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viernes, 9 de enero de 2026

El espíritu del Concilio, muerto o al menos herido grave | Actualidad Comentada | P. Santiago Martín



DURACIÓN 22:08 MINUTOS

Zen cuestiona la «sinodalidad bergogliana» ante el Consistorio de cardenales




En una intervención a puerta cerrada durante el Consistorio Extraordinario de Cardenales celebrado en el Vaticano los días 7 y 8 de enero, el cardenal Joseph Zen lanzó una de las críticas más severas formuladas hasta ahora contra el Sínodo sobre la Sinodalidad, al que calificó de proceso “manipulado de forma blindada”, carente de auténtica libertad deliberativa y lesivo para la autoridad episcopal. Sus palabras se pronunciaron en presencia del papa León XIV y de los cerca de 170 cardenales reunidos.

Según informó The College of Cardinals Report, el purpurado hongkonés utilizó los tres minutos asignados a cada cardenal para referirse directamente a la nota de acompañamiento del papa Francisco al Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, desarrollado entre 2021 y 2024.

Zen intervino después de que los cardenales fueran informados de que, por falta de tiempo, solo se abordarían dos de los cuatro temas inicialmente previstos. Los elegidos fueron “el Sínodo y la sinodalidad” y la misión de la Iglesia a la luz de Evangelii Gaudium, lo que dio al cardenal la ocasión de formular una crítica frontal al proceso sinodal.

En el núcleo de su intervención, Zen cuestionó la afirmación del papa Francisco de que, con el Documento Final, “devuelve a la Iglesia” lo que ha madurado a través de la escucha al Pueblo de Dios y del discernimiento del episcopado. A partir de ahí, planteó una serie de preguntas que estructuran toda su denuncia:
«¿Ha podido el Papa escuchar a todo el Pueblo de Dios?»
«¿Los laicos presentes representan realmente al Pueblo de Dios?»
«¿Los obispos elegidos por el episcopado han podido llevar a cabo un verdadero discernimiento, que debe consistir necesariamente en “discusión” y “juicio”?»
Para Zen, estas preguntas evidencian que el proceso sinodal no fue verdaderamente deliberativo, sino cuidadosamente dirigido. En ese contexto, denunció lo que calificó como “la manipulación blindada del proceso”, afirmando que constituye “un insulto a la dignidad de los obispos”.

El cardenal fue especialmente duro al referirse al uso constante del lenguaje espiritual para legitimar decisiones ya tomadas. Según Zen, la invocación reiterada del Espíritu Santo en este contexto resulta “ridícula y casi blasfema”, pues parece sugerir que el Espíritu podría contradecir aquello que Él mismo ha inspirado en la Tradición bimilenaria de la Iglesia.

Otro punto central de la crítica se dirigió a la afirmación de que el Papa, “saltándose al Colegio Episcopal”, escucha directamente al Pueblo de Dios y presenta este método como el marco interpretativo adecuado del ministerio jerárquico. Zen cuestionó de raíz esta concepción, alertando del riesgo de vaciar de contenido la función propia del episcopado.

La intervención se detuvo también en el estatuto ambiguo del Documento Final, definido como magisterial pero “no estrictamente normativo”, vinculante pero abierto a adaptaciones locales. Ante esta formulación, Zen volvió a interpelar directamente al proceso:
«¿Garantiza el Espíritu Santo que no surgirán interpretaciones contradictorias, especialmente dado el uso de expresiones ambiguas y tendenciosas en el documento?»
«¿Deben los resultados de esta “experimentación y prueba” —por ejemplo, la “activación creativa de nuevas formas de ministerialidad”— someterse al juicio de la Secretaría del Sínodo y de la Curia romana?»
«¿Serán estas instancias más competentes que los obispos para juzgar los distintos contextos de sus Iglesias?»
El cardenal advirtió que, si los obispos consideran legítimamente que ellos son más competentes para ese discernimiento, la coexistencia de interpretaciones divergentes no puede sino conducir a una fractura eclesial, similar a la vivida por la Comunión Anglicana.

Desde esta perspectiva, Zen amplió su análisis al ámbito ecuménico, preguntándose con qué parte del anglicanismo debería dialogar la Iglesia católica tras su ruptura interna, y advirtiendo que las Iglesias ortodoxas nunca aceptarán la sinodalidad promovida en el pontificado anterior. Para ellas —recordó— la sinodalidad siempre ha significado el ejercicio real de la autoridad de los obispos actuando colegialmente y caminando juntos con Cristo.

En uno de los pasajes más contundentes de su intervención, el cardenal concluyó:
«El papa Bergoglio ha explotado la palabra ‘Sínodo’, pero ha hecho desaparecer el Sínodo de los Obispos, institución establecida por san Pablo VI.»

jueves, 8 de enero de 2026

El consistorio se centra en la Sinodalidad: «La liturgia ya si eso…»



La primera noticia del primer consistorio del pontificado de León XIV no es un gesto de ruptura, ni siquiera de corrección. Es una confirmación. Por amplia mayoría, los cardenales reunidos en el consistorio extraordinario han decidido dedicar sus trabajos a dos temas: sinodalidad y evangelización y misión a la luz de Evangelii gaudium. Liturgia y reforma de la Curia, para otra ocasión. Si queda tiempo. Ya veremos.

El dato no es menor. No es un matiz técnico ni una cuestión de agenda. Es una declaración de prioridades. En un momento de emergencia objetiva —colapso vocacional, desafección sacramental, descrédito moral de la jerarquía, confusión doctrinal— el Colegio Cardenalicio ha optado, una vez más, por mirarse al espejo y hablar de sí mismo.

Se nos dice que el tiempo apremia. Que no se puede hablar de todo. Y precisamente por eso se deja fuera lo que toca el nervio mismo de la Iglesia: la liturgia, fuente y culmen de su vida; y el apostolado entendido no como concepto, sino como transmisión real de la fe. En cambio, se elige seguir reflexionando sobre el proceso, el método, la estructura. Sobre la sinodalidad. Otra vez.

Mientras tanto, cardenales como Robert Sarah —que representan una sensibilidad eclesial centrada en Dios, en la adoración, en el silencio y en la tradición viva— han pasado horas escuchando a figuras como Tolentino de Mendonça, Tagle o Radcliffe. El mensaje implícito es claro: no hay tiempo para hablar de liturgia, pero sí para volver a escuchar a quienes llevan una década marcando el mismo discurso, con los mismos resultados.

Y aquí conviene detenerse, porque el problema ya no es debatible en abstracto. La sinodalidad, tal como se está aplicando, ha fracasado. Y no solo ha fracasado: empieza a resultar obscena.

Se nos presenta como un proceso de escucha, pero no lo es. Es un monólogo institucional. Las mismas estructuras que han conducido a la Iglesia en Occidente a una crisis sin precedentes —conferencias episcopales, comisiones, secretariados, oficinas diocesanas— se preguntan a sí mismas, se responden a sí mismas y luego presentan el resultado como “la voz del Pueblo de Dios”.

Eso no es discernimiento. Es autojustificación.

El Pueblo de Dios no habla en formularios. No habla en asambleas cuidadosamente moderadas. No habla en documentos de síntesis redactados por equipos técnicos. Habla en hechos medibles, incómodos, imposibles de maquillar: en los seminarios vacíos o llenos; en las vocaciones que surgen o desaparecen; en los matrimonios que perseveran o se disuelven; en la asistencia real a misa; en la práctica sacramental efectiva; en las peregrinaciones que crecen espontáneamente al margen de los planes pastorales oficiales.

Esa es la voz que no quieren escuchar, porque no se puede manipular.

Organizar un “proceso de escucha” canalizado por las mismas diócesis y conferencias episcopales que llevan décadas fracasando pastoralmente solo puede producir una cosa: eco. Resonancia de la propia voz. Autocomplacencia. Pura ingeniería del relato. No hay escucha: hay propaganda interna.

Y lo más grave es que ya no se trata de un error de diagnóstico puntual. Es un empecinamiento. Año tras año, sínodo tras sínodo, documento tras documento, se repite el mismo esquema: análisis interminable, lenguaje terapéutico, apelaciones vagas al Espíritu Santo… y mientras tanto, menos fe vivida, menos sacramentos, menos vocaciones, menos claridad.

La jerarquía se contempla a sí misma como Narciso, fascinada por su propio reflejo, mientras la realidad se le escapa por completo. Se multiplican los textos, las etapas, los itinerarios, las “experiencias de camino”… pero no se corrige el método, aunque los resultados sean desastrosos.

Y ahora, en el primer consistorio de León XIV, se vuelve a insistir en que “el camino es tan importante como la meta”. Es una frase bonita. También profundamente reveladora. Cuando el camino se convierte en fin, la misión desaparece. Y sin misión, la Iglesia deja de ser Iglesia para convertirse en una ONG espiritual que gestiona procesos.

La evangelización, además, aparece subordinada. No como anuncio claro de Cristo crucificado y resucitado, sino filtrada “a la luz de Evangelii gaudium”, es decir, encuadrada en un marco ya conocido, ya explotado, ya ideologizado. Evangelización, sí… pero sin incomodar, sin confrontar, sin cuestionar las categorías dominantes.

Mientras tanto, la liturgia —que es donde la fe se encarna, donde Dios es adorado y no gestionado— queda aplazada. Como si fuera un asunto secundario. Como si no tuviera nada que ver con la transmisión de la fe. Como si no fuera precisamente la degradación litúrgica uno de los factores clave de la crisis actual.

Este consistorio no ha abierto una etapa nueva. Ha confirmado una inercia. Y esa inercia tiene un coste altísimo: seguir perdiendo tiempo mientras se pierde la fe.

La sinodalidad, tal como se está planteando, no es un camino de renovación. Es un síntoma. El síntoma de una Iglesia que ya no se atreve a enseñar, que ha sustituido la autoridad por el procedimiento, la verdad por el consenso y la misión por la conversación.

Y el problema no es que falte tiempo. El problema es que se sigue evitando, deliberadamente, hablar de lo esencial.

Carlos Balén | 08 enero, 2026

lunes, 5 de enero de 2026

Que nos devuelvan la misa. Con eso es suficiente



En algunos ambientes tradicionales suele afirmarse que sería suficiente con que el Papa liberara la misa tradicional e impidiera que los obispos persiguieran a sacerdotes y fieles. Y que después, haga lo que mejor la plazca en cuestiones doctrinales y disciplinares. Que establezca la pax liturgica; y después se ve el resto. La opinión puede parecer irracional e incluso egoísta. Sin embargo, en el fondo, lo que esta proposición afirma es que la crisis de la Iglesia se resolverá cuando se resuelva la cuestión litúrgica.O, dicho de otro modo, la crisis de la Iglesia es una crisis de fe, y la fe no se recuperará mientras no se recupere la liturgia. Yo estoy de acuerdo con esta postura e intentaré argumentarlo.

Un sacerdote argentino ya mayor, y que gastó toda su vida en la formación de sacerdotes como profesor de seminarios, y de seglares a través de sus libros, explicaba hace algunos años que, cuando comenzó junto a otros amigos su tarea de formación en la década de 1970, en medio de la gélida primavera conciliar, creyó que lo fundamental era formar en la verdadera doctrina y dejar para más adelante, en todo caso y si era necesario, el combate por la liturgia. Y confesaba que, pasado el tiempo, se daba cuenta que se habían equivocado. Y algo similar comenzó a ver el venerado padre Alberto Ezcurra un año antes de su prematura muerte. La formación intelectual en la “sana doctrina”, concretamente en la filosofía y la teología de Santo Tomás, no garantiza que se conservará la fe apostólica. Ayuda y mucho, sin duda alguna, pero no es suficiente y no es lo más importante. Esa fue la conclusión de estos dos sabios maestros.

Pero más allá de la opinión de estos sacerdotes, tenemos un ejemplo histórico bastante cercano. Cuando a fines del siglo XIX comenzaron las tímidas asonadas del modernismo, las que se hicieron más violentas a comienzos del XX, San Pío X decidió aplicar el remedio que se había aplicado siempre en la Iglesia: hachazos, prohibiciones e incluso persecuciones contra los modernistas. La medicina tuvo una eficacia efímera. Los modernistas se agazaparon en guaridas más o menos ocultas y permanecieron en silencio durante algunas décadas. Cincuenta años más tarde, se hacían con el poder de la Iglesia, poder que conservan hasta hoy, con más o menos tropiezos. No se trata de juzgar a un santo pontífice; se trata de aceptar la evidencia: la pureza doctrinal imprescindible para una fe ortho-doxa (doctrina correcta), en los tiempos actuales no se sostiene a base de excomuniones y, más importante aún, no garantiza su permanencia en el tiempo. La ortho-doxia (culto correcto), en cambio, es prioritario y antecedente a cualquier pretensión de restauración doctrinal. Y en esto, guste más o menos, hay que darle la razón a Mons. Marcel Lafebvre. [En su uso originario, δόξα significa ante todo “opinión” o “creencia”, evolucionó también a «doctrina». Más tarde, en la traducción griega de la Biblia (Septuaginta) y en el cristianismo primitivo, dóxa asumirá un sentido nuevo: “gloria”, “esplendor”, “majestad”, especialmente aplicado a Dios y, de ese modo, se lo asocia a «culto»]

La objeción más inmediata y obvia que surge es que aquellos modernistas que cooptaron el Vaticano II y decretaron la primavera celebraban la misa tradicional, es decir, era ortho-doxos, en tanto ofrecían el culto verdadero. Pero es aquí donde es fundamental recordar el misterio del fariseísmo, contra el que luchó Nuestro Señor, y que denunciaron en nuestros días Louis Bouyer y Leonardo Castellani, entre otros. Si se lee La descomposición del catolicismo, por ejemplo, queda claro que buena parte de los ministros de la Iglesia, al menos en la primer mitad del siglo XX, celebraban la ortho-doxia, el culto verdadero, como una mera ceremonia exterior, que solía pesarles, y por la que no guardaban ningún apego. Es sintomática la anécdota de aquel sacerdote que decía que tenían que terminar rápido de recitar el oficio divino para ir a rezar. La liturgia —Santa Misa y oficio— no eran obligaciones más o menos gravosas y aburridas, que venían añadidas a la tarea de ser sacerdote, la cual consistía en otra cosa. Por eso se entiende que haya sido muy escasa la resistencia a la reforma litúrgica; la mayor parte de los religiosos se plegó a ella no solamente sin chistar, sino de lo más alegres y aliviados.

Lo mismo dígase de la recta doctrina que se enseñaba en los seminarios. Y sobre esto no necesitamos entretenernos porque ya lo hemos hablado mucho en este blog. Basta leer, nuevamente, a Castellani, a Bouyer y a muchos otros para concoer en qué consistía y qué calidad tenía la formación en los seminarios preconciliares. Ni siquiera era tomista; era apenas una aproximación seca a la escolástica silogística memorizada en manuales escritos por jesuitas, que simplificaban la tarea a fin de memorizar fórmulas con las que se aprobaban fácilmente los exámenes. Y estoy ocurría tanto en un seminario de provincia de Hispanoamérica como en las universidades romanas. Me contento con reproducir un párrafo de Castellani:


El régimen del seminario iba en mi tiempo [se refiere al seminario de Devoto en la década del ’30, regenteado por los jesuitas] -y estimo que no ha cambiado mucho- a contrapelo del sentido común y la honradez natural: no se cumplían los mandatos y avisos de la Santa Sede, mientras se hacían grandes homenajes al “Día del Pontífice”. No se aprendía con seriedad ni se enseñaba con competencia; y el rector de entonces profesaba públicamente porque así le convenía a él -contra lo declarado por S.S. Pío XI en su encíclica Studiorum duce– que el “sacerdote no necesitaba ciencia sino piedad” -y había que ver lo que entendía él por piedad-; de modo que en su juicio los estudios eran como una manera de pasar el tiempo, hasta que llegara la ansiada hora de meter barba en cáliz… y ejercer el “ministerio”: el ministerio de la impartición de la Verdad, reducida así por él a la venta intensiva de ceremonias mágicas a cargo de una manga de empleados servilmente sometidos a la llamada “Jerarquía”, es decir, a la Gerencia. Una prueba de esto es que los exámenes eran una verdadera farsa, y los alumnos que allí se aplazaban por ignorantes eran promovidos muchas veces después por él sin más control ni trámite que el capricho de sus preferencias y sin más méritos que ser “confidentes del Rector”, y así en lo demás (Seis ensayos y tres cartas, Dictio, Buenos Aires, 1978, p. 194).

No se trata, por cierto, de plantear una dicotomía entre las dos acepciones de orthodoxia, ya que una lleva a la otra. Pero la que tiene prioridad, la que arrastra, es la entendida como culto correcto. En este sentido, es acertada la crítica que hacen muchos progresistas que se oponen al retorno de la misa tradicional, aduciendo que ese culto, esa doxa implica una teología distinta a la sancionada por el Vaticano II. Evidentemente, un sacerdote que celebra la misa tradicional difícilmente adherirá a la “iglesia sinodal” entendida en el sentido extremo que habitualmente tiene, o a Fiducia supplicans y demás yerbas de Tucho.

En los últimos tiempos estamos viendo ya de un modo irrefutable lo que sabíamos: Europa se suicidó, y lo que alcanzó Don Juan de Austria en Lepanto a precio de sangre cristiana, los europeos contemporáneos lo entregaron gratuita y alegremente en pocas décadas. Creo yo que es tarde para revertir la situación, sobre todo en algunos países como el Reino Unido, Alemania, Francia o Bélgica. Sin embargo, también creo que la única posibilidad de conservar focos de cristianismo sincero en el futuro que se avecina surgirá de los grupos tradicionales. La permanencia de la fe cristiana en Occidente no dependerá tanto de las facultades de teología y filosofía tomista que puedan existir y que puedan fundarse —lo cual es muy importante—, sino del retorno al culto centenario de la Iglesia, a la orthodoxia. Y se ve precisamente que ese es el fenómeno inocultable: los grupos de jóvenes que más crecen son los relacionados con la misa tradicional. Lo reconoció públicamente hace pocos días Mons. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española. Sin embargo, tengo por seguro que ni él ni sus colegas harán nada al respecto. ¿Qué puede esperarse de un obispo, al que muchos peninsulares consideran el faro de la orthodoxia doctrinal de España, publicaba en su cuenta de X el saludo de Navidad con una cutre imagen creada con inteligencia artificial de sí mismo, vistiendo una especie de casulla guitarra, y sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús que parecía que había arrebatado del pesebre. En resumidas cuentas, mientras lo boomers y los X no pasen a mejor vida, o a una residencia de ancianos, no debemos esperar mucho de la jerarquía. Esos focos nacerán como iniciativas de sacerdotes y de seglares convencidos y enamorados de la Verdad.

En resumen, la restauración de la fe cristiana, aún al estilo “profetizado” por Benedicto XVI como pequeñas fogatas encendidas en medio de la oscuridad de los tiempos que nos tocan vivir, se dará en torno a la ortho-doxia, al culto correcto y adecuado a Dios, el que se formó enriqueciéndose a lo largo de los dos mil años de historia cristiana.

Nota bene: estoy seguro que serán varios los lectores pensarán que si yo considero que la misa tradicional es el culto correcto u ortho-doxo, entonces el NO es un culto incorrecto, o hetero-doxo. No es eso lo que digo; y una vez más repito que la misa reformada por Pablo VI, celebrada según los libros litúrgicos aprobados por la Iglesia, es válida y rinde culto a Dios. Lo que sí digo también, es que es un culto simplificado, disminuido, empobrecido, fabricado artificialmente con poliester por un grupo de científicos en sus escritorios de eruditos. Ciertamente, puede enriqueceserse, dignificarse y sobrenaturalizarse. Es lo que quería hacer Benedicto XVI y no pudo, y tengo mis dudas de que esa empresa la retome León.

jueves, 1 de enero de 2026

Propósito para el nuevo año: ¿Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo?



Si Sánchez se mantiene es, entre otras cosas, porque Feijóo, le blanquea con la coalición PP-PSOE.

Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo se ha convertido en una pregunta política central que muchos analistas se hacen ante el nuevo año. Muchos españoles dudan si basta con cambiar al presidente o si el problema es estructural.

Sánchez: un poder sin legitimidad moral ni política

Pedro Sánchez no gobierna España. Sánchez se aferra al poder. Lo hace sin votos suficientes y sin mayoría social. Mantiene la Presidencia gracias a un pacto de investidura que humilla al Estado.

Sánchez gobierna para sus socios. Atiende a separatistas, comunistas, proetarras y prófugos de la Justicia. Usa la Presidencia como escudo personal. Bloquea controles. Ataca a jueces, prensa crítica y oposición real.

España vive una anomalía histórica. Es el único gran país europeo con comunistas en el Gobierno. También es el único donde el presidente debe el cargo a un condenado por terrorismo, a un sentenciado por sedición y prófugo.

La inmigración masiva ilegal agrava el problema. Aumenta la delincuencia. Genera marginalidad. Agota recursos públicos. Rompe la convivencia en barrios humildes. Sánchez fomenta este modelo por ideología y por cálculo electoral.

Pero además, Sánchez encabeza un autogolpe institucional. Desde un poder ilegítimo, intenta someter a los demás poderes del Estado. Vacía el Parlamento. Coloniza instituciones. Debilita la separación de poderes.

Por todo ello, echar a Sánchez parece un objetivo lógico. Muchos españoles lo desean y esperan. Muchos brindarían cuando se marche.

Pero la pregunta sigue abierta: ¿y después qué?

Feijóo y la gran mentira de la alternancia

Aquí aparece el gran engaño. El posible relevo se llama Alberto Núñez Feijóo. Y aquí surge la sospecha que inquieta a millones de españoles: Feijóo no rompe con el sanchismo. Feijóo lo blanquea.

Si Sánchez se mantiene, también es porque Feijóo lo permite. La coalición PP-PSOE funciona a nivel nacional y europeo. Ambos partidos pactan la mayoría de leyes clave. Ambos comparten agenda globalista.

Feijóo forma parte del mismo sistema. Representa los mismos intereses: Apoya la Agenda 2030. No combate la ideología de género ni defiende la vida ni protege la familia natural. No revierte la cultura de la muerte.

El historial del PP resulta claro. Cuando gobierna, consolida las leyes del PSOE. Nunca las deroga. Ocurrió con el aborto y la memoria histórica. Ocurrió con la ideología de género y la ingeniería social.

En las comunidades autónomas donde gobierna el PP, estas políticas no desaparecen. En muchos casos aumentan. El español sigue retrocediendo. La inmigración masiva continúa. El globalismo avanza.

Votar a Feijóo no supone ningún cambio. Votar a Feijóo equivale a votar a Sánchez con otro tono. Son dos caras de la misma moneda. Ambos sostienen la coalición PP-PSOE que bloquea cualquier alternativa real.

Por eso, echar a Sánchez sin más no arregla el problema. Solo cambia el gestor del mismo modelo.

El verdadero propósito político para España

El debate no es sentimental. Es estratégico. España no necesita un simple relevo. España necesita una ruptura. Necesita recuperar soberanía. Necesita defender la vida, la familia y la libertad.

Echar a Sánchez puede aliviar la presión. Puede dar oxígeno. Pero no cambia el rumbo. El globalismo seguiría intacto. La Agenda 2030 seguiría vigente. La ideología de género seguiría imponiéndose.

Echar a Sánchez y a Feijóo abre otra vía. Permite cuestionar el consenso bipartidista. Rompe la coalición PP-PSOE. Devuelve la voz a quienes no aceptan este modelo decadente.

Este no es un debate personal. Es un debate nacional. España no se arregla con parches. España necesita una alternativa que no tema enfrentarse al sistema.

El nuevo año exige claridad. Cada español debe decidir si quiere un maquillaje o un cambio real. El propósito político no puede ser tibio.
Elegir entre el parche o la solución

Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo resume el dilema político actual. Si el objetivo es un parche, basta con sacar a Sánchez. Si el objetivo es arreglar España, hay que ir más lejos, hay que echar a ambos.

El futuro no pasa por el bipartidismo. El futuro pasa por romper con el globalismo-

El nuevo año exige valentía. No más engaños. No más alternancias falsas. España merece algo mejor.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El año que todo fue quedando cada vez más claro






DURACIÓN APROX: 5 MINUTOS

NOTICIAS 29, 30 Y 31 DE DICIEMBRE DE 2025





ADELANTE ESPAÑA


El padre Custodio Ballester frente a los leones del siglo XXI | Pablo Gª Conde

2026, el año decisivo: Cárcel o golpe institucional de Sánchez


INFOVATICANA


Olivera Ravasi explica lo de Nigeria a la luz de la DSI

Una exmusulmana convertida al catolicismo alerta del silencio eclesial ante el islamismo en Europa



Selección por José Martí

NIGERIA, TRUMP y la Guerra justa. ¿Está bien lo que hacen?

   QUE NO TE LA CUENTEN



Hace unos días, el presidente Trump brindó apoyo militar para que Nigeria, a pedido de su gobierno, pudiese controlar los ataques indiscriminados que los yihadistas vienen realizando contra la comunidad cristiana de ese país. Se nos ha preguntado acerca de si esa ayuda brindada podría ser lícita desde la moral católica, a pesar de que Trump no fuese católico.

Sin embargo, venga aquí para nosotros un resumen sobre el tema.

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DURACIÓN DEL VIDEO 23:46 MINUTOS


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1. El principio magisterial de la guerra justa

La Iglesia boga por la paz, no por el pacifismo (que son cosas distintas), por lo que enseña que, el uso de la fuerza armada, puede ser moralmente lícito bajo ciertas condiciones.

– “La legítima defensa puede ser no sólo un derecho, sino un deber grave, para quien es responsable de la vida de otros”. (Catecismo, nro. 2265)

– “La Iglesia propone los criterios tradicionales de la llamada ‘guerra justa’.” (Catecismo, nro. 2309)

Pero: ¿Cuáles son esos criterios para que una guerra sea considerada justa desde la moral? La doctrina católica, comenzando por San Agustín y pasando por Santo Tomás los ha resumido así:

a. Debe haber un daño cierto, grave y duradero: pues bien, en Nigeria, desde hace años vienen dándose de parte de los musulmanes radicales, una serie de asesinatos masivos, secuestros, limpieza religiosa y ataques sistemáticos a civiles sin que el gobierno pueda frenarlos.

b. Ineficacia de otros medios: en ese país, durante años se han intentado negociaciones fallidas ante una grave incapacidad del Estado, lo que permitió la expansión del terrorismo. Es decir, los medios pacíficos demostraron ser insuficientes.

c. Fundadas probabilidades de éxito: el apoyo militar de USA debilitó estructuras terroristas, permitió proteger zonas concretas e, importante, fue solicitado o aceptado por autoridades locales.

d. Proporcionalidad: lo sucedido, no se trató de una invasión total, de una guerra indiscriminada o de un castigo colectivo, sino de operaciones limitadas contra grupos armados, por lo que el principio de proporcionalidad podría considerarse respetado al menos en la intención.

A su vez, por lo que intenta verse hasta el momento (por más que puedan existir otras intenciones ocultas como las económicas, petroleras, etc.), la intención parece clara: proteger civiles, detener un mal grave y ayudar a una nación desbordada que ha pedido ayuda.

Que alguien diga “es que Trump está contra los migrantes” o que “es un mujeriego”, etc., nada tiene que ver. La moral católica no juzga personas, sino actos.

“¿Que podrán haber abusos y pecados concretos, como en toda guerra?” Pues ¡claro que sí!, pero esto no invalida el juicio moral de los actos. Si hubiesen ataques deliberados a civiles, excesos injustificados o violaciones al derecho humanitario, claro que también sería un acto reprochable, pero esto no invalida en sí la licitud del principio de intervención defensiva.

2. Algunas opiniones de algunos prelados nigerianos

Dado que no somos nosotros los que tenemos la información completa como para juzgar, desde nuestros escritorios, lo que allí está sucediendo por lo que, como corresponde a quien desea analizar la realidad, es bueno ir a los que están en el fango. Veamos:

“Fue la mejor noticia que Nigeria ha recibido en 20 años… es una garantía de que lo que sucede en Nigeria no es desconocido en el mundo y que al mundo le importa lo que nos pasa” (Padre Patrick Alumuku, Director de Comunicaciones de la Arquidiócesis de Abuja). https://www.aciafrica.org/news/19337/us-strikes-on-isis-in-nigeria-potentially-helpful-way-to-bring-some-hope-catholic-bishop-says-as-priest-concurs

“Ya era hora… Es bueno que el gobierno nigeriano esté abierto a la asistencia internacional frente a una inseguridad abrumadora” (Mons. John Bogna Bakeni, Obispo auxiliar de Maiduguri) https://www.osvnews.com/nigerian-catholic-church-leaders-give-mixed-reaction-to-us-airstrikes

“El ataque estadounidense ha sido declarado una operación conjunta por las autoridades nigerianas como una acción bienvenida para disminuir los ataques de insurgentes y terroristas… Esto puede dar algo de esperanza contra la violencia que ha perdurado por largo tiempo” (Mons. Emmanuel Adetoyese Badejo, obispo de Oyo). https://www.aciafrica.org/news/19337/us-strikes-on-isis-in-nigeria-potentially-helpful-way-to-bring-some-hope-catholic-bishop-says-as-priest-concurs

“Sin el apoyo de Estados Unidos, Nigeria no tiene oportunidad contra los yihadistas que han infiltrado incluso a la clase política” (Mons. Moses Aondover Iorapuu (vicario general, Diócesis de Makurdi) https://www.osvnews.com/nigerian-catholic-church-leaders-give-mixed-reaction-to-us-airstrikes

Veremos cómo sigue en el futuro.

Salvo mejor opinión

P. Javier Olivera Ravasi, SE

30 de Diciembre de 2025

León XIV, accidentes restaurados, sustancia pendiente



Nuestro admirado Wanderer ha hecho un inventario minucioso —y confieso que en buena medida gozoso— de los pequeños signos de normalidad litúrgica, estética y protocolaria que León XIV ha ido recuperando en apenas unos meses. Y no seré yo quien niegue el alivio espiritual que produce volver a ver una muceta, una faja bordada o una sotana que no transparenta como mortaja de hospital. Hay cosas que, sencillamente, reconcilian con la vista y con la memoria.


El problema no es que esos signos sean irrelevantes. El problema es creer que bastan.

Porque mientras celebramos —con razón— que el Papa vuelve a vestirse como Papa, cuesta no advertir que al mismo tiempo sigue nombrando y sosteniendo obispos abiertamente heréticos, algunos con currículo ideológico impecable y otros con historial pastoral directamente devastador. La muceta está bien; el episcopado que la rodea, no tanto.

Nos alegramos de que la Misa del Gallo haya recuperado una hora sensata, acercando a la medianoche su espesor simbólico, su silencio y su espera. Pero el reloj litúrgico, por muy bien ajustado que esté, no compensa el hecho de que las víctimas de abusos sigan encontrando muros, silencios o biografías oficiales que las retratan poco menos que como un estorbo. La liturgia gana profundidad; la justicia, no.

Celebramos que Castelgandolfo vuelva a tener vida papal, que haya descanso, natación, conciertos y una cierta normalidad humana que Francisco había convertido en sospechosa. Pero ese aire veraniego no disimula que el actual Pontífice haya estampado su firma en uno de los documentos marianos más empobrecedores que se recuerdan, reduciendo a la Virgen a una figura funcional, casi decorativa, cuidadosamente despojada de su papel como Mediadora de todas las gracias.

Es verdad: el escudo pontificio vuelve a estar bordado donde corresponde. Y sin embargo, ese mismo Papa ha equiparado públicamente la pena de muerte con el aborto, colocando en el mismo plano un mal intrínseco absoluto y una cuestión moral compleja ya tratada con precisión por la Tradición. Mucho hilo de oro… y demasiada confusión conceptual.

La sotana, al menos, ya no es transparente. Es más gruesa, más digna, más romana. Lástima que esa densidad textil no se haya trasladado al discurso teológico, donde la corredención de María se diluye hasta casi desaparecer, cuidadosamente minimizada para no incomodar sensibilidades contemporáneas.

Hay gestos que reconfortan: reliquias de mártires de la Cruzada, adoración eucarística con jóvenes, silencio real, rodillas en tierra. Son momentos buenos, auténticos, que uno querría conservar. Pero incluso esos destellos quedan ensombrecidos cuando el mismo pontificado bendice bloques de hielo en clave Agenda 2030, eleva el cambio climático a dogma moral y acoge jubileos identitarios que legitiman, simbólicamente, una antropología incompatible con la fe católica y atraviesan la puerta Santa de san pedro con sus banderas arcoiris.

Sí, el Fiat 500 ha sido aparcado. Ahora hay un coche acorde al rango. Pequeña victoria estética. Pero no hay cambio de vehículo que tape una biografía oficial que ataca vilmente a víctimas de negligencias pasadas, reescribiendo la historia con una frialdad que no se cura con terciopelo rojo ni con madera dorada.

Todo esto no invalida lo que Wanderer señala. Al contrario: lo confirma. Las tradiciones importan. Los signos importan. Los accidentes revelan la sustancia.

El problema empieza cuando los accidentes brillan mientras la sustancia se agrieta.

Agradecemos la muceta. Celebramos la dalmática. Nos alegra el latín, el canto, los candelabros y la cruz central, todavía escorada. Pero la Iglesia no se salva con escenografía, ni con una restauración estética que no va acompañada de claridad doctrinal, justicia moral y verdad sin rebajas.

Con todo el cariño —y precisamente por ese cariño— conviene decirlo claro:

los signos son buenos cuando acompañan a la verdad; cuando la sustituyen, se convierten en coartada.

Y de eso, por desgracia, ya tenemos demasiada experiencia.

Carlos Balén | 31 diciembre, 2025

lunes, 29 de diciembre de 2025

Cristofobia y cristianofobia



La cristofobia y cristianofobia definen uno de los mayores dramas de nuestro tiempo. Millones de cristianos sufren persecución, violencia o asesinatos atroces por confesar su fe.

La cristofobia se centra en el odio directo a Jesucristo y al núcleo del Evangelio. Ataca por odio la figura de Cristo y su mensaje.

La cristianofobia es la consecuencia lógica de la cristofobia. Es el rechazo, el desprecio, la discriminación e incluso el asesinato contra el cristianismo en general y contra los cristianos que siguen a Jesucristo.

En la práctica, ambos términos describen una misma realidad. El odio, el prejuicio y la hostilidad golpean a los cristianos por su fe y por los valores que defienden.

Hoy, la cristofobia y cristianofobia avanzan de dos formas distintas pero complementarias. Una actúa con violencia física, contra el cuerpo. La otra destruye el alma mediante la humillación y la cancelación.
La cristofobia sangrienta: un genocidio silenciado

La forma más brutal de cristofobia se desarrolla en Oriente y en amplias zonas de África y Asia. Cada año, miles de católicos mueren asesinados por odio a la fe. Este fenómeno no resulta marginal. Configura un verdadero genocidio religioso que afecta a comunidades enteras. Familias completas viven bajo amenaza constante por acudir a misa o portar una cruz.

La cristofobia y cristianofobia sangrientas se extienden por varios continentes. Terroristas, islamistas yihadistas, milicias y regímenes comunistas enemigos atacan iglesias, aldeas y sacerdotes. A pesar de su magnitud, los grandes medios de comunicación apenas informan. Además, gobiernos y organismos internacionales callan. Ese silencio y cobardía convierte a muchos en cómplices de la persecución.

La historia demuestra que la fe no se apaga con la violencia. Los mártires sostienen a la Iglesia con su testimonio. Su sangre nunca destruye la verdad. Sin embargo, el mundo actual prefiere ignorar esta realidad. La persecución religiosa se ha convertido en la gran tragedia silenciada del siglo XXI.
La cristianofobia humillante en Occidente

Occidente ha desarrollado otra forma de persecución. No busca la muerte física -por ahora-, pero sí la destrucción moral y espiritual del cristiano.

Todo creyente sufre ridiculización, limitación de la libertad de expresión y religiosa así como cancelación por expresar su fe. Las élites culturales atacan símbolos cristianos sin consecuencias. Las administraciones y partidos políticos la promueven.

La cristofobia y cristianofobia occidentales eliminan la libertad religiosa y de expresión. Las leyes y la presión social empujan al silencio y la marginación.

Este tipo de persecución resulta más peligroso. No genera mártires visibles. Provoca deserciones, cobardía y renuncias interiores. Muchos cristianos esconden su fe por miedo al rechazo laboral o social. Otros aceptan la autocensura como norma diaria.

Occidente persigue el alma. Mata la identidad cristiana sin derramar sangre. Ese método resulta más eficaz y devastador.
Orgullo, fe y resistencia cultural

Ante este escenario, los cristianos deben reaccionar. La cristofobia y cristianofobia avanzan cuando encuentran silencio y miedo. Ha llegado el momento de dar un paso adelante. Los cristianos no deben pedir perdón por creer en Jesucristo ni por defender la verdad. Es más, nos debemos sentir orgullosos por ello. Y como consecuencia de ello, debemos llevar a Cristo a todos los rincones de nuestra sociedad.

La fe cristiana construyó Europa. Fundó iglesias, hospitales, universidades y derechos fundamentales. Nadie puede borrar esa herencia. Los católicos no nos arrodillamos ante ideologías, Estados ni poderes globales. Solo reconocemos autoridad a Dios.

Defender la libertad religiosa implica defender todas las libertades. Cuando se ataca al cristianismo, se debilita la dignidad humana.

La respuesta exige valentía, coherencia y orgullo sereno. La historia demuestra que la verdad siempre sobrevive. El silencio ya no resulta una opción.

El cristiano no se esconde. Da testimonio. Cree. Resiste. Y nunca se arrodilla ante nadie que no sea Dios.

Los niños abortados: ¿van al Cielo? Sermón del P. Javier Olivera Ravasi, SE

QUE NO TE LA CUENTEN





DURACIÓN 15 MINUTOS


P. Javier Olivera Ravasi, SE

Parroquia Star of the sea 28 de Diciembre de 2025

En el primer domingo después de Navidad, la Iglesia recuerda hoy a los Santos inocentes, los niños que, sin haber conocido aún a Cristo, murieron en manos del inicuo Rey Herodes.

Hoy, por lo tanto, es un día para recordar a aquellos mártires, sin embargo, quería aprovechar para reflexionar acerca de lo que sucede con los niños muertos sin bautismo y, especialmente, aquellos que mueren por el aborto. Es decir, no mueren, sino que son asesinados.

¿Qué pasa entonces con ellos?¿a dónde van?¿qué dice la Iglesia?

¿Puede entrar alguien al Cielo sin el bautismo?

Veamos primero lo que dice la Sagrada Escritura.

Mc 16,15-16: “Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará”.

Y también:

Juan 3,5: “el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.

¿Entonces? Si un niño muere sin el bautismo, sea porque murió antes de haber sido dado a luz o porque lo mataron, ¿puede entrar al cielo o no?

1) El documento de 2007

En el año 2007, siendo Papa aún Benedicto XVI, La Comisión Teológica Internacional (CTI), dependiente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, publicó un documento titulado así: “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo”, donde se señala que hay una “ausencia de una enseñanza explícita en el Nuevo Testamento sobre el destino de los niños no bautizados”.

Es decir: en todo el Nuevo Testamento no hay algo claro acerca de qué es lo que sucede con las almas de los niños que han muerto sin haber recibido el primero y principal de los sacramentos: el bautismo.

a. Los Padres griegos

Pero entre los padres de la Iglesia, sólo uno de ellos, San Gregorio de Nisa (siglo IV), le dedica una obra al tema y dice que «la muerte prematura de los niños recién nacidos no es motivo para presuponer que sufrirán tormentos» en la otra vida. Es decir que, no porque un niño haya muerto sin el bautismo, irá al infierno necesariamente (cosa que repugna a la razón).

b. La Escolástica medieval y hasta nuestros días: el limbo de los niños

Santo Tomás de Aquino, por el contrario, planteaba que “los niños que no han alcanzado el uso de la razón y por lo tanto no han cometido pecados actuales… van a un lugar donde gozan de una plena felicidad natural y sin dolor alguno, pero no al Cielo”. Es lo que tradicionalmente se ha llamado “el limbo de los niños”.

c. La actual posición

Ahora bien, la Iglesia plantea actualmente que “hay razones teológicas y litúrgicas para motivar la esperanza de que los niños muertos sin Bautismo puedan ser salvados e introducidos en la felicidad eterna, aunque no haya una enseñanza explícita de la Revelación sobre este problema” (CTI, La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo).

Porque la Iglesia no puede inventar doctrinas, sino que transmite lo que ha recibido. Y sobre este tema, no hay nada explícito y claro en las Sagradas Escrituras o en la Tradición de la Iglesia.


2) Voy a dar entonces una posición teológica personal y esto, aclaro, no es lo que dice la Iglesia, pero tampoco va contra lo que la Iglesia enseña.

En los Evangelios, Santo Tomás Apóstol, el incrédulo, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”.

Es allí cuando Cristo le responde la famosa frase: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

Porque Nuestro Señor no es sólo la Vida, sino el autor de la Vida.

Ahora bien: hoy muchos matan la vida de los no nacidos por comodidad, por odio a esa vida, por evitar la vida.

El hombre de hoy, al igual que la tentación de Adán, quiere ser como Dios, el autor de la vida y, por odio a la vida, matan al no nacido. Y lo hacen del modo más cobarde que exista.

Así entonces, esos niños, a mi parecer, están siento matados, aun sin conocer a Cristo, por odio al Creador y Señor; por odio a la vida, por odio al autor de la vida. Y por eso, se convierten también ellos en otros santos inocentes, como los que masacró Herodes, recibiendo en los propios vientres de sus madres, un bautismo: el bautismo de sangre que les abre las puertas del Cielo.

Y así, sin haber recibido el bautismo sacramental, reciben ese bautismo de sangre como sucede con los mártires. Aún sin saberlo ellos explícitamente y aún sin quererlo directamente quienes matan en un sacrificio diabólico, a los niños aún no nacidos.

Finalmente; en este día entonces, debemos rezar por aquellos que promueven y cometen el pecado del aborto: por su conversión y, especialmente, por aquellas mujeres que, lamentablemente, en un momento de desesperación, han caído en este pecado; un pecado que es perdonado por Dios pero que deja huellas muy profundas y que sólo la misericordia de Dios y la ternura de Nuestra Señora, la Virgen María, pueden curar con el tiempo.

P. Javier Olivera Ravasi, SE

San Francisco, 28 de Diciembre de 2025

Alegría de Navidad




La historia de la salvación es larga. Comienza, como leemos en el Génesis, incluso antes de la propia Creación. Antes de que existieran el espacio y el tiempo, Dios ya estaba preparando todo lo que habría de desplegarse. La culminación última de esa historia aún nos es desconocida, aunque se nos ha revelado en parte. Nuestra propia participación en la historia de la salvación se va desarrollando a cada instante. Y aunque Dios lo comprende todo desde fuera del tiempo, nuestras acciones y decisiones cooperan (o no) con el plan que Él estableció antes de la fundación del mundo.

Nosotros, las criaturas humanas, no somos seres eternos; tenemos un comienzo. Aunque nuestros cuerpos son mortales, nuestras almas no lo son; no tienen fin. A diferencia de Dios, somos cambiantes —mutables, en el lenguaje de teólogos y filósofos— tanto en nuestros cuerpos mortales como en nuestras almas inmortales.

Del estudio de la física aprendemos la conservación de la masa y la energía, según la cual toda la masa y la energía que han existido o existirán ya existen. Carl Sagan observó célebremente que somos «polvo de estrellas», lo cual es cierto en un sentido. Pero los orígenes celestes de nuestra existencia material no cuentan toda la historia. Somos más que fragmentos reciclados de los restos del Big Bang. Mucho más.

Con la creación de cada nueva alma, algo completamente nuevo llega a existir. La composición del cosmos cambia en especie, no solo en grado. Cuando una nueva persona entra en la existencia, la realidad misma queda alterada para siempre. Las almas no son polvo de estrellas, ni tampoco desaparecen.

Y así, cada día surgen cosas nuevas —cosas verdaderamente nuevas—. Cambios irrevocables, eternos, suceden a nuestro alrededor. Nuevas almas llegan a existir. Las almas quedan marcadas indeleblemente por el bautismo o por el orden sagrado. Las almas se separan, por un tiempo, de sus cuerpos mortales. Las almas son juzgadas. Y son salvadas o condenadas.

La historia de la salvación, narrada en algo parecido a su plenitud, es una historia no solo de la Creación, sino de la intervención continua de Dios. Dios visita a su pueblo. Establece alianzas con él. Lo llama hacia sí. Lo corrige y le muestra misericordia. Lo libera de la esclavitud. Cumple sus promesas.

El acontecimiento central de este largo relato de la historia de la salvación es, por supuesto, la mayor Novedad de toda la Creación. Un ángel se aparece a María, y ella concibe por obra del Espíritu Santo: el Verbo hecho carne. Un niño nace en Belén. Crece en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres. Es tentado. No tiene pecado. Predica la llegada del Reino y la buena nueva a los pobres. Realiza grandes milagros. Es traicionado, sufre, muere, desciende a los infiernos, resucita y asciende a la derecha del Padre. Envía el Espíritu Santo. Alimenta a su pueblo con su propio cuerpo y sangre. Cumple sus promesas.

La magnitud de este glorioso misterio es tan vasta que puede resultar difícil, si no imposible, contemplarlo todo de una sola vez. La Iglesia, en su sabiduría, lo recuerda a través de los ritmos del año litúrgico. Saboreamos un momento cada vez mediante nuestras fiestas sucesivas. El conjunto siempre está ahí, pero lo encontramos más a menudo en algún aspecto concreto: la vida de un gran santo, la conmemoración de grandes momentos en la vida de Nuestro Señor o de la Santísima Virgen, temporadas enteras de penitencia y de gozo.

Es en Pascua, y particularmente en la Vigilia Pascual, cuando la Iglesia dirige nuestra mirada hacia el horizonte más amplio. Escuchamos toda la historia de la salvación, y la plena gloria y el significado de la Resurrección se hacen tan claros para la mente mortal como nuestra liturgia y nuestra alabanza pueden lograrlo. La alegría pascual es cósmica, triunfante, exaltante. La alegría pascual es todo trompetas y luz cegadora. La alegría pascual es apocalíptica en el sentido más antiguo: una revelación de lo que antes estaba oculto en la mente divina.

La alegría de este tiempo, la alegría de Navidad, es de un timbre completamente distinto. La alegría de Navidad es humilde, silenciosa, menos exaltada y, de algún modo, más profundamente… humana. La alegría de Navidad es tan distinta de la de Pascua como la sonrisa de un bebé dormido lo es de la marcha triunfal del Rey de reyes.

Distinta y, sin embargo, de algún modo la misma. El Niño en el pesebre es el mismo Cristo que vence a la muerte. Pero que lo contemplemos primero como un niño manso y vulnerable, cuya llegada es conocida solo por María, José y unos pocos pastores, es una gracia asombrosa.

La Navidad nos permite saborear cuán plenamente humano es este Niño-Cristo. Su humanidad no es un mero revestimiento o apariencia. Es su naturaleza. Así como la gracia se apoya en la naturaleza y la perfecciona, el triunfo divino de la Pascua se apoya en la alegría humana de la Navidad y la perfecciona.

Podemos comprender más plenamente la divinidad de Cristo resucitado cuando llegamos a conocer primero la humanidad —nuestra propia humanidad— en el niño dormido del pesebre. En este sentido, la Navidad no es solo un hito temporal o cronológico en el misterio de la Encarnación —debe nacer antes de poder sufrir y morir—, sino una preparación para quienes no podemos comprenderlo todo de una vez.

En la penumbra del pesebre, bajo la estrella, se permite, por así decirlo, que nuestra vista espiritual se vaya ajustando. Se nos concede empezar a ver poco a poco. Al principio se nos ahorra el resplandor pleno e insoportable de aquella mañana de domingo en primavera. Reunidos en torno al pesebre, la realidad de lo que Dios está haciendo comienza, literalmente, a amanecer ante nosotros.

En esto vemos la generosidad de nuestro Dios, que no solo viene a salvarnos, sino que lo hace con la ternura silenciosa de un niño dormido.

¡Qué alegría!

Stephen P. White

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Müller cuestiona la política vaticana sobre tradición y diálogo: «hacia su propia gente no muestran respeto»



El cardenal Gerhard Ludwig Müller, ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha acusado al Vaticano de aplicar un doble rasero perjudicial en su insistencia en el diálogo y el respeto, afirmando que estos principios se aplican de forma selectiva y que, con frecuencia, no se extienden a los propios católicos fieles.

En una entrevista reciente concedida a Pelican +, y recogida por The Catholic Herald, el purpurado alemán sostuvo que los enfoques actuales han profundizado las divisiones internas en lugar de sanarlas. Según explicó, mientras las autoridades eclesiásticas subrayan constantemente la apertura y el respeto en su relación con movimientos culturales contemporáneos, esa misma actitud no se mantiene de forma coherente con los católicos practicantes, especialmente con aquellos que desean asistir a la Misa tradicional en latín.

«No ha sido algo bueno»

Las declaraciones del cardenal se producen en el contexto del prolongado debate en torno a las restricciones impuestas a la celebración del rito romano tradicional, una decisión que ha afectado a diócesis y comunidades religiosas en todo el mundo. Preguntado directamente por esta política, Müller afirmó que «no ha sido algo bueno» que el papa Francisco haya suprimido el rito tridentino «de manera autoritaria».

El ex prefecto fue más allá y sugirió que la retórica del pontífice ha estigmatizado injustamente a un sector significativo de fieles católicos. Según Müller, el Papa habría causado «daño y una injusticia» al acusar de forma generalizada a quienes aman la forma antigua del rito de estar en contra del Concilio Vaticano II, «sin una distinción justa entre las personas».

El cardenal subrayó que la unidad de la Iglesia no puede sostenerse mediante medidas coercitivas. «No tenemos un sistema de Estado policial en la Iglesia, ni lo necesitamos», afirmó, añadiendo que «el Papa y los obispos deben ser buenos pastores».

El orden revela lo que realmente se cree

Más allá de la cuestión litúrgica, Müller planteó un interrogante más amplio sobre la identidad y la orientación actual de la Iglesia. La forma en que la Iglesia ordena sus prioridades revela lo que cree sobre la verdad, la autoridad y la persona humana, así como si la doctrina es algo que debe vivirse y enseñarse o simplemente gestionarse y relegarse.

Desde esta perspectiva, las tensiones actuales no se reducirían a un conflicto de estilos litúrgicos o personalidades, sino que reflejarían un cambio más profundo en la cultura eclesial, donde la imagen y el gesto tienden a sustituir a la coherencia teológica. En este sentido, el cardenal rechazó que su crítica sea una nostalgia conservadora por el pasado, y la presentó como el diagnóstico de un patrón más profundo.

«Todo el tiempo hablan de diálogo y respeto hacia otras personas», afirmó Müller, añadiendo que «cuando se trata de la agenda homosexual y de la ideología de género, hablan de respeto, pero hacia su propia gente no muestran respeto».

Un compromiso selectivo

El problema, según explicó, no es el compromiso de la Iglesia con el mundo moderno, algo acorde con su naturaleza universal, sino cuando ese compromiso se vuelve performativo, selectivo y desvinculado del centro doctrinal de la fe católica. Esto revelaría, a su juicio, una incapacidad para distinguir entre un apego legítimo a la tradición y una oposición ideológica al Concilio.

El resultado sería una Iglesia cada vez más cómoda con el espectáculo público, los grandes eventos y una comunicación cuidadosamente controlada, pero menos segura ante el trabajo silencioso y constante de la formación doctrinal. Mientras Roma se llena de congresos, conciertos y actos diseñados para proyectar apertura y relevancia, muchos católicos que piden continuidad, doctrina y tradición —señala la fuente— son tratados como un problema a gestionar, en lugar de como miembros plenos de la Iglesia católica.

La Sexta constata el auge de la Misa tradicional

INFOVATICANA



Que la televisión generalista española La Sexta —a través de su programa La Sexta Columna— haya dedicado parte de su programa a explicar el auge de la Misa tradicional no es un detalle menor. Es, más bien, una señal de que un fenómeno que hasta hace poco se consideraba marginal empieza a ser lo bastante visible como para entrar en el radar de los medios generalistas, y además con una objetividad mayor de la previsible.

Un dato relevante del reportaje no es solo el enfoque, sino la constatación explícita del fenómeno desde dentro de la propia jerarquía. El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, hizo esta declaración en el propio programa: «los movimientos juveniles que más crecen son, precisamente, los vinculados a la liturgia tradicional». No se trata de una impresión externa ni de una lectura interesada, todas instancias son conscientes del fenómeno.

Junto a Argüello, el espacio recabó opiniones de «expertos» más o menos orientados como Cristina López Schlichting y Jesús Bastante. Pero el hecho merece subrayarse por un motivo simple: ninguno niega ya la existencia del fenómeno. Con matices y enfoques distintos, el punto de partida quedó fuera de discusión: hay un crecimiento real, especialmente entre jóvenes, y hay un interés social y eclesial que ya no se puede despachar con tópicos.

El programa recogió algunas de las claves que explican por qué esta liturgia atrae. Se habla de una mayor presencia de hombres en estas celebraciones, de la búsqueda de una diferenciación más clara entre lo sagrado y lo profano, y del atractivo de un ritual bimilenario que conecta con la continuidad histórica de la Iglesia. Para muchos jóvenes —y especialmente para familias jóvenes— el valor está ahí: no en una experiencia “a medida”, sino en algo recibido, estable, objetivo, que no depende del gusto del celebrante ni del clima cultural del momento.

En España, el fenómeno todavía no ha estallado de forma masiva. Existe, sí, una realidad creciente, pero concentrada: hitos como la peregrinación a Covadonga, y capillas o parroquias puntuales con una vida litúrgica y comunitaria notable. Aun así, todo indica que la tendencia está lejos de agotarse. En buena medida, todavía está empezando.

Fuera de nuestras fronteras el patrón ya es conocido. En Francia, en Estados Unidos y en otros países, la extensión de la liturgia tradicional ha ido acompañada de un dato pastoral difícil de ignorar: seminarios que vuelven a llenarse allí donde esta forma litúrgica ha encontrado espacio y normalidad. No es el único factor, pero sí un indicador recurrente: donde la liturgia se vive con densidad, hay más disponibilidad vocacional; donde se diluye el misterio, la llamada se vuelve más rara y frágil.

Que los medios generalistas empiecen a intuirlo es, de algún modo, un signo “irremediable” de que esto viene con fuerza. La agenda eclesial también lo refleja: el consistorio de cardenales del 7 y 8 de enero abordará este tema. Y mientras tanto, en el terreno cultural —que hoy pasa en gran parte por lo digital— el contenido asociado a la Misa tradicional acumula millones y millones de impactos en redes sociales, con una presencia especialmente intensa en generaciones jóvenes.

En el fondo, este retorno litúrgico expresa algo más profundo: una corrección generacional. Muchos jóvenes perciben que se heredó una forma de celebrar que, con frecuencia, se volvió blanda, excesivamente horizontal, superficial en símbolos, y pobre en lenguaje sagrado. Cuando la liturgia se convierte en una conversación informal o en un acto indistinguible de cualquier reunión social, deja de ofrecer lo que promete: trascendencia, misterio, orientación de la vida hacia Dios.

Eso ha tenido consecuencias. No solo en la estética o en la experiencia subjetiva, sino en la capacidad de engendrar vocaciones y de proponer una identidad cristiana robusta. Una liturgia que rebaja continuamente el listón tiende a producir comunidades debilitadas, con menos impulso misionero y menos atractivo para perfiles amplios. La percepción de muchos jóvenes es que esa dinámica ha contribuido a vaciar seminarios y a empobrecer la vida eclesial.

La Misa tradicional aparece, para ellos, como lo contrario: silencio, trascendencia, belleza objetiva, disciplina y un lenguaje simbólico que no pide permiso a la época. No ofrece una experiencia “personalizada”; ofrece un marco que educa, exige y sostiene. Y precisamente por eso, en un tiempo de dispersión y fatiga cultural, resulta extrañamente liberador.

Por todo ello, el retorno de la liturgia tradicional no parece una moda pasajera ni un capricho minoritario. Es un síntoma de cambio de ciclo. Y la pregunta que se abre para la Iglesia en España ya no es si existe este fenómeno —porque incluso en La Sexta se ha narrado con claridad y con la propia declaración de Argüello dentro del programa—, sino cómo sabrá encauzarlo: con inteligencia pastoral, sin caricaturas y sin miedo a reconocer que, para una parte creciente de la juventud católica, la tradición no es un refugio, sino una promesa de futuro.

P. Zarraute: ¡Asalto al Altar!: El virus masónico y la traición de la 'Iglesia del Espectáculo



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