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martes, 3 de febrero de 2026

Sobre las nuevas consagraciones episcopales de la FSSPX



Hace poco más de veinticuatro horas que se conoció la noticia -esperada y preanunciada- de que el 1º de julio la FSSPX consagrará nuevos obispos, hasta ahora sin mandato pontificio lo que, según el CIC, los hará incurrir en excomunión latae sententiae. Varios amigos me han preguntado mi opinión al respecto y, tratándose éste de un blog dedicado a temas afines, se supone que algo debo escribir.

Sin embargo, dar una opinión con cierto fundamento sobre un tema tan delicado me resulta complejo por dos motivos. El primero, porque todavía hay muy poca información. Por parte de la FSSPX, sólo el comunicado y una homilía de hoy del P. Pagliarani. Y el comunicado es muy escueto y apenas dice que se ha decidido proceder a las consagraciones porque la respuesta de Roma “en modo alguno respondía a sus requerimientos”. Pero no sabemos cuáles fueron estos requerimientos. Y esto es una cuestión no menor, si tenemos en cuenta lo ocurrido con las primeras consagraciones episcopales de 1988 cuando, según mi opinión, la Fraternidad pidió demasiado, y pasó lo que pasó.

Por otro lado, no tenemos aún ninguna versión por parte de Roma. Sólo sabemos lo que ha publicado hoy Messa in Latino, según lo cual Mateo Bruni, director de prensa de la Santa Sede, habría dicho que “las conversaciones con la FSSPX continúan con el objetivo de evitar desacuerdos o soluciones unilaterales a las cuestiones que han surgido”. Y algunos medios reportan que desde la misma Fraternidad también se ha apuntado en la misma dirección: estamos en conversaciones con Roma.

En conclusión, no me parece prudente emitir una opinión definitiva y fundada sobre un tema tan delicado y sobre el que sabe tan poco. Y justamente esta situación lleva al segundo motivo para callar por ahora: tengo pensamientos y “sentimientos” contradictorios, para hablar en armonía con el post anterior. Porque claramente consagrar obispos sin mandato pontificio es romper la unidad de la Iglesia, lo cual es gravísimo. Además, la Santa Sede le ofreció a la FSSPX “regularizar” si situación canónica durante los pontificados de Benedicto XVI y de Francisco, concediéndoles prácticamente todo lo que pedía, y no aceptaron. Todo esto me lleva a expresar un juicio negativo. Pero ¿los alemanes no vienen rompiendo esa unidad desde hace un tiempo? ¿Cuando China consagra obispos sin mandato pontificio y la Santa Sede corre detrás a reconocerlos, no rompen la unidad de la Iglesia?

La cuestión no es simple; y por eso causa perplejidad. Y por eso mismo me he visto reflejado en la columna de Peter Kwasniewski y que traduzco a continuación

La noticia sobre las consagraciones episcopales de la FSSPX el 1 de julio es, obviamente, muy importante. No es que nadie esté realmente sorprendido; esto se veía venir desde hace tiempo.

Tengo pensamientos contradictorios y no creo que sea inapropiado, dados los tiempos confusos en los que vivimos. Cualquiera que espere que condene a la FSSPX o que la valore incondicionalmente se sentirá decepcionado. Siempre he sido moderadamente pro-SSPX, mi postura al respecto es bien conocida; pero también siempre he dicho que creo que es objetivamente mejor estar en comunión institucional regular con la jerarquía católica, por lo que siempre he asistido y asistiría a misa con un instituto Ecclesia Dei, si tuviera la oportunidad.

Permítanme decir simplemente: hay un gran bien en juego, así como un gran mal.

El gran bien es la comunión plena y regular con la jerarquía de la Iglesia. Los institutos Ecclesia Dei han elegido este bien como principio fundamental y, como resultado, a menudo no se pronuncian con tanta claridad y rotundidad sobre los temas de actualidad. Sin embargo, están haciendo manifiestamente la obra del Señor; están restaurando la tradición de forma silenciosa y paciente en todo el mundo. He visto los inmensos frutos. Están reconstruyendo la Iglesia desde cero, un apostolado tras otro.

Por otro lado, el gran mal es el modernismo que ha infectado a la Iglesia en todos los niveles, hasta tal punto que ahora se da por sentado; se ha convertido en un gas nocivo omnipresente, invisible e inodoro. Contra esta tendencia, el arzobispo Lefebvre adoptó una postura valiente en defensa de la fe católica tradicional (la obra de Yves Chiron «Entre Roma y la rebelión» es una lectura imprescindible para quienes deseen comprender la profundidad de la crisis a la que se enfrentó, una crisis a la que todavía nos enfrentamos), y su Fraternidad sigue enarbolando esa brillante antorcha. Los admiro por su testimonio, que han pagado con un precio muy alto.

Rezo diariamente por todos los institutos Ecclesia Dei, por todos los sacerdotes diocesanos que ofrecen la misa tradicional y por la Fraternidad San Pío X. Les deseo todo lo mejor, en la caridad de Cristo. Me entristecería profundamente un mundo en el que no existiera ninguno de ellos. Rezo en particular por la curación de las numerosas rupturas que han herido al catolicismo moderno, no solo las rupturas de la comunión canónica, que son lamentables, sino, lo que es mucho peor, la espantosa ruptura con la tradición católica, que explica por qué la Iglesia se encuentra en un estado tan lamentable (y por qué existe la FSSPX).