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jueves, 4 de octubre de 2018

Consejos vendo que para mí no tengo (José Martí) (6) Naturaleza y gracia



Es preciso orar en todo momento y no desfallecer (Lc 18, 1)

Vuelvo a hacerme la misma pregunta que me he hecho en otras ocasiones, con uno o dos matices: primero, ¿tenemos que guardar silencio, aun cuando el Papa diga herejías? O si se prefiere: Cuando el Papa dice algo que, en principio, supongo que es acertado, y le concedo un asentimiento interior en mi inteligencia ... y luego resulta que, o bien a continuación o bien en otros momentos, dice algo que contradice lo primero que dijo. Cuando esto ocurre -y ha ocurrido con demasiada frecuencia- ¿con qué me quedo? ¿Con lo primero que dijo o con lo que dijo después? Es imposible que sean verdad, al mismo tiempo, dos proposiciones que son, en sí mismas, contradictorias: O una es falsa, o lo son las dos. ¿Cómo debe actuar un cristiano en estos casos?

- La incoherencia puede ser entre lo que se dice y lo que se hace. Esto nos suele ocurrir a todos. Viene a ser lo que decía el mismo San Pablo: «No hago el bien que quiero, sino que el mal, que no quiero, ése hago» (Rom 7, 19); o aquello otro, atribuido a Eurípides en su obra Medea  «Video meliora; proboque; deteriora sequor» (Veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor). Todo esto es debido a nuestra naturaleza caída. Por el pecado original, tenemos tendencias malas y, aun sabiéndolo, las seguimos a veces. Sólo la gracia nos da la fuerza necesaria para vencer las tentaciones y nos hace salir victoriosos de nuestra batalla contra el pecado, una batalla que tenemos que librar durante toda nuestra vida. 

Decía también San Pablo: «Se me ha dado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, a fin de que no me enorgullezca. Por esta razón, rogué tres veces al Señor, para que lo alejara de mí. Pero me dijo: «Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en la flaqueza» Por tanto, con mucho gusto me gloriaré en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo» (2 Cor 12, 7-9). Y continúa: «Por eso me complazco en las flaquezas, en las afrentas, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por Cristo, pues cuando flaqueo, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12, 10).

No se trata, pues, de no luchar, dado que «la vida del hombre sobre la tierra es milicia» (Job 7, 1). De hecho, nunca luchamos lo suficiente. Esto dice el autor de la carta a los hebreos: «Todavía no habéis resistido hasta la sangre en vuestra lucha contra el pecado» (Heb 12, 4). 

La lucha es necesaria, aunque no suficiente. Hay que conjugar naturaleza y gracia. Por nosotros mismos, nada podemos en esta lucha «contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6, 12). «Sin Mí nada podéis hacer» (Jn 15, 5), dice el Señor; lo cual es completamente cierto. Necesitamos de su gracia: Él hace posible en nosotros aquello que, por nosotros mismos, seríamos incapaces de lograr, en lo que se refiere a nuestra lucha contra el pecado. Pero es igualmente cierto también que «todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Fil 4, 13), como decía san Pablo. 

La gracia, que nunca faltará a quien se la pida al Señor, es absolutamente necesaria para salvarnos. Es Dios quien nos salva. Ahora bien: ¡cuidado con tomar esto como pretexto para no luchar por nuestra salvación y pensar que, como Dios es misericordioso, no consentirá que nadie se condene! Quien así piense, tiene que cambiar el chip, porque eso es una herejía. 

Esta idea se debe, básicamente, a la influencia del protestantismo, que tanto se ha infiltrado en la Iglesia; y son muchos los que así piensan ... ¡un pensamiento que no es católico!  Esto decía Lutero: «Peca mucho, pero cree más»; lo que significa que el hombre no puede no pecar, necesariamente tiene que pecar; pecar es lo propio de ser un hombre; no se concibe un hombre que no peque, de manera que no tiene sentido luchar contra el pecado, porque siempre resultaremos vencidos ... Y así lo justifica, para tranquilizar su conciencia: mi naturaleza está corrompida. Nada puedo hacer. La salvación viene sólo de Dios. Él se encargará de salvarme. Yo sólo tengo que creer

Ésta es la teoría de la justificación, propia del protestantismo y propia, también, de las nuevas corrientes modernistas, según las cuales todo el mundo se salva ... 

Y, sin embargo, eso no es así. Los Evangelios son muy claros, a este respecto: «Mientras iba [Jesús] camino de Jerusalén (...) uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» Y Él les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (Lc 13, 23-24). No es suficiente un simple intento, sino que es necesario esforzarse ... y entonces actuará la gracia

San Mateo lo explica con más detalle, poniendo en boca de Jesús estas palabras (obsérvese el imperativo): «Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecha la senda que lleva a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!»  (Mt 7, 13-14). ¡No la encuentran porque no la buscan, no ponen toda su alma y toda su mente y todas sus fuerzas en encontrarla! De hacerlo, con toda seguridad que la encontrarían: «Buscad y encontraréis (...) porque el que busca, encuentra» (Mt 7, 7-8). 

En otras palabras: Dios cuenta con nosotros para nuestra propia salvación. Nos ha hecho libres y no salvará a nadie que no desee ser salvado; y lo desee con todo su corazón. La salvación es cosa de Dios, ciertamente: Él -y sólo Él- nos puede salvar ... y, además, quiere hacerlo, porque nos ama. Pero ha supeditado esa salvación al hecho de que nosotros también lo amemos, haciendo un buen uso de la libertad que Él mismo nos ha dado para ello

Dios no obliga a nadie a que lo ame. El amor, o es libre o no es amor. Por eso no puede salvar, aunque quisiera, a aquellos que no quieran saber nada con Él. Si su Amor no es correspondido por cada uno de nosotros, nuestra salvación es imposible

De ahí el conocido dicho de san Agustín«Dios, que te creó sin tí, no te salvará sin tí». Y de ahí, también, la necesidad que tenemos de decidirnos, fuertemente, por el Señor; y de jugarnos el tipo por Él, no avergonzándonos de quererlo, como no nos avergonzaríamos de querer a nuestra madre, por ejemplo: y Dios es más que nuestra madre y su amor por nosotros (por cada uno) es infinitamente mayor que el de la persona humana que más nos quiera en este mundo; y esto hasta el extremo -como así fue- de haber dado su vida por nuestra salvación: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). 

- Pero la incoherencia puede ser también entre lo que se dice antes y lo que se dice después ...

Continuará