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viernes, 4 de septiembre de 2020

¿Por qué el Vaticano II no puede simplemente ser olvidado? (Peter Kwasniewski)



El Vaticano II debe ser recordado como un momento en el que la jerarquía de la Iglesia, en diversos grados, se rindió a la más sutil (y por lo tanto más peligrosa) forma de mundanidad ¿Por qué el Vaticano II no puede simplemente ser olvidado, sino que debe ser recordado con vergüenza y arrepentimiento?, un artículo de Peter Kwasniewski para LifeSiteNews

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

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Ciertamente que hoy es un “signo de los tiempos” ver tantas discusiones sobre el Concilio Vaticano II, la mayoría de las cuales son mucho más realistas en la evaluación de sus posibles defectos de lo que ha sido el caso en décadas pasadas, cuando era obligatorio celebrar el Concilio como un verdadero Pentecostés o, en último término, como un momento de rectificar los problemas legados de cuatro siglos de catolicismo tridentino. Debemos agradecer al arzobispo Viganó por volver a encender una discusión que se podría caracterizar como “más vale tarde que nunca.”

Desafortunadamente, muchas de las respuestas publicadas al artículo de Viganó parecen estar motivadas por un deseo de “salvar el rostro eclesial.” George Weigel se refugia en benignas generalidades y en el culto al héroe Woltyla. Adam De Ville apela a la Volknología para descartar las críticas al Concilio como un “trauma escogido” que colapsa en el tiempo. El obispo Barron da respuestas con frases con gancho a sólidas preguntas. John Cavadini expresa simpatía por Viganó pero, después de catalogar todas las cosas maravillosas que él encuentra en el Concilio, simplemente se refugia en la afirmación de Benedicto XVI de que no fueron los documentos del Concilio los culpables, sino su aplicación o desarrollo unilateral por los teólogos postconciliares, sin reconocer que fueron estos mismos teólogos quienes habían redactado o influido en los documentos conciliares y sabían precisamente qué novedades y ambigüedades se habían albergado en ellos. 

En mi opinión, sólo Anthony Esolen y Hubert Windisch han mostrado haber captado hacia donde apuntaba Viganó: para Esolen, “el tiempo del Concilio en la historia ha pasado,” y necesita ser “destronado”, mientras que para Windisch, las raíces de la crisis se ven con claridad en el “replanteo” de la Iglesia frente al mundo, que fue la preocupación central de la pastoral estratégica del Concilio.

Uniéndose a la discusión más recientemente está el Padre Thomas G. Weinandy, o.f.m, capuchino, con un ensayo titulado: Vatican II and the Work of the Spirit” (Vaticano II y la Obra del Espíritu), y que lleva como subtítulo: “Lo suyo ha sido una gracia severa, pero también una gracia benéfica.” 

Para Weinandy, cuya posición de principio contra las desviaciones del Papa Francisco le valió tanto la enemistad del oficialismo como el gran respeto de los católicos preocupados por la crisis actual, el Vaticano II parece haber precipitado una crisis porque expuso males que estuvieron ocultos y latentes por mucho tiempo. Fue un mal necesario, como lacerar un forúnculo o cauterizar una herida. Escribe por ejemplo: “Es una ingenuidad pensar que tantos sacerdotes, previo al Concilio eran hombres de una fe profunda y que luego, de la noche a la mañana, después del Concilio, fueron corrompidos por el Concilio o por el espíritu del Concilio, y desecharon su fe y dejaron el sacerdocio.” El padre Weinandy también declara que el Vaticano II puso en movimiento muchos buenos procesos e iniciativas que están dando fruto hoy.

Al punto del padre Weinandy, que señala que los males que vemos después del Concilio estuvieron presentes antes del Concilio y que el Concilio simplemente los reveló, respondería:

1- Tenemos que distinguir entre tres grupos dentro de la Iglesia antes del Concilio. Estaban los corruptos, los confundidos y los honrados. ¿Cuál fue el efecto del Concilio en estos tres grupos? El punto del padre Weinandy apunta principalmente al corrupto: el Concilio los sacó a la luz. Sin embargo, él no aborda el efecto sobre los confundidos, que es darles a ellos la impresión de que el camino del corrupto era el legítimo. Tampoco aborda el efecto sobre los honrados, que fue reducir su capacidad para desafiar a los corruptos o influir sobre los confundidos. El punto del padre Weinandy puede sostenerse por un largo tiempo, es decir, que fue una gracia exponer este mal, pero esto es completamente compatible con decir que sacar todo este mal a la luz también lo aumentó.

2- No se debe sucumbir al subjetivismo sutil. Supongamos que había, por toda la Iglesia, sacerdotes corruptos teniendo pensamientos corruptos mientras celebraban la Misa; supongamos que su celebración de la Misa era subjetivamente mala, aunque exteriormente buena. Es, de hecho, algo mucho peor que celebraran sus Misas también mal exteriormente. Es decir, agregar la corrupción al ritual visible es de hecho la adición de un mal. Sería como si un montón de personas que interiormente anhelan ser asesinos en masa (juego de palabras. N. de traducción, misa y masa en inglés se dicen igual: mass) luego actuaran según sus antojos. La cantidad neta de mal no se mantiene igual solo porque las intenciones no han cambiado.

A la lista de los frutos positivos del Concilio del padre Weinandy, respondería:

(1) Parte de su lista es verdad, porque Dios siempre saca bien del mal. Esto incluye, por ejemplo, el hecho de que las órdenes religiosas en implosión dieran paso a otras nuevas y mejores.

(2) Parte de su lista es verdad, porque de hecho el Concilio no fue del todo malo. En este amplio contexto, espero que el pontificado de Juan Pablo II dé más frutos teológicos para la Iglesia que el mismo Concilio, pero el padre Weinandy tiene razón de que el Concilio fue una condición para su elección.

(3) Parte de su lista no es muy cierta, porque había muchos buenos frutos germinando en la Iglesia antes del Concilio, y el Concilio se hizo eco de ellos en lugar de aplastarlos. Este es un punto clave: si el padre Weinandy quiere decir que los males ya presentes, pero expuestos después del Concilio, no pueden ser atribuidos al Concilio, entonces tiene que decir lo mismo para lo bueno que siguió al Concilio. No todas las cosas buenas que sucedieron después del Concilio pueden ser atribuidas a éste. ¡Éste sería el mismo caso de la falacia post hoc, ergo propter hoc que a los anti-tradicionalistas les encanta lanzar a los tradicionalistas! Por ejemplo, el uso renovado de la Escritura en teología y la renovación de la patrística ya estaban en marcha antes del Concilio y pueden ser vistas fácilmente en el trabajo de muchos teólogos quienes, trasladados a la escena eclesiástica de hoy, sin duda se encontrarían más a gusto entre los tradicionalistas.

En pocas palabras, el padre Weinandy ha exagerado el caso para mantener al Concilio relevante para la vida diaria de la Iglesia.

No me subscribiría a la opinión de que el Concilio debiera ser “olvidado” como si nunca hubiera ocurrido.

No es así como funciona la historia. Más bien, debe ser recordado con vergüenza y arrepentimiento como un momento en el cual la jerarquía de la Iglesia, en diversos grados, se rindió a la más sutil (y por tanto más peligrosa) forma de mundanidad
Más aún, los errores contenidos en los documentos, así como también los muchos errores comúnmente atribuidos al Concilio o promovidos por éste, deben ser anotados en un syllabus y anatemizados por un futuro Papa o concilio, de modo que las materias controversivas puedan resolverse, como sabia y caritativamente lo han hecho los anteriores concilios con respecto a los errores de su tiempo.
Así como ha expuesto Viganó la complicidad con el mal del Vaticano y de muchos en la jerarquía en el caso de Theodore McCarrick, así también él ha encendido una luz brillante sobre los males doctrinales y litúrgicos que plagan la Iglesia a causa de las orientaciones, decisiones y textos del Concilio. A él se le debe tomar con seriedad. Ya no basta con señalar algunas cosas buenas que dijo el Vaticano II o algunas cosas buenas que han sucedido en el último medio siglo. Eso ya lo sabemos. Es también una gran tontería decir sobre este punto: “Tú sabes, la Iglesia no era perfecta antes del Concilio”, como si alguien afirmara que lo era.

La mayoría de los que ha “respondido” a Viganó, en diversos grados, pasa por alto la mayoría de las preguntas importantes. Es como si hubieran llegado muy tarde a una fiesta en la que la conversación en profundidad se ha mantenido desde hace mucho tiempo, en este caso, desde El Caballo de Troya en la Ciudad de Dios, de Dietrich von Hildebrand; Iota Unum de Romano Amerio; hasta Phoenix from the Ashes (Fenix desde las cenizas) de Henry Sire; Concilio Vaticano II: una historia nunca escrita de Roberto de Mattei; e irrumpieran con observaciones que antes fueron retomadas y discutidas durante horas. Después de una incómoda pausa la conversación se retoma entre los participantes serios, mientras que los que la han interrumpido se alejan para tomar un cóctel sintiéndose satisfechos de haber “dejado en claro su punto.” ¡Ay!, pero eso estuvo fuera de lugar y no avanzó en nada la discusión, sino que meramente la interrumpió.
Lo que no se puede negar en cualquier evaluación objetiva es que entre 1962 y 1965, se llevó a cabo un “cambio de paradigma” en cuanto a la íntima relación de identidad, continuidad, tradición y cultura. Estas fueron disociadas de una manera que fue radicalmente no católica e inestable.
Sólo como para completar este artículo, me ha llamado la atención el artículo del padre Serafino M. Lanzetta Vatican II and the Calvary of the Church (Vaticano II y el Calvario de la Iglesia) (Catholic Family News, 3 de agosto). Altamente recomendable como una de las mejores intervenciones en este debate en ser publicada, un ejemplo del tipo de intervención, manejo matizado y de profundo pensamiento exigidos por la gravedad del asunto.

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Este artículo sobre el Vaticano II puede leerse en su sitio original en inglés aquí: