Vaticano II, se ve aún mucho más ampliada con el ‘Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad’, ampliación con la que comulga el Papa actual, de ahí que en su ‘Carta’ la colegialidad parece extenderse hasta para el llamado ‘Pueblo de Dios’: “tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo” (punto 22). 

Esta tragedia se verá rematada con una afirmación escalofriante hallada en el punto 23, en donde, aunque no se quiera, acaba por –permítaseme el neologismo- “marionetizar” superlativamente al sacerdote, condenándolo a un rotundo fracaso: “tu pueblo se encargará de hacerte sentir y gustar quién eres, cómo te llamas, cuál es tu identidad”. 

Si el sacerdote no sabe quién es; si tiene que esperar a que un pueblo se lo muestre; si tiene que esperar a que le revelen su identidad: el vacío está cantado y el Pueblo transformado en una suerte de deidad. Bienvenidos a la idolatría popular.

Sobre la “identidad sacerdotal”, aconsejo vivamente leer la sapientísima obra titulada “La Dignidad Sacerdotal”, escrita por el Doctor de la Iglesia San Alfonso María de Ligorio. Allí nos da cuenta de cómo el sacerdote católico sabe quién es. Por caso, se cita lo que decía el diácono, San Francisco de Asís: “Si encontrará a un ángel del cielo y a un sacerdote, primero me arrodillaría ante el sacerdote y luego ante el ángel” (ed. Apostolado Mariano, España, 1983, p. 16). Citará a San Agustín: “Los sacerdotes se llaman dioses por la dignidad de su oficio” (op. cit. p. 20). Otra: “Los sacerdotes son embajadores de Dios (…); son los coadjutores de Dios para procurar la salvación de las almas (ob. cit. p. 28). “No hay manjar más delicioso para el demonio que las almas de los eclesiásticos” (ob. cit. p. 60). “El sacerdote (…) que enseña doctrinas falsas y aconseja mal, será la ruina de muchas almas, ya que precisamente por ser sacerdote se le cree fácilmente lo que dice” (ob. cit. p. 149). “Es la misa la obra más santa y más agradable a Dios; es la obra más capaz de aplacar la ira de Dios contra los pecadores, la que más abate las fuerzas infernales, la que procura más abundantes gracias a los hombres en la tierra y la que más alivio proporciona a las almas del purgatorio; y esta es, finalmente, la obra que va ligada a la salvación del mundo (ob. cit. p. 164). “El sacerdote que celebra una misa tributa a Dios honra infinitamente mayor, sacrificándole a Jesucristo, que la que todos los hombres le tributarían muriendo por Él, con el sacrificio de sus vidas” (ob. cit. 10). “La vida del sacerdote no debe ser más que una preparación y una acción de gracias a la santa misa” (ob. cit. p. 166).

A las cosas que han caído en mi escrito bajo crítica constructiva (y otras que no he analizado pero que están en la ‘Carta’), el punto 27 las trata como partes de un: “renovado Pentecostés”.

“-¡Pentecostés, Pentecostés! ¿Qué nos dices? ¿Qué nos dices, en verdad, contra los que te pretenden renovado? ¿Apruebas oraciones con otros credos? ¿Apruebas conversiones raras y redescubrimientos de identidades apuntadas por el Pueblo? ¿Apruebas Nostre Aetate con sus abrazadas judaicas, islámicas y de otros credos? ¿Qué nos dices?”

Y Pentecostés dice, por boca del primer Papa, San Pedro: “Varones de Israel, escuchad estas palabras: A Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios ante vosotros mediante obras poderosas, milagros y señales que Dios hizo por medio de Él entre vosotros, como vosotros mismos sabéis; a Éste, entregado según el designio determinado y la presciencia de Dios, vosotros, por manos de inicuos, lo hicisteis morir, crucificándolo” (…). Por lo cual sepa toda la casa de Israel con certeza que Dios ha constituido Señor y Cristo a este mismo Jesús que vosotros clavasteis en la cruz (…). “Arrepentíos, y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2, 22-38).

El Sínodo de la Sinodalidad es una infidelidad, y, como toda infidelidad, no puede más que conducir al fracaso. Seguir sus lineamientos conduce al caos, al apartarse de la fe verdadera transmitida por los Apóstoles. 

Y hablando de Pentecostés, se dice de los primero cristianos: “Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2, 42).