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viernes, 16 de noviembre de 2018

Consejos vendo que para mí no tengo (10) (José Martí) Anomalías en la Iglesia



Es innegable que se ha producido un cambio en la Iglesia, sustituyendo el culto a Dios por el culto al hombre. Y esto ha ocurrido no tanto por los ataques del mundo contra la Iglesia, que siempre los ha habido y los habrá: «Si me persiguieron a Mí también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20) sino porque el Diablo se ha introducido en la Iglesia, infiltrado como caballo de Troya, y  amenaza con destruirla, si Dios no lo remedia, pues son los más altos grados de la Jerarquía Eclesiástica quienes están colaborando en esta acción diabólica.

Aunque, como he comentado ya en varias ocasiones, el origen de todo este mal se encuentra fundamentalmente en el Concilio Vaticano II, cuya fatal trayectoria ha sido continuada por todos los papas post-conciliares, sin embargo, en los momentos actuales, la obra devastadora perpetrada por Francisco supera lo imaginable

  • Necesidad de una conversión ecológica; 
  • pedido de perdón a los «gays» por haber sido «discriminados» por la Iglesia; 
  • construir una «nueva humanidad» a través de la «cultura del encuentro»; 
  • la Iglesia y la Sinagoga poseen la «misma dignidad»;
  • María (aquíaquí) y la Iglesia tienen «defectos»; 
  • Lutero no se equivocó con la doctrina de la justificación; 
  • los Estados católicos son incompatibles con el sentido de la «Historia»; 
  • los musulmanes son «hijos de Dios»; 
  • la pena de muerte para los criminales es «inadmisible»; 
  • la especie humana «se extinguirá» algún día; 
  • no existe un Dios católico; 
  • la multiplicación de los panes no tuvo lugar; 
  • Dios se sirve de la evolución y no hace «magia»; 
  • el matrimonio cristiano no es más que un «ideal»; 
  • transmitir la fe en el lenguaje de los luteranos o de los católicos es «lo mismo»; 
  • la Iglesia en el pasado tuvo «comportamientos inhumanos» pero gracias al CVII aprendió el «respeto» hacia las otras religiones... 
La lista es interminable. Francisco es, además,  un hombre idolatrado por los medios de comunicación del sistema y adulado por todos los enemigos de la Iglesia.

Pero, en fin, ciñámonos al tema que nos ocupa ahora: El cristiano ¿debe de armar lío o debe guardar silencio? Y si de lo que se trata es de discernir, entonces ¿qué es lo mejor: obedecer el Mensaje de Jesucristo, clarificado por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia a lo largo de casi dos mil años ... o bien obedecer a Francisco, porque él es el Papa y lo que él dice posee una autoridad superior a la de Jesucristo?

No suelen ser muchos los católicos que se hacen este tipo de preguntas, entre otras cosas porque están acostumbrados, desde siempre, a no cuestionar nada de lo que provenga del Vaticano y, más concretamente, del Papa reinante. Y es que, hasta ahora no había motivos para ello, pues los papas, aunque muchos de ellos distaran bastante de ser santos, sin embargo, respetaban la Doctrina transmitida por los Apóstoles y la Tradición. No es eso lo que hoy sucede. Al contrario, en estos momentos, cualquiera que siga manteniéndose fiel a la Tradición de la Iglesia, automáticamente es estigmatizado, ridiculizado, considerado como anclado en el pasado, rígido, inmisericorde, fundamentalista, etc... 

La famosa reforma de la Curia, con la que comenzó Francisco, al poco de ser elegido Papa, en 2013, ha consistido -lo hemos ido viendo- en ir eliminando (de una manera o de otra) a todo aquel que discrepara de la idea que él se ha forjado de lo que tiene que ser la Iglesia, «su» Iglesia o, si se quiere, la Iglesia que ha surgido a consecuencia de la aplicación de los documentos más heterodoxos del Concilio Vaticano II.

Son muchos los casos y los nombres que se nos vienen a la memoria: Monseñor Livières y toda su labor destrozadaFranciscanos de la Inmaculada disueltos,  Cardenal Raymond Burke, Cardenal Sarah, obispos de Maltalos cardenales de las Dubia, a quienes desprecia con su silencio, (Carlo Caffarra, Meisner, Brandmüller y Burke)la súplica filial rechazadael testimonio Viganò sin respuestael engaño del sínodo de los jóvenes-2018una extraña sinodalidad, y un largo etcétera (no tendría fin la cantidad de casos a los que nos podríamos referir) ...  hasta el punto de que no podemos sino preguntarnos: ¿A qué Iglesia pertenece Bergoglio?,  ¿Es católico el papa Francisco?¿No será Francisco el falso Profeta?¿cómo se explica su afinidad, tan explicita, al partido comunista?¿Por qué no se inclina nunca ante el Santísimo?.

Según sus propias declaraciones dijo que «no le extrañaría nada que pasara a la historia como el papa que dividió a la Iglesia». Y, desde luego, está haciendo todo lo posible por conseguirlo. Por supuesto que la victoria final no puede ser la del Anticristo, pero ello no quita para que saboree el poder durante algún tiempo, tal y como se lee en el Apocalipsis. No obstante, por más que el Diablo se empeñe en destrozar la Iglesia no lo conseguirá porque contra Jesucristo nada puede, aunque -eso sí- aquellos que sigan a Jesús pasarán por grandes pruebas y tribulaciones: «Si me persiguieron a Mí, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20). Y San Pablo a Timoteo: «Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución» (2 Tim 3, 12). 

Pese a lo cual nada podrá quitarnos nuestra alegría, si esto lo hacemos por amor al Señor. Cuando los del Sanedrín azotaron a los apóstoles, ordenándoles que no hablaran en el Nombre de Jesús, «ellos se retiraron gozosos de la presencia del Sanedrín por haber sido dignos de sufrir ultrajes a causa de su Nombre» (Hech 5, 41). Tenían muy claro que «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29).

Por eso, también nosotros, a ejemplo suyo, deberíamos de ser capaces de poder decir, con San Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, la persecución o el hambre, la desnudez, el peligro o la espada?» (Rom 8, 35) «Sobre todas estas cosas triunfamos por Aquél que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni criatura alguna podrá separarnos del amor De Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8, 37-39).

Si se lo pedimos, con fe, al Señor, podemos tener la seguridad de que nos lo concederá.

(Continuará)