BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



sábado, 7 de febrero de 2026

Entrevista con el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X sobre Consagración de Nuevos Obispos



La entrevista se realizó el propio día en que se produjo el anuncio de la consagración de nuevos obispos para la FSSPX/SSPX, pero solamente publicada hoy en varios idiomas. La entrevista fue realizada por el medio de comunicación perteneciente a la FSSPX/SSPX, FSSPX News, lo que antiguamente se conocia como DICI.


Entrevista al Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

5 Febrero 2026

«Suprema lex, salus animarum»

1. FSSPX.Actualidad: Reverendo Superior General, acaba usted de anunciar públicamente su intención de proceder a nuevas consagraciones episcopales en el seno de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X el próximo 1 de julio. ¿Por qué anunciarlo precisamente hoy, 2 de febrero?

Don Davide Pagliarani: La fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen reviste una importancia particular en la Fraternidad. En este día, los candidatos al sacerdocio reciben la sotana. La Presentación de Nuestro Señor en el Templo, que celebramos hoy, les recuerda que la clave de su formación y de su preparación para las Órdenes se encuentra en el don de sí mismos, que pasa por las manos de María. Es una fiesta mariana de suma importancia; cuando Simeón anuncia a Nuestra Señora una espada de dolor, le indica con claridad su rol de Corredentora junto a su divino Hijo. Nuestra Señora acompaña de la misma manera al futuro sacerdote en su formación y durante toda su vida: es Ella quien forma continuamente a Nuestro Señor en su alma.

2. Ha habido rumores insistentes sobre este anuncio en los últimos meses, especialmente tras el fallecimiento de Mons. Tissier de Mallerais en octubre de 2024. ¿Por qué ha esperado hasta ahora?

Al igual que Mons. Lefebvre en su día, la Fraternidad siempre ha procurado no adelantarse a la Providencia, sino seguirla, dejándose guiar por sus indicaciones. Una decisión de tal importancia no puede tomarse a la ligera, ni con precipitación.

Concretamente, tratándose de un asunto que obviamente concierne a la autoridad suprema de la Iglesia, se imponía, en primer lugar, emprender las oportunas gestiones ante la Santa Sede -como hemos hecho- aguardando, durante un plazo razonable, una respuesta. No podíamos tomar la decisión sin haber manifestado de manera concreta nuestro reconocimiento de la autoridad del Santo Padre.

3. En su homilía, Vd. dijo que había escrito al Papa. ¿Podría decirnos algo más al respecto?

El verano pasado escribí al Santo Padre para solicitar una audiencia. No habiendo recibido respuesta alguna, escribí una nueva carta, unos meses más tarde; una carta sencilla y filial, sin ocultarle ningún detalle acerca de nuestras necesidades. Mencionaba nuestras divergencias doctrinales pero, también, nuestro sincero deseo de servir sin descanso a la Iglesia católica, pues somos servidores de la Iglesia a pesar de la falta de reconocimiento canónico.

Una respuesta a esta segunda carta nos fue enviada desde Roma hace unos días, con firma del cardenal Fernández. Lamentablemente, esta respuesta desecha sin más nuestra proposición, sin ofrecernos una solución alternativa.

Esta propuesta, habida cuenta de las circunstancias absolutamente excepcionales en las que se encuentra la Fraternidad, consiste, en resumidas cuentas, en que la Santa Sede acepte dejarnos continuar provisionalmente en nuestra situación de excepción, por el bien de las almas que acuden a nosotros. Asimismo, reiteramos al Papa nuestra promesa de dedicar todas nuestras energías a la salvaguardia de la Tradición y a hacer de nuestros fieles verdaderos hijos de la Iglesia. Me parece que una propuesta así es, a un tiempo, realista y razonable, y que podría, en principio, recibir el beneplácito del Santo Padre.

4. Pero entonces, si aún no ha recibido ese permiso, ¿por qué considera que debe proceder de todos modos a las consagraciones episcopales?

Se trata de un medio extraordinario, proporcionado a una necesidad a un tiempo real y extraordinaria. Ciertamente, la simple existencia de una necesidad para el bien de las almas no implica, de suyo que, cualquier iniciativa en su favor quede automáticamente justificada. En nuestro caso, después de un largo período de espera, observación y oración, nos parece poder afirmar hoy que el estado objetivo de grave necesidad en el que se encuentran las almas, la Fraternidad y la Iglesia exige esta decisión.

Con el legado que nos ha dejado el papa Francisco, las razones de fondo que ya habían justificado las consagraciones de 1988 conservan toda su vigencia y se revelan, hoy, en muchos aspectos, incluso más pertinentes. El Concilio Vaticano II sigue siendo y es hoy más que nunca la brújula que guía a los hombres de Iglesia, y es poco probable que vayan a cambiar de rumbo en un futuro inmediato. Las grandes orientaciones que ya se perfilan para el nuevo pontificado, en particular tras el último consistorio, lo confirman plenamente: en ellas se percibe una determinación explícita de mantener la línea de Francisco como un camino irreversible para toda la Iglesia.

Es triste constatarlo, pero es un hecho: en una parroquia media, los fieles ya no encuentran los recursos necesarios para asegurar su salvación eterna. En particular, en lo que se refiere a la predicación íntegra de la verdad y de la moral católicas, así como a la administración de los Sacramentos tal como la Iglesia los ha concebido siempre. Este es el resumen del estado de necesidad. En este contexto crítico, nuestros obispos van envejeciendo y, con el crecimiento continuo del apostolado, ya no dan abasto para responder a las necesidades de los fieles en todo el mundo.

5. ¿En qué sentido considera Vd. que el consistorio del mes pasado confirma la dirección tomada por el papa Francisco?

El cardenal Fernández, en nombre del papa León, invitó a la Iglesia a volver a la intuición fundamental de Francisco, expresada en Evangelii gaudium, su encíclica clave: de manera simplificada, se trata de reducir el anuncio del Evangelio a su expresión primitiva esencial, en fórmulas muy concisas y contundentes –el «kerygma»–, con vistas a una «experiencia», a un encuentro inmediato con Cristo, dejando de lado todo lo demás, por valioso que sea; concretamente, el conjunto de los elementos de la Tradición, considerados como accesorios y secundarios. Este método de la nueva evangelización es el que ha producido el vacío doctrinal característico del pontificado de Francisco, que una parte importante de la Iglesia ha experimentado con tanta intensidad.

Ciertamente, en esta perspectiva hay que preocuparse siempre por ofrecer respuestas nuevas y adecuadas a las cuestiones que surgen; pero esta tarea debe realizarse a través de la reforma sinodal, y no redescubriendo las respuestas clásicas y siempre válidas, proporcionadas por la Tradición de la Iglesia. De este modo, en el supuesto «soplo del Espíritu» de esta reforma sinodal, Francisco ha podido imponer a toda la Iglesia decisiones catastróficas, como la autorización de la comunión para los divorciados vueltos a casar o la bendición de parejas del mismo sexo.

En síntesis: mediante el «kerygma», el anuncio del Evangelio se aísla de todo el corpus de la doctrina y de la moral tradicionales; y mediante la sinodalidad, las respuestas tradicionales son sustituidas por decisiones arbitrarias, fácilmente absurdas y doctrinalmente injustificables. El propio cardenal Zen considera que este método es manipulador y que atribuirlo al Espíritu Santo es blasfemo. Es de temer; por desgracia, que tenga razón.

6. Vd. habla de servicio a la Iglesia pero, en la práctica, la Fraternidad puede dar la impresión de desafiar a la Iglesia, sobre todo si contemplan nuevas consagraciones episcopales. ¿Cómo se lo explicaría al Papa?

Servimos a la Iglesia, ante todo, sirviendo a las almas. Esto es un hecho objetivo, independientemente de cualquier otra consideración. La Iglesia existe fundamentalmente para las almas: su finalidad es la santificación de las almas y su salvación. Todos los bellos discursos, los diversos debates y los grandes temas sobre los que se discute o podría discutirse carecen de sentido si no tienen como objetivo la salvación de las almas. Conviene recordarlo, porque hoy existe el peligro de que la Iglesia se ocupe de todo y de nada. La preocupación ecológica, por ejemplo, o la defensa de los derechos de las minorías, de las mujeres o de los migrantes, corren el riesgo de hacer perder de vista la misión esencial de la Iglesia. Si la Fraternidad San Pío X lucha por conservar la Tradición, con todo lo que ello implica, es únicamente porque estos tesoros son absolutamente indispensables para la salvación de las almas, y porque no persigue otra cosa, más allá del bien de las almas y el del sacerdocio ordenado a su santificación.

Al obrar así, ponemos al servicio de la Iglesia aquello que conservamos. Ofrecemos a la Iglesia no un museo de cosas antiguas y polvorientas, sino la Tradición en su plenitud y fecundidad: la Tradición que santifica las almas, que las transforma, que suscita vocaciones y familias auténticamente católicas. Dicho de otro modo: es para el propio Papa, en cuanto tal, para quien conservamos este tesoro, hasta el día en que se vuelva a comprender su valor y en que un Papa quiera servirse de él para el bien de toda la Iglesia. Porque es a esta última a quien pertenece la Tradición.

7. Vd. habla del bien de las almas, pero la Fraternidad no tiene misión sobre las almas. Al contrario, fue suprimida canónicamente hace más de cincuenta años. ¿En virtud de qué puede justificarse una misión de la Fraternidad respecto de las almas?

Se trata sencillamente de una cuestión de caridad. No queremos atribuirnos una misión que no tenemos. Pero, al mismo tiempo, no podemos negarnos a responder a la angustia espiritual de las almas que, cada vez se encuentran más perplejas, desorientadas, y perdidas. Piden auxilio. Y tras haber buscado durante mucho tiempo encuentran, de manera perfectamente natural, en las riquezas de la Tradición de la Iglesia, vividas íntegramente, con una alegría muy profunda, la luz y el consuelo. Respecto de estas almas, tenemos una verdadera responsabilidad, aunque no tengamos una misión canónica: si alguien ve en la calle a una persona en peligro, está obligado a socorrerla según sus posibilidades, aunque no sea ni bombero ni policía.

El número de almas que han acudido a nosotros no ha dejado de crecer con el paso de los años y ha aumentado, incluso, de manera considerable durante la última década. Ignorar sus necesidades y abandonarlas significaría traicionarlas y, con ello, traicionar a la propia Iglesia, pues, una vez más, la Iglesia existe para las almas y no para alimentar discursos vanos y fútiles.

Esta caridad es un deber que prima sobre todos los demás. El propio derecho de la Iglesia lo prevé así. En el espíritu del derecho de la Iglesia, expresión jurídica de esta caridad, el bien de las almas pasa antes que todo. Representa verdaderamente la ley de las leyes, a la cual todas las demás están subordinadas y frente a la cual ninguna ley eclesiástica prevalece. El axioma «suprema lex, salus animarum» –la ley suprema es la salvación de las almas– es una máxima clásica de la tradición canónica, retomada explícitamente, por otra parte, en el último canon del Código de 1983; en el actual estado de necesidad, de este principio fundamental depende, en última instancia, toda la legitimidad de nuestro apostolado y de nuestra misión respecto de las almas que acuden a nosotros. Se trata, por nuestra parte, de un papel de suplencia, en nombre de esta misma caridad.

8. ¿Es Vd. consciente de que el hecho de contemplar nuevas consagraciones episcopales podría colocar a los fieles que recurren a la Fraternidad ante un dilema: o bien la elección de la Tradición íntegra con todo lo que ello implica, o bien la «plena» comunión con la jerarquía de la Iglesia

Este dilema es en realidad sólo aparente. Es evidente que un católico debe conservar tanto la integridad de la Tradición como la comunión con la jerarquía. No puede elegir entre estos dos bienes, pues ambos son necesarios.

Con demasiada frecuencia se olvida, sin embargo, que la comunión se funda esencialmente en la fe católica, con todo lo que ello implica: empezando por una verdadera vida sacramental y por el ejercicio de un gobierno que predique esa misma fe y fomente su puesta en práctica, usando su autoridad no de manera arbitraria, sino verdaderamente en orden al bien espiritual de las almas confiadas a su cuidado.

Es, precisamente, para garantizar estos fundamentos, estas condiciones necesarias para la existencia misma de la comunión en la Iglesia, por lo que la Fraternidad no puede aceptar lo que se opone a esa comunión y la desnaturaliza, incluso cuando ello procede, paradójicamente, de aquellos mismos que ejercen la autoridad en la Iglesia.

9. ¿Podría darnos un ejemplo concreto de lo que la Fraternidad no puede aceptar?

El primer ejemplo que me viene a la mente se remonta al año 2019, cuando el papa Francisco, con ocasión de su visita a la península arábiga, firmó con un imán la conocida Declaración de Abu Dabi. En ella afirmaba, junto con el líder musulmán, que la pluralidad de las religiones había sido querida como tal por la Sabiduría divina.

Es evidente que una comunión que se fundara en la aceptación de tal afirmación, o que la incluyera, sencillamente no sería católica, pues implicaría un pecado contra el primer mandamiento y la negación del primer artículo del Credo. Considero que una afirmación así es más que un simple error. Es sencillamente inconcebible. No puede ser el fundamento de una comunión católica, sino más bien la causa de su disolución. Pienso que un católico debería preferir el martirio antes que aceptar tal afirmación.

10. En todo el mundo, la toma de conciencia de los errores denunciados desde hace tiempo por la Fraternidad progresa, especialmente en internet. ¿No convendría dejar que este movimiento se desarrolle con confianza en la Providencia, en lugar de intervenir mediante un gesto público fuerte como las consagraciones?

Este movimiento es ciertamente positivo, y no puede sino alegrarnos. Ilustra sin duda la plausibilidad de lo que defiende la Fraternidad y conviene alentar esta difusión de la verdad por todos los medios existentes. Dicho esto, se trata un movimiento que tiene sus límites, pues el combate de la fe no se limita a, ni se agota en discusiones y tomas de posición cuyo escenario sean la web o las redes sociales.

La santificación de un alma depende ciertamente de una profesión de fe auténtica, pero esta debe conducir a una vida verdaderamente cristiana. El domingo las almas no necesitan consultar una plataforma de internet. Lo que necesitan es un sacerdote que las confiese y las instruya, que les celebre la santa Misa, que las santifique verdaderamente y las conduzca a Dios. Las almas necesitan sacerdotes. Y para tener sacerdotes, hacen falta obispos. No «influencers». En otras palabras, hay que volver al mundo real, es decir, a la realidad de las almas y de sus necesidades objetivas concretas. Las consagraciones episcopales no tienen otra finalidad: garantizar, para los fieles comprometidos con la Tradición, la administración del sacramento de la confirmación, del orden y de todo lo que de ellos se deriva.

11. A pesar de sus buenas intenciones, ¿no piensa que la Fraternidad podría acabar, de algún modo, tomándose a sí misma por la Iglesia, o considerándose insustituible?

De ninguna manera la Fraternidad pretende sustituirse a la Iglesia ni asumir su misión; por el contrario, conserva una profunda conciencia de no existir sino para servirla, apoyándose exclusivamente en lo que la Iglesia misma ha predicado, creído y practicado siempre y en todas partes.

La Fraternidad es, del mismo modo, profundamente consciente de que no es ella quien salva a la Iglesia, pues solo Nuestro Señor, que no cesa nunca de velar por ella, puede guardar y salvar a Su Esposa,

La Fraternidad es, sencillamente, en circunstancias que no ha elegido, un medio privilegiado para permanecer fiel a la Iglesia. Atenta a la misión de su Madre, que durante veinte siglos ha alimentado a sus hijos con la doctrina y los sacramentos, la Fraternidad se consagra filialmente a la preservación y a la defensa de la Tradición íntegra, tomando los medios de una libertad sin equivalente para permanecer fiel a este legado. Según la expresión de Mons. Lefebvre, la Fraternidad no es más que una obra «de la Iglesia católica, que continúa transmitiendo la doctrina»; su papel es el de un «cartero que lleva una carta». Y su mayor deseo es ver a todos los pastores católicos unirse a ella en el cumplimiento de este deber.

12. Volvamos al Papa. ¿Le parece verosímil pensar que el Santo Padre pueda aceptar, o al menos tolerar, que la Fraternidad consagre obispos sin mandato pontificio?

Un Papa es ante todo un padre. Como tal, es capaz de discernir una intención recta, una voluntad sincera de servir a la Iglesia y, sobre todo, un verdadero caso de conciencia en una situación excepcional. Estos elementos son objetivos y todos los que conocen la Fraternidad pueden reconocerlos, incluso sin compartir necesariamente sus posiciones.

13. Esto resulta comprensible, en teoría. Pero ¿piensa Vd. que, concretamente, Roma pueda tolerar una decisión semejante por parte de la Fraternidad?

El futuro permanece en manos del Santo Padre y, evidentemente, de la Providencia. No obstante, hay que reconocer que la Santa Sede es a veces capaz de mostrar un cierto pragmatismo, incluso una flexibilidad sorprendente, cuando está convencida de obrar por el bien de las almas.

Tomemos el caso muy actual de las relaciones con el gobierno chino. A pesar de un verdadero cisma de la Iglesia patriótica china; a pesar de una persecución ininterrumpida de la Iglesia subterránea, fiel a Roma; a pesar de acuerdos regularmente renovados y luego violados por el gobierno chino, en 2023, el papa Francisco aprobó a posteriori el nombramiento del obispo de Shanghái por las autoridades chinas. Más recientemente, el papa León XIV acabó aceptando también a posteriori el nombramiento del obispo de Xinxiang, designado del mismo modo durante la vacancia de la Sede Apostólica, cuando el obispo fiel a Roma, varias veces encarcelado, seguía aún en funciones. En ambos casos, se trata evidentemente de prelados afines al gobierno, impuestos unilateralmente por Pekín con el objetivo de controlar la Iglesia católica china. Conviene subrayar que no se trata aquí de simples obispos auxiliares, sino de obispos residenciales, es decir, de pastores ordinarios de su diócesis (o prefectura) respectiva, con jurisdicción sobre los sacerdotes y los fieles locales. En Roma se sabe perfectamente con qué finalidad han sido elegidos e impuestos unilateralmente estos pastores.

El caso de la Fraternidad es muy distinto: no se trata en absoluto de colaborar con un poder comunista o anticristiano, sino únicamente de salvaguardar los derechos de Cristo Rey y de la Tradición de la Iglesia, en un momento de crisis y de confusión generalizadas en el que estos se encuentran gravemente comprometidos. Las intenciones y las finalidades no son, evidentemente, las mismas. El Papa lo sabe. Además, el Santo Padre sabe perfectamente que la Fraternidad no pretende de ningún modo conferir a sus obispos jurisdicción alguna, lo que equivaldría a crear una Iglesia paralela.

Francamente, no veo cómo el Papa podría temer un peligro mayor para las almas por arte de la Fraternidad que por parte del gobierno de Pekín.

14. ¿Piensa Vd. que, en lo que respecta a la Misa tradicional, la necesidad de las almas es hoy tan grave como en 1988? Tras las vicisitudes por las que ha pasado el rito de san Pío V –su liberalización por Benedicto XVI en 2007 y las restricciones impuestas por Francisco en 2021–, ¿hacia dónde nos dirigimos con el nuevo Papa?

Hasta donde yo sé, el papa León XIV ha mantenido cierta discreción sobre este tema, que suscita una gran expectación en el mundo conservador. Sin embargo, muy recientemente se ha hecho público un texto del cardenal Roche sobre la liturgia, destinado inicialmente a los cardenales que participaron en el consistorio del mes pasado. Y no hay razón para dudar de que dicho texto corresponda, en sus grandes líneas, a la orientación querida por el Papa. Se trata de un texto muy claro y, sobre todo, lógico y coherente. Lamentablemente, se apoya en una premisa falsa.

Concretamente, este texto, en perfecta continuidad con Traditionis custodes, condena el proyecto litúrgico del papa Benedicto XVI. Según este último, el rito antiguo y el nuevo serían dos formas aproximadamente equivalentes, que expresarían en todo caso la misma fe y la misma eclesiología, y que podrían, por tanto, enriquecerse mutuamente. Preocupado por la unidad de la Iglesia, Benedicto XVI quiso promover la coexistencia de ambos ritos y publicó en 2007 Summorum Pontificum. Para muchos, esto supuso providencialmente un redescubrimiento de la misa de siempre; pero a la larga dio lugar también a un movimiento de cuestionamiento del nuevo rito, movimiento que pareció problemático y que Traditionis custodes, en 2021, trató de frenar.

Fiel a Francisco, el cardenal Roche promueve a su vez la unidad de la Iglesia, pero conforme a una idea y mediante soluciones diametralmente opuestas a las de Benedicto XVI: aunque se mantiene la afirmación de la continuidad de un rito a otro a través de la reforma, se opone firmemente a su coexistencia. Ve en ella una fuente de división, una amenaza para la unidad, que debe superarse volviendo a una auténtica comunión litúrgica: «El bien primordial de la unidad de la Iglesia no se alcanza congelando la división, sino reencontrándonos todos en el compartir aquello que no puede sino ser compartido». En la Iglesia, «debería haber un solo rito», en plena sintonía con el verdadero sentido de la Tradición.

Se trata de un principio justo y coherente, pues la Iglesia, al tener una sola fe y una sola eclesiología, no puede tener sino una sola liturgia capaz de expresarlas adecuadamente… Pero es un principio mal aplicado, ya que, en coherencia con la nueva eclesiología posconciliar, el cardenal Roche concibe la Tradición como algo evolutivo, y el nuevo rito como su única expresión viva para nuestro tiempo; el valor del rito tridentino sólo puede ser considerado como superado y su uso, a lo sumo, una «concesión», «en ningún caso una promoción».

Que haya, pues, «división» e incompatibilidad actual entre los dos ritos: esto es lo que ahora aparece con mayor claridad. Pero no nos engañemos: la única liturgia que expresa adecuadamente, de manera inmutable y no evolutiva, la concepción tradicional de la Iglesia, de la vida cristiana y del sacerdocio católico es la de siempre. En este punto, la oposición de la Santa Sede parece más que nunca irrevocable.

15. El cardenal Roche reconoce, no obstante, que aún existen ciertos problemas en la aplicación de la reforma litúrgica. ¿Piensa Vd. que esto podría conducir a una toma de conciencia de los límites de dicha reforma?

Resulta interesante constatar que, después de sesenta años, todavía se admite una dificultad real en la aplicación de la reforma litúrgica, «cuya riqueza habría que descubrir»: es una cantilena que se oye siempre que se aborda este tema y que el texto del cardenal Roche no elude. Pero en lugar de interrogarse sinceramente sobre las deficiencias intrínsecas de la nueva misa y, por tanto, sobre el fracaso general de esta reforma; en lugar de reconocer el hecho de que las iglesias se vacían y las vocaciones disminuyen; en lugar de preguntarse por qué el rito tridentino sigue atrayendo a tantas almas… El cardenal Roche sólo ve como solución una urgente formación previa de los fieles y de los seminaristas.

Sin darse cuenta, entra así en un círculo vicioso, pues es la liturgia misma la que está llamada a formar a las almas. Durante casi dos mil años, las almas –a menudo analfabetas– han sido edificadas y santificadas por la propia liturgia, sin necesidad de formación previa alguna. No reconocer la incapacidad intrínseca del Novus Ordo para edificar a las almas, exigiendo una mejor formación todavía, me parece el signo de una ceguera irremediable. Se llega así a paradojas chocantes: la reforma fue buscada para favorecer la participación de los fieles; ahora bien, estos han abandonado la Iglesia en masa porque esta liturgia insípida no ha sabido alimentarlos; ¡y resulta que esto no tiene nada que ver con la propia reforma!

16. Hoy, en numerosos países, grupos ajenos a la Fraternidad se benefician todavía del uso del Misal de 1962. Esa posibilidad apenas existía en 1988. ¿No sería esta una buena alternativa, por el momento, que haría prematuras nuevas consagraciones episcopales?

La pregunta que debemos plantearnos es la siguiente: ¿corresponden estas posibilidades a lo que la Iglesia y las almas necesitan? ¿Responden de manera suficiente a la necesidad de las almas?

Es innegable que allí donde se celebra la Misa tradicional, irradia el verdadero rito de la Iglesia, con ese profundo sentido de lo sagrado que no se encuentra en el nuevo rito. Pero no se puede hacer abstracción del marco en el que tienen lugar estas celebraciones. Con independencia de la buena voluntad de unos u otros, el marco parece claro, especialmente desde Traditionis custodes, confirmado por el cardenal Roche: se trata del de una Iglesia en la que el único rito oficial, «normal» es el de Pablo VI. La celebración del rito de siempre se realiza, por consiguiente, bajo un régimen de excepción: quienes se adhieren a este rito reciben, por benevolencia gratuita, dispensas que les permiten celebrarlo, pero estas se inscriben en una lógica que es la de la nueva eclesiología y presuponen, por tanto, que la liturgia nueva sigue siendo el criterio de la piedad de los fieles y la auténtica expresión de la vida de la Iglesia.

17. ¿Por qué dice Vd. que no se puede hacer abstracción de este marco de excepción? ¿No se hace, pese a todo, un bien? ¿Qué consecuencias concretas habría que lamentar?

De esta situación se derivan al menos tres consecuencias nocivas. La más inmediata es la de una profunda fragilidad estructural. Los sacerdotes y los fieles que gozan de ciertos privilegios que les permiten usar la liturgia tridentina viven en la angustia del mañana: un privilegio no es un derecho. Mientras la autoridad los tolera, pueden dedicarse a sus prácticas religiosas sin ser molestados. Pero en cuanto la autoridad formula determinadas exigencias, impone condiciones o revoca de repente, por una razón u otra, las autorizaciones concedidas, sacerdotes y fieles se encuentran en una situación de conflicto, sin medio alguno de defenderse para garantizar eficazmente los auxilios tradicionales que las almas tienen derecho a esperar. ¿Cómo evitar de forma permanente semejantes casos de conciencia, cuando entre dos concepciones inconciliables de la vida de la Iglesia, encarnadas en dos liturgias incompatibles, una goza de pleno derecho de ciudadanía mientras que la otra es sólo tolerada?

En segundo lugar –y esto es sin duda más grave–, ya no se comprende la razón misma del apego de estos grupos a la liturgia tridentina, lo que compromete gravemente los derechos públicos de la Tradición de la Iglesia y, con ello, el bien de las almas. En efecto, si la misa de siempre puede aceptar que la misa moderna se celebre en toda la Iglesia, y si no reclama para sí más que un privilegio particular ligado a una preferencia o a un carisma propio, ¿cómo comprender entonces que esta misa de siempre se oponga de manera irreductible a la misa nueva, permanezca como la única verdadera liturgia de toda la Iglesia y que a nadie se puede impedir su celebración? ¿Cómo saber que la misa de Pablo VI no puede ser reconocida, porque constituye un alejamiento considerable de la teología católica de la santa misa, y que nadie puede ser obligado a celebrarla? ¿Y cómo son eficazmente apartadas las almas de esta liturgia envenenada para apagar su sed en las fuentes puras de la liturgia católica?

Por último, una consecuencia más lejana que se desprende de las dos anteriores: la necesidad de no comprometer, mediante un comportamiento considerado perturbador, una estabilidad frágil, reduce a muchos pastores a un silencio forzado cuando deberían alzar la voz contra tal o cual enseñanza escandalosa que corrompe la fe o la moral. La necesaria denuncia de los errores que están demoliendo la Iglesia, exigida por el propio bien de las almas amenazadas por este alimento envenenado, queda así paralizada. Se ilumina en privado a uno u otro, cuando aún se logra discernir la nocividad de tal o cual error, pero no es más que un murmullo tímido, en el que la verdad apenas logra expresarse con la libertad requerida… Especialmente cuando se trata de combatir principios tácitamente admitidos. Una vez más, son las almas a las que ya no se da luz y a las que se priva del pan de la doctrina del que, sin embargo, siguen hambrientas. Con el tiempo, esto modifica progresivamente las mentalidades y conduce poco a poco a la aceptación general e inconsciente de las diversas reformas que afectan a la vida de la Iglesia. También respecto de estas almas, la Fraternidad siente la responsabilidad de iluminarlas y de no abandonarlas.

No se trata de lanzar reproches ni de juzgar a nadie, sino de abrir los ojos y constatar los hechos. Ahora bien, estamos obligados a reconocer que, en la medida en que el uso de la liturgia tradicional sigue estando condicionado por la aceptación al menos implícita de las reformas conciliares, los grupos que se benefician de ella no pueden constituir una respuesta adecuada a las necesidades profundas que experimentan la Iglesia y las almas. Por el contrario, para retomar una idea ya expresada, es necesario poder ofrecer a los católicos de hoy una verdad sin concesiones, servida sin condicionamientos, con los medios para vivirla íntegramente, para la salvación de las almas y el servicio de toda la Iglesia.

18. Por otro lado, ¿no piensa usted que Roma podría mostrarse más generosa en el futuro respecto de la Misa tradicional?

No es imposible que Roma llegue a adoptar en el futuro una actitud más abierta, como ya ocurrió en 1988, en circunstancias análogas, cuando el Misal antiguo fue concedido a ciertos grupos para intentar apartar a los fieles de la Fraternidad. Si esto volviera a suceder, sería muy político y muy poco doctrinal: el Misal tridentino está destinado exclusivamente a adorar la majestad divina y a alimentar la fe; no puede ser instrumentalizado como una herramienta de ajuste pastoral o una variable de apaciguamiento.

Dicho esto, una benevolencia mayor o menor no cambiaría en nada la nocividad del marco descrito más arriba y, por tanto, no modificaría sustancialmente la situación.

Por otra parte, el escenario es en realidad más complejo: en Roma, el papa Francisco y el cardenal Roche han constatado claramente que ampliar el uso del Misal de san Pío V desencadena inevitablemente un cuestionamiento de la reforma litúrgica y del Concilio, en proporciones molestas y, sobre todo, incontrolables. Resulta, pues, difícil prever lo que ocurrirá, pero el peligro de quedar encerrados en lógicas más políticas que doctrinales es real.

19. ¿Hay algo que querría decirles, en especial, a los fieles y a los miembros de la Fraternidad?

Me gustaría decirles que el momento presente es, ante todo, un tiempo de oración, de preparación de los corazones, de las almas y también de las inteligencias, con vistas a disponernos a la gracia que estas consagraciones representan para toda la Iglesia. Todo ello en el recogimiento, en la paz y en la confianza en la Providencia, que nunca ha abandonado a la Fraternidad y no la abandonará ahora.

20. ¿Sigue usted esperando poder encontrarse con el Papa?

Sí, por supuesto. Me parece sumamente importante poder entrevistarme con el Santo Padre y hay muchas cosas que estaría encantado de transmitirle y que no he podido poner por escrito. Lamentablemente, la respuesta recibida por parte del cardenal Fernández no prevé una audiencia con el Papa. En cambio, evoca la amenaza de nuevas sanciones. 

21. ¿Qué hará la Fraternidad si la Santa Sede decide condenarla?

Ante todo, recordemos que, en las presentes circunstancias, las eventuales penas canónicas no tendrían ningún efecto real.

No obstante, si llegaran a ser pronunciadas, con toda certeza, la Fraternidad aceptaría, sin amargura, este nuevo sufrimiento como ha sabido aceptar los sufrimientos pasados, y los ofrecería sinceramente por el bien de la propia Iglesia. La Fraternidad trabaja por la Iglesia y no hay duda de que, si se diera una situación semejante, no podría ser sino temporal, pues la Iglesia es divina y Nuestro Señor no la abandona.

La Fraternidad continuará, en suma, a trabajar lo mejor que pueda, con fidelidad a la Tradición católica y sirviendo humildemente a la Iglesia, respondiendo a las necesidades de las almas. Y seguirá rezando filialmente por el Papa, como siempre lo ha hecho, esperando poder verse un día liberada de esas eventuales sanciones injustas, como ya ocurrió en 2009. Estamos convencidos de que un día las autoridades romanas reconocerán con gratitud que estas consagraciones episcopales habrán contribuido providencialmente a mantener la fe, para mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.

Entrevista concedida en Flavigny-sur-Ozerain el 2 de febrero de 2026
en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen

La estatua de Colón de Trump: mucho más que una estatua



Trump instalará una estatua de Cristóbal Colón en los jardines de la Casa Blanca. Es lo que se hace cuando se está orgulloso de su pasado.
España debería aprender de este ejemplo y sentirnos orgullosos de nuestro pasado glorioso. Nuestro país protagonizó uno de los mayores logros de la historia humana: el descubrimiento y la evangelización de América. Llevamos lengua, fe, cultura y derecho a un continente entero.

La estatua de Cristóbal Colón en la Casa Blanca representa mucho más que una escultura. Representa no solo una declaración política contra el relativismo, la culpa histórica y el odio a la propia civilización. Representa el orgulloso de sentirse herederos de España

La estatua de Cristóbal Colón en la Casa Blanca se convertirá en uno de los símbolos políticos más potentes del mandato de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos ha decidido instalar una escultura del navegante en los jardines del complejo presidencial como parte de su ofensiva directa contra el izquierdismo cultural, el revisionismo histórico y la leyenda negra.

La decisión no responde solo a una cuestión estética ni simbólica. Ni mucho menos. Trump quiere recuperar una figura histórica que la izquierda y la leyenda negra han demonizado durante años. Lo hace con un mensaje claro: reivindicar el pasado occidental frente a quienes pretenden borrar la historia y sustituirla por un relato ideológico y falso.

La estatua se situará en el flanco sur de la Casa Blanca, junto a la calle E y al norte de la Elipse, uno de los espacios más emblemáticos de Washington. Esta ubicación refuerza el valor de la iniciativa y deja claro que la estatua de Cristóbal Colón en la Casa Blanca ocupará un lugar central en la batalla cultural.

Desde la Casa Blanca lo tienen claro. Un portavoz lo expresó sin ambigüedades: «En esta Casa Blanca, Cristóbal Colón es un héroe». Esta frase resume la filosofía de la iniciativa. Trump no solo defiende una estatua. Defiende una visión de la historia basada en el mérito, la civilización, la cultura, la fe y el orgullo nacional.
Colón como símbolo de un pasado glorioso

Trump rechaza el discurso que culpa a Occidente de todos los males del mundo y reivindica la herencia cultural y religiosa que permitió el desarrollo de la civilización moderna.

Mientras sectores izquierdistas atacan a Colón y a Isabel la Católica por el descubrimiento y evangelización de América, Trump responde con un mensaje frontal. El navegante , y por ende, España y la reina Isabel, representan la exploración, el descubrimiento y la expansión religiosa y cultural a un nuevo mundo. Esto es, un proyecto civilizatorio,

España debería aprender de este ejemplo. Nuestro país protagonizó uno de los mayores logros de la historia humana: el descubrimiento y la evangelización de América. Llevamos lengua, la fe, la cultura y el derecho a un continente entero.

Frente a la propaganda ideológica, resulta imprescindible reivindicar nuestro pasado con orgullo. Las naciones fuertes no piden perdón por existir. Defienden su historia, sus símbolos y su identidad sin complejos. Y sobre todo, sentirse orgullosos, muy orgullosos de nuestra historia y sus personajes en nuestros héroes y nuestros santos.

Trump ha entendido algo que muchos gobiernos europeos – y menos el español- han olvidado: sin memoria, no hay futuro. Sin raíces, no hay nación.

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #104 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.




DURACIÓN 33:32 MINUTOS



ESPAÑA 

1. Regularización extraordinaria de inmigrantes 

2. A ver si termina lo de Belorado 

3. Manos Unidas 

MUNDO 

4. La fraternidad san Pío X ordenará obispos 

5. San John H. Newman 

6. De Chartres a Roma 

7. Jóvenes defienden la vida en París 

8. Sociedad de san Justino mártir

Iglesia: Dos cismas, un mismo peligro: lefebvrianos y Alemania, que caminan sin Roma Santiago Martín



DURACIÓN 14:22 MINUTOS

viernes, 6 de febrero de 2026

El cisma lefebriano.



La Fraternidad San Pío X (FSSPX) publicó una declaración explicando las razones del anuncio de las próximas consagraciones episcopales. El Superior General Davide Pagliarani, aborda directamente el pontificado actual del Papa León XIV, describiéndolo como una continuación de la «trayectoria irreversible» marcada por el Papa Francisco. Además de explicar la crisis Francisco/León, la declaración aborda el silencio de los obispos conservadores en la Iglesia, la posibilidad de sanciones, sus esperanzas, la razón última de su acción y su perspectiva sobre la Misa tradicional en latín. «Además, las principales orientaciones que ya se perfilan en este nuevo pontificado, en particular a través del último consistorio, no hacen más que confirmarlo. Se percibe una determinación explícita de preservar la línea del papa Francisco como una trayectoria irreversible para toda la Iglesia. Es triste reconocerlo, pero es un hecho que, en una parroquia común y corriente, los fieles ya no encuentran los medios necesarios para asegurar su salvación eterna. Carecen, en particular, tanto la predicación integral de la verdad y la moral católicas como la administración digna de los sacramentos, como siempre lo ha hecho la Iglesia. Esta privación constituye el estado de necesidad. En este contexto crítico, nuestros obispos están envejeciendo y, a medida que el apostolado continúa expandiéndose, ya no son suficientes para satisfacer las demandas de los fieles de todo el mundo». «La respuesta del cardenal Fernández no aborda la posibilidad de una audiencia con el Papa. También evoca la posibilidad de nuevas sanciones». ¿Qué hará la Fraternidad si la Santa Sede decide condenarla? En primer lugar, recordemos que en tales circunstancias cualquier sanción canónica no tendría ningún efecto real. Sin embargo, si se pronunciaran, la Sociedad aceptaría sin duda este nuevo sufrimiento sin amargura, como ha aceptado los sufrimientos pasados, y lo ofrecería sinceramente por el bien de la Iglesia». «El verano pasado, escribí al Santo Padre para solicitar una audiencia. Al no recibir respuesta, le volví a escribir unos meses después, de forma filial y directa, sin ocultar ninguna de nuestras necesidades. Le mencioné nuestras divergencias doctrinales, pero también nuestro sincero deseo de servir a la Iglesia católica sin tregua, pues somos servidores de la Iglesia a pesar de nuestra condición canónica irregular. A esta segunda carta, recibimos hace unos días una respuesta de Roma del cardenal Fernández. Lamentablemente, no tuvo en cuenta en absoluto la propuesta que presentamos ni ofrece ninguna respuesta a nuestras peticiones».

La paradoja de las pantallas de Sánchez: menores autónomos para el cuerpo, tutelados para la conciencia

   


Artículo 19.2 de la Ley Trans: «Se prohíben todas aquellas prácticas de modificación genital en personas menores de doce años […] En el caso de personas menores entre doce y dieciséis años, solo se permitirán dichas prácticas a solicitud de la persona menor siempre que, por su edad y madurez, pueda consentir de manera informada a la realización de dichas prácticas».

Artículo 19.3 de la Ley Trans: Las Administraciones públicas […] impulsarán protocolos de actuación en materia de intersexualidad que garanticen, en la medida de lo posible, la participación de las personas menores de edad en el proceso de adopción de decisiones”

Artículo 4 de la Ley Orgánica 5/2000, reguladora de la responsabilidad penal de los menores: la edad límite de dieciocho años establecida por el Código Penal para referirse a la responsabilidad penal de los menores se rebaja a los catorce años.

Ley Orgánica 1/2023, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, artículo 13 bis: “Las mujeres podrán interrumpir voluntariamente su embarazo a partir de los 16 años, sin necesidad del consentimiento de sus representantes legales. En el caso de las menores de 16 años” bla bla bla, podrán hacerlo con consentimiento y acompañamiento.

Son solo algunos ejemplos de leyes en que el sistema jurídico actual de nuestro país reconoce la capacidad de obrar de los menores de edad. 
Cambios de género, declaraciones judiciales, aborto, responsabilidad penal… son casos que la izquierda radical considera que un menor de dieciséis años tiene la suficiente madurez para asumir. 
Pero ahora, en un ataque de demagogia a la moda, sumándose al carro de la lucha contra las pantallas de pedagogos y expertos que no dejan de avisar de sus peligros, Pedro Sánchez ha abanderado la causa haciéndola campaña, metiéndose hasta la cocina de los hogares españoles, para censurar al votante joven de los próximos años a su antojo.

Porque, curiosamente, este mismo Ejecutivo dejó sobre la mesa, antes de finalizar el curso pasado, una propuesta para rebajar la edad de voto a los 16 años, anunciada como una implantación “gradual” mediante reforma legal. La idea quedó en el cajón, pero la contradicción permanece. Votar, con 16 años, sí. Instagram, con 15 años y madre al lado, no.

Una sociedad hiperdigitalizada

Soy de la generación de messenger temprano y Tuenti tardío… esa generación que se topó de frente con el acceso a redes sociales desde los primeros móviles inteligentes, ‘smartphones‘. Esa generación que mentía sobre su año de nacimiento para registrarse en tal o cual red social, y que aprendió a apagar el móvil para estudiar –o al menos, a dejarlo fuera de la habitación– a veces, a base de cates o de golpes, pues era fuente de toda distracción.

Allá por aquel entonces, las redes sociales no eran lo que son ahora. Ni tampoco los delitos en torno a estas, ni los peligros. Y aún así, ya nos avisaban: cuidado con las falsas identidades, cuidado con el acoso, con la violencia verbal, con la deshumanización del trato digital, cuidado con las críticas y riñas, siempre más fáciles que a la cara… Cuidado, también con pederastas y depredadores sexuales. Al menos, en mi colegio, no lo pudieron hacer mejor.

Ahora las cosas han cambiado, sí. Pero, precisamente por eso. La realidad es que vivimos en una sociedad hiperdigitalizada. Y vendar los ojos a los adolescentes sería como cerrarles en una ermita alejada del mundo.

Claro que los niños de nueve años no deberían estar haciendo bailecitos de TikTok -cuidado, que a veces son los propios padres los que facilitan eso desde sus cuentas-

Claro que los niños de nueve años no deberían estar haciendo bailecitos de TikTok -cuidado, que a veces son los propios padres los que facilitan eso desde sus cuentas-. Claro que hay menores, cada vez más pequeños, recurriendo con asiduidad a la pornografía -que, por cierto, no llega de las redes sociales sino que se encuentra fácilmente por Internet de cualquier vía-. Claro que hay padres que no tienen criterio para inculcar a sus hijos el sentido común. Y claro, también, que no estaría de más que a algún que otro adulto se le prohibiera usar en general las redes sociales… Aquí, cada uno con sus dones y sus defectos.

Pero la prohibición de las pantallas a menores de dieciséis años me resulta tan estúpida como el propio debate en torno a las pantallas. ¿Pantallas, de qué? ¿Es lo mismo una hora al día, que una película con los primos un domingo por la tarde? ¿Es lo mismo unos dibujos de esos de antes mientras ‘mamá’ hace la cena o acuesta al bebé, que un niño hipnotizado -e idiotizado- viendo Cocomelon mientras va atado a su sillita de paseo por la calle?

La respuesta es obvia. Las pantallas hacen daño: interno, al cerebro, y externo, a los ojos. Producen TDAH, autismo o lo que sea, y sobre todo, la pérdida de la capacidad de asombrarse con el mundo real, mucho más espectacular que el virtual. Pero, como todo, hacen daño si se abusa de ellas.
Lo que verdaderamente hace daño es privar a un padre de su capacidad de decidir sobre sus hijos en semejante asunto

Lo que verdaderamente hace daño es privar a un padre de su capacidad de decidir sobre sus hijos en semejante asunto -en el que, cada padre y madre, conocedores de cada hijo, único e irrepetible, saben lo que necesita-, mientras que le imponen que una menor pueda plantarse con un proceso judicial por impedirle abortar -lo que, implícitamente, presupone las relaciones sexuales en menores de dieciseis años-.
¡Pero vamos a ver! Esto ya clama al cielo. Aborto, sí, pero Instagram con mamá al lado, no. Cambio de sexo, sí, pero un hilo del twittero de moda sobre el derbi del día anterior con papá al lado, tampoco. Fuera de mi casa, señorías. Si quieren prohibir, prohiban: prohiban sexo prematuro, prohiban asesinatos traumaticos en vientres de menores, prohiban pornografía, prohiban educación sexual en escuelas -o cómo enseñar a un niño de seis años a masturbarse o a una de once a poner un condón-, prohíban el divorcio exprés, que tanto estrago y abandono supone para los niños, víctimas reales de esa tragedia…

Señor Sánchez, váyase a su casa y ocúpese de sus asuntos, que no son pocos.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Un discurso impecable… y prescindible: qué falta en el mensaje de León XIV sobre la fraternidad



El mensaje de León XIV con motivo de la Jornada Internacional de la Fraternidad Humana plantea una cuestión que no es de estilo ni de sensibilidad, sino de naturaleza teológica y de función del papado. No se trata de si el texto es amable, bienintencionado o políticamente oportuno, sino de si es un discurso que solo puede pronunciar un Papa o, por el contrario, uno que podría firmar sin dificultad cualquier autoridad moral genérica del orden internacional.

El texto está cuidadosamente construido para no ofender a nadie. Demasiado cuidadosamente. Habla de fraternidad, de paz, de puentes frente a muros, de compromiso concreto, de solidaridad frente a la indiferencia. Todo eso es verdadero en un plano humano general. El problema es que el plano específicamente cristiano está ausente. No es que esté deformado o mal expresado: simplemente no está.

Cristo no aparece. No como nombre propio, no como referencia salvífica, no como criterio último. Dios es mencionado, pero como fundamento abstracto de una fraternidad universal previa y autónoma. No como el Dios que irrumpe en la historia, juzga, salva, redime y divide. La fraternidad no nace de la adopción filial en Cristo ni de la incorporación al Cuerpo místico, sino de una condición humana compartida que se presenta como suficiente en sí misma. Eso no es herejía. Es algo más sutil: es irrelevancia cristológica.

Desde ese punto de vista, el discurso es impecablemente compatible con el humanismo moral contemporáneo, incluido el de matriz masónica. No porque contenga símbolos esotéricos ni consignas ocultas, sino porque comparte exactamente el mismo suelo conceptual: fraternidad universal, ética de mínimos, Dios como principio moral no confesional, superación de las diferencias religiosas en favor de una moral común. Nada en el texto exigiría ser corregido por un masón; nada obligaría a introducir una referencia específicamente cristiana para hacerlo aceptable en un foro internacional laico.

Esto lleva a la pregunta incómoda: ¿tiene que hablar así un Papa? No si entendemos el papado como un cargo meramente representativo o diplomático. Sí si lo entendemos, como siempre lo entendió la Iglesia, como un ministerio de confesión pública de la fe. El Papa no es el presidente de una ONG espiritual ni el moderador de un consenso ético global. Es el testigo principal de que la paz no es un producto de la fraternidad humana, sino una consecuencia —siempre frágil— de la verdad sobre el hombre revelada en Cristo.

Cuando un Papa habla como podría hablar cualquier otra autoridad moral, no está ampliando el alcance del mensaje cristiano; lo está diluyendo. No está construyendo puentes; está renunciando a decir qué hay al otro lado. Y eso no es prudencia pastoral. Es una opción: la de sacrificar la especificidad cristiana para no incomodar al mundo.

La cuestión, por tanto, no es si el discurso es “bonito” o “bienintencionado”. La cuestión es si es necesario. Y la respuesta, honestamente, es no. El mundo ya tiene suficientes discursos sobre fraternidad genérica. Solo la Iglesia puede —y debe— hablar de Cristo como criterio último de la fraternidad verdadera. Si el Papa no lo hace, nadie más lo hará.

Dejamos a continuación, el discurso completo:

Estimados hermanos y hermanas,

Con gran alegría y un corazón lleno de esperanza, me dirijo a ustedes por primera vez con ocasión de la Jornada Mundial de la Fraternidad Humana y del séptimo aniversario de la firma del Documento sobre la Fraternidad Humana por el papa Francisco y el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb. En esta ocasión, celebran lo más precioso y universal de nuestra humanidad: nuestra fraternidad, ese vínculo inquebrantable que une a todo ser humano, creado a imagen de Dios.

Hoy, la necesidad de esta fraternidad no es un ideal lejano, sino una urgencia ineludible. No podemos ignorar el hecho de que demasiados de nuestros hermanos y hermanas están sufriendo actualmente los horrores de la violencia y de la guerra. Debemos recordar que «la primera víctima de toda guerra es la vocación innata de la familia humana a la fraternidad» (Francisco, Carta encíclica Fratelli Tutti, 3 de octubre de 2020, 26). En un tiempo en el que el sueño de construir la paz juntos es a menudo descartado como una «utopía anticuada» (ibíd., 30), debemos proclamar con convicción que la fraternidad humana es una realidad vivida, más fuerte que todos los conflictos, diferencias y tensiones. Es una potencialidad que debe hacerse realidad mediante un compromiso cotidiano y concreto de respeto, de compartir y de compasión.

En este sentido, como subrayé recientemente ante los miembros del Comité del Premio Zayed, «las palabras no bastan» (11 de diciembre de 2025). Nuestras convicciones más profundas requieren un cultivo constante a través de esfuerzos tangibles. En efecto, «permanecer en el ámbito de las ideas y de las teorías, sin darles expresión mediante actos frecuentes y concretos de caridad, acabará por debilitar y desvanecer incluso nuestras esperanzas y aspiraciones más queridas» (Exhortación apostólica Dilexi Te, 4 de octubre de 2025, 119). Como hermanos y hermanas, todos estamos llamados a ir más allá de la periferia y a converger en un mayor sentido de pertenencia mutua (cf. Fratelli Tutti, 95).

A través del Premio Zayed para la Fraternidad Humana, rendimos hoy homenaje a quienes han traducido estos valores en «auténticos testimonios de bondad y caridad humanas» (Discurso a los miembros del Comité del Premio Zayed para la Fraternidad Humana 2026, 11 de diciembre de 2025). Nuestros galardonados —Su Excelencia Ilham Aliyev, presidente de la República de Azerbaiyán; Su Excelencia Nikol Pashinyan, primer ministro de la República de Armenia; la señora Zarqa Yaftali y la organización palestina Taawon— son sembradores de esperanza en un mundo que con demasiada frecuencia levanta muros en lugar de tender puentes. Al elegir el exigente camino de la solidaridad frente al camino fácil de la indiferencia, han demostrado que incluso las divisiones más arraigadas pueden ser sanadas mediante acciones concretas. Su labor da testimonio de la convicción de que la luz de la fraternidad puede prevalecer sobre la oscuridad del fratricidio.

Finalmente, expreso mi gratitud a Su Alteza el jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes Unidos, por su firme apoyo a esta iniciativa, así como al Comité Zayed por su visión y su convicción moral. Sigamos trabajando juntos para que la dinámica del amor fraterno se convierta en el camino común de todos, y para que el «otro» ya no sea visto como un extraño o una amenaza, sino reconocido como un hermano o una hermana.

Que Dios, nuestro Padre de todos, bendiga a cada uno de ustedes, y que bendiga a toda la humanidad.

León XIV

El ataque sin precedentes de Sánchez a la libertad de expresión



Sánchez, contra la libertad, el periodismo y la crítica.

El ataque sin precedentes a la libertad de expresión de Sánchez se materializa en un plan que prohíbe redes sociales a menores de 16 años y crea un sistema estatal para rastrear y perseguir opiniones mediante una llamada “Huella de Odio y Polarización”.

Un proyecto de control ideológico sin precedentes

El presidente Pedro Sánchez anunció el 3 de febrero de 2026 una batería de medidas que marcan un antes y un después en la relación entre el Estado y la libertad de expresión.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez incluye la obligación de verificar la edad en redes sociales y la prohibición de acceso a menores de 16 años. También prevé la creación de un sistema de rastreo de mensajes para medir la llamada “polarización social”. El Gobierno afirma que busca un entorno digital “seguro y democrático”. Sin embargo, la realidad apunta hacia un modelo de vigilancia permanente y control poblacional.

Nunca antes un Ejecutivo en España había planteado un mecanismo estatal de monitorización ideológica a gran escala.

La “Huella de Odio”: la censura disfrazada de protección

Aunque los medios comunicación de Sánchez lo están centrando mayoritariamente en la prohibición del uso de las redes sociales a los menores de 16 años, el elemento más grave del plan es la llamada Huella de Odio y Polarización.

Se trata de un sistema de trazabilidad que rastrea mensajes desde su origen hasta su difusión masiva. La censura de Sánchez se articula así como un mecanismo de vigilancia del pensamiento. El Estado pretende mapear en tiempo real qué ideas considera “polarizantes” o “extremistas”.

El problema para empezar resulta evidente: ¿quién define qué es odio y qué es crítica legítima? Si el Gobierno controla ese criterio, cualquier disidencia puede convertirse en discurso peligroso. Esto no es protección. Es censura ideológica institucionalizada.

Además, tal como señalan los juristas, si lo que se dice en las redes sociales se considera punible ya está el código penal y los juzgados para dilucidarlo. Con esto, el Gobierno elimina la función de los juzgados y se convierten en juez y parte.

Responsabilidad penal de directivos y control del algoritmo

Otro pilar del plan es imponer responsabilidad legal directa a los directivos de plataformas digitales. La censura de Sánchez pretende que los ejecutivos respondan penalmente por los contenidos publicados. Además, el Gobierno quiere tipificar como delito la manipulación de algoritmos.

Esto implica otra vez que el Estado decidirá qué tipo de contenido resulta aceptable. No solo vigila. También condiciona qué información llega a los ciudadanos. El Ejecutivo deja de perseguir delitos concretos y pasa a controlar flujos de información. Ese cambio altera la naturaleza misma de la democracia

Prohibición de redes a menores: intrusión en la patria potestad

El plan también prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 16 años. Esta medida invade y usurpa directamente la patria potestad.

El ataque a la libertad de Sánchez sustituye el criterio de los padres por imposición legal. El Estado decide ahora cuándo un menor puede expresarse en el espacio digital. Se elimina la libertad educativa y la autonomía familiar. No protege. Usurpa funciones que pertenecen a la familia.

Además, hoy la prohibición afecta a menores de 16 años. Mañana puede afectar a mayores de 18. Después a colectivos considerados incómodos.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez sienta un precedente letal para las libertades civiles. Si el Estado lo consigue puede regular ya cualquier aspecto de la vida privada.

No existe sociedad sana sin libertad de expresión. Y no existe libertad cuando el Estado vigila el pensamiento, lo controla y lo reprime.

El efecto desaliento y la autocensura social

Juristas y expertos alertan del llamado “efecto desaliento” que va a producir. Saber que el Gobierno rastrea mensajes provoca autocensura. El ciudadano deja de opinar por miedo a sanciones. El debate público se vacía y solo quedan las voces aceptadas por el poder.

Todos los sistemas de control comienzan igual. Primero prometen protección. Después limitan derechos. Finalmente terminan convirtiéndose pensamiento único y reprimiendo a los críticos. Es el modelo propio de las dictaduras comunistas.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez representa una deriva extremadamente peligrosa hacia un modelo de vigilancia ideológica: rastreo de opiniones, control de algoritmos, prohibición de redes y persecución de plataformas configuran un escenario de control estatal del discurso.

Cuando el poder decide qué se puede decir, la libertad de expresión desaparece y la sociedad deja de existir. La libertad muere. La tiranía se consolida. Es lo que quiere conseguir Pedro Sánchez.

martes, 3 de febrero de 2026

Sobre las nuevas consagraciones episcopales de la FSSPX



Hace poco más de veinticuatro horas que se conoció la noticia -esperada y preanunciada- de que el 1º de julio la FSSPX consagrará nuevos obispos, hasta ahora sin mandato pontificio lo que, según el CIC, los hará incurrir en excomunión latae sententiae. Varios amigos me han preguntado mi opinión al respecto y, tratándose éste de un blog dedicado a temas afines, se supone que algo debo escribir.

Sin embargo, dar una opinión con cierto fundamento sobre un tema tan delicado me resulta complejo por dos motivos. El primero, porque todavía hay muy poca información. Por parte de la FSSPX, sólo el comunicado y una homilía de hoy del P. Pagliarani. Y el comunicado es muy escueto y apenas dice que se ha decidido proceder a las consagraciones porque la respuesta de Roma “en modo alguno respondía a sus requerimientos”. Pero no sabemos cuáles fueron estos requerimientos. Y esto es una cuestión no menor, si tenemos en cuenta lo ocurrido con las primeras consagraciones episcopales de 1988 cuando, según mi opinión, la Fraternidad pidió demasiado, y pasó lo que pasó.

Por otro lado, no tenemos aún ninguna versión por parte de Roma. Sólo sabemos lo que ha publicado hoy Messa in Latino, según lo cual Mateo Bruni, director de prensa de la Santa Sede, habría dicho que “las conversaciones con la FSSPX continúan con el objetivo de evitar desacuerdos o soluciones unilaterales a las cuestiones que han surgido”. Y algunos medios reportan que desde la misma Fraternidad también se ha apuntado en la misma dirección: estamos en conversaciones con Roma.

En conclusión, no me parece prudente emitir una opinión definitiva y fundada sobre un tema tan delicado y sobre el que sabe tan poco. Y justamente esta situación lleva al segundo motivo para callar por ahora: tengo pensamientos y “sentimientos” contradictorios, para hablar en armonía con el post anterior. Porque claramente consagrar obispos sin mandato pontificio es romper la unidad de la Iglesia, lo cual es gravísimo. Además, la Santa Sede le ofreció a la FSSPX “regularizar” si situación canónica durante los pontificados de Benedicto XVI y de Francisco, concediéndoles prácticamente todo lo que pedía, y no aceptaron. Todo esto me lleva a expresar un juicio negativo. Pero ¿los alemanes no vienen rompiendo esa unidad desde hace un tiempo? ¿Cuando China consagra obispos sin mandato pontificio y la Santa Sede corre detrás a reconocerlos, no rompen la unidad de la Iglesia?

La cuestión no es simple; y por eso causa perplejidad. Y por eso mismo me he visto reflejado en la columna de Peter Kwasniewski y que traduzco a continuación

La noticia sobre las consagraciones episcopales de la FSSPX el 1 de julio es, obviamente, muy importante. No es que nadie esté realmente sorprendido; esto se veía venir desde hace tiempo.

Tengo pensamientos contradictorios y no creo que sea inapropiado, dados los tiempos confusos en los que vivimos. Cualquiera que espere que condene a la FSSPX o que la valore incondicionalmente se sentirá decepcionado. Siempre he sido moderadamente pro-SSPX, mi postura al respecto es bien conocida; pero también siempre he dicho que creo que es objetivamente mejor estar en comunión institucional regular con la jerarquía católica, por lo que siempre he asistido y asistiría a misa con un instituto Ecclesia Dei, si tuviera la oportunidad.

Permítanme decir simplemente: hay un gran bien en juego, así como un gran mal.

El gran bien es la comunión plena y regular con la jerarquía de la Iglesia. Los institutos Ecclesia Dei han elegido este bien como principio fundamental y, como resultado, a menudo no se pronuncian con tanta claridad y rotundidad sobre los temas de actualidad. Sin embargo, están haciendo manifiestamente la obra del Señor; están restaurando la tradición de forma silenciosa y paciente en todo el mundo. He visto los inmensos frutos. Están reconstruyendo la Iglesia desde cero, un apostolado tras otro.

Por otro lado, el gran mal es el modernismo que ha infectado a la Iglesia en todos los niveles, hasta tal punto que ahora se da por sentado; se ha convertido en un gas nocivo omnipresente, invisible e inodoro. Contra esta tendencia, el arzobispo Lefebvre adoptó una postura valiente en defensa de la fe católica tradicional (la obra de Yves Chiron «Entre Roma y la rebelión» es una lectura imprescindible para quienes deseen comprender la profundidad de la crisis a la que se enfrentó, una crisis a la que todavía nos enfrentamos), y su Fraternidad sigue enarbolando esa brillante antorcha. Los admiro por su testimonio, que han pagado con un precio muy alto.

Rezo diariamente por todos los institutos Ecclesia Dei, por todos los sacerdotes diocesanos que ofrecen la misa tradicional y por la Fraternidad San Pío X. Les deseo todo lo mejor, en la caridad de Cristo. Me entristecería profundamente un mundo en el que no existiera ninguno de ellos. Rezo en particular por la curación de las numerosas rupturas que han herido al catolicismo moderno, no solo las rupturas de la comunión canónica, que son lamentables, sino, lo que es mucho peor, la espantosa ruptura con la tradición católica, que explica por qué la Iglesia se encuentra en un estado tan lamentable (y por qué existe la FSSPX).

sábado, 31 de enero de 2026

Chantaje al Papa León: "Alemanes, todo o nada" | P. Santiago Martín FM | Actualidad Comentada



DURACIÓN 14:31 MINUTOS

Lo que la forma dice del fondo: El problema de Hakuna con el trato al Santísimo



La reacción que han provocado algunas críticas a determinados textos y formas de Hakuna ha sido, cuanto menos, reveladora. Hemos recibido correos duros, airados, algunos francamente desproporcionados, y hemos tomado nota también de artículos en los que se nos descalifica e incluso se nos insulta por señalar algo que no es una opinión personal ni un capricho estético, sino doctrina constante de la Iglesia. No deja de ser significativo que la mera apelación a criterios objetivos —teológicos y litúrgicos— genere tal conmoción. Precisamente por eso, conviene ir al fondo de la cuestión, con calma, con claridad y sin miedo.


Hay una teología en los textos y en las palabras. Y, casi siempre —aunque a algunos les resulte incómodo admitirlo— hay también una teología en las formas. Ambas se alimentan mutuamente. Lo que se dice de Dios termina expresándose en cómo se le trata. Y lo que se hace con lo sagrado acaba revelando, tarde o temprano, qué Dios se está predicando realmente.

La teología que subyace en muchos de los textos, cantos y discursos de Hakuna es marcadamente antropocéntrica. El centro del relato no es Dios en su absoluta soberanía, sino la experiencia del sujeto: cómo me siento, qué me aporta, cómo me acompaña, cómo me sana. Sin ser esto necesariamente malo, el peligro es exclusivizarlo, limitarnos a un Cristo que aparece constantemente referido al hombre, a sus heridas, a sus procesos, a su vivencia emocional. No se niega la verdad de lo que se dice, pero se altera el orden.

El cristianismo no comienza por la experiencia del hombre, sino por la iniciativa de Dios. No por lo que yo siento ante Cristo, sino por lo que Cristo es. Cuando el lenguaje se desplaza de manera sistemática hacia el “yo” y el “nosotros”, cuando la centralidad del misterio se diluye en favor de la vivencia, se está operando un giro teológico profundo, aunque no se confiese explícitamente. Dios deja de ser el centro para convertirse, de facto, en función del sujeto.


Esta teología de las palabras encuentra su coherencia —y su confirmación— en la teología de las formas. Porque cuando el Santísimo Sacramento del Altar es expuesto en una caja de cartón, colocada en el suelo, sin custodia, sin altar y sin los signos objetivos de adoración que la Iglesia siempre ha exigido, no estamos ante un simple error práctico. Estamos ante la traducción gestual de una teología ya previamente desplazada.

Si lo central es la experiencia comunitaria, la cercanía emocional y la horizontalidad, entonces las formas dejan de servir al misterio y pasan a servir al grupo. El Santísimo ya no aparece como el Señor ante el que se postra la Iglesia, sino como un elemento integrado en una dinámica humana, casi doméstica, funcional al clima emocional del encuentro. No se le niega explícitamente, pero se le rebaja implícitamente.

La Iglesia, sin embargo, ha sido siempre radicalmente clara: la Eucaristía es Cristo mismo, verdadera, real y sustancialmente presente. Y esa verdad no admite traducciones creativas que la desdibujen. Por eso la liturgia, la custodia, el altar, la genuflexión y la adoración vigilada no son añadidos culturales ni restos de una época pasada, sino confesiones visibles de fe. Son el dogma hecho gesto.

Aceptar que haya frutos buenos en Hakuna no equivale a canonizar la teología que los acompaña. Dios actúa con misericordia incluso en contextos doctrinalmente pobres o mal orientados, pero eso no convierte en buena la orientación. La Iglesia nunca ha discernido la verdad por el éxito pastoral ni por la intensidad emocional de la experiencia, sino por la conformidad con la fe recibida.

Aquí no se trata de una discusión estética ni generacional. No es una batalla entre “carcas” y modernos. Es una cuestión doctrinal de primer orden: quién ocupa el centro, Dios o el hombre. Y cuando el centro se desplaza, todo lo demás se reordena en consecuencia, también —y especialmente— el modo de tratar al Santísimo Sacramento.

Por eso es necesario decirlo con claridad, aunque incomode: hay en Hakuna una teología antropocéntrica, expresada tanto en sus palabras como en sus formas, que termina por desdibujar la centralidad absoluta de Dios. Señalarlo no es atacar a las personas ni negar los bienes parciales que puedan existir. Es, sencillamente, proponer con caridad la doctrina de la Iglesia. Porque cuando el hombre se convierte en medida de lo sagrado, lo sagrado acaba perdiendo su peso real. Y entonces, inevitablemente, Cristo deja de ser adorado para empezar a ser utilizado.

Miguel Escrivá