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miércoles, 14 de enero de 2026

NOTICIAS VARIAS 12 A 14 DE ENERO DE 2026



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LA GACETA DE LA IBEROSFERA


Selección por José Martí

La Archidiócesis de Madrid incorpora propuestas heréticas en los documentos oficiales de CONVIVIUM



La Archidiócesis de Madrid ha puesto en marcha un proceso denominado Convivium, presentado como un itinerario de reflexión eclesial y participación pastoral. Sin embargo, la sorpresa no está en que se promueva el diálogo, la escucha o el discernimiento comunitario —algo legítimo en sí mismo— sino en el tipo de contenidos que se han introducido en el circuito oficial como material de trabajo.


La propia documentación preparatoria muestra la dimensión del proceso: se trata de un cuaderno de trabajo que incorpora, entre otros materiales, una síntesis de respuestas de distintos ámbitos diocesanos —con 137 respuestas de Consejos Pastorales Parroquiales—, junto con aportaciones de arciprestazgos, vida consagrada y otras instancias. Además, incluye datos internos sobre el clero de Madrid (noviembre de 2025), lo que refuerza su carácter de instrumento “oficial” y no de simple recopilación informal.

Lo más inquietante es que esta dinámica ya se ha visto en otros procesos recientes, especialmente en el llamado “camino sinodal” alemán: bajo la retórica de la escucha se termina dando carta de naturaleza a propuestas doctrinalmente inadmisibles. Y ahora, bajo el gobierno del cardenal José Cobo, Madrid parece deslizarse hacia el mismo patrón: normalizar lo inaceptable como si fuera parte de un debate eclesial legítimo.

En el documento distribuido a los participantes de la asamblea, dentro del apartado “síntesis de otras realidades eclesiales”, se seleccionan para destacar algunas propuestas bajo el título de “Propuestas ‘peculiares’”. Pero lo que el documento llama “peculiar” no son propuestas extravagantes o marginales, sino afirmaciones de carácter abiertamente herético, presentadas en un marco de normalidad institucional.

El problema no es solo que existan corrientes de pensamiento heterodoxas en ambientes eclesiales —eso ha ocurrido siempre— sino que un proceso oficial diocesano las recoja, las ordene, las incluya y las proyecte como elementos discutibles dentro de una dinámica pastoral.
Herejías presentadas como “peculiaridades”


La gravedad del asunto aumenta cuando se analiza el contenido concreto de esas propuestas. El documento no las presenta como errores doctrinales que deban ser corregidos ni como planteamientos ajenos a la fe católica, sino como una suerte de aportaciones llamativas que quedan integradas en el marco general de trabajo. Y lo hace con un lenguaje que funciona como anestesia: llamarlas “peculiares” equivale a rebajar su gravedad, a sugerir que son simples opiniones en un abanico plural, y no afirmaciones radicalmente incompatibles con el depósito de la fe.

Propuestas “peculiares”.

– Creemos que la imposición del celibato a los sacerdotes (y a las futuras mujeres sacerdotes) es una ley injusta y antievangélica que produce víctimas y contribuye a un clericalismo dominante que produce desigualdad en la comunidad. (MOCEOP (Movimiento Pro Celibato Opcional)
– La posibilidad del celibato opcional, no entendido como sustracción de atención o energía al servicio sacerdotal sino, para quien se sienta llamado, como una forma de estímulo y propulsión (Comunidad de laicos Kédate)
– Creemos que el celibato libre puede ayudar a que el sacerdote esté más cerca de las realidades sociales. Plantear la posibilidad de un sacerdocio temporal, no para toda la vida. Tanto los laicos como los religiosos pasan por distintas etapas vitales. (Los grupos católicos Loyola)

“Futuras mujeres sacerdotes”: ruptura doctrinal normalizada

La mera inclusión de la expresión “futuras mujeres sacerdotes” no es una anécdota ni una provocación retórica. Supone introducir como horizonte “posible” una pretensión incompatible con la doctrina católica sobre el sacramento del Orden. Más aún: no se formula como pregunta o como discusión teológica, sino como un futuro esperado, como evolución natural. Eso no es una “peculiaridad”: es una herejía presentada bajo un marco de aparente normalidad.

Cuando una diócesis permite que una formulación así circule en un documento oficial de trabajo, el daño es doble: por el contenido y por el mensaje implícito. Se desplaza el terreno: lo que era inaceptable pasa a ser “debatible”; lo que era error doctrinal pasa a ser “aportación”; y lo que debía ser corregido aparece como una sensibilidad más.

“Sacerdocio temporal”: el Orden convertido en etapa vital

No menos grave es la propuesta de un “sacerdocio temporal, no para toda la vida”. Esta frase ataca el núcleo del sacerdocio católico, que no es un encargo provisional ni una función sujeta a ciclos biográficos, sino un sacramento con carácter definitivo. Proponerlo como temporal implica vaciarlo de su naturaleza, rebajarlo a un rol reversible y ajustar el ministerio ordenado a la mentalidad contemporánea del “todo es revisable”.

En la práctica, esta idea empuja a una concepción funcionalista del ministerio: el sacerdote ya no sería “sacerdote” por un don sacramental estable, sino “ministro” por una etapa. La consecuencia es una desfiguración del sacerdocio y, con él, de la vida sacramental y eclesial que de ese sacerdocio depende.

El efecto pastoral: la doctrina degradada a opinión

El resultado de incluir estas afirmaciones en un marco institucional es devastador. Porque no solo se blanquean ideas heréticas, sino que se altera el marco mental de quienes participan: lo que aparece en el documento oficial se entiende como legítimo, como parte del camino, como material sobre el que “discernir”. Y así, la fe deja de ser el criterio para convertirse en un elemento más de la conversación.

Una diócesis puede y debe escuchar a su pueblo, acoger inquietudes, acompañar debilidades, mejorar sus estructuras y purificar sus dinámicas. Pero no puede —sin desfigurarse— convertir en materia de debate pastoral aquello que niega elementos esenciales del sacerdocio católico. En un proceso presentado como discernimiento comunitario, la fe no puede rebajarse a “propuesta”. La doctrina no puede convertirse en material opinable. Y la herejía no puede entrar por la puerta de atrás como “peculiaridad”.

La posición de la Archidiócesis

Tras la consulta realizada por infovaticana, la Archidiócesis de Madrid ha respondido afirmando que, “en aras de la transparencia”, se consideró oportuno recoger todas las aportaciones recibidas, aunque ello “no implique que vayan a ser objeto de debate”, y subrayando que “precisamente las cuestiones” relativas al sacerdocio temporal o a la ordenación de mujeres “no están previstas para su tratamiento”. La diócesis añade además que no se trata de propuestas formuladas por la propia Archidiócesis, sino de una síntesis elaborada a partir de “más de 800 folios” de contribuciones procedentes de parroquias, arciprestazgos, vida consagrada y otras “realidades eclesiales no formalizadas”, insistiendo en que dichas aportaciones han sido “escuchadas y recogidas con respeto”, pero que algunas, por coherencia con los criterios establecidos desde el inicio, no serán abordadas porque Convivium “no es” un proceso para discutir cuestiones doctrinales.

Madrid no debe importar el guion alemán

El gran peligro de estos procesos no es solo lo que se dice, sino el método con el que se inocula: primero se introduce un marco amable (“escucha”, “conversación”, “acogida”); después se deslizan propuestas incompatibles con la fe; y finalmente se intenta presentar la ruptura como “evolución pastoral” porque “ha surgido del proceso”. Es el guion que hemos visto desplegarse en Alemania, y es el guion que ahora asoma en Madrid.

La Iglesia no “discierne” sobre lo que ya ha recibido como depósito de la fe. Discernir no es someter la doctrina a un debate sociológico, ni convertir la sacramentalidad en materia de laboratorio. Si la Archidiócesis de Madrid desea una auténtica renovación pastoral, el primer acto de caridad —y de responsabilidad— es no confundir a los fieles y no acostumbrar a la diócesis a tratar la herejía como si fuera una mera extravagancia. Llamar “peculiar” a lo herético no es neutralidad: es normalización. Y la normalización de la herejía siempre termina pasando factura.

Miguel Escrivá 

domingo, 11 de enero de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #100# PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX



DURACIÓN 31:42 MINUTOS

A los queridos sacerdotes católicos



“La vida del sacerdote no debe ser más que una preparación y una acción de gracias a la santa misa”. (San Alfonso María de Ligorio)

Si, como seguidamente podrá comprobarse, se da expresa autorización al Pueblo de Dios para que “ayude” a los sacerdotes a dar con “su identidad”, nadie debería quejarse de las advertencias de este escrito realizadas por un sencillo hijo de la Iglesia, el cual desea lo mejor para el sacerdocio y todos los sacerdotes católicos. Dichos eclesiásticos me han ayudado siempre de variadísimas maneras, y, con la gracia de Dios, espero me sigan ayudando hasta mi muerte y después de ella.

Escritos como éste y tantos otros, en los que denuncié al modernismo, no tienen más intención que la de ser de ayuda para alguien y de cooperación para abrir los ojos en medio de la humareda, en fin, colaboraciones, si caben, para con la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.

El Papa León XIV, el día 8 de diciembre de 2025 (día de Nuestra Señora), firmó la Carta Apostólica ‘Una fidelidad que genera futuro’ 

(con motivo del LX aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251208-una-fedelta.html ). 

Y el día 22 de diciembre del indicado año se dio a conocer el texto.

El documento intenta ser un aliento para los llamados al ministerio sacerdotal. Mas el aliento va dado con una serie de doctrinas que ya han probado con holgura ser todo un fracaso. No sólo se ve una insistencia en continuar con esas concepciones, sino que se va más lejos: se machacará en que todo sea realizado bajo una mirada sinodal.

La misiva papal se estructura o se asienta en la dualidad que hace rato se puede observar en las emanaciones escriturarias pontificias (desde Vaticano II en adelante), en donde primeramente y a modo de “tranquilidad” se dice que lo presentado se vincula a la Tradición, mas luego se pasa a dar rienda suelta a las novedades

Así, en el texto ‘Una fidelidad que genera futuro’, se afirma que los “Decretos Optatam totius y Presbyterorum ordinis” están “bien situados en el cauce de la Tradición doctrinal de la Iglesia sobre el sacramento del Orden”, y casi seguidamente tenemos que con dicha prédica se quiso sentar que “el propósito era elaborar los presupuestos necesarios para formar a las futuras generaciones de presbíteros según la renovación promovida por el Concilio, manteniendo firme la identidad ministerial y, al mismo tiempo, evidenciando nuevas perspectivas que integraran la reflexión precedente, en la lógica de un sano desarrollo doctrinal” (punto 3). 

Ahí no queda la mezcla: en el punto 21 y 22 se pide tener en cuenta todo el tema sinodal de Francisco, haciendo pie en el Documento final de dicho Sínodo (probadamente pro-protestante). 

En el punto 21 se lee: “En este campo aún queda mucho por hacer. El impulso del proceso sinodal es una fuerte invitación del Espíritu Santo a dar pasos decididos en esta dirección. Por eso reitero mi deseo de «invitar a los sacerdotes […] a abrir de alguna manera su corazón y a participar en estos procesos» que estamos viviendo. En este sentido, la segunda sesión de la XVI Asamblea sinodal, en su Documento final, propuso una conversión de las relaciones y los procesos. Parece fundamental que, en todas las Iglesias particulares, se emprendan iniciativas adecuadas para que los presbíteros puedan familiarizarse con las directrices de este Documento y experimentar la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia.” 

Y en el punto 22 se afirma: “En una Iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. El desafío de la sinodalidad —que no elimina las diferencias, sino que las valoriza— sigue siendo una de las principales oportunidades para los sacerdotes del futuro. Como recuerda el citado Documento final, «los presbíteros están llamados a vivir su servicio con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal» (n. 72). Para implementar cada vez mejor una eclesiología de comunión, es necesario que el ministerio del presbítero supere el modelo de un liderazgo exclusivo, que determina la centralización de la vida pastoral y la carga de todas las responsabilidades confiadas sólo a él, tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo.”

La Carta del Papa León asevera que “en estos años la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera” (Punto 4). Ahora el Espíritu Santo parece que cambió Su modo de obrar, y, al parecer, la Iglesia debe desarrollar la doctrina de un Concilio, y no un Concilio reafirmarse en la doctrina de la Iglesia. 
La expresión “misionera” no tiene nada que ver con lo que siempre se entendió por “misión”: ya no se busca la conversión al catolicismo de los que están fuera de él, sino confraternizar amicalmente en uniones orantes y superadoras. En otras palabras, la concepción tradicional de misión se ve anulada por la concepción moderna de misión. La anulación alcanza un punto cumbre bajo las ideas directrices del Sínodo de la Sinodalidad.
En el texto del Papa León XIV se utilizará también el repetido lenguaje de raíces relativistas evolutivas, lenguaje que expresa ideas que escarban en: nuevas visiones, nuevas identidades, nuevas formas de convertirse, actualización de actualizaciones: “reconsiderar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado a la luz de lo que el Señor pide hoy a la Iglesia, prolongando la gran obra de actualización del Concilio Vaticano II” (punto 4). Repito lo del punto 21, eso de la “conversión de las relaciones y los procesos”: se le pide a los ministros que se empapen con todo lo que el Sínodo de la Sinodalidad enseñó, y a esa heterodoxia deben “convertirse”.

Una insistencia más con la cuestión de la sinodalidad se aprecia en el punto 18: “La escuela de la sinodalidad, en esta perspectiva, puede ayudar a todos a madurar interiormente la acogida de los diferentes carismas en una síntesis que consolide la comunión del presbiterio, fiel al Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia”. 

¿Diferentes carismas’? ¿Síntesis? El documento final del aludido Sínodo está plagado de infidelidades evangélicas e infidelidades a las enseñanzas de la Iglesia Católica (tantas veces confundidas con opiniones personales heterodoxas).

El punto 19 resulta altamente peligroso si se pretende una lectura sin las debidas distinciones. Porque una cosa es su significado bajo la ortodoxia de San Ignacio de Antioquía, y otra muy distinta es su aplicación bajo la heterodoxia moderna de encumbrados eclesiásticos. Veamos lo que nos dice el punto en cuestión: “Una imagen feliz y elocuente de la fidelidad a la comunión es sin duda la que presenta san Ignacio de Antioquía en la Carta a los Efesios: «También conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta […]. Es, pues, provechoso para vosotros el ser una inseparable unidad, a fin de participar siempre de Dios».” 

Una cosa es el caminar bajo el pensamiento ortodoxo, íntegramente católico de obispos, otra cosa es caminar bajo el pensamiento confesamente novedoso, incluso, confesamente rupturista y manifestado con total orgullo por ciertos eclesiásticos.

El Papa León XIV afirma abiertamente que desea “una Iglesia cada vez más sinodal y misionera” (punto 22). Y retomando prédicas de Francisco –tan repetidas por el Cardenal-Prefecto, Víctor Manuel Fernández-, como un eco de él que no se acaba, el Papa León también insistirá en el “todos, todos, todos”: “Como recuerda el citado Documento final, «los presbíteros están llamados a vivir su servicio con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal» (n. 72).” 

Si con las reformas conciliares ya la destrucción del sacerdocio se mostró abundante y lapidaria, con el “estilo sinodal” quedará mucho más destrozado.

La tan corruptora “colegialidad” alzada cuan trofeo en Vaticano II, se ve aún mucho más ampliada con el ‘Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad’, ampliación con la que comulga el Papa actual, de ahí que en su ‘Carta’ la colegialidad parece extenderse hasta para el llamado ‘Pueblo de Dios’: “tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo” (punto 22). 

Esta tragedia se verá rematada con una afirmación escalofriante hallada en el punto 23, en donde, aunque no se quiera, acaba por –permítaseme el neologismo- “marionetizar” superlativamente al sacerdote, condenándolo a un rotundo fracaso: “tu pueblo se encargará de hacerte sentir y gustar quién eres, cómo te llamas, cuál es tu identidad”. 

Si el sacerdote no sabe quién es; si tiene que esperar a que un pueblo se lo muestre; si tiene que esperar a que le revelen su identidad: el vacío está cantado y el Pueblo transformado en una suerte de deidad. Bienvenidos a la idolatría popular.

Sobre la “identidad sacerdotal”, aconsejo vivamente leer la sapientísima obra titulada “La Dignidad Sacerdotal”, escrita por el Doctor de la Iglesia San Alfonso María de Ligorio. Allí nos da cuenta de cómo el sacerdote católico sabe quién es. Por caso, se cita lo que decía el diácono, San Francisco de Asís: “Si encontrará a un ángel del cielo y a un sacerdote, primero me arrodillaría ante el sacerdote y luego ante el ángel” (ed. Apostolado Mariano, España, 1983, p. 16). Citará a San Agustín: “Los sacerdotes se llaman dioses por la dignidad de su oficio” (op. cit. p. 20). Otra: “Los sacerdotes son embajadores de Dios (…); son los coadjutores de Dios para procurar la salvación de las almas (ob. cit. p. 28). “No hay manjar más delicioso para el demonio que las almas de los eclesiásticos” (ob. cit. p. 60). “El sacerdote (…) que enseña doctrinas falsas y aconseja mal, será la ruina de muchas almas, ya que precisamente por ser sacerdote se le cree fácilmente lo que dice” (ob. cit. p. 149). “Es la misa la obra más santa y más agradable a Dios; es la obra más capaz de aplacar la ira de Dios contra los pecadores, la que más abate las fuerzas infernales, la que procura más abundantes gracias a los hombres en la tierra y la que más alivio proporciona a las almas del purgatorio; y esta es, finalmente, la obra que va ligada a la salvación del mundo (ob. cit. p. 164). “El sacerdote que celebra una misa tributa a Dios honra infinitamente mayor, sacrificándole a Jesucristo, que la que todos los hombres le tributarían muriendo por Él, con el sacrificio de sus vidas” (ob. cit. 10). “La vida del sacerdote no debe ser más que una preparación y una acción de gracias a la santa misa” (ob. cit. p. 166).

A las cosas que han caído en mi escrito bajo crítica constructiva (y otras que no he analizado pero que están en la ‘Carta’), el punto 27 las trata como partes de un: “renovado Pentecostés”.

“-¡Pentecostés, Pentecostés! ¿Qué nos dices? ¿Qué nos dices, en verdad, contra los que te pretenden renovado? ¿Apruebas oraciones con otros credos? ¿Apruebas conversiones raras y redescubrimientos de identidades apuntadas por el Pueblo? ¿Apruebas Nostre Aetate con sus abrazadas judaicas, islámicas y de otros credos? ¿Qué nos dices?”

Y Pentecostés dice, por boca del primer Papa, San Pedro: “Varones de Israel, escuchad estas palabras: A Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios ante vosotros mediante obras poderosas, milagros y señales que Dios hizo por medio de Él entre vosotros, como vosotros mismos sabéis; a Éste, entregado según el designio determinado y la presciencia de Dios, vosotros, por manos de inicuos, lo hicisteis morir, crucificándolo” (…). Por lo cual sepa toda la casa de Israel con certeza que Dios ha constituido Señor y Cristo a este mismo Jesús que vosotros clavasteis en la cruz (…). “Arrepentíos, y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2, 22-38).

El Sínodo de la Sinodalidad es una infidelidad, y, como toda infidelidad, no puede más que conducir al fracaso. Seguir sus lineamientos conduce al caos, al apartarse de la fe verdadera transmitida por los Apóstoles. 

Y hablando de Pentecostés, se dice de los primero cristianos: “Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2, 42).

Tres años sin el cardenal Pell




El cardenal Pell murió hace tres años, el 10 de enero de 2023, lo dejamos aquí pero en torno a su fallecimiento podríamos decir tanto. El viernes por la noche en Roma, en la Domus Australia, se celebró una misa de réquiem por el que fue el primer prefecto de la Secretaría de Economía y que tuvo que enfrentar cargos de abuso en su país natal, que negó y de los que finalmente fue absuelto. 
Después de su muerte a la edad de 81 años, se reveló que él era el hombre detrás del seudónimo “Demos”, bajo el cual había escrito un memorando el año anterior, condenando el papado del Papa Francisco como una “catástrofe”. El comunicado denunció cuestiones como el nombramiento de funcionarios considerados heréticos, la estatua de la “Pachamama” y la actitud suavizada hacia los homosexuales.
Pell murió antes de la elección del Papa León XIV, pero es interesante ver lo que el cardenal escribió sobre “El próximo cónclave”. Señaló que los cardenales se reunían con poca frecuencia durante el gobierno de Francisco y que muchos de ellos no se conocían entre sí, lo que añadió una nueva dimensión de imprevisibilidad al siguiente cónclave. Muchos cardenales leyeron con atención el documento “Demos”, especialmente después de que se supo que Pell, que no sólo era una figura destacada del ala “conservadora” de la Iglesia católica mundial sino también uno de ellos, había sido su autor.
Escribió Pell: “Después del Vaticano II, las autoridades católicas a menudo subestimaron el poder hostil de la secularización, el mundo, la carne y el diablo, especialmente en el mundo occidental, y sobreestimaron la influencia y la fuerza de la Iglesia Católica”. “Somos más débiles que hace 50 años y muchos factores están fuera de nuestro control, al menos en el corto plazo, como por ejemplo la disminución del número de creyentes, la frecuencia de asistencia a misa, la desaparición o extinción de muchas órdenes religiosas”. 

El nuevo Papa debe comprender que el secreto de la vitalidad cristiana y católica reside en la fidelidad a las enseñanzas de Cristo y a las prácticas católicas; no reside en la adaptación al mundo ni en el dinero.
Según ‘demos’, Las primeras tareas del nuevo Papa serán restaurar la normalidad, la claridad doctrinal en la fe y la moral, el debido respeto a la ley y garantizar que el primer criterio para la nominación de obispos sea la aceptación de la tradición apostólica. 
La experiencia y el conocimiento teológicos son una ventaja, no un impedimento, para todos los obispos, y especialmente para los arzobispos. También se quejó de las aparentemente interminables reuniones sinodales en todo el mundo, diciendo que “consumirán mucho tiempo y dinero, probablemente distrayendo energía de la evangelización y el servicio en lugar de profundizar estas actividades esenciales”.
Pell también se quejó del Camino Sinodal de Alemania, que según él promueve la homosexualidad, las mujeres sacerdotes y la comunión para los divorciados. “Si no hubiera una corrección romana de tal herejía, la Iglesia quedaría reducida a una federación flexible de iglesias locales, con diferentes puntos de vista, probablemente más cercanos a un modelo anglicano o protestante que a un modelo ortodoxo”. 
El documento de Demos también señaló que el clero y los seminaristas más jóvenes son casi completamente ortodoxos, e incluso a veces bastante conservadores (y la mayoría de los datos ciertamente confirman esto), pero dijo que el próximo Papa «tendrá que ser consciente de los cambios sustanciales efectuados en el liderazgo de la Iglesia desde 2013, quizás especialmente en América del Sur y Central», y agregó que hay «un nuevo impulso en el paso de los liberales protestantes en la Iglesia Católica». Pell admitió que no es probable que se produzca un cisma en la izquierda, “que a menudo no toma en cuenta las cuestiones doctrinales”. “Es más probable que el cisma venga de la derecha y siempre es posible cuando las tensiones litúrgicas se inflaman y no se atenúan».
Pell insistió en que se necesita mucho trabajo en las reformas financieras en el Vaticano, “pero este no debería ser el criterio más importante en la selección del próximo Papa”. “El Vaticano no tiene deudas sustanciales pero los continuos déficits anuales eventualmente conducirán a la bancarrota”. “El Vaticano tendrá que demostrar competencia e integridad para atraer donaciones sustanciales para ayudar con este problema”. 

Aunque el cardenal Pell cambió el tiempo por la eternidad hace tres años, hay motivos para pensar que la Iglesia –el Vaticano, al menos– puede que todavía esté sintiendo su benéfica influencia.

Specola

sábado, 10 de enero de 2026

La Realeza de Cristo en la Doctrina de Santo Tomás de Aquino – Mario Caponnetto enero 7, 2026



DURACIÓN 65 MINUTOS

El XXV Encuentro de Formación Católica de Buenos Aires (Argentina) se desarrolló los días 14, 15 y 16 de Noviembre de 2025 bajo el título: «La Pax de Cristo en el Reino de Cristo – En el Centenario de la Encíclica Quas Primas». La primera conferencia dictada por el Dr. Mario Caponnetto se tituló “La Realeza de Cristo en la Doctrina de Santo Tomás de Aquino”.
AUDIO:

TRANSCRIPCIÓN AUTOMÁTICA:
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Bueno, en primer lugar quiero agradecer a los organizadores de estas jornadas, el ciclo de formación San Bernardo de Claraval, y a la editorial Santiago Apóstol por el honor de invitarme a participar en ellas. También quiero agradecer al Centro Piper de Mar del Plata, en la persona de su presidente, el licenciado Cristian Rodríguez Iglesias, por su inestimable apoyo para realizar esta grabación.

El tema de estas jornadas no puede ser más actual: La paz de Cristo en el reino de Cristo, en el centenario de la encíclica Quas Primas de Pío XI. Y es actual porque, precisamente ante los problemas que hoy tenemos que afrontar, nada resulta más propio que hablar de la paz de Cristo en el reino de Cristo. Además, cumplimos con un deber de justicia respecto de esta gran encíclica, una de las joyas del magisterio petrino contemporáneo, que ha sido prácticamente olvidada y relegada.

¿Qué decimos cuando afirmamos que Cristo es Rey? Y más aún, ¿qué sostenemos cuando hablamos de la realeza de Cristo sobre las realidades temporales, especialmente el orden político y social? Para responder a esta pregunta debemos remontarnos a las grandes fuentes: la patrística y los doctores de la Iglesia. En este sentido, una vez más, volvemos a la magna figura de Tomás de Aquino para indagar si en su pensamiento podemos encontrar pautas que nos permitan dilucidar qué entendemos realmente por la realeza de Cristo.

Desde luego, en Santo Tomás no hay un tratado específico sobre la realeza de Cristo, pero a lo largo de su vastísima obra encontramos multitud de textos en los que trata este tema. Para esta ocasión hemos seleccionado algunos pocos, dada la brevedad de una ponencia. Los iremos examinando.

Para una mejor exposición, dividiremos esta ponencia en tres partes. En la primera trataremos de Cristo Rey propiamente dicho: por qué le damos este título y cómo es Cristo en la figura de un rey. En la segunda parte hablaremos del reino de Cristo: qué es ese reino. Y en la tercera parte abordaremos la realeza de Cristo en cuanto se extiende a todas las cosas, especialmente al orden político y social.

1. La realeza de Cristo

Avancemos, entonces, con la primera parte: la realeza de Cristo. Numerosos son los textos en los que Santo Tomás trata este tema, pero para comenzar hemos seleccionado un sermón. Santo Tomás, como es sabido, era predicador y, en tanto que maestro de teología en la Universidad de París, tenía una triple función: leer la Sagrada Escritura, disputar —modo de indagación teológica— y predicar. Estas predicaciones se hacían en la universidad, in universitate, como se decía.

Existe una serie importante de sermones atribuidos a Santo Tomás, pero la crítica contemporánea solo ha rescatado diecinueve. Entre ellos hay uno que lleva por título Rex. No tenemos la fecha, pues estos sermones no están datados, pero podemos ubicarlo en alguno de los años en que Santo Tomás estuvo en París: entre 1252 y 1259, y luego entre 1269 y 1272. Por las lecturas mencionadas en el sermón, se trata del primer domingo de Adviento. Es, pues, un sermón de Adviento donde se nos dice que Cristo Rey viene. Cristo viene.

Es un texto breve, pero cargado de gran riqueza doctrinal. El sermón se fundamenta en el versículo de Zacarías 9,9: “He aquí que tu rey viene a ti, humilde, manso, montado en un pollino”. En esta homilía, Tomás nos deja consideraciones que permiten aproximarnos a por qué llamamos rey a Cristo.

Para ello, Tomás comienza considerando qué define a un rey, para luego atribuirlo a Cristo por analogía. Parte de la realidad del rey terreno para elevarla al plano teológico. Así, dice que un rey es aquel que impera con autoridad de dominio, pero no cualquiera que tenga autoridad puede llamarse rey: se requieren cuatro condiciones, de tal modo que si falta alguna, ya no podemos hablar propiamente de un rey.

Estas cuatro condiciones son: unidad, plena potestad, amplia jurisdicción y ecuanimidad en el manejo de la justicia.

Continuando con el sermón, vemos entonces que, en una primera aproximación, Cristo se va delineando ante nuestros ojos como un rey que es uno, cuya potestad es plena, que se extiende a todo y que es un justo juez que rige con ecuanimidad y justicia. Pero esta configuración de Cristo todavía no está completa. En un segundo momento del sermón, Santo Tomás da un paso más: no solo establece que Cristo es rey, sino que Cristo es nuestro rey. El texto de Zacarías dice: “He aquí tu rey”, es decir, es nuestro rey.

Siguiendo su método habitual, Tomás establece cuatro razones por las cuales Cristo no solo es rey, sino que es nuestro rey. Dice: “Cristo se llama rey del hombre, primero, en razón de una semejanza de su imagen”. Un rey imprime su imagen en sus insignias; así también, aunque todas las criaturas son de Dios, se llama criatura de Dios de modo especial al que lleva su imagen, y este es el hombre. Por tanto, debemos llevar la imagen de Cristo. En tanto llevamos en nosotros su imagen, nos convertimos en estandartes vivientes de Cristo. Por eso dice el apóstol en la primera carta a los Corintios: “Así como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial”.

En segundo lugar, Cristo es nuestro rey por un amor especial. Dios ama a los hombres de modo singular; por tanto, no debemos ser ingratos ante tanta predilección, sino entregarle todo nuestro amor. Cristo es nuestro rey porque nos ama de manera única.

En tercer lugar, Cristo es rey del hombre por una solicitud particular. Dios cuida de todas las criaturas, pero el hombre es objeto de una providencia especial. En razón de este cuidado singular, Cristo es nuestro rey.

En cuarto lugar, Cristo es nuestro rey por su asociación a la naturaleza humana, es decir, por la encarnación. Tomás cita Deuteronomio 17,15: “No ungirás por rey a un extranjero que no sea tu hermano”. En esta profecía, dice Tomás, el Señor determinó que Cristo sería rey de la humanidad y quiso que fuera de nuestra misma naturaleza, nuestro hermano.

Resumiendo este precioso texto del sermón: ese rey que es uno, cuya potestad es plena, que se extiende a todo y que es justo, ahora se nos presenta como nuestro. Es un rey cercano porque llevamos su imagen como estandarte; porque nos amó y nos ama de modo especial; porque nos cuida singularmente; y porque, al asumir nuestra naturaleza, se hizo uno de los nuestros sin dejar de ser Dios y Rey.

Hasta aquí el texto del sermón, que puede encontrarse en buenas traducciones al español. Pero hay otros textos en los cuales Santo Tomás analiza la realeza de Cristo desde otra perspectiva, intentando otorgar un fundamento teológico más profundo. Para ello nos detenemos en algunos pasajes de las cuestiones 58 y 59 de la tercera parte de la Suma Teológica, que contienen lo esencial de la cristología tomista.

En la cuestión 58, cuando Tomás trata de Cristo que asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre —algo que proclamamos en el Credo—, encontramos el fundamento del reinado de Cristo. En el artículo primero, Tomás explica que la expresión “estar sentado a la derecha” puede entenderse de dos modos: uno, según la actitud corporal, como cuando se dice en Lucas 24,49 “permaneced sentados en la ciudad”; y otro, como potestad regia y judicial, según Proverbios 20,8: “El rey que está sentado en el solio del juicio disipa todo mal con su mirada”.

De ambos modos conviene a Cristo estar sentado a la derecha del Padre. Cristo está sentado a la derecha del Padre en cuanto que reina con el Padre y de Él recibe la potestad judicial. Recordemos que, como vimos antes, el poder judicial —ser juez— es nota esencial del ser rey. Así como quien se sienta a la derecha del rey participa de sus funciones de reinar y juzgar, así Cristo, sentado a la derecha del Padre, es Rey y Juez.
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En el resto de la cuestión 58, Tomás establece que este “estar sentado a la derecha” y, por tanto, estaealeza, compete a Cristo tanto en cuanto Dios como en cuanto hombre. Los textos son complejos, pero accesibles en la Suma.

En la cuestión 59, Tomás trata más específicamente del poder judicial de Cristo. En el artículo primero afirma que para juzgar se requieren tres cosas: potestad coactiva, rectitud de celo y, sobre todo, sabiduría. Cristo, dice Tomás, es la Sabiduría engendrada del Padre, la Verdad que procede de Él y lo representa perfectamente. Por eso se atribuye con propiedad al Hijo el poder judicial. Cita a San Agustín, quien afirma que el Padre transfirió al Hijo el poder de juzgar por ser Él su Sabiduría.

En el artículo segundo, Tomás explica que este poder judicial corresponde a Cristo también en cuanto hombre. Dios confiere a los hombres autoridad judicial respecto de quienes están sometidos a su jurisdicción; así también Cristo, en cuanto hombre, juzgará por tres razones: por su parentesco con los hombres, porque en el juicio final tendrá lugar la resurrección de los cuerpos —obra del Hijo— y porque es justo que quienes han de ser juzgados vean a su juez.

Finalmente, en el artículo tercero, Tomás afirma que Cristo obtuvo por sus méritos esta potestad judicial y real, porque luchó y venció por la justicia de Dios. El que fue injustamente juzgado es constituido ahora juez y rey. Esto coincide con lo que Pío XI enseña en Quas Primas: Cristo es Rey por conquista.

Con esto concluimos la primera parte de la exposición.

2. El reino de Cristo

Pasamos ahora a la segunda parte: el reino de Cristo. ¿En qué consiste este reino? Para responder a esta pregunta, nos hemos valido de algunos pasajes del Comentario al Evangelio de San Juan de Santo Tomás, que —según el sentir unánime de los especialistas— constituye la obra exegética más elevada y madura del Aquinate. Fue redactada en los últimos años de su vida, aproximadamente en 1272.

Nos detendremos en algunos textos correspondientes al comentario del capítulo 18, versículos 33‑37, cuando frente a Pilato, que lo interroga, nuestro Señor responde: “Mi reino no es de este mundo”.

Recordemos brevemente el pasaje evangélico. Dice San Juan:

Entró, pues, Pilato de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Jesús respondió: “¿Lo dices por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?”. Pilato contestó: “¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”. Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían para que yo no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Luego tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey”.

Respecto de este texto y del comentario de Santo Tomás, lo primero que debemos establecer es qué significa exactamente la expresión “mi reino no es de este mundo”. Para ello conviene detenernos en el texto original griego, que ilumina el sentido.

La expresión “de este mundo” aparece con la preposición griega ek (ek tou kosmou). El texto dice hē basileía hē emé ouk estin ek tou kosmou toutou. La preposición ek —al igual que su equivalente latina ex— no indica solo pertenencia, sino sobre todo procedencia, origen. Es decir, el reino de Cristo no procede de este mundo; no tiene su origen en él. No es un reino terreno, sino divino.

Santo Tomás explica que Cristo, ante la sospecha de Pilato de que Él pretendiera instaurar un reino político, remueve esa falsa idea diciendo: “Mi reino no es de este mundo”, es decir, no procede de este mundo ni es acerca de este mundo en sentido terrenal.

Es interesante lo que añade Tomás: los maniqueos interpretaron mal este pasaje al afirmar que existían dos dioses y dos reinos: el Dios bueno, cuyo reino estaría en la región de la luz, y el dios malo, cuyo reino estaría en la región de las tinieblas. Según ellos, este mundo material sería el reino de las tinieblas, y por eso Cristo habría dicho que su reino no está aquí.

Tomás refuta esta interpretación. En contra de ella cita el Salmo 46,8: “Dios es el rey de toda la tierra”, y el Salmo 134,6: “Todo cuanto el Señor quiere lo hace en el cielo y en la tierra”. Por tanto, Cristo no niega que su reino se ejerza sobre este mundo, sino que niega que proceda de él o que sea de naturaleza terrena.

Santo Tomás explica que Cristo dijo esto para corregir la idea de Pilato, quien pensaba que el reino de Cristo afectaría el reino político romano, como si Cristo fuera a reinar corporalmente como los reyes terrenos. En ese sentido, el reino de Cristo no es de este mundo; pero se ejerce en este mundo, porque —como dice la Escritura— “Yo soy el rey de toda la tierra”.

Más adelante, comentando el versículo 37, Tomás reitera esta idea: el reino de Cristo “no es de aquí”, es decir, no tiene su principio en este mundo; sin embargo, “está aquí”, porque está en todas partes. Cita Sabiduría 8,1: “Abarca fuertemente todas las cosas de un extremo a otro y las dispone suavemente”. También el Salmo 2,8: “Pídeme y te daré en herencia las naciones”. Y Daniel 7,14: “Le fue dada potestad, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron”.

De estos textos se desprende que, si bien el reino de Cristo no es de este mundo en cuanto a su origen y naturaleza, sí se ejerce sobre este mundo, aunque no al modo humano, sino al modo divino.

Avanzando un poco más, Santo Tomás, siguiendo a dos Padres de la Iglesia —San Agustín y San Juan Crisóstomo—, afirma que el reino de Cristo se entiende en un doble sentido:

Según San Agustín, el reino de Cristo es el conjunto de los fieles sobre los cuales Cristo ejerce su realeza.

Según San Juan Crisóstomo, el reino se entiende como la potestas, el poder real de Cristo.

De ambos modos, concluye Tomás, el reino de Cristo es tanto el conjunto de los fieles redimidos como la potestad real que Cristo ejerce sobre todas las cosas.

3. La realeza de Cristo sobre el orden político y social

Establecido que el carácter esencial del reino de Cristo es el que hemos visto, ahora examinaremos la extensión de ese reino, particularmente en lo que respecta al orden político y social. Si hemos visto que la realeza de Cristo es universal y se extiende a todas las cosas, resulta lógico deducir que el orden político y social también está sometido a la realeza de Cristo. ¿Por qué habríamos de sustraer precisamente el ámbito más elevado de las realidades humanas?

Pero, ¿de qué modo se ejerce esta realeza de Cristo sobre las realidades temporales?

Para entender adecuadamente este punto, debemos tener en cuenta que, para Santo Tomás, el orden político es una realidad natural que se rige por medio de hombres que actúan como causas segundas. Cristo gobierna las cosas temporales por medio de los hombres, que son causas segundas, mientras que Él es la causa primera y universal.

Hay un pasaje fundamental en la Suma contra Gentiles, libro III, capítulo 98, donde Tomás trata del gobierno del mundo por parte de Dios. Allí explica que Dios gobierna como causa primera, pero se vale de las criaturas —incluidos los hombres y los ángeles— como causas segundas. 

Para ilustrarlo, utiliza un ejemplo tomado del orden político:

Todos los domésticos de un cabeza de familia guardan un cierto orden entre sí según la subordinación que les corresponde. Ese cabeza de familia, junto con los demás de la ciudad, guarda un orden respecto del jefe de la ciudad. Y este jefe de la ciudad, junto con los demás del reino, se subordina al rey.

Este pasaje es precioso por varias razones. Primero, porque muestra la concepción orgánica de la sociedad en Santo Tomás, muy distinta de las sociedades anárquicas y desestructuradas de nuestro tiempo. Observamos cómo se articula un orden perfecto entre las distintas comunidades: la familia, cuyo jefe es el pater familias; la ciudad, cuyo jefe guarda un orden con los demás; y finalmente el rey, que es la causa primera en el orden político.

Pero este rey terreno, que gobierna como causa primera en su ámbito, es sin embargo causa segunda respecto del Rey de Reyes, que es Cristo. Este es el núcleo de la cuestión: los gobernantes humanos reinan como causas primeras relativas, pero son causas segundas respecto de Cristo, causa primera absoluta.

Por eso, en otra obra de Santo Tomás, el tratado De Regno, se afirma directamente que todo rey es ministro de Dios y que todo rey deberá rendir cuentas al Rey supremo por su gobierno.

Conforme a esta doctrina, todo aquel que gobierna en cualquier ámbito del orden humano lo hace como causa segunda respecto de Cristo Rey, que es juez universal.

En este sometimiento de los reinos humanos al reino de Cristo reside la clave de la paz y la estabilidad de los pueblos. Por eso, en el número 18 de Quas Primas, Pío XI afirma que si los príncipes y gobernantes legítimos se persuadieran de que mandan no tanto por derecho propio cuanto por mandato y representación del Rey divino, usarían su autoridad con sabiduría y santidad, sabiendo que deberán rendir cuentas a Dios. Y añade que, si esto se cumpliera, florecería la tranquilidad y el orden, porque los hombres se someterían a la autoridad legítima en la medida en que vieran en ella la imagen de la autoridad de Jesucristo.

Llegados a este punto, podemos hacer una última reflexión. Nada garantiza más la obediencia de los hombres a una autoridad legítima que ver en ella la imagen de Cristo Rey. Y nos preguntamos: ¿hay algo que contradiga más esta idea que los gobernantes de nuestro tiempo, que no reinan como reyes, sino como tiranos? Casi no quedan hoy reinos regidos por la justicia; en su lugar se han erigido tiranías, incluidas —dice el texto original— las tiranías democráticas.

¿Qué ha sucedido? Ha sucedido que los reyes se han rebelado contra Cristo. Esto nos lleva al Salmo 2, versículos 1‑2:

“¿Por qué se amotinan las gentes? ¿Por qué las naciones traman proyectos vanos? Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Ungido: ‘Rompamos sus coyundas, sacudamos de nosotros su yugo’”.

Santo Tomás comenta este salmo —uno de los pocos que comentó, junto con el salmo 50—. Explica que los “lazos” en un reino son aquellas cosas por las cuales se afirma la potestad regia: la milicia, las armas, la obediencia. Para remover el yugo del rey, es necesario romper esos lazos.

Pero en Cristo, espiritualmente, el yugo es la ley de la caridad —“mi yugo es suave”— y los lazos son las virtudes: fe, esperanza y caridad. Por tanto, dice Tomás, no es posible que la conciencia del hombre deje de estar bajo el yugo de Cristo si antes no rompe esos lazos, es decir, las virtudes. Esto lo hacen aquellos que, siguiendo el texto de Job, dicen a Dios: “Apártate de nosotros, no queremos conocer tus caminos”, o como dice Jeremías: “Rompiste el yugo, quebraste tus ataduras y dijiste: no serviré”.

Aquí está la clave —diabólica, dice el texto original— de esta rebelión y apostasía de las naciones. Frente a esto, es necesario una vez más levantar la bandera de Cristo Rey, proclamar oportuna e inoportunamente la realeza de este Rey destronado, Jesucristo, a quien se ha dado el reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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viernes, 9 de enero de 2026

El espíritu del Concilio, muerto o al menos herido grave | Actualidad Comentada | P. Santiago Martín



DURACIÓN 22:08 MINUTOS

Zen cuestiona la «sinodalidad bergogliana» ante el Consistorio de cardenales




En una intervención a puerta cerrada durante el Consistorio Extraordinario de Cardenales celebrado en el Vaticano los días 7 y 8 de enero, el cardenal Joseph Zen lanzó una de las críticas más severas formuladas hasta ahora contra el Sínodo sobre la Sinodalidad, al que calificó de proceso “manipulado de forma blindada”, carente de auténtica libertad deliberativa y lesivo para la autoridad episcopal. Sus palabras se pronunciaron en presencia del papa León XIV y de los cerca de 170 cardenales reunidos.

Según informó The College of Cardinals Report, el purpurado hongkonés utilizó los tres minutos asignados a cada cardenal para referirse directamente a la nota de acompañamiento del papa Francisco al Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, desarrollado entre 2021 y 2024.

Zen intervino después de que los cardenales fueran informados de que, por falta de tiempo, solo se abordarían dos de los cuatro temas inicialmente previstos. Los elegidos fueron “el Sínodo y la sinodalidad” y la misión de la Iglesia a la luz de Evangelii Gaudium, lo que dio al cardenal la ocasión de formular una crítica frontal al proceso sinodal.

En el núcleo de su intervención, Zen cuestionó la afirmación del papa Francisco de que, con el Documento Final, “devuelve a la Iglesia” lo que ha madurado a través de la escucha al Pueblo de Dios y del discernimiento del episcopado. A partir de ahí, planteó una serie de preguntas que estructuran toda su denuncia:
«¿Ha podido el Papa escuchar a todo el Pueblo de Dios?»
«¿Los laicos presentes representan realmente al Pueblo de Dios?»
«¿Los obispos elegidos por el episcopado han podido llevar a cabo un verdadero discernimiento, que debe consistir necesariamente en “discusión” y “juicio”?»
Para Zen, estas preguntas evidencian que el proceso sinodal no fue verdaderamente deliberativo, sino cuidadosamente dirigido. En ese contexto, denunció lo que calificó como “la manipulación blindada del proceso”, afirmando que constituye “un insulto a la dignidad de los obispos”.

El cardenal fue especialmente duro al referirse al uso constante del lenguaje espiritual para legitimar decisiones ya tomadas. Según Zen, la invocación reiterada del Espíritu Santo en este contexto resulta “ridícula y casi blasfema”, pues parece sugerir que el Espíritu podría contradecir aquello que Él mismo ha inspirado en la Tradición bimilenaria de la Iglesia.

Otro punto central de la crítica se dirigió a la afirmación de que el Papa, “saltándose al Colegio Episcopal”, escucha directamente al Pueblo de Dios y presenta este método como el marco interpretativo adecuado del ministerio jerárquico. Zen cuestionó de raíz esta concepción, alertando del riesgo de vaciar de contenido la función propia del episcopado.

La intervención se detuvo también en el estatuto ambiguo del Documento Final, definido como magisterial pero “no estrictamente normativo”, vinculante pero abierto a adaptaciones locales. Ante esta formulación, Zen volvió a interpelar directamente al proceso:
«¿Garantiza el Espíritu Santo que no surgirán interpretaciones contradictorias, especialmente dado el uso de expresiones ambiguas y tendenciosas en el documento?»
«¿Deben los resultados de esta “experimentación y prueba” —por ejemplo, la “activación creativa de nuevas formas de ministerialidad”— someterse al juicio de la Secretaría del Sínodo y de la Curia romana?»
«¿Serán estas instancias más competentes que los obispos para juzgar los distintos contextos de sus Iglesias?»
El cardenal advirtió que, si los obispos consideran legítimamente que ellos son más competentes para ese discernimiento, la coexistencia de interpretaciones divergentes no puede sino conducir a una fractura eclesial, similar a la vivida por la Comunión Anglicana.

Desde esta perspectiva, Zen amplió su análisis al ámbito ecuménico, preguntándose con qué parte del anglicanismo debería dialogar la Iglesia católica tras su ruptura interna, y advirtiendo que las Iglesias ortodoxas nunca aceptarán la sinodalidad promovida en el pontificado anterior. Para ellas —recordó— la sinodalidad siempre ha significado el ejercicio real de la autoridad de los obispos actuando colegialmente y caminando juntos con Cristo.

En uno de los pasajes más contundentes de su intervención, el cardenal concluyó:
«El papa Bergoglio ha explotado la palabra ‘Sínodo’, pero ha hecho desaparecer el Sínodo de los Obispos, institución establecida por san Pablo VI.»

jueves, 8 de enero de 2026

El consistorio se centra en la Sinodalidad: «La liturgia ya si eso…»



La primera noticia del primer consistorio del pontificado de León XIV no es un gesto de ruptura, ni siquiera de corrección. Es una confirmación. Por amplia mayoría, los cardenales reunidos en el consistorio extraordinario han decidido dedicar sus trabajos a dos temas: sinodalidad y evangelización y misión a la luz de Evangelii gaudium. Liturgia y reforma de la Curia, para otra ocasión. Si queda tiempo. Ya veremos.

El dato no es menor. No es un matiz técnico ni una cuestión de agenda. Es una declaración de prioridades. En un momento de emergencia objetiva —colapso vocacional, desafección sacramental, descrédito moral de la jerarquía, confusión doctrinal— el Colegio Cardenalicio ha optado, una vez más, por mirarse al espejo y hablar de sí mismo.

Se nos dice que el tiempo apremia. Que no se puede hablar de todo. Y precisamente por eso se deja fuera lo que toca el nervio mismo de la Iglesia: la liturgia, fuente y culmen de su vida; y el apostolado entendido no como concepto, sino como transmisión real de la fe. En cambio, se elige seguir reflexionando sobre el proceso, el método, la estructura. Sobre la sinodalidad. Otra vez.

Mientras tanto, cardenales como Robert Sarah —que representan una sensibilidad eclesial centrada en Dios, en la adoración, en el silencio y en la tradición viva— han pasado horas escuchando a figuras como Tolentino de Mendonça, Tagle o Radcliffe. El mensaje implícito es claro: no hay tiempo para hablar de liturgia, pero sí para volver a escuchar a quienes llevan una década marcando el mismo discurso, con los mismos resultados.

Y aquí conviene detenerse, porque el problema ya no es debatible en abstracto. La sinodalidad, tal como se está aplicando, ha fracasado. Y no solo ha fracasado: empieza a resultar obscena.

Se nos presenta como un proceso de escucha, pero no lo es. Es un monólogo institucional. Las mismas estructuras que han conducido a la Iglesia en Occidente a una crisis sin precedentes —conferencias episcopales, comisiones, secretariados, oficinas diocesanas— se preguntan a sí mismas, se responden a sí mismas y luego presentan el resultado como “la voz del Pueblo de Dios”.

Eso no es discernimiento. Es autojustificación.

El Pueblo de Dios no habla en formularios. No habla en asambleas cuidadosamente moderadas. No habla en documentos de síntesis redactados por equipos técnicos. Habla en hechos medibles, incómodos, imposibles de maquillar: en los seminarios vacíos o llenos; en las vocaciones que surgen o desaparecen; en los matrimonios que perseveran o se disuelven; en la asistencia real a misa; en la práctica sacramental efectiva; en las peregrinaciones que crecen espontáneamente al margen de los planes pastorales oficiales.

Esa es la voz que no quieren escuchar, porque no se puede manipular.

Organizar un “proceso de escucha” canalizado por las mismas diócesis y conferencias episcopales que llevan décadas fracasando pastoralmente solo puede producir una cosa: eco. Resonancia de la propia voz. Autocomplacencia. Pura ingeniería del relato. No hay escucha: hay propaganda interna.

Y lo más grave es que ya no se trata de un error de diagnóstico puntual. Es un empecinamiento. Año tras año, sínodo tras sínodo, documento tras documento, se repite el mismo esquema: análisis interminable, lenguaje terapéutico, apelaciones vagas al Espíritu Santo… y mientras tanto, menos fe vivida, menos sacramentos, menos vocaciones, menos claridad.

La jerarquía se contempla a sí misma como Narciso, fascinada por su propio reflejo, mientras la realidad se le escapa por completo. Se multiplican los textos, las etapas, los itinerarios, las “experiencias de camino”… pero no se corrige el método, aunque los resultados sean desastrosos.

Y ahora, en el primer consistorio de León XIV, se vuelve a insistir en que “el camino es tan importante como la meta”. Es una frase bonita. También profundamente reveladora. Cuando el camino se convierte en fin, la misión desaparece. Y sin misión, la Iglesia deja de ser Iglesia para convertirse en una ONG espiritual que gestiona procesos.

La evangelización, además, aparece subordinada. No como anuncio claro de Cristo crucificado y resucitado, sino filtrada “a la luz de Evangelii gaudium”, es decir, encuadrada en un marco ya conocido, ya explotado, ya ideologizado. Evangelización, sí… pero sin incomodar, sin confrontar, sin cuestionar las categorías dominantes.

Mientras tanto, la liturgia —que es donde la fe se encarna, donde Dios es adorado y no gestionado— queda aplazada. Como si fuera un asunto secundario. Como si no tuviera nada que ver con la transmisión de la fe. Como si no fuera precisamente la degradación litúrgica uno de los factores clave de la crisis actual.

Este consistorio no ha abierto una etapa nueva. Ha confirmado una inercia. Y esa inercia tiene un coste altísimo: seguir perdiendo tiempo mientras se pierde la fe.

La sinodalidad, tal como se está planteando, no es un camino de renovación. Es un síntoma. El síntoma de una Iglesia que ya no se atreve a enseñar, que ha sustituido la autoridad por el procedimiento, la verdad por el consenso y la misión por la conversación.

Y el problema no es que falte tiempo. El problema es que se sigue evitando, deliberadamente, hablar de lo esencial.

Carlos Balén | 08 enero, 2026

lunes, 5 de enero de 2026

Que nos devuelvan la misa. Con eso es suficiente



En algunos ambientes tradicionales suele afirmarse que sería suficiente con que el Papa liberara la misa tradicional e impidiera que los obispos persiguieran a sacerdotes y fieles. Y que después, haga lo que mejor la plazca en cuestiones doctrinales y disciplinares. Que establezca la pax liturgica; y después se ve el resto. La opinión puede parecer irracional e incluso egoísta. Sin embargo, en el fondo, lo que esta proposición afirma es que la crisis de la Iglesia se resolverá cuando se resuelva la cuestión litúrgica.O, dicho de otro modo, la crisis de la Iglesia es una crisis de fe, y la fe no se recuperará mientras no se recupere la liturgia. Yo estoy de acuerdo con esta postura e intentaré argumentarlo.

Un sacerdote argentino ya mayor, y que gastó toda su vida en la formación de sacerdotes como profesor de seminarios, y de seglares a través de sus libros, explicaba hace algunos años que, cuando comenzó junto a otros amigos su tarea de formación en la década de 1970, en medio de la gélida primavera conciliar, creyó que lo fundamental era formar en la verdadera doctrina y dejar para más adelante, en todo caso y si era necesario, el combate por la liturgia. Y confesaba que, pasado el tiempo, se daba cuenta que se habían equivocado. Y algo similar comenzó a ver el venerado padre Alberto Ezcurra un año antes de su prematura muerte. La formación intelectual en la “sana doctrina”, concretamente en la filosofía y la teología de Santo Tomás, no garantiza que se conservará la fe apostólica. Ayuda y mucho, sin duda alguna, pero no es suficiente y no es lo más importante. Esa fue la conclusión de estos dos sabios maestros.

Pero más allá de la opinión de estos sacerdotes, tenemos un ejemplo histórico bastante cercano. Cuando a fines del siglo XIX comenzaron las tímidas asonadas del modernismo, las que se hicieron más violentas a comienzos del XX, San Pío X decidió aplicar el remedio que se había aplicado siempre en la Iglesia: hachazos, prohibiciones e incluso persecuciones contra los modernistas. La medicina tuvo una eficacia efímera. Los modernistas se agazaparon en guaridas más o menos ocultas y permanecieron en silencio durante algunas décadas. Cincuenta años más tarde, se hacían con el poder de la Iglesia, poder que conservan hasta hoy, con más o menos tropiezos. No se trata de juzgar a un santo pontífice; se trata de aceptar la evidencia: la pureza doctrinal imprescindible para una fe ortho-doxa (doctrina correcta), en los tiempos actuales no se sostiene a base de excomuniones y, más importante aún, no garantiza su permanencia en el tiempo. La ortho-doxia (culto correcto), en cambio, es prioritario y antecedente a cualquier pretensión de restauración doctrinal. Y en esto, guste más o menos, hay que darle la razón a Mons. Marcel Lafebvre. [En su uso originario, δόξα significa ante todo “opinión” o “creencia”, evolucionó también a «doctrina». Más tarde, en la traducción griega de la Biblia (Septuaginta) y en el cristianismo primitivo, dóxa asumirá un sentido nuevo: “gloria”, “esplendor”, “majestad”, especialmente aplicado a Dios y, de ese modo, se lo asocia a «culto»]

La objeción más inmediata y obvia que surge es que aquellos modernistas que cooptaron el Vaticano II y decretaron la primavera celebraban la misa tradicional, es decir, era ortho-doxos, en tanto ofrecían el culto verdadero. Pero es aquí donde es fundamental recordar el misterio del fariseísmo, contra el que luchó Nuestro Señor, y que denunciaron en nuestros días Louis Bouyer y Leonardo Castellani, entre otros. Si se lee La descomposición del catolicismo, por ejemplo, queda claro que buena parte de los ministros de la Iglesia, al menos en la primer mitad del siglo XX, celebraban la ortho-doxia, el culto verdadero, como una mera ceremonia exterior, que solía pesarles, y por la que no guardaban ningún apego. Es sintomática la anécdota de aquel sacerdote que decía que tenían que terminar rápido de recitar el oficio divino para ir a rezar. La liturgia —Santa Misa y oficio— no eran obligaciones más o menos gravosas y aburridas, que venían añadidas a la tarea de ser sacerdote, la cual consistía en otra cosa. Por eso se entiende que haya sido muy escasa la resistencia a la reforma litúrgica; la mayor parte de los religiosos se plegó a ella no solamente sin chistar, sino de lo más alegres y aliviados.

Lo mismo dígase de la recta doctrina que se enseñaba en los seminarios. Y sobre esto no necesitamos entretenernos porque ya lo hemos hablado mucho en este blog. Basta leer, nuevamente, a Castellani, a Bouyer y a muchos otros para concoer en qué consistía y qué calidad tenía la formación en los seminarios preconciliares. Ni siquiera era tomista; era apenas una aproximación seca a la escolástica silogística memorizada en manuales escritos por jesuitas, que simplificaban la tarea a fin de memorizar fórmulas con las que se aprobaban fácilmente los exámenes. Y estoy ocurría tanto en un seminario de provincia de Hispanoamérica como en las universidades romanas. Me contento con reproducir un párrafo de Castellani:


El régimen del seminario iba en mi tiempo [se refiere al seminario de Devoto en la década del ’30, regenteado por los jesuitas] -y estimo que no ha cambiado mucho- a contrapelo del sentido común y la honradez natural: no se cumplían los mandatos y avisos de la Santa Sede, mientras se hacían grandes homenajes al “Día del Pontífice”. No se aprendía con seriedad ni se enseñaba con competencia; y el rector de entonces profesaba públicamente porque así le convenía a él -contra lo declarado por S.S. Pío XI en su encíclica Studiorum duce– que el “sacerdote no necesitaba ciencia sino piedad” -y había que ver lo que entendía él por piedad-; de modo que en su juicio los estudios eran como una manera de pasar el tiempo, hasta que llegara la ansiada hora de meter barba en cáliz… y ejercer el “ministerio”: el ministerio de la impartición de la Verdad, reducida así por él a la venta intensiva de ceremonias mágicas a cargo de una manga de empleados servilmente sometidos a la llamada “Jerarquía”, es decir, a la Gerencia. Una prueba de esto es que los exámenes eran una verdadera farsa, y los alumnos que allí se aplazaban por ignorantes eran promovidos muchas veces después por él sin más control ni trámite que el capricho de sus preferencias y sin más méritos que ser “confidentes del Rector”, y así en lo demás (Seis ensayos y tres cartas, Dictio, Buenos Aires, 1978, p. 194).

No se trata, por cierto, de plantear una dicotomía entre las dos acepciones de orthodoxia, ya que una lleva a la otra. Pero la que tiene prioridad, la que arrastra, es la entendida como culto correcto. En este sentido, es acertada la crítica que hacen muchos progresistas que se oponen al retorno de la misa tradicional, aduciendo que ese culto, esa doxa implica una teología distinta a la sancionada por el Vaticano II. Evidentemente, un sacerdote que celebra la misa tradicional difícilmente adherirá a la “iglesia sinodal” entendida en el sentido extremo que habitualmente tiene, o a Fiducia supplicans y demás yerbas de Tucho.

En los últimos tiempos estamos viendo ya de un modo irrefutable lo que sabíamos: Europa se suicidó, y lo que alcanzó Don Juan de Austria en Lepanto a precio de sangre cristiana, los europeos contemporáneos lo entregaron gratuita y alegremente en pocas décadas. Creo yo que es tarde para revertir la situación, sobre todo en algunos países como el Reino Unido, Alemania, Francia o Bélgica. Sin embargo, también creo que la única posibilidad de conservar focos de cristianismo sincero en el futuro que se avecina surgirá de los grupos tradicionales. La permanencia de la fe cristiana en Occidente no dependerá tanto de las facultades de teología y filosofía tomista que puedan existir y que puedan fundarse —lo cual es muy importante—, sino del retorno al culto centenario de la Iglesia, a la orthodoxia. Y se ve precisamente que ese es el fenómeno inocultable: los grupos de jóvenes que más crecen son los relacionados con la misa tradicional. Lo reconoció públicamente hace pocos días Mons. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española. Sin embargo, tengo por seguro que ni él ni sus colegas harán nada al respecto. ¿Qué puede esperarse de un obispo, al que muchos peninsulares consideran el faro de la orthodoxia doctrinal de España, publicaba en su cuenta de X el saludo de Navidad con una cutre imagen creada con inteligencia artificial de sí mismo, vistiendo una especie de casulla guitarra, y sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús que parecía que había arrebatado del pesebre. En resumidas cuentas, mientras lo boomers y los X no pasen a mejor vida, o a una residencia de ancianos, no debemos esperar mucho de la jerarquía. Esos focos nacerán como iniciativas de sacerdotes y de seglares convencidos y enamorados de la Verdad.

En resumen, la restauración de la fe cristiana, aún al estilo “profetizado” por Benedicto XVI como pequeñas fogatas encendidas en medio de la oscuridad de los tiempos que nos tocan vivir, se dará en torno a la ortho-doxia, al culto correcto y adecuado a Dios, el que se formó enriqueciéndose a lo largo de los dos mil años de historia cristiana.

Nota bene: estoy seguro que serán varios los lectores pensarán que si yo considero que la misa tradicional es el culto correcto u ortho-doxo, entonces el NO es un culto incorrecto, o hetero-doxo. No es eso lo que digo; y una vez más repito que la misa reformada por Pablo VI, celebrada según los libros litúrgicos aprobados por la Iglesia, es válida y rinde culto a Dios. Lo que sí digo también, es que es un culto simplificado, disminuido, empobrecido, fabricado artificialmente con poliester por un grupo de científicos en sus escritorios de eruditos. Ciertamente, puede enriqueceserse, dignificarse y sobrenaturalizarse. Es lo que quería hacer Benedicto XVI y no pudo, y tengo mis dudas de que esa empresa la retome León.