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viernes, 30 de enero de 2026

El desastre socialista de la gestión ferroviaria



El desastre socialista de la gestión ferroviaria ha convertido a España en el país de Europa con más muertos en accidentes de tren entre 2006 y 2024.

España lidera Europa en muertes ferroviarias

Los datos oficiales de Eurostat confirman una realidad demoledora: entre 2006 y 2024 se registraron 743 fallecidos por accidentes ferroviarios en la Unión Europea, de los cuales 139 se produjeron en España. Esto representa el 18,7% del total europeo, a pesar de representar únicamente el 8% del total de kilómetros de vía ferroviaria de la UE.

Pero es más, España encabeza así el ranking de países con más víctimas mortales en siniestros ferroviarios. Muy por detrás aparecen Polonia, Francia., Hungría e Italia. Ningún país de nuestro entorno acumula una cifra tan elevada.

Este desastre socialista se produce en un contexto político claro. Entre 2006 y 2011 gobernó el PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero. Desde 2018 hasta hoy gobierna de nuevo el PSOE con Pedro Sánchez. A excepción de la época de Rajoy siempre gobernaron los socialistas, responsables directos de las políticas de inversión, mantenimiento y seguridad ferroviaria.

Adamuz: símbolo del abandono socialista

El último episodio trágico tuvo lugar en Adamuz (Córdoba), donde un descarrilamiento provocó la muerte de 46 personas.

El presidente de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF), Ignacio Barrón, afirmó sin rodeos: «Todos creíamos que se había hecho una remodelación integral de la Línea Madrid-Sevilla después de 30 años de funcionamiento, y no ha sido así». Este desastre socialista de la gestión ferroviaria no responde a un error puntual. Responde a décadas de abandono, falta de inversión real en mantenimiento y obsesión por inaugurar obras visibles en lugar de garantizar la seguridad estructural.

El propio Barrón lo resumió con una frase que retrata el problema: «Los mantenimientos no se inauguran y las mercancías no votan».
Seguridad sacrificada por propaganda política

El desastre socialista de la gestión ferroviaria se explica por una lógica perversa. El Gobierno prioriza proyectos propagandísticos, corredores ideológicos y discursos verdes y climáticos, mientras deja deteriorarse infraestructuras críticas.

La inversión real en conservación de líneas, soldaduras, sistemas de señalización y control se ha visto relegada. El resultado lo pagan los ciudadanos con su vida.

El empleo público crece. El gasto político se dispara. Pero los sistemas básicos fallan. La red ferroviaria envejece sin revisión integral. Los protocolos se aplican de forma desigual. La responsabilidad política se diluye en comisiones y comparecencias vacías.

España no sufre un problema técnico aislado. Sufre un problema estructural de modelo político. El socialismo ha convertido la gestión pública en un instrumento de propaganda y demagogia, no de servicio. ¿los efectos? Desastre tras desastre.

La nefasta gestión ferroviaria refleja el mismo patrón que en sanidad, energía o inmigración: más ideología, menos gestión; más discurso, menos resultados.

Un balance político que exige responsabilidades

Resulta imposible separar los datos de su contexto político. Zapatero, Sánchez como presidentes y ahora Puente como Ministro de Transporte forman parte de una misma cadena de decisiones. Ninguno ha impulsado una auditoría real del estado de la red. Ninguno ha asumido errores estructurales. Mientras tanto, España lidera Europa en muertos por tren. Una posición vergonzosa para un país que presume de alta velocidad, sostenibilidad y movilidad inteligente.

El desastre socialista de la gestión ferroviaria no se corrige con comunicados ni con enfados televisivos o declaraciones demagógicas en el Senado. Se corrige con inversión real, planificación técnica, auditorías independientes y dimisiones cuando fallan los sistemas.

Cada víctima refleja una cadena de decisiones erróneas. Cada muerto demuestra que el sistema no funciona. Y cada comparecencia sin consecuencias confirma que el poder político ha perdido el sentido de su deber esencial: proteger a los ciudadanos.

En cualquier democracia madura, una tragedia como Adamuz habría provocado ceses inmediatos. En la España de Sánchez, provoca ruedas de prensa y culpas difusas. Son ruines y mezquinos.

¿Adoctrinamiento franquista?





Querido lector, aún con el alma compungida por las últimas catástrofes que hemos tenido en España por los accidentes de varios de trenes, con el corazón roto por esos padres que han perdido a sus hijos, por esos hijos que han perdido a sus padres… tenemos que continuar viviendo.

Y vivimos no solo rodeados por estos acontecimientos tan desgarradores, si no también, muy a nuestro pesar, por otros en los que también hay víctimas que sufren. No de un modo físico, quizás, sino más bien de una forma sutil, casi imperceptible, por las ideologías destructivas que se van colando en la mente de las nuevas generaciones.

Los que atizan el fuego del odio, esos que se alimentan de los enfrentamientos ideológicos, de los negocios que giran a sus sombras, de los puestos de trabajo que les generan… esos, no se contentan con meter sus sucias zarpas en las aulas, si no que tienen que encender la mecha buscando un cordero al que sacrificar en nombre de la libertad y la democracia.

En esta ocasión la víctima es un profesor de filosofía de un instituto en una localidad de Huelva, al que se le acusa de apología del franquismo en sus aulas por decir, supuestamente, que “con Franco se vivía mejor”. Y aunque, tras la investigación llevada a cabo en ese centro educativo, el veredicto fue de inocente, no contentos con esto, los miembros del sindicato CGT[i], sí, esos “comegambas”, le han denunciado por “adoctrinamiento franquista”, y para remate, el mismo alcalde, tuvo la cara dura de, anterior a este hecho, presentarse en la puerta del instituto para repartir panfletos de ideología izquierdista para alertar a los alumnos… ya sabemos querido lector: ¡qué viene la derecha!. Este valiente profesor citado no se lo pensó dos veces y le recriminó esa actuación fuera de contexto en la puerta de un instituto donde hay niños menores. Tan sólo hay que escuchar la grabación que mantuvieron ambos[ii], profesor y alcalde, para darse cuenta del despotismo de este último, la arrogancia y el perfil radical de ideología de izquierda, llamando “gentuza” a los de ideología derecha y burlándose del crucifijo del profesor que colgaba de su cuello.

Lamentablemente hay personas ciegas de odio, y a pesar de que los propios alumnos y padres del centro desmintieron este supuesto “adoctrinamiento”, a pesar de la inocencia probada, a pesar de la verdad, hay personas radicalizadas que tratan de imponer sus ideologías a costa de machacar a los demás. Porque así, tal y como nos demuestran cada día, mediante el enfrentamiento y las mentiras, es como funcionan algunos.

No estaría mal recordarle a este alcalde, así como a tantos siervos del izquierdismo, que ellos no son precisamente los idóneos para dar clases de lo que es o no adoctrinamiento. Ellos que aplauden con las orejas y se enorgullecen de meter en la mente de los niños las ideas del cambio de sexo como una alternativa liberadora, las relaciones homosexuales como rompedoras del patriarcado y el ataque al hombre como si fuesen violadores y maltratadores en potencia. Dejad en paz a los niños y preocuparos por levantar el nivel y la calidad educativa que es vergonzosa como está.

Has de saber, querido lector, que los miembros de la Asociación ECA intentamos contactar con algún alumno de este instituto de Paterna del Campo y el profesor perjudicado, pero sin éxito, porque lo que consiguen estos ogros rabiosos, es amenazar e intimidar a los “buenos”. De esta manera, nos pusimos en contacto con Fernando, un amigo de ECA, quien conoce de primera mano esta situación. Hemos podido realizar una entrevista muy interesante con él en nuestro programa de Radio “Son nuestros hijos” de Multicanal Radio[iii], en la que nos revela todo lo acontecido con muchos detalles y a la que te invito a ver y compartir.

Debemos frenar los pies a estas personas que se creen en posesión de la verdad y con el derecho de pisotear el honor de un profesor y de lavarles el cerebro a los menores con sus mentiras ideológicas.

Desde aquí, quiero manifestar el apoyo de la Asociación ECA a este profesor y dar la enhorabuena a esos valientes alumnos que lo defendieron ante esas falsas acusaciones y ese atentado hacia la neutralidad que debe haber en un centro educativo. La carta que escribieron no tiene desperdicio y es síntoma de que aún hay esperanza[iv].

Gracias.

Un saludo y hasta la próxima cita.

Alicia Beatriz Montes Ferrer

EXCLUSIVA: Cobo admite ser el transmisor de la coacción de Sánchez a los benedictinos: «si no os echan, tenéis que hacer un proceso de conversión»



por Redacción | 29 enero, 2026


El cardenal de Madrid, José Cobo, participó recientemente en un encuentro off the record con periodistas seleccionados al que Infovaticana no fue invitado y, por tanto, no está sujeto a ningún compromiso de confidencialidad. Este medio ha tenido acceso al audio completo de dicha conversación y lo que en él se escucha aporta un contexto de enorme relevancia para comprender el papel desempeñado por el arzobispo de Madrid en el conflicto del Valle de los Caídos.

En ese audio, el propio cardenal Cobo explica con detalle cómo se desarrollaron las conversaciones internas en torno a la posible expulsión de la comunidad benedictina y al proyecto gubernamental de resignificación del recinto. Sus palabras, reproducidas de forma literal, no dejan lugar a interpretaciones forzadas ni a matices benevolentes. Dice el cardenal:

«Vamos a ver. Es que parece que el Valle de los Caídos o Cuelgamuros es el centro de la vida de la Iglesia y es que a Madrid… o sea, para nosotros, es que pasamos por ahí. O sea, la diócesis de Madrid es que pasamos por ahí. Digo porque no tenemos jurisdicción y porque esto fue un momento original donde llega un prior, el antiguo prior, y nos dice: “Que nos echan”. No sé si se lo había ganado o no, pero sí: “que nos echan”. No, quiero decir, porque hay una tensión muy fuerte. Bueno, pues voy a contar la historia».

A continuación, el cardenal relata una reunión clave en la que participaron el presidente de la Conferencia Episcopal, el nuncio apostólico, él mismo y el prior Santiago Cantera. En sus propias palabras:

«Entonces nos reunimos: presidente de la Conferencia, el nuncio, un servidor y el prior Cantera. Y entonces decimos: “Oye, que nos echan”. Y decimos: vamos a intentar dos carpetas. Carpeta uno: la comunidad; y carpeta dos».

Inmediatamente después introduce el elemento político:

«Pero es que, además de que nos echen, para la basílica hay un proyecto del Gobierno que le han llamado resignificación —que para el Gobierno son carpetas distintas, eh—, que está en marcha».

Es en este punto donde el cardenal explica su interlocución con la Santa Sede y con el nuncio, y donde aparece la frase que concentra toda la gravedad del asunto:

«Bueno, pues vamos a ver. Hablo con Santa Sede, hablo con el nuncio. Hay que conseguir dos cosas: primero, que no los echen. Y para eso me hablo con ellos y les digo: “Mira, si no os echan, a mí me han dicho que, si no os echan, tenéis que hacer un proceso de conversión”. Hasta luego, y yo me voy».

El cardenal añade a continuación:

«Y ellos dicen: “Hacemos un proceso de conversión”. Vale, se quedan. Pero yo ya no tengo nada que ver ahí».

La literalidad del testimonio es demoledora. El propio arzobispo de Madrid reconoce que la permanencia de los benedictinos en el Valle quedó condicionada a la aceptación de un supuesto “proceso de conversión”. Obviamente, se trata de un eufemismo, la «conversión» transmitida por Cobo no se trató de una exhortación espiritual ni de una llamada a la renovación interior propia de la vida cristiana, sino de una condición impuesta como moneda de cambio para evitar la expulsión. La pregunta resulta inevitable y el audio no ofrece respuesta: ¿conversión a qué? ¿En virtud de qué autoridad se exige un proceso de conversión a unos monjes benedictinos, católicos, bautizados, fieles a su regla, dedicados a la oración y a la vida contemplativa?

Conviene añadir, además, un matiz esencial: la comunidad benedictina del Valle no ha aceptado dócilmente ese chantaje ni ha asumido sin más el marco impuesto. Muy al contrario, los monjes se han mantenido firmes en la defensa jurídica de sus derechos, han recurrido las decisiones que consideran injustas y no están dando su brazo a torcer con la facilidad que sugiere el relato edulcorado de Cobo. La supuesta “conversión” de la que presume el arzobispo es, en el mejor de los casos, una interpretación unilateral y autojustificativa de alguien cuya credibilidad queda seriamente dañada por el propio audio: no habla un pastor preocupado por la verdad, sino un intermediario ansioso por presentar como éxito una claudicación que, en realidad, no se ha consumado.

El contexto político aclara el sentido real de la exigencia. Ese “proceso de conversión” aparece vinculado explícitamente al proyecto del Gobierno de Pedro Sánchez para resignificar el Valle, un proyecto ideológico y memorialista ajeno a la misión de la Iglesia y frontalmente hostil a la identidad histórica y religiosa del lugar. Bajo un lenguaje eclesial se encubre lo que, en la práctica, equivale a una exigencia de sumisión: aceptar el marco narrativo del poder político socialista o asumir las consecuencias. Lo grave y surrealista es que la correa de transmisión de esta coacción criminal fuese nada menos que el cardenal de Madrid.

El propio cardenal dice, además, que supuestamente la comunidad vivía una fuerte tensión interna y una beligerancia con el anterior prior, pero en ningún momento habla de desviaciones doctrinales, escándalos morales o desobediencia canónica que pudieran justificar una exigencia de conversión en sentido teológico. La “conversión” exigida no remite a Cristo, sino a un cambio de actitud frente al proyecto gubernamental. No es una llamada evangélica, sino un eufemismo cuidadosamente elegido para revestir de espiritualidad una presión política.

El audio al que ha accedido Infovaticana sitúa al cardenal Cobo en un papel difícilmente compatible con la función pastoral que le corresponde. No actúa como defensor de una comunidad religiosa amenazada, sino como intermediario y correa de transmisión de un chantaje explícito del poder político. Cuando un cardenal de la Iglesia asume como propia la lógica del Gobierno y la traduce al lenguaje de la conversión cristiana, no estamos ante un malentendido menor, sino ante una instrumentalización grave del lenguaje de la fe y una claudicación que exige una explicación pública y honesta ante los fieles.

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Nota de la redacción: InfoVaticana no se considera éticamente vinculada por el carácter “off the record” de este encuentro, al haber sido excluida de la convocatoria pese a ser el medio eclesial con mayor audiencia en España.

jueves, 29 de enero de 2026

El Banquete de la Ruptura: El Camino Neocatecumenal y la Deconstrucción de la Misa Sacrificial



[Fuente: Panorama católico] La autora de este artículo hace un análisis claro, sencillo y despojado de toda connotación personal de los errores del Camino Neocatecumenal respecto a la Santa Misa. Con una experiencia de 15 años en este movimiento, lo muestra en sus desvíos doctrinales con brevedad y contundencia.

Por ABBEY CLINT @abbeyclint


Crecer en el Camino Neocatecumenal ofrece una perspectiva cruda y sin adornos de la «Nueva Teología» (*) que ha permeado la Iglesia posconciliar, ofreciendo una mirada directa al rechazo radical y rotundo de la esencia sacrificial de la Misa. Para los iniciados en el Camino, el altar no es un lugar del sacrificio cruento que se hace presente de nuevo de manera incruenta, sino una mesa para un banquete comunitario.

Este cambio no es meramente estético; es una profunda ruptura ontológica. Al reemplazar el énfasis tradicional en la naturaleza propiciatoria de la Eucaristía, la ofrenda del Hijo al Padre para la remisión de los pecados, por una celebración del “Misterio Pascual” centrada casi exclusivamente en la Resurrección y la alegría de la comunidad, el Camino refleja la tendencia posconciliar más profunda a priorizar la relación horizontal entre los hombres por sobre la relación vertical entre el hombre y Dios.

Este giro teológico se manifiesta con mayor claridad en la estructura física y litúrgica de la Eucaristía Neocatecumenal, que a menudo se celebra en torno a una mesa cuadrada decorada, en lugar de dirigirse hacia un sagrario o un altar fijo. Esta configuración deconstruye eficazmente el papel del sacerdote como alter Christus, actuando en la persona de Cristo Sumo Sacerdote, relegándolo a un mero presidente de una comida fraterna.

Los “errores” del Camino no son, en este sentido, aberraciones aisladas, sino las conclusiones lógicas de una interpretación específica del Novus Ordo Missae. Cuando se anima a los fieles a recibir la Hostia sentados y a consumirla simultáneamente con el sacerdote, la distinción jerárquica entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los bautizados se difumina hasta el olvido. Esta práctica constituye una manifestación concreta de la “Nueva Teología”, que considera a la Iglesia más como una asamblea democrática que como un cuerpo sobrenatural y jerárquico.

Además, el enfoque pedagógico del Camino Neocatecumenal, con sus directorios catequéticos durante mucho tiempo ocultos, refleja la ambigüedad doctrinal que ha caracterizado gran parte de los tiempos modernos. Al priorizar una fe existencial y experimental por encima de la claridad objetiva y dogmática de la tradición escolástica, el Camino fomenta una identidad religiosa que a menudo está más ligada al “camino” específico del grupo que al depósito universal de la fe.

Esto refleja la crisis de autoridad que se observa en la Iglesia en general, donde el “discernimiento” subjetivo se antepone con frecuencia al Magisterio perenne. En definitiva, reflexionar sobre mis 15 años de experiencia en este movimiento revela que la crisis de la liturgia es en realidad una crisis de fe; si la Misa ya no se considera un verdadero sacrificio, el núcleo mismo del catolicismo se vacía, dejando tras de sí una cáscara centrada en la comunidad que lucha por guiar a las almas hacia la realidad trascendente del Calvario.
En este marco teológico, la comprensión del pecado y la propiciación sufre una transformación que guarda un parecido sorprendente, y a menudo inquietante, con el pensamiento luterano, alejándose de la doctrina católica del mérito y acercándose a una visión más fatalista de la condición humana.

En el Camino Neocatecumenal, el pecado se presenta con frecuencia no como una transgresión voluntaria que requiere la gracia medicinal de los sacramentos y la penitencia personal para rectificarlo, sino como un síntoma inevitable de la “esclavitud del hombre al diablo”.

Esta perspectiva evoca el concepto luterano de simul iustus et peccator, según el cual el individuo permanece esencialmente corrupto, pero está “cubierto” por la gracia. Al minimizar la capacidad de la voluntad humana, con la ayuda de la gracia, para vencer verdaderamente el pecado y alcanzar la santidad, el Camino corre el riesgo de reducir la vida cristiana a un ciclo perpetuo de reconocimiento de la propia miseria sin la esperanza transformadora de una justificación interior real.

Esta visión distorsionada del pecado exige naturalmente un rechazo de la comprensión católica tradicional de la propiciación. En la teología perenne de la Iglesia, el sacrificio de Cristo en la cruz es un acto propiciatorio: una satisfacción ofrecida al Padre para expiar la ofensa infinita del pecado.

Sin embargo, la «Nueva Teología», expresada en la catequesis del Camino, trata la idea de satisfacer la justicia divina como una construcción «legalista» o «pagana». En cambio, enfatiza la Cruz únicamente como signo del amor incondicional de Dios y una victoria sobre la muerte, despojándola de su carácter de sacrificio necesario para la remisión de la culpa. Este cambio elimina efectivamente la necesidad «transaccional» de la Misa; si no hay necesidad de propiciación, la Misa deja de ser un sacrificio ofrecido por los vivos y los muertos y se convierte simplemente en un memorial de un acontecimiento histórico que valida el estado actual de la comunidad.

En consecuencia, el papel del individuo en la economía de la salvación se minimiza a una aceptación pasiva de su propia fragilidad. El llamado católico a «completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo» mediante el sacrificio y la mortificación es reemplazado por un enfoque en el «kerigma», una proclamación de misericordia que a menudo carece del correspondiente llamado a un firme propósito de enmienda.

Esta orientación teológica refleja la crisis más amplia posterior al Vaticano II, donde se ha perdido el sentido del pecado, reemplazado por un consuelo psicológico que busca calmar la conciencia en lugar de purificarla. Al enmarcar a la persona humana como alguien que “no puede hacer otra cosa” que pecar hasta que llegue un momento místico de iluminación, el Camino refleja inadvertidamente la negación protestante del libre albedrío, alejando aún más a los fieles del camino tradicional de purificación, iluminación y unión que ha definido la espiritualidad católica durante dos milenios.

(*) Nota: la Nueva Teología, o Nouvelle Theologie fue condenada en sus errores por la Encíclica Humani Generis de Pío PP XII en 1950.

Adendum AF

"Lo único que nos podrá salvar es que muera el Papa" (haciendo referencia a Benedicto XVI), dijo Kiko Argüello.

Este interesantísimo vídeo da testimonio del espíritu del Camino Neocatecumenal. Kiko Argüello considera que asistir a misa con el resto de la parroquia era “matar” las pequeñas comunidades de su movimiento. Esta era la orden de Benedicto XVI que no se aplicó porque dimitió: "Bergoglio nos salvó"
 pic.twitter.com/o3FG2SIHLe— Panoramix (@PCIDigital) January 27, 2026

León XIV, el Vaticano II y la lucha entre la verdad y el proceso en la Iglesia actual



Lo que ha preocupado a los observadores del primer pontificado del Papa León XIV no es simplemente la presencia de señales contradictorias, sino el modo en que estas señales parecen ir en direcciones eclesiológicas opuestas al mismo tiempo.

Por un lado, hay momentos de claridad inequívoca, incluso de severidad, que se leen como una reprimenda silenciosa pero inequívoca a los impulsos del gobierno del papa Francisco. Por otro lado, hay una persistencia de nombramientos, énfasis y gestos simbólicos que parecen atar firmemente al nuevo pontificado a las mismas corrientes que han generado confusión y decadencia durante décadas. 

La pregunta ya no es si el papa León representa la continuidad o la ruptura, sino si intenta reconciliar dos visiones de la Iglesia que, en realidad, son cada vez más irreconciliables.

Sobre el católico que vota y la incongruencia




Cada vez que se acercan elecciones (municipales, autonómicas, nacionales o europeas) reaparece el mismo fenómeno: el católico que se santigua al entrar en la iglesia el domingo y, unas horas después, introduce en la urna una papeleta que respalda sin rubor leyes de aborto, eutanasia o ingeniería social. Todo ello, eso sí, con la conciencia tranquilizada por un cómodo autoengaño: “yo voto otras cosas”, “el programa es muy amplio”, “no todo es el aborto”, “hay prioridades sociales más urgentes”.

Pues bien: no. No todo vale. Y no, no es inocente.

Joseph Ratzinger (antes de ascender al papado como Benedicto XVI) dejó esto meridianamente claro en 2004, cuando aún era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.El guardián celoso de la doctrina católica. Lo hizo por escrito, con precisión quirúrgica y sin necesidad de levantar la voz, como hacen quienes saben que la verdad no necesita ser gritada.

Ratzinger afirmó que un católico incurre en cooperación formal con el mal si vota deliberadamente a un candidato precisamente por su postura permisiva respecto al aborto o la eutanasia, y que esa cooperación lo hace indigno de recibir la Sagrada Comunión. No es una metáfora. No es una exageración. Es doctrina moral católica. Pura, dura y sin adornos.

Aquí se produce el primer choque con la mentalidad dominante: el voto no es moralmente neutro. No es un gesto administrativo. Es un acto humano libre y, por tanto, moralmente calificable.

La Iglesia (para escándalo de progresistas y conservadores con carnet bautismal) nunca ha enseñado que todo voto sea igualmente lícito. Jamás. Desde Santo Tomás de Aquino hasta el Catecismo actual, la doctrina es constante: cooperar formalmente con una injusticia grave es pecado grave. Y el aborto y la eutanasia no son “un tema más”: son la eliminación deliberada de vidas humanas inocentes.

El aborto no es una política sanitaria. Es la supresión directa de un ser humano en la fase más vulnerable de su existencia. La eutanasia no es compasión. Es la rendición moral de una sociedad que prefiere matar al que sufre antes que acompañarlo.

Por eso Ratzinger introduce un concepto clave que muchos prefieren ignorar: la cooperación formal. No se trata de votar “a pesar de” algo malo, sino de votar “precisamente por” quien defiende ese mal. En ese caso, el votante hace suyo el mal, lo respalda, lo legitima y lo impulsa.

¿Y qué ocurre cuando el candidato defiende el aborto, o no se pronuncia para no dar pistas al votante, aunque está a favor del aborto y la eutanasia en las políticas que promulgara y administrara si el eligen? No seamos ingenuos, todos sabemos lo que piensan los políticos a los que votamos o no votamos, sobre este espinoso y grave asunto. Lo digan o no lo digan explícitamente.

Muchos dirán; pero yo voto por él “por otros motivos”. Aquí Ratzinger no es ingenuo. Reconoce que puede existir un voto materialmente tolerado si hay razones verdaderamente proporcionadas. Pero atención: razones proporcionadas no son la simpatía personal, la promesa económica, el miedo al adversario ni el clásico “es que los otros son peores”.

La vida humana no es una variable negociable. No es moneda de cambio. No se compensa con subvenciones, ni con discursos verdes, ni con agendas sociales empaquetadas en lenguaje inclusivo.

El problema de fondo es que durante décadas se ha catequizado al católico para que crea que su fe pertenece exclusivamente al ámbito privado. Que puede rezar una cosa y votar la contraria. Que puede comulgar el domingo y apoyar el lunes leyes que matan.

Ratzinger dinamita esa esquizofrenia moral. Y lo hace con una consecuencia concreta y muy molesta: “quien coopera formalmente con el aborto o la eutanasia no debería acercarse a la Comunión. No como castigo, sino por coherencia. Porque la Eucaristía no es un premio social, sino el sacramento de la comunión con Cristo. Y Cristo no firma leyes de muerte”.

En este contexto electoral permanente en el que vivimos, el mensaje es incómodo pero necesario: no todo voto es compatible con la fe católica. Y no pasa nada por decirlo. Lo verdaderamente grave es callarlo. Aunque, como a mí, ya me haya costado mas de un disgusto. La verdad no suele ser bien acogida.

La Iglesia no impone partidos, pero sí impone límites morales. Y el primero es el derecho a la vida. Sin vida, no hay derechos. Sin vida, no hay justicia social. Sin vida, no hay nada.

Cuando un católico vota conscientemente a quien promueve el aborto o la eutanasia, no está haciendo política: está tomando partido contra el más débil. Y luego no debería sorprenderse si alguien le recuerda que no se puede servir a dos señores.

Benedicto XVI no fue “duro”. Fue claro. Y en tiempos de confusión interesada, la claridad se percibe como una agresión.

Quizá por eso su texto sigue siendo tan actual. Porque desenmascara la gran mentira contemporánea: que se puede ser católico sin consecuencias.

No. No se puede.

Y cuanto antes lo asumamos, (especialmente cuando se abren las urnas), mejor para nuestras conciencias y, sobre todo, para los que no tienen voz ni voto: los no nacidos, los enfermos, los ancianos descartados.

Ellos no votan. Pero pagan con su vida el resultado.

Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra

miércoles, 28 de enero de 2026

Blas Piñar y la Iglesia



En el día del duodécimo aniversario de su muerte, Infovaticana se adentra en la figura de un español clave para entender la historia reciente de España y de la Iglesia.


La figura de Blas Piñar no puede entenderse sin la Iglesia. No como un mero telón de fondo, sino como el eje vertebrador de toda su vida. Su pensamiento, su obra, su acción pública, incluso su soledad final, sólo se explican desde una fe católica profunda, vivida con piedad constante y con plena conciencia del papel asumido en la defensa de la verdad. En este sentido, Blas Piñar encarna como pocos la gran paradoja del catolicismo español contemporáneo: ser plenamente hombre de Iglesia, y serlo de manera pública, destacada y fiel, y, al mismo tiempo, acabar siendo marginado por una parte significativa de su jerarquía cuando la tempestad, con vientos huracanados, arremetieron -y siguen arremetiendo- contra la barca de Pedro.

Blas Piñar, hombre de Iglesia

Blas Piñar fue, antes que nada, un católico de los pies a la cabeza. Su fe no fue sociológica ni circunstancial, sino interior, exigente y sostenida por una intensa vida espiritual desde muy joven hasta el final de sus días. Hombre de misa y rosario diarios, largos ratos de oración y lectura espiritual, mantuvo hasta el final una tensión ascética que no se quebró, ni siquiera disminuyó o se ablandó en los momentos de mayor prueba.

Su formación cristiana hunde sus raíces en la Acción Católica, donde fue dirigente en su juventud junto a Antonio Rivera, el “Ángel del Alcázar” (cuyo proceso de beatificación está ya concluido). Allí asumió muy pronto que la fe exige testimonio público. No es anecdótico que, con apenas catorce años, pronunciara en Toledo una conferencia sobre la persecución religiosa del presidente mexicano Plutarco Elías Calles, convocada por las Juventudes de Acción Católica. Al cerrar su intervención con el grito de los cristeros – ¡Viva Cristo Rey! – provocó disturbios promovidos por la Federación Universitaria Escolar (FUE), su detención policial y una multa equivalente al sueldo mensual de su padre (100 pesetas) que por entonces era capitán de infantería. Este hecho, siendo un muchacho, marcaría toda su vida y podríamos decir que allí fue forjado su espíritu y sellado el compromiso inalterable de defender la verdad, oportuna e inoportunamente predicada. El episodio tuvo una resonancia simbólica que el tiempo se encargó de subrayar. Veinticinco años después, ya como director del Instituto de Cultura Hispánica, un grupo de universitarios mejicanos acudió a visitarlo para devolverle, en pesos mejicanos, el importe de aquella multa. Era un acto de gratitud histórica, pero también el reconocimiento de una coherencia asumida con valor.

Su producción intelectual brotaba de su hondura espiritual, canalizada y potenciada a base de las grandes virtudes que sostienen las obras perdurables.

Blas Piñar fue un seglar de enorme formación doctrinal, autor de estudios delicados y profundos sobre “La Controversia del Dios Uno y Trino”, sobre la “Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo”, “Eucaristía y Santo Sacrificio de la Misa” o “Teología cristocéntrica de San Pablo”. Trabajos sobre el sacerdocio, los sacramentos o sobre los ángeles, de los que era un gran devoto. Ensayos sobre el matrimonio y la familia, publicados junto con el padre José Ramón Bidagor SJ. Sus charlas cuaresmales, como las impartidas en las jornadas organizadas por las Hermandades del Trabajo en el Palacio de Deportes de Madrid en 1967, ante miles de personas, con la presencia del arzobispo Casimiro Morcillo eran seguidas por la prensa y la radio y formaban parte de los boletines parroquiales de la época. Varios seminarios diocesanos invitaron a Blas Piñar para impartir charlas cuaresmales cuando los obispos presumían de su amistad ante futuros sacerdotes.

La Señora, la Virgen Santísima, no sólo fue un pilar fundamental en su vida de fe y piedad, sino que fue un manantial al que acudió permanentemente. Como alma enamorada, profundizó en las virtudes de la Virgen y en los dogmas marianos. Seguramente nadie como él ha hablado en nuestros tiempos con tanto conocimiento interno y con tanta pasión externa sobre “la Asunción de la Virgen”, “la Inmaculada Concepción”, “la Virginidad de María” y “la Maternidad Divina”. O sobre “la Reina de América”, vinculando la cristianización de lo que sería España, con la Virgen del Pilar, y la evangelización de América con la aparición de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego. “Cantor de las Glorias de María” fue el apelativo que le impuso el padre José María Alba Cereceda S.J. después de la conferencia “La Virgen se llamaba María” que pronunció Blas Piñar en el colegio Corazón Inmaculado de María de Sentmenat (Barcelona) ante seiscientas personas.

El verbo de Blas Piñar, su oratoria inigualable, para proclamar y defender las grandezas de María, no era suficiente. Blas Piñar era plenamente consciente de que el compromiso adquirido con la fe se extiende a todos los órdenes y a todos los frentes en la vida. Fue ese compromiso inalterable lo que le llevó a acudir el 20 de junio de 1985 a las puertas del cine Renoir de Madrid para ponerse al frente de las protestas que los católicos llevaron a cabo por el estreno de la película blasfema “Yo te saludo María”. Allí también, y de qué manera, entre las porras de la policía, cantó las glorias de María frente a los que trataban de ultrajarla, al tiempo que la jerarquía denunciaba la película “por ser contraria a la Constitución Española”.

Blas Piñar, hombre para la Iglesia

Pero Blas Piñar no fue sólo un hombre de Iglesia; fue, también, un hombre para la Iglesia. Durante décadas puso su prestigio, su inteligencia, sus dones, su tiempo, su hacienda, su capacidad de convocatoria al servicio de la fe católica en el espacio público y en la esfera institucional.

La figura seglar más relevante del catolicismo español de la segunda mitad del siglo XX es sin duda alguna Blas Piñar. Sirva para sostenerlo alguna efeméride, a modo ilustrativo y no exhaustivo. El 5 de abril de 1960, en el Teatro Español, pronunció el pregón de la Semana Santa Madrileña. En 1962 se conmemoró el IV Centenario de la Reforma de Santa Teresa y Blas Piñar fue invitado a pronunciar la charla inaugural del “Año Santo Teresiano” y también el pregón final, ante las máximas autoridades de la jerarquía española y de la Orden del Carmen. En la Catedral de Tarragona, el 24 de enero de 1963 se inicia el Año Paulino en conmemoración de los mil novecientos años de la llegada a España del Apóstol San Pablo, con la presencia del entonces arzobispo de Tarragona don Benjamín Arriba y Castro, el Nuncio de Su Santidad, decenas de obispos venidos de toda España, varios ministros del Gobierno y con la retransmisión en directo de Radio Nacional de España. El pregón que inauguró el Año Paulino en la Catedral de Tarragona corrió a cargo de Blas Piñar.

En mayo de 1967 se debatió en las Cortes Españolas la Ley de Libertad Religiosa, a instancias del Vaticano so pretexto de la declaración conciliar Dignitatis humanae. Las nuevas corrientes, o la tempestad desatada contra la doctrina tradicional y el magisterio de la iglesia, trataban de modificar el Artículo 6 del Fuero de los Españoles que establecía “la protección oficial de la religión católica como la del Estado, garantizando la libertad religiosa privada y limitando las manifestaciones públicas de otros cultos, las cuales requerían autorización gubernamental”.

Blas Piñar lideró al grupo de veinte procuradores en Cortes que se opusieron a dicha ley, siendo el más joven de todos ellos, y fue el encargado de presentar todas y cada una de las enmiendas y obligarse a defenderlas. En torno a Blas Piñar, el Arzobispo de Valencia don Marcelino Olaechea, uno de los pocos obispos que se oponía a esta reforma, pidió a Blas Piñar que asumiese este papel y creó una comisión de expertos en la materia para asesorarle formada por dos padres dominicos, Victorino Rodríguez y Alonso Lobo; dos jesuitas, Eustaquio Guerrero y Baltasar Pérez Argos; un pasionista, Bernardo Monsegú, y un sacerdote secular, Enrique Valcarce Alfayate.

Fue presionado Blas Piñar para que se retirara del debate. Las presiones vinieron por parte de varios obispos e incluso del ministro de Justicia Antonio María de Oriol y Urquijo, amén de innumerables amenazas e insultos por parte del progresismo. La bandera no podía arriarse y Blas Piñar la mantuvo ondeando al viento. Basta con acudir a las hemerotecas y ver las crónicas de aquel debate. Absolutamente todas se centran en Blas Piñar, desde las de ABC por parte de José María Ruíz Gallardón o Torcuato Luca de Tena, a las del Diario Ya, Pueblo, Informaciones o Arriba. Lideró con su preparación, sus conocimientos, su oratoria y su fe a aquel grupo de hombres que, tenazmente, y contra viento y marea, seguían defendiendo la doctrina tradicional de la Iglesia en el campo civil, jurídico y político.


El 13 de Mayo de 1967, tras el debate de la Ley de Libertad Religiosa, el padre Victorino Rodríguez le decía en una carta:
Querido amigo: Después del magnífico tratamiento del Proyecto de Ley sobre libertad religiosa en las Cortes, llevado tan principalmente y a tanta altura por Vd., le felicitamos y le damos las gracias, un servidor y otros muchos Profesores de esta Facultad Teológica (P. Arturo Alonso Lobo, P. Santiago Ramírez, P. G. Fraile, P. B. Marina, etc.) que hemos comentado en común sus intervenciones en los debates: con una fe tan sana y valiente, con tanta inteligencia y agudeza dialéctica, con tanto sentido de la responsabilidad católica y española. El futuro católico de España se lo agradecerá. Dios se lo pague. Un abrazo muy fuerte. P. Victorino Rodríguez. OP.
Además, Blas Piñar representó a España en congresos internacionales de Apostolado Seglar y Mariano, donde fue testigo del humo que en la iglesia empezaba a entrar.

Blas Piñar y la jerarquía de la Iglesia

Durante años, Blas Piñar gozó del respeto y la cercanía de numerosos obispos y sacerdotes, como el cardenal Enrique Pla y Deniel, bajo cuyo primado de España fundó el Capítulo Hispanoamericano de Caballeros del Corpus Christi de Toledo. Pero esa relación se quebró, salvo con un puñado fiel, cuando una parte significativa del episcopado español optó por acomodarse al nuevo sistema político y cultural surgido de la Transición. Mientras Blas Piñar advertía en medio del desierto de los males que se avecinaban, la jerarquía pactaba su silencio ante las leyes y las políticas abiertamente anticristianas: el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual y la secularización radical.

No obstante, se mantuvo la amistad entre aquellos que no cambiaban de posición, ni se amoldaban a los nuevos tiempos, ni cambiaban de camisa, ni jubilaban la sotana: el cardenal Giuseppe Siri o el cardenal don Marcelo; el arzobispo Marcel Lefebvre, a quien Blas Piñar cedió generosamente la sede de Fuerza Nueva en 1978 para una conferencia cuando fue informado que al prelado francés le habían cerrado todas las iglesias y hasta los hoteles de Madrid; su amistad estrechísima, por mutua identificación, con don José Guerra Campos, obispo santo y sabio de Cuenca; o con los sacerdotes de la Hermandad Sacerdotal Española Miguel Oltra, Venancio Marcos, José María Alba y tantos otros. Muchos acudieron a él no sólo para agradecerle su valentía pública, sino para encontrar un pilar firme que no traicionaba la doctrina cuando la jerarquía empezaba a vacilar.

El caso del cardenal Vicente Enrique y Tarancón es paradigmático. Siendo sacerdote, había dicho en unos ejercicios espirituales a los que asistió Blas Piñar: «¿Qué querrá Dios de los hombres de España cuando les ha regalado el tesoro de la Victoria?». Años después, alineado con el progresismo eclesial, Tarancón encarnó una ruptura que Blas Piñar denunció con rigor en su libro Mi réplica al cardenal Tarancón, donde documentó cómo la jerarquía había contribuido al desmantelamiento del catolicismo en España.

El final de su vida fue también revelador. Enfermo, silenciado y prácticamente olvidado por muchos de quienes antes lo invitaban y exhibían su amistad, recibió en el hospital la visita caritativa de un arzobispo africano que deseaba conocerle: el arzobispo de Malabo. Otros prelados españoles ni siquiera contestaban sus cartas cuando él les remitía, por ejemplo, fotocopias de libros escolares de religión católica aprobados por la Conferencia Episcopal en que ilustraban con una fotografía de nuestro protagonista un tema titulado “ideologías anticristianas”.

Blas Piñar murió fiel. Fiel a la Iglesia de siempre, fiel a la verdad, fiel a Cristo Rey a Quien siempre proclamó como continuación del eco atronador de los mártires que claman valor en la contienda y coraje en la adversidad. Y, precisamente por eso, Blas Piñar resultó incómodo para una iglesia que, en demasiados momentos, prefirió pactar antes que confesar.
Miguel Menéndez Piñar

El DOCUMENTO de la VERGÜENZA: COBO MIENTE y ENTREGA el VALLE de los CAÍDOS a PEDRO SÁNCHEZ





54:52 MINUTOS



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CALDERÓN explota contra COBO por VENDER el VALLE de los CAÍDOS: "Eres un MENTIROSO y un TRAIDOR"


martes, 27 de enero de 2026

Argüello aplaude al Gobierno mientras el pueblo fiel se escandaliza



DURACIÓN 2 MINUTOS


No es una sensación. No es un malestar difuso amplificado por redes sociales. Es una fractura real, profunda y cada vez más obscena: la que separa a buena parte del episcopado español del pueblo fiel al que dice pastorear.

El último episodio lo ha vuelto a poner todo en evidencia. El presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, comparece para celebrar el Real Decreto del Gobierno sobre la regularización extraordinaria de inmigrantes ilegales y lo hace con un lenguaje calcado del argumentario político del Ejecutivo: “salud democrática”, “oportunidad política”, “sociedad organizada”, “bien común”, “subsidiariedad”. Ninguna referencia explícita a la ley moral, ninguna advertencia sobre el desorden objetivo que supone una inmigración masiva sin control, ningún recuerdo de los deberes del Estado en materia de fronteras, seguridad y justicia. Solo aplauso.

No se trata de una opinión prudencial más dentro del legítimo pluralismo católico. Se trata de algo mucho más grave: de la identificación pública de la jerarquía eclesiástica con un poder político que legisla sistemáticamente contra la doctrina católica en materias esenciales. Un gobierno que promueve el aborto como derecho, normaliza la eutanasia, destruye la familia, adoctrina en ideología de género y persigue la objeción de conciencia. Y ante ese gobierno, el presidente de la CEE no levanta la voz para corregir, sino que sonríe para acompañar.

Mientras tanto, al otro lado, el pueblo fiel hierve. Sacerdotes de parroquia, religiosos, laicos comprometidos, familias que siguen yendo a Misa, que educan a sus hijos en la fe, que sostienen económicamente a la Iglesia, no reconocen ya en sus pastores el lenguaje ni las prioridades del Evangelio. Ven a una jerarquía más preocupada por no incomodar al poder que por confirmar en la fe a los suyos.

La reacción en redes no es casual ni marginal. Es la expresión de un hartazgo acumulado. Cuando fieles católicos hablan de escándalo, no lo hacen en sentido metafórico. El escándalo es real: ver a obispos hablar como portavoces de ONG ideologizadas mientras guardan silencio ante leyes gravemente injustas. Verlos alinearse con la Agenda 2030 mientras las iglesias se vacían. Verlos invocar una misericordia abstracta que nunca va acompañada de verdad.

Porque la misericordia sin prudencia y sin discernimiento no es virtud cristiana. Es sentimentalismo. Y el sentimentalismo, cuando se convierte en política eclesial, termina siendo cruel: con los fieles ignorados, con las naciones desestructuradas, con los más débiles usados como coartada moral.

El episcopado español parece no entender —o no querer entender— que su autoridad no le viene de su cercanía al poder, sino de su fidelidad a Cristo. Y que cuando esa fidelidad se diluye en comunicados institucionales perfectamente compatibles con el BOE, lo que se rompe no es solo la credibilidad de la jerarquía, sino la comunión misma.

Hoy la brecha es evidente: un episcopado entregado al aplauso gubernamental y un pueblo fiel escandalizado, cansado y cada vez menos dispuesto a callar. Negarla no la cerrará. Seguir profundizándola, tampoco.

sábado, 24 de enero de 2026

Mons. Schneider acusa a Roche de distorsionar la historia para justificar Traditionis custodes

INFOVATICANA


El obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), monseñor Athanasius Schneider ha respondido con una crítica severa al último informe litúrgico del cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, elaborado para el consistorio del 7-8 de enero en Roma. En una entrevista publicada por la periodista Diane Montagna, Schneider sostiene que el documento se apoya en “razonamiento manipulador” y llega a “distorsionar la evidencia histórica” para justificar la línea restrictiva de Traditionis custodes.

Les también: Revelan el documento de Roche sobre la liturgia

Un documento distribuido en el consistorio

El texto de Roche —dos páginas presentadas como una “cuidadosa reflexión teológica, histórica y pastoral”— se distribuyó entre los miembros del Colegio Cardenalicio durante el consistorio convocado por el papa León XIV. Aunque no se debatió formalmente por —debemos suponer— falta de tiempo, su circulación posterior generó un rechazo significativo al notarse la manipulación e intencionalidad en el discurso.

Schneider sitúa el problema en el terreno de la intención y del método. A su juicio, el informe “transmite la impresión de un claro prejuicio contra el rito romano tradicional y su uso actual” y parece impulsado por “una agenda orientada a denigrar esta forma litúrgica y, en última instancia, eliminarla de la vida eclesial”.

“Falta objetividad”: la acusación de fondo

El obispo denuncia que “el compromiso con la objetividad y la imparcialidad —marcado por la ausencia de sesgo y una preocupación genuina por la verdad— brilla por su ausencia”. En su lugar, afirma, el texto “emplea razonamiento manipulador e incluso distorsiona la evidencia histórica”.

Schneider resume la exigencia con un principio clásico que, según él, el informe incumple: sine ira et studio, es decir, un enfoque “sin ira ni celo partidista”.

Continuidad o ruptura: Benedicto XVI como referencia

En el núcleo de su respuesta, Schneider niega que la reforma litúrgica moderna pueda describirse sin más como desarrollo orgánico. Por eso cita a Benedicto XVI: “En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura”. Desde esa premisa sostiene que el Novus Ordo de 1970 se percibe como una ruptura con la tradición milenaria del rito romano.

“La Misa más fiel al Concilio fue el Ordo Missae de 1965”, recuerda Schneider, y añade que el orden de Misa presentado en 1967 a los padres sinodales —sustancialmente el mismo que se promulgaría después— habría sido rechazado por la mayoría por considerarlo demasiado “revolucionario”.

Ratzinger: “un tipo de prohibición” ajeno a la tradición

Asimismo, Schneider recurre a un testimonio de Joseph Ratzinger. Cita una carta de 1976 al profesor Wolfgang Waldstein, en la que el entonces teólogo denuncia con claridad:

“El problema del nuevo Misal radica en que se separa de esta historia continua —que progresó ininterrumpidamente tanto antes como después de Pío V— y crea un libro completamente nuevo, cuya aparición va acompañada de un tipo de prohibición de lo que existía anteriormente, algo totalmente ajeno a la historia del derecho y de la liturgia de la Iglesia.”

añade la conclusión de Ratzinger, decisiva para su argumento:

“Puedo afirmar con certeza que esto no era lo que se pretendía.”

Quo primum: “unidad no significa uniformidad”

Schneider también combate la lectura que Roche haría de Quo primum (san Pío V). Le reprocha una referencia selectiva que “distorsiona” el sentido del documento y recuerda que el texto permitía continuar legalmente variantes del rito romano con al menos doscientos años de uso ininterrumpido. De ahí su conclusión:

“La unidad no significa uniformidad, como lo atestigua la historia de la Iglesia.”

Pluralismo litúrgico: “manipulador y deshonesto”

El obispo rechaza la idea de que la pluralidad de formas litúrgicas “congele la división”. Sostiene que esa afirmación contradice la praxis bimilenaria de la Iglesia y la califica en términos explícitos:

“Tal afirmación es manipuladora y deshonesta, porque contradice (…) la práctica de dos mil años de la Iglesia.”

Schneider recuerda episodios históricos en los que la uniformidad impuesta no trajo unidad, sino heridas profundas y duraderas, y sostiene que la coexistencia pacífica de formas legítimas evitaría fracturas y permitiría una auténtica comunión.

¿“Concesión” sin promoción? Schneider apela a san Juan Pablo II

Otro de los puntos que rebate es la tesis de que el uso de los libros anteriores a la reforma fue una mera “concesión” sin intención de promoverlos. Schneider lo contradice apelando a la noción de pluriformidad y citando a san Juan Pablo II sobre el Misal de san Pío V:

“En el Misal Romano de san Pío V (…) hay oraciones muy hermosas (…) que revelan la sustancia misma de la liturgia.”

Para el obispo, este testimonio desmiente que se trate de una tolerancia incómoda: el rito antiguo posee un valor espiritual objetivo y forma parte de la vida litúrgica de la Iglesia.

Hacia junio: una vía para restaurar la paz litúrgica

Schneider mira al consistorio extraordinario previsto para finales de junio y sugiere que, ante la falta de formación litúrgica de muchos miembros de la jerarquía, el Papa podría apoyarse en expertos que aporten un análisis más sólido. Propone una salida clara: reconocer a la forma más antigua del rito romano la misma dignidad y derechos que a la forma ordinaria, mediante una medida pastoral amplia que ponga fin a interpretaciones casuísticas y a un trato de hecho discriminatorio hacia muchos fieles, especialmente jóvenes y familias jóvenes.

El cierre: “instrumentalizando el poder y la autoridad”

En el tramo final, Schneider endurece su diagnóstico y describe el documento de Roche como propio de una estructura envejecida que pretende sofocar la crítica, especialmente la que nace de las generaciones jóvenes. Lo expresa así:

“El documento del cardenal Roche es reminiscente de una lucha desesperada de una gerontocracia (…) cuya voz intenta silenciar mediante argumentos manipuladores y, en última instancia, instrumentalizando el poder y la autoridad.”

Frente a esa lógica, Schneider concluye que la autoridad en la Iglesia está ordenada a custodiar la Tradición, no a emplearse contra ella, y por eso reclama que la paz litúrgica se reconstruya sobre bases de continuidad, justicia y respeto.

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #102 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX



DURACIÓN 33:06 MINUTOS


DESDE ROMA:

El arzobispo Georg Gänswein, nuncio apostólico en Lituania, Letonia y Estonia, asegura que con el pontificado de León XIV “está volviendo lentamente la normalidad”.

Encuesta a los trabajadores laicos del Vaticano: más del 56 % de los encuestados denuncia haber sufrido injusticias o comportamientos vejatorios por parte de sus superiores.

ESPAÑA

1. Accidente de tren. Testimonios de fe. El sin sentido de un supuesto funeral laico.

2. Qué pasa con el viaje del papa a España. En el aire. Pueden pasar aún muchas cosas. Por ejemplo, elecciones.

3. Cierre del jubileo. Difícil crear interés si predicamos que todos al cielo.


MUNDO

4. Semana por la unidad de los cristianos. Momento de releer “Unitatis redintagratio", del Vaticano II: “Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos".

5. Batzing se rinde. En treinta días, votación para el comité sinodal alemán. Nos jugamos todo.

6. Menos católicos en Hispanoamérica. Ni efecto Francisco ni teología de la liberación. En caida libre.

7. Advierten sobre seminaristas gays en Ghana. Y en esto los africanos son muy claros.

8. Semana brocheriana en Argentina. El cura Brochero, un ejemplo de apóstol.

martes, 20 de enero de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #101 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 33:17 MINUTOS


EMPEZAMOS EN ROMA 

1. Resurgir católico 

ESPAÑA 

2. El arzobispo de Oviedo sobre los abusos 

3. España entre los más consumidores de pornografía 

MUNDO 

4. El cardenal Zen truena en el consistorio 

5. Persecución a la Iglesia en Nicaragua 

6. Centenario de la revolución cristera en México 

7. Camino sinodal alemán. No nos representan 

8. Católicos en Groenlandia

Mons. Schneider pide a León XIV una «Constitución Apostólica» para liberar la Misa tradicional



Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán) ha afirmado que propuso personalmente al Papa León XIV la promulgación de una Constitución Apostólica sobre la Misa tradicional en latín para “regularizar” la coexistencia de los dos usos del rito romano y eliminar restricciones como las impuestas por Traditionis custodes. En una entrevista con Christopher P. Wendt (Cofraternidad de Nuestra Señora de Fátima), Schneider sostiene que no sería oportuno responder con un “anti–motu proprio”, sino elevar el asunto a un texto más solemne y con normas jurídicas claras.

“No un anti–motu proprio, sino un documento más solemne”

Schneider explica que, a largo plazo, la solución no pasaría por “anular directamente” Traditionis custodes, sino por un acto jurídico de mayor rango que un motu proprio. Según su planteamiento, el Papa debería promulgar un documento “por encima” de ese tipo de textos para establecer un marco nuevo y estable.

En sus palabras, la finalidad sería una “regularización solemne” que garantice libertad completa y una “coexistencia pacífica” de ambas formas, “sin limitaciones ni impedimentos”.

Qué cambiaría en la práctica: límite al poder restrictivo de los obispos

El punto más concreto del argumento es jurídico y pastoral: Schneider afirma que, si el Papa estableciera por ley pontificia ese marco, un obispo no podría prohibir o restringir la celebración de la liturgia tradicional allí donde un sacerdote quisiera celebrarla legítimamente.

En el diálogo se cita el caso de Charlotte (Carolina del Norte, EE. UU.), como ejemplo de conflictos recientes sobre celebraciones del Misal de 1962. La tesis de Schneider es que el nuevo texto debería dejar fijado que el obispo no tendría “más derecho” a limitar la forma tradicional que a prohibir el Novus Ordo.

“Dos formas ordinarias”, no “extraordinaria”

Schneider va más allá del lenguaje habitual posterior a Summorum Pontificum y sostiene que ambas deberían considerarse formas ordinarias del rito romano, no una “extraordinaria”. Con ello busca reforzar la idea de un derecho estable de sacerdotes y fieles a celebrar y asistir a la liturgia tradicional.

Por qué propone una Constitución Apostólica

El obispo argumenta que una Constitución Apostólica es una de las formas más solemnes del magisterio y gobierno pontificio y puede incorporar normas jurídicas. Por eso la ve más adecuada que un motu proprio para cerrar el conflicto de modo definitivo.

Como ejemplos, menciona que san Pío V promulgó el Misal tras Trento mediante una Constitución Apostólica y que Pablo VI hizo lo mismo al promulgar el Misal de 1969.

Está claro que la tensión litúrgica no se resolverá con eslóganes ni con golpes de efecto, sino con decisiones claras y estables que devuelvan paz y justicia en la vida concreta de las parroquias. Por ahora, resta esperar con paciencia para ver cómo se va encauzando el tema de la liturgia.

Cobo firmó intervenir la nave y la cúpula de El Valle de los Caídos sin tener jurisdicción para ello

INFOVATICANA



Lo verdaderamente grave del documento del 4 de marzo de 2025 publicado por El Debate no es solo la literalidad de unos términos que ya conocíamos por filtraciones y declaraciones públicas, sino lo que implica jurídicamente para la estructura de una Iglesia en la que, demasiadas veces, el Derecho se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba. Hasta ahora, el asunto se había presentado como el típico intercambio de impresiones entre Iglesia y Estado: conversaciones, reuniones, “se está trabajando”, “se está dialogando”… Un terreno pantanoso pero habitual. Sin embargo, el momento en que aparece un papel firmado y sellado por José Cobo, el relato cambia: esto deja de ser una conversación y pasa a parecer un acto de autoridad. La cosa cambia.

Porque el documento no se limita a expresar buena voluntad o a dejar constancia de un diálogo. En la práctica delimita zonas concretas en el interior de la basílica y establece un marco de intervención “museística” que incluye espacios tan esenciales como la nave o la cúpula. Y aquí está la clave: eso no es “acompañamiento” ni “facilitación”. Eso equivale a tomar decisiones de jurisdicción material sobre qué partes se consideran destinadas al culto y cuáles quedarían disponibles para un uso ajeno a la finalidad sagrada del lugar. En un templo católico, este tipo de distinciones no son un asunto de urbanismo ni de gestión patrimonial: son, ante todo, una cuestión de Derecho eclesiástico, de tutela de los lugares sagrados y de competencias reales.

Y entonces llega el choque frontal: después de firmar, Cobo hace declaraciones públicas (el 9 de abril, el 6 de mayo y en otras ocasiones a lo largo de 2025) en las que él mismo reconoce que no tiene jurisdicción sobre el Valle de los Caídos. Es decir, por un lado aparece estampando su sello como si pudiera aceptar un marco de intervención dentro de una basílica pontificia. Por otro, se presenta ante la opinión pública como alguien que no pinta nada ahí —o que, si pinta algo, es como colaborador externo— y que no tiene capacidad para decidir.

Ese es el punto donde la chapuza deja de ser confusa y pasa a ser escandalosa. 

¿Cómo es posible “mandar” en un papel y “no mandar” ante las cámaras?

Aquí hay tres opciones, y las tres son malas.

Primera opción: Cobo sí tenía algún tipo de mandato real, pero nunca lo ha explicado.

En ese caso, sus declaraciones públicas serían como mínimo equívocas: estaría diciendo “no tengo jurisdicción” cuando en realidad estaría actuando con una competencia delegada. Pero si esto fuera verdad, lo razonable —en un asunto tan sensible— sería que existiera algún respaldo verificable: un decreto, una delegación, una autorización expresa de la Santa Sede, o al menos una habilitación formal que justificara por qué el cardenal de Madrid aparece aceptando términos que afectan al interior del templo. Sin embargo, no consta de ninguna manera esa autorización para aceptar esos términos. InfoVaticana ha contactado con la Archidiócesis de Madrid y no se ha podido confirmar la existencia de un mandato, alegando que no consideran necesario o adecuado dar explicaciones sobre procedimientos internos.

Segunda opción: Cobo no tenía jurisdicción (como él mismo admitió públicamente), pero firmó igualmente.

Y entonces la cuestión deja de ser una mera polémica mediática para convertirse en un problema canónico. Porque si un obispo firma un documento sobre un asunto sobre el que no tiene competencia, lo que hace no es “ayudar”: lo que hace es invadir la competencia de la autoridad legítima. Y esto no es un tecnicismo: en la Iglesia, ejercer autoridad donde no se tiene es siempre gravísimo. En términos llanos, puede calificarse como una usurpación de funciones o, como mínimo, una extralimitación de enorme magnitud.

Tercera opción: no es que Cobo tenga o no tenga jurisdicción: es que el Gobierno necesitaba una firma “de Iglesia” y la encontró.

Esta hipótesis es la más inquietante, porque convertiría el documento en una operación de legitimación: se toma a un representante eclesial de alto rango, se obtiene su firma y se presenta el resultado como “la Iglesia ha aceptado”, aunque por dentro haya conflicto, aunque la comunidad benedictina se oponga y aunque Roma no haya dado su autorización explícita.

En resumen: o miente, o se excede, o le usan. Y ninguna de las tres deja bien parado al cardenal.

¿Miente? El problema de credibilidad

Cuando Cobo dice públicamente en abril y mayo de 2025 que él no tiene jurisdicción sobre Cuelgamuros, su mensaje es claro: “no depende de mí”. Pero el documento del 4 de marzo opera en sentido contrario: actúa como si, al menos en la práctica, sí dependiera de él dar por bueno un marco que afecta al interior de la basílica.

No estamos hablando de una frase ambigua ni de una opinión. Estamos hablando de un papel firmado que puede utilizarse para justificar una intervención dentro del templo. Un documento así tiene efectos: sirve para empujar actuaciones, para abrir puertas, para sostener decisiones, para vender un relato.

Por eso la contradicción es letal: si el cardenal no manda allí, ¿por qué firma como si pudiera decidir? Y si podía decidir, ¿por qué insiste después en que no manda?

¿Usurpa funciones? El problema jurídico

En Derecho Canónico hay algo que no se puede maquillar: la autoridad se ejerce con competencia real. Y cuando un clérigo actúa como si tuviera un poder que no tiene, se abre la puerta a un problema disciplinario y penal canónico por abuso de potestad o ejercicio indebido del oficio.

En palabras más simples: si Cobo no era competente y aun así “autorizó” o aceptó condiciones sobre el interior de la basílica, habría actuado como autoridad sobre un lugar sagrado sin serlo. Eso no es colaboración. Es invadir una competencia que no le pertenece.

Con benedictinos en contra y Roma ausente, el escándalo es mayor

A la contradicción de Cobo se suma un elemento que lo agrava todo: la comunidad benedictina está explícitamente en contra y ha tomado caminos de resistencia judicial. Si el actor que vive, reza y sostiene la vida litúrgica del lugar rechaza el marco, es imposible sostener que existe un “sí eclesial” armónico.

Y mientras tanto, no consta autorización de la Santa Sede, justo en un momento en el que el Papa Francisco atravesaba una situación de salud que hace poco creíble que estuviera dirigiendo en persona un expediente tan delicado, detallado y políticamente explosivo. Eso no significa que Roma no pueda actuar: significa que, si realmente existía un mandato, debería notarse. Y por ahora lo que se ve es otra cosa: un silencio que deja la firma de Cobo en el aire.

Una chapuza de órdago: el efecto práctico es devastador

El resultado final es el peor posible: el Estado obtiene un papel que puede vender como “la Iglesia acepta”, mientras el propio firmante se escuda después en que “no tiene jurisdicción”. Es una fórmula perfecta para que nadie asuma responsabilidad y, al mismo tiempo, la resignificación avance.

Y ese es el escándalo: que la posición de la Iglesia en el Valle de los Caídos no se defiende con un acto claro, limpio y jurídicamente impecable, sino con una mezcla de maniobra política, firma útil y contradicciones públicas.