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viernes, 17 de mayo de 2019

Servilismo en el hablar, aunque empalague (Carlos Esteban)



Uno se pregunta a veces qué pensarían los cristianos corrientes, los católicos del montón, si lo que se lee en los medios oficiales de la Iglesia se leyera en órganos de un Estado cualquiera. Imaginen esto: el país en crisis, una huida masiva de ciudadanos, confusión en las directrices políticas, ambiguas en unos cosas y contradiciendo lo que se ha mantenido hasta entonces en otras. Y los medios en cuestión, incluso a nivel local, ignorando todo eso y presumiendo de lo bien que va todo, plegándose en el mínimo detalle de lo que llegue del gobierno central; ni siquiera, cualquier comentario casual del líder, con idénticas palabras e imágenes. Lo que uno espera, en fin, encontrar en Cuba, en Corea del Norte, en Venezuela. No en la Iglesia.

In certis, unitas, de acuerdo. En la doctrina, en las verdades de fe, no caben disensiones, porque el mensaje es intocable, porque el mensaje no es nuestro. Pero hacerlo en lo demás, mostrar un servilismo hasta el mínimo detalle, es algo que casa mal, muy mal, con la libertad del cristiano.

Abre Alfa y Omega, el órgano de la Archidiócesis de Madrid, con un editorial carcajeántemente titulado ‘Libertad para hablar, aunque escueza’, que merecería más bien el epígrafe: ‘Servilismo en el hablar, aunque empalague’.

Empieza con una referencia a las elecciones europeas, que es de lo que se trata, y más que escocer a quienes les importa -el liderazgo en Roma y los políticos que mandan en Madrid-, debe resultarles un bálsamo, no por habitual menos agradable.

La idea central es que no se puede votar a Vox, pero sin el mal gusto de nombrar a la formación verde y poniendo en su lugar -guiño, guiño; codazo, codazo- a la Liga de Matteo Salvini. El Papa se ha metido en política a saco, mostrando preferencia por partidos liderados por abortistas o representantes de políticas destructoras de la familia antes que por aquel al que favorece un mayor número de católicos practicantes italianos, para su desgracia. Y el editorialista de Alfa y Omega, en lugar de lamentar que la Curia Romana haga política de modo tan descarado y cuestionable e injiera de modo tan lamentable en el proceso electoral de un país extranjero.

Más sorprendente, el editorial se refiere como si fuera una extraordinaria heroicidad al delito agravado cometido por el limosnero papal en territorio extranjero, mencionando que en el edificio ‘okupado’ al que Krajewski devolvió la luz -que nunca se ha pagado: la facura supera los 300.000 euros- “hay unas 450 personas, entre familias de migrantes y personas sin techo”, obviando la discoteca, el restaurante, la fábrica de cerveza o el taller de carpintería por el que Action, la organización de extrema izquierda que gestiona la ‘okupación’ y cobra el alquiler a los ‘okupantes’, obtiene buenos beneficios sin el engorro de pagar impuestos o cumplir regulaciones de seguridad. Tampoco menciona el editorial, probablemente por el exiguo espacio de que dispone, que a esos ‘sintecho’ se les ha ofrecido en numerosas ocasiones alojamientos alternativos que han rechazado.

Esas cosas no se deben mencionar, porque podrían poner triste a don Carlos Osoro, que quizá vería bruscamente abreviada su carrera eclesial.

En su afán por hacer a Francisco santo súbito, citan también que “el propio Francisco recibió en la basílica de San Juan de Letrán a una familia gitana y musulmana procedente de Bosnia, que había sido acosada por la ultraderecha, no sin lanzar una condena muy dura contra la xenofobia que ve crecer peligrosamente en el continente”.

Lo de ‘acosada por la ultraderecha’ es mero pensamiento circular. En realidad, fueron acosados por sus vecinos, pero eso solo demuestra que eran de ultraderecha. Sin la anteojeras ideológicas, ¿quién no querría vivir junto a unos gitanos musulmanes refugiados? Nadie. Estamos seguros de que todos los funcionarios del arzobispado, incluidos los redactores de Alfa y Omega, tienen una o dos familias de estas características viviendo en el edificio en que habiten.

Pero la guinda, siempre de postre; lo más dulce debe venir al final, y no puedo dejar de desplegarlo en su gloriosa literalidad: “Es exactamente la misma contundencia con la que la Iglesia se ha pronunciado siempre contra el aborto o en defensa de la familia, pero que a muchos sorprende oír cuando se trata de otros temas que igualmente afectan a derechos fundamentales”.

Estos “temas que igualmente afectan a derechos fundamentales”, ¿cuándo los ha tratado la Iglesia anterior a Francisco “con la misma contundencia” que el aborto o la defensa de la familia? Cita, por favor. ¿O debemos suponer, como se deduce de tantos comentarios francisquistas, que el mensaje de Cristo esperaba la llegada de Francisco para ser debidamente entendido?

Item más: ¿de verdad son equiparables que una madre mate a su hijo antes de nacer que una decisión prudencial sobre quién entra y quién no en tu país? ¿En qué enloquecido universo moral?

Otra: ¿Qué derecho fundamental vulneran las decisiones del Ministerio del Interior italiano? ¿No han guardado siempre las fronteras los países, sin las que ni siquiera podrían llamarse países y sin que la Iglesia haya visto nunca nada malo en ello? ¿Hay un ‘derecho fundamental’ a residir en el país donde a uno le dé la gana, aunque entre, por así decir, por la ventana? ¿Desde cuándo? ¿Por qué no solo el magisterio de la Iglesia no había oído hablar de este derecho, sino que Papas y teólogos se han pronunciado unánimemente en sentido contrario?

Carlos Esteban