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domingo, 9 de septiembre de 2018

Consejos vendo, que para mí no tengo (José Martí) (1) Importancia de la razón


Es preciso orar en todo momento y no desfallecer (Lc 18, 1)


Una señal -y no la única- de hasta qué extremo está llegando la «Franciscolatría» es el hecho de que no importa ya el contenido de lo que el papa Francisco diga: eso es lo de menos. Lo ha dicho el Papa. Y punto. Todo comentario, al respecto, que lo contradiga, se considera como una traición a la Iglesia: ir contra el Papa es ir contra la Iglesia.

Pero eso no es así: la Historia de la Iglesia y, en concreto, la historia de los Papas, nos muestra que ha habido muchos Papas que no han actuado conforme a la voluntad de su Maestro, quien dijo a Pedro: «Simón, Simón, mira que Satanás os busca para cribaros como el trigo, pero Yo he rogado por tí para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32).

Confirmar a sus hermanos en la fe: ésa es la misión fundamental del Papa. Pero no todos la han cumplido. El mismo Pedro, que dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y hasta la muerte» (Lc 22, 33) le negó tres veces: «Pedro, te aseguro que no cantará hoy el gallo antes que hayas negado por tres veces conocerme» (Lc 22, 34), como así ocurrió.

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Hago, a continuación, un inciso, para comentar la importancia de la razón natural, cuando es usada como debe, es decir, con vistas a conocer la verdad. Estas ideas nos servirán para que pueda entenderse mejor lo que diré más adelante.

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Lo sobrenatural no anula lo natural, sino que lo perfecciona y lo lleva a su plenitud, según santo Tomás. Jesucristo era perfecto hombre y, como tal, razonaba y hacía un uso correcto de su razón: «Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, delante de Dios y de los hombres» (Lc 2, 52). Jesús no era un bicho raro. No nació sabiéndolo todo. Su Persona Divina había asumido completamente la naturaleza humana y aparecía ante todos como un hombre, exactamente igual que cualquier otro hombre [«en todo igual a nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15)]: crecía y se desarrollaba, estudiaba y trabajaba, aprendió el oficio de carpintero de su padre [«¿No es éste el hijo del carpontero? ¿No se llama María su madre?» (Mt 13, 55)]. 

Como hombre, Jesucristo aprendió mucho de sus padres, de María y de José (padre según la Ley). Entre otras cosas, aprendió a razonar bien y a llamar a las cosas por su nombre, puesto que ese es el sentido del razonamiento. Se razona con vistas a conocer la verdad de las cosas. Conviene no olvidar esta idea que, aunque sea evidente, sin embargo, hay que recordarla porque el mundo actual se ha vuelto loco y ha decidido que las cosas no son lo que son sino lo que cada uno piensa que son. Esto parece realmente increíble, y lo es, pero está ocurriendo: «Ideología de género», «consideración de la homosexualidad como algo normal», «legalización del aborto, es decir, del asesinato de niños inocentes, como un derecho», etc. Difícilmente se puede encontrar en la historia de la humanidad una situación tan grave, en cuanto al pensamiento se refiere. No se hace un buen uso de la razón. Y los seres humanos actúan llevados de sus instintos más primarios, justificando así auténticas aberraciones, no importando lo que demuestre la Ciencia. En realidad, esto es algo que a ellos les tiene sin cuidado, pues no aman la verdad, sino sus propios caprichos, llegando así a un voluntarismo irracional que, además, para más INRI, se quiere imponer en los colegios, adoctrinando a los niños en falsas ideologías, de modo que éstos lleguen a considerar como algo normal lo que es abominable, algo que los padres de estos niños no pueden consentir, de ninguna de las maneras, si es que de verdad quieren a sus hijos (Pinchar aquí y aquí)

La razón profunda de estos acontecimientos que estamos presenciando no es otra que el pecado, es decir, el rechazo de Dios y, más concretamente, el rechazo de Jesucristo. La visión irracional e inmanentista de la vida (según la cual todo acaba cuando uno muere) ha sustituido a la visión racional y trascendentalista (aquélla que afirma que esta vida es tan solo un tránsito y que no acaba con la muerte): 
«Lo cognoscible de Dios es manifiesto: Dios lo manifestó. Pues lo invisible de Él es conocido desde la creación del mundo mediante las criaturas: su eterno Poder y Divinidad, de modo que son inexcusables los que habiendo conocido a Dios, ni lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se ofuscaron en sus vanos razonamientos y se oscureció su corazón insensato. Presumiendo de sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen semejante a la de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles»  (Rom 1, 19-23)
Tenemos un alma inmortal, habrá un final de los tiempos; y los cuerpos resucitarán, uniéndose a sus respectivas almas. Se tratará de un cuerpo glorioso, como el de Jesucristo y el de la Virgen María, si hemos vivido conforme a la voluntad de Dios en esta vida terrena. Y en ese cuerpo animado nos reconoceremos a nosotros mismos, nuestro auténtico yo. Esto será pura gracia divina, pero sólo se concederá esa gracia a quienes eligieron a Dios mientras vivían en este mundo. 

No ocurrirá así con aquellos que rechazaron a Dios, que lo negaron abiertamente y que persiguieron a quienes tenían fe. La Misericordia de Dios se ejercerá con ellos en forma de Justicia. En vida tuvieron toda la ayuda necesaria -que Dios no niega a nadie- para arrepentirse y para conocer hasta qué extremo eran queridos por Él, como dice san Pablo: «Me amó y se entregó a Sí mismo por mí» (Gal 2, 20). Sin embargo, lo rechazaron, una y otra vez, y así hasta el final. Dios no significó nada para ellos. Y puesto que Dios es Amor no puede admitirlos en su seno (aunque quisiera) pues, por definición, el verdadero amor debe de ser recíproco: es cosa de dos, en este caso Dios y cada uno de nosotros: ¿cómo podría estar con Dios, por toda la eternidad, una pesona que odia a Dios? Eso sería una contradicción. No es razonable.

El amor de Dios es inequívoco. No así el nuestro. Y dado que el amor es esencialmente libre, Dios no puede «obligar» a nadie a que lo ame. Este alejamiento voluntario de Dios por parte del hombre,  que no otra cosa es el infierno, coloca a éste en una situación de condenación. El que se condena es porque quiere ... pues Dios da siempre su gracia a todos para que esto no ocurra, pero esa gracia es rechazada repetidamente, una y otra vez, sin ningún signo de arrepentimiento. 

El hombre de hoy no soporta que nadie le imponga normas, aun cuando éstas vengan de Dios, sino que se fabrica sus propias normas, puesto que Dios, según él, es un simple invento, una fantasía, algo irreal … De modo que él mismo busca su condena … y la encontrará … ¡Si hubiese hecho un recto uso de su razón, ésta le habría llevado a la conclusión de que Dios existe! ¡Dios no es una quimera!. 

Pero es más: dado que «Dios es rico en misericordia» (Ef 2, 4), no me cabe la menor duda de que a todo aquel que actúe conforme a su recta razón, Dios se le manifestará de alguna manera, a lo largo de su vida. Jesús dijo que «todo el que busca encuentra» (Mt 7, 8). Por lo tanto, es seguro que no consentiría nunca que se perdiera una persona que amase la verdad con pasión, mediante el recto uso de la razón. La irracionalidad es la característica propia de los que se apartan de Dios. 

A quienes han optado por la mentira, como forma de vida se les puede aplicar aquellas palabras que dijo Jesús a los judíos: «Vosotros tenéis por padre al Diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio, y no se mantenía en la verdad, porque en él no hay verdad.  Cuando dice la mentira habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), máxime si tenemos en cuenta estas otras palabras pronunciadas también por el Señor: «Si no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. Quien me odia, odia también a mi Padre» (Jn 15, 22-23)

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Dotado de un alma racional como la nuestra, y de un cuerpo, puesto que era realmente un hombre, y no tenía sólo apariencia de hombre, Jesucristo actuó como tal: «semejante en todo a nosotros, menos en el pecado» (Heb 4, 15). E hizo un uso correcto de su razón y de su libre albedrío, al tomar decisiones humanas, a lo largo de su vida terrena, mediante las cuales iba creciendo «en edad, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de los hombres» (Lc 2, 52) ... en cuanto hombre. [En tanto que era Dios, es evidente que no podía crecer, pues poseía el grado Sumo de Perfección]

Razonaba perfectamente y actuaba en conformidad con su razón humana. Una razón y una inteligencia humanas cuyo objetivo era el conocimiento de la verdad; y a eso aplicaba su voluntad humana: a conocer la verdad y a actuar en consecuencia. 

Se suele hablar de su vida pública, que duró aproximadamente unos tres años, de los treinta y tres que se supone que vivió en esta tierra. Y, siendo Dios, como lo era en realidad, no buscó -sin embargo- los aplausos, ni la fama, ni el dinero, ni el poder; dándonos así a entender que en esas cosas no está la felicidad. 

Ciertamente fue un hombre «extraordinario» [esto nadie lo discute] máxime cuando era igualmente Dios, pero esta circunstancia de su Divinidad no la dio a conocer hasta que llegó su hora, en conformidad con la voluntad de su Padre, pues para eso había venido al mundo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4, 34). Por supuesto que, al ser Dios, pudo decir también de Sí mismo: «Yo soy la Verdad» (Jn 14, 6) «Yo y el Padre somos Uno» (Jn 10, 30), etc. 

Pero lo que pretendo resaltar, en este escrito, es que lleguemos a darnos cuenta -yo el primero- de la importancia esencial que deben de tener la verdad (y la razón, por consiguiente) en nuestra vida ... de toda verdad, provenga de donde provengaY, en esto, como en todo, Jesús es nuestro Modelo y nuestro Maestro. Por eso el amor a la verdad es la característica propia del cristiano; y es, además, lo único que puede salvarnos en este mundo de mentiras. Hasta tal punto esto es importante que, sin ese amor a la verdad [que es el que nos une a Jesús] estamos completamente perdidos, ya en este mundo … y, si no rectificamos, también en el otro. 

Esto dice san Pablo en su segunda carta a los tesalonicenese, palabras contenidas en la Biblia, palabra de Dios, pues; y palabra  del Espíritu Santo:
«La venida del impío, por la acción de Satanás, vendrá con toda clase de poderes, señales y prodigios falsos, y con todo género de seducciones propias de la maldad para aquéllos que se pierden, por no haberse abierto al amor de la verdad, que podría salvarlos. Por eso Dios les envía un poder seductor, para que crean en la mentira, de modo que sean juzgados todos los que no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad» 
Continuará